En la biblioteca


Levantas la vista del libro, abandonando por un instante
los teoremas, y me miras.
Me miras, pero no me ves.
Tus ojos
recorren el salón repleto de lectores esta vulgar mañana
de un martes.
Esperas a alguien.
Eso se adivina en la forma en que muerdes el lápiz, en cómo cruzas
y descruzas las piernas, en el ansia con que vuelves la cara una
y otra vez hacia la puerta mientras te arreglas el pelo.
Esperas.
Y, al fin, él llega. Camina hacia ti. Se sienta. Tu corazón late más
de prisa.
Te quedas un segundo sin aliento.
Y todo (lectores, bibliotecarios, y hasta los libros, y aún el polvo
acumulado sobre los incunables) desaparece
Y fugazmente —tan fugazmente— toma tus manos, y tus ojos y sus
ojos se miran hasta el fondo de las jóvenes y puras vidas.
Y ahí permanecerán, libres en el viento de esa edad que les
pertenece por entero.
Sinceramente, hermanos menores, les deseo los más hermosos
teoremas de amor.

 

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