Las quince mil vidas del cisne salvaje

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Wichy Nogueras Las quince mil vidas del cisne salvaje
por Fidel Díaz (Fuente: Librínsula. La isla de los libros. Número 85. 19 agosto 2005)

Varios correos electrónicos y una tarde bajo las yagrumas del Centro Pablo de la Torriente Brau hicieron posible la entrevista que ahora ofrecemos a los lectores de “El Tintero”, a propósito del cumpleaños 60 de Luis Rogelio Nogueras, que se celebrará en el mes de noviembre.

Una vez más, a 20 años ya de su muerte, regresa Wichy, invocado por Silvio Rodríguez, con humildad y pasión de amigo, como para atenuar esos 15 siglos de notar su ausencia.

A mediados de la década del 60, al calor de los primeros grandes combates y transformaciones de la naciente Revolución Cubana, se vivió una efervescencia ideológica en la que la intelectualidad cubana trajo grandes debates y contradicciones. Por entonces, un grupo de jó­venes, entre ellos Wichy, fundan, como suplemento cultural del periódico Juventud Rebelde, la revista El Caimán Barbudo, alrededor de la cual aparecen estrechamente vinculados trovadores como Vicente Feliú y Silvio Rodríguez. ¿Cómo recuerda Silvio aquella ebullición y qué luces aportaba Wichy Nogueras dentro de ella?

Silvio: Creo que yo estaba todavía en el ejército cuando se fundó El Caimán Barbudo. Así que no tuve que ver directamente con ese hecho. Con lo que tuve que ver fue con el primer recital de poetas y trovadores que organizó El Caimán en la salita de Bellas Artes, evento en el que Nogueras estuvo. Fue en 1967, un mes después de yo haber debutado en Música y Estrellas, o sea, que fue muy al principio. Mis vínculos con aquellos escritores venían de que había conocido a algunos en el semanario Mella, entre 1962 y 1963.

«En 1967, cuando me estaba desmovilizando, las FAR pedían, como requisito para darte la baja, la constancia de que tenías un puesto de trabajo en la vida civil. Yo acudí al periódico Juventud Rebelde, donde se encontraban muchos de los antiguos trabajadores del Mella y, en una de aquellas visitas, el gallego Posada me mostró la oficina de El Caimán, que quedaba a unos pasos de su mesa de dibujo. Ahí me reencontré con Víctor, quien había sido redactor del semanario, y con Guillermo, que había sido colaborador. A Wichy y a Jesús los co­nocí a partir de entonces.

«No recuerdo bien si fue ese día u otro cuando Wichy me hizo una entrevista en la que hablamos incluso de poesía, pero recuerdo haber estado con él en uno de los cubículos de aquella redacción. Lo que sí tengo claro es que antes de conocerlo había llegado a mí el prestigio de buen poeta que tenía entre sus compañeros. Creo que fue el primero de la generación que ganó un premio, en este caso el David».

Luis Rogelio Nogueras se dio a conocer como poeta con libros tan renombrados como Cabeza de zanahoria (1967), Las quince mil vidas del caminante (1977), e Imitación de la vida. También es conocido como narrador y guionista de cine. ¿Cómo era Wichy el creador?

Silvio: Creo que, además de la poesía, necesitaba explorarlo todo. Por eso incursionaba en diversas formas de expresión, empezando por el Periodismo, ya fuera en entrevistas o en esas significativas crónicas que escribía a propósito de sus viajes. Su creatividad también se manifestaba mucho en la plática. Wichy era un imaginador constante y eso lo dejaba de manifiesto en los intercambios más triviales. Jugaba constantemente no solo con las palabras, sino con las ideas, de forma que conversar con él podía ser tremendamente divertido. Era tan listo, tan rápido de mente y tan esclavo de esos juegos, que había que estar alerta, porque en un pestañazo pasaba de la realidad a la invención.

La obra de Wichy Nogueras se caracteriza por lo ilimitado de su imaginación —llegando al punto de inventarnos poetas y escritores, con sus historias y obras— y por su elevado sentido del humor. En la dedicatoria del álbum Causas y azares, dices sobre Wichy: Por hacernos creer que jamás partirías, y además demostrarlo. ¿Cómo recuerdas a Wichy el ser humano?

Silvio: Él era de esas personas que son tiernas pero que no les gusta que se les note. Quizá por eso podía dar la impresión de ser demasiado ordenado y quizá también por eso su tendencia a las bromas, para no parecer encartonado. Pero yo lo vi completamente vulnerable y amoroso al pie de la cama de enferma de su hijita. Es una imagen de él que me persigue.

Le dedicas a Luis Rogelio Nogueras el álbum Causas y azares. Inspirado en él compones La tonada inasible y la Canción del trovador errante termina mencionando un cisne salvaje, en clara alusión a Wichy. ¿Qué influencias pudo ejercer Luis Rogelio Nogueras en Silvio Rodríguez?

Silvio: Puede que no tenga un verso para demostrarlo, pero la actitud rigurosa de Wichy respecto a las letras y a la cultura era ejemplar. Cuando en Oda a mi Generación canté: «Ahora quiero hablar de poetas, de poetas muertos y poetas vivos», no sé por qué, pero estaba pensando en él. Debe ser que cuando leí El entierro del Poeta, o aquel otro poema en español antiguo, me parecieron sencillamente asombrosos. Tenía la sensación de estar leyendo Gran Poesía, algo como Whitman o Neruda. Y me resultaba increí­ble ver que conocía y era amigo del tipo que había escrito aquellas maravillas.

En la canción La tonada inasible escribiste:
Hace quince segundos/ que se murió el poeta/ y hace quince siglos/ que notamos su ausencia. ¿Tras ese eterno tiempo, 60 de su llegada y 20 de su partida, qué importancia tendría para las nuevas generaciones la obra y el sentido de la vida de aquel cisne salvaje?

Silvio: Toda la obra de Luis Rogelio Nogueras está signada por la lucidez y el compromiso. Él escogió y ordenó sus palabras no sé si para eso, pero al menos es una de las impresiones que dejó. Él se las ingenió para inventar lo que no tuvo a mano. Lo que necesitó rehacer lo rehizo y de esos reciclajes alumbró realidades alternativas. Creo que a propósito uno de sus libros se llama Imitación de la vida.

«Era un convencido de que, luego de andar ‘las quince mil vidas del caminante’, la invención era necesariamente una acumulación, un resumen de posibilidades. Cuando él decía que no le interesaba tener un estilo, era porque era capaz de pasearse por todos los estilos conocidos y además, como pasatiempo, de ser capaz de inventar algunos más. Sobre ese tema hablamos a veces y creo que coincidíamos bastante, yo lejos, por supuesto, de su ilustración.

«Creo que las nuevas generaciones, en la poesía de Nogueras, tienen mundos fascinantes que explorar. Sus novelas también son bellísimas, llenas de misterios, combates y sueños de nuestra generación. Para mí, aunque no haya tenido tiempo para escribir una obra extensa, Luis Rogelio Nogueras es un clásico de nuestra literatura. Eso lo garantiza la profundidad de sus ideas y la forma impecable que usó para expresarlas».

“La tonada inasible”, Silvio Rodríguez
Homenaje de Luis Miguel Valdés a Wichy en el 66 aniversario de su natalicio (17-11-2010).

Dibujo en acrílico y crayón sobre papel Arches de 400 grm (124 x 70 cms)

Los sueños de un creador


Entrevistó: José Dos Santos L., para El Caimán Barbudo, Cuba. 7 de agosto del 2018

Fuente: Zurrón del aprendiz. Sitio propio del trovador Silvio Rodríguez Domínguez

Llego a Silvio Rodríguez —hombre de pensamiento, más que trovador— sin pretensiones de descubrirle nichos ocultos, porque ha sido uno de los grandes transparentes de la cultura cubana. Atiéndanse las letras de sus canciones y se encontrará respuestas a interrogantes de todo tipo. O si no, léanse las entrevistas (¿cientos?) que le han hecho a lo largo de una carrera que ya supera el medio siglo y encontrará mucho de lo que le ha caracterizado.

Por eso el empeño lo dirijo a hurgar un poco más allá, a través de sus sueños —cumplidos o insatisfechos—, que resultan muchas veces el motor de acciones vitales, o resultado de ellas, sobre todo para los románticos idealistas (esos que viven y mueren por una idea).

Los sueños son recurrentes en su obra. En una, Reparador de sueños, el optimismo se trasluce cuando canta “Siempre llega el enanito, con sus herramientas de aflojar los odios y apretar amores. Siempre llega el enanito, siempre oreja dentro, con afán risueño de inundar lo roto. Siempre apartando piedras de aquí, basura de allá, haciendo labor. Siempre va esta personita feliz trocando lo sucio en oro…”

Lo que quiero recabar, comienza preguntándole: ¿Cuál fue el primer sueño que recuerdas? ¿En qué contexto lo tuviste y cuánto significó para los que después vendrían?

“El primer sueño que recuerdo fue cuando vivíamos en San Antonio de los Baños, en la calle Jesús Planas. Allí, primero dormí en una cuna y cuando nació mi hermanita —yo tenía casi 4 años—, se la cedí y me pusieron en un catre a dormir en la sala. Entonces fue que tuve un sueño muy extraño: soñé que el mundo no tenía casas ni nada. Solo eran manos, brazos levantados, que se perdían de vista. Ahora me parece un cuadro de Salvador Dalí, surrealista. Lo curioso es que esos brazos me llevaban a mí… Yo me trasladaba de un lugar a otro a través de esas manos que me iban llevando. Ese fue mi primer sueño.”

Al comentarle que eso se ha ido cumpliendo, se adelanta a mi argumento al decir: “De cierto modo sí, porque los que tenemos el privilegio de estar en la superestructura de las sociedades, un poco somos levantados por los brazos de muchos. Fue un sueño, si se quiere, simbólico. Somos como una pirámide que está hecha de dolor, sufrimiento, sacrificio…”

Entonces le acoto que el sentido de mi comentario, además de ese enfoque, tenía el propósito de significar que su labor como creador le ha trasladado en los brazos de un prestigio global (y en los aplausos de muchas manos) porque —le digo— estar en la cúspide también puede significar ser reconocido por lo que se es o se ha hecho, y no como un privilegio. A ello, Silvio amplía:

“Sin duda se puede ver así, aunque en mi mente de niño era mucho más simple. Pienso que debió ser en respuesta a haberle tenido que cederle la cuna a mi hermana; y por eso quizás soñé que iba a tener una retribución enorme, inmensa, por haber tenido ese gesto.”

A continuación, el resto de las interrogantes que le presenté y sus respuestas:

El final de tu infancia y la juventud los viviste en el torbellino de una Revolución que ancló en el pecho de muchos, la mayoría de tus contemporáneos, emociones y actuaciones acordes a esos tiempos del despertar de quimeras. ¿Qué te llevó a asumirlas, cómo lo hiciste y qué lecciones te dejó?

“Ese es un tomo de mi autobiografía… (Ríe.) A mí me tocó comenzar la adolescencia con el triunfo de la Revolución. Había pasado solo un mes de cumplir los doce años cuando ello sucedió. Recuerdo perfectamente la vida anterior y, por supuesto, la posterior.

“La adolescencia fue esa década de consolidación, de contradicciones, de lucha, de supervivencia, de tensiones extraordinarias: coincidió con la transformación personal de una persona —de muchos, yo creo que a muchos le tiene que haber tocado algo parecido. Yo me hice hombre en esa primera década de la Revolución. Pasé de niño a hombre.

“Fue muy especial, porque esa revolución que también se produce en el ser humano en la etapa de la adolescencia, que no por gusto se llama así, era como vivirla por dentro y por fuera. No es un país, un estado, estable, una situación equilibrada la que yo tenía por fuera. Muchas veces también me identifiqué con las cosas urgentes y los exabruptos de la revolución y la sociedad, porque tenían que ver mucho con mis propios exabruptos, con mi propio aliento, mis propias necesidades…

“Es la década más intensa de mi vida, sin duda, desde todos los puntos de vista, inolvidable. Pero no es la única, porque la revolución maduró, pasó por varias etapas; no sólo la revolución, el mundo, porque nosotros somos un pedacito del mundo. No podemos creernos que somos el centro… porque no lo somos, como tampoco un hombre es el centro del mundo”.

¿Con qué soñabas mientras navegabas en el Playa Girón? ¿En qué medida se te cumplieron esas expectativas, cuáles se quedaron por el camino y por qué?

“Las canciones que hacía en el Playa Girón, eran como ‘Te convido a creerme cuando digo futuro’. Muchas veces uno hace las canciones para uno mismo, luego uno las proyecta a los demás y tienen X aceptación, gustan más o gustan menos, se entienden más o se entienden menos, pero sobre todo son canciones como de ese momento… Eran diálogos conmigo mismo, era todo lo que a mí se me ocurría, por lo que estaba sucediendo en general y por lo que me estaba sucediendo a mí en lo particular.

“Era muy joven, 22 años, todavía tenía el aliento de la adolescencia. A esa edad uno no se ha librado del todo de cosas del temperamento del adolescente. Soñaba con mucha intensidad en que el mundo, la realidad en la que vivíamos en el país, iba a ser mucho mejor en el futuro. Tenía más que convicción, fe, en que iba a ser así.

“Pero, como dice otro cantor, ‘la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida’. La vida nunca es exactamente como uno se la imagina. Y cuando empieza a imaginársela de acuerdo a una serie de experiencias y analogías, comparaciones a partir de las vivencias, ella se acaba.”

Y reiteró la idea en buen cubano: “Cuando uno tiene ‘un tamaño de bola’ de por dónde va la cosa, ahí mismo te dicen, apaga y vámonos”.

Madurar, máxime en condiciones a veces contradictorias, hacen posponer proyectos juveniles, transformarlos o desecharlos, al tiempo que otros ocupan su lugar. A la altura de esta época, ¿cuál es el saldo que obtienes al pasarles revista?

“El saldo es de una vida intensa y una vida esperanzada. Yo siempre he sido optimista, aunque a veces he tenido etapas o momentos de pesimismo, como cualquier ser humano, pero en general siempre he sido optimista y las cosas que canto son las que pienso, sueño, que quiero y las que no quiero —porque a veces canto sobre lo que no quiero— son cosas de las que alerto desde las limitaciones de mis puntos de vista y mis experiencias”.

(Es válido recordar en este momento uno de sus poemas musicalizados o creaciones poético-políticas como Sueño de una noche de verano, que en algunos de sus pasajes expresa: “Yo soñé con aviones que nublaban el día Justo cuando la gente más cantaba y reía. Yo soñé con aviones que entre sí se mataban destruyendo la gracia de la clara mañana. Si pienso que fui hecho para soñar el sol y para decir cosas que despierten amor… ¿Cómo es posible entonces que duerma entre saltos de angustia y horror? Y espero que mi sueño no sea mi futuro…”)

En tu repertorio el término sueños aparece en los títulos de cinco de tus composiciones. ¿Cómo se cumplen los que plasmaste en tu obra?

“Creo que todavía no sé qué es lo que va a pasar y en eso me parezco mucho al que empezó. Entonces no sabía lo que iba a pasar y todavía no sé qué va a pasar. Por eso va ser fascinante la vida que van a vivir mis hijos y los hijos de mis hijos.

“Hay una cosa que vale la pena señalar: no hay vida sin dificultades, no hay vida sin tropiezos. Ante la vida se puede tener diversas actitudes, pero básicamente dos: una positiva y otra negativa. Yo creo que vale la pena tener una positiva, esperanzada, luchadora. Eso de que “sí se puede”, aunque uno en el fondo diga ‘vamos a ver si se puede’, ayuda a los demás y ayuda a uno mismo a avanzar. Si uno está vivo, por qué bajar los brazos, para qué vas a dejar de caminar si tienes las piernas para hacerlo. En mi caso es una actitud imprescindible”.

Ya abordaste anticipadamente mis últimas interrogantes, pero insisto: ¿Con cuáles sueños estás más empeñado en realizarlos, como parte de una sociedad de la que eres inspiración —sin pretenderlo— para reflexionar, avanzar, enmendar errores y afianzar aciertos, y seguir soñando con un futuro mejor para todos?

“En mi blog Segunda Cita se manifiesta mi pensamiento positivo, proyectivo. Es mi canción de los últimos tiempos, la ópera que no pude hacer. Escribir ayuda a pensar. Llegas a puntos en que una idea se bifurca, te lleva a otras varias. Es un importante ejercicio de pensamiento, de autorreflexión. El acto de creación trasciende la intención de uno mismo. Empiezas escribiendo de una cosa y terminas haciéndolo de otra. Me pasa muchísimo. De vez en cuando publico algunas cosas en mi blog y otras las he escrito para él, motivado por su dinámica.

“Visito varias veces al día Segunda Cita, que el 9 de mayo cumple siete años de existencia, y en el cual participa gente inteligente, con diversas visiones e intereses, y publico cosas polémicas pero respetuosas”.

CODA

Muchas cosas quedan para seguir comentando, indagando y proyectando sobre el pensamiento y obra de Silvio, sin más acotaciones porque su nombre propio es suficiente para identificarlo. Otras, habladas en más de dos horas de conversación corresponden a diversos ámbitos fuera del objetivo central de esta entrevista —desde sus experiencias como alfabetizador en 1961 y el Servicio Militar hasta su aprecio por el jazz y los músicos que le han acompañado—. A todo lo largo del diálogo hubo coincidencia de criterios pero sobre todo en un punto: el motor de los revolucionarios es caminar hacia el horizonte, hacia la utopía, en cuya búsqueda se logra avanzar, aunque hayan dificultades, tropiezos, imperfecciones y cosas que combatir.

Silvio es de los que vive a través de ese combate, con las herramientas de un creador que constituye un ejemplo de lucha por sus sueños.

Fotos publicadas en Zurrón del aprendiz. Sitio propio del trovador Silvio Rodríguez Domínguez

Cuando miro tus ojos: Fayad Jamís


Fayad Jamís (1930, Zacatecas, México-1988, La Habana, Cuba) conversa con el periodista Orlando Castellanos (1930, Ciego de Ávila-1998, La Habana, Cuba)

Fuente: Transcripción del CD de la colección Palabra viva (2008) del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, en homenaje a Fayad Jamís, en el aniversario 20 de su desaparición física. (fragmento)

Pocas a veces se ha hablado ante un micrófono de mí y en mi vida y nunca he querido hacerlo. Debería decirte que, aunque no se conoce este dato, yo nací en México. La mayoría de nuestros compañeros no saben que yo nací en México porque, yo tuve, durante muchos años de mi vida, un gran complejo; un gran complejo extranjero porque mi familia me trajo de cinco años y medio de edad y de chiquito yo llamaba mucho la atención en los niños en la Habana donde vivimos en la primera etapa.

Yo nací en México y, en los años 30, en el año 36 concretamente, mis padres me trajeron a Cuba. Desde luego, yo diría que casi no tengo nada de mexicano lo que tengo de mexicano es lo que tengo de americano, de latinoamericano, de nuestra América, nada más que eso.

Y tus padres ¿eran mexicanos?

No, mi padre es un árabe, procedente del sur del Líbano, que vive en Sancti Spíritus, en la provincia de Sancti Spíritus. Es un comerciante que antes, en su país, había sido un pastor y que toda su vida fue, hasta hace poco, un comerciante.

¿Y la mamá también del Líbano?

No, mi mamá era mexicana. Cuando se casó con mi padre era estudiante. Estudiaba en un colegio religioso famoso que es el colegio de Guadalupe, enclavado en la ciudad de Guadalupe en el estado de Zacatecas, donde yo nací.

A partir de seis años es que vienes para Cuba.

Sí, de cinco años y medio.

Esto es que, tus primeros estudios los cursas aquí en Cuba.

Absolutamente. Mis primeros estudios un poco tardíamente, Mi familia, para aclararte más, vive en la Habana en varias casas. La primera de ellas en Prado; la segunda no recuerdo, pero una de ellas fue en Cepero y Moreno, cerca del actual estadio latinoamericano. En esa zona donde en aquellos años uno de mis recuerdos —o tal vez el único recuerdo— de infancia era ver pasar a Kid Chocolate por la esquina de mi casa.

 Cuando miro tus ojos (Canción)
 
Cuando miro tus ojos
veo en ellos la Patria
no puedo separarlos
de esa imagen tan clara.

Ellos son como el viento
que hace temblar las ramas

tú me miras y entonces
amanece en las Guásimas.
La lluvia se detiene
y la tojosa canta.

Quédate para siempre
en mi noche, mi lámpara
mi amor tiene en tus ojos
su alimento, su llama.
 
El viento de noviembre
golpea en la ventana,
tú duermes y yo escribo
y todo es bello amada,
el mundo, las estrellas
los campos y las fábricas.

Quédate para siempre
en mi noche, mi lámpara
que no me falte nunca
ni un día tu mirada,
que no se apague en mí
el azul de esta llama
clara como los días
que crecen en la Patria.
 

Pintura, 1957
Óleo sobre tela; 206 x 112.5 cm
Colección: 
Otras perspectivas del arte moderno (1951-1963)

Aniversario 75 de Luis Rogelio Nogueras


Wichy Nogueras, ¿cómo recordar al poeta?

Por: Víctor Casaus

En ocasión del 75 aniversario del nacimiento de Luis Rogelio Nogueras, el 16 de noviembre, publicamos esta versión de la conferencia que Víctor Casaus impartó en el año 1998 durante un homenaje al poeta cubano en Casa Silvia, Colombia.

Guillermo Rodríguez Rivera, Wichy, Víctor Casaus, Raúl Rivero, Antonio Conte, César Vallejo, Silvio Rodríguez. Fotomontaje a partir de foto tomada en el car porch de la casa de Guillermo Rodríguez Rivera.

¿Cuál va a ser entonces la poética de esta conferencia, de esta conversación? ¿Cómo recordar al poeta? Esto es importante porque yo creo mucho en que cuando los autores, los poetas, los políticos, la gente muere, hay que tener un acercamiento a su memoria que sea justo. Escribí un texto sobre eso después de la muerte de Nogueras y ahora quiero ponerlo en práctica aquí. Decía que quisiera se le recordara cómo fue, “sin mitificaciones amables ni manipulaciones castradoras. Que no se le tratara de convertir en el hombre perfecto y mucho menos en el escritor perfecto que nadie por suerte es. Mucho menos los que escriben sobre hombres y mujeres perfectos; que se recordara su defensa de la imaginación, que fue su manera de defender la cultura revolucionaria en la que estaba inmerso y de la que participó activamente, en muchos géneros y de muchas maneras; que no se lime la ironía y el humor agudo con que arremetió contra la mediocridad, el oportunismo y el dogmatismo, esos tres jinetes del apocalipsis de la mala literatura”. Así nos acercamos a este hermano.

En otros momentos también he hecho el elogio de la palabra hablada: en la palabra hablada se basaba mucho la poética de Wichy, la poética de nuestra, generación del Caimán. El Caimán Barbudo es una publicación, como muchos de ustedes conocen, creada en La Habana en 1966, fundada por nuestro grupo poético. En su primer número incluimos una declaración de principios, un manifiesto, como toda generación que se respete, que se llamó Nos pronunciamos. En síntesis, allí postulábamos verdades como ésta que compartíamos entonces: “toda palabra cabe en la poesía, ya sea carajo o corazón”. Nos inspirábamos en un viejo poeta cubano, José Z. Tallet, ya un hombre en aquellos momentos de más de 60 años, 70 quizá, de una larga vida; que había escrito un libro en los años 30, con una frase que nos pareció reveladora: “La poesía está en todas partes, más la cuestión es dar con ella“. Esa misma búsqueda se la planteó nuestra generación a través de este manifiesto y por supuesto de su poesía.

Otra propuesta, de la que Wichy participó activamente con su obra, era oponerse, al mismo tiempo, a la poesía panfletaria, que se ampara simplemente en las consignas y, a la poesía evasiva, que no quiere asumir el momento histórico y cultural que vive. Ese momento para nosotros eran los años 60, el inicio de la Revolución cubana. ¿De qué manera queríamos insertarnos en aquel proceso transformador, de qué manera se quería insertar Nogueras también? El otro postulado decía: “escribir desde la Revolución”, participando activa y críticamente en aquel acontecimiento histórico, maravilloso y terrible, y asumirlo en su complejidad, como la vida misma. Los poetas del Caimán, que integramos aquella generación, fuimos, entre otros, Luis Rogelio, Guillermo Rodríguez Rivera, Félix Contreras, Antonio Conte, Raúl Rivero, Helio Orovio, Froilán Escobar, Sigifredo Álvarez Conesa, Iván Gerardo Campanioni, Rolen Hernández y el que ahora les comenta.

Entre las temáticas que rescatábamos como nuestra estaba la visión de la infancia cercana: éramos una generación que había vivido, desde la infancia, los últimos años antes del triunfo de la Revolución y no era una generación formada ya en ese momento. En otras palabras: coincidía la formación poética con la formación humana.

Al año siguiente de iniciarse la publicación del Caimán, cuando ya era su jefe de redacción, él ganó el Premio David, creado aquel año por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) para autores inéditos. Wichy ganó aquel premio, compartido con la poetisa Lina de Feria, con Cabeza de zanahoria, un título inspirado en su propia cabellera. Allí está incluido este poema, que tiene que ver con esa visión de la infancia que he mencionado. Se llama justamente Poema:

Me despertaron aquella mañana a las seis.
Había ruido, gritos, fui
cerrando de nuevo los ojos hasta quedarme
profundamente dormido.
Soñé que dios bajaba
caramelos hasta las hojas moradas de los árboles
del parque,
En el golfo, mientras,
el Granma avanzaba
rajando la niebla.

Este texto de Wichy es importante desde el punto de vista de nuestra generación, porque es precisamente la visión que tiene un niño de los acontecimientos históricos que rodeaban su infancia: la llegada del Granma, la Revolución, la Sierra, todo aquello que culminó en el momento que nosotros estábamos viviendo en la década del 60. Creo que el poema de Wichy narra, cuenta, ejemplifica muy bien esa relación.

El jurado que lo premió, integrado por Heberto Padilla, Luis Marré y Manuel Díaz Martínez, consideró que era un cuaderno “notable por su variedad de temas dentro de su unidad formal, su manejo de elementos cultos y su original voz poética que lo distinguen entre sus compañeros de generación“.

Para nosotros fue una gran alegría: era el primer premio que ganaba nuestra generación. A él seguirían otros, en la Casa de las Américas y en otros lugares, y para Wichy fue, sin duda, un momento de reconocimiento personal grande y temprano, y creo que lo comprometió mucho con el camino de la poesía que había elegido. Digo esto, porque el poeta había comenzado a recorrer otros caminos, como el del cine, que después retomaría. Siendo muy joven había dirigido un corto de dibujos animados en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) que se llama Sueño en el parque. Es una obra muy hermosa, hecha en los años 60, y fue su primera experiencia cinematográfica. Después se iría del instituto del cine para volver años más tarde: en el momento en que murió, era jefe de redacción de la revista Cine Cubano y había escritos los guiones de varios filmes de largometraje.

Revista Cine Cubano número 114, publicadoa en 1985, dedicada a Wichy.

En el Caimán se inició su vida de escritor, la nuestra, en las páginas de aquella publicación que fundamos con pasión y donde nos jugamos nuestras primeras cartas literarias en la Cuba de los 60. Años después un compañero de generación, Guillermo Rodríguez Rivera, escribiría el prólogo a un libro póstumo de Nogueras, La forma de las cosas que vendrán, que por desgracia no se ha reeditado y está totalmente agotado. En este prólogo, un texto juguetón como el libro mismo, que está hecho de apócrifos, parodias, jodederas, Rodríguez Rivera narró, con agudeza y humor, aquella historia del Caimán, al que llamaba El Cocodrilo Azul: “Yo me hice cargo de los textos de Nogueras, y el primero de ellos fue a dar con sus metáforas a las páginas de El Cocodrilo Azul. El narrador y filósofo Joshua Jours ―se refería a Jesús Díaz, que era el director del Caimán en aquel momento― perpetró el proyecto de la revista y Nogueras y yo y Vittorio Las Casas y otro puñado de locos nos sumamos. Era el fatum, la moira, el destino, la yagua que está pa´ uno. El Cocodrilo había nacido peleón y dio sus golpes, pero también los aguantó de todos los colores. Un día, tras una espeluznante reunión, se decidió transformar al Cocodrilo ―es decir, al Caimán― en un vocero del surrealismo chileno, órgano de la poesía campesina y representante del barroco español. Nogueras, cansado y filosófico, a sus 23 años, musitó la vieja copla castellana:

Llegaron los sarracenos
y nos molieron a palos.
Que Dios protege a los malos
cuando son más que los buenos.

Ese fue el final del Caimán para nosotros, en octubre del 68. El Caimán continuó publicándose y ha pasado por momentos diversos a lo largo de estos años, a partir de aquella especie de popurrí que mencionaba Rodríguez Rivera. En sus páginas se dieron a conocer posteriormente los principales poetas de las generaciones que vendrían después, como Víctor Rodríguez Núñez, Norberto Codina, Alex Fleites, y muchos más hasta hoy.

Silvio Rodríguez, Wichy, Sergio Corrieri y Víctor Casaus.

Llegados los sarracenos, nos fuimos del Caimán, se fue Wichy también con su humor a otra parte. Hablo del humor porque es un rasgo que se hace necesario mencionar cuando se habla de Nogueras, para hacerle justicia poética e histórica. En esos años posteriores a la salida del Caimán hubo cosas muy importantes, que no tienen que ver con el humor ―aunque en el fondo el humor también estuvo presente de muchas formas. Quiero destacar, en esta etapa, la perseverancia del talento, la voluntad de no dejarse derrotar artísticamente por un revés literario o de otro tipo. Creo que su obra y su vida ―como las de otros miembros de su generación― son ejemplos felices del triunfo de la inteligencia y de la justicia poética sobre la mediocridad y otras hierbas ancilares.

Volviendo al tema del humor: en esos años, en los años posteriores, Nogueras, con Rodríguez Rivera, con Raúl Rivero, que entonces también era un practicante del humor, llenaron La Habana de epitafios: epitafios de autores vivos, de autores amigos, de nosotros mismos también. Aquellas invenciones poéticas y humorísticas, que se transmitieron solamente por vía oral (como algunos medicamentos) esperan por un compilador que las salve para la memoria de la época. Hoy recordaba algunos y los copié, para comentárselos, para ejemplificar este humor popular que no pasó a los libros. El primero se refiere a un talentoso ensayista que se llama Desiderio Navarro, amigo nuestro, ahora director de la revista Criterios. Ninguno de estos epitafios tenía una intención hostil. Ni éste ni los que veremos después. El de Desiderio decía:

El señor director del cementerio
anuncia a los visitantes de mal gusto
que dejen de orinarse sobre el busto
del notable ensayista Desiderio.

Este era uno de ellos. Recordaba otro epitafio, dedicado a un poeta, Alberto Rocasolano, que es una deliciosa transgresión contra el conservadurismo y la pacatería, dos aberraciones que detestábamos al unísono:

En sudario de fino warandol
que donó el Ministerio de Cultura
yace el poeta Rocasol
(el ano suprimiólo la censura).

Y el último, dedicado a una figura excelsa, como ustedes verán, se refería a los largos años que pasó Alejo Carpentier, como escritor y luego como diplomático, en París:

Anuncia el cementerio de La Habana
que deben apurarse para ver
el cadáver de Alejo Carpentier:
vuelve a París la próxima semana.

Quiero decir que el humor fue también para Wichy un arma de defensa durante aquellos años que ese crítico ingenioso, inteligente y profundo llamado Ambrosio Fornet denominó el quinquenio gris, y que se abrió a partir de 1971 y fue un período de baja intensidad ―por decirlo con un término actual― de la literatura cubana, producido por el intento de aplicar una política cultural cerrada, con la importación del realismo socialista soviético y otros aderezos dogmáticos nacionales, y que, felizmente, ―creo que gracias precisamente a la gente que como Wichy y otros escritores mantuvieron el talento y la inventiva y la creación por encima de estas aberraciones― no prosperó en nuestra Isla. Creo que no prosperó también por nuestro carácter. Es difícil imponer y sostener esas falsas solemnidades en medio del Caribe. El hecho más importante fue que no prosperó. Y el humor fue una forma también de defenderse y de atacar esas cosas. Y Wichy disponía para ello de tres elementos fundamentales, imprescindibles: el talento, el humor y el amor.

Del amor tengo una cita que recoge el narrador Eduardo Heras León, hablando sobre el poeta ya después de su muerte, y que da un testimonio de Wichy sobre el amor que a mí me parece muy hermoso y que, por supuesto, comparto:

“Sin amor ―decía Wichy― la vida es una gaveta vacía, y para el escritor no hay literatura sin amor, como no hay huella sin pie. Hemingway estaba convencido de que se escribe mejor cuando se ama. Yo soy de la misma opinión. Aún más, todos mis papeles arden húmedamente de amor. Me pregunto cada amanecer frente al espejo con cuanto amor comienzo la jornada, y si es poco, nunca es poco, entonces salgo a la calle y me robo el primer amor que pasa. Amo a la palabra amor y sus destellos. Amo a mi mujer mientras se peina, amo la vida y su expresión concreta, humana, palpable, la Revolución.”

Neyda Izquierdo y Wichy el día de su boda.

Esta era la expresión, digamos, “teórica” de Wichy. Hay un poema que se llama Te quiero, es un poema muy hermoso, y tiene para mí la significación especial de que asistí ―esas cosas que suceden y que son alegrías que le quedan a uno― al momento en que lo escribió en Nicaragua cuando hacíamos unos recitales juntos por allá, en el año 82, recorriendo casi medio país. Y es un poema muy tierno, donde dice por qué ama a su mujer y entonces dice que no la ama porque escriba grandes poemas, porque no escribe grandes poemas, sino escribe copias de los poemas que él escribe, que a su vez son copias de otros poetas que ya él anteriormente copió. Esa es una idea recurrente en otros de tus textos, como aquel excelente poema que se llama Eternorretornógrafo, el que describe un proceso a través del cual la literatura se ha alimentado de sí misma a través del tiempo en una especie de espiral en la que giran, época tras época, los creadores sucesivos…

Aquí está:

Te quiero no por lo que dices
porque en general hablas poco
ni por tu belleza
porque en verdad te digo
que no eres bella
de esa forma
ni por tu alegría contagiosa
porque siempre pareces triste
ni porque eres una buena madre
porque no tenemos hijos
ni por tus poemas
que son más bien pobres imitaciones de los míos
que a su vez son pobres imitaciones de otros poetas
que también imitaban a sus imitadores
te quiero porque eres limpia y decente
y porque tus dientes son blancos.

Es muy interesante, además por esa mezcla cultural, es el rescate de algo hablado: es el testimonio en inglés de un señor jamaicano o jamaiquino, como se diga, escuchado en el oriente de Cuba, cuando estábamos haciendo investigaciones allí como estudiantes. Aquel hombre le dijo a una muchacha de nuestra aula, amiga de Wichy también: me gustas mucho because you are clean and decent and because your teeth are white.

Wichy guardó aquel recuerdo desde el año 67 que lo escuchamos, hasta el año 83, cuando escribió su poema, en Nicaragua, en un contexto que no tenía nada que ver con lo que estábamos viviendo. Esa es la magia de la poesía y el poeta, ¿no?, Así apareció este poema que se llama Te quiero y que él dedicó a su esposa de entonces, Neyda Izquierdo.

Claro que había otras formas para Wichy de vivir el amor ―como para todos, pero para él de una manera muy especial y muy intensa―: el erotismo. Wichy que fue, sin duda, un gran amante. Como él confesó, salía a la calle a robarse un amor.

Entre las cosas que publicó hay muchos de esos poemas en que el amor tiene una gran presencia y una gran carnalidad, otros se publicaron póstumamente en un cuaderno que se llama Hay muchos modos de jugar en el que un grupo de amigos, ya después de su muerte recogieron estos textos hallados y los unieron con algunos dibujos suyos. Al inicio de esta colección Wichy colocó una nota al lector: “Si por alguna razón, que respeto, tienes una idea demasiado púdica, o demasiado procaz, sobre el sexo y el amor, no leas este libro, porque entonces no fue escrito para ti. Los otros pueden entrar en estas páginas con la condición de que lo hagan desnudos. Las ilustraciones fueron tomadas de diversas fuentes, ―entre ellas él mismo―. Los textos deben ser leídos como fueron escritos, bajo los efectos de una intensa excitación sexual. Este libro está dedicado a muchas personas”.

En otros poemas él puso en práctica esas experiencias, unido también a la ironía y a la autoironía. Este es un poema que a mí me gusta mucho y por eso quiero compartirlo con ustedes. Es muy breve y se llama Mirando un grabado erótico chino:

Mirando un grabado erótico chino
tú me preguntaste
que cómo era posible hacerlo de ese modo.
Lo intentamos. ¿Recuerdas? Lo intentamos.
Pero fue un fracaso.
China tiene sus arcanos.
China tiene sus secretos.
China tiene sus murallas infranqueables.

Salimos del Caimán en el 68, en el 71 se inicia ese período que ya mencioné. Wichy empieza a trabajar como operario en un taller de impresión tipográfica, después pasa a corrector en la Editorial Pueblo y Educación, y más tarde a editor en el mismo sitio; para 1976, cinco años después, escribe el guión de El brigadista, una película cubana muy popular, taquillera en el buen sentido, dirigida por Octavio Cortázar. Disfrutándose a sí mismo, como en muchas otras cosas, Wichy decía: “los biógrafos se van a buscar un problema muy grande conmigo, porque por un lado soy el hombre que hace poemas exquisitos, y por otro lado es capaz de escribir una novela policiaca ―que generalmente es considerado un género menor― o hacer una película como El brigadista”, que es prácticamente una película de aventuras para jóvenes, a partir de un tema revolucionario.

Eso es algo importante, más allá de sus bromas: que un artista pueda dominar esos matices, llegar a diferentes latitudes, con la misma eficacia. No siempre los artistas pueden compartir esas distintas tesituras. Y ese mismo año, en el 76, apoyando lo que él decía y lo que yo digo ahora, gana el premio de novela, “Aniversario del Triunfo de la Revolución”, convocado por el Ministerio del Interior, con una novela policiaca, titulada El cuarto círculo, escrita a cuatro manos con Guillermo Rodríguez Rivera. Es decir, aparecen las otras dos vertientes de su trabajo: el cine y la novela policial, en la cual va a seguir insistiendo en este periodo. Al año siguiente, en el 77, publica su segundo libro de poemas, Las quince mil vidas del caminante. Es un libro de transición, a mi modo de ver, que adelanta, sin embargo, temas que estarán en su obra futura, que estarán después en Imitación de la vida, el libro que ganará el Premio Casa de las Américas. Allí están también los primeros apócrifos, los primeros heterónimos que incorpora a su poesía. Como homenaje a su talento y a su tenacidad llamo la atención sobre este dato cronológico: este libro se publicó en el 77, diez años después de Cabeza de zanahoria. La imposibilidad de publicación durante aquel período hizo que su poesía no llegara a los lectores. Pienso que su tesón y su amor por la literatura y por otras muchas cosas hizo que siguiera escribiendo y los poemas escritos entre 1967 y 1973, aparecieron, aquí, en este volumen, como he dicho, diez años después.

Wichy y, su amigo el poeta, Guillermo Rodríguez Rivera.

Ese mismo año gana el premio “Cirilo Villaverde” de la UNEAC, con una novela que se llama Y si muero mañana. Es interesante destacar que una novela de espionaje, una novela policiaca, ganara el premio de novela, de novela a secas, de gran novela, como se le llamaría. Es decir, el género bastardo del espionaje gana compitiendo con las novelas de estirpe, con las novelas que siempre han pertenecido a un género definitivamente serio. De esta forma, creo, Wichy dignificó la literatura policial dentro de la literatura cubana. Dos años después, en el 79, escribió el segundo guión de estas películas de que hablaba, Guardafronteras, con el mismo director, Octavio Cortázar, y al año siguiente retorna al ICAIC, donde yo trabajaba desde unos años antes. Nos volvimos a encontrar en el mismo sitio de trabajo, él como jefe de redacción de Cine Cubano.

En esta revista precisamente hay un retrato, que yo quisiera leer rápidamente, escrito por otro hermano, que casualmente no perteneció al Caimán por razones geográficas, pero que compartió con nosotros muchas de estas aventuras, el arquitecto y poeta Nelson Herrera Ysla. Lo incorporo porque me parece que puede dar a ustedes una imagen vívida de esta parte ya no estrictamente literaria, sino también humana del personaje. Decía, contaba Nelson:

Eran tantos los cortes que hacía Nogueras en una conversación, que yo llegaba a creer que estaban programados o algo tal vez peor: que una script escondida en su camisa le rectificaba para que mantuviera siempre el hilo de la trama desde numerosos flash-backs, chistes al vuelo de palabras, travellings al por mayor, adivinanzas, cuartetas, epigramas, epitafios, dolly-ins. El caballero de exquisita figura, Wichy, no perdonaba una arruga en el vestir, un vocablo fuera de lugar, una salpicadura en el calzado, los espejuelos torcidos, una cita equivocada, todo pergeñado bajo el signo de la inteligencia y el oficio del buen vivir, que en ningún momento confundía con la vida fácil, superficial. Nada más ajeno a ese talento desbordado que estampó en libros delicadísimos, burladores y despiadados con la mediocridad que obstaculiza la vida mejor a la que aspiramos.

En ellos fijó un oficio maestro, defendido y sometido a toda prueba, como la del Premio Casa de las Américas 1981, cuando el jurado lo galardonó sobre la base de que hacía una contribución a la lírica castellana”.

Efectivamente, después de haber regresado al ICAIC, Wichy ganó con este libro, Imitación de la vida, el Premio Casa de las Américas de ese año, seleccionado por un jurado realmente de lujo: el argentino Juan Gelman, el mexicano José Emilio Pachecho, el cubano Fayad Jamís y el peruano Antonio Cisneros.

En el exergo de este libro, Wichy colocaba lo que era su poética en este momento, y que yo pienso que llevó hasta el final, consecuentemente hasta el final de su vida. Es una cita de Hans Arp que dice: “No invento nada, es la vida quien inventa lo que pinto. Yo oigo y copio. Leo y copio. Miro y copio. Palpo y copio. La vida se vale de mí como de un espejo”.

Con esa poética y con este libro, ganó ese premio que le valió que aquel jurado excelente, destacara que “en él se integran, de modo orgánico, los temas tradicionales de la poesía de todos los tiempos: el amor, la amistad, el coraje, la poesía misma como acto, la vida y la muerte, con la realidad concreta de nuestra hora latinoamericana”.

Creo que este fue un libro clave dentro de la literatura de Wichy. Para confirmarlo, dejemos que sea el propio poeta el que nos lo diga, y lo va a decir inmediatamente, cuando en una entrevista, para un gran periodista, Orlando Castellanos, de Radio Habana Cuba, al preguntarle sobre el libro Wichy le respondió:

“Resulta difícil contar un libro y más aún un libro de poemas. Imitación de la vida intenta ser un resumen, si cabe esta palabra hablando de poesía, de las experiencias que yo había acumulado después de Cabeza de zanahoria y Las quince mil vidas del caminante. Cuando digo resumen uso una palabra que suena un poco a contabilidad, debía haber dicho mejor summa. Creo que en este libro he logrado, y que esto se interprete con toda la modestia del mundo, algunas cosas que buscaba en libros anteriores, sobre todo desde el punto de vista formal.

Pienso que este libro agota el terreno de las investigaciones formales en las que yo he venido trabajando y creo que en él mi obra poética alcanza una culminación. A partir de este libro mi poesía ha dado un vuelco formal. Con este libro cierro un camino en la medida de mis fuerzas, de mis posibilidades, de mi imaginación, de mi talento y de mi cultura”.

Creo que era muy justa, muy exacta, la apreciación que él tenía de aquel libro. Y creo que una mirada profunda a su bibliografía lo puede revelar también. Hay una opinión sobre este volumen que yo quiero trasmitirles muy rápidamente, porque se trata de la opinión de una persona muy ilustre entonces, y ahora más ilustre aún porque acaba de ganar el Premio Nobel de Literatura, José Saramago. En una ponencia sobre la literatura cubana, durante un evento realizado en Cuba, decía que él conocía a algunos poetas cubanos, pero, para lo que él quería hacer, pedía se le permitiera que “de todos los escritores cubanos que conozco, tome hoy uno sólo y de este un sólo libro. No sé y ni quiero saber qué lugar ocupan uno y otro en la literatura cubana de estos días. Desearía hasta simular conmigo mismo un juego: imaginarme que de Cuba sólo he leído ese libro y ese autor: Imitación de la vida, de Luis Rogelio Nogueras (…) Aunque me sea forzoso declararlo, el primer poema del libro que leí no es un buen poema. No pasa de ser tal vez, la millonésima ilustración de la eterna lucha entre el ángel de la luz y el ángel de las tinieblas, entre el revolucionario Luis y el pequeño burgués Rogelio, que discuten y casi pelean, para decidir si Nogueras deberá o no darle una limosna a la mendiga ciega portuguesa que le extiende la mano”.

Como se trata de una opinión doblemente honorable, porque viene del Premio Nobel de Literatura más reciente, quiero leerles ese poema de Wichy que abre el libro, que se llama Allude a esta pobre ciega. Ayude fue escrito con doble ele, porque fue como el poeta lo leyó en el cartel que ella tenía sobre el pecho en el aeropuerto de Lisboa. El poema dice:

allude a esa pobre ciega
dice el cartel manchado que cuelga del cuello frágil de esa anciana.
El rostro martirizado permanece inmóvil,
los ojos sin vida lagrimean,
las manos huesudas parecen de madera
sobre la falda mugrienta.
Y yo pienso que debe tener mucho frío bajo esos harapos,
que la caverna de su boca desdentada
acaso nunca ha probado otra cosa que el duro y negro pan.
Y entonces el pequeño burgués salta de mi pecho
sonando unas monedas;
su blando corazón de cera comienza a derretirse de piedad.
Pero el otro que hay en mí se revuelve,
sacude al tonto burgués por las solapas,
hace volar de un manotazo las monedas,
y le grita en la cara
que sólo la revolución
podrá hacerle justicia
a esa anciana.

La aproximación y la comparación no satisfizo en aquel momento a Saramago, pero sí escribió después en homenaje a Nogueras: “ese poema “social” de primer grado, me haría apartar el libro con alguna impaciencia, si no fuese por la firme confianza que como novelista tengo, en general, de los poetas y porque sé que, desde Homero, aun los mejores tuvieron sus horas de flaqueza, sus súbitos adormecimientos ―situación ésta, inútil sería añadirlo, que comparten con los novelistas, los dramaturgos, los cuentistas, los ensayistas. El gran error del que todos, felizmente, somos participantes. (…) Fue esa confianza la que me hizo proseguir la lectura; por esa confianza me vi ampliamente recompensado: Luis Rogelio Nogueras es un poeta admirable”.

Me sumo al análisis de Saramago, y también a esta conclusión que él ha hecho.

En 1981 escribe el guion de otra película, llamada Leyenda que sería dirigida por Rogelio París, un filme que alcanzaría menor calidad estética que las anteriores.

En el 82, a partir de aquel guion, Nogueras publica una novela titulada Nosotros los sobrevivientes. Resulta interesante también destacar la mezcla de géneros y el aprovechamiento del trabajo del cine en favor de la literatura. En ese mismo año realizamos el recorrido por Nicaragua del que les hablaba hace unos momentos, una de las experiencias más hermosas en esa labor de compartir la poesía ante gentes de diversos lugares del mundo. En el 82 y el año siguiente trabajamos juntos en Que levante la mano la guitarra, un libro testimonial sobre Silvio que derivó en el documental del mismo nombre para el que Wichy escribió el guion.

En el 83 publica El último caso del inspector, su próximo libro de poemas. Ahí vemos nuevamente la relación entre dos géneros: la poesía y la novela policiaca, en este caso a partir del propio título. Precisamente, el poema El último caso del inspector, está precedido, como todos los demás, por una biografía apócrifa de su autor: ya en este libro Wichy ha asumido plenamente el uso del heterónimo, el texto supuestamente ajeno. Según él, este poema fue escrito por un señor llamado Joe Bell, amigo de Arthur Conan Doyle, y hay toda una historia policiaca detrás de eso. Pero el poema en sí mismo, a partir de esta referencia, es también, sin duda, excelente por su economía de medios, su capacidad expresiva y su sentido cinematográfico.

El lugar del crimen
no es aún el lugar del crimen:
es sólo un cuarto en penumbras
donde dos sombras desnudas se besan.
El asesino
no es aún el asesino:
es sólo un hombre cansado
que va llegando a su casa un día
antes de lo previsto,
después de un largo viaje.
La víctima
no es aún la víctima:
es sólo una mujer ardiendo
en otros brazos.
El testigo de excepción
no es aún el testigo de excepción:
es sólo un inspector osado
que goza de la mujer del prójimo
sobre el lecho del prójimo.
El arma del crimen
no es aún el arma del crimen:
es sólo una lámpara de bronce, apagada,
tranquila, inocente
sobre una mesa de caoba.

Esa reconstrucción cinematográfica siempre me ha encantado. Entre el 84 y el 85 Wichy continúa otra faceta de su vida que no he mencionado que es la de eterno viajero. Y a partir de su trabajo cinematográfico, asiste a los festivales de cine, a los lanzamientos de estas novelas policiacas que fueron muy exitosas, también en Europa, editadas en España, Alemania, en Suecia y otros países; hizo una de las cosas que más le alegraban en su vida, viajar, conocer, fue un gran cosmopolita, yo pienso, enraizado en las cosas de la Isla, pero ansioso de conocer otros sitios y a partir de ahí salió otra parte de su poesía que yo voy, por supuesto a mencionar aquí. Y refiriéndose a estos temas, quiero leer este fragmento breve de una carta que me envió, cuando yo estaba preparando la película de la cual habíamos hecho juntos el guion, Como la vida misma, y me la mandó al Escambray, unas montañas que están al centro de la Isla, y, allí me contaba:

El día 14 de noviembre salgo para Francia-Madrid, a un festival festivalero, lanzamiento en Madrid de la edición Bruguera de la novela Y si muero mañana. Estaré de regreso alrededor del 2 de diciembre. Estaré en el Festival de La Habana, dura 11 días este año, en la primera quincena de diciembre. Hay más filmes que el año pasado y vienen más cineastas y el dancing singing post coitum tendrá lugar en El Parisién (que es un salón de baile del Hotel Nacional), con lo cual se amplía el salón y se reduce el repello, pero algo ganamos. Entre el Festival de Ballet, el Mundial de Pelota y el regreso de Les Luthiers ―estaban en La Habana en ese momento― La Habana parece una ciudad de más de un millón de espectadores, según las estadísticas. Al punto que ya yo no sé si correr hacia primera, tirarme una bailarina o cantar con el maestro Mastropiero aquella tonada que dice: “Papa barata, batata tirá”. La semana de cine italiano tuvo lo suyo, en particular Enrique IV y Bailando bailando. El resto no vale un poema de … escrito por… sobre una idea de…

El lector, escribí yo entonces, puede llenar los espacios en blanco con los nombres y apellidos que considere apropiados, y que eran poetas, o creían ser poetas en aquellos tiempos y veremos como algunos coinciden con los que Wichy escribió.

Ya en ese momento Wichy estaba enfermo. No sabía todavía que era la enfermedad que finalmente lo mataría tan joven en el año 1985, y escribía una novela que ha quedado inconclusa ―se va a publicar próximamente―, que él tituló Encicloferia o también Las manos vacías, que espero pueda aparecer el año próximo en La Habana y estaba escribiendo este libro al que ya me referí, que se llama La forma de las cosas que vendrán, donde toda esta búsqueda formal de su poesía, había llegado ya a un punto, en el que por ello, la muerte en este caso es doblemente absurda y doblemente cruel. Creo que se abría un horizonte poético para su creación enorme, que hubiera llegado con una fuerza tremenda hasta nuestros días.

Murió el 6 de julio de 1985, hubo homenajes múltiples, después, como no los ha habido con otro poeta cubano. Yo creo que eso es una medida, no solo de la calidad de su poesía, sino de su personalidad y del cariño y del amor y la amistad que despertaba entre la gente que le rodeaba. El Caimán Barbudo, aquella publicación que fundamos algún día le dedicó un número especial muy hermoso, del cual yo he citado aquí algunos de estos textos y la revista Cine Cubano, de la que él fue jefe de redacción. También se hizo esta edición póstuma de Las formas de las cosas que vendrán. Se editó después Las palabras vuelven, que le da el título a esta conferencia. Y en nuestro Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, hicimos la exposición Mirar al Rojo, donde evocamos todas estas cosas, con documentales, con imágenes, en el décimo aniversario de su muerte.

Y aquí, de pronto, en esta sala y estos patios de la Casa Silva ha reaparecido el poeta, traído de la memoria y el recuerdo, pero sobre todo de su voz, llenando este santuario de la poesía. Aquí quedarán algunos de sus libros en la biblioteca. Aquí quedarán algunas de sus imágenes en los archivos. Aquí quedará su voz en la fonoteca, la misma voz con que ahora se despide por el momento, sólo por el momento, el poeta Luis Rogelio Nogueras, Wichy el Rojo, hermanito de la palabra y de la vida.

Hijo de Félix Contreras, Víctor Casaus, Silvio Rodríguez, Wichy, Félix Contreras, Sara Vega, Alquimia Peña, en San Agustín.

Una curiosidad literaria


Por: Eliseo Diego

Fuente: Revista Cine Cubano, número 114, publicada en 1985, dedicada a Wichy.

Hoy por hoy, nadie ignora que Luis Rogelio Nogueras es uno de los más acuciosos investigadores de los tesoros ocultos de la literatura universal. Así lo prueba el volumen donde reúne algunos de sus hallazgos, y al que ha puesto por título, curiosamente, el del último de los textos incluidos: El último caso del inspector.

A mi juicio, Nogueras reúne las dos condiciones indispensables para su vocación de investigador literario. Es, en primer término, uno de los jóvenes poetas cubanos que con más austeridad, delicadeza y amor se han acercado a la misteriosa criatura que llamamos Poesía. Y en segundo, posee el fino tacto, y el olfato más fino aún, que caracterizan al verdadero inspector policiaco.

El propósito de estos apuntes es sólo el de aportar una curiosidad literaria a uno de los descubrimientos de Luis Rogelio. Se trata del extraño caso del niño prodigio norteamericano Yves Moor, quien, como sabemos, nació en 1922 y publicó su primer libro de versos en 1923. “No, no se trata de una errata: en 1923” —puntualiza el investigador. A continuación de la breve nota crítica, aparece la traducción de un poemita de Moor que tuve el privilegio de hacer a petición suya —es decir, no de Moor, por supuesto, sino del investigador, o sea, del propio Luis Rogelio Nogueras. La cuestión que me parece de interés es la siguiente: ¿por qué alguien tan escrupuloso como él en todas sus investigaciones no especifica a cuál de los libros de Moor pertenecen los versos traducidos?

Sucede que en una de sus visitas a mi casa mencionó el caso de este infante casi increíble, y sucede que por un azar no menos increíble ya tenía yo noticias, digamos que directas, no sólo de Yves, sine de toda su familia. En uno de mis desdichados viajes a los Estados Unidos, allá por los años 50, conocí a la hermana menor de Yves, la joven —hablo de aquellos años— Lenore Moor.

Era una muchacha de aspecto frágil, cabellos color de lino, y rasgos delicados, si bien de carácter enérgico y opiniones muy firmes sobre el universo entero. En. realidad, su único defecto real era el que Nogueras atribuye a la joven Blanca Luz —”hermosa criatura” a quien dedica su libro.

Lenore Moor y yo simpatizamos de inmediato y solíamos conversar sobre los temas más diversos, excepto la literatura, hacia la que parecía tener una casi rencorosa aversión. Sin embargo, como conocía mis aficiones en este sentido, cierta tarde consintió hablarme de su hermano Yves y de toda su extraordinaria familia. Sobre el prodigioso Yves se expresó con una aspereza que no dejó de sorprenderme —ella había nacido tres años antes de que él muriera. “Ya que tanto te interesa el geniecito ese, te voy a regalar un recuerdo suyo”. Con un brusco gesto se levantó de su asiento en el jardín de la casa de huéspedes donde ambos vivíamos, entró a su habitación y regresó con un cuaderno escolar entre las manos. “Toma, llévatelo”, me dijo. Aquella tarde no se habló más del asunto.

En cuanto tuve oportunidad, me puse a repasar el cuaderno. Viejo y maltratado como estaba, aún era legible. Entre apuntes puramente escolares, encontré de pronto unos versos con el título de Nothing, que me impresionaron a fondo como un bellísimo poema. La tarde que me visitó Luis Rogelio se lo mostré y le conté toda la anécdota. Fue entonces que me pidió la traducción de lo que resulta ser un poema inédito de Yves Moor.

Que no lo consignase así en su nota crítica es algo que atribuyo a la delicadeza de sus escrúpulos. Quizás imagino que mis relaciones con Lenore Moor habían sido de una naturaleza que pudieran resultar lesivas a mi felicidad conyugal, no obstante, el tiempo transcurrido, y así prefirió omitir el dato —sin duda para él de un enorme interés— junto con la anécdota que lo justifica.

He aquí, entonces, la curiosidad literaria a que me refería al principio. Transcribo el poema de Yves Moor en su original inglés. Ruego que se atribuyan los inevitables errores idiomáticos al hecho de que el poema está escrito a lápiz en el cuaderno y es ya casi ilegible. Recuérdese, además, que por muy prodigioso que fuese, Yves Moor era entonces un niño.

NOTHING I IVES MOOR (1922-1923)

Nothing I own
But wet grass under muy naked feet
Nothing but night’s sweet breath upon
           My cheeks
Nothing but these bonfire
On which I warn my hands
Nothing but cicada’s song
Nothing but rustling of dry sticks
          In the fire
Nothing but the friendly and distant wink
Of yonder star
Perhaps snuffed out by now
Whose last flash has travelled millions
         Of years
So that tonight
It reaches me at last.

Adjunto la copia de la traducción del poema de Moor. Aunque me esté mal el decirlo, entiendo que es superior al original.

NADA

No tengo nada
nada sino la hierba húmeda bajo mis pies
desnudos
nada sino el aliento fresco de la noche
sobre mis mejillas
nada sino esta fogata
en la que caliento mis manos
nada sino el canto de las cigarras
nada sino el crepitar de ramas secas
en el fuego
nada sino el guiño cómplice y distante
de aquella estrella
acaso ya apagada
cuyo último destello ha viajado millones
de años
para llegar esta noche
hasta mí

(Sobre Una curiosidad literaria)

Yves Moor

No son cosa nueva (especialmente en los campos de la música y las Matemáticas) los niños prodigios: Mozart y Maurice Allen, para sólo citar dos obvios ejemplos, lo atestiguan.

En la literatura, sin embargo, los niños prodigios tienen una fuerte tendencia a escasear. (Abundan, eso sí, los adolescentes prodigios, o por lo menos, abundaban en tiempos de Rimbaud y Radiguet). Por eso, el extraño caso de Yves Moor continúa asombrando hoy a críticos literarios y a sicólogos, a especialistas en poesía o narrativa y a obstetras.

Esta inclasificable criatura nació en Amedford, estado de Oregón, EE.UU., en 1922, y publicó su primer libro de versos en 1923. No, no se trata de una errata: en 1923; y su primera novela dos años más tarde (Remember not, my heart, our offences, de aproximadamente 400 mil palabras en el original). En 1926 aparecieron sus memorias (en cuatro volúmenes) y entre 1927 y el año de su temprana muerte, 1932, sucesivas monografías sobre Esquilo, la poesía hebrea antigua, el uso de la metáfora en Shelley, el teatro de O’Neill y la pintura de Van Gogh, dos libros de versos (Frankness y Bury Fair) y la novela The Moralist.

La crítica ha señalado en más de una ocasión el notable parentesco que existe entre los primeros poemas de Yves Moor y ciertas baladas populares irlandesas.

(L.R.N)

Traducir al revés o la patraña gozosa


Fuente: Cubaliteraria. Carmen Suárez León , 29 de mayo de 2006

El hombre no puede fijar ningún comienzo para la poesía, es algo que lo acompaña desde siempre y para siempre, como nacimiento incesante, alentando en las entretelas de las complejas y al mismo tiempo sencillas analogías del universo. Puede, a su gusto y disfrute, fijar una de sus múltiples eclosiones inaugurales y así lo hizo Lezama para Cuba al detener su mirada en aquellos ramos de fuego que los marinos del Almirante observaron en el cielo cerca de nuestras islas; así lo hace también Vitier cuando invoca aquella respuesta indígena de que nuestra tierra era isla y al mismo tiempo infinita. Tampoco se puede terminar un poema, como nos enseña Paul Valery, solo podemos abandonarlo en un punto, dejarlo ahí y echarlo a navegar… Así es el juego ¿o el fuego? de la poesía.

Para Luis Rogelio Nogueras y Eliseo Diego se escriben estas pobres reflexiones, para aquellos dos poetas muertos que deben tener su propio club en el paraíso de la poesía, donde sostener pláticas sabrosas sobre todas las divertidas trampas cultas, enigmáticas y poéticas que iba tendiéndonos la poesía del uno o acerca de los abismos en cuyos bordes de pronto se detenía, dejándonos sin aliento, la poesía del otro. Pero yo quiero recordar una vez en que confluyeron sus sabidurías y nos ofrecieron, no ya la olímpica carcajada inextinguible sino la espléndida y humana sonrisa isleña atrapada en unos cuantos versos, amablemente iniciada por Nogueras y muy bien correspondida por Diego.

El número 114 de 1985, de la revista Cine Cubano, cuya jefatura de redacción ejercía Luis Rogelio Nogueras, es uno de los más notables de la colección, ya que además de celebrar los 25 años del nacimiento de la publicación, rendía tributo a Wichy Nogueras, acabado de morir en julio de ese mismo año. Un manojo de testimonios-despedidas debidos a amigos del poeta como es el caso de Nelson Herrera Ysla y Víctor Casaus, entre otros no menos entrañables, y a algunas mujeres, amigas o enamoradas, siempre avatares de “Blanca Luz” –Marilyn Bobes, Isis Armenteros, Milagros González-, quedarán allí transidos de belleza y de perplejidad ante la increíble, la inaceptable desaparición de Nogueras, con sus cuarenta años agravados por una especie de adolescencia crónica que lo convertían en algo así como las antípodas de la muerte.

Entre estos textos que realmente son como joyas, porque tienen la rara virtud de ser artículos luctuosos y conmovidos, escritos con contención, belleza y oficio, como si todos los autores hubieran sentido que a Luis Rogelio Nogueras era imposible dedicarle abandonos emocionales, muy justificados pero nada literarios, como ocurre a menudo en estos casos; entre esos textos, resplandece uno de Eliseo Diego, titulado Una curiosidad literaria. 1

Si lo que escribo ahora contemplara preocupaciones genológicas yo estaría ante un grave problema: ¿cómo clasificar este artículo? ¿Prosa periodística, narrativa, poesía, testimonio, crítica literaria, investigación? Gracias a Dios esto no es una tesis doctoral, así que ¡pásame la botella!, como dice Marlow en un cuento de Joseph Conrad. Y mejor entramos en el más puro reino de la patraña poética, sin duda presidido por la verdad. Eliseo retoma un texto de Nogueras y continúa las delirantes disquisiciones que conformaron unos años antes uno de sus heterónimos: “Nada”, atribuido a Yves Moor. Los comentarios y testimonios de Eliseo se remiten a la composición publicada en El último caso del inspector (1983), de Nogueras. Existe una íntima relación entre este libro de Wichy y Diego. Escrito en forma de antología, en la que el autor fabula coleccionar los poemas de un grupo de poetas de las más disímiles épocas y culturas, cada uno precedido por una nota que presenta al supuesto autor y todo el conjunto encabezado por una dedicatoria a “Blanca Luz” –ese personaje ideal que también creó Nogueras-, y por tres exergos, uno de ellos, de Eliseo Diego, que es un fragmento de un texto suyo en que explica la gestación de uno de sus libros:

Quisiera decir enseguida cómo sucedió  que teniendo ganas de leerlo, y no hallándolo, así completo, por más que lo busqué, en muchos sitios diferentes, decidí por fin escribirlo yo mismo. Pareciéndome que habrá otras razones más graves para hacer un libro, pero ninguna más legítima.2

Con lo cual se legaliza también el acto poético por el que escribe esta antología inventada, que termina con un poema cuya nota da por sentado que Luis Rogelio Nogueras nunca existió. Legalización que alcanza de rebote otra vez al propio Diego para justificar el alucinante diálogo entre dos poetas acerca de un tercero inventado por Nogueras y supuestamente traducido, según él, por Diego…

En realidad, el poema Nada, atribuido a Yves Moor, aparece por primera vez en Imitación de la vida (1981), pero allí nada se dice del hipotético traductor del texto. Los conocedores de la poesía nogueriana sabemos que sus poemas pasan de uno a otro poemario, y que en el caso de los apócrifos o heterónimos, van conformándose desde su primer libro para convertirse en toda una sección en Imitación de la vida y luego en todo este libro escrito en forma de antología que es El último caso del inspector. Sucede que en este último los textos reunidos en forma de antología, supuestamente escritos en las más diversas lenguas, suponen otros tantos textos en su lengua materna, y Nogueras, en su posición asumida de antologador deberá señalar a los traductores. Por el libro desfilarán otras tantas y muy reales personalidades cubanas a las que se atribuyen las fantásticas traducciones. A Eliseo le toca la autoría de la traducción de Nada, el poema del niño prodigio norteamericano.

¿Qué hará Eliseo Diego ante la divertida provocación? Como buen poeta que es fabricará un original y una explicación para su protagonismo en la propuesta de Nogueras. Todo ello conformará este artículo-poema-fábula distraídamente titulado Una curiosidad poética, como para que nosotros pudiéramos preguntar ¿cuál curiosidad poética?, ¿la que narra o la que enmascara?

El texto de Diego funcionará imitando la estructura del heterónimo y para ello escribirá una presentación de las circunstancias fabuladas en que tradujo el poema, aportando toda una historia acomodada a su propia biografía y luego nos presenta el pretendido original en inglés. Con deliciosa festinación poética se pone a salvo de toda suspicacia por parte de un angloparlante, quien puede notar tal vez que está de algún modo forzada la escritura en inglés desde su español materno y nos dice que tengamos en cuenta que el autor es un niño y que  “la traducción” –que es el original de Nogueras— es mejor, con lo cual asume una sorprendente e imposible vanidad de traductor. E incluye, para que el lector compare, el texto en inglés –original fabricado por Diego— y el poema de Nogueras –atribuido a Yves Moor, y cuya traducción se otorga a Diego.

Todo este conjunto conforma el artículo, mediante el cual Eliseo ha recogido el guante arrojado por Luis Rogelio y ha proseguido la fábula de este niño prodigio que escribió su primer libro de versos al año de nacido y que luego de realizar varias obras eruditas, murió a los diez años. El complejo de alusiones construido por estos textos solo puede disfrutarse leyéndolos. Pero ilustremos un ejemplo: tal vez movilizado por el sonido del apellido de Yves Moor, Nogueras apunta que “La crítica ha señalado en más de una ocasión el notable parentesco que existe entre los primeros poemas de Yves Moor y ciertas baladas populares irlandesas”. Con ello nos remite asociativamente a Thomas Moore, cuyas Melodías irlandesas –fueron traducidas por Mendive en el siglo XIX. Eliseo, a su vez, describirá de esta manera su relación con el asunto:

Sucede que en una de sus visitas a mi casa, mencionó el caso de este infante casi increíble, y sucede que por un azar no menos increíble ya tenía yo noticias, digamos que directas, no sólo de Yves, sino de toda su familia. En uno de mis desdichados viajes a los Estados Unidos, allá por los años 50, conocí a la hermana menor de Yves, la joven –hablo de aquellos años– Lenore Moor.

Era una muchacha de aspecto frágil, cabellos color de lino, y rasgos delicados, si bien de carácter enérgico y opiniones muy firmes sobre el universo entero. En realidad, su único defecto real era el que Nogueras atribuye a la joven Blanca Luz –“hermosa criatura” a la que dedica su libro. 3

Con este fragmento vuelve a tenderse un puente con El último caso del inspector, cuya dedicatoria reza: “Dedico este libro singular al recuerdo imborrable de Blanca Luz, frágil y hermosa criatura cuyo único defecto fue no haber existido nunca.” Y el nombre de “Lenore”, por su parte, apunta hacia un poema homónimo de Edgar Alan Poe y a toda su corte de mujeres fantasmales. Cada palabra añade así una nueva asociación posible, activa un registro de significación que amplía vertiginosamente el campo semántico, iluminando una zona y otra y otra… Es algo así como una irradiación transtextual, que va movilizando diversos textos procedentes de culturas diferentes, poniendo a prueba la capacidad del lector para descubrirlos.

El poema de Luis Rogelio Nogueras bajo la máscara de Yves Moor no puede separarse de su nota ficticia, ya que la invención literaria del autor es parte inseparable del texto poético; el artículo de Eliseo Diego es poemático también, como todo lo que escribió, e incluye la composición de su amigo, más su traducción, enmascarada de original del heterónimo nogueriano. En la lectura de todas esas piezas literarias entrelazadas consiste el juego. Pero como botón de muestra, podemos leer el poema y su traducción y cada quien que  construya, como quería Nogueras, frente a su Lógica, su propia Fantástica:


NOTHING, by Yves Moor  (1922-1933)

Nothing I own
But wet grass under muy naked feet
Nothing but night’s sweet breath upon
           My cheeks
Nothing but these bonfire
On which I warn my hands
Nothing but cicada’s song
Nothing but rustling of dry sticks
          In the fire
Nothing but the friendly and distant wink
Of yonder star
Perhaps snuffed out by now
Whose last flash has travelled millions
         Of years
So that tonight
It reaches me at last.

NADA

No tengo nada
Sino la hierba húmeda bajo mis pies
desnudos
nada sino el aliento fresco de la noche
sobre mis mejillas
nada sino esta fogata
en la que caliento mis manos
nada sino el canto de las cigarras
nada sino el crepitar de ramas secas
en el fuego
nada sino el guiño cómplice y distante
de aquella estrella
acaso ya apagada
cuyo último destello ha viajado millones
de años
para llegar esta noche
hasta mí.


NOTAS

1 Cine Cubano (La Habana) 25 (114) : 13-16  ; 1985.

2 Diego, Eliseo. “ Prólogo”.  En su: Por los extraños pueblos, 1958.

3 Ob. cit., p. 13.

Dámaso Alonso: El apacible hijo de la ira


Artículo de Luis Rogelio Nogueras.

Fuente: Revista Bohemia, 22 de marzo de 1985, páginas 26 y 27.

Las malas lenguas de Hollywood (es decir todas) le atribuyen al legendario Howard Hughes este chiste digno de Macedonio Fernández: Mis únicos bienes perdurables son veinte libros que me gustan y mil millones de dólares.

Mirando las cosas desde una perspectiva optimista, soy bastante más rico que Hughes porque me gustan casi treinta libros. Cuatro de esos treinta los escribí yo, así que no vienen al caso. De los restantes, cinco son de poesía. Uno de esos cinco se llama Hijos de la ira y es obra de un apacible erudito llamado Dámaso Alonso.

Retrato de Dámaso Alonso (Madrid, 22 de octubre de 1898 – 25 de enero de 1990). Poeta español, profesor, lingüista y crítico literario.

Mi ejemplar de Hijos de la ira fue impreso en 1978 por la editorial Espasa-Calpe en su célebre colección Austral. Don Dámaso me lo regaló en Madrid hace unos cuatro años; y aunque jamás había leído un verso mío, y es bastante probable que el ejemplar de Las quince mil vidas del caminante que le obsequié se extraviara para siempre, sin ser abierto, en la selva de su biblioteca, tuvo la generosidad de llamarme poeta en la dedicatoria.

Hijos de la ira estalló como un obús en la literatura española posterior a 1939. Los grandes del 98 y el 27 estaban lejos o habían muerto. Y en el lúgubre silencio de los primeros años del franquismo, los versos del libro de Dámaso Alonso retumbaron con fuerza despabiladora:

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
(según las últimas estadísticas)
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en
este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar
los perros, o fluir blandamente la luz de la luna…

Aquellos poemas desesperados y sombríos, aquellos gemidos de “soterradas furias”, aquellos alaridos terribles de un alma agonizando en una “pesadilla sin retorno” habían salido del lugar más inesperado —evidencia palpable, otra más, de la ubicuidad de la creación artística: dondequiera, como decía Heráclito, están los dioses—: del gabinete de un tímido, sedentario y morigerado profesor e investigador de literatura cuarentón.

El impacto de la poesía de Dámaso Alonso en la lírica española contemporánea ha sido descrito y estudiado prolijamente. También su abundante obra ensayística (heredera de una rica tradición de investigaciones literarias y filológicas que arranca en Menéndez y Pelayo y se continúa en Menéndez y Pidal) ha merecido honores y reconocimientos. Doctor Honoris Causa por muchas universidades, conferencista incansable, Presidente de la Real Academia de la Lengua Española desde 1968 hasta hace unos dos años, Dámaso Alonso es una de las cimas vivientes de la literatura y la ciencia literaria en el ámbito hispánico.

Si existiera —y perdóneseme la comparación— algo semejante a una tipología lombrosiana de “hombre poético”, difícilmente podría asociarse Hijos de la ira con el viejecito atildado, de rostro redondo y pálido y de perplejos ojos de muchacho miope que, en la sala de su casa madrileña, un día de junio de 1980, mientras bebemos jugo de naranja, nos pregunta a Manuel Pereira y a mí por la salud de Nicolás Guillén. Le respondemos que Guillén está muy bien, aunque mucho mejor anda Nicolás. Suspira con tristeza, mueve sus manos diminutas como si las fuese a echar a volar y nos dice que le gustaría mucho ir a Cuba, pero que ya su corazón no está en condiciones de cruzar un océano.

Hablamos casi dos horas. Constantemente, y por temor a fatigar a Don Dámaso, Pereira y yo balbuceamos los primeros acordes de una despedida y nos corremos hacia la punta del sofá preparando el despegue, pero el maestro nos disuade con un gesto (¿Tenéis prisa?… Pues no, francamente, Don Dámaso, es que… Quedaos un poco más entonces…), y abre un nuevo frente de conversación.

El momento más memorable se produce cuando nuestro locuaz anfitrión se pone de pie lentamente, camina con pasitos de niña hasta una mesa atiborrada de libros y regresa armado de una libreta de notas y una pluma. ¿Me podéis ayudar un poco?… No faltaba más, Don Dámaso. Y nos explica que está recopilando “vocablos gruesos” de la lengua, y nos lee una pequeña muestra de malas palabras creo recordar que mexicanas. Pereira y yo nos miramos aterrados. ¿Es decir, Don Dámaso, que usted quiere que le digamos…? Sonríe: Sí, eso: la zona prohibida del habla. Por ejemplo, ¿cómo se dice en Cuba…?

Durante los primeros cuarenta minutos Pereira y yo vivimos una experiencia irrepetible y genuinamente surrealista: rojos como tomates, vamos murmurando un rosario de groserías, que el Presidente de la Academia de la Lengua en persona, un anciano respetable que además es un poeta que admiramos, toma al dictado. ¿Y qué significa eso?… Pues verá usted, Don Dámaso, tragando en seco, eso significa…

En el metro, regresando a nuestro hotelito de Plaza de España, Pereira y yo, todavía bajo el impacto de la curiosa aventura filológica, todavía sofocados, nos reímos como locos. Pero de nosotros mismos, no de Don Dámaso; no fue risa, sino cierta entristecida admiración la que nos produjo el viejo maestro que, al pie de su adiós al mundo, aún buscaba respuestas para los enigmas del lenguaje. 

Rubén Martínez Villena


A pocos días de la muerte de Rubén Martínez Villena, sale publicado en la Revista Bohemia (del 28 de enero de 1934), un artículo de Rafael Esténger dedicado al joven poeta revolucionario, el cual transcribimos.

RUBEN MARTÍNEZ VILLENA

Por: Rafael Esténger

Fuente: Revista Bohemia, 28 de enero de 1934.

Ya se agotó para siempre, como una antorcha, por su misma llama, la vida en fiebre de Rubén Martínez Villena. Otros deploren al líder perdido, que inflamó en las masas ideales nuevos y les ganó de un golpe la confianza. Otros lamentan al poeta de las angustias, plasmado apenas en un centenar de versos, los únicos genuinamente representativos de su espíritu, que son promesa no cumplida de un vasto acervo literario. ¡Y yo he de llorar siempre al buen amigo, tan presurosamente desaparecido de la tierra, cuyas manos fue imposible estrechar en los últimos instantes, pues los hombres leales y sinceros, en este carnaval de pícaros que es la vida ahora, nos hacen mucha falta!

No ha mucho, Juan Marinello me confirmó la noticia, ya rumorada en los corrillos inquietos: “Rubén se muere; no tiene vida, acaso, para un mes”. El Partido Comunista le había secuestrado desde que regresara de Rusia, donde fue con sus achaques románticos, en fuga de la persecución machadista, y le recordé a Marinello que cuando Rubén me enseñó las cuartillas primarias de su Canción del sainete póstumo, hace ya muchos años, le indiqué la conveniencia tipográfica de suprimir los signos de admiración de un verso:

“Yo moriré prosaicamente de cualquier cosa

(¿el estómago, el hígado, la garganta, ¡el pulmón!?”

No comprendía, de momento, que en una pregunta se intercalaran signos admirativos. Me parecía innecesario; pero Rubén sonrió melancólico y me dijo: “Lo hice de intento: es la amenaza de la familia.” Después conocí a la madre del poeta, una viejecita enjuta y pálida, consumida por la fiebre en el rincón de la casa, cuyos ojos verdes tenían la misma luz atormentada de los del hijo. Comprendí entonces la anomalía ortográfica del poema. Y así quedó, para siempre, en las antologías.

Poco antes de la Canción del sainete póstumo, cuando irrumpía 1921 con su alborear de poetas nuevos, en la Universidad profesaba Enrique Lavedán, bajo un retrato simbólico de González Lanuza, la cátedra de Derecho Penal. Una mañana aparecieron las pizarras con versos festivos a la manera de las décimas apocopadas que inician los textos del Quijote, y el joven Maestro aceptó la broma con una sonrisa comprensiva. Habíamos caído en aquel curso un bando de poetas. ¡Y allá, con nosotros, Rubén Martínez Villena, siempre arrebatando las mejores simpatías! Su fama corría por los cenáculos de estudiantes, en alas de un canto a Martí de que más tarde Rubén hablaba ruborizado. De noche alternábamos en la glorieta del café “Martí” con una jauría famélica de bohemios turbulentos ¡los últimos bohemios de La Habana— y nos placía escribir, al dorso de programas de teatro, versos que luego irían a “Castalia”, de Paulino Báez, o a la “Atenea” de José María Calveiro, revistas ingenuas y recoletas.

Toda la admiración era entonces para el lirismo verboso de Sánchez Galarraga, que recibía ovaciones de un público aristocráticamente iletrado. El hijo del millonario cantaba las miserias populares, que para su dicha personal no sintió nunca, y nosotros, desde las mesas vacías del café bohemio, tendíamos heroicamente a una poesía minoritaria, de capilla selecta. Si algún rasgo nos unía de manera perdurable, fue la indiferencia por los aplausos de las Sociedades de Instrucción y Recreo.

Cada noche, Andrés Núñez Olano bruñía sonetos resonantes, con el anhelo de lograr poesía perfecta, y censuraba, entre agresivo y desdeñoso, las consagraciones vernáculas en boga: Juan Marinello anunciaba tímidamente su evolución hacia la extrema izquierda de vanguardia; José Zacarías Tallet, de mayor edad que todos, mantenía inéditos sus poemas laforguianos; Ramón Rubiera burilaba, como medallas, “Los astros ilusorios”; Martínez Márquez poetizaba en prosas miniaturas bien talladas, y Rubén Martínez Villena, equidistante de preciosismos retóricos y de ímpetus efusivos, daba su verso emocionado con aparente desdén por las minucias formales. Casi toda su obra data de entonces. Calló después, rota la lira elogiada, y abrazó, como una cruz, la causa de los tristes.

Sin embargo, la necesidad económica —¡oh, paradoja!— le hizo cantar de nuevo. En Santiago de Cuba había organizado un farsante, con promesas de mil pesos en efectivo por cada premio, unos Juegos Florales imposibles. En silencio, casi avergonzado, acudió Rubén a esos torneos líricos, y vio en los diarios, premiada con mil pesos, “La medalla del soneto del clásico”, que hoy recogen nuestras antologías con orgullo. Recibía las felicitaciones por el triunfo con invencible tristeza, como si hubiera vendido el alma por mil pesos. “¡Necesitaba ese dinero, me dijo casi ruboroso, y mandé los catorce versos a conquistarlo!” Pero la farsa de aquellos Juegos Florales le arrebató la ilusión de la conquista, que justificaba quebrantar su voto de no acudir a certámenes. Pensó formular querella ante los tribunales de justicia y al fin renunció toda contienda.

Presidía la República el doctor Alfredo Zayas y Alfonso y ya Rubén tenía entre sus papeles un título de Abogado.

El Restan____________________(línea ilegible)

fantasma injerencista se había frustrado ante las mañas leguleyas, y a cambio del oro que fluía a los bolsillos familiares, por primera vez hubo en Cuba un Presidente que no derramó sangre cubana. El lema zayista era un risueño dejar decir con tal de asir: coger y dejar que griten. Sabia filosofía de un escéptico. ¡Serenidad legendaria, que no aprenderán nunca los caudillos montaraces que surgen al mando desde la manigua inhóspita, porque tal serenidad emerge del reflexivo conocimiento de los hombres, y de haber visto, a la luz que da la Historia, las raíces, casi siempre impuras, de los catones vernáculos!

Pero a la juventud no le bastaba la libertad sin decoro. En la Academia de Ciencias, cuando el Dr. Erasmo Regüeiferos, el Secretario de Justicia que acababa de firmar la compra del convento de Santa Clara, subió a la tribuna para hablar de las cosas de la patria, Rubén Martínez Villena se puso en pie, cerca de la tribuna, y apostrofó al verboso funcionario, para decirle, en nombre de trece compañeros de aventura, que abandonaban el salón como protesta.

Una vez me dijo de José Martí: “La literatura era la válvula de escape de su genio.” Rehuía entonces las quisicosas literarias, aunque el poeta le retozaba siempre en el fondo del ánimo combatiente. ¿Para qué bruñir palabras, tejer bonitos retruécanos, mimar la frase, cuando la gran labor humana nos espera? Del juego caprichoso del estilo quiso ganar lo que tenía de útil para convencer y reunir. Se convirtió en tribuno, en periodista, en apóstol. Sus cartas me llegaban, escritas a correr de lápiz, con gritos d entusiasmo. Había prendido en el ánimo popular el movimiento de Veteranos. y Patriotas. En mi natal Santiago, donde yo acababa de regresar con un manojo de rimas por único equipaje, fui de los que iniciaron la pugna rebelde. En un mitin del Teatro me aplaudieron la arenga encendida, y a Rubén le conté el episodio; pero anhelaba conocer la viabilidad del esfuerzo. Todos teníamos el arma al cinto y los caballos en espera. ¿Qué faltaba para la heroica aventura? Desde La Habana me imponía Rubén la consigues romántica: “Fe ciega en el Jefe.” ¡No, Rubén amigo! Dame informes, datos, certidumbre, y la fe será conmigo; pero los días pasaban en meras palabras. Y Rubén reprendía con ternura mis cartas “con peso de Senador”. A poco fue el viejo Zayas, con su famoso cortaplumas de bolsillo, a imponer paz en la agitada Cienfuegos, donde se le rindieron las huestes inconexas del Coronel Laredo Brú.

Fue entonces que Rubén se hizo aviador, para dinamitar desde los aires el Palacio de la Presidencia, y le detuvieron, al finalizar su aprendizaje, los policías yanquis. No quiso volver a Cuba tras el fracaso sin gloria. Trabajó en una fábrica de cerveza: lo tosca lucha por la vida le hizo obrero. Sus familiares me pidieron que le aconsejara el regreso y le escribí una carta minuciosa. El pobre Rubén volvió; volvió a luchar y sufrir, en la República desventurada.

El padre un día le increpa: “¡Si todas las energías que gastas en aventuras que no te importan las dedicaras a levantar un bufete…!” Y Rubén le contesta sin vacilación:

—”Prefiero ser útil a los demás que no a mí mismo.”

Cumplió siempre en la vida su generosa preferencia. Siempre recordaré que nos reuníamos varios amigos ante la mesa de un café nocturno. Habíamos vaciado algunas copas. Yo le dije a Rubén: “Naciste con retraso; hubieras, podido ser un auxiliar de Martí, ¡y ahora tendrías estatua!” Pero Rubén contestó rápidamente: “¡Demasiado pronto, quizás! Todavía no han nacido mis contemporáneos.” Ya vislumbraba, en el horizonte remoto, el alba roja.

Un pequeño volumen podría recoger íntegramente su obra literaria, con exclusión de los artículos ocasionales que le fue sacando de la pluma el apostolado rebelde. Dos o tres cuentos y una docena de poemas bastarían. Con ese lastre ligero ganó de un brinco la fama que goza en nuestro mundillo literario. La gloria del combatiente vino luego, y casi subterránea, obscurecida por la fanfarria imperialista.

Ha muerto joven: a los treinta y cuatro años ha muerto. Su vida, como su rostro: bajo la atormentada cabellera rubia, la claridad de los ojos verdes, como irradiada bajo el fervor del apóstol la poesía luminosa de sus primeros años. Indócil al peine tirano le caía un mechón rebelde sobre la frente amplia. El mentón firme denunciaba la voluntad combativa.

Siempre le recordaré como un hermano, como un animador, como un ejemplo, y con ese dulce orgullo de haber conocido acaso la vida más pura que cobijó nuestro cielo desde la tarde obscura de Dos Ríos. No será el velorio prosaico que describió en “Canción del sainete póstumo”, y que entonces confusamente presentía, el homenaje postrero al brazo líder. Los tiempos son de tempestades continuas y de fervores tumultuarios. Sobre hombros de mil obreros irá el cadáver bien amado y le llorarán quizás los que nunca leyeron sus poemas. Después de todo, a los frágiles versos llegarán, con sus piquetas de hierro los críticos puntillosos e indicarán las rimas pobres, pero su vida no tiene manchas ni huecos ni desmayos donde los críticos se afanen con sus piquetas de hierro. ¡La calumnia sí, la calumnia siempre halla modo de zaherir toda vida noble, como ayer la tuya, como hoy la mía! Pero “el que sólo por sí mismo puede honrarse, como decía Chamfort, no puede ser humillado por los demás”. ___________(ilegible). (FIN)

Canción del sainete póstumo

Yo moriré prosaicamente, de cualquier cosa
(¿el estómago, el hígado, la garganta, ¡el pulmón!?),
y como buen cadáver descenderé a la fosa
envuelto en un sudario santo de compasión.


Aunque la muerte es algo que diariamente pasa,
un muerto inspira siempre cierta curiosidad;
así, llena de extraños, abejeará la casa
y estudiará mi rostro toda la vecindad.


Luego será el velorio: desconocida gente,
ante mis familiares inertes de llorar
con el recelo propio del que sabe que miente
recitará las frases del pésame vulgar.


Tal vez una beata, neblinosa de sueño,
mascullará el rosario mirándose los pies;
y acaso los más viejos me fruncirán el ceño
al calcular su turno más próximo después.


Brotará la hilarante virtud del disparate
o la ingeniosa anécdota llena de perversión,
y las apetecidas tazas de chocolate
serán sabrosas pautas en la conversación.


Los amigos de ahora —para entonces dispersos—
reunidos junto al resto de lo que fue mi “yo”,
constatarán la escena que prevén estos versos
y dirán en voz baja: —¡Todo lo presintió!


Y ya en la madrugada, sobre la concurrencia
gravitará el concepto solemne del “jamás”;
vendrá luego el consuelo de seguir la existencia…
Y vendrá la mañana… pero tú, ¡no vendrás!…


Allá donde vegete felizmente tu olvido
—felicidad bien lejos de la que pudo ser—,
bajo tres letras fúnebres mi nombre y mi apellido,
dentro de un marco negro, te harán palidecer.


Y te dirán: —¿Qué tienes?… Y tú dirás que nada;
mas, te irás a la alcoba para disimular,
me llorarás a solas, con la cara en la almohada,
¡y esa noche tu esposo no te podrá besar!…

Rafael Esténger. (Santiago de Cuba, 15 de octubre de 1899-2003) Graduado de Bachiller en Ciencias y Letras, se doctoró en Derecho Civil en la Universidad de La Habana en 1925. Publicó sus primeros versos en La Independencia, El Cubano Libre y otros periódicos de Santiago de Cuba. Desempeñó múltiples cargos, entre ellos abogado de oficio en la Audiencia de Oriente, secretario de la Administración Municipal de Santiago de Cuba y consejero del Instituto Nacional de Reforma Económica. Estuvo vinculado al régimen de Gerardo Machado. Perteneció al Colegio Nacional de periodistas y a la Academia Nacional de Artes y Letras. Fue jefe de redacción de El Sol y colaborador de Letras, El Fígaro, Cuba Contemporánea, Alerta, Avance y Bohemia. Compiló la antología Cien de las mejores poesías cubanas (La Habana, Eds. Mirador, 1943; Id., 1948; Id., 1950. Con motivo del centenario de Antonio Maceo reunió los discursos pronunciados en su honor en la Cámara de Representantes bajo el título Homenaje a Maceo (La Habana, Editorial Selecta, 1945). Ha prologado La vagancia en Cuba (La Habana, Ministerio de Educación. Dirección de Cultura, 1946), de José Antonio Saco, y los Proemios de cenáculo (La Habana, Ministerio de Educación. Dirección de Cultura, 1948) de José Manuel Poveda, entre otros trabajos.