Carta de Cintio Vitier a Emilio Ballagas


Fuente: Revista de la Biblioteca Nacional de Cuba. Año 92, No. 1-2 enero – junio, 2001

Habana, octubre 25 de 1938

Sr. Dr. Emilio Ballagas

Santa Clara

Admirado amigo:

Recibí su carta inapreciable. Sinceramente, me alegró muchisísimo.

Con posterioridad, me ha llegado su poema “Nocturno y Elegía”, envío que agradezco a Ud. por el deleite que me trajo y por su dedicatoria tan buena conmigo.

He leído este poema suyo con tanto silencio que no sé qué decirle. Ni estoy a distancia para pensar en él. Su poesía, además, es de las que lo encienden a uno por dentro. A mí siempre me arrastra su vena de llanto abandonado, casi anónimo. Pero sí puedo decirle que en mi modesto preferir “Nocturno y Elegía” es lo mejor que le he leído y lo más puro de nuestra lírica nueva. Quizá porque le reverdece aquí, como nunca, el ser romántico, agria raíz de humanidad un poco olvidado ahora.

Lo que más me gusta, y entristece, de su primera y última poesía es ese desgaire infantil, esa voz convaleciente, esa luz —que me señaló Juan Ramón Jiménez en nuestras tardes con álamos— “equivocada”. Todo lo cual solo lo tiene Ud. en el mundo.

Otros momentos de su obra me tienen conmovido también. No creo que lleguen a leer jamás cosas tan amargas ni tan mías como “Retrato” y “De otro modo”.

Le ofrece su profunda admiración y amistad

Cynthio Vitier

(Texto manuscrito. Colección Ballagas, n. 175. Biblioteca del Instituto de Literatura y Lingüística).



NOCTURNO Y ELEGÍA
 
Emilio Ballagas
(1908, Camagüey, Cuba - 1954, La Habana, Cuba)
 
 
 
Si pregunta por mí, traza en el suelo
una cruz de silencio y de ceniza
sobre el impuro nombre que padezco.
Si pregunta por mí, di que me he muerto
y que me pudro bajo las hormigas.
Dile que soy la rama de un naranjo,
la sencilla veleta de una torre.
 
No le digas que lloro todavía
acariciando el hueco de su ausencia
donde su ciega estatua quedó impresa
siempre al acecho de que el cuerpo vuelva.
La carne es un laurel que canta y sufre
y yo en vano esperé bajo su sombra.
Ya es tarde. Soy un mudo pececillo.
 
Si pregunta por mí dale estos ojos,
estas grises palabras, estos dedos;
y la gota de sangre en el pañuelo.
Dile que me he perdido, que me he vuelto
una oscura perdiz, un falso anillo
a una orilla de juncos olvidados:
dile que voy del azafrán al lirio.
 
Dile que quise perpetuar sus labios,
habitar el palacio de su frente.
Navegar una noche en sus cabellos.
Aprender el color de sus pupilas
y apagarse en su pecho suavemente,
nocturnamente hundido, aletargado
en un rumor de venas y sordina.
 
Ahora no puedo ver aunque suplique
el cuerpo que vestí de mi cariño.
Me he vuelto una rosada caracola,
me quedé fijo, roto, desprendido.
Y si dudáis de mí creed al viento,
mirad al norte, preguntad al cielo.
Y os dirán si aún espero o si anochezco.
 
¡Ah! Si pregunta dile lo que sabes.
De mí hablarán un día los olivos
cuando yo sea el ojo de la luna,
impar sobre la frente de la noche,
adivinando conchas de la arena,
el ruiseñor suspenso de un lucero
y el hipnótico amor de las mareas.
 
Es verdad que estoy triste, pero tengo
sembrada una sonrisa en el tomillo,
otra sonrisa la escondí en Saturno
y he perdido la otra no sé dónde.
Mejor será que espere a medianoche,
al extraviado olor de los jazmines,
y a la vigilia del tejado, fría.
 
No me recuerdes su entregada sangre
ni que yo puse espinas y gusanos
a morder su amistad de nube y brisa.
No soy el ogro que escupió en su agua
ni el que un cansado amor paga en monedas.
¡No soy el que frecuenta aquella casa
presidida por una sanguijuela!
 
(Allí se va con un ramo de lirios
a que lo estruje un ángel de alas turbias.)
No soy el que traiciona a las palomas,
a los niños, a las constelaciones...
Soy una verde voz desamparada
que su inocencia busca y solicita
con dulce silbo de pastor herido.
 
Soy un árbol, la punta de una aguja,
un alto gesto ecuestre en equilibrio;
la golondrina en cruz, el aceitado
vuelo de un búho, el susto de una ardilla.
Soy todo, menos eso que dibuja
un índice con cieno en las paredes
de los burdeles y los cementerios.
 
Todo, menos aquello que se oculta
bajo una seca máscara de esparto.
Todo, menos la carne que procura
voluptuosos anillos de serpiente
ciñendo en espiral viscosa y lenta.
Soy lo que me destines, lo que inventes
para enterrar mi llanto en la neblina.
 
Si pregunta por mí, dile que habito
en la hoja del acanto y en la acacia.
O dile, si prefieres, que me he muerto.
Dale el suspiro mío, mi pañuelo;
mi fantasma en la nave del espejo.
Tal vez me llore en el laurel o busque
mi recuerdo en la forma de una estrella.

Carta de Luis Rogelio Nogueras a Eliseo Alberto


Fuente: La Gaceta de Cuba, UNEAC

Eliseo Alberto Diego

Calle E, n. 503 e/ 23 y 21, Vedado

Querido Lichi:

¡De modo que terminó la dictadura poética de Don Eliseo de Diego y Fernández Cuervo en la Calle E! ¡De manera que ahora son dos los poetas de los cuales puede sentirse orgullosa Bella!

Bueno, me imagino que el viejo se habrá resignado ya a compartir contigo, además de las navajas de afeitar y las corbatas, los esplendores de la gloria. ¡Cría poetas y te sacarán los sonetos!

Me parece magnífico tu libro. Lo he leído un par de veces y, cosa sorprendente, ¡tienes menos influencia del maestro que yo!

¿Habráse visto cosa igual? Siempre me ha parecido que, si mi padre hubiese sido un poeta de la estatura del tuyo –y no me refiero a la estatura en centímetros, pues el mío mide 1.80 y es, por tanto, más alto–, me hubiera dedicado a robarle alegremente los poemas y a publicarlos con mi nombre (o tal vez con el sobrecogedor seudónimo de Luis el Usurpador). Apostaría mi mejor par de medias a que me sé de memoria más poemas de Eliseo The Old (advanced in age, but, young in this inventive faculty) que los que te sabes tú –aunque estoy seguro, con todo y lo que lo admiro, que tú lo admiras aún más.

Buen comienzo tu libro.

Te abraza tu hermano,

Luis Rogelio Nogueras, poeta por cuenta propia

Sábado del libro: Josefina de Diego presenta el poemario de su padre "En la Calzada de Jesús del Monte"


Fuente: Cuba Poesía, 23 de diciembre de 2019

por María de los Angeles Polo Vega

Los 25 años de fundada la Colección Sur, fueron homenajeados en el sábado del libro que cada semana organiza el Instituto Cubano del Libro en la calle de Madera de la Plaza de Armas en la Habana Vieja.

Para la ocasión se reservó la presentación, por un panel de lujo, de cuatro títulos de autores imprescindibles en la poesía de Iberoamérica, Enemigo Rumor de José Lezama Lima, presentado por el doctor Roberto Méndez, En la Calzada de Jesús del Monte, de Eliseo Diego, que la presentadora fue su propia hija Fefé de Diego,Los párpados y el polvo de Fayad Jamís que presentó Basilia Papastamatiu  y Que veremos arder de Roberto Fernández Retamar, presentado por el investigador y crítico Víctor Fowler, quien además felicitó a la Colección Sur por  el acierto de publicar y brindarnos la oportunidad de reunir, en una misma presentación a estos grandes poetas Lezama como el gran aglutinador y junto a él, Eliseo, Fayad y Retamar.

De este último su hija, Laidy Fernández de Juan leyó algunos poemas, incluidos el que da título al poemario y él que más les gustaba, tanto a  ella como su mamá. Posteriormente, para cerrar con broche de oro esta presentación y con el típico sentido del humor que le caracteriza, Laidys hizo algunas simpáticas anécdotas de la amistad, que en el plano personal unió durante toda la vida a estos cuatro gigantes de las letras cubanas.

Hoy CubaPoesía comparte con los lectores las palabras de Fefé de Diego al presentar el poemario En la Calzada de Jesús del Monte, que también por estos días cumple 70 años años de publicado.

EN LA CALZADA DE JESÚS DEL MONTE (Colección Sur, La Habana, 2017)

No soy crítico literario y no me corresponde a mí, por ser su hija, opinar sobre la calidad e importancia de este libro. Solo puedo dar testimonio de lo que viví, junto a mis padres y al grupo de amigos, poetas y artistas que visitaban mi casa, muchos de los cuales integraron lo que se conoció como Grupo Orígenes.

Hace siete décadas, mi padre, Eliseo Diego, un muchacho de apenas veintiocho años, recogía, en los talleres de Úcar García, en la Habana Vieja, los ejemplares de su primer poemario, En la Calzada de Jesús del Monte. Por aquella época, esperaba, ansioso, el nacimiento de su primer hijo, mi hermano Rapi,  vivía en El Vedado, con su esposa y su madre, y trabajaba como profesor de inglés. Dos volúmenes de cuentos precedían este cuaderno, En las oscuras manos del olvido (1942) y Divertimentos (1946). El joven poeta había comenzado a escribir su libro, aproximadamente, en 1944, y lo había terminado tres años después, pero no se decidía a publicarlo, aunque ya algunos poemas habían aparecido en la revista Orígenes (1944-1956). Las dos fechas ―de impresión y terminación― aparecen en el libro, para dolor de cabeza de los bibliotecarios: en la cubierta, “Ediciones Orígenes, La Habana 1949”; y en la portadilla, “La Habana, Año de 1947”. La primera vez que Eliseo leyó sus versos fue en la casa de su novia Bella García Marruz, en Neptuno No. 308, entre Águila y Galeano. Allí se reunía con su amigo de la infancia, Cintio Vitier, con Fina, la hermana de Bella y novia de Cintio, con Octavio Smith, Agustín Pi, Gastón Baquero y otros jóvenes escritores y artistas de aquellos años.

La causa de la demora en dar a conocer sus versos  fue la inseguridad que sentía y un excesivo rigor, según afirmó en varias ocasiones: todos sus amigos escribían poesía y él era ‘el prosista’ del grupo. En la Calzada de Jesús del Monte está considerado por la crítica nacional y extranjera como un clásico de la literatura hispanoamericana.

Eliseo, si usted no acaba de publicar ese libro, me veré obligado a hacerlo yo, bajo mi firma”.

José Lezama Lima

Contaba mi padre que fue José Lezama Lima quien lo decidió a publicar sus versos.  Una tarde en que conversaban en un cafetín habanero, después de una larga bocanada de humo de su tabaco, Lezama, utilizando el “usted”, que reservaba siempre para ocasiones especiales, le dijo: “Eliseo, si usted no acaba de publicar ese libro, me veré obligado a hacerlo yo, bajo mi firma”.  Ante elogio tan categórico, proveniente de alguien que no los regalaba, el joven Eliseo  decidió publicarlo.

Pero entre el momento en que dio por terminado su cuaderno (1947) y su publicación (1949), ocurrió un hecho importante: mis padres se casaron en la Parroquia de Bauta el 17 de julio de 1948. Y es que, según contó en varias entrevistas, un poco en broma y un poco en serio, la razón por la cual comenzó a escribir poesía fue para impresionar a su novia Bella. Cierto o no, En la Calzada de Jesús del Monte ha sido siempre el poemario preferido de sucesivas generaciones de jóvenes lectores y lectoras, en Cuba y en muchos otros países. Quizás, decía papá, porque había sido escrito justamente por alguien como ellos, por un joven enamorado, lo que hace que se reconozcan  en sus temas, obsesiones, temores y alegrías.

¿Pero por qué escogió ese título para su primer volumen de poemas?, ¿qué importancia había tenido esa Calzada para él?

Mi padre nació el 2 de julio de 1920 ―próximo está ya su centenario―  en la calle Compostela No.56 (actualmente Compostela No. 360), en la Habana Vieja pero, muy pronto, sus padres se mudaron a una pequeña quinta en las afueras de la ciudad, en el pueblo de Arroyo Naranjo.

Por aquellos años, la única vía para llegar a la ciudad era atravesando la Calzada de Bejucal, la que, en cierto tramo del camino, adoptaba el nombre de Calzada de Jesús del Monte, hoy, Avenida 10 de Octubre. Esa era la ruta que recorría el pequeño Eliseo cuando sus padres iban a la ciudad. La Calzada está, prácticamente, en ruinas. Pero hace casi un siglo, en la década de 1920, la antigua Calzada de Jesús del Monte era una avenida elegante, con casonas señoriales, llamativos vitrales y portales sombreados y amables.

En este volumen aparecen incluidos varios de los poemas que consideraba como los más representativos de su obra y de lo que podría llamarse su “poética”. Uno de ellos es “Voy a nombrar las cosas”. De este poema, habló Gastón Baquero cuando escribió sobre mi padre al conocer la tristísima noticia de su muerte, ocurrida el martes 1 de marzo de 1994:

Nombrar las cosas es el oficio del poeta. Dar nombre es engendrar y parir letra a letra el universo que el poeta descubre en torno suyo con el anteojo del alma. El universo comunicado al poeta, su reino, su mundo dentro y fuera del mundo de Dios y de los otros. Es regar ese hallazgo cotidiano de diamantes o de guijarros, vistiendo cada cosa con el traje humildoso del poema, es la tarea, es el destino del auténtico poeta, un ser ‘que no se queda con nada’, que lo destila todo sobre la piel de la tierra y la piel de los hombres. Eliseo Diego era ―me duele emplear esta palabra terrible: era― el Poeta, el alfarero, el artífice sin artificio. Deambulaba por el mundo de lo fantástico con la naturalidad de un Fantasma Iniciado, poseedor de la luz. De la casa, de la ventana, del jardín, de un recuerdo familiar, de las cosas y personas más humildes (…). Volver corpóreos los sueños, trabajo de Merlín, ser hortelano en el jardín de los espejos de la luna. Es ser fuente de felicidad para el prójimo más que para sí mismo. Esto hizo, esto hacía Eliseo Diego. ¡Bendito sea! (…). Ahí quedan sus libros, nuestros libros. Son una gloriosa exploración del mundo y del trasmundo. Pienso en Bella, clara y sencilla como un poema de Eliseo  (El artífice sin artificio, publicado en el periódico ABC, Madrid, jueves 3 de marzo de 1994).

Mi padre fue un hombre de profundas convicciones religiosas, católico. Dentro de unos pocos días se conmemorará y celebrará en gran parte de este lastimado planeta la Navidad, o sea, la Natividad o Nacimiento del Niño Jesús, según nos cuenta La Biblia (texto que, por cierto, debería estudiarse, como cualquier otro texto importante de la historia y de la cultura universal). El Niño Jesús traía un mensaje de amor y paz para toda la Humanidad. Son días en los que se piden deseos y se hacen planes para el futuro.

En enero de este año, un terrible tornado arrasó con varios barrios de La Habana. Recuerdo que cuando todavía no se tenían imágenes de la tragedia, un periodista de la televisión cubana, la voz en off, narraba la terrible devastación que tenía ante sus ojos. En un momento, dijo: “La cruz de la iglesia de la mítica Calzada de Jesús del Monte salió volando por los cielos y solo Dios sabe a dónde fue a parar”. Ojalá que la cruz no haya causado ningún daño a nadie ni a nada, y que haya sido restaurada, otra vez, en su lugar; ojalá que la mítica Calzada de Jesús del Monte recupere, algún día, al menos parte del esplendor que fascinó al niño que fue mi padre. Y ojalá que los jóvenes de Cuba y de otros países, se sigan acercando a su obra con la devoción y cariño con que lo han hecho hasta ahora, por los siglos de los siglos… Así sea.

Muchas gracias

Josefina de Diego

SÁBADO DEL LIBRO, 21 de diciembre de 2019

La patria vestida de poesía. (Entrevista a Cintio Vitier)


Autor: Luis Machado Ordetx

Fuente: ISLAS, 42(125):13-17; julio-septiembre, 2000

¿Qué significa ser distinguido con el título de Doctor Honoris Causa en la misma universidad en la que su padre impartió la docencia y recibió idéntico galardón en 1956, y donde además usted fungió como maestro de la primera generación de profesionales formada por la Revolución?

Un inmenso honor que solo puedo merecer en la medida en que haya sido digno de la espiritualidad cubana de mi padre.

Lo cubano en la poesía es un libro que nació tras una petición universitaria y publicó por vez primera esta casa de estudios. ¿Qué recuerdos trae después de cuatro décadas de publicado, y cómo lo percibe ahora cuando el encuentro con lo pasado es firmeza para la Patria?

Recuerdo aquellas sesiones de Lo cubano en la poesía en el Lyceum femenino de La Habana, que entonces presidía Vicentina Antuña, entre noviembre y diciembre de 1957, como el convivio más emocionante de toda mi vida. La Patria se nos revelaba dolorosa y gozosamente en medio de la sangrienta lucha de aquellos días. Sin saberlo nos estábamos preparando para un triunfo que todavía parecía imposible. Hoy siento que aquel libro, rápidamente publicado en el 58 gracias a Samuel Feijóo, era mi despedida del mundo anterior a la Revolución. Y fue también, en cuanto testimonio de la raíz poética de nuestra historia, mi umbral hacia ella.

En la decimosexta lección de Lo cubano en la poesía, la dedicada a la poesía de Feijóo, planteó que tenemos que agradecerle a ese escritor «haber cogido a la isla en el aire, en la gloria, en la risa, en la majestad y en desamparo». Después que la obra aumentó con los años, ¿reafirmaría lo mismo?

Sin duda alguna. Samuel sustentaba la poética de la naturaleza, que a su juicio no era antológica, y por tanto, su obra no tenía por qué serlo. Esto quizás haya confundido a algunos ante el exceso de su producción. Pero el autor de Beth —el, Faz, Himno a la alusión del tiempo, Violas, Diario abierto, La alcancía del artesano, La hoja del poeta, Versículos, El harapo al sol, tal como lo presenté en mi selección de 1984, además de extraordinario cuentero, narrador, investigador de nuestro folklore campesino, pintor y dibujante excepcional, es uno de los líricos más altos que hemos tenido desde Heredia a nuestros días.

Con los años, ¿qué recuerdos inéditos de Samuel evoca para la historia de la cultura cubana?

Aunque sean bien conocidos, siempre habrá que reconocer también los gran- des servicios prestados por Samuel a la cultura cubana como editor de la Universidad Central de Las Villas, de Islas, y de la impar y pletórica Signos. En lo personal más íntimo, aunque pudiera parecer lo contrario, Samuel era muy difícil de conocer realmente. Siempre estaba ocultándose, disfrazándose, pudoroso como pocos detrás de lo que cariñosamente llamábamos sus «samueladas». Después de años de escribirnos y visitarnos, una rara noche descubrimos al otro Samuel, develándonos con una infinita delicadeza el misterio de las trémulas luces amarillas que alumbraban las noches de sus amigos guajiros. Por lo demás, cuando se empeñaba, podía ser muy riguroso con su obra. Recuerdo los manuscritos de Violas, acribillados a enmiendas. Cuando leí la primera edición de Faz escribí para El Mundo un artículo titulado «Orgullo por Samuel Feijóo». Aduciendo que no era digno de aquel elogio, su respuesta fue quemar la edición completa y rehacer el poema, que ya era espléndido.

¿Cuáles vínculos sostuvo con intelectuales radicados en esta localidad durante su estancia aquí?

Mi condición de profesor, digamos, itinerante —ya que solo podía estar en Santa Clara tres días a la semana para poder cumplir con mis clases en la Escuela Normal de La Habana—, me impidió estrechar relaciones importantes con intelectuales villaclareños, salvo los que ya conocía, como Samuel y Mariano Rodríguez Solveira. A Marianito y a Antonio Núñez Jiménez los encontraba con frecuencia, antes del triunfo, en la casa vedadense de Julián Orbón, el músico de Orígenes, adonde llegaban en viajes nocturnos que siempre sospeché no eran ajenos a los trajines revolucionarios interprovinciales del 58. Aunque solo oíamos música, todo parecía clandestino. Como dije en mis palabras de gratitud en la universidad, el hogar de Marianito y Marta fue otro hogar para mí en Santa Clara. Él fue quien me invitó a incorporarme al claustro de Las Villas, quien despidió inolvidablemente el duelo de mi padre y quien prologó sus Valoraciones póstumas. Fue un intelectual ferviente y luminoso, conversador cultísimo, amigo entrañable. De Núñez Jiménez, ¿qué decir? Como geógrafo, espeleólogo y revolucionario, toda su vida fue un creciente servicio a la patria nacional y americana, fruto de una vocación alegre y un entusiasmo infatigable. Otros nombres y personas que recuerdo con gratitud son los de Hilda González Puig, su hermano Ernesto, los rectores Agustín Anido y Silvio de la Torre, Gaspar Jorge García Galló, Alberto Entralgo…

Dice que la «poesía significa un conocimiento espiritual de la Patria, que va iluminando al país, y donde lo cubano se revela, por ella, en grados cada vez más distinguidos, distintos y hermosos». Pero, ¿qué escribe ahora tras el tránsito acumulado por todos los géneros literarios?

Mis dos géneros predilectos siguen siendo la poesía y el ensayo, aunque en verdad no me gusta considerar la poesía un «género literario», sino la fuente de todo lo que yo pueda conocer y pensar. Al poema acudo cuando él me llama; al ensayo, cuando lo necesito.

Martí, definido por usted como «el mayor aporte de la cultura cubana a la universal», deja profundas raíces para el próximo siglo. ¿Cuáles cree más trascendentes?

Creo que el legado cultural más trascendente de Martí reside en su inmensa vocación integradora que, como dije en la universidad, «se negó a separar la materia del espíritu, lo invisible de lo visible, la estética de la ética, la política del alma, a Cristo del pobre, a Cuba de la cruz, a la utilidad de la virtud». Por ello pienso que debemos tender a integrar «nacionalmente todo aquello que en el pensamiento de José Martí se nos ofrece como un humanismo atesorador de esencias, proyectado hacia el futuro». Y no me parece que haya mejor programa espiritual para la humanidad en el próximo milenio.

Despojado de su capacidad amatoria, así como del contacto diario en el hogar y el trabajo intelectual que desempeña junto a Fina García Marruz, ¿qué puntos más distinguidos atribuye a la poesía de su esposa?

En mi antología Cincuenta años de poesía cubana (1952) señalé los tres elementos que me parecían sustanciales en la poesía de Fina: «la intimidad de los recuerdos, el sabor de lo cubano, los misterios católicos». Posteriormente su expresión ganó otras dimensiones, desde la más amplia y elocuente del Réquiem por la muerte de Ernesto Che Guevara hasta esa «punta del lirismo» que según Claudel es el humor, en Créditos de Charlot, y Nociones elementales y algunas elegías. Su diversidad y riqueza tiene siempre un punto de confluencia que pudiéramos llamar lucidez de la misericordia.

Emilio Ballagas, un poeta que fermentó una parte fundamental de su obra poética en Santa Clara, donde radicó entre 1933 y 1943, tuvo de usted grandes elogios. ¿Cómo lo aprecia en la ensayística?

Si hubo un escritor entre nosotros de vocación lírica absoluta, ese fue Emilio Ballagas. Aunque escribiera excelentes ensayos, en realidad no le hacían falta. Todo lo esencial que tenía que decir solo podía decirlo en el poema.

¿Qué falta a Cintio Vitier por regalarle a la sabiduría histórica y a la cultura nacional?

Me falta todo, y es la conciencia de todo lo que me falta lo único que puedo regalar.

Los sueños de un creador


Entrevistó: José Dos Santos L., para El Caimán Barbudo, Cuba. 7 de agosto del 2018

Fuente: Zurrón del aprendiz. Sitio propio del trovador Silvio Rodríguez Domínguez

Llego a Silvio Rodríguez —hombre de pensamiento, más que trovador— sin pretensiones de descubrirle nichos ocultos, porque ha sido uno de los grandes transparentes de la cultura cubana. Atiéndanse las letras de sus canciones y se encontrará respuestas a interrogantes de todo tipo. O si no, léanse las entrevistas (¿cientos?) que le han hecho a lo largo de una carrera que ya supera el medio siglo y encontrará mucho de lo que le ha caracterizado.

Por eso el empeño lo dirijo a hurgar un poco más allá, a través de sus sueños —cumplidos o insatisfechos—, que resultan muchas veces el motor de acciones vitales, o resultado de ellas, sobre todo para los románticos idealistas (esos que viven y mueren por una idea).

Los sueños son recurrentes en su obra. En una, Reparador de sueños, el optimismo se trasluce cuando canta “Siempre llega el enanito, con sus herramientas de aflojar los odios y apretar amores. Siempre llega el enanito, siempre oreja dentro, con afán risueño de inundar lo roto. Siempre apartando piedras de aquí, basura de allá, haciendo labor. Siempre va esta personita feliz trocando lo sucio en oro…”

Lo que quiero recabar, comienza preguntándole: ¿Cuál fue el primer sueño que recuerdas? ¿En qué contexto lo tuviste y cuánto significó para los que después vendrían?

“El primer sueño que recuerdo fue cuando vivíamos en San Antonio de los Baños, en la calle Jesús Planas. Allí, primero dormí en una cuna y cuando nació mi hermanita —yo tenía casi 4 años—, se la cedí y me pusieron en un catre a dormir en la sala. Entonces fue que tuve un sueño muy extraño: soñé que el mundo no tenía casas ni nada. Solo eran manos, brazos levantados, que se perdían de vista. Ahora me parece un cuadro de Salvador Dalí, surrealista. Lo curioso es que esos brazos me llevaban a mí… Yo me trasladaba de un lugar a otro a través de esas manos que me iban llevando. Ese fue mi primer sueño.”

Al comentarle que eso se ha ido cumpliendo, se adelanta a mi argumento al decir: “De cierto modo sí, porque los que tenemos el privilegio de estar en la superestructura de las sociedades, un poco somos levantados por los brazos de muchos. Fue un sueño, si se quiere, simbólico. Somos como una pirámide que está hecha de dolor, sufrimiento, sacrificio…”

Entonces le acoto que el sentido de mi comentario, además de ese enfoque, tenía el propósito de significar que su labor como creador le ha trasladado en los brazos de un prestigio global (y en los aplausos de muchas manos) porque —le digo— estar en la cúspide también puede significar ser reconocido por lo que se es o se ha hecho, y no como un privilegio. A ello, Silvio amplía:

“Sin duda se puede ver así, aunque en mi mente de niño era mucho más simple. Pienso que debió ser en respuesta a haberle tenido que cederle la cuna a mi hermana; y por eso quizás soñé que iba a tener una retribución enorme, inmensa, por haber tenido ese gesto.”

A continuación, el resto de las interrogantes que le presenté y sus respuestas:

El final de tu infancia y la juventud los viviste en el torbellino de una Revolución que ancló en el pecho de muchos, la mayoría de tus contemporáneos, emociones y actuaciones acordes a esos tiempos del despertar de quimeras. ¿Qué te llevó a asumirlas, cómo lo hiciste y qué lecciones te dejó?

“Ese es un tomo de mi autobiografía… (Ríe.) A mí me tocó comenzar la adolescencia con el triunfo de la Revolución. Había pasado solo un mes de cumplir los doce años cuando ello sucedió. Recuerdo perfectamente la vida anterior y, por supuesto, la posterior.

“La adolescencia fue esa década de consolidación, de contradicciones, de lucha, de supervivencia, de tensiones extraordinarias: coincidió con la transformación personal de una persona —de muchos, yo creo que a muchos le tiene que haber tocado algo parecido. Yo me hice hombre en esa primera década de la Revolución. Pasé de niño a hombre.

“Fue muy especial, porque esa revolución que también se produce en el ser humano en la etapa de la adolescencia, que no por gusto se llama así, era como vivirla por dentro y por fuera. No es un país, un estado, estable, una situación equilibrada la que yo tenía por fuera. Muchas veces también me identifiqué con las cosas urgentes y los exabruptos de la revolución y la sociedad, porque tenían que ver mucho con mis propios exabruptos, con mi propio aliento, mis propias necesidades…

“Es la década más intensa de mi vida, sin duda, desde todos los puntos de vista, inolvidable. Pero no es la única, porque la revolución maduró, pasó por varias etapas; no sólo la revolución, el mundo, porque nosotros somos un pedacito del mundo. No podemos creernos que somos el centro… porque no lo somos, como tampoco un hombre es el centro del mundo”.

¿Con qué soñabas mientras navegabas en el Playa Girón? ¿En qué medida se te cumplieron esas expectativas, cuáles se quedaron por el camino y por qué?

“Las canciones que hacía en el Playa Girón, eran como ‘Te convido a creerme cuando digo futuro’. Muchas veces uno hace las canciones para uno mismo, luego uno las proyecta a los demás y tienen X aceptación, gustan más o gustan menos, se entienden más o se entienden menos, pero sobre todo son canciones como de ese momento… Eran diálogos conmigo mismo, era todo lo que a mí se me ocurría, por lo que estaba sucediendo en general y por lo que me estaba sucediendo a mí en lo particular.

“Era muy joven, 22 años, todavía tenía el aliento de la adolescencia. A esa edad uno no se ha librado del todo de cosas del temperamento del adolescente. Soñaba con mucha intensidad en que el mundo, la realidad en la que vivíamos en el país, iba a ser mucho mejor en el futuro. Tenía más que convicción, fe, en que iba a ser así.

“Pero, como dice otro cantor, ‘la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida’. La vida nunca es exactamente como uno se la imagina. Y cuando empieza a imaginársela de acuerdo a una serie de experiencias y analogías, comparaciones a partir de las vivencias, ella se acaba.”

Y reiteró la idea en buen cubano: “Cuando uno tiene ‘un tamaño de bola’ de por dónde va la cosa, ahí mismo te dicen, apaga y vámonos”.

Madurar, máxime en condiciones a veces contradictorias, hacen posponer proyectos juveniles, transformarlos o desecharlos, al tiempo que otros ocupan su lugar. A la altura de esta época, ¿cuál es el saldo que obtienes al pasarles revista?

“El saldo es de una vida intensa y una vida esperanzada. Yo siempre he sido optimista, aunque a veces he tenido etapas o momentos de pesimismo, como cualquier ser humano, pero en general siempre he sido optimista y las cosas que canto son las que pienso, sueño, que quiero y las que no quiero —porque a veces canto sobre lo que no quiero— son cosas de las que alerto desde las limitaciones de mis puntos de vista y mis experiencias”.

(Es válido recordar en este momento uno de sus poemas musicalizados o creaciones poético-políticas como Sueño de una noche de verano, que en algunos de sus pasajes expresa: “Yo soñé con aviones que nublaban el día Justo cuando la gente más cantaba y reía. Yo soñé con aviones que entre sí se mataban destruyendo la gracia de la clara mañana. Si pienso que fui hecho para soñar el sol y para decir cosas que despierten amor… ¿Cómo es posible entonces que duerma entre saltos de angustia y horror? Y espero que mi sueño no sea mi futuro…”)

En tu repertorio el término sueños aparece en los títulos de cinco de tus composiciones. ¿Cómo se cumplen los que plasmaste en tu obra?

“Creo que todavía no sé qué es lo que va a pasar y en eso me parezco mucho al que empezó. Entonces no sabía lo que iba a pasar y todavía no sé qué va a pasar. Por eso va ser fascinante la vida que van a vivir mis hijos y los hijos de mis hijos.

“Hay una cosa que vale la pena señalar: no hay vida sin dificultades, no hay vida sin tropiezos. Ante la vida se puede tener diversas actitudes, pero básicamente dos: una positiva y otra negativa. Yo creo que vale la pena tener una positiva, esperanzada, luchadora. Eso de que “sí se puede”, aunque uno en el fondo diga ‘vamos a ver si se puede’, ayuda a los demás y ayuda a uno mismo a avanzar. Si uno está vivo, por qué bajar los brazos, para qué vas a dejar de caminar si tienes las piernas para hacerlo. En mi caso es una actitud imprescindible”.

Ya abordaste anticipadamente mis últimas interrogantes, pero insisto: ¿Con cuáles sueños estás más empeñado en realizarlos, como parte de una sociedad de la que eres inspiración —sin pretenderlo— para reflexionar, avanzar, enmendar errores y afianzar aciertos, y seguir soñando con un futuro mejor para todos?

“En mi blog Segunda Cita se manifiesta mi pensamiento positivo, proyectivo. Es mi canción de los últimos tiempos, la ópera que no pude hacer. Escribir ayuda a pensar. Llegas a puntos en que una idea se bifurca, te lleva a otras varias. Es un importante ejercicio de pensamiento, de autorreflexión. El acto de creación trasciende la intención de uno mismo. Empiezas escribiendo de una cosa y terminas haciéndolo de otra. Me pasa muchísimo. De vez en cuando publico algunas cosas en mi blog y otras las he escrito para él, motivado por su dinámica.

“Visito varias veces al día Segunda Cita, que el 9 de mayo cumple siete años de existencia, y en el cual participa gente inteligente, con diversas visiones e intereses, y publico cosas polémicas pero respetuosas”.

CODA

Muchas cosas quedan para seguir comentando, indagando y proyectando sobre el pensamiento y obra de Silvio, sin más acotaciones porque su nombre propio es suficiente para identificarlo. Otras, habladas en más de dos horas de conversación corresponden a diversos ámbitos fuera del objetivo central de esta entrevista —desde sus experiencias como alfabetizador en 1961 y el Servicio Militar hasta su aprecio por el jazz y los músicos que le han acompañado—. A todo lo largo del diálogo hubo coincidencia de criterios pero sobre todo en un punto: el motor de los revolucionarios es caminar hacia el horizonte, hacia la utopía, en cuya búsqueda se logra avanzar, aunque hayan dificultades, tropiezos, imperfecciones y cosas que combatir.

Silvio es de los que vive a través de ese combate, con las herramientas de un creador que constituye un ejemplo de lucha por sus sueños.

Fotos publicadas en Zurrón del aprendiz. Sitio propio del trovador Silvio Rodríguez Domínguez

Cuando miro tus ojos: Fayad Jamís


Fayad Jamís (1930, Zacatecas, México-1988, La Habana, Cuba) conversa con el periodista Orlando Castellanos (1930, Ciego de Ávila-1998, La Habana, Cuba)

Fuente: Transcripción del CD de la colección Palabra viva (2008) del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, en homenaje a Fayad Jamís, en el aniversario 20 de su desaparición física. (fragmento)

Pocas a veces se ha hablado ante un micrófono de mí y en mi vida y nunca he querido hacerlo. Debería decirte que, aunque no se conoce este dato, yo nací en México. La mayoría de nuestros compañeros no saben que yo nací en México porque, yo tuve, durante muchos años de mi vida, un gran complejo; un gran complejo extranjero porque mi familia me trajo de cinco años y medio de edad y de chiquito yo llamaba mucho la atención en los niños en la Habana donde vivimos en la primera etapa.

Yo nací en México y, en los años 30, en el año 36 concretamente, mis padres me trajeron a Cuba. Desde luego, yo diría que casi no tengo nada de mexicano lo que tengo de mexicano es lo que tengo de americano, de latinoamericano, de nuestra América, nada más que eso.

Y tus padres ¿eran mexicanos?

No, mi padre es un árabe, procedente del sur del Líbano, que vive en Sancti Spíritus, en la provincia de Sancti Spíritus. Es un comerciante que antes, en su país, había sido un pastor y que toda su vida fue, hasta hace poco, un comerciante.

¿Y la mamá también del Líbano?

No, mi mamá era mexicana. Cuando se casó con mi padre era estudiante. Estudiaba en un colegio religioso famoso que es el colegio de Guadalupe, enclavado en la ciudad de Guadalupe en el estado de Zacatecas, donde yo nací.

A partir de seis años es que vienes para Cuba.

Sí, de cinco años y medio.

Esto es que, tus primeros estudios los cursas aquí en Cuba.

Absolutamente. Mis primeros estudios un poco tardíamente, Mi familia, para aclararte más, vive en la Habana en varias casas. La primera de ellas en Prado; la segunda no recuerdo, pero una de ellas fue en Cepero y Moreno, cerca del actual estadio latinoamericano. En esa zona donde en aquellos años uno de mis recuerdos —o tal vez el único recuerdo— de infancia era ver pasar a Kid Chocolate por la esquina de mi casa.

 Cuando miro tus ojos (Canción)
 
Cuando miro tus ojos
veo en ellos la Patria
no puedo separarlos
de esa imagen tan clara.

Ellos son como el viento
que hace temblar las ramas

tú me miras y entonces
amanece en las Guásimas.
La lluvia se detiene
y la tojosa canta.

Quédate para siempre
en mi noche, mi lámpara
mi amor tiene en tus ojos
su alimento, su llama.
 
El viento de noviembre
golpea en la ventana,
tú duermes y yo escribo
y todo es bello amada,
el mundo, las estrellas
los campos y las fábricas.

Quédate para siempre
en mi noche, mi lámpara
que no me falte nunca
ni un día tu mirada,
que no se apague en mí
el azul de esta llama
clara como los días
que crecen en la Patria.
 

Pintura, 1957
Óleo sobre tela; 206 x 112.5 cm
Colección: 
Otras perspectivas del arte moderno (1951-1963)

Aniversario 75 de Luis Rogelio Nogueras


Wichy Nogueras, ¿cómo recordar al poeta?

Por: Víctor Casaus

En ocasión del 75 aniversario del nacimiento de Luis Rogelio Nogueras, el 16 de noviembre, publicamos esta versión de la conferencia que Víctor Casaus impartó en el año 1998 durante un homenaje al poeta cubano en Casa Silvia, Colombia.

Guillermo Rodríguez Rivera, Wichy, Víctor Casaus, Raúl Rivero, Antonio Conte, César Vallejo, Silvio Rodríguez. Fotomontaje a partir de foto tomada en el car porch de la casa de Guillermo Rodríguez Rivera.

¿Cuál va a ser entonces la poética de esta conferencia, de esta conversación? ¿Cómo recordar al poeta? Esto es importante porque yo creo mucho en que cuando los autores, los poetas, los políticos, la gente muere, hay que tener un acercamiento a su memoria que sea justo. Escribí un texto sobre eso después de la muerte de Nogueras y ahora quiero ponerlo en práctica aquí. Decía que quisiera se le recordara cómo fue, “sin mitificaciones amables ni manipulaciones castradoras. Que no se le tratara de convertir en el hombre perfecto y mucho menos en el escritor perfecto que nadie por suerte es. Mucho menos los que escriben sobre hombres y mujeres perfectos; que se recordara su defensa de la imaginación, que fue su manera de defender la cultura revolucionaria en la que estaba inmerso y de la que participó activamente, en muchos géneros y de muchas maneras; que no se lime la ironía y el humor agudo con que arremetió contra la mediocridad, el oportunismo y el dogmatismo, esos tres jinetes del apocalipsis de la mala literatura”. Así nos acercamos a este hermano.

En otros momentos también he hecho el elogio de la palabra hablada: en la palabra hablada se basaba mucho la poética de Wichy, la poética de nuestra, generación del Caimán. El Caimán Barbudo es una publicación, como muchos de ustedes conocen, creada en La Habana en 1966, fundada por nuestro grupo poético. En su primer número incluimos una declaración de principios, un manifiesto, como toda generación que se respete, que se llamó Nos pronunciamos. En síntesis, allí postulábamos verdades como ésta que compartíamos entonces: “toda palabra cabe en la poesía, ya sea carajo o corazón”. Nos inspirábamos en un viejo poeta cubano, José Z. Tallet, ya un hombre en aquellos momentos de más de 60 años, 70 quizá, de una larga vida; que había escrito un libro en los años 30, con una frase que nos pareció reveladora: “La poesía está en todas partes, más la cuestión es dar con ella“. Esa misma búsqueda se la planteó nuestra generación a través de este manifiesto y por supuesto de su poesía.

Otra propuesta, de la que Wichy participó activamente con su obra, era oponerse, al mismo tiempo, a la poesía panfletaria, que se ampara simplemente en las consignas y, a la poesía evasiva, que no quiere asumir el momento histórico y cultural que vive. Ese momento para nosotros eran los años 60, el inicio de la Revolución cubana. ¿De qué manera queríamos insertarnos en aquel proceso transformador, de qué manera se quería insertar Nogueras también? El otro postulado decía: “escribir desde la Revolución”, participando activa y críticamente en aquel acontecimiento histórico, maravilloso y terrible, y asumirlo en su complejidad, como la vida misma. Los poetas del Caimán, que integramos aquella generación, fuimos, entre otros, Luis Rogelio, Guillermo Rodríguez Rivera, Félix Contreras, Antonio Conte, Raúl Rivero, Helio Orovio, Froilán Escobar, Sigifredo Álvarez Conesa, Iván Gerardo Campanioni, Rolen Hernández y el que ahora les comenta.

Entre las temáticas que rescatábamos como nuestra estaba la visión de la infancia cercana: éramos una generación que había vivido, desde la infancia, los últimos años antes del triunfo de la Revolución y no era una generación formada ya en ese momento. En otras palabras: coincidía la formación poética con la formación humana.

Al año siguiente de iniciarse la publicación del Caimán, cuando ya era su jefe de redacción, él ganó el Premio David, creado aquel año por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) para autores inéditos. Wichy ganó aquel premio, compartido con la poetisa Lina de Feria, con Cabeza de zanahoria, un título inspirado en su propia cabellera. Allí está incluido este poema, que tiene que ver con esa visión de la infancia que he mencionado. Se llama justamente Poema:

Me despertaron aquella mañana a las seis.
Había ruido, gritos, fui
cerrando de nuevo los ojos hasta quedarme
profundamente dormido.
Soñé que dios bajaba
caramelos hasta las hojas moradas de los árboles
del parque,
En el golfo, mientras,
el Granma avanzaba
rajando la niebla.

Este texto de Wichy es importante desde el punto de vista de nuestra generación, porque es precisamente la visión que tiene un niño de los acontecimientos históricos que rodeaban su infancia: la llegada del Granma, la Revolución, la Sierra, todo aquello que culminó en el momento que nosotros estábamos viviendo en la década del 60. Creo que el poema de Wichy narra, cuenta, ejemplifica muy bien esa relación.

El jurado que lo premió, integrado por Heberto Padilla, Luis Marré y Manuel Díaz Martínez, consideró que era un cuaderno “notable por su variedad de temas dentro de su unidad formal, su manejo de elementos cultos y su original voz poética que lo distinguen entre sus compañeros de generación“.

Para nosotros fue una gran alegría: era el primer premio que ganaba nuestra generación. A él seguirían otros, en la Casa de las Américas y en otros lugares, y para Wichy fue, sin duda, un momento de reconocimiento personal grande y temprano, y creo que lo comprometió mucho con el camino de la poesía que había elegido. Digo esto, porque el poeta había comenzado a recorrer otros caminos, como el del cine, que después retomaría. Siendo muy joven había dirigido un corto de dibujos animados en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) que se llama Sueño en el parque. Es una obra muy hermosa, hecha en los años 60, y fue su primera experiencia cinematográfica. Después se iría del instituto del cine para volver años más tarde: en el momento en que murió, era jefe de redacción de la revista Cine Cubano y había escritos los guiones de varios filmes de largometraje.

Revista Cine Cubano número 114, publicadoa en 1985, dedicada a Wichy.

En el Caimán se inició su vida de escritor, la nuestra, en las páginas de aquella publicación que fundamos con pasión y donde nos jugamos nuestras primeras cartas literarias en la Cuba de los 60. Años después un compañero de generación, Guillermo Rodríguez Rivera, escribiría el prólogo a un libro póstumo de Nogueras, La forma de las cosas que vendrán, que por desgracia no se ha reeditado y está totalmente agotado. En este prólogo, un texto juguetón como el libro mismo, que está hecho de apócrifos, parodias, jodederas, Rodríguez Rivera narró, con agudeza y humor, aquella historia del Caimán, al que llamaba El Cocodrilo Azul: “Yo me hice cargo de los textos de Nogueras, y el primero de ellos fue a dar con sus metáforas a las páginas de El Cocodrilo Azul. El narrador y filósofo Joshua Jours ―se refería a Jesús Díaz, que era el director del Caimán en aquel momento― perpetró el proyecto de la revista y Nogueras y yo y Vittorio Las Casas y otro puñado de locos nos sumamos. Era el fatum, la moira, el destino, la yagua que está pa´ uno. El Cocodrilo había nacido peleón y dio sus golpes, pero también los aguantó de todos los colores. Un día, tras una espeluznante reunión, se decidió transformar al Cocodrilo ―es decir, al Caimán― en un vocero del surrealismo chileno, órgano de la poesía campesina y representante del barroco español. Nogueras, cansado y filosófico, a sus 23 años, musitó la vieja copla castellana:

Llegaron los sarracenos
y nos molieron a palos.
Que Dios protege a los malos
cuando son más que los buenos.

Ese fue el final del Caimán para nosotros, en octubre del 68. El Caimán continuó publicándose y ha pasado por momentos diversos a lo largo de estos años, a partir de aquella especie de popurrí que mencionaba Rodríguez Rivera. En sus páginas se dieron a conocer posteriormente los principales poetas de las generaciones que vendrían después, como Víctor Rodríguez Núñez, Norberto Codina, Alex Fleites, y muchos más hasta hoy.

Silvio Rodríguez, Wichy, Sergio Corrieri y Víctor Casaus.

Llegados los sarracenos, nos fuimos del Caimán, se fue Wichy también con su humor a otra parte. Hablo del humor porque es un rasgo que se hace necesario mencionar cuando se habla de Nogueras, para hacerle justicia poética e histórica. En esos años posteriores a la salida del Caimán hubo cosas muy importantes, que no tienen que ver con el humor ―aunque en el fondo el humor también estuvo presente de muchas formas. Quiero destacar, en esta etapa, la perseverancia del talento, la voluntad de no dejarse derrotar artísticamente por un revés literario o de otro tipo. Creo que su obra y su vida ―como las de otros miembros de su generación― son ejemplos felices del triunfo de la inteligencia y de la justicia poética sobre la mediocridad y otras hierbas ancilares.

Volviendo al tema del humor: en esos años, en los años posteriores, Nogueras, con Rodríguez Rivera, con Raúl Rivero, que entonces también era un practicante del humor, llenaron La Habana de epitafios: epitafios de autores vivos, de autores amigos, de nosotros mismos también. Aquellas invenciones poéticas y humorísticas, que se transmitieron solamente por vía oral (como algunos medicamentos) esperan por un compilador que las salve para la memoria de la época. Hoy recordaba algunos y los copié, para comentárselos, para ejemplificar este humor popular que no pasó a los libros. El primero se refiere a un talentoso ensayista que se llama Desiderio Navarro, amigo nuestro, ahora director de la revista Criterios. Ninguno de estos epitafios tenía una intención hostil. Ni éste ni los que veremos después. El de Desiderio decía:

El señor director del cementerio
anuncia a los visitantes de mal gusto
que dejen de orinarse sobre el busto
del notable ensayista Desiderio.

Este era uno de ellos. Recordaba otro epitafio, dedicado a un poeta, Alberto Rocasolano, que es una deliciosa transgresión contra el conservadurismo y la pacatería, dos aberraciones que detestábamos al unísono:

En sudario de fino warandol
que donó el Ministerio de Cultura
yace el poeta Rocasol
(el ano suprimiólo la censura).

Y el último, dedicado a una figura excelsa, como ustedes verán, se refería a los largos años que pasó Alejo Carpentier, como escritor y luego como diplomático, en París:

Anuncia el cementerio de La Habana
que deben apurarse para ver
el cadáver de Alejo Carpentier:
vuelve a París la próxima semana.

Quiero decir que el humor fue también para Wichy un arma de defensa durante aquellos años que ese crítico ingenioso, inteligente y profundo llamado Ambrosio Fornet denominó el quinquenio gris, y que se abrió a partir de 1971 y fue un período de baja intensidad ―por decirlo con un término actual― de la literatura cubana, producido por el intento de aplicar una política cultural cerrada, con la importación del realismo socialista soviético y otros aderezos dogmáticos nacionales, y que, felizmente, ―creo que gracias precisamente a la gente que como Wichy y otros escritores mantuvieron el talento y la inventiva y la creación por encima de estas aberraciones― no prosperó en nuestra Isla. Creo que no prosperó también por nuestro carácter. Es difícil imponer y sostener esas falsas solemnidades en medio del Caribe. El hecho más importante fue que no prosperó. Y el humor fue una forma también de defenderse y de atacar esas cosas. Y Wichy disponía para ello de tres elementos fundamentales, imprescindibles: el talento, el humor y el amor.

Del amor tengo una cita que recoge el narrador Eduardo Heras León, hablando sobre el poeta ya después de su muerte, y que da un testimonio de Wichy sobre el amor que a mí me parece muy hermoso y que, por supuesto, comparto:

“Sin amor ―decía Wichy― la vida es una gaveta vacía, y para el escritor no hay literatura sin amor, como no hay huella sin pie. Hemingway estaba convencido de que se escribe mejor cuando se ama. Yo soy de la misma opinión. Aún más, todos mis papeles arden húmedamente de amor. Me pregunto cada amanecer frente al espejo con cuanto amor comienzo la jornada, y si es poco, nunca es poco, entonces salgo a la calle y me robo el primer amor que pasa. Amo a la palabra amor y sus destellos. Amo a mi mujer mientras se peina, amo la vida y su expresión concreta, humana, palpable, la Revolución.”

Neyda Izquierdo y Wichy el día de su boda.

Esta era la expresión, digamos, “teórica” de Wichy. Hay un poema que se llama Te quiero, es un poema muy hermoso, y tiene para mí la significación especial de que asistí ―esas cosas que suceden y que son alegrías que le quedan a uno― al momento en que lo escribió en Nicaragua cuando hacíamos unos recitales juntos por allá, en el año 82, recorriendo casi medio país. Y es un poema muy tierno, donde dice por qué ama a su mujer y entonces dice que no la ama porque escriba grandes poemas, porque no escribe grandes poemas, sino escribe copias de los poemas que él escribe, que a su vez son copias de otros poetas que ya él anteriormente copió. Esa es una idea recurrente en otros de tus textos, como aquel excelente poema que se llama Eternorretornógrafo, el que describe un proceso a través del cual la literatura se ha alimentado de sí misma a través del tiempo en una especie de espiral en la que giran, época tras época, los creadores sucesivos…

Aquí está:

Te quiero no por lo que dices
porque en general hablas poco
ni por tu belleza
porque en verdad te digo
que no eres bella
de esa forma
ni por tu alegría contagiosa
porque siempre pareces triste
ni porque eres una buena madre
porque no tenemos hijos
ni por tus poemas
que son más bien pobres imitaciones de los míos
que a su vez son pobres imitaciones de otros poetas
que también imitaban a sus imitadores
te quiero porque eres limpia y decente
y porque tus dientes son blancos.

Es muy interesante, además por esa mezcla cultural, es el rescate de algo hablado: es el testimonio en inglés de un señor jamaicano o jamaiquino, como se diga, escuchado en el oriente de Cuba, cuando estábamos haciendo investigaciones allí como estudiantes. Aquel hombre le dijo a una muchacha de nuestra aula, amiga de Wichy también: me gustas mucho because you are clean and decent and because your teeth are white.

Wichy guardó aquel recuerdo desde el año 67 que lo escuchamos, hasta el año 83, cuando escribió su poema, en Nicaragua, en un contexto que no tenía nada que ver con lo que estábamos viviendo. Esa es la magia de la poesía y el poeta, ¿no?, Así apareció este poema que se llama Te quiero y que él dedicó a su esposa de entonces, Neyda Izquierdo.

Claro que había otras formas para Wichy de vivir el amor ―como para todos, pero para él de una manera muy especial y muy intensa―: el erotismo. Wichy que fue, sin duda, un gran amante. Como él confesó, salía a la calle a robarse un amor.

Entre las cosas que publicó hay muchos de esos poemas en que el amor tiene una gran presencia y una gran carnalidad, otros se publicaron póstumamente en un cuaderno que se llama Hay muchos modos de jugar en el que un grupo de amigos, ya después de su muerte recogieron estos textos hallados y los unieron con algunos dibujos suyos. Al inicio de esta colección Wichy colocó una nota al lector: “Si por alguna razón, que respeto, tienes una idea demasiado púdica, o demasiado procaz, sobre el sexo y el amor, no leas este libro, porque entonces no fue escrito para ti. Los otros pueden entrar en estas páginas con la condición de que lo hagan desnudos. Las ilustraciones fueron tomadas de diversas fuentes, ―entre ellas él mismo―. Los textos deben ser leídos como fueron escritos, bajo los efectos de una intensa excitación sexual. Este libro está dedicado a muchas personas”.

En otros poemas él puso en práctica esas experiencias, unido también a la ironía y a la autoironía. Este es un poema que a mí me gusta mucho y por eso quiero compartirlo con ustedes. Es muy breve y se llama Mirando un grabado erótico chino:

Mirando un grabado erótico chino
tú me preguntaste
que cómo era posible hacerlo de ese modo.
Lo intentamos. ¿Recuerdas? Lo intentamos.
Pero fue un fracaso.
China tiene sus arcanos.
China tiene sus secretos.
China tiene sus murallas infranqueables.

Salimos del Caimán en el 68, en el 71 se inicia ese período que ya mencioné. Wichy empieza a trabajar como operario en un taller de impresión tipográfica, después pasa a corrector en la Editorial Pueblo y Educación, y más tarde a editor en el mismo sitio; para 1976, cinco años después, escribe el guión de El brigadista, una película cubana muy popular, taquillera en el buen sentido, dirigida por Octavio Cortázar. Disfrutándose a sí mismo, como en muchas otras cosas, Wichy decía: “los biógrafos se van a buscar un problema muy grande conmigo, porque por un lado soy el hombre que hace poemas exquisitos, y por otro lado es capaz de escribir una novela policiaca ―que generalmente es considerado un género menor― o hacer una película como El brigadista”, que es prácticamente una película de aventuras para jóvenes, a partir de un tema revolucionario.

Eso es algo importante, más allá de sus bromas: que un artista pueda dominar esos matices, llegar a diferentes latitudes, con la misma eficacia. No siempre los artistas pueden compartir esas distintas tesituras. Y ese mismo año, en el 76, apoyando lo que él decía y lo que yo digo ahora, gana el premio de novela, “Aniversario del Triunfo de la Revolución”, convocado por el Ministerio del Interior, con una novela policiaca, titulada El cuarto círculo, escrita a cuatro manos con Guillermo Rodríguez Rivera. Es decir, aparecen las otras dos vertientes de su trabajo: el cine y la novela policial, en la cual va a seguir insistiendo en este periodo. Al año siguiente, en el 77, publica su segundo libro de poemas, Las quince mil vidas del caminante. Es un libro de transición, a mi modo de ver, que adelanta, sin embargo, temas que estarán en su obra futura, que estarán después en Imitación de la vida, el libro que ganará el Premio Casa de las Américas. Allí están también los primeros apócrifos, los primeros heterónimos que incorpora a su poesía. Como homenaje a su talento y a su tenacidad llamo la atención sobre este dato cronológico: este libro se publicó en el 77, diez años después de Cabeza de zanahoria. La imposibilidad de publicación durante aquel período hizo que su poesía no llegara a los lectores. Pienso que su tesón y su amor por la literatura y por otras muchas cosas hizo que siguiera escribiendo y los poemas escritos entre 1967 y 1973, aparecieron, aquí, en este volumen, como he dicho, diez años después.

Wichy y, su amigo el poeta, Guillermo Rodríguez Rivera.

Ese mismo año gana el premio “Cirilo Villaverde” de la UNEAC, con una novela que se llama Y si muero mañana. Es interesante destacar que una novela de espionaje, una novela policiaca, ganara el premio de novela, de novela a secas, de gran novela, como se le llamaría. Es decir, el género bastardo del espionaje gana compitiendo con las novelas de estirpe, con las novelas que siempre han pertenecido a un género definitivamente serio. De esta forma, creo, Wichy dignificó la literatura policial dentro de la literatura cubana. Dos años después, en el 79, escribió el segundo guión de estas películas de que hablaba, Guardafronteras, con el mismo director, Octavio Cortázar, y al año siguiente retorna al ICAIC, donde yo trabajaba desde unos años antes. Nos volvimos a encontrar en el mismo sitio de trabajo, él como jefe de redacción de Cine Cubano.

En esta revista precisamente hay un retrato, que yo quisiera leer rápidamente, escrito por otro hermano, que casualmente no perteneció al Caimán por razones geográficas, pero que compartió con nosotros muchas de estas aventuras, el arquitecto y poeta Nelson Herrera Ysla. Lo incorporo porque me parece que puede dar a ustedes una imagen vívida de esta parte ya no estrictamente literaria, sino también humana del personaje. Decía, contaba Nelson:

Eran tantos los cortes que hacía Nogueras en una conversación, que yo llegaba a creer que estaban programados o algo tal vez peor: que una script escondida en su camisa le rectificaba para que mantuviera siempre el hilo de la trama desde numerosos flash-backs, chistes al vuelo de palabras, travellings al por mayor, adivinanzas, cuartetas, epigramas, epitafios, dolly-ins. El caballero de exquisita figura, Wichy, no perdonaba una arruga en el vestir, un vocablo fuera de lugar, una salpicadura en el calzado, los espejuelos torcidos, una cita equivocada, todo pergeñado bajo el signo de la inteligencia y el oficio del buen vivir, que en ningún momento confundía con la vida fácil, superficial. Nada más ajeno a ese talento desbordado que estampó en libros delicadísimos, burladores y despiadados con la mediocridad que obstaculiza la vida mejor a la que aspiramos.

En ellos fijó un oficio maestro, defendido y sometido a toda prueba, como la del Premio Casa de las Américas 1981, cuando el jurado lo galardonó sobre la base de que hacía una contribución a la lírica castellana”.

Efectivamente, después de haber regresado al ICAIC, Wichy ganó con este libro, Imitación de la vida, el Premio Casa de las Américas de ese año, seleccionado por un jurado realmente de lujo: el argentino Juan Gelman, el mexicano José Emilio Pachecho, el cubano Fayad Jamís y el peruano Antonio Cisneros.

En el exergo de este libro, Wichy colocaba lo que era su poética en este momento, y que yo pienso que llevó hasta el final, consecuentemente hasta el final de su vida. Es una cita de Hans Arp que dice: “No invento nada, es la vida quien inventa lo que pinto. Yo oigo y copio. Leo y copio. Miro y copio. Palpo y copio. La vida se vale de mí como de un espejo”.

Con esa poética y con este libro, ganó ese premio que le valió que aquel jurado excelente, destacara que “en él se integran, de modo orgánico, los temas tradicionales de la poesía de todos los tiempos: el amor, la amistad, el coraje, la poesía misma como acto, la vida y la muerte, con la realidad concreta de nuestra hora latinoamericana”.

Creo que este fue un libro clave dentro de la literatura de Wichy. Para confirmarlo, dejemos que sea el propio poeta el que nos lo diga, y lo va a decir inmediatamente, cuando en una entrevista, para un gran periodista, Orlando Castellanos, de Radio Habana Cuba, al preguntarle sobre el libro Wichy le respondió:

“Resulta difícil contar un libro y más aún un libro de poemas. Imitación de la vida intenta ser un resumen, si cabe esta palabra hablando de poesía, de las experiencias que yo había acumulado después de Cabeza de zanahoria y Las quince mil vidas del caminante. Cuando digo resumen uso una palabra que suena un poco a contabilidad, debía haber dicho mejor summa. Creo que en este libro he logrado, y que esto se interprete con toda la modestia del mundo, algunas cosas que buscaba en libros anteriores, sobre todo desde el punto de vista formal.

Pienso que este libro agota el terreno de las investigaciones formales en las que yo he venido trabajando y creo que en él mi obra poética alcanza una culminación. A partir de este libro mi poesía ha dado un vuelco formal. Con este libro cierro un camino en la medida de mis fuerzas, de mis posibilidades, de mi imaginación, de mi talento y de mi cultura”.

Creo que era muy justa, muy exacta, la apreciación que él tenía de aquel libro. Y creo que una mirada profunda a su bibliografía lo puede revelar también. Hay una opinión sobre este volumen que yo quiero trasmitirles muy rápidamente, porque se trata de la opinión de una persona muy ilustre entonces, y ahora más ilustre aún porque acaba de ganar el Premio Nobel de Literatura, José Saramago. En una ponencia sobre la literatura cubana, durante un evento realizado en Cuba, decía que él conocía a algunos poetas cubanos, pero, para lo que él quería hacer, pedía se le permitiera que “de todos los escritores cubanos que conozco, tome hoy uno sólo y de este un sólo libro. No sé y ni quiero saber qué lugar ocupan uno y otro en la literatura cubana de estos días. Desearía hasta simular conmigo mismo un juego: imaginarme que de Cuba sólo he leído ese libro y ese autor: Imitación de la vida, de Luis Rogelio Nogueras (…) Aunque me sea forzoso declararlo, el primer poema del libro que leí no es un buen poema. No pasa de ser tal vez, la millonésima ilustración de la eterna lucha entre el ángel de la luz y el ángel de las tinieblas, entre el revolucionario Luis y el pequeño burgués Rogelio, que discuten y casi pelean, para decidir si Nogueras deberá o no darle una limosna a la mendiga ciega portuguesa que le extiende la mano”.

Como se trata de una opinión doblemente honorable, porque viene del Premio Nobel de Literatura más reciente, quiero leerles ese poema de Wichy que abre el libro, que se llama Allude a esta pobre ciega. Ayude fue escrito con doble ele, porque fue como el poeta lo leyó en el cartel que ella tenía sobre el pecho en el aeropuerto de Lisboa. El poema dice:

allude a esa pobre ciega
dice el cartel manchado que cuelga del cuello frágil de esa anciana.
El rostro martirizado permanece inmóvil,
los ojos sin vida lagrimean,
las manos huesudas parecen de madera
sobre la falda mugrienta.
Y yo pienso que debe tener mucho frío bajo esos harapos,
que la caverna de su boca desdentada
acaso nunca ha probado otra cosa que el duro y negro pan.
Y entonces el pequeño burgués salta de mi pecho
sonando unas monedas;
su blando corazón de cera comienza a derretirse de piedad.
Pero el otro que hay en mí se revuelve,
sacude al tonto burgués por las solapas,
hace volar de un manotazo las monedas,
y le grita en la cara
que sólo la revolución
podrá hacerle justicia
a esa anciana.

La aproximación y la comparación no satisfizo en aquel momento a Saramago, pero sí escribió después en homenaje a Nogueras: “ese poema “social” de primer grado, me haría apartar el libro con alguna impaciencia, si no fuese por la firme confianza que como novelista tengo, en general, de los poetas y porque sé que, desde Homero, aun los mejores tuvieron sus horas de flaqueza, sus súbitos adormecimientos ―situación ésta, inútil sería añadirlo, que comparten con los novelistas, los dramaturgos, los cuentistas, los ensayistas. El gran error del que todos, felizmente, somos participantes. (…) Fue esa confianza la que me hizo proseguir la lectura; por esa confianza me vi ampliamente recompensado: Luis Rogelio Nogueras es un poeta admirable”.

Me sumo al análisis de Saramago, y también a esta conclusión que él ha hecho.

En 1981 escribe el guion de otra película, llamada Leyenda que sería dirigida por Rogelio París, un filme que alcanzaría menor calidad estética que las anteriores.

En el 82, a partir de aquel guion, Nogueras publica una novela titulada Nosotros los sobrevivientes. Resulta interesante también destacar la mezcla de géneros y el aprovechamiento del trabajo del cine en favor de la literatura. En ese mismo año realizamos el recorrido por Nicaragua del que les hablaba hace unos momentos, una de las experiencias más hermosas en esa labor de compartir la poesía ante gentes de diversos lugares del mundo. En el 82 y el año siguiente trabajamos juntos en Que levante la mano la guitarra, un libro testimonial sobre Silvio que derivó en el documental del mismo nombre para el que Wichy escribió el guion.

En el 83 publica El último caso del inspector, su próximo libro de poemas. Ahí vemos nuevamente la relación entre dos géneros: la poesía y la novela policiaca, en este caso a partir del propio título. Precisamente, el poema El último caso del inspector, está precedido, como todos los demás, por una biografía apócrifa de su autor: ya en este libro Wichy ha asumido plenamente el uso del heterónimo, el texto supuestamente ajeno. Según él, este poema fue escrito por un señor llamado Joe Bell, amigo de Arthur Conan Doyle, y hay toda una historia policiaca detrás de eso. Pero el poema en sí mismo, a partir de esta referencia, es también, sin duda, excelente por su economía de medios, su capacidad expresiva y su sentido cinematográfico.

El lugar del crimen
no es aún el lugar del crimen:
es sólo un cuarto en penumbras
donde dos sombras desnudas se besan.
El asesino
no es aún el asesino:
es sólo un hombre cansado
que va llegando a su casa un día
antes de lo previsto,
después de un largo viaje.
La víctima
no es aún la víctima:
es sólo una mujer ardiendo
en otros brazos.
El testigo de excepción
no es aún el testigo de excepción:
es sólo un inspector osado
que goza de la mujer del prójimo
sobre el lecho del prójimo.
El arma del crimen
no es aún el arma del crimen:
es sólo una lámpara de bronce, apagada,
tranquila, inocente
sobre una mesa de caoba.

Esa reconstrucción cinematográfica siempre me ha encantado. Entre el 84 y el 85 Wichy continúa otra faceta de su vida que no he mencionado que es la de eterno viajero. Y a partir de su trabajo cinematográfico, asiste a los festivales de cine, a los lanzamientos de estas novelas policiacas que fueron muy exitosas, también en Europa, editadas en España, Alemania, en Suecia y otros países; hizo una de las cosas que más le alegraban en su vida, viajar, conocer, fue un gran cosmopolita, yo pienso, enraizado en las cosas de la Isla, pero ansioso de conocer otros sitios y a partir de ahí salió otra parte de su poesía que yo voy, por supuesto a mencionar aquí. Y refiriéndose a estos temas, quiero leer este fragmento breve de una carta que me envió, cuando yo estaba preparando la película de la cual habíamos hecho juntos el guion, Como la vida misma, y me la mandó al Escambray, unas montañas que están al centro de la Isla, y, allí me contaba:

El día 14 de noviembre salgo para Francia-Madrid, a un festival festivalero, lanzamiento en Madrid de la edición Bruguera de la novela Y si muero mañana. Estaré de regreso alrededor del 2 de diciembre. Estaré en el Festival de La Habana, dura 11 días este año, en la primera quincena de diciembre. Hay más filmes que el año pasado y vienen más cineastas y el dancing singing post coitum tendrá lugar en El Parisién (que es un salón de baile del Hotel Nacional), con lo cual se amplía el salón y se reduce el repello, pero algo ganamos. Entre el Festival de Ballet, el Mundial de Pelota y el regreso de Les Luthiers ―estaban en La Habana en ese momento― La Habana parece una ciudad de más de un millón de espectadores, según las estadísticas. Al punto que ya yo no sé si correr hacia primera, tirarme una bailarina o cantar con el maestro Mastropiero aquella tonada que dice: “Papa barata, batata tirá”. La semana de cine italiano tuvo lo suyo, en particular Enrique IV y Bailando bailando. El resto no vale un poema de … escrito por… sobre una idea de…

El lector, escribí yo entonces, puede llenar los espacios en blanco con los nombres y apellidos que considere apropiados, y que eran poetas, o creían ser poetas en aquellos tiempos y veremos como algunos coinciden con los que Wichy escribió.

Ya en ese momento Wichy estaba enfermo. No sabía todavía que era la enfermedad que finalmente lo mataría tan joven en el año 1985, y escribía una novela que ha quedado inconclusa ―se va a publicar próximamente―, que él tituló Encicloferia o también Las manos vacías, que espero pueda aparecer el año próximo en La Habana y estaba escribiendo este libro al que ya me referí, que se llama La forma de las cosas que vendrán, donde toda esta búsqueda formal de su poesía, había llegado ya a un punto, en el que por ello, la muerte en este caso es doblemente absurda y doblemente cruel. Creo que se abría un horizonte poético para su creación enorme, que hubiera llegado con una fuerza tremenda hasta nuestros días.

Murió el 6 de julio de 1985, hubo homenajes múltiples, después, como no los ha habido con otro poeta cubano. Yo creo que eso es una medida, no solo de la calidad de su poesía, sino de su personalidad y del cariño y del amor y la amistad que despertaba entre la gente que le rodeaba. El Caimán Barbudo, aquella publicación que fundamos algún día le dedicó un número especial muy hermoso, del cual yo he citado aquí algunos de estos textos y la revista Cine Cubano, de la que él fue jefe de redacción. También se hizo esta edición póstuma de Las formas de las cosas que vendrán. Se editó después Las palabras vuelven, que le da el título a esta conferencia. Y en nuestro Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, hicimos la exposición Mirar al Rojo, donde evocamos todas estas cosas, con documentales, con imágenes, en el décimo aniversario de su muerte.

Y aquí, de pronto, en esta sala y estos patios de la Casa Silva ha reaparecido el poeta, traído de la memoria y el recuerdo, pero sobre todo de su voz, llenando este santuario de la poesía. Aquí quedarán algunos de sus libros en la biblioteca. Aquí quedarán algunas de sus imágenes en los archivos. Aquí quedará su voz en la fonoteca, la misma voz con que ahora se despide por el momento, sólo por el momento, el poeta Luis Rogelio Nogueras, Wichy el Rojo, hermanito de la palabra y de la vida.

Hijo de Félix Contreras, Víctor Casaus, Silvio Rodríguez, Wichy, Félix Contreras, Sara Vega, Alquimia Peña, en San Agustín.