Entrevista a Ernesto Cardenal: «Los malos poetas es por falta de humildad»


Por Sergio Ramírez y Ulises Juárez Polanco.

Fotos: Jorge Mejía Peralata

Fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Esta entrevista fue publicada en El Hilo Azul, revista literaria del Centro Nicaragüense de Escritores el 20 de enero de 2015

De izquierda a derecha: Ulises Juárez Polanco, Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez.

Sergio Ramírez: Hay dos momentos en su vida; uno, la revelación de Dios, la revelación del sacerdocio, el llamado; y el otro es cuando aparece la conciencia revolucionaria en usted. Quisiera que habláramos de ese momento, de cuándo usted se siente convencido.

Ernesto Cardenal: Yo he hablado de que tuve una segunda conversión, después de mi conversión a Dios, que fue la conversión a la revolución, y que fue la conversión en Cuba. Fue en mi primera visita a Cuba, en 1970, como jurado de Casa de las Américas, donde yo vi la revolución en vivo. Fueron los momentos, creo yo, más bellos que ha tenido la Revolución Cubana, y escribí un libro sobre Cuba, relatando todo eso. Yo iba con bastantes prejuicios porque leía la revista Time y tenía la mentalidad secuestrada por esas lecturas, y después me di cuenta de que había sido engañado. Ahí se describía a Fidel como Hitler, demagogo y loco.

Cuando llegué a Cuba me recibió Cintio Vitier, que antes había estado apartado de la revolución y se había convertido también a la revolución por esa misma época o un poquito antes, él y Fina, y cuando íbamos en el carro hacia La Habana iba comentado el último discurso de Fidel como una maravilla de discurso. Me extrañó eso, yo dije que cuando lleguemos al hotel y hablemos en privado «Cintio me va a decir la verdad», y ahí fue que me dijo «yo me he convertido», aunque yo soy cristiano y la revolución es marxista y atea, sin embargo Fina y yo y otros del grupo que eran también católicos, se habían pasado a la revolución, y entonces firmaba toda cosa en defensa de la revolución y, antes no quería firmar nada, absolutamente nada firmaba. Yo vi, eso lo cuento en mi libro En Cuba, que era «el evangelio puesto en práctica».

Sergio Ramírez: ¿Para ese tiempo ya había ocurrido el caso Padilla?

Ernesto Cardenal: No, no, fue después, como dos años después. Había lo que llamaron el quinquenio gris, que algunos de los actuales de la revolución dicen de que no fue quinquenio, que fue más de cinco años, y que no fue gris sino que fue negro. Yo cuento también esas represiones que hubo.

Sergio Ramírez: Incluyendo también la represión contra los homosexuales.

Ernesto Cardenal: Sí, lo de los casos de concientización, que ellos le llamaban así, todo eso lo detallo bastante, pero Fidel y Raúl lo abolieron por esa época.

Ulises Juárez Polanco: Me gustaría preguntarle por su primer llamado, su conversión religiosa. Usted vivió y disfrutó «una vida normal» hasta su madurez, pues la conversión ocurre en cuando ya ha pasado los treinta años. ¿Cómo fue esa conversión?

Ernesto Cardenal: Yo siempre había tenido un llamado de Dios a la vida religiosa y me resistía, y tenía una dualidad, patrimonios o vida religiosa, y de repente resolví acabar con esa angustia y probar qué pasaba si me entregaba a Dios, pero totalmente entregado, renunciando a todo: a la literatura, al amor, a todo.

Y entonces fue mi transformación porque Dios entró dentro de mí y yo oí que me dijo, no con palabras físicas, pero me lo comunicó: «hace tiempo yo había estado esperando este momento, que nos uniéramos», y yo entonces sentí que ya era otro y que tenía que dejar el mundo y entablar una vida religiosa, para no tener nada más que Dios. Así fue que entré.

Sergio Ramírez: Ya Fernando, su hermano, estaba estudiando…

Ernesto Cardenal: …desde hacía tiempo ya era jesuita, estaba a mitad de su carrera.

Ulises Juárez Polanco: ¿Y nunca le hizo falta todo aquello a lo que renunció, como familia, amor conyugal, hijos?

Ernesto Cardenal: Pues tenía las tentaciones sexuales y todo eso, que es normal, pero también tenía una gran felicidad. Con ese sacrificio que tenía que hacer era sumamente feliz, fueron los días más felices.

Ulises Juárez Polanco: Pero entre esa renuncia no estaba la renuncia a la poesía.

Ernesto Cardenal: También.

Sergio Ramírez: ¿Estuvo?

Ernesto Cardenal: El apego a la poesía. Es decir, voy a renunciar a ella y cuando llegué a la Trapa me dijeron que estaba prohibido escribir, que Merton escribía como una excepción pero que la orden era antiliteraria, y yo dije que ya sabía eso y que de todas maneras lo aceptaba, y sin ningún problema.

Ulises Juárez Polanco: ¿No le hizo falta la poesía?

Ernesto Cardenal: Poquito, muy poco.

Ulises Juárez Polanco: ¿Pero usted sí guardó todas las ideas y proyectos de los poemas y reflexiones, porque después continuó con la literatura con ese material…?

Ernesto Cardenal: …es que me dijo Merton, cuando me recibió, que no podía escribir profesionalmente, que podía tomar notas, apuntes, porque siempre tenía libretas y apuntes, siempre tenía en la bolsa una libreta y escribía toda clase de cosas, tenía libertad para eso. No escribía para publicar, si se publicaba alguna vez o no se publicaba me daba lo mismo.

Sergio Ramírez: Es como escribían los místicos, que no escribían para publicar.

Ernesto Cardenal: La mayoría de ellos, sí. Después cuando salí de la Trapa entonces escogí textos que podían hacerse poemas, y escribí una colección de los poemas de Gethsemaní, que eran más bien de prosas místicas, de reflexiones, que me sirvieron para el libro Vida en el amor, y otros quedaron ahí y después también me sirvieron para algo, todo eso lo saqué de lo que había escrito en la Trapa.

Sergio Ramírez: Cuando usted tiene esta conversión mística es un asunto íntimo, de encuentro con Dios pero, ¿su entrada en la religión no va acompañada de ninguna clase de estudio teórico, es decir, de leer a los padres de la Iglesia, a los místicos…?

Ernesto Cardenal: Siempre había leído y en ese momento estaba leyendo a San Juan de la Cruz, en el momento de la experiencia de Dios, y lo seguí leyendo más, más a fondo y después no podía leer otra cosa más que fuera relativo a Dios, para todo lo otro estaba bloqueado.

Sergio Ramírez: ¿Pero nada de teología?

Ernesto Cardenal: Si era teología de Dios sí, sino no, otros temas teológicos no. Es que era un enamoramiento y entonces, era amado y amada y lo que yo quería leer era más sobre eso.

Sergio Ramírez: Esto lo quisiera relacionar también con la transformación o de la conversión política, porque una de las primeras cosas que yo leí suyas y que más me impresionó fue la Hora 0, eso es lo primero que llegó a mis manos y usted tenía una convicción muy antisomocista, muy antidictatorial, muy antiimperialista, pero no tenía ningún acercamiento al socialismo. En ese sentido, su antisomocismo era bastante tradicional.

Ernesto Cardenal: Todo, también era anticomunista, tenía una mentalidad de derecha. He dicho que mi lectura de la revista Time me había lavado el cerebro y cuando yo vine de Cuba entonces di una declaración declarándome socialista, explicándome no comunista sino socialista; comunista no puedo ser porque el comunismo es ateo y yo soy cristiano, en lo cual estaba equivocado porque podía haber un comunismo no ateo, como el que yo después abracé.

Sergio Ramírez: Y es como veíamos a algunos padres de la Iglesia.

Ernesto Cardenal: También, sí, hay como cinco sentidos de la palabra «comunismo». Hasta después yo abracé el marxismo, que fue en una reunión en San José de Costa Rica, como dos años después, en la que estuvo Fernando, mi hermano, que era sacerdote de la liberación; el Padre Gonzalo Arroyo, S. J., chileno que fue ministro de agricultura en tiempos del presidente Allende; estuvo también el obispo Valencia de Colombia que después parece que fue asesinado por la CIA en un accidente aéreo y que se había declarado socialista también por esos días, y entonces Arroyo nos dijo que no había incompatibilidad con el marxismo porque Marx no tocaba el tema de Dios ni de la existencia o no existencia de Dios, que Engels tenía más bien una tendencia a conflictos religiosos con el marxismo, pero Marx no, y que podía uno abrazar toda la doctrina de Marx sin necesidad de tener otro tipo de teología.

Sergio Ramírez: ¿Pero usted leyó a Marx?

Ernesto Cardenal: Sí, todo El capital o casi todo, hay una parte muy aburrida y muy difícil de entender, otra parte muy bella, pero yo lo leía por disciplina también.

Sergio Ramírez: ¿Y El manifiesto?

Ernesto Cardenal: También, El manifiesto sí, es muy poético. Bueno, esa fue mi evolución política.

Ulises Juárez Polanco: Usted mencionó que en esa etapa de la conversión religiosa no podía leer otra cosa que no tuviera que ver con Dios, sin embargo yo miro rápidamente esta biblioteca selecta que tiene aquí y la que está afuera, y ahora en cambio hay referencias casi exclusivas a temas científicos.

Ernesto Cardenal: A mí me pasó ese bloqueo completamente, después, eso fue nada más unos años, dos años tal vez. Ya después quedé liberado, se puede decir que ya podía leer de todo y escribir también porque al principio no podía ni escribir, literariamente.

Ulises Juárez Polanco: ¿Para usted no existe una contradicción entre ciencia y religión?

Ernesto Cardenal: No, de ninguna manera, para mí, como dice Haldane, un biólogo inglés, la ciencia es un camino más directo a Dios que la religión, y yo estoy de acuerdo con él. Las religiones dividen a la humanidad, mientras que la ciencia no, la ciencia más bien une a la humanidad. Yo muchas veces leo los libros científicos como en una especie de oración, no que esté haciendo oración, pero realmente es semejante a la oración porque es estar viendo la obra de Dios. La ciencia nos describe el universo, la creación, y cada vez nos revela más misterios de esa creación…

Sergio Ramírez: En usted tuvo parte de su formación Pierre Teilhard de Chardin.

Ernesto Cardenal: Sí, muchísimo. Coronel me había hablado antes en Granada, cuando yo era adolescente, que había un jesuita francés que era evolucionista, para mí era un escándalo. En el Colegio Centroamérica nos habían enseñado que «nadie da lo que no tiene», decían, ese era el argumento que se nos daba, y más tarde ángel Martínez descubrió a su compañero jesuita, Chardin, y fui gran lector de Chardin, y empezaron a publicar los libros de Chardin ya en español, y empecé a leerlos todos y desde entonces los estoy leyendo. Chardin prolonga el evolucionismo de Darwin, Darwin describe la evolución de la vida, de la especie humana y de las especies, y Chardin se remonta desde la aparición del universo que fue por la evolución, desde el Big Bang, la evolución de la materia hasta llegar a nosotros; todo el universo es obra de la evolución y entonces los que creemos en Dios como creador creemos que Dios es el creador de la evolución, del universo por medio de la evolución.

Sergio Ramírez: Que no es incompatible.

Ernesto Cardenal: De ninguna manera, ya ni para el Vaticano es incompatible.

Sergio Ramírez: ¿Usted ha leído a Hawking, La historia del tiempo?

Ernesto Cardenal: Sí, y no me gusta, yo no entiendo, ya no lo leo más.

Sergio Ramírez: Porque la conclusión rotunda de Hawking es que Dios no existe, esa es la última frase de su libro.

Ernesto Cardenal: Más bien dice que quiere conocer el pensamiento de Dios, lo cual también es una banalidad. Lo que él está tratando es lo científico nada más, no un debate teológico, pero para mí es muy incomprensible la Breve historia del tiempo. No todos los libros de ciencia me gustan.

Ulises Juárez Polanco: Hablando de ciencia y regresando a la poesía, ¿cómo fue su relación con Alfonso Cortés?

Ernesto Cardenal: Bueno, a mí me lo descubrió Coronel, como a todo mundo, el descubridor de Alfonso Cortés en Nicaragua fue Coronel. Nos contaba que estaba en el diario El Correo donde escribían ellos, los vanguardistas. Leyó el poema «Un detalle» de Alfonso Cortés, lo leyó y lo volvió a poner ahí porque no le encontró nada interesante, y después lo retomó y entonces se dio cuenta de que el poema era a una ventana, un detalle, y entonces encontró que era un poema muy misterioso y un poema místico también y surrealista. Entonces él dispuso que había que cambiarle el título del tema, y en vez de un detalle que se llamara «Ventana», y ha quedado con el nombre «Ventana», y en realidad pues explica de qué se trata.

Sergio Ramírez: Por eso nosotros le pusimos Ventana a la revista.

Ernesto Cardenal: Aunque Alfonso Cortés después dio otra interpretación, que no era una ventana sino a unos ojos azules (risas), él dio varias interpretaciones diferentes y raras, pero realmente ahí está la ventana.

Bueno, entonces yo tenía los tres libros que había publicado Alfonso, que eran de poemas desiguales, había unos malos, unos mediocres, medianos y otros más rarísimos, como «Ventana», como «El paje». Encontramos nosotros, Coronel con nosotros, de que podías escoger treinta poemas de los alfonsinos que él llamaba, de los poemas que tenían ese sello de él que eran raros, misteriosos y estrambóticos, locos y deslumbrantes.

Entonces publicamos esos treinta poemas de Alfonso. Hice un pequeño prólogo con datos que teníamos de Alfonso Cortés, que eran pocos, pero yo después cuando regresé de Europa fui a León a visitar a la familia de Alfonso, y a pedir que me enseñaran sus papeles y entonces me contaron un montón de cosas de Alfonso con lo que hice un ensayo como de treinta páginas, revelando por primera vez las cosas que no se sabían de Alfonso. Ahí me enseñaron todos los papeles, sus poemas estaban escritos en unos papelitos chiquitos del tamaño de una cajetilla de cigarro.

Sergio Ramírez: Yo conservo uno de esos que me regaló Ángel, en el manicomio, con un lápiz…

Ernesto Cardenal: ¡…un lápiz que lo afilaba mucho porque hacía una letra como hormiga! (risas)

Sergio Ramírez: Cuando usted cuenta que pasaba por la casa de Rubén Darío y veía encadenado a Alfonso no lo asociaba con poetas, sino con un loco.

Ernesto Cardenal: Una sirvienta de mi casa me contaba, la Berta, que era poeta y a mí me interesaba mucho, yo tenía entonces unos siete, ocho años, y para mí ya era algo especial Alfonso Cortés, porque era poeta.

Sergio Ramírez: Todos esos poemas que fueron recogidos, los treinta poemas, fueron escritos antes de que él se volviera loco.

Ernesto Cardenal: Antes y después. El primer poema que escribió cuando se volvió loco fue «La canción del espacio». Tenía el texto escrito y un lápiz azul, de esos lápices que son azul y rojo, gruesos, así había escrito creo que no completo el poema sino una parte, y después decía etcétera, etcétera, etcétera. Creo que no lo transcribió completo, yo lo vi así en esa letra azul, fue el primero que escribió loco, y después tiene muchos otros ya estando loco, pero tiene otros que son muy tempranos. Hay uno que tiene del año catorce, creo que del año trece también, 1913.

Sergio Ramírez: Que es el tiempo del apogeo de Rubén.

Ernesto Cardenal: Sí, todavía.

Ulises Juárez Polanco: Usted dice que a los ocho años cuando la doméstica en su casa le mencionaba que ese loco era poeta le despertaba mucha curiosidad. ¿En qué momento usted siente la atracción por la poesía, por ser poeta, o ese otro llamado, un tercer llamado en su vida, que fue el llamado de la poesía?

Ernesto Cardenal: Como a los siete años que hice un poema, creo que no sabía escribir, lo tenía de memoria, que era a Rubén Darío, porque mi papá leía a Rubén Darío en el corredor en voz alta y hacía rimas, aunque yo no entendía, pero esas rimas pues me cautivaron y escribí ese poema y fue el primero, y quizás el único en mi infancia.

Sergio Ramírez: El primer poema que usted publica es «La ciudad deshabitada»…

Ernesto Cardenal: No, en el Colegio Centroamérica hice unos poemas mediocres y después unos poemas ya mejores, que eran los poemas a Carmen.

Sergio Ramírez: Pero ese poema sigue siendo muy bueno, y usted lo ha purgado.

Ernesto Cardenal: Muy oscuro.

Sergio Ramírez: A mí sí me ha gustado mucho.

Ernesto Cardenal: Es que después yo me volvía una poesía clara.

Sergio Ramírez: Entre Lorca y Neruda, ¿usted prefería a Neruda?

Ernesto Cardenal: Me encantaba Lorca también, pero no me impresionó tanto, tal vez por el romance y no era mucho para mí, mientras que Neruda era un verso libre.

Sergio Ramírez: Cuando me habla de Neruda, ¿me está hablando del Canto general?

Ernesto Cardenal: No, Residencia en la Tierra.

Sergio Ramírez: ¿Y Vallejo?

Ernesto Cardenal: Por esa época empecé también, el único libro que se había publicado de esa época era España, aparta de mí este cáliz, un libro muy especial de él. Él tenía otra poesía más incomprensible anterior, ese libro es un libro muy claro.

Sergio Ramírez: ¿Como Trilce?

Ernesto Cardenal: Sí.

Ulises Juárez Polanco: ¿Y Darío?

Ernesto Cardenal: Darío en la infancia; en la adolescencia me gustó muchísimo, pero ya después dejé a Darío por Neruda, y a Neruda por la poesía norteamericana, que es mi influencia definitiva.

Sergio Ramírez: Que es cuando entramos a esto que se ha llamado el «exteriorismo», que es basado en lo que es la poesía norteamericana.

Ernesto Cardenal: Así es, y especialmente exteriorista desde Whiltman para acá.

Sergio Ramírez: Sandburg, William Carlos Williams, Moore…

Ernesto Cardenal: Sí, toda la gran poesía norteamericana.

Ulises Juárez Polanco: Que tal vez debió de llamarse poesía concreta, como ha dicho usted.

Ernesto Cardenal: Poesía concreta digo yo, que se contrapone a la poesía abstracta, o concretismo podría haber sido, pero había una poesía brasileña que se llamaba así, que no era nada de concreta, era poesía de letras, un juego de letras.

Ulises Juárez Polanco: Quiero adelantarme en el tiempo y preguntarle cómo surge la idea de los talleres de poesía en los ochenta, y cómo comenta usted las críticas que se hicieron y se hacen a los talleres.

Ernesto Cardenal: Cuando yo estaba en Solentiname la poeta costarricense Mayra Jiménez llegó de visita y se encontró con la sorpresa de que los campesinos no conocían mi poesía ni sabían que yo era poeta, yo no les había revelado mi poesía, porque me parecía que no la iban a entender, que no tenían el vocabulario necesario para entender mi poesía, me parecía a mí. A ella no le pareció así y entonces me dijo que quería hacer un taller de poesía con los campesinos. Había hecho dos o tres talleres de poesía, de niños, en Venezuela y en Costa Rica, y quiso experimentar con un taller para los campesinos, no necesariamente niños, y entonces hizo ese taller y desde el principio empezaron a hacer buena poesía los campesinos.

Les enseñó algunos poemas míos que eran tal vez más accesibles para ellos, y otros también de Coronel, y otros de Fernando Silva, y algunos más poetas de Nicaragua, Pablo Antonio tal vez, y entonces ya ellos empezaron a hacer una poesía campesina, que después se divulgó mucho, se publicó en inglés, en alemán y en otras lenguas, en varias publicaciones en el extranjero.

Cuando a mí me hicieron ministro de cultura yo pensé que debíamos hacer talleres de poesía en toda Nicaragua para enseñar al pueblo a escribir poesía moderna, porque la poesía popular era una poesía mala, a base de rimas, fáciles.

Sergio Ramírez: El modernismo tenía mucha influencia en el pueblo, Darío por ejemplo.

Ernesto Cardenal: Me pareció que Nicaragua era un país de poetas pero que no conocían la poesía moderna, sino una poesía anticuada y que no era poesía del todo. En esos talleres se les empezó a enseñar la poesía, principalmente la poesía norteamericana y la poesía nicaragüense también, que también era muy propia para enseñar, poesía que me había influido a mí y esa poesía influyó en aquellos talleres, que hicieron como setenta talleres en todo el país y como dos mil personas pasaron por esos talleres. Eran amas de casa, estudiantes, campesinos, obreros, también había talleres para el Ejército y la Policía, y en las cárceles, aunque yo no opiné por la cárcel porque me pareció que no tendrían libertad para expresarse y podían sentirse reprimidos. Se hizo para los carceleros, para la Policía Sandinista, pero alguna vez hicieron algún taller ellos sin preguntarme a mí, que yo había prohibido, y salieron buenos poemas de los presos, y ya no me opuse, pero por lo general no lo habíamos hecho con presos. En otra parte han hecho poesía de presos, en Chile por ejemplo, en Costa Rica creo que también, pero estábamos hablando de otras cosas.

Luz Marina Acosta (asistente de Cardenal): Yo creo que lo más importante de eso es que no eran unos talleres para los escritores, eran talleres para el pueblo. De allí partió todo el error y toda la crítica que se le hizo…

Ernesto Cardenal: …yo había dicho que era la alfabetización de la poesía para que los que nunca habían conocido la poesía moderna la conocieran. Las influencias eran también influencias que yo había tenido, esas influenciaron a los talleres y entonces acusaron a los talleres de ser una creación de imitadores míos, «cardenalitos», lo cual no era absolutamente cierto, del todo. Lo que pasa es que procedíamos de una misma tendencia, digamos, que era la poesía bíblica, la poesía griega y los epigramas, la poesía medieval, Dante, la poesía norteamericana, la poesía mundial se puede decir, a la que nosotros llamamos «exteriorista», que era una poesía de expresar las experiencias de cada uno, lo que uno vive, lo que decía William Carlos Williams, «en el lenguaje del hombre de la calle». Eso fue lo que se hizo.

Ese lenguaje del hombre de la calle se parecía al lenguaje de poemas míos y de muchos otros. Todos procedemos de esa misma corriente, hasta de la Biblia procedemos, de Safo, no todos son exterioristas pero gran parte sí; la poesía china, japonesa, tienen también esas mismas tendencias del exteriorismo.

Ulises Juárez Polanco: Usted ya era una figura reconocida antes del triunfo, sin embargo salió del ministerio en condiciones muy amargas. Viendo hacia atrás, ¿cómo valora su paso por el poder, por el aparato estatal?

Ernesto Cardenal: Yo creo que fue importante lo que hizo el Ministerio de Cultura. No lo que yo hice, porque éramos más de mil los que estábamos en el ministerio, y yo no enseñaba todo, porque yo no sé nada de música y había todo un movimiento musical, y también de pintura, por ejemplo, todo era centralizado.

Sólo en la poesía es en lo que yo me metí, se puede decir, que yo lo dirigía, pero lo demás no, y la pintura, por la que también fui atacado. Era la experiencia de Solentiname, que pensé que como habíamos promovido la pintura y habían salido ya más de cuarenta pintores y pintoras, excelentes, primitivistas, yo pensé que eso se podía hacer en todo el país, y se hizo hasta en la Costa Caribe, y sigue habiendo, eso no se ha destruido, sigue habiendo esa pintura primitiva.

Ulises Juárez Polanco: ¿Volvería a ser ministro?

Ernesto Cardenal: (Responde inmediatamente) No, del todo. (Silencio)

También la artesanía la promovimos porque no tenía artesanía Nicaragua y llegó a ser un país estupendo en artesanías. Había sido también la experiencia de Solentiname, que ahí nunca había habido artesanía.

Sergio Ramírez: Yo creo que uno de los grandes aportes de la cultura bajo el sello que usted le puso en el tiempo de la revolución fue rescatar lo nacional, la identidad del país, no en términos vernáculos, sino que lo nacional valiera.

Ernesto Cardenal: El traje, la cotona por ejemplo, se rescató de la cultura campesina, yo la impuse como el uniforme de mi comunidad de Solentiname y para eso busqué una cotona y no había. Encontré dos cotonas, una que me prestó Chale Mántica que la usaba para disfraces, una cotona falsa para disfraz pero cotona campesina verdadera, pero que él la usaba en bailes o en disfraces, y una chiquita, como de niño, que encontré en el mercado. Ahí rescatamos entonces el estilo de un sólo botón, una manga tres cuartos, sin cuello, ya después se volvió una camisa nacional y con variantes, con colores, con flores.

Sergio Ramírez: Hasta le inventaron bordados. Yo a esas cotonas las recuerdo porque mi padre las vendía en Masatepe cuando todavía los campesinos usaban caites, cotonas y pantalón que no se llamaba bluejeans, se llamaba manta azul, y esas cotonas eran de manta cruda.

Ernesto Cardenal: Era amarillenta y por razones económicas dejó de existir porque era más barato comprar las camisas hechas para los campesinos.

Sergio Ramírez: Cuando se acabó aquí la ropa que extrañamente se llamaba ropa hecha, o ropa de partida, esa ropa se acabó cuando vino la gran industria camisera, que era más barato…

Ernesto Cardenal: …aquí Somoza prohibió que se hiciera tejidos.

Sergio Ramírez: Por El Porvenir, su fábrica de textiles.

Ernesto Cardenal: Y entonces ya no había el tejido nicaragüense que había habido de algodón, ya no había hasta que encontraron dos o tres ancianas que me las enseñó el que era obispo de Matagalpa y que hacían tejidos todavía en su tejedor manual. Y entonces nosotros hicimos que volviera a haber tejidos.

Sergio Ramírez: La revaloración de lo nacional. La cerámica negra de Jinotega, las jícaras…

Ernesto Cardenal: Y también los bailes. ¡Los libros! Las ediciones eran de diez mil ejemplares.

Ulises Juárez Polanco: Nunca más eso aquí.

Ernesto Cardenal: ¡En Estados Unidos, que tienen treinta veces más habitantes que nosotros, las ediciones de poesía eran de dos mil ejemplares!

Sergio Ramírez: Cambiando de tema, ahora tenemos un Papa que predica la humildad.

Ernesto Cardenal: Exactamente, sí. La pobreza y la humildad, y la practica.

Sergio Ramírez: Eso no tiene precedentes.

Ernesto Cardenal: Estaba leyendo de que cuando fue a Roma, donde fue electo Papa, había comprado pasaje de ida y vuelta pero además había comprado el pasaje en clase turista porque solo en turista viajaba. Creo que es un reto para todos nosotros, no sólo para la curia del Vaticano, para todos nosotros, de que lo podamos imitar.

Sergio Ramírez: Por primera vez el Papa ha vuelto a hablar de la iglesia de los pobres y para los pobres. Yo comentaba en los setenta años de Carlos Mejía Godoy, en mi columna, que ahora ojalá volviera a restablecerse la Misa campesina porque el Papa está hablando de la iglesia de los pobres y para los pobres.

Ernesto Cardenal: Otra cosa que acabo de leer hace poco de él es que pidió un automóvil y le llevaron un Mercedes Benz lujoso, y dijo que le llevaran el carro más pequeño del Vaticano. Decía que botar la comida como desperdicio era pecado porque era robarle esa comida a la mesa de los pobres.

Ulises Juárez Polanco: Hablando de usted, Padre, a mí me conmueve su interés y su amor por los niños en los talleres de poesía que comparte desde hace varios años. ¿Este amor cómo nace y qué ha aprendido de los niños?

Ernesto Cardenal: Estando en Italia, en una ciudad cerca de Milán, me llegó a ver el doctor Masera, Giuseppe Masera, que es de los fundadores junto con Fernando Silva del Hospital La Mascota, y que normalmente cada año ha venido a Nicaragua trayendo ayuda para los niños del Hospital Infantil y me dijo que a los niños enfermos de leucemia se les desarrollaba un gran talento descriptivo y narrativo y de sensibilidad para la poesía, y que yo debía de experimentar. Seguramente él sabía de los talleres de poesía que yo había promovido, y pensó que yo debía de experimentar un taller de poesía con niños con leucemia, que podía ser un proyecto piloto para que se repitiera en otros hospitales infantiles. Yo pensé que no podía negarme a eso y le dije que yo iba a tratar de cumplir con la petición de él, de crear ese taller, y así lo hice con Fernando Silva y con Julio Valle, los cuales después no regresaron al taller: Julio Valle porque se impresionó mucho con los niños enfermos y se puso a llorar, y Silva ya por la edad poco a poco dejó de asistir. Claribel ha estado yendo siempre, la Daisy estuvo también.

Resultó que desde el primer taller que tuvimos ya hubo algunos poemas interesantes, y después había algunos poemas realmente maravillosos, deslumbrantes, que cualquier adulto puede envidiar.

Sergio Ramírez: La realidad es que es muy doloroso estar trabajando con niños que no se sabe si los va a volver a ver después.

Ernesto Cardenal: Así es, y a parte de ellos no los hemos vuelto a ver, algunos de los que han sido los mejores poetas han muerto.

Luz Marina Acosta: Pero el taller no es sólo para los de leucemia porque el albergue junta a todos los niños, porque no son tantos los enfermos como para separar. En ese gran hospital de Milán tenían el departamento de niños con leucemia, aquí en Nicaragua, no.

Ernesto Cardenal: No hemos encontrado diferencia entre los que tienen leucemia y los que tienen otro tipo de cáncer.

Ulises Juárez Polanco: ¿Qué opina usted de este nombre de «los tres Ernestos», de esta generación de los cuarenta a la que los críticos lo han integrado?

Ernesto Cardenal: Nada, que hay esa coincidencia de que tenemos el nombre.

Ulises Juárez Polanco: Pasando a otra faceta suya, ¿cómo llega a la escultura?

Ernesto Cardenal: Desde niño yo hacía esculturas de barro, figuras de barro y de arena en Poneloya y después estudiando, cuando era estudiante en Nueva York, empecé a comprar materiales de escultura, plastilina y cosas así y empecé a hacer figuritas pequeñas de cera o de plastilina y alguna vez traté de hacer tallados también en piedra, pero era muy difícil hacerlo con piedra.

Cuando regresé, traje a Nicaragua las figuritas que había hecho allá y se las enseñé a Rodrigo Peñalba y le gustaron mucho, y me dijo que eso debía de ser más grande, no figuritas chiquitas como las que yo hacía, pero vino aquí Gómez, un cubano que dirigía entonces el Museo de la Unión Panamericana, que es lo que después se llamó la OEA, y estaba reuniendo obras para una exposición que iba a hacer. Vino a Nicaragua para ver cuáles escogía y Peñalba me dijo que le llevara mis figuritas, estaban puestas en el suelo y entonces él se agachó ahí, y pregunto, «¿y esto de quién es?», como con sorpresa, y le dijeron que eran mías. Me dijeron que eran muy buenas, que es algo que iba a ir a la Unión Panamericana pero lo debía hacer más grande para exponerlo.

Sergio Ramírez: Hay una gran contradicción entre el concepto de poesía concreta y su escultura, es decir, la poesía concreta es la poesía que escribe las cosas como son, y la escultura tiene una estilización que lo lleva casi a lo abstracto.

Ernesto Cardenal: Soy realista, yo nunca he hecho una que sea abstracta, todas son representando algún animal o bien un ser humano también. Se puede decir que son representativas.

Ernesto Cardenal: Hay una sencillez, como primitiva, como minimalismo.

Sergio Ramírez: Ya para cerrar, ¿cómo ve usted la literatura de los jóvenes? ¿Se interesa por la literatura de los más jóvenes?

Ernesto Cardenal: Siempre me interesa, pero no siempre me gusta. Por lo general no me gusta porque encuentro que la tendencia dominante ahora de ellos es una poesía incomprensible, una poesía enigmática, y si no le entiendo, no me gusta. Hay unos que les gusta lo que no entienden, pero a mí no me gusta lo que no entiendo.

Hay un culto también por Carlos Martínez entre los jóvenes, pero me parece que es un culto falso de parte de ellos y me parece que lo que no entienden no les puede gustar. Hay poemas de Carlos Martínez que yo los entiendo porque yo los viví y él me contó a qué se estaba refiriendo en ese momento, pero los otros no pueden saberlo.

Ulises Juárez Polanco: Padre, hablando de creadores, hay una parte en «Los cuadernos del noviciado» que siempre me ha conmovido, donde aborda el tema de la humildad. Hay un fragmento en que usted exclama cuántas cosas no hubiera leído de otra forma, o hubiera escrito de otra forma, si hubiera tenido en ese momento más humildad. ¿Usted considera que la humildad es un valor que todo creador debe tener?

Ernesto Cardenal: Yo ya no me acuerdo de esa frase y no sé cómo la dije, son cosas que en ese momento se me ocurrieron. En ese momento lo sentí. No puedo elucubrar como si estuviera en ese momento.

Ulises Juárez Polanco: ¿Y si lo hace como si estuviera en este momento?

Ernesto Cardenal: Bueno, la humildad es necesaria, claro. Creo que los malos poetas es por falta de humildad, quieren lucirse y llenan la poesía de adornos y de cosas innecesarias.

Eliseo Diego: cien años de perfección


Autor: Marilyn Bobes. Fuente: periódico Granma, Cuba

Empezaba yo a escribir mis primeros poemas, al inicio de la década de los 70 del pasado siglo, cuando un amigo me regaló un libro de Eliseo Diego, ese gran poeta cubano cuyo centenario conmemoramos este año.

La impresión que me causó ese libro fue el comienzo de un largo diálogo con la obra de un autor que es, indudablemente, uno de los mejores poetas de todos los tiempos en lengua española.

Tuve la dicha de conocerlo personalmente y admirar su delicadeza de caballero antiguo, su serena sabiduría y su cuidadosa manera de acercarse a los jóvenes, alentándolos siempre a seguir el difícil camino de una vocación que no siempre alcanza la cima a la que llegó el inolvidable autor de En la calzada de Jesús del Monte.

Fundador junto a Lezama Lima, Fina García Marruz, Cintio Vitier y Virgilio Piñera, entre otros, del grupo y la revista Orígenes, Eliseo comenzó publicando unos cuentos cuyo valor no siempre es resaltado como se debería.

Sin embargo, se consideró, sobre todo, poeta. «Soy de oficio, poeta, es decir, un pobre diablo a quien no le queda más remedio que escribir en versos. Y lo hago, no por vanidad, ni por el deseo de brillar o qué se yo, sino por necesidad, porque no me queda más remedio que escribir estas cosas que se llaman poemas», dijo en una ocasión.

Pero la labor intelectual de este grande de la literatura cubana lo llevó por muchos caminos: el del ensayo, el de las traducciones y el de la prosa, mostrando en cada uno de estos géneros su gran talento y su absoluto dominio de la palabra, esa limpieza y musicalidad exquisita distintivos de su estilo en todo lo que salió de su pluma.

Eliseo Diego nació el 2 de julio de 1920 en La Habana y siendo muy niño viajó con su familia a Francia y Suiza, experiencia que siempre calificó como determinante en su formación de escritor.

Esta última comenzó en su primera década de vida cuando escribió sus primeros cuentos infantiles. La preocupación por los más pequeños fue otra de las constantes de su vocación y así lo demuestran sus traducciones de las más importantes figuras de la literatura infantil de habla inglesa.

Era un gran admirador de la obra de los escritores anglosajones y dominaba a la perfección esa lengua hasta el punto de dar cursos especializados de autores ingleses y norteamericanos en la Casa de las Américas.

Siempre trabajó a favor de la cultura nacional, desempeñándose, indistintamente, como responsable de Literatura y Narraciones Infantiles de la Biblioteca Nacional o como redactor de la revista Unión de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac).

Lo recuerdo también como jurado en los talleres literarios. Su acercamiento a los escritores de mi generación fue determinante en muchos de nosotros y nuestra pasión por su obra lo convirtió en uno de los poetas más frecuentados y hasta imitado por muchos de nosotros.

En 1986 le fue entregado el Premio Nacional de Literatura y recibió muchas veces el Premio de la Crítica. Casi al final de su vida, en 1993, fue reconocido con el prestigioso Premio Internacional de Literatura latinoamericana y caribeña Juan Rulfo.

Gabriel García Márquez lo consideró uno de los grandes poetas de la lengua española y fue estudiado en universidades extranjeras y se ganó el favor de un público que lo tuvo entre sus ídolos y paradigmas literarios.

Cuando se conmemoran cien años de su nacimiento, no podemos olvidar a este inmenso poeta que nos dejó un legado imperecedero. El Foro Literario que tendrá lugar en la Uneac durante la Feria del Libro le dedicará uno de sus paneles.

Esperemos que este sea solo un comienzo para un aniversario que traiga de vuelta a nosotros al autor de Los días de tu vida, libro que prefiero entre todos los que escribió Eliseo Diego, uno de los más grandes poetas cubanos de todos los tiempos.

Un pedazo del alma cubana


Ciro Bianchi Ross. Fuente: Juventud Rebelde, 20 de julio, 2019

Veinte años, la habanera inmortal de María Teresa Vera, interpretada en español por una niña franco-coreana de ocho años de edad, con respaldo de su padre en la guitarra, y de un hermano de 11 años con la trompeta y en el coro, fue un emotivo e inesperado regalo de la TV en esta mañana de lunes. Es, esa melodía imbatible, una de las piezas más reiteradas del cancionero popular cubano desde su estreno en 1935 y que durante décadas permaneció en una zona de misterio.

¿A quién la dedicó?, preguntó a la compositora el poeta y periodista Guillermo Villaronda en la entrevista que le hizo para la revista Bohemia en febrero de 1958, en una época en que ella se hallaba sin trabajo, olvidada, en plena miseria, agobiada por el presentimiento de que, más temprano que tarde, tendría que salir a la calle a pedir limosnas para comer. —Le seré sincera —respondió María Teresa. De ese número me corresponde solo la mitad: la música. Sin darle un respiro, inquiere el entrevistador sobre el autor de la letra.

La trovadora, apunta Villaronda, «quedó como enredada en la incertidumbre. Se frotó las manos. Suspiró. Bajó y alzó la vista».

Dijo finalmente:

—Yo de ninguna manera puedo pronunciar ante nadie el nombre de esa señora que pertenece a la alta sociedad y que posee un corazón de poeta. Lo único que me atrevo a decirle es que, desde hace muchos años, esa digna señora pone letras a mis mejores producciones, pero advirtiéndome contantemente que no quiere que se divulgue su nombre.

Su placer es escuchar en su alcoba mis audiciones radiales. Atreviéndose, el periodista pregunta si se trata de un amor frustrado.

—No insista, por favor —responde María Teresa Vera. A veces, me dicta por teléfono sus versos que inmediatamente yo musicalizo. Pero nada más… Lo que ella fue y lo que es ¡a nadie importa! Hay que dejarla ahí, en su residencia de silencio, en su anonimato perpetuo. No desea otra cosa. Es necesario complacerla si cumplimos con la soberanía de nuestro corazón.

Claro, el nombre de aquella mujer terminaría emergiendo a la luz. Se trataba de Guillermina Aramburu, hija de un destacado periodista, nacido en Guanajay, masón y hombre de ideas autonomistas, primero, y luego separatistas que colaboró en numerosas publicaciones periódicas y durante 20 años tuvo a su cargo la columna Baturrillos en el Diario de la Marina. En la casa de Joaquín Aramburu prestaba servicio como cocinera la madre de María Teresa, y allí la niña era vista como alguien de la familia. Con los Aramburu aprendió la futura compositora a leer y a escribir y gracias a ellos pudo asistir a una escuela privada. Guillermina es la autora de las letras de No puedes comprender, Te acordarás de mí, Yo quiero que me quieras y Mi venganza, entre otras melodías.

Era aún adolescente cuando María Teresa se instala en La Habana. Aprende a coser y a bordar en un colegio de monjas y gracias a un tabaquero se entusiasma con la guitarra. Pronto tendría como maestros a los trovadores Manuel Corona y Patricio Ballagas. Fue precisamente con una obra de Corona, Mercedes, con la que debutó profesionalmente el 18 de mayo de 1911. Fue en el Politeama Grande, en la azotea de la Manzana de Gómez, en una función en beneficio de  Arquímedes Pous y le pagaron 20 pesos por su actuación. Con el dinero en la mano corrió a Guanajay para decirle a su madre, que ganaba 20 pesos mensuales con los Aramburu, que ya no tendría necesidad de seguir trabajando como doméstica. La señora de la casa dio al asunto una salida elegante y altruista: la madre de María Teresa seguiría contando con el apoyo de la familia cocinara o no cocinara.

¿Quién eres tú?

María Teresa Vera nació en Guanajay el 6 de febrero de 1895, hija de una esclava liberta y de un militar asturiano que no quiso o no pudo reconocerla. Tras su debut en el Politeama, Corona figuraría siempre en el repertorio de la artista. Fue el compositor con el que alcanzó mayor identificación profesional y humana, afirma el investigador Jorge Calderón. Hace presentaciones, por 15 pesos, en el cine Gris, en Zanja y Galiano, y luego en el cine Esmeralda, donde es fichada por un representante de la casa disquera Víctor, que la quiere en su catálogo. En 1914 se inicia como compositora: estrena otra de sus melodías imperecederas, el bambuco Esta vez tocó perder, con versos de Emma Núñez Valdivia, otra de sus letristas más asiduas.

El dúo de María Teresa, voz prima, con Rafael Zequeira es un éxito tanto en Cuba como en Estados Unidos. Hacen la pareja perfecta, tanto que se rumora en su  momento que la relación va más allá de lo artístico. Inquiere Villaronda sobre este aspecto en su entrevista de 1958. La trovadora se desconcierta ante la pregunta, pero lo niega de manera categórica. Fueron, sí, muy amigos; lo cuidó durante su enfermedad y ya en el velorio, no se separó del cadáver un solo minuto. Evocaba su entierro. Sesenta músicos hicieron sonar sus instrumentos detrás del féretro. Dice en la entrevista con Villaronda: «Tal como él lo deseó. Lo mismo que yo ambiciono para mí cuando me llegue la hora».

Muerto Zequeira hizo dúos con Miguelito García y Lorenzo Hierrezuelo.Dúos que la crítica califica de emblemáticos. En 1927 fundó el Sexteto Occidente, agrupación en la que figuraba, en el contrabajo, Ignacio Piñeiro, autor además de la mayor parte de los sones que interpretaba el sexteto, entre ellos, Esas no son cubanas.

En plena efervescencia del son, el Sexteto Occidente viajó a Nueva York. Fue un éxito. Se anuncia a la artista como «la Champion de las canciones, los boleros, los sones y la rumba». Hizo presentaciones en vivo y grabaciones para Columbia y otros sellos disqueros. María Teresa Vera parecía estar en la cumbre de su carrera. Pero ya en La Habana, abrupta e inesperadamente, vende a Piñeiro su agrupación musical, que empieza a llamarse Sexteto Nacional, y se retira de los escenarios. Lo hizo, afirma Calderón, por imperativos religiosos. Sus dioses le prohíben que siga cantando. No dejó, sin embargo, de componer. A esa etapa  corresponde Veinte años.

El retiro no sería definitivo. La invitan a cantar, en Radio Salas, con el cuarteto de Justa García, una de las voces más destacadas de la trova cubana, y con ese grupo se presenta asimismo en salas cinematográficas, hospitales y centros de trabajo. Se disuelve el cuarteto y quedan solos María Teresa y Lorenzo Hierrezuelo. Formarían un dúo que duraría unos 27 años, hasta los años iniciales de la Revolución. Solo en Radio Cadena Suaritos dejaron más de 900 grabaciones. Laureano Suárez, el propietario de esa emisora llegó a ser un personaje muy popular y querido. Tenía una forma original de asumir la publicidad, que le valió requerimientos y suspensiones. En uno de sus anuncios, por ejemplo, decía: «Señora, ¡póngase en cuatro!» Y añadía enseguida: «Sí, en cuatro horas de La Habana a Nueva York». Y otro: «Grandes, gordas y peludas… Toallas Antex… Acarician al secar». O «Con chorizos Nalón, no hay fabada señorita».

El nuevo dúo hace presentaciones en Cuba y en el exterior. Lo contrata CMQ y en el programa Cosas de ayer, saludan a María Teresa como la Embajadora de la Canción de Antaño. En Mérida, México, el torero Manolete corre cada noche tras los cubanos: quiere que le canten, una y otra vez, Doble inconciencia, un bolero de Corona.

Los llama también la TV y están en programas como Noche cubana, Jueves de Partagás, El bar melódico de Osvaldo Farrés, El casino de la alegría… Un disco de larga duración grabado en esos días deja escuchar al dúo en Boda negra, de Villalón, y Pensamiento, de Teofilito…

El triunfo de la Revolución sorprende a María Teresa Vera en plenitud de facultades. Una noche, en el Anfiteatro de La Habana, el público la recibe con una larga y calurosa ovación y el reclamo de los asistentes la obliga a interpretar ocho números fuera de programa. En la emisora CMZ, del Ministerio de Educación, graba, junto con Lorenzo, unas 500 piezas. Guanajay, su pueblo natal, le concede el título de Hija Predilecta por su contribución a la difusión del cancionero nacional.

En 1962, sufre un infarto cerebral. Ahora sí no regresará más a los escenarios, aunque tuvo voluntad suficiente para orientar la grabación de piezas de su autoría que para la disquera Egrem hizo el trío Veinte años, del que entonces formaba parte Lorenzo Hierrezuelo.

Falleció en La Habana el 17 de diciembre de 1965. Es, como dice su biógrafo Jorge Calderón, «un pedazo del alma cubana».

Cadáver desaparecido

Deshilvanó María Teresa Vera muchos de sus recuerdos en la entrevista con Villaronda publicada en Bohemia en febrero de 1958. De Patricio Ballagas contó que cayó muerto mientras cantaba en la calle. Ya inhumado, sus amigos quisieron llevarle flores al cementerio y para recaudar el dinero necesario se reunieron varios trovadores, María Teresa entre ellos. Rascándose los bolsillos, allegaron 18 pesos con 32 centavos, y María Teresa expuso que lo ideal sería entregar los 18 pesos a los hijos del amigo e invertir los treinta y dos centavos en flores. Así se hizo, pero se continuó pensando en un homenaje. Se quiso adquirir el terreno donde fue enterrado y con ese fin se organizó un beneficio en el teatro Apolo que arrojó una ganancia de cien pesos. A una de aquellas reuniones asistió una mujer a la que nadie conocía y que se negó a dar su nombre. Manifestó que ella se haría cargo de los restos de Ballagas y que con aquellos cien pesos le rindiéramos el homenaje que entendiésemos, aunque lo mejor, expuso, es que nos los bebiéramos en ron.

Grande fue nuestra sorpresa, decía María Teresa, al enterarnos en el cementerio de Colón que los restos de nuestro amigo habían sido exhumados y trasladados a un lugar desconocido. Concluía la autora de Veinte años:

—Los restos de Patricio desaparecieron para siempre y nadie volvió a ver ni supo de aquella dama misteriosa. En cuanto al dinero, lo entregamos al trovador Román León, que estaba ya muy enfermo y falleció poco después.

Mis versos


José Martí

Estos son mis versos. Son como son. A nadie los pedí prestados. Mientras no pude encerrar íntegras mis visiones en una forma adecuada a ellas, dejé volar mis visiones: oh, cuánto áureo amigo que ya nunca ha vuelto! Pero la poesía tiene su honradez, y yo he querido siempre ser honrado. Recortar versos, también sé, pero no quiero. Así como cada hombre trae su fisonomía, cada inspiración trae su lenguaje. Amo las sonoridades difíciles, el verso escultórico, vibrante como la porcelana, volador como un ave, ardiente y arrollador como una lengua de lava. El verso ha de ser como una espada reluciente, que deja a los espectadores la memoria de un guerrero que va camino al cielo, y al envainarla en el sol, se rompe en alas.

Tajos son estos de mis propias entrañas, –mis guerreros.– Ninguno me ha salido recalentado, artificioso, recompuesto, de la mente; sino como las lágrimas salen de los ojos y la sangre sale a borbotones de la herida.

No zurcí de éste y aquél, sino sajé en mí mismo. Van escritos, no en tinta de Academia, sino en mi propia sangre. Lo que aquí doy a ver lo he visto antes, (yo lo he visto, yo).– Y he visto mucho más, que huyó sin darme tiempo a que copiara sus rasgos.– De la extrañeza, singularidad, prisa, amontonamiento, arrebato de mis visiones, yo mismo tuve la culpa, que las he hecho surgir ante mí como las copio. De la copia, yo soy el responsable. Hallé quebrantadas las vestiduras, y otras no y usé de estos colores. Ya sé que no son usados.– Amo las sonoridades difíciles y la sinceridad, aunque pueda parecer brutal. Todo lo que han de decir, ya lo sé, lo he meditado completo y me lo tengo contestado.–

He querido ser leal, y si pequé, no me arrepiento de haber pecado.

Carta de Cintio Vitier a Emilio Ballagas


Fuente: Revista de la Biblioteca Nacional de Cuba. Año 92, No. 1-2 enero – junio, 2001

Habana, octubre 25 de 1938

Sr. Dr. Emilio Ballagas

Santa Clara

Admirado amigo:

Recibí su carta inapreciable. Sinceramente, me alegró muchisísimo.

Con posterioridad, me ha llegado su poema “Nocturno y Elegía”, envío que agradezco a Ud. por el deleite que me trajo y por su dedicatoria tan buena conmigo.

He leído este poema suyo con tanto silencio que no sé qué decirle. Ni estoy a distancia para pensar en él. Su poesía, además, es de las que lo encienden a uno por dentro. A mí siempre me arrastra su vena de llanto abandonado, casi anónimo. Pero sí puedo decirle que en mi modesto preferir “Nocturno y Elegía” es lo mejor que le he leído y lo más puro de nuestra lírica nueva. Quizá porque le reverdece aquí, como nunca, el ser romántico, agria raíz de humanidad un poco olvidado ahora.

Lo que más me gusta, y entristece, de su primera y última poesía es ese desgaire infantil, esa voz convaleciente, esa luz —que me señaló Juan Ramón Jiménez en nuestras tardes con álamos— “equivocada”. Todo lo cual solo lo tiene Ud. en el mundo.

Otros momentos de su obra me tienen conmovido también. No creo que lleguen a leer jamás cosas tan amargas ni tan mías como “Retrato” y “De otro modo”.

Le ofrece su profunda admiración y amistad

Cynthio Vitier

(Texto manuscrito. Colección Ballagas, n. 175. Biblioteca del Instituto de Literatura y Lingüística).



NOCTURNO Y ELEGÍA
 
Emilio Ballagas
(1908, Camagüey, Cuba - 1954, La Habana, Cuba)
 
 
 
Si pregunta por mí, traza en el suelo
una cruz de silencio y de ceniza
sobre el impuro nombre que padezco.
Si pregunta por mí, di que me he muerto
y que me pudro bajo las hormigas.
Dile que soy la rama de un naranjo,
la sencilla veleta de una torre.
 
No le digas que lloro todavía
acariciando el hueco de su ausencia
donde su ciega estatua quedó impresa
siempre al acecho de que el cuerpo vuelva.
La carne es un laurel que canta y sufre
y yo en vano esperé bajo su sombra.
Ya es tarde. Soy un mudo pececillo.
 
Si pregunta por mí dale estos ojos,
estas grises palabras, estos dedos;
y la gota de sangre en el pañuelo.
Dile que me he perdido, que me he vuelto
una oscura perdiz, un falso anillo
a una orilla de juncos olvidados:
dile que voy del azafrán al lirio.
 
Dile que quise perpetuar sus labios,
habitar el palacio de su frente.
Navegar una noche en sus cabellos.
Aprender el color de sus pupilas
y apagarse en su pecho suavemente,
nocturnamente hundido, aletargado
en un rumor de venas y sordina.
 
Ahora no puedo ver aunque suplique
el cuerpo que vestí de mi cariño.
Me he vuelto una rosada caracola,
me quedé fijo, roto, desprendido.
Y si dudáis de mí creed al viento,
mirad al norte, preguntad al cielo.
Y os dirán si aún espero o si anochezco.
 
¡Ah! Si pregunta dile lo que sabes.
De mí hablarán un día los olivos
cuando yo sea el ojo de la luna,
impar sobre la frente de la noche,
adivinando conchas de la arena,
el ruiseñor suspenso de un lucero
y el hipnótico amor de las mareas.
 
Es verdad que estoy triste, pero tengo
sembrada una sonrisa en el tomillo,
otra sonrisa la escondí en Saturno
y he perdido la otra no sé dónde.
Mejor será que espere a medianoche,
al extraviado olor de los jazmines,
y a la vigilia del tejado, fría.
 
No me recuerdes su entregada sangre
ni que yo puse espinas y gusanos
a morder su amistad de nube y brisa.
No soy el ogro que escupió en su agua
ni el que un cansado amor paga en monedas.
¡No soy el que frecuenta aquella casa
presidida por una sanguijuela!
 
(Allí se va con un ramo de lirios
a que lo estruje un ángel de alas turbias.)
No soy el que traiciona a las palomas,
a los niños, a las constelaciones...
Soy una verde voz desamparada
que su inocencia busca y solicita
con dulce silbo de pastor herido.
 
Soy un árbol, la punta de una aguja,
un alto gesto ecuestre en equilibrio;
la golondrina en cruz, el aceitado
vuelo de un búho, el susto de una ardilla.
Soy todo, menos eso que dibuja
un índice con cieno en las paredes
de los burdeles y los cementerios.
 
Todo, menos aquello que se oculta
bajo una seca máscara de esparto.
Todo, menos la carne que procura
voluptuosos anillos de serpiente
ciñendo en espiral viscosa y lenta.
Soy lo que me destines, lo que inventes
para enterrar mi llanto en la neblina.
 
Si pregunta por mí, dile que habito
en la hoja del acanto y en la acacia.
O dile, si prefieres, que me he muerto.
Dale el suspiro mío, mi pañuelo;
mi fantasma en la nave del espejo.
Tal vez me llore en el laurel o busque
mi recuerdo en la forma de una estrella.

Carta de Luis Rogelio Nogueras a Eliseo Alberto


Fuente: La Gaceta de Cuba, UNEAC

Eliseo Alberto Diego

Calle E, n. 503 e/ 23 y 21, Vedado

Querido Lichi:

¡De modo que terminó la dictadura poética de Don Eliseo de Diego y Fernández Cuervo en la Calle E! ¡De manera que ahora son dos los poetas de los cuales puede sentirse orgullosa Bella!

Bueno, me imagino que el viejo se habrá resignado ya a compartir contigo, además de las navajas de afeitar y las corbatas, los esplendores de la gloria. ¡Cría poetas y te sacarán los sonetos!

Me parece magnífico tu libro. Lo he leído un par de veces y, cosa sorprendente, ¡tienes menos influencia del maestro que yo!

¿Habráse visto cosa igual? Siempre me ha parecido que, si mi padre hubiese sido un poeta de la estatura del tuyo –y no me refiero a la estatura en centímetros, pues el mío mide 1.80 y es, por tanto, más alto–, me hubiera dedicado a robarle alegremente los poemas y a publicarlos con mi nombre (o tal vez con el sobrecogedor seudónimo de Luis el Usurpador). Apostaría mi mejor par de medias a que me sé de memoria más poemas de Eliseo The Old (advanced in age, but, young in this inventive faculty) que los que te sabes tú –aunque estoy seguro, con todo y lo que lo admiro, que tú lo admiras aún más.

Buen comienzo tu libro.

Te abraza tu hermano,

Luis Rogelio Nogueras, poeta por cuenta propia

Sábado del libro: Josefina de Diego presenta el poemario de su padre “En la Calzada de Jesús del Monte”


Fuente: Cuba Poesía, 23 de diciembre de 2019

por María de los Angeles Polo Vega

Los 25 años de fundada la Colección Sur, fueron homenajeados en el sábado del libro que cada semana organiza el Instituto Cubano del Libro en la calle de Madera de la Plaza de Armas en la Habana Vieja.

Para la ocasión se reservó la presentación, por un panel de lujo, de cuatro títulos de autores imprescindibles en la poesía de Iberoamérica, Enemigo Rumor de José Lezama Lima, presentado por el doctor Roberto Méndez, En la Calzada de Jesús del Monte, de Eliseo Diego, que la presentadora fue su propia hija Fefé de Diego,Los párpados y el polvo de Fayad Jamís que presentó Basilia Papastamatiu  y Que veremos arder de Roberto Fernández Retamar, presentado por el investigador y crítico Víctor Fowler, quien además felicitó a la Colección Sur por  el acierto de publicar y brindarnos la oportunidad de reunir, en una misma presentación a estos grandes poetas Lezama como el gran aglutinador y junto a él, Eliseo, Fayad y Retamar.

De este último su hija, Laidy Fernández de Juan leyó algunos poemas, incluidos el que da título al poemario y él que más les gustaba, tanto a  ella como su mamá. Posteriormente, para cerrar con broche de oro esta presentación y con el típico sentido del humor que le caracteriza, Laidys hizo algunas simpáticas anécdotas de la amistad, que en el plano personal unió durante toda la vida a estos cuatro gigantes de las letras cubanas.

Hoy CubaPoesía comparte con los lectores las palabras de Fefé de Diego al presentar el poemario En la Calzada de Jesús del Monte, que también por estos días cumple 70 años años de publicado.

EN LA CALZADA DE JESÚS DEL MONTE (Colección Sur, La Habana, 2017)

No soy crítico literario y no me corresponde a mí, por ser su hija, opinar sobre la calidad e importancia de este libro. Solo puedo dar testimonio de lo que viví, junto a mis padres y al grupo de amigos, poetas y artistas que visitaban mi casa, muchos de los cuales integraron lo que se conoció como Grupo Orígenes.

Hace siete décadas, mi padre, Eliseo Diego, un muchacho de apenas veintiocho años, recogía, en los talleres de Úcar García, en la Habana Vieja, los ejemplares de su primer poemario, En la Calzada de Jesús del Monte. Por aquella época, esperaba, ansioso, el nacimiento de su primer hijo, mi hermano Rapi,  vivía en El Vedado, con su esposa y su madre, y trabajaba como profesor de inglés. Dos volúmenes de cuentos precedían este cuaderno, En las oscuras manos del olvido (1942) y Divertimentos (1946). El joven poeta había comenzado a escribir su libro, aproximadamente, en 1944, y lo había terminado tres años después, pero no se decidía a publicarlo, aunque ya algunos poemas habían aparecido en la revista Orígenes (1944-1956). Las dos fechas ―de impresión y terminación― aparecen en el libro, para dolor de cabeza de los bibliotecarios: en la cubierta, “Ediciones Orígenes, La Habana 1949”; y en la portadilla, “La Habana, Año de 1947”. La primera vez que Eliseo leyó sus versos fue en la casa de su novia Bella García Marruz, en Neptuno No. 308, entre Águila y Galeano. Allí se reunía con su amigo de la infancia, Cintio Vitier, con Fina, la hermana de Bella y novia de Cintio, con Octavio Smith, Agustín Pi, Gastón Baquero y otros jóvenes escritores y artistas de aquellos años.

La causa de la demora en dar a conocer sus versos  fue la inseguridad que sentía y un excesivo rigor, según afirmó en varias ocasiones: todos sus amigos escribían poesía y él era ‘el prosista’ del grupo. En la Calzada de Jesús del Monte está considerado por la crítica nacional y extranjera como un clásico de la literatura hispanoamericana.

Eliseo, si usted no acaba de publicar ese libro, me veré obligado a hacerlo yo, bajo mi firma”.

José Lezama Lima

Contaba mi padre que fue José Lezama Lima quien lo decidió a publicar sus versos.  Una tarde en que conversaban en un cafetín habanero, después de una larga bocanada de humo de su tabaco, Lezama, utilizando el “usted”, que reservaba siempre para ocasiones especiales, le dijo: “Eliseo, si usted no acaba de publicar ese libro, me veré obligado a hacerlo yo, bajo mi firma”.  Ante elogio tan categórico, proveniente de alguien que no los regalaba, el joven Eliseo  decidió publicarlo.

Pero entre el momento en que dio por terminado su cuaderno (1947) y su publicación (1949), ocurrió un hecho importante: mis padres se casaron en la Parroquia de Bauta el 17 de julio de 1948. Y es que, según contó en varias entrevistas, un poco en broma y un poco en serio, la razón por la cual comenzó a escribir poesía fue para impresionar a su novia Bella. Cierto o no, En la Calzada de Jesús del Monte ha sido siempre el poemario preferido de sucesivas generaciones de jóvenes lectores y lectoras, en Cuba y en muchos otros países. Quizás, decía papá, porque había sido escrito justamente por alguien como ellos, por un joven enamorado, lo que hace que se reconozcan  en sus temas, obsesiones, temores y alegrías.

¿Pero por qué escogió ese título para su primer volumen de poemas?, ¿qué importancia había tenido esa Calzada para él?

Mi padre nació el 2 de julio de 1920 ―próximo está ya su centenario―  en la calle Compostela No.56 (actualmente Compostela No. 360), en la Habana Vieja pero, muy pronto, sus padres se mudaron a una pequeña quinta en las afueras de la ciudad, en el pueblo de Arroyo Naranjo.

Por aquellos años, la única vía para llegar a la ciudad era atravesando la Calzada de Bejucal, la que, en cierto tramo del camino, adoptaba el nombre de Calzada de Jesús del Monte, hoy, Avenida 10 de Octubre. Esa era la ruta que recorría el pequeño Eliseo cuando sus padres iban a la ciudad. La Calzada está, prácticamente, en ruinas. Pero hace casi un siglo, en la década de 1920, la antigua Calzada de Jesús del Monte era una avenida elegante, con casonas señoriales, llamativos vitrales y portales sombreados y amables.

En este volumen aparecen incluidos varios de los poemas que consideraba como los más representativos de su obra y de lo que podría llamarse su “poética”. Uno de ellos es “Voy a nombrar las cosas”. De este poema, habló Gastón Baquero cuando escribió sobre mi padre al conocer la tristísima noticia de su muerte, ocurrida el martes 1 de marzo de 1994:

Nombrar las cosas es el oficio del poeta. Dar nombre es engendrar y parir letra a letra el universo que el poeta descubre en torno suyo con el anteojo del alma. El universo comunicado al poeta, su reino, su mundo dentro y fuera del mundo de Dios y de los otros. Es regar ese hallazgo cotidiano de diamantes o de guijarros, vistiendo cada cosa con el traje humildoso del poema, es la tarea, es el destino del auténtico poeta, un ser ‘que no se queda con nada’, que lo destila todo sobre la piel de la tierra y la piel de los hombres. Eliseo Diego era ―me duele emplear esta palabra terrible: era― el Poeta, el alfarero, el artífice sin artificio. Deambulaba por el mundo de lo fantástico con la naturalidad de un Fantasma Iniciado, poseedor de la luz. De la casa, de la ventana, del jardín, de un recuerdo familiar, de las cosas y personas más humildes (…). Volver corpóreos los sueños, trabajo de Merlín, ser hortelano en el jardín de los espejos de la luna. Es ser fuente de felicidad para el prójimo más que para sí mismo. Esto hizo, esto hacía Eliseo Diego. ¡Bendito sea! (…). Ahí quedan sus libros, nuestros libros. Son una gloriosa exploración del mundo y del trasmundo. Pienso en Bella, clara y sencilla como un poema de Eliseo  (El artífice sin artificio, publicado en el periódico ABC, Madrid, jueves 3 de marzo de 1994).

Mi padre fue un hombre de profundas convicciones religiosas, católico. Dentro de unos pocos días se conmemorará y celebrará en gran parte de este lastimado planeta la Navidad, o sea, la Natividad o Nacimiento del Niño Jesús, según nos cuenta La Biblia (texto que, por cierto, debería estudiarse, como cualquier otro texto importante de la historia y de la cultura universal). El Niño Jesús traía un mensaje de amor y paz para toda la Humanidad. Son días en los que se piden deseos y se hacen planes para el futuro.

En enero de este año, un terrible tornado arrasó con varios barrios de La Habana. Recuerdo que cuando todavía no se tenían imágenes de la tragedia, un periodista de la televisión cubana, la voz en off, narraba la terrible devastación que tenía ante sus ojos. En un momento, dijo: “La cruz de la iglesia de la mítica Calzada de Jesús del Monte salió volando por los cielos y solo Dios sabe a dónde fue a parar”. Ojalá que la cruz no haya causado ningún daño a nadie ni a nada, y que haya sido restaurada, otra vez, en su lugar; ojalá que la mítica Calzada de Jesús del Monte recupere, algún día, al menos parte del esplendor que fascinó al niño que fue mi padre. Y ojalá que los jóvenes de Cuba y de otros países, se sigan acercando a su obra con la devoción y cariño con que lo han hecho hasta ahora, por los siglos de los siglos… Así sea.

Muchas gracias

Josefina de Diego

SÁBADO DEL LIBRO, 21 de diciembre de 2019