Los sueños de un creador

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Por: José Dos Santos L.

7|8|2018

Fuente: El Caimán Barbudo, revista cultural de la juventud cubana.

 

Silvio-Rodríguez-por-Guayasamin

 

Llego a Silvio Rodríguez —hombre de pensamiento, más que trovador— sin pretensiones de descubrirle nichos ocultos, porque ha sido uno de los grandes transparentes de la cultura cubana. Atiéndanse las letras de sus canciones y se encontrará respuestas a interrogantes de todo tipo. O si no, léanse las entrevistas (¿cientos?) que le han hecho a lo largo de una carrera que ya supera el medio siglo y encontrará mucho de lo que le ha caracterizado.

Por eso el empeño lo dirijo a hurgar un poco más allá, a través de sus sueños —cumplidos o insatisfechos—, que resultan muchas veces el motor de acciones vitales, o resultado de ellas, sobre todo para los románticos idealistas (esos que viven y mueren por una idea).

Los sueños son recurrentes en su obra. En una, “Reparador de sueños”, el optimismo se trasluce cuando canta “Siempre llega el enanito, con sus herramientas de aflojar los odios y apretar amores. Siempre llega el enanito, siempre oreja dentro, con afán risueño de inundar lo roto. Siempre apartando piedras de aquí, basura de allá, haciendo labor. Siempre va esta personita feliz trocando lo sucio en oro….”

Lo que quiero recabar, comienza preguntándole: ¿Cuál fue el primer sueño que recuerdas? ¿En qué contexto lo tuviste y cuánto significó para los que después vendrían?

“El primer sueño que recuerdo fue cuando vivíamos en San Antonio de los Baños, en la calle Jesús Planas. Allí, primero dormí en una cuna y cuando nació mi hermanita —yo tenía casi 4 años—, se la cedí y me pusieron en un catre a dormir en la sala. Entonces fue que tuve un sueño muy extraño: soñé que el mundo no tenía casas ni nada. Solo eran manos, brazos levantados, que se perdían de vista. Ahora me parece un cuadro de Salvador Dalí, surrealista. Lo curioso es que esos brazos me llevaban a mí… Yo me trasladaba de un lugar a otro a través de esas manos que me iban llevando. Ese fue mi primer sueño.”

Al comentarle que eso se ha ido cumpliendo, se adelanta a mi argumento al decir: “De cierto modo sí, porque los que tenemos el privilegio de estar en la superestructura de las sociedades, un poco somos levantados por los brazos de muchos. Fue un sueño, si se quiere, simbólico. Somos como una pirámide que está hecha de dolor, sufrimiento, sacrificio…”

Entonces le acoto que el sentido de mi comentario, además de ese enfoque, tenía el propósito de significar que su labor como creador le ha trasladado en los brazos de un prestigio global (y en los aplausos de muchas manos) porque —le digo— estar en la cúspide también puede significar ser reconocido por lo que se es o se ha hecho, y no como un privilegio. A ello, Silvio amplía:

“Sin duda se puede ver así, aunque en mi mente de niño era mucho más simple. Pienso que debió ser en respuesta a haberle tenido que cederle la cuna a mi hermana; y por eso quizás soñé que iba a tener una retribución enorme, inmensa, por haber tenido ese gesto.”

A continuación el resto de las interrogantes que le presenté y sus respuestas:

El final de tu infancia y la juventud los viviste en el torbellino de una Revolución que ancló en el pecho de muchos, la mayoría de tus contemporáneos, emociones y actuaciones acordes a esos tiempos del despertar de quimeras. ¿Qué te llevó a asumirlas, cómo lo hiciste y qué lecciones te dejó?

“Ese es un tomo de mi autobiografía… (Ríe.) A mí me tocó comenzar la adolescencia con el triunfo de la Revolución. Había pasado solo un mes de cumplir los doce años cuando ello sucedió. Recuerdo perfectamente la vida anterior y, por supuesto, la posterior.

“La adolescencia fue esa década de consolidación, de contradicciones, de lucha, de supervivencia, de tensiones extraordinarias: coincidió con la transformación personal de una persona —de muchos, yo creo que a muchos le tiene que haber tocado algo parecido. Yo me hice hombre en esa primera década de la Revolución. Pasé de niño a hombre.

“Fue muy especial, porque esa revolución que también se produce en el ser humano en la etapa de la adolescencia, que no por gusto se llama así, era como vivirla por dentro y por fuera. No es un país, un estado, estable, una situación equilibrada la que yo tenía por fuera. Muchas veces también me identifiqué con las cosas urgentes y los exabruptos de la revolución y la sociedad, porque tenían que ver mucho con mis propios exabruptos, con mi propio aliento, mis propias necesidades…

“Es la década más intensa de mi vida, sin duda, desde todos los puntos de vista, inolvidable. Pero no es la única, porque la revolución maduró, pasó por varias etapas; no sólo la revolución, el mundo, porque nosotros somos un pedacito del mundo. No podemos creernos que somos el centro… porque no lo somos, como tampoco un hombre es el centro del mundo”.

¿Con qué soñabas mientras navegabas en el Playa Girón? ¿En qué medida se te cumplieron esas expectativas, cuáles se quedaron por el camino y por qué?

“Las canciones que hacía en el Playa Girón, eran como ‘Te convido a creerme cuando digo futuro’. Muchas veces uno hace las canciones para uno mismo, luego uno las proyecta a los demás y tienen X aceptación, gustan más o gustan menos, se entienden más o se entienden menos, pero sobre todo son canciones como de ese momento… Eran diálogos conmigo mismo, era todo lo que a mí se me ocurría, por lo que estaba sucediendo en general y por lo que me estaba sucediendo a mí en lo particular.

playagiron

“Era muy joven, 22 años, todavía tenía el aliento de la adolescencia. A esa edad uno no se ha librado del todo de cosas del temperamento del adolescente. Soñaba con mucha intensidad en que el mundo, la realidad en la que vivíamos en el país, iba a ser mucho mejor en el futuro. Tenía más que convicción, fe, en que iba a ser así.

“Pero, como dice otro cantor, ‘la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida’. La vida nunca es exactamente como uno se la imagina. Y cuando empieza a imaginársela de acuerdo a una serie de experiencias y analogías, comparaciones a partir de las vivencias, ella se acaba.”

Y reiteró la idea en buen cubano: “Cuando uno tiene ‘un tamaño de bola’ de por dónde va la cosa, ahí mismo te dicen, apaga y vámonos”.

Madurar, máxime en condiciones a veces contradictorias, hacen posponer proyectos juveniles, transformarlos o desecharlos, al tiempo que otros ocupan su lugar. A la altura de esta época, ¿cuál es el saldo que obtienes al pasarles revista?

“El saldo es de una vida intensa y una vida esperanzada. Yo siempre he sido optimista, aunque a veces he tenido etapas o momentos de pesimismo, como cualquier ser humano, pero en general siempre he sido optimista y las cosas que canto son las que pienso, sueño, que quiero y las que no quiero —porque a veces canto sobre lo que no quiero— son cosas de las que alerto desde las limitaciones de mis puntos de vista y mis experiencias”.

(Es válido recordar en este momento uno de sus poemas musicalizados o creaciones poético-políticas como “Sueño de una noche de verano”, que en algunos de sus pasajes expresa: “Yo soñé con aviones que nublaban el día Justo cuando la gente más cantaba y reía. Yo soñé con aviones que entre sí se mataban destruyendo la gracia de la clara mañana. Si pienso que fui hecho para soñar el sol y para decir cosas que despierten amor… ¿Cómo es posible entonces que duerma entre saltos de angustia y horror? Y espero que mi sueño no sea mi futuro…”)

En tu repertorio el término sueños aparece en los títulos de cinco de tus composiciones. ¿Cómo se cumplen los que plasmaste en tu obra?

“Creo que todavía no sé qué es lo que va a pasar y en eso me parezco mucho al que empezó. Entonces no sabía lo que iba a pasar y todavía no sé qué va a pasar. Por eso va ser fascinante la vida que van a vivir mis hijos y los hijos de mis hijos.

“Hay una cosa que vale la pena señalar: no hay vida sin dificultades, no hay vida sin tropiezos. Ante la vida se puede tener diversas actitudes, pero básicamente dos: una positiva y otra negativa. Yo creo que vale la pena tener una positiva, esperanzada, luchadora. Eso de que “sí se puede”, aunque uno en el fondo diga ‘vamos a ver si se puede’, ayuda a los demás y ayuda a uno mismo a avanzar. Si uno está vivo, por qué bajar los brazos, para qué vas a dejar de caminar si tienes las piernas para hacerlo. En mi caso es una actitud imprescindible”.

Ya abordaste anticipadamente mis últimas interrogantes, pero insisto: ¿Con cuáles sueños estás más empeñado en realizarlos, como parte de una sociedad de la que eres inspiración —sin pretenderlo— para reflexionar, avanzar, enmendar errores y afianzar aciertos, y seguir soñando con un futuro mejor para todos?

“En mi blog La Segunda Cita se manifiesta mi pensamiento positivo, proyectivo. Es mi canción de los últimos tiempos, la ópera que no pude hacer. Escribir ayuda a pensar. Llegas a puntos en que una idea se bifurca, te lleva a otras varias. Es un importante ejercicio de pensamiento, de autorreflexión. El acto de creación trasciende la intención de uno mismo. Empiezas escribiendo de una cosa y terminas haciéndolo de otra. Me pasa muchísimo. De vez en cuando publico algunas cosas en mi blog y otras las he escrito para él, motivado por su dinámica.

“Visito varias veces al día La Segunda Cita, que el 9 de mayo cumple siete años de existencia, y en el cual participa gente inteligente, con diversas visiones e intereses, y publico cosas polémicas pero respetuosas”.

CODA

Muchas cosas quedan para seguir comentando, indagando y proyectando sobre el pensamiento y obra de Silvio, sin más acotaciones porque su nombre propio es suficiente para identificarlo. Otras, habladas en más de dos horas de conversación corresponden a diversos ámbitos fuera del objetivo central de esta entrevista —desde sus experiencias como alfabetizador en 1961 y el Servicio Militar hasta su aprecio por el jazz y los músicos que le han acompañado—. A todo lo largo del diálogo hubo coincidencia de criterios pero sobre todo en un punto: el motor de los revolucionarios es caminar hacia el horizonte, hacia la utopía, en cuya búsqueda se logra avanzar, aunque hayan dificultades, tropiezos, imperfecciones y cosas que combatir.

Silvio es de los que vive a través de ese combate, con las herramientas de un creador que constituye un ejemplo de lucha por sus sueños.

 

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No puede ser

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Fuente: Segunda Cita, blog de Silvio Rodríguez Domínguez

…los ladrillos soviéticos que tienen el inconveniente de no dejarte pensar; ya que el partido lo hizo por ti y tú debes digerir. Como método, es lo más antimarxista (…) ya hemos hecho mucho, pero algún día tendremos también que pensar.

                                                                                 Che

 

No puede ser que la prensa

impresa, establecida, oficial, oficialista

–según la óptica o el gusto del que la califica–

siga siendo esa magra repetición de lugares

comunes y aburridos esa diaria o semanal oferta

para el silencioso empobrecimiento de la mente la acción o el espíritu

No puede ser que la realidad

–esa señora múltiple infinita diversa–

siga siendo reducida por la fuerza

(por la fuerza de la rutina la incapacidad o el oportuno silencio)

a ese paisaje sin elevaciones desgarramientos o preguntas

(no se debiera olvidar que aquel sueño nació en unas montañas

se logró a través de los estremecimientos de la guerra

y llegó a preguntarse después si el camino del socialismo real

era real verdadero o posible partiendo de las arbitrariedades

el egoismo o la cerrazón de casi todas las puertas)

No puede ser que una misma imagen fotográfica

acompañe la misma repetida noticia

en la primera página de los escasos diarios nacionales

y aún en la prensa subsidiaria en las provincias

No puede ser que se destierre se anatematice o se sospeche

de cualquier palabra que no sea la palabra que aconsejan los manuales

que sobreviven en las mentes estrechas y que quienes la pronuncien la difundan

la compartan la ofrezcan sean apartados mecánicamente del camino

(caballeros recuerden que el camino es de todos o por lo menos de muchos y de muchas)

No puede ser que la pantalla hogareña

–ventana al mundo posibilidad de entender si fuera posible

el oscuro paisaje planetario o las sombras del modesto territorio que habitamos–

sea esa caricatura de síntesis mediante la cual un acontecimiento de primera magnitud

pierde su riqueza en la voz de algún comentarista pedagógico con esa cadencia

que se propone convertirnos en esos asalariados dóciles al pensamiento oficial

sobre los cuales nos advirtió aquel magnífico compañero en su momento

No es posible que el mismo narrador haga cada noche el mismo gesto

entone durante décadas   la misma despedida cotidiana

válida hasta el inicio del aburrimiento de la noche siguiente

No puede ser

Pero es

Y mientras sea seguiremos añorando los fulgores las audacias las victorias

y los reveses que nos hicieron hace tiempo por suerte gentes

Gentes con aspiraciones de cambiar el mundo circundante

(el mundo pequeñito familiar isleño que nos rodea pero también

el ancho planetario mundo lleno de desigualdes injusticias y crudezas

Mientras sea

trataremos de seguir siguiendo

 

Víctor Casaus

19 de octubre de 2017 / 3 a.m.

 

Entre el cuerpo y el alma (poemas y canciones para Wichy)

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Palabras para El Rojo

La historia es como la cuentan en su introducción los poetas que armaron este libro. El libro es como quisiéramos que fueran siempre la realidad y la vida: diversas y apasionadas, amorosas y evocadoras, comprometidas con la verdad, con la justicia y con la belleza. La belleza es lo que muchos de estos poemas proponen en el minuto de recordar/homenajear/reivindicar/re-vivir los versos memorables de Luis Rogelio Nogueras, de Wichy, del Rojo.

Y el Rojo está aquí, en las páginas que siguen, de muchas maneras: en el testimonio poético de quienes le conocimos de cerca, de adentro; en la admiración de los que no le conocieron personalmente; en la imaginación de los más jóvenes que han descubierto (y seguirán descubriendo, en el futuro) la riqueza de su poesía, la fosforescencia de su personalidad que el tiempo mitifica, para bien; la profundidad de su palabra y la maravillosa y persistente vocación de permanecer entre nosotros, en la cultura cubana, para iluminarla desde el talento y defenderla desde la ética y desde la estética.

Para Ediciones La Memoria, para el Centro Pablo y para los pablianos y caimaneros que en el mundo somos, este libro es una alegría mayor, íntima y pública al mismo tiempo, porque a través de él transitan, desde la poesía y la memoria, valores que nos fortalecieron durante años y que seguirán animando los proyectos que artistas y pensadores quieran seguir desarrollando en estos espacios creados a punta de esfuerzos colectivos y solidaridades confesas o silenciosas.

La amistad es uno de esos valores. Y este es un libro hecho también desde ella, reuniendo incluso nombres y personalidades que el tiempo y las geografías alejaron en su momento y que este momento reúne nuevamente para recordar al amigo, al poeta, al narrador, al crítico, al cineasta, al pelirrojo irreverente que en esa balanza de oro, ese péndulo, se reía y se/nos preguntaba: qué dirán de mí los biógrafos, mi socio.

Quién sabe –y qué importa– lo que digan, lo que dirán, lo que no han dicho en este tiempo. Y en el que venga. Lo importante, sí, es confirmar que pocos libros como este podrían armarse con poemas dedicados a un contemporáneo querido y admirado o con textos que nacieron al calor o al brillo de su joven herencia literaria y humana.

Por eso agradecemos tanto las palabras que siguen dedicadas a/o inspiradas en los versos del Rojo y a los poetas que se hicieron aquellas preguntas en una sala santiaguera y allí mismo pre/pos vieron este libro.

Por eso lo ponemos ahora junto a otros papeles y sonidos con los que el Centro Pablo ha querido, desde siempre, honrar, honrándonos, la memoria de Wichy: el libro de sus crónicas casi desconocidas, De nube en nube; el volumen de la Colección Palabra viva en el que su voz dice poemas y cuenta sobre su vida a otro hermano inolvidable, Orlando Castellanos; las imágenes que animaron nuestras paredes en Mirar al Rojo, una de las primeras exposiciones que organizamos cuando nacía nuestro Centro.

Eso: mirar al Rojo otra vez en este libro entre el cuerpo y la luz.

Víctor Casaus

Puede descargar el libro en el siguiente link del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau:  “Entre el cuerpo y el alma”

“Pero si siente de la patria el grito…”


Fuente: Revista Bohemia, 26 de julio de 1968, pág 80-85

Testamento lírico de Sindo

Cuando hablen de Cuba en alegres reuniones y recuerden canciones que los hagan vivir, que recuerden las mías, que sirvieron de guía, o se busque al momento algún viejo retrato como ahí sí que en él me dilato, mientras más que lo miren, más recuerden de mí…

—Quiero que me entierren en Bayamo.

Y mientras decía esto, Sindo Garay seguía cumpliendo años, dejando atrás un centenario que Cuba entera había celebrado jubilosamente.

A la hora de su muerte, Sindo Garay acaba de recibir sepultura en tierra bayamesa.

Y así, “Bayamesa”, se tituló una de sus canciones fundamentales.

Antes, mucho antes, otros habían cantado a la heroica ciudad cubana, símbolo de nuestro indoblegable trayecto histórico.

El 18 de marzo de 1851, se reunieron José Fornaris, Francisco Castillo Moreno, Carlos Manuel de Céspedes y Carlos Pérez. Al día siguiente, por la mañana, Fornaris entregó los versos, Céspedes y Pancho pusieron la música y la cantaron todos, guiados por la magnífica voz de Carlos Pérez, acompañándose a la guitarra, ante Ia verja de la amada de Pancho, en la calle El Salvador, de Bayamo. Había nacido la primera “Bayamesa”, de aparente carácter romántico, pero según muchos, insinuante mensaje patriótico.

…ven no duermas, acude a mi llanto, pon alivio a mi negro dolor.

En plena acción revolucionaria, surge la misma canción, “La Bayamesa”, con nueva letra, ya de franca protesta y enardecido patriotismo. Los rebeldes animan las montañas y se entona la canción.

En 1918, Sindo Caray, estando en la casa de un amigo, en Bayamo, evoca la histórica destrucción de la ciudad y, frente a sus ruinas, compone “La Bayamesa”, canción inmortal, de profunda cubanía, reveladora de inalterables convicciones patrias.

Este Sindo Garay, menudo, inquieto, simpático, sencillo y cordial, nació según él:

—En Santiago de Cuba, el 12 de abril de 1867… ¡Caray, como hace tiempo de esto!

Analfabeto, Gumersindo Garay decidió comprender el sentido de las palabras escritas y el solo, voluntad y tesón, aprendió a leer y a escribir. ¡Qué bien, poder poner, ahí en el papel, los versos para las canciones! Y luego, o al mismo tiempo, o quizás antes, la música, de oído, sí, pero de un oído íntimo y sabio que conocía muchas cosas sin saber de dónde le venían, sorprendiendo a verdaderos maestros. Así Rodrigo Prats, nuestro gran compositor y director, explica:

—Lo de Sindo es realmente notable. No sabe música, pero tiene un extraordinario talento musical y admira su sentido de la armonía, su capacidad para estructurar sus canciones y, en fin, esa intuitiva sabiduría que lo distingue como un gran músico.

Más de cuatrocientas canciones… Por ahí andan las hermanas Martí, en paciente cosecha de las “cosas” de Sindo. Largas jornadas en la casa del compositor, anotando. escribiendo, interpretando, logrando matices qua Sindo explicaba y exigía. Y tenemos noticia de música “seria”, que sorprenderá cuando esa conocida, donde Sindo crece aún más, dando una dimensión que hasta ahora había quedado supeditada a su gran vocación de trovador.

¿Su primera composición? Un bolero: Quiéreme, trigueña. Antes de eso, acróbata y payaso en un circo. Anticipo de otras muchas acrobacias para poder vivir, siempre con el susto de la miseria encima, durante buena parte de sus gloriosos cien años.

Llegó por primera vez a La Habana en el año 1896 y vino en el vapor “Avilés”. Buscaba nuevos horizontes y se convirtió en horizonte para los trovadores de la capital.

Perla Marina, Clave a Maceo, Canto a Matanzas, Fermania, No se puede vivir así, Martí murió cara al sol, La tarde, El huracán y la palma, Amargas verdades, Rayos de oro, Habana querida y Guarina son títulos, entre otros muchos, que justifican el renombre de Sindo Garay.

Odilio Urfé opina:

—Melodista de ideas originales y profundas, armonista natural de increíble sapiencia. poeta de astro elevado, cantante de “segundo” de recursos imaginativos asombrosos y guitarrista de gran estilo.

Otro artista, admirado creador e intérprete, Bola de Nieve, dice, a propósito de Sindo Garay:

—Su valor increíble radica en la forma armónica de producir sus canciones.

Y Harold Gramatges:

—Sindo Garay es en la música popular cubana la máxima representación del cancionero romántico. Dotado de verdadera “inspiración”, le ha cantado con igual amor al paisaje cubano, a la mujer criolla y a Ios hechos de gran trascendencia de nuestra historia.

No cabe duda de que Sindo Garay es el más importante fenómeno musical de la música popular en Cuba y que su obra quedará como vivo ejemplo de un punto de partida siempre renovado en calidad y brío.

Su adiós definitivo actualiza una cita permanente con su música, con esa música fresca, limpia, original, que varias generaciones han avivado y consagrado con su aplauso. Nos queda Sindo ahí, en su obra y en el recuerdo de aquella honda humanidad criolla hasta el hueso, capaz de sentir por Cuba el grito para dejarlo todo, quemarlo todo, en voz, música y palabra, haciendo ejemplo vivo de su inmortal “Bayamesa”.

Y se cumplirá su testamento lírico:

“Cuando hablen de Cuba
en alegres reuniones
y recuerden canciones
que los hagan vivir,
que recuerden las mías…”

Las tres BAYAMESAS

La de Carlos Manuel de Céspedes y José Fornaris

¿No te acuerdas gentil bayamesa,
Que tu fuiste mi sol refulgente
Y risueño en tu lánguida frente
blando beso imprimí con ardor?

¿No te acuerdas que en un tiempo dichoso
Me extasié con tu pura belleza,
Y en tu seno doblé mi cabeza
Moribundo de dicha y amor?

Ven y asoma a tu reja sonriendo;
Ven y escucha amorosa mi canto;
Ven, no duermas acude a mi llanto;
Pon alivio a mi negro dolor.

Recordando las glorias pasadas
Disipemos, mi bien, las tristezas;
Y doblemos los dos la cabeza
moribundos de dicha y amor.

Letra transformada sobre la de Céspedes y Fornaris

¿No recuerdas gentil bayamesa,
que Bayamo fue un sol refulgente,
donde impuso un cubano valiente
con su mano el pendón tricolor?
¿No recuerdas que en tiempos pasados
el tirano explotó tu riqueza,
pero ya no levanta cabeza
moribundo de rabia y dolor?

Te quemaron tus hijos; no hay queja
que más vale morir con honor
que servir al tirano opresor
que el derecho nos quiere usurpar

Ya mi Cuba despierta sonriendo
mientras sufre y padece el tirano
a quien quiere el valiente cubano
arrojar de sus playas de amor.

La de Sindo Garay

Lleva en su alma la Bayamesa
triste recuerdo de tradiciones
cuando contempla los verdes llanos
lágrimas vierte por sus pasiones

Ella es sencilla, le brinda al hombre,
virtudes todas y el corazón
pero si siente
de la Patria el grito
todo lo deja, todo lo quema,
ese es su lema, su religión.

Waldo Leyva: Décimas a una muchacha de la infancia


Fuente: (Fragmento de entrevista a Waldo Leyva) Migala

Iba cruzando la tarde
sobre mi caballo viejo
y era la tarde el espejo
donde bajo el sol aún arde
tu pelo, porque la tarde
siempre nació de tu pelo
y hasta el cielo no era el cielo,

sino el azul de tus ojos
empañado por los rojos
crepúsculos de otro cielo.
Y yo era niño y fundaba
con mi caballo tu risa,
tu risa que era la brisa
de la tarde que pasaba
y con la tarde volaba
hacia la ceja del monte

donde hasta el mismo horizonte,
rojo por el sol poniente,
iba del monte a tu frente
y yo de tu frente al monte.
Ahora es otra tarde y llueve,
pero el agua es de aquel día,
en que la lluvia quería
tallarte el cuerpo, en el breve
espacio donde se mueve
la luz dentro de una gota;

por eso esta lluvia brota
no de las nubes de hoy
sino de un tiempo en que estoy
rehaciéndote gota a gota.

Este es un poema que escribí para una especie de novia. Ella no sabía que lo era pero, sin duda, éramos novios. Esas cosas pasan cuando se tienen 12 o 13 años. Yo no escribí el poema en esos momentos sino mucho después. Teníamos una suerte de acuerdo: ella me esperaba debajo de un naranjo todas las tardes y yo llegaba montado en mi caballo alazán. Una tarde, a la hora del crepúsculo, empezó a caer, como si no quisiera, una lluvia fina, y entonces me angustié, pensé que no estaría bajo el árbol, pero allí estaba, el agua chorreando de su pelo, contra el color de la tarde que se iba. Fue una imagen que se me quedó y muchos años después volví a ver llover de esa manera y ahí fue que escribí esas décimas. Las publiqué en la Revista Bohemia, una revista cubana.

Ella, de la que no tenía noticias, vio los versos y supo que le pertenecían, buscó mi dirección y me hizo llegar una carta donde me decía que también recordaba la escena y agradecía el poema.  El tiempo pasó y en algún momento fui con mi mujer a mi pueblo, a hacer una lectura de mis poemas. Allí estaba una señora muy amable que comenzó a hablar conmigo con mucho afecto. Me contó de su hermano, del papá que había muerto… en fin de muchas cosas que ahora no recuerdo. En algún momento se fue. Al terminar la lectura la organizadora del evento me dejó un papel. Estaba firmado por “La niña”. Así le decía yo en aquella época remota de la infancia. Me recordaba el poema en su nota. ¿Dónde está la niña? Le pregunté a la organizadora. Se fue, me dijo, era esa señora que estuvo todo el tiempo conversando contigo. Ya ves: el tiempo pasa…

Waldo Leyva (Remates de Ariosa, 1943) es un escritor, periodista y poeta cubano. Sus obras han sido traducidas al portugués. Ejerció la docencia como profesor de Estética y de Literatura Cubana e Hispanoamericana. Fue fundador y director de varias revistas, Del Caribe y Letras Cubanas, por citar algunas. Con su obra El rumbo de los días ganó en el 2010 el X Premio Casa de América de Poesía Americana y el premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), de Venezuela, le fue otorgado en 2012 por su antología Cuando el cristal no reproduce el rostro.

La vida tal cual. Virgilio Piñera


Tomado de UNION, Número 10, Año III Abril-Mayo-Junio 1990.

«Así fui. Así viví. Así soñé. Pasé el trance» Virgilio Piñera

No bien tuve la edad exigida para que el pensamiento se traduzca en algo que más que soltar la baba y agitar los bracitos, me enteré de tres cosas lo bastante sucias como para no poderme lavar jamás de las mismas. Comprendí que era pobre, que era homosexual y que me gustaba el Arte.

Virgilio Piñera



Juzgo ocioso declarar el año de mi nacimiento. Se cita el año de llegada al mundo cuando se pertenece a un país donde, en el momento en que se nace, algo ocurre —ya sea en el campo de lo militar, de lo económico de lo cultural… En tal caso la fecha tendría un sentido. Verbigracia: «Cuando nací en mi patria invadía el Estado tal o era invadida por el Estado más cual; cuando vine al mundo las teorías económicas de mi compatriota X daban la pauta a muchas otras naciones; cuando vine al mundo nuestra literatura dejaba sentir su influencia. Pero no, ¡que curioso! cuando en 1912 (ya ven, pongo la fecha para que no queden con la curiosidad) yo vine al mundo nada de esto ocurría en Cuba. Acabábamos, como quien dice, de salir del estado de colonia e iniciábamos ese triste recorrido del país condenado a ser el enanito irrisorio en el valle de los gigantes… Nosotros nada teníamos que ver con las cien tremendas realidades del momento. Pondré un ejemplo: la guerra de 1914 significó para mi padre una divertida pelea entre franceses y alemanes. Y también un modo de matar el tiempo a falta de otra cosa que exterminar. Papá, en compañía de otros papás, pasaba gran parte del día jurando que los alemanes eran unos vándalos (probablemente nunca se detuvo a pensar en virtud de qué usaba tal calificativo) y que los franceses eran unos ángeles; que Foch era un estratega y Ludendorff un sanguinario. En cuanto a mi madre, a la cabeza de mis tías y de otras parientes, tomaban tan al pie de la letra la inminente caída de París, que veía alemanes hasta en la sopa. Un día que el cañón Bertha tronó más que de costumbre sobre los techos parisinos se nos prohibió salir a la calle. ¡Temíamos ser bombardeados!

Me había tocado en suerte vivir en una ciudad provinciana, pero esto que no es cosa grave y hasta positiva si se sabe que allá existe una capital en toda la acepción de la palabra, significaba, en el caso nuestro, una tal ausencia de comunicación espiritual y cultural que, a la larga, terminaría por encartonarnos. Vivía, pues, en una ciudad provinciana de una capital provinciana, que, a su vez, formaba parte de seis capitales de provincia provincianas con una capital provinciana de un estado perfectamente provinciano. El sentimiento de la Nada por exceso es menos nocivo que el sentimiento de la Nada por defecto: llegar a la Nada a través de la Cultura, de la Tradición, de la abundancia, del choque de las posiciones, etc. supone una postura vital puesto que la gran mancha dejada por tales actos vitales es indeleble. Es así; que podría decirse de estos agentes que ellos son el «activo» de la Nada. Pero esa Nada, surgida de ella misma, tan física como el nadasol que calentaba a nuestro pueblo de ese entonces, como las nadacasas, el nadaruido, la nadahistoria… nos llevaba ineluctablemente hacia la morfología de la vaca o del lagarto. A esto se llama el «pasivo» de la Nada, y al cual no corresponde «activo» alguno.

Muchas veces me he preguntado por qué los hombres y mujeres que formaban mi pueblo natal, Cárdenas, no se llamaban todos por el mismo nombre. Por ejemplo, Arturo. Arturo se encuentra con Arturo y le cuenta que Arturo llegó con su hijo Arturo y con su hija Arturo, que su mujer Arturo pronto dará a luz un nuevo Arturo, pero que ella no quiere ser asistida por la partera Arturo sino por la otra partera Arturo que es la partera de su cuñado Arturo madre del precioso niño Arturo cuyo padre Arturo trabaja en la fábrica Arturo…

Y por supuesto, mi familia formaba parte del clan Arturo. No bien tuve la edad exigida para que el pensamiento se traduzca en algo que más que soltar la baba y agitar los bracitos, me enteré de tres cosas lo bastante sucias como para no poderme lavar jamás de las mismas. Comprendí que era pobre, que era homosexual y que me gustaba el Arte. Lo primero, porque un buen día nos dijeron que no se había podido conseguir nada para el almuerzo. Lo segundo, porque también un buen día sentí que una oleada de rubor me cruzaba el rostro al descubrir palpitante bajo el pantalón el abultado sexo de uno de mis numerosos tíos. Lo tercero, porque igualmente un buen día escuché a una prima mía muy gorda que apretando convulsivamente una copa en su mano cantaba el brindis de «Traviata». Para no menoscabar la autoridad de la naturaleza me veo obligado a decir que reaccioné en toda la línea. La molesta sensación del hambre la aplaqué saliendo subrepticiamente ala calle y robándome un plátano de la frutería. En cuanto al sexo, mi reacción fue más elaborada, lo primero que se me ocurrió fue buscar un sitio aislado, pero no bastándome la soledad, busqué el concurso de las tinieblas. Un ciego instinto me avisaba que, habiéndome apoderado de la imagen de mi tío, debería, so pena de perderla, sumirla en el rincón más oscuro de mi ser. Pero como yo era un niño de siete años y no un psicólogo, hice lo que hacen los niños en estos casos: busqué la oscuridad física. La encontré en la carbonera; entonces me puse a revolcarme como un desesperado; desesperado, porque ignorando totalmente dónde ubicar el sexo de mi tío en mi cuerpo, sólo acertaba a hacerme una imagen del tío como encimándose pero sin llegar a posarse en algún punto preciso. Pero ¡Oh poder del centro de gravedad! Ya encontraba el mío pues la mano fue cayendo hacia el centro de mi cuerpo, en donde mi diminuto e informe sexo, grotescamente erecto, solicitaba el acompañamiento de la mano para regalarme la áspera melodía de la masturbación. A los pocos instantes me sacudió un estremecimiento de placer y entonces supe que todo pasaba en el cerebro, pues el tío, como la roja lumbre de un cigarrillo me quemaba y desgarraba la cabeza cual si yo fuera el hígado de otro Prometeo.

Mi primera hambre artística la calmé con ese almibarado engaño que el arte pone bajo los ojos de aquél que se le enfrenta por la primera vez: me refiero al bocado de la imitación. Tal parece que nos dijese: —«Aquí me tienes; sólo tendrás que parecérteme y entonces tu angustia será calmada pues otros se querrán parecer a tu demonio…—. Pero ¡ay!, cada nuevo ejercicio de imitación nos va alejando su rostro y terminamos pisoteados por sus horrendos cascos.

Me encerré en la alcoba de mi madre y sobre mis ropas de niño eché un peinador; puse una cinta en mi cabeza y una flor, de papel al talle. Entonces agarré un búcaro y elevándolo a la altura de mi cara canturreé una y diez veces la poca melodía que se me había pegado del famoso Brindis. El resto del día lo pasé, como se dice, en religioso silencio. ¿Silencio de los mundos o de qué…?

Claro que no podía saber a tan corta edad que el saldo arrojado por esas tres gorgonas: miseria, homosexualismo y arte, era la pavorosa nada. Como no podía representarla en imágenes, la representé sensiblemente: tomé un vaso, y simulando que estaba lleno de líquido, me puse a apurarlo ansiosamente. Mi padre me sorprendió; muy intrigado preguntóme por qué fingía que estaba bebiendo… Entonces le respondí: que estaba tomando «aire». Se explica muy bien que simbolizara inconscientemente la nada si se tiene presente que la materia que se oponía a mi materia no se podía combatir en campo abierto, sino que la lucha se desarrollaba en el angustioso campo de lo prohibido. No hubiera podido salir a la calle y declarar abiertamente nuestra hambre; infinitamente menos confesar, y lo que es más importante, practicar, mi inversión. En cuanto al problema del arte, no era tan bárbara mi familia como para prohibírmelo, pero como en la niñez el futuro artista no lo es, y en cambio, sí es y nada más que pura sensación, sólo atina a abrir una inmensa boca y sufrir las angustias del éxtasis.

Francamente, sigo considerando a La Habana como un sepulcro. Un vasto sepulcro dividido a su vez, en sepulcros más pequeños. Pero aclaro en seguida que tal impresión sepulcral no tiene nada que ver con la arquitectura de la ciudad; tampoco nace dicha impresión de esas típicas sensaciones de aplastamiento propias de las grandes ciudades. La Habana, por el contrario es una ciudad grande pero nunca una gran ciudad.

Un aire provinciano se respira todavía en su ámbito y en cuanto a las gentes definen de un plumazo que no son moradores de una imponente urbe en virtud de esa falta de distancia privativa de tales moradores. No, si yo digo que la ciudad me sigue pareciendo un vasto sepulcro se debe pura y simplemente a una contingencia privada y personal: me refiero a la miseria. Así; como el Vía Crucis de la Pasión tiene sus Estaciones, así también tengo yo por la ciudad señaladas mis tumbas, partes de ese vasto sepulcro, y en el correr de los años y tras una vuelta de algunos pasados en el extranjero no he logrado que tal impresión desaparezca, o, al menos, se atenúe. Y si voy a hablar con mayor franqueza, aunque tenga que enfrentarme con el ridículo, declararé que hasta evito cuidadosamente ciertas calles y ciertas casas en las cuales estas marcas de la miseria me hicieron padecer más de lo acostumbrado. Pero aclaro también en seguida que si las evito es precisamente porque ni una pizca de delectación hay en mi alejamiento de ellas. Sencillamente las veo como puentes cortados, fragmentos de mi existencia que en nada me religan ni podrían religarme con mi vida presente. ¿Qué tengo yo que ver, por ejemplo, con el Virgilio del año 38, inquilino de un cuarto en la calle de Galiano? Y si fatalmente debo pasar por tal lugar lo observo con la misma indiferencia que todo mi ser asumiría ante el sepulcro de Tutankamen… No podría tener piedad con cadáveres ajenos. Entre estos milenarios también se clasifica el mío de ese año 38.

Decliné una invitación a bailar esa noche y me despedí de mis amigos. Desde Camagüey había escrito a una tía política que viviría en su casa. La había escogido a ella porque a pesar de su pobreza vivía a dos cuadras de la Universidad. Un camión de bultos postales me transportó a La Habana.

No tengo que decir que el viaje era gratuito, favor que me hacía un amigo de la infancia y que le agradecí doblemente pues así me ahorraba los cuatro pesos que, con sumo trabajo, había ahorrado para el ticket del ómnibus. Viajar durante catorce horas en un camión, echado entre bultos —un bulto más— es algo realmente pintoresco: una inmensa tela embreada cubre por entero la superficie del camión y se ve uno obligado a rodar interminablemente con una tienda de campaña sobre la cabeza. Mi amigó el camionero me improvisó en la parte posterior del camión una suerte de cucheta y, con ayuda de dos tablas suspendió un tanto la lona y así podía ver yo el fugaz paisaje: sabanas o colinas, árboles o palmas y los eternos verdores de nuestros campos. En suma, monotonía y monotonía…

Lezama Lima y Virgilio

Pero también monotonía dentro de mí. Cumplida ampliamente la mayoría de edad seguía yo practicando a diestra y siniestra la recitación y la masturbación: yo lo recitaba todo —desde la prosa hasta los versos y me masturbaba tanto física como mentalmente, esta línea de menor resistencia era una mullida almohada adonde mi cabeza se reclinaba impúdicamente. Expresar los pensamientos ajenos y evadir todo contacto real con el sexo se había convertido para mí en una mecánica cotidiana, matizada por el tantalismo que ponía yo en todos mis actos, si no llegué a chocar con la imbecilidad fue debido a una especie de contra yo que analizaba mis actuaciones; quiero decir que algo me advertía constantemente de la falsedad de mis reacciones y me pinchaba para que saliera del impasse, he ahí por qué viajaba yo en un camión. La Habana me curaría del recitador y del masturbador; aprendería esa técnica impostergable que consiste en contar el sueño de nuestra existencia y echándome en los brazos del primer hombre conocería por fin el sexo tal y como yo lo entendía. Tales reflexiones me iba haciendo mientras sus ruedas me alejaban de la provincia, y como quiera que las generalidades llevan a las particularidades, me encontré, de súbito, totalmente erotizado, con el audaz pensamiento de que conmigo viajaban doshermosos y nobles hombres con los cuales podría poner en práctica mis eróticos ensueños.

Dicho y hecho, aprovecharla la próxima parada del camión en uno de esos descampados que los choferes escogen para escapar un tanto a la angustia del volante y allí seria Troya… Me ayudaría la Naturaleza —frescas brisas, árboles copudos, si es posible, hasta murmurante arroyuelo y el tibio calor del sol entre los ramajes. Y también esa otra Naturaleza, la humanidad, y sobre todo, ésa de los hombres de los cuales había leído que son a tal punto sexuales que desconocen toda discriminación en cuanto a satisfacción sexual se refiere. Si, todo se conjugaría y esta vez me tocaría a mí ser arrojado del paraíso. Hasta ese momento yo era una triste presa del Señor y, sin duda, el diablo quería su parte, me abandoné a endiabladas ensoñaciones: ¡Oh, supremo instante en que el ángel me arrojar la hacia el valle de las lágrimas! ¿Y a cuál de los dos mecánicos escogería yo como instrumento de mi liberación? ¿Sólo a uno o a ambos? Yo había también leído, como se lee en las descripciones de viajes famosos, que en casos desesperados la elección puede ser fatal, que es preciso echar mano a cualquier recurso y que pararse en pelillos puede significar la muerte del viajero… Entonces, si no lograba separar a uno del otro, mediante acción rápida, propondría a los dos desempeñar el papel de Adán, y digo Adán y digo paraíso y digo ángel, porque en mi obligado papel de recitador ya me había disparado hacia una suerte de retórica, que, por otra parte, iba anunciando que todo pararía en vanas palabras.

Y así fue, lo de dicho y hecho fue dicho y hecho, mas… dentro de mí. A los pocos minutos el camión se había detenido en un lugar punto por punto igual al descrito por mi imaginación. Desde ese instante —inicio de una realidad que yo temía— un sudor frío me inundó todos los miembros: me quedé paralizado, y una pierna que dejaba ver su carne fue descubierta automáticamente con una punta de la lona. ¡Ahí estaba ya: templo que se opone a que sea rasgado su velo! Sentí que los mecánicos se acercaban, entonces me tiré totalmente la lona por encima y me hice el dormido. Pero ellos, alegres y riendo ruidosamente, me sacaban del camión y me señalaban un lugar encantador. Tan pálido debí mostrármeles que me preguntaron si me sentía enfermo. Hice que no con la cabeza y salté del camión. Nos internamos en el campo y ya comenzaba a serenarme cuando advertí que mi amigo llevaba en la mano una botella de ron. Me eché a temblar de nuevo: era que la vista de la botella —argumento poderoso para convencer al más reacio y despertar al más embotador— me llenaba de pavor. Así era yo: cuando las cosas llegaban a un plano de inmediato cumplimiento iniciaba la vergonzosa retirada. ¿Adónde habían ido a parar mis audacias de hacía unos minutos? Todo aquel paisaje sensual, todo aquel erotismo bajo una lona se había diluido y veíame parado como un corredor al que se le ha interpuesto un obstáculo en plena carrera.

Topamos con el inevitable arroyuelo y allí nos detuvimos. El ayudante de mi amigo me miraba de soslayo y advertí en su mirada que me examinaba con la misma curiosidad que un animal cualquiera examina a otro de una especie diferente; sentía que medía su fortaleza por mi debilidad y a tal punto se sintió protector que me ofreció por asiento la piedra más pulimentada. En seguida me alargó la botella y me dijo desplegando una irónica risita si no quería tomar un poco de agua después del trago. Entonces mi amigo comenzó la consabida charla sobre las mujeres. En menos tiempo del que empleo para contarlo aquí me describieron unos coitos complicadísimos y, aunque mi desconocimiento en materia de psicología masculina era bien superficial, me percaté de que todo obedecía a esa táctica viejísima que consiste en dejar traslucir lo extranormal mediante alusiones a lo normal. Todo ello corregido y aumentado con la inevitable excitación que cualquier relato erótico nos procura. Pero todos sus cálculos fallaron, porque mis inexorables moiras de la recitación y la masturbación se interpusieron y me vi, yo también, imbécil y medroso, relatando unas imaginarias hazañas habidas con docenas de mujeres. Hablé hasta por los codos y tanta «masculinidad» desplegué que ellos se vieron constreñidos a ese desdén calculado que es de rigor entre connotados tenorios. Había fracasado una vez más y mi residencia en el paraíso se prolongaba. Volvimos al camión bajo un silencio de muerte y ya no paramos hasta la entrada de la capital.

Mis primeros contactos en el terreno así dicho del arte los hice con dos tipos de gente en extremo dudosas. Las primeras formaban fila en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras; las segundas eran muchachos inclinados a lo bello, sensibles, amantes de las bellas artes. Unas y otras eran homosexuales y tras un estudio detenido de las mismas nunca se podía saber si eran homosexuales porque aspiraban a ser artistas o si aspiraban a serlo porque eran homosexuales. Por otra parte resultaba algo muy revelador el hecho de que la mayor contribución de homosexuales a los cuadros universitarios fuese dada por la Facultad de Filosofía; ninguna de las restantes Facultades podía exhibir siquiera la cuarta parte de los de aquélla. Eran muchachos pálidos, nerviosos, que no «perdían» un concierto, que hablaban afectadamente y hacían versos. Me encontré con que todos y cada uno eran poetas, con libro o sin él, que en los patios buscaban ansiosamente a nuevos reclutas, se olían y reconociéndose comenzaban por la confesión lírica para llegar abruptamente a la confidencia homosexual. Naturalmente, yo había escogido por carrera la de Filosofía y Letras. ¡Cómo podía no ser así! Entre el corazón anatómico y el poético no podía dudar; me quedaría siempre con el poético. Digo esto porque pienso en nuestra brillante hornada de invertidos líricos estudiando la carrera de Medicina a merced de fríos profesores de anatomía y deportivos muchachos. No, nosotros, con verdadero instinto animal, nos habíamos replegado a la sombra de Minerva: alguno de entre los profesores quizás si nos comprendiese y hasta compartiese nuestras inquietudes…

Y así mismo para el buen éxito de nuestros insatisfechos ensueños eróticos nos era imprescindible lo Bello: podrían revirarse los ojos, caer en éxtasis, suspirar, si leíamos un verso de Dante o de Keats; la vista de una lámina que mostrara un vaso sagrado del templo de Amón o el Rapto de Proserpina nos autorizaría a vernos transmutados en el sacerdote o en, la diosa… Sí, no podíamos no ser sino estudiantes de Filosofía y Letras, adorar de rodillas la Belleza y coleccionar objetos de arte. Pero quedaba, en esta sospechosa arqueología intelectual, un «renglón» no menos importante. Me refiero a las llamadas «antigüedades», sembradas, regadas y recolectadas por los homosexuales de garçonniere. A poco de haber entrado a uña de tales garçonnieres el amigo que nos presentara al dueño de casa rogaba a éste que nos mostrase su «antigüedad» o «antigüedades». El anfitrión, bajando la vista y lleno de rubor se apresuraba a ponernos delante de los ojos todo lo antiguo de que era poseedor. En el ochenta por ciento de los casos este homosexual de garçonniere era persona muy inculta, pero como se había corrido la voz entre los del oficio que las «antigüedades» eran espirituales, que daba «cachet» el poseerlas, él se apresuraba a adquirir, por lo menos, una. Además, ocurría algo muy divertido: dichos invertidos se cansaban bien pronto de sus «antigüedades». De pronto se levantaban una buena mañana diciendo que ya no podían pasar frente a la paloma de plata tal, o al plato de porcelana o a los candelabros de bronce sin experimentar un fuerte fastidio. Entonces se llamaban por teléfono y se proponían los trueques más pintorescos. Porque resultaba, con arquetípica frivolidad homosexual, que X se había enamorado de la antigüedad que precisamente daba ya náuseas a Z, y en esto podríase establecer un ajustado paralelismo en lo que a elección y posesión de hombres se refería. Antigüedades y hombres iban y venían por la ciudad, se intercambiaban y a menudo se topaba uno con esto: la antigüedad y el hombre de X, vistos en su casa la semana última los veríamos hoy en la garçonniere de Z, extremo que procuraba un fuerte desasosiego y confusión puesto que no se encontraba en el momento una explicación del fenómeno.

Comprobé entonces que tanto el estudiante de filosofía y letras como el homosexual de garçonniere tenían algo muy en común conmigo. ¡Ellos también recitaban y se masturbaban según todos los matices y en todas las acepciones! No bien plantado todavía en la capital y ya estaba fuertemente metido en el mismo juego. El único cambio radicaba en la variedad; en la provincia yo me masturbaba y recitaba en soledad; aquí, en La Habana comenzaba a hacerlo en compañía; en compañía dudosa y lacrimosa, llena de corbatas chillonas, de frasquitos de perfume, de antigüedades y objetos de arte… Pero no reaccioné enérgicamente y me hundí delectablemente en tales suciedades. Creo que no caí definitivamente porque jamás tuve dinero para obtener ni la antigüedad ni el hombre, y también, así lo estimo, por una suerte de, sexto sentido que me dejaba ver lo ridículo de todo aquello. En este punto podía citar mil ejemplos pero me limitaré a uno solo: visitaba una noche el apartamento de un connotado homosexual que había leído a Milton… De pronto, el amante de turno largó una patada a un tenebrario de palisandro que se dejaba ver en un ángulo. Vino al suelo con gran estrépito, las velas se amazacotaron unas con las otras, el homosexual sufriría crisis de nervios. El colofón de todo aquello fue la expulsión a cajas destempladas del bestial profanador. Las «novedades», esto es, los forzudos y bellezas masculinas, siempre podrían encontrarse al doblar la calle, pero con las antigüedades no había que jugarse… Y aunque tan productoras de hastío como los amantes, tan intercambiables como éstos, llevábanles un punto de ventaja: la antigüedad, habiendo sido automáticamente feminizada por su poseedor, entraba a formar parte de la psiquis del mismo, psiquis que rechazaba todo tipo de procedimientos coercitivos.

Por esos días me topé de manos a boca con un viejo amigo de la provincia. Por supuesto, era amigo del gremio: le había perdido de vista los últimos tres años pues fue agraciado con un cargo diplomático marchándose a Europa. Era uno de esos seres a los que se puede agrupar bajo la denominación común de «hijos de la decadencia». Decadencia en lo que respecta a pérdida de la fortuna familiar, decadencia espiritual y hasta decadencia física, pues aunque afinados, proporcionados y desempercudidos eran por esto mismo unos decadentes. En el caso particular de este amigo había que poner también que el pobre, era de lo más tonto que quepa imaginar. A más de ser un connotado homosexual de garçonniere se cargaba con algunas notas muy suyas: la vida de la cultura la limitaba a tres nombres en el arte: Oscar Wilde, Gertrudis Gómez de Avellaneda y el pintor Wintelharter. Por qué caminos arribo a síntesis tan apretada y disparatada es cosa que nunca podrá saberse; yo creo que la única explicación, o en todo caso la más cercana, habría que buscarla en la infinita frivolidad que caracterizaba a todos estos seres. Para ellos un escritor venía a ser una «antigüedad». más, un capricho, que debía «combinar» y «rimar» en su melodía tonta tal como debemos combinar en una cámara ciertos colores a fin de que la vista pueda deslizarse placenteramente. De los nombres seleccionados por mi amigo para hacer su camino en la vida el de Wilde era el que se definía por sí mismo; por otra parte, no era él solo quien wildezaba… todos lo hacían furtivamente. Libro de cabecera de estos homosexuales era el Dorian Gray, y para recitar en veladas, La Balada de la Cárcel de Reading…

Mi primera permanencia en Buenos Aires duró de febrero de 1946 a diciembre de 1947; la segunda de abril de 1950 a mayo de 1954; la tercera de enero de 1955 a noviembre de 1958. Si doy tal precisión es por haber vivido diferentemente las tres etapas.

Junto a sus padres y hermanos, 1959

En la primera fui becario de la Comisión Nacional de Cultura de Buenos Aires; en la segunda empleado administrativo del Consulado de mi país; la tercera corresponsal de la revista Ciclón dirigida por José Rodríguez Feo. La economía de la primera etapa fue saneada; la de la segunda irrisoria: la de la tercera desahogada.

Llegué a Buenos Aires el 24 de febrero de 1946, día de elecciones presidenciales y día en que salió electo Perón. Durante el trayecto del aeropuerto, hacia la ciudad, presencié el acarreo de las urnas electorales. Fue éste mi primer contacto con Buenos Aires. El segundo lo tuve en un «continuado» (cine de asuntos cortos o documentales). Como no llevaba corbata, el boletero me dijo que no podía entrar en el cine; me ofreció una de las tantas corbatas que para uso del público tenían en el guardarropa. Ya frente a la pantalla no conseguí fijar la atención: una y otra vez me miraba la corbata. En realidad lo que vi lo vi hacia adentro de mí y era un film que bien podría titularse La corbata asombrosa. Por la noche conversación con Adolfo de Obieta (hijo de Macedonio Fernández). Nuestra amistad databa del año 1943; él me había pedido una colaboración para su revista Papeles de Buenos Aires. Adolfo, que había adoptado el apellido materno, era todavía joven, sobre todo en la Argentina. Allí tener treinta y tantos años es no sólo ser todavía joven sino ser muy joven. Como todo ser humano Adolfo tenía su marca física. La mía es la nariz grande, ganchuda, insistente. La marca de Adolfo es un ojo (no recuerdo si el derecho o el izquierdo) que se mueve todo el tiempo, o se achica y nos da la impresión de que va a ocultarse de un momento a otro. Yo diría que es un ojo problematizador y uno nunca podría saber si ese ojo problematizaba instigado por el propio Adolfo o si éste problematizaba instigado por su ojo. Este ojo y Adolfo (dos personalidades en una sola persona) buscaban el Supremo Bien. Adolfo de Obieta es un santo laico (único modo en este siglo de ser un santo eficaz) que problematiza sobre la existencia o no existencial de Dios y al hacerlo, manifiesta a Dios a través de su bondad. Ser bueno en totalidad es algo tan difícil de ser que se es casi divino, y serlo casi es casi una prueba de la existencia de Dios. Además, esta bondad congénita de Adolfo tiene su particularidad: Adolfo es un «gaucho», que hora a hora, totaliza tantas «gauchadas» como cálculos una computadora electrónica. Como la Bondad habita el mismo mundo que la belleza, Adolfo se extasía ante la Belleza. En una ocasión llevó una flor silvestre, de un raro color y forma, a casa de Graziella Peyrou. Durante dos horas asistí a una conversación apasionante sobre la Belleza.

En el momento en que soy presentado a Gombrowicz estos intrépidos muchachos trabajaban en Ferdydurke a toda máquina. Ya tienen vertidos tres capítulos de la novela. Me sumo al grupo y como dispongo de todo el tiempo para trabajar en Ferdydurke, Gombrowicz me nombra presidente del Comité de Traducción.

Aquí debo hacer una breve explicación de las relaciones de Gombrowicz con los escritores argentinos. Por intermedio del poeta Carlos Mastronardi conoce a Borges, Mallea, Sábato, Silvina Ocampo, Capdevilla, Martínez Estrada, Bioy Casares, etcétera. No tuvo mayor éxito con ellos. Profundas diferencias los separaban, y justo es decirlo, el carácter díscolo de Gombrowicz. Por entonces conoció a Obieta, que acababa de fundar Papeles de Buenos Aires. Gombrowicz cedió a dicha revista uno de los cuentos intercalados en Ferdydurke, el que lleva por título «Filimor forrado de niño». Esta narración suscite vivo interés entre los escritores que se agrupaban bajo la bandera de Papeles. Por otra parte, el contacto personal, la conversación brillante de este escritor, sus paradojas y su punzante ironía, terminaron por crear en torno a él una especie de culto.

Una vez vertida la novela al español había que encontrarle editor. Se la ofrecí a la Editorial Argos para la cual hacía traducciones. Tuvimos la suerte de que Luis M. Baudizzone se interesara por Ferdydurke y nos prometiera imprimirla. Así lo cumplió y la novela apareció exactamente el día 26 de abril de 1947, con una Nota sobre la Traducción escrita por mí. Esa tarde Gombrowicz, Humberto y yo nos dimos cita en el café El Querandí. De allí iríamos a la Editorial Argos (situada a pocos metros de dicho café) para retirar diez ejemplares de Ferdydurke. Gombrowicz ocultaba su emoción haciendo chistes. Nos contó por milésima vez el derecho al taburete que tenía su abuela en la corte española (sic). Por milésima vez hizo el relato de su desembarco en Buenos Aires en 1939, imprimiéndole tales acentos épicos que nos parecía estar oyendo la relación del desembarco de Colón en la isla de San Salvador. Finalmente, mirando la hora en el reloj del café, me dijo: «Vamos, Piñera, llegó el momento… Empieza la batalla del ferdydurkismo en Sudamérica». Eran las seis de la tarde.

Llevando él un paquete con cinco ejemplares de su novela y yo otro paquete con igual número de ejemplares nos encaminamos al Café Rex, en cuya sala de ajedrez había funcionado por más de un año el Comité de Traducciones de Ferdydurke. Una vez allí Gombrowicz nos dijo: «Y ahora nos trataremos de tú. ¿Cómo te va, Piñera? ¿Cómo te va, Rodríguez?» Después tomó un ejemplar de Ferdydurke y me lo dedicó. Reproduzco la dedicatoria porque es un rasgo más de la personalidad gombrowiana, mezcla de mistificación y de seriedad: «Virgilio, en este momento solemne declaro: tú me has descubierto en la Argentina. Tú me has tratado sin mezquindad, ni recelos, con amistad fraterna. A tu inteligencia e intransigencia se debe este nacimiento de Ferdydurke. Te otorgo, pues, la dignidad de Jefe del Ferdydurkismo Sudamericano y ordeno que todos los Ferdydurkistas te veneren como a mí mismo. Sonó la hora! ¡Al combate! — Witoldo».

La salida de Ferdydurke no constituyó un triunfo resonante si por tal se tiene el de la novela best–seller. Se vendió discretamente y tuvo una crítica mitad favorable mitad adversa. Entre los escritores argentinos de gran renombre no fue acogida con fervor. En cambio, la novela ganaba adeptos entre la juventud. Poco tiempo después de la aparición de Ferdydurhe en español, se reeditó en Polonia y para la juventud de ese país Gombrowicz significó una especie de oráculo.

Cuando Obieta me llevó a conocer a Macedonio vi, en pleno verano, a un hombre ernmitouflé, rodeado de cuatro braseros, con puertas y ventanas herméticamente cerradas, que se quejaba del frío. No sé ya por qué salió Brahms a relucir en la conversación. Yo dije esta pavada: «Brahms es la reducción musical de una partitura que se flama Beethoven»., Y Macedonio, sonriendo levemente, dijo arrastrando las palabras: «Eso es, Brahmsthoven, casi nada ha faltado para que fuera Beethoven». Después habló largamente de la Judith de Hebbel, de la que parecía entusiasmado. La puso sobre el tapete como sobre una mesa ponemos una copa de cristal de Baccarat —con suma delicadeza. Dijo que no era un especialista en el perso­naje bíblico de Judith, ni en Hebbel, ni en materia de teatro, pero que su admiración por la doble Judith —la de la Biblia y la de Hebbel— era tan absorbente que siempre que hablaba de ellas las criticaba con elogio y las loaba con sentido crítico.

Yo encontré en Buenos Aires gente tan culta, tan informada y brillante como la de Europa. Hombres como Borges, Mallea, Macedonio Fernández, Martínez Estrada, Girondo, los dos Romero, Bioy Casares, Fattono, Devoto, Sábato y muchos más pueden ofrecerse sin duda alguna como típicos casos de homme de lettres. Sin embargo de tantas excelencias todos ellos padecían de un mal común: ninguno lograba expresar realmente su propio ser. ¿Qué pasaba con todos esos hombres que con la cultura metida en el puño no podían expresarse?

Para contestar a esta pregunta me veo obligado a referirme a un artículo mío que, en parte, aclara la cuestión. El artículo se titula «Nota sobre literatura argentina de hoy» y allí, observo yo que la literatura argentina más representativa es de carácter tantálico.

Pero antes de seguir más adelante con el tantalismo, debo explicar la reacción de dos escritores que leyeron dicha Nota antes de su publicación. Fueron estos escritores Borges y Sábato. Borges reaccionó rogándome le cediera el ensayo para publicarlo en Anales de Buenos Aires —revista de la que es director; al mismo tiempo, me hizo saber que aceptaba lo del tantalismo en lo que a él se refería, y por último, a manera de confirmación y soberanía insertaba en dicho mismo número de Anales, y junto a mi Nota, uno de sus relatos más tantálicos— «Los Inmortales».

Sábato me expresó que negaba lo del tantalismo si referido a la literatura argentina en pleno. Que el hecho de existir media docena de tantalizadores no sentaba jurisprudencia, y que la literatura argentina contaba con algo más, que Borges Macedonio, Girondo y Mallea. Me dijo enseguida algo muy significativo: que esa generación nada tenía que ver con lo que, según su juicio, constituía la Argentina más prometedora, es decir, la formada por los hijos de la inmigración; que eran éstos los que iban perfilando la verdadera cara de la Argentina y que, en su momento, pondrían sobre un plano artístico las distintas realidades del país. A renglón seguido me confió algo que sólo a su persona concernía: «Ellos (se refería a Borges y a Sur) creen que voy a seguir sus pasos, que mi novela será lo mismo que ellos escriben, pero no saben qué sorpresa les aguarda». Aclaro enseguida por qué Sábato se ponía el parche tan a tiempo. Dos años atrás había publicado un librito, Uno y el Universo, en donde, y a pesar de sus tesis y de su propia personalidad, estaba escrito desde A hasta Z con el espíritu de Borges que flota sobre las aguas…

Me parecieron evidentes los argumentos de Sábato y los acepté de buen grado. Sin embargo, le confié que, a mi modo de ver, su generación y la que le iba a la zaga adolecía de los mismos vicios del borgismo a pesar de tener una apreciación más realista de las cosas.

Virgilio Piñera nació en Cárdenas en 1912 y falleció en La Habana en 1979 y fue un importante escritor cubano que cultivó la poesía, la narrativa y el drama, a quien se considera uno de los autores fundamentales de la llamada literatura de lo absurdo. Comenzó publicando sus creaciones en la revista Orígenes, de gran importancia en su tierra natal, que le permitió entablar discusiones con los conocidos José Lezama Lima y Cintio Vitier y posteriormente también colaboró con la Gaceta de Cuba. En su obra se nota una increíble intención de mantenerse entre la coherencia y lo absurdo, siendo sus títulos poéticos más reconocidos “Las furias“, “La isla en peso” y “La vida entera” (Se considera que con ellas consiguió explorar un terreno inconsciente nunca antes vislumbrado en este arte en la búsqueda de la fusión entre diversos géneros.); entre su narrativa podemos mencionar sus relatos “Cuentos fríos” y “Muecas para escribientes“, sus dramas “Electra Carrigó” y “Dos viejos pánicos” y sus novelas, “La carne de René” y “Presiones y diamantes“. Cabe mencionar que también se conocen varias obras publicadas a título póstumo, pero que no han conseguido tanta popularidad como las antes citadas.

“El reino del Abuelo”. Entrevista a Josefina de Diego,


Tomado de: Editorial VERBUM, España

Susana Méndez Muñoz entrevista a Josefina de Diego, Fefé, para Cubarte y hablan sobre su libro: “El reino del Abuelo”.

Después de muchos años de escrito y de haber sido publicado en España, México y Colombia, se edita en Cuba el libro El reino del abuelo, de Josefina de Diego, Fefé.

De izquierda a derecha: Josefina de Diego, Eliseo Diego, Bella García-Marruz, Constante Diego (Rapi), Eliseo Alberto (Lichi)

Este es un libro hermoso, dulce y conmovedor. Con una prosa sencilla, clara y elegante, con la prosa que piden los recuerdos; son los recuerdos los que llenan estas páginas que cuentan la infancia y adolescencia de la autora, las que transcurrieron en Villa Berta, en Arroyo Naranjo, y que compartió con sus hermanos Constante y Eliseo Alberto; sus padres Eliseo Diego y Bella García-Marruz; sus abuelas Berta y Josefina; sus tíos Cintio Vitier y Fina García-Marruz; sus primos Sergio y José María Vitier y con otros familiares y amigos, entre ellos los miembros del Grupo Orígenes.

El reino del abuelo es un inventario de sentimientos y momentos que no por cotidianos para la autora dejan de ser especiales, no solo para la familia Diego-García-Marruz y los amigos que visitaban Villa Berta, si no para cualquier sensible lector que con este libro rememorará sus propios orígenes.

Fefé de Diego accedió amablemente —lo cual está en su naturaleza— a conversar con Cubarte y volver a recordar.

La publicación en Cuba de El reino del abuelo debe significar mucho para usted, por supuesto…

Sí, siempre tuve la ilusión de que mi libro se publicara aquí que es realmente donde están sus lectores naturales; yo creo que tengo un poco de culpa en esta demora, porque no soy ese tipo de persona que está proponiendo lo que escribe.

Entonces primero un amigo en México (1993), luego otro en Colombia (2009) y después uno en España (2012) me lo publicaron; pero sí había aparecido aquí en una selección que hizo Roberto Fernández Retamar en la Revista Casa de las Américas, lo que para mí fue un orgullo muy grande, y también en Estatuas de sal. Cuentistas cubanas contemporáneas (1996), que es la primera recopilación de textos narrativos de escritoras cubanas, se hizo una pequeña selección. A Mirta Yáñez, una de sus editoras, le gustó mucho y me escribió una bella nota que conservo de recuerdo.

Por suerte, después de ciertos contratiempos, la Colección Sur lo ha publicado y me da muchísimo gusto porque yo he escrito otros libros, libros para niños que son muy entrañables para mí, pero éste es el libro que yo quería y que yo quiero porque esa casa fue muy importante, los juegos con mis hermanos, ya fallecidos, con mis primos, mi familia, con mis padres…

En esa casa también vivió mi padre hasta los nueve años y fue esencial para él. En una conferencia que dio bajo el título A través de mi espejo, lo dijo claramente: «El paraíso de mi infancia tiene un nombre: Arroyo Naranjo».

¿Cómo se llamaba la casa?

Villa Berta, por mi abuela paterna, ya que fue construida por su esposo, mi abuelo asturiano, Constante de Diego González. Mi abuelo sembró todos los árboles del jardín. No era un hombre preparado pues no había podido estudiar, era hijo de campesinos, pero era un amante de la literatura. Le escribió un soneto hermoso a Villa Berta, que ahora no lo recuerdo de memoria, pero es muy bello.

Construyó la casa en lo que antes era Arroyo Naranjo, porque ahora es mucho más grande, abarca Mantilla ya; antes era un pueblito pequeño al que yo le tengo mucho cariño porque allí aprendí a leer y a escribir, allí fui a la Secundaria, íbamos a la Iglesia con mis padres…Yo lo encuentro muy bonito, aunque me doy cuenta de que no es particularmente bonito, pero lo es para mí.

Sus hermanos están presentes en este libro, no solo en sus evocaciones…

Sí, la cubierta es de mi hermano Constante Diego (Rapi) y el prólogo de Eliseo Alberto (Lichi), que es jimagua conmigo, y el libro se imprimió justamente el año pasado en que yo conmemoraba los diez años de la muerte de Rapi y los cinco de la de Lichi. Está dedicado a mi familia, y muy especialmente a mi madre, porque fue ella la que quiso vivir en Villa Berta.

Cuéntenos esa historia…

Cuando eran jovencitos, mis padres y mis tíos, Cintio y Fina, fueron un día a visitar la casa, que en ese entonces estaba alquilada, y mi mamá se enamoró del jardín y le pidió a papá que cuando se casaran y tuvieran hijos, ella quería que estos crecieran en ese jardín y así fue. Hay una foto de esa visita, que fue muy importante, y un poema que papá le dedicó a mamá en recuerdo de ese día.

Entonces, cuando llegó el momento —vivimos en Villa Berta desde 1953 hasta 1968— fue mamá la que organizó toda la casa para que viviéramos en ella; le hizo el estudio a papá en los altos del garaje, que era un lugar maravilloso para escribir, porque había mucha tranquilidad y mucho silencio.

Esa casa está muy vinculada al grupo Orígenes.

Sí, todos los domingos la visitaban, por supuesto, mis tíos Cintio y Fina, mis primos Sergio y José María, pero también Agustín Pi, su esposa Dinorah y sus dos hijos; Octavio Smith, Lezama, que iba a jugar ajedrez con papá, lo recuerdo siempre con su tabaco… También el padre Ángel Gaz telu, que los casó a todos ellos y nos bautizó a nosotros, Cleva Solís, Roberto Fernández Retamar con Adelaida de Juan y sus hijas.

O sea, que es importante también la casa porque ellos se reunían allí, leían sus poemas, conversaban; era un lugar muy particular, además había música porque mi abuelita materna, Josefina Badía, tocaba el piano, también Felipe Dulzaides, su hijo; iban pintores, amigos…

Había una atmósfera muy agradable gracias a mi madre, que nunca escribió un verso ni lo necesitó; ella no tenía ese complejo en medio de una familia de escritores, artistas y locos, como se dice (risas); ella era la que propiciaba que todo el mundo se sintiera —como en el poema de mi padre—, en “el sitio en que tan bien se está”.

Mamá ofrecía su café y se preocupaba porque todos estuviesen cómodos; era una mujer muy cálida, muy linda también, se arreglaba muy bonito.

Para los cumpleaños ella lo preparaba todo, al igual que para las Navidades y los fines de año; vivía en función de los demás, así era, muy buena y muy sencilla. Se graduó de Pedagogía en la Universidad de La Habana, era una gran lectora.

Uno a veces construye sobre su memoria sus propios recuerdos. ¿Le pasó así en El reino del abuelo?

Sí, seguro, fíjate que después yo me di cuenta con mis hermanos que los tres recordábamos los hechos concretos pero cada uno de una forma diferente; es muy curioso eso de la memoria, yo discutía con Lichi y con Rapi: « miren eso no fue así» y me decían «sí mi hermana, tú estás equivocada», incluso por eso yo empiezo el libro diciendo «¿Te acuerdas mi hermano(…)?», que es una pregunta que se hacen los hermanos sobre los recuerdos compartidos solo entre ellos, y que ya yo, desgraciadamente, no puedo hacer, ya no les puedo preguntar: ¿Te acuerdas mi hermano?

Lichi también escribió sobre la casa, ¿verdad?

Sí, escribió un texto poético, como un relato de sus recuerdos; son ciento setenta páginas que aún están inéditas y en ellas yo encuentro que coinciden recuerdos de él y recuerdos míos, pero no exactamente, junto a otros que yo había olvidado.

La memoria es así, lo que no recordaba yo, lo recordaban mis hermanos o mis primos, y así se fue armando lo que fue esa casa; cuando yo estaba escribiendo el libro le pedí a papá que me describiera el jardín y él me hizo un mapa y todo, —lo tengo guardado— pero teníamos recuerdos diferentes, yo le decía «no papá, la fuentecita estaba para acá» y él me decía que no, porque lo recordábamos en momentos muy distintos, pero era el mismo jardín.

¿Cuándo usted comenzó a escribir El reino del abuelo?

En 1991, ya tenía cuarenta años; yo me demoré mucho en escribir porque tenía mucho miedo, la familia, los apellidos…Demoré dos años en terminarlo; lo consulté mucho con mis hermanos, mis padres, mis tíos, también con Adelaida y Roberto, que son como mis tíos, y con amigos.

¿Tenía miedo de que le exigieran mucho?

Sí, pero —ya lo dije en otra entrevista— quizás nadie estaba esperando nada de mí, pero yo tenía ese temor y además esa responsabilidad.

¿Fueron educados intencionalmente ustedes tres para ser artistas o escritores?

No, mis padres lo que querían era que fuésemos felices, no les importaba si éramos artistas o escritores, pero yo sabía que no podía quedar muy mal y por eso me contuve mucho, pero finalmente salió el libro y yo creo que quedó bien.

Eliseo, su padre, ¿pudo ver publicado el libro?

Sí, tuve la dicha de que él lo pudo ver; se presentó en la Feria del Libro de Guadalajara y él murió tres meses después.

¿Le dijo si le gustó?

Sí, me dijo que le gustó, pero lo que pasa es que el elogio viene de muy cerca. Incluso me escribió una notica en la que me dice que lo que le gustaba del libro era su transparencia. Y eso fue lo que me propuse, yo me sentía muy insegura y temerosa y traté que cada “viñeta” quedara como un retrato, un “flashazo” de la realidad, solo eso, un poco velada, eso sí, por una especie de bruma, provocada por el tiempo transcurrido y la nostalgia.

¿Y a Lichi?

Sí, y a Rapi también; Lichi lo dice en La Quinta de los comienzos, su primer libro, que tiene una prosa poética que me gusta mucho, pero ya después él cambió mucho su estilo.

También les gustó a mis tíos Cintio y Fina, pero no me quiero hacer ideas, como dice la gente, porque, como ya le he dicho, el elogio viene de muy cerca.

¿Cómo ha sido la reacción de los lectores hacia su libro?

A la gente le gusta, incluso a personas que no conocieron la casa ni nada; muchos me han dicho a lo largo de estos años que el libro los lleva a los recuerdos de su infancia, aunque fuera muy diferente a la mía.

Mi libro provoca nostalgia por la infancia, la familia, y retrotrae al que lo lee a sus propios recuerdos y me da gusto que así sea.

Después de El reino del abuelo, ¿ha escrito otras memorias sobre su familia?

Sí, y próximamente se va a publicar en España una compilación de varios textos que he escrito y publicado en revistas sobre mi familia; son textos más largos, como cuentos, de una página y media, con una prosa diferente, sobre mi abuela Berta, mis bisabuelos y otros familiares, y tiene una segunda parte que reúne escritos sobre mi padre.

¿Cuál es el título de este libro?

¿Y ya no tocan valses de Strauss?; este título es basado en una anécdota muy simpática de mi abuelita Berta, que era una abuelita muy particular; había viajado mucho, siempre estaba al tanto de las noticias y le gustaba mucho el mar.

Un día, cuando ya ella tenía más de ochenta años, la llevamos a Santa María del Mar, y le encantó, se metió en el agua y todo, y luego decidimos ir al entonces Hotel Marazul a tomar algo, pero lo único que estaba abierto era la discoteca y para allá fuimos.

La música que se escuchaba era «de discoteca», claro, estridente y horrible y de pronto, se apaga la música y mi abuela me pregunta: «Bueno, mija  ¿y ya no tocan valses de Strauss?». Por supuesto que estallamos todos en carcajadas y la anécdota se hizo popular en la familia.

Por eso quise tomarla para el título de este libro que no son solo recuerdos míos, sino que en él reproduzco historias que me contaron mis padres y la propia abuela Berta también sobre mis bisabuelos, que no conocí, cubanos y españoles.

Pienso que, a través de ellos, se puede llegar a conocer una parte de la historia en minúsculas, o sea, una parte de los cimientos sobre los que, muy modestamente, se fue formando la familia cubana a partir de estos abuelos del siglo XIX y principios del XX. Es, también, un homenaje a La Habana y a los habaneros, a sus calles, a sus parques y a sus costumbres, pues la mayoría de estos “personajes” vivieron —y descansan ya para siempre— en esta bella ciudad.

Fefé, ¿es en 2017 o en 2019 que se cumplen los setenta años de En la Calzada de Jesús del Monte?

Es en este año. Papá terminó este, su primer poemario, en 1947 y se publicó dos años después en el 49; las dos fechas están en el libro, él siempre decía que era un dolor de cabeza para los bibliotecarios porque en la edición príncipe dice «Ediciones Orígenes, La Habana 1949» y en la portadilla dice «La Habana, Año de 1947».

Se demoró en publicarlo porque no se atrevía a dar a conocer sus poemas; ya había publicado sus cuentos, era conocido como “el prosista del grupo” entre ellos ―Fina, Cintio, Lezama, Octavio―, todos habían escrito poesía, él estaba muy inseguro.

Entonces fue Lezama, según contaba papá, quien le dijo―él imitaba la voz de Lezama y todo―: «Eliseo, si usted no acaba de publicar ese libro, me veré obligado a hacerlo yo, bajo mi firma» y eso fue lo que lo decidió a publicarlo en el 49. Pero realmente lo terminó en 1947, incluso aquí en Cuba se hizo una edición facsimilar en el 87, a los cuarenta años; mi padre escribió este libro a los 27 años, era un jovencito.

En el 2019 coinciden los setenta años de publicado el poemario con los 500 de la fundación de La Habana, y es una buena coincidencia pues el libro está dedicado a una importante avenida de la ciudad, a la Calzada de Jesús del Monte, aunque ahora se llame Diez de Octubre.

Y aunque parece que falta mucho, el tiempo se va volando y ya en el 2020 papá cumpliría 100 años, entonces creo que todas estas fechas se deben tener en cuenta para recordar a Eliseo Diego, porque creo que es el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor, que se lean sus obras, porque ellos viven a través de sus libros.

Estoy hablando con varios amigos aquí y en otros lugares; es una campaña que estoy haciendo para recordarlo.

Josefina de Diego (La Habana, 1951). Estudió dos años la Licenciatura en Lengua Inglesa y Literaturas Inglesa y Norteamericana en la Universidad de La Habana. Abandonó esta carrera en 1971 y se graduó, en 1976, de Licenciatura en Economía en la misma universidad. El reino del abuelo se ha publicado en México (1993) y Colombia (2007). Ha escrito libros para niños y numerosos artículos sobre la obra de su padre, el poeta Eliseo Diego. Su narración para niños Un gato siberian husky obtuvo en Cuba el Premio de la Crítica en 2007.

Entrevista con Fayad Jamís: Los gestos de Lezama revelaban mucho su personalidad.


Fabiola Mora y Víctor Fowler
Fuente: La Jiribilla, 2010

José Lezama Lima (derecha) y a su izquierda Fayad Jamís.

Estábamos un día antes del año 1950 ó 51 en el café de Las Antillas por la calle San Miguel, entre Consulado y Prado; ahí iba mucho Agustín Pi, a quien Retamar llamaba la eminencia gris, perla del grupo Orígenes. Un día (Rolando) Escardó me propone darle a Agustín Pi algunos poemas míos para que los leyera, y este me pregunta si se los pasaba a Lezama para que los viera.

Yo no tenía confianza con Agustín Pi. Un día me encuentro con él y me dice que a Lezama le habían gustado los poemas y que si le permitía publicar algunos en la revista Orígenes. Claro que estaba agradecido, por dentro me sentía muy contento porque Orígenes era una revista de una altísima categoría cultural no solo en Cuba, sino en el ámbito de la lengua española, y hoy sigue reconociéndose como tal.

Pi más adelante me invitó a almorzar para que conociera a Lezama —aún no nos habían presentado— y me citó al restaurante árabe que estaba en la calle Indio llegando a Monte.

Los tres comimos una comida que no he olvidado: él pidió dos platos de cada cosa, con una gran delectación se despachó todo sin ningún tipo de pena.

Así fue como lo conocí. Recuerdo que lo vi en la famosa exposición antibienal —que no se llamaba así, sino Homenaje a José Martí— que se desarrolló en el Lyceum; allí estaba Lezama.

Lo vuelvo a recordar en 1959 cuando yo estaba trabajando en el Palacio de Bellas Artes; él, en la Dirección de Literatura del antiguo Consejo Nacional de Cultura, y allí organizó un ciclo de conferencias sobre el tema del hombre y la poesía.

Mi conferencia se llamaba Hombre y Poesía, para mí como para otros jóvenes fue importante —invitó a Pedro de Oraá y no olvido esa velada porque estaba Sandú Darié, que en la conferencia de Pedro caracterizó todo lo que este decía.

Lezama invitó a varios poetas jóvenes a dar conferencias. Sentíamos respeto porque éramos desconocidos y él creía en el trabajo de los jóvenes.

Respeté a Cintio también porque incluyó a Retamar y a mí en su antología, y ambos teníamos 22 años. Cintio también creyó en los jóvenes. Yo ni siquiera tenía ningún libro publicado en ese momento. No éramos grandes figuras los que hicimos las conferencias. La conferencia de Oraá salió publicada con las caricaturas de Sandú en una edición muy fina.

Trabajé un año en el Museo Nacional y me lo encontraba a menudo, conversábamos en un café por detrás del Museo que se llamaba Las Américas.

Lezama le daba mucho calor a las ediciones que hacía con un gran amor a la cultura cubana; eran ediciones sencillas.

Lo recuerdo más a partir del trabajo en la revista UNION, cuando yo la dirigía, él participaba en las reuniones, una vez al mes, tanto para la edición como para la comisión de publicaciones de la editorial UNION. Él era vicepresidente del organismo, integrante del consejo de redacción de la revista, en la que yo aparecía como jefe de redacción porque nunca quise ser el director, no había nadie como director, aunque yo era el que la dirigía plenamente. Lezama estuvo como tres años en este trabajo y nosotros pagábamos a lectores para que se leyeran los libros y esos dictámenes los leíamos en la comisión y se debatían: en la comisión estaba Augier.

Dejé de trabajar en 1969 y ya Lezama no era vicepresidente de la UNEAC. Lezama era una persona muy constructiva en el análisis de los libros, en el análisis de siempre estimularlo, no vetar un libro por malo, decía: “la persona tiene facultades, se ha expresado en la cultura”, siempre tratando de no dañar al escritor. Siempre le interesaron las revistas como la editorial, a veces se salía del tema —cosa muy difícil conmigo porque las reuniones tenían una agenda larga, teníamos muchos libros para analizar; para discutir esos libros, teníamos que leer las evaluaciones que hacían los lectores que pagábamos, y por páginas.

Recuerdo una cosa de Lezama, era muy cumplidor, muy educado, se complacía en cultivarlo, si faltaba a una reunión —cosa no frecuente— me llamaba para disculparse.

Recuerdo que yo decía que la revista UNION era una pésima revista —aunque la dirigía, tenía esa forma de decir— a veces se insultaban los demás. El primero en criticarla era yo porque decía que quien la hacía era la Revolución, la hace el país, se supone que este es el centro de innovación, centro de belleza, de lo nuevo y de la calidad, y nosotros no cumplimos con esas normas, ni de la osadía, entonces yo lo argumentaba por ejemplo con el aspecto gráfico. Pienso que es una revista muy gris, nosotros estamos en otra situación porque empezaba el aparato de la distribución editorial, ya cobraba importancia la presentación del libro y de las revistas. Decía que debemos hacer una revista más contemporánea, porque la que hacíamos no daba la idea de una revista de vanguardia, de avanzada de los intelectuales cubanos y que gráficamente refleje la belleza y la audacia de un contenido, él dijo: “bueno, yo creo que hay cosas que no se deben cambiar porque una de las cosas que no debe cambiar es el arte de la imprenta que tiene sus propias normas”, que es tradicional en cuestiones de impresión como lo demuestran todos sus libros que él les diseñaba la carátula o se las aprobaba a su amigo Blanco regente de la imprenta Ucar García que tenía un catálogo de libros ingleses del siglo pasado y de ahí fusilaba mayormente las portadas de los libros que imprimía, un estilo muy despejado, eran con una viñeta chiquitica allá abajo impresa a dos tintas, de portada blanca con tinta roja o negra.

En ese momento del cambio se mostró muy tradicionalista, muy conservador y yo le enseñé el proyecto, a él le gustó, fue un diseño de Luis Martínez Pedro a base de las letras montadas de UNION, engarzadas, un poco montadas y se hizo un logotipo fijo y la portada cambiaba, fue la época de diseño de carátula y de diseño interior más bello que tuvo la revista y fue una de las revistas más bella de esa época. Lezama siempre participaba a las nueve de la noche, un día fijo de cada mes, se tomaba abundante café y fumaba tabacos.

Lezama, y lo digo con cierto riesgo, fue una de las personas que escribió de acuerdo a como respiraba, y pienso que la sintaxis y el ritmo de la frase lezamiana, es el ritmo de la respiración, y la riqueza de asociaciones también se veían en la conversación, había un tremendo humor muy lindo, una gracia original, no chistes hechos, sino generados por el contexto dado, su conversación era clara. Daba opiniones breves y concisas en esas reuniones concretas respecto al libro, lúcidas, siempre pensando en ayudar a la discusión del libro y no dañar al autor. A él no le dábamos libros para analizar, porque no tenía tiempo para eso.

Fui editor de dos de sus libros, uno de ellos fue Paradiso, presidía la comisión de publicaciones y compartí esto con otros seis o siete editores y bajo mi responsabilidad máxima quedó la edición de Paradiso, y además le diseñé la carátula, que según me dijo le había gustado y esto quedó patentado en una décima que me hizo como dedicatoria en el ejemplar que conservo.

Dedicatoria de Lezama a Fayad en 1966, Órbita de JLL

Querido Fayad Jamís:

Cuando usted trajo su poesía, la quise como algo verdadero pues siempre encontramos en usted la verdad de un poeta hoy al darle las gracias por su participación en la presencia de esta antología sigo queriendo su verdad grave como un despertar en el mundo de la noche entera.

Un gran abrazo de su José Lezama Lima.

Aquí hay una dedicatoria en el plano puramente personal es uno de los reconocimientos más grandes que se le puede hacer a un poeta. Esta es la dedicatoria de Analecta del Reloj, 1965, aunque el libro está publicado años antes:

Para Fayad Jamís que ha seguido los mejores secretos de una gran tradición poética, pero añadiéndole los misterios de un verbo inaugural, dueño así de un secreto y un misterio.

De su amigo José Lezama Lima

En 1967 lo llamé con pena para ver si me podía hacer las palabras de mi exposición retrospectiva en la Biblioteca Nacional. Fue una retrospectiva de tintas, no incluí telas ni otro tipo de materiales y técnicas, y él enseguida escribió esas palabras que son para mí uno de los poemas más bellos de Lezama que aparece en el libro La Imagen Posible; tiene más de poema que de ensayo. Me da tristeza porque nunca le regalé un cuadro, siempre lo dejaba para después, para llevarle obras más grandes para que escogiera esas obras las tuvo para hacer el texto y después las recogí, me entregó el texto y después no lo vi más y por negligencia que uno tiene a veces sin idea de futuro, que la vida es frágil. A Lezama lo vi ocasionalmente después de que se fue de UNION; pues yo viajé a México a trabajar en 1973.

Paradiso fue una novela polémica incomprendida por unos y comprendida por otros. Fue polémica porque al comienzo no había un público preparado porque todavía se veía la vida en pequeño, de manera esquemática como quienes la ven a través de la cerradura de una puerta, no tienen el optimismo que se debe tener en una revolución. Se pensaba que había que escribir una literatura para el pueblo pero no se podía generalizar este pensamiento de modo que todos los escritores escribieran a priori a partir de este esquema.

Recuerdo que alguien le habló del problema de Paradiso y le dijo que eso no tenía importancia, que este era un país donde todo se arregla y que eso pasaría. A los pocos días el libro se agotó.

Cuando apareció la carta del Che dirigida a Carlos Quijano el director del periódico Marcha Uruguay), conocida actualmente como “El Socialismo y el Hombre en Cuba”, que se divulgó en Cuba a través de Ediciones R, se inició un debate de este texto en la sala Martínez Villena ante no menos de cien intelectuales cubanos. Guillén se encontraba de viaje y Lezama como vicepresidente del organismo asumió la presidencia de las sesiones de debate acerca del contenido de esta carta por aspectos, lo cual duró dos noches. Él fue una de las personas que con más detenimiento y con gran seriedad la analizó, hasta por aprender una materia que creo le era un poco ajena como el marxismo, pues él en su formación cultural no había asumido el marxismo, a lo mejor por prejuicios ajenos a su voluntad.

Los gestos de Lezama revelaban mucho su personalidad, creo que, si él no hubiera hablado, lo estaría haciendo con las manos más que con la cara. Casi siempre estaba fumando su tabaco, se regodeaba con el humo del tabaco, había una relación muy estrecha entre él y el placer de fumar de un modo integral.

Siempre estaba con una guayabera impecable, o en traje, era elegante, siempre salía a relucir la cubanía, en lo histórico y en lo cultural aún cuando se refería a algún tema extraño, siempre lo mezclaba con algo cubano, siempre lo comparaba con lo cubano.

Él no era imponente de deslumbrar con su cultura, no abrumaba a la gente con un aval de conocimiento, no era la mentalidad típica del ensayista, te estaba dando datos, pero con metáforas, con poesía.

Luis Marré: Darle candela a todo


Tomado de “El Caimán Barbudo”. Por: Yoe Suárez. 1|9|2016

LUIS MARRÉ (Guanabacoa, 1929 – La Habana, 2013). Poeta, crítico, traductor, editor. Sus poemas han sido traducidos a numerosos idiomas, y figura en varias antologías. Obtuvo la Medalla XX Aniversario del Asalto al Moncada, la Distinción por la Cultura Nacional y la Distinción Raúl Gómez García. Fue jefe de redacción de La Gaceta de Cuba. Se desempeñó durante muchos años como jefe de redacción de poesía de Ediciones UNIÓN. Premio Nacional de Literatura 2009. Algunos de sus libros de poesía son: Los ojos en el fresco, 1963; Canciones, 1965; Habaneras y otras letras, 1970; Para mirar la tierra por tus ojos, 1980; Voy a hablar de la dicha, 1977; Canciones de los años de aprendizaje, 1982; Nadie me vio partir, 1990; A quien conmigo va, 2001; Hojas de ruta, Ediciones UNIÓN, Ciudad de La Habana, Cuba, 2006.

Foto: Yander Zamora 15/01/2009

El modesto apartamento en el barrio de La Víbora es un cofre donde guarda cartas de Virgilio Piñera, y fotos únicas de Fayad Jamís. Luis Marré vive rodeado de recuerdos. Pero a veces la memoria lo engaña, y en su juego cruel lo aleja del hilo de la entrevista. Hay preguntas sin respuesta por esta amarga travesura que ataca al Marré octogenario.

Recuerda cuando Pedro de Oraá y él saltaron la cerca del Estadio Universitario para ver bailar a Alicia Alonso, en una famosa velada durante el batistato. También recuerda un poema (“Danzante”) que con veinte años dedicara a la prima ballerina. Dice Marré que en los 80 ella le envió una carta memorable agradeciendo aquella poesía. Aún así, confiesa (quizá en broma, quizá en serio) que antes de morir entregará al fuego todo lo que ha escrito y ha quedado excluido de sus rigurosas antologías.

Publicó su primer libro de versos y entró a la universidad con más de treinta años. Para su estreno como novelista tuvimos que esperar a que pasaran unas cuantas décadas. “¿Es que siempre llega tarde o madura lentamente?”, le pregunto. Y comienza a hablarme de La calle, una breve narración que retrata la miseria durante los años 50, y de Escardó, y del Café Las Antillas, y de otras rachas emotivas que lo apartan del presente poco a poco hasta que pierde el camino de regreso.

Ahora está en medio de un proceso editorial, pero Luis lo ha desatendido; su solicitud es toda para un nieto de pocos meses. Le ha nacido el mismo día de su 83 cumpleaños. Habla incansable y abierto de sucesos familiares, pero acaba invariablemente en la dicha de ser abuelo. “Ese muchacho es tremendo, ¡nació con peso y talla de un niño de al menos un año!”. Siempre que tiene chance habla de la criatura. Y lo hace con esa ternura indecible que anda en forma de sonrisa por su blanquísima barba, hasta enredarse en las manos deformes por el trabajo.

Luis declama un poema. Es de Rosalía de Castro. Según me cuenta, Samuel Feijóo lo tradujo del gallego en la revista Bohemia. “Rosalía en castellano no me gusta, pero en su lengua es preciosa”, aclara y la recita en el idioma de Galicia. Es un crítico severo y acucioso, y a ese oficio sin paga suma una sapiencia envidiable de nuestra lengua materna.

Marré ha conocido el mundo con sus ojos pequeñísimos, y con su breve obra lo ha descrito para sí y para su generación. Y aunque su vista es solo la mitad de buena que hace diez años (recién perdió su ojo izquierdo por negligencia médica), no deja de preocuparse por los sucesos de hoy.

Cercano a la luz de una lámpara (de la que precisa para continuar su dieta selecta de versos y prosa) conversamos sin ambages del pasado y del presente; de lo que será y lo que no.

DE LA DÉCIMA A LA NOVELA

¿Cómo llega a la literatura? Usted se graduó de comercio.

—Yo hacía décimas, y se las mandaba a Justo Vega (quien un día las cantó). Y al Indio Naborí le gustaron tanto que las elogió en un programa. Yo defendía la décima llena de tropos, a la manera del Indio Rubiera o Tacoronte. Los demás eran cronistas que hacían crónica en versos, pero nada de poesía; como Justo Vega y Adolfo Alfonso. Estaban horros de tropos, y para mí eso no era poesía.

“Dejé de hacer décimas cuando en una feria del libro me encontré con la poesía de Rafael Alberti y Juan Ramón Jiménez. Ya a Lorca lo había leído; además, por radio lo oía recitar. La poesía de Juan Ramón me cautivó. Empecé a imitar y descubrí cómo hacer los versos de arte mayor. Ya los octosílabos los sabía hacer. ¡Todos los guajiros saben hacer octosílabos! Descubrí las sinalefas y dónde poner los acentos para que sonara mejor. De Alberti y Juan Ramón tomé lo mejor, e hice una plaquette por el centenario de Jiménez. Después hice Los ojos en el fresco, que incluye mi poesía personal. La que publiqué en Orígenes, Sur, Estaciones y en alguna revista española que no conservo.

“Mis poetas favoritos de hoy día son completamente distintos a los de mi juventud. Hace poco releí completo a Juarroz y a un venezolano que coincidió conmigo en el jurado del premio Casa de las Américas en el 75: Juan Calzadilla. De la gente de mi generación, los autores que más me satisfacían eran Fayad Jamís, por su herencia surrealista —donde están sus mejores poemas—; y Pedro de Oraá, un poeta injustamente olvidado. Y de César López me gusta mucho la intertextualidad que usa en el Libro de la Ciudad. Es la historia hecha poesía.

“De aquella época en adelante mis poemas cambiarían un poco: eran más coloquiales —el coloquialismo estaba de moda. Pero esa no es mi cuerda. Lo mío es la poesía de pensamiento. (Y aunque sea coloquial, es de pensamiento).”

Recién puso el punto final a su nueva noveleta: Historias de salchichitas. El título fue idea de Arturo Arango y hace referencia a un pene infantil. El volumen habla del machismo cubano. Inicialmente Marré pensó que saldría una novela bien larga. Tomó de modelo cosas sucedidas a su hijo y a amigos de su hijo.

Luis me cuenta que a la escritora Nara Araujo le gustó mucho el primer capítulo, y que salió publicado en La Gaceta. De aquello hace ya bastante tiempo. Dice Luis que cuando pasó por su lado, Nara le dijo: “Marré, prométeme que vas a terminar esa novela”. Y poco después, la mujer murió producto de una enfermedad que venía carcomiendo su interior. “Eso me sirvió de acicate para continuarla —confiesa—, aunque la reduje a una tercera parte. Debe tener unas 110, 120 páginas con una letra no muy pequeña”.

Habla apasionada y extensamente de su más reciente libro. Trata de darme detalle a detalle lo que ocurre en cada capítulo. Narra la juventud de un personaje que tiene amoríos con una joven soviética, la vida de la rusa en la Isla, donde se asombra de las palabras que usan los cubanos (aquí el autor aprovecha para volver a criticar los maltratos criollos al habla). Raras costumbres, güijes, todo converge en la novela…

Usted mismo ha dicho que es vago para escribir.

—¡Bueno!, siempre he tenido tareas aparte. Tuve que ganarme la vida trabajando en el campo. Mi familia toda lo trabaja. Hoy día yo soy pobre y ellos son ricos. ¡Cambios que da la vida! Ellos cultivan flores, crían gallinas, cerdos, conejos. Yo fui contador, jefe económico de una fábrica, tuve tareas del Partido, fui secretario de redacción de La Gaceta, estudié Periodismo… ¡Y vivía en Guanabacoa! No vivía cerca de nada, ¡pero no me perdía una exposición! El grupo Los Once, cuando hizo la retrospectiva de su obra hace algunos años, aparezco en las fotos junto a Fayad, Raúl Martínez.

“Escribía cuando tenía que escribir, nunca adrede. Ahora estoy haciendo una especie de pase de cuentas, que es poesía sobre las dificultades. Algunas sobre la miseria (que me ha perseguido desde que nací). Mi madre tuvo nueve hijos. Soy el mayor… figúrate. Mamá lavaba ropa para la calle y papá trabajaba con mi familia materna de sol a sol; sin embargo, mi tío decía que papá era haragán porque leía, hablaba bien el idioma a pesar de que había llegado solo al tercer grado.

La Biblia nos la leía desde chiquitos, sin ser religiosos. Creía mucho en Cristo y en Dios, pero solo nos bautizaba. Mamá, que era semianalfabeta, sí era atea completamente. Creía en la Caridad del Cobre, pero como se veía tan mal y sucia botó la imagen a la calle.

DESCUBRIR AL POETA

Según usted, la crítica lo ignora…

—La primera vez que elogian mi poesía lo hacen en una revista, y fue César López. Joaquín G. Santana también escribió algo, pero no le hice mucho caso. Otra valoración la hizo Marino Wilson, profesor de la Universidad de Oriente. Después que me dieron el Premio Nacional de Literatura en 2008, Manuel García Verdecía, Mercedes Santos Moray y otros han escrito algo.

Es muy selectivo a la hora de compilar poemas para formar un libro.

—Si uniera ahora mi prosa y mi poesía, daría unas doscientas y pico de páginas. Aunque podría poner mucho más, quizá hasta 500 páginas. Ya hice mi testamento, y pienso antes de morirme, darle candela a todo eso que quede fuera, no sea que después a alguien se le ocurra publicarlo.

Sobre la selección A quien conmigo va, usted ha señalado que incluye textos representativos y escritos con un impulso sincero; no por obligación ni presionado por las circunstancias. ¿Ha escrito alguna vez por obligación?

—Obligación moral y revolucionaria.

Me han dicho que casi todos sus poemas guardan una anécdota. Le voy a leer tres fragmentos de tres poemas distintos y usted me revela qué historia esconden: Éramos cuatro jóvenes poetas/ descontentos/ en este mismo sitio/ bajo estos mismo álamos/ nos reuníamos (“En el paseo del Prado”).

—Esos éramos Fayad Jamís, Pedro de Oraá, yo…y quién era el otro… ¿Éramos cuatro poetas? (asiento) Puede ser Francisco, pero cuando aquello él vivía en Caibarién. El poema está dedicado a mi amigo Félix Contreras.

Dice el otro: Compañero, el fusil/ no temblará en tus manos./ Que no se quede mudo/ mi fusil, si yo caigo (“Canción”).

—Ese lo escribí cuando había amenaza de invasión norteamericana. En una movilización. Cuando aquel famoso barco de guerra estadounidense estaba frente a las costas cubanas. Y está dedicado a un compañero, que podía ser cualquiera.

Solo tengo el recuerdo de tu olvido/ y desasimiento en la primera angustia./ Sin embargo, te amo todavía:/ esta certeza me ha sobrevenido/ con la conciencia de mi soledad.

—Ese es a una persona que no existe. Es un poema de impresión; de hombre solo.

PERIODISMO SIN MARRAS

Cuando lo llamé para concertar este encuentro, usted me dijo que me atendería pero que no llegara muy temprano: estaba escribiendo un artículo sobre Massip para una revista de cine. Aún a sus años no ha dejado el periodismo

—Colaboro regularmente con la revista Unión, La Gaceta y la Letra del Escriba. Ahí tengo un testimonio sobre Girón. He tenido que espulgarlo. Le quité malas palabras. A Girón, que yo sepa, no fue ningún escritor, y aun así nadie le dio importancia a mi testimonio hasta ahora. En fin, las cosas en Cuba son muy raras.

Sobre Girón ha escrito bastante. Luis Marré participó en los combates y es una fuente de primera mano. Su “Crónica de tres días” fue compilada junto a otros testimonios en un libro editado para ferias del libro en Ecuador y Perú, titulado Nuevos Prosistas Cubanos. “En aquellos años la moda era la prosa evasiva, imitativa de los grandes maestros —recuerda—. Había quien que no tenía qué contar, pero contaba.”

—El periodismo empecé a estudiarlo cuando regresé a La Habana, por mandato del Partido. Me vine a graduar, por el relajo que había en la Universidad, mucho tiempo después del que normalmente duraba la carrera. Por ejemplo, a mí me dieron el carné de graduado en el 74; y hubo gente que estudió en el 73, 72, y le dieron el título antes que a mí.

“Me gusta el buen periodismo. Y en Cuba hay poco buen periodismo. Primero, porque la gente maltrata el idioma y se refugian en el español de Cuba. ¡Tarro! Mira esto: el español de Cuba dice un 20 de mayo de 1902… ¡¿Cuántos 20 de mayo hubo en 1902?! Solo uno. Entonces, no es un, sino el. Y por la televisión, todos los días emplean mal los gerundios.”

¿Cómo llega a Girón?

—Fui a Girón porque no fui a la Sierra. Yo tenía una amiga actriz en un programa cómico de Garrido y Piñeiro. Ella se puso de acuerdo conmigo para irnos juntos a la Sierra. El año 57, estábamos en una función cómica donde Virgilio Piñera hacía una imitación de la Fedra. Y mi amiga y yo salimos al balcón del teatro que estaba frente al América, que lo dirigía Adolfo de Luis, y empezamos a gritar: ¡Viva Fidel! ¡Abajo Batista!. Pero había tanto ruido que nadie nos escuchó y no pasó nada. Me perdí de allí y no fui a ningún lugar con ella.

“Te decía que me fui a la batalla, a pesar de que Lezama me dijo que había becas para ir a estudiar a la Sorbona. Seis meses o un año de perfeccionamiento del idioma. Ya yo había estudiado francés en la Alianza Francesa. Pero dejé los estudios porque la profesora empezó a elogiar la guerra de los franceses en Argelia. Y Taladrid (el padre de Reinaldo Taladrid) y yo la combatimos en el aula para no volver a ir jamás.

¿Y al Escambray?

—Yo era miliciano, y miembro de las ORI (Organizaciones Revolucionarias Integradas). Permanecí como contador de la Zona de Desarrollo Agrario, en la granja José Martí, en Mijalito. Fui al Escambray, pero regresé a La Habana con el permiso de la provincia, porque quería volver para escribir y publicar. Solo había publicado un libro (Los ojos en el fresco). Luego me mandaron una carta pidiéndome que regresara porque iban a cerrar la contabilidad de las granjas de la zona.

¿Le agradece algo al Periodismo?

—Haber tenido una profesora de historia como Olga López; Ofelia García Cortiña, implacable profesora de composición (¡no sé cómo hay periodistas que hacen estupideces que ella nunca hubiera aprobado!); a Nuria, una profesora de Literatura Hispanoamericana. Y también le agradezco a un periodista de Granma que fue mi guía: Evelio Tellería.

TODAVÍA ME DUELE LA ESPALDA

Usted se ha quejado de los años en La Gaceta. Ha llegado a decir que fue su peor momento profesional.

—No, no, no. Mientras estuve con Nicolás todo anduvo bien. Después fue un tiempo muy malo. Todavía me duele en la espalda la cantidad de golpes que me dieron en el Consejo Nacional con lo del obituario de Novás y otras cosas que da pena mencionar. Si no es por Ángel Augier y Adolfo Martí, me hubieran botado de la UNEAC.

Pero, ¿siempre fue así en la UNEAC?

—Después que Nicolás Guillen murió, pasé tragos amargos. Fui muy mal valorado, bastante preterido. Hubo un Consejo Consultivo en el que me hicieron polvo.

“Raúl Hernández Novás quería que en los Sonetos a Gelsomina (1991), me encargara (como editor de poesía de la Editorial Unión) de que saliera en portada la foto de la actriz italiana Giulietta Masina. Fui al ICRT y a Prensa Latina, pero no pude conseguirla. Tocó la casualidad de que mandó una carta insultando a la editorial, y después se pegó un tiro. Alguien escribió un obituario en el que se daba a entender que el hecho ocurrió porque Novás no estaba conforme con la portada del libro de sonetos.”

¿Y en verdad la culpa era suya?

—¡No, qué va! En una feria del libro me encontré a la hermana de Raúl y fui a pedirle disculpas. Y ella misma me dijo: ¡No Marré! Usted no tiene que explicar nada. Él se suicidó por un desengaño amoroso. Mi hermano no estaba bien de los nervios.

¿Qué hizo al salir de La Gaceta?

—Era jefe de la redacción de poesía en la editorial Unión. Ahí trabajé hasta el 94, cuando me jubilé, porque los muchachos se pusieron a jugar con mi computadora y borraron todo lo que había revisado para un muestrario de la poesía cubana, que pretendía imitar la que hizo Juan Ramón Jiménez cuando pasó por La Habana.

Otros tragos amargos…

—Hace poco me preguntaron que por qué yo no era miembro del Consejo Nacional de la UNEAC, y les dije: Será porque soy medio leocadio y hablo a veces lo que debo callar. Yo era amigo de mucha gente que estuvo perseguida. No me daba la gana de retirarle la amistad a nadie. Qué me interesa a mí lo que cada quien haga con su cuerpo. Mientras no sea un escándalo público. Bueno, ya hoy se ve de otra manera.

“Recientemente me encontré en mi núcleo del Partido con un directivo de la UNEAC que me hizo la vida imposible. Y le dije que fue el peor jefe que yo había tenido. No debí decírselo porque es un hombre muy enfermo ¡Pero aún me duele la espalda de la mano de palos que me dieron!”

¿De dónde viene «Marré»?

—“Marré” me lo puso Enrique Labrador Ruiz. Una gente encantadora y un narrador excelente. Por ahí tengo sus obras, Carne de quimera, Tráiler de sueños. Este último me encantó y escribí algunas cosas parecidas que ahora ni sé por dónde andan. Una de las series de poemas que publiqué en la revista Ciclón se llama Sala de sueños. No tiene nada que ver con lo que él hacía. Está más cerca del surrealismo, que, para mí, es la única gran vanguardia que ha existido. Y dio los más grandes poetas que ha habido después… —Se amasa la barba blanquísima y queda en silencio unos segundos mirando hacia el suelo. Luego me busca con los ojos diminutos manifestando extrañeza— De qué te hablaba, Yoe.

De Labrador Ruiz…

¡Ah, de Labrador! Él pretendía que Nicolás [Guillén], convenciera a su mujer para que no se lo llevara a Estados Unidos. Pero él ya estaba muy viejo y no quería quedarse solo, así que al final se fue.

“Yo lo veía en la Asociación de Reporters, sentado cerca de Salvador Bueno (un joven muy atildado). Salvador trabajó en una antología que hicieron en Málaga, y yo no aparecí. Y cuando fui a pedirle cuentas, su mujer me dijo que Bueno sí me había incluido pero que habían quitado a muchos autores porque no cabían. ¡Contra, y qué casualidad que me quitaron a mí! Y entonces le dije: Mire, lo que pasa es que Salvador sabe mucho de narrativa, ¡pero de poesía no sabe nada!”

¿En qué año nació usted: en el 28 o en el 29?

—En el 28. El problema es que mi padre me inscribió dos veces. —Saca su carné de identidad y lo acerca a la luz de la lámpara—. Cuando fue a sacar mi inscripción de nacimiento no aparecía ningún Luis Hipólito Marrero, hijo de Jesús Marrero y Ofelia Barrios. Y resulta que mi papá no se llamaba Jesús; sino José Benito de la Asunción de Jesús. Entonces me inscribió de nuevo en 1929.

¿Cómo conoce a sus grandes amigos?

—A Pedro de Oraá, Fayad Jamís, Joaquín Texidor, Baragaño y Heberto Padilla los conocí a inicios de los años 50, en una feria del libro donde conseguí el libro Poesía 1924-1948 de Rafael Alberti, en el que vienen las canciones a Aitana, y donde conseguí la segunda antología de Juan Ramón.

“Los encontré en un kiosco muy chusmón que se llamaba La Oreja y que vendía revistas extranjeras. Ya yo había leído cosas de Fayad y de Pedro. Recuerdo que uno de los primeros poemas decía algo como Mujer tendida, extensa vianda, o algo así; y nosotros fastidiábamos mucho a Oraá ¡porque decíamos que la mujer era una yuca! Después conocí a Francisco de Oraá; también fuimos amigos hasta que murió.”

¿Qué lo irrita?

—A mí me irrita el fascismo disfrazado del imperio norteamericano. ¡Porque la última ley que hizo Obama es fascista! Nadie puede quejarse ni hablar nada porque si no va preso. Claro, él es un hombre del sistema. Los padres de la patria norteamericana hicieron la constitución para que quien llegue al poder pertenezca a la clase dominante.

Entonces Luis dispone su memoria como una locomotora veloz, y durante unos minutos imparte una clase sumaria de historia norteamericana…

¿Y a qué le teme?

—Le temo a la injusticia, a las decisiones apresuradas —las mías y las de otras personas—. A que se equivoquen y le lancen una bomba nuclear a Irán y se forme una guerra en la que perezca la humanidad.

“Quiero que mi hijo, mi nieto y mi nuera vivan en un mundo de paz. Hoy es difícil lograrla porque el imperialismo está coleando y boqueando, pero va a seguir dominando el dólar. Si se forma una guerra nuclear el mundo se acaba, y a lo mejor la predicción de los mayas puede ocurrir…o puede ser que haya un cambio: que el imperialismo se hunda.

Aunque Luis no lo diga yo sé que le teme a otro mal. Al de la burocracia y la indolencia. Con su barba patriarcal removida entre los dedos huesudos, rememora una y otra vez las negligencias quirúrgicas que le hicieron perder su ojo izquierdo. La operación de glaucoma tuvo un final terrible. “Yo no hice reclamación. Aunque debí haberla hecho”, se dice. “La burocracia nos ahoga”. “Sí. Yo se lo iba a decir a Fidel, pero… ¿Para qué? Si el que iba a coger los golpes al final iba a ser yo”.

Eliseo Diego: William Butler Yeats “Conversación con los difuntos”


WILLIAM BUTLER YEATS

Por ELISEO DIEGO

(Tomado de Conversación con los difuntos, Ediciones del Equilibrista, México, 1991)

ENTRE todos mis amigos, quizás el mayor sea el irlandés William Butler Yeats, y sin embargo su presentación se contará entre las más breves. ¿Será porque a él se aviene tan bien el cómodo y veraz lugar común de que no necesita presentación? Pero, se me argüiría, ¿no puede decirse lo mismo de algunos, si no todos, los amigos tuyos que has reunido en estas páginas? No sé cómo refutar este argumento. ¿Será, entonces, que de tanto leer sus versos me parece conocerlo a él en ellos, a la persona en sus versos? También puede suceder lo mismo en cuanto toca a los otros, volverían a decirme. Pues si la cosa es así, no queda sino admitir dos vías de acercamiento a estos amigos: en unos casos, de la persona a los versos; en otros, de los versos a la persona. Las dos vías, me parece, son legítimas.

WILLIAM BUTLER YEATS (1865, Irlanda-1939, Francia)

Lo cierto es que desde hace años tengo al alcance de la mano un ejemplar de sus Autobiografías (“Ensoñaciones de la niñez y juventud” y “El temblor del velo”), escrita en 1914, y las he ido dejando para cuando “ya esté tranquilo” (gracias por la cita a don Eugenio D’Ors, quien tanto acertó en las artes y erró en otras cosas fundamentales). Ya es demasiado tarde para leerlas, al menos en lo que concierne a estas líneas. El párrafo inicial promete mucho, tanto que me justifica en mi afán de sosiego para disfrutar del libro: “Mis primeras memorias son fragmentarias y aisladas y contemporáneas, como si uno recordase algunos de los primeros momentos de los Siete Días. Es como si el tiempo no hubiese sido aún creado, pues todos los sentimientos en relación con emociones y lugares carecen de secuencia”. El balance, el ritmo, la evocación de estas oraciones, me abrieron un apetito que no he satisfecho todavía. Dios me dé el tiempo que, por desdicha, fue creado después de aquellos Siete Días Venturosos.   

Et inglés Max Beerbohm —uno de los últimos hombres realmente civilizados de este siglo— nos cuenta en un breve ensayo cómo conoció por primera vez a Yeats. Beerbohm y Audrey Beardsley —quizás el mejor dibujante del ocaso victoriano— asistieron una noche del año 1893 al estreno de cierta obra dramática a la que debía preceder, como entrante o entremés, una pequeña pieza de Yeats titulada La tierra que el corazón anhela. Parece que los actores no tomaron muy a pecho su trabajo, pues la obra resultó tan contusa como inaudible. Pero en el público había no pocos irlandeses, y Yeats era ya uno de los más ardientes partidarios y renovadores de la cultura de su misteriosa isla. De modo que hubo aplausos y algunos gritos pidiendo la presencia del autor en el escenario. Percibí un leve temblor donde se juntaban una a otra las cortinas —dice Beerbohm— y vi entonces una fisura que nos revelaba (según supuse por un momento) una tiniebla no iluminada detrás de las cortinas. Pero, ¡no!, había dos desgarros blancos en la parte superior de la tiniebla —el desgarro blanco de una camisa de etiqueta, y encima el desgarro blanco de un rostro humano—; y comprendí que mi tiniebla insustancial era en realidad un frac, con el autor adentro. Y el desgarro blanco de la cara del autor estaba cortado al medio por un desgarro menos negro que la tiniebla, y era un mechón del pelo color cuervo del autor… Todo resultaba bien embrujado y memorable.

A Jeats le fascinaba oír los mitos y leyendas que al caer la tarde se contaban entre sí los campesinos. Siempre creyó que la poesía era mejor hablada que leída. Dejémosle así en la semipenumbra en que Beerbohm por primera ver lo viera. Cierta veladura no le va mal a este irlandés mágico.