Ver Roma y después vivir*


Roma, 6 de junio de 1984
Queridos compañeros:
Ver Roma y después morir… ¿Quién no escuchó la frase alguna vez? Tito Livio asegura que fue acuñada por el mismísimo Rómulo; pero como Tito Livio es responsable de una buena parte de los errores históricos que han llegado hasta nosotros acerca de los orígenes de Roma, mejor le creemos al más prudente Suetonio, quien se la atribuye, no a Rómulo ni a ninguno de los césares, sino al pueblo. De cualquier modo, ese slogan publicitario anda rondando de boca en boca hace unos veinte siglos, que no es jarana.

Y ahora yo estoy en Roma, pero con muchas ganas de vivir. Son las once de la mañana de un espléndido día de junio. El caffelatte que bebo a sorbos lentos en uno de los elegantes aires libres de Vía Veneto me ha costado casi tanto como regalarle a Nastasia Kinski la mejor joya de la colección Borgia. No es que Roma sea muy cara —es cara a secas—, sino que Vía Veneto se ha convertido desde hace años en tópica Meca del jet set internacional, vaya usted a saber por qué. En una mesa vecina tres jóvenes vestales romanas saborean helados multicolores a riesgo de perder la línea. Una de ellas es dueña y señora —como dice Taine a propósito de la estatua de Mesalina que hay en el Capitolio— de una vaga sonrisa dulzona «que duele»; otra se parece a Hanna Schygula (a quien, por cierto, acabo de ver en Historia de Piera); la tercera es una versión moderna de la Sibila: como si la modelo de Miguel Ángel hubiese sido captada por el lente del heredero ágrafo de Carroll, David Hamilton.
Hace media hora compré en una pequeña librería de Plaza Venecia el último libro de Sciascia, Sthendhal e la Sicilia, y el Joyce de Eco (que de semiólogo ha pasado a ser el novelista más leído de Europa en 1984 con El nombre de la rosa, un thriller erudito a medio camino entre Conan Doyle y Carlo Emilio Gadda).
De siete a nueve, hombro con hombro con el cineasta Oscar Valdés (para quien las tres obras maestras de la cultura artística humana son La Ilíada, Tristán e Isolda y Caracortada de Hawks) hice a pie el mismo camino de los últimos tres días: bordeando el Tíber hasta el Circo Máximo; remontando el Palatino para desembocar en el Coliseo; de ahí, en línea recta, o casi, en la dirección del horrible monumento a Víctor Manuel —la «máquina de escribir», como le llaman los italianos con ese proverbial sentido del humor, porque tal cosa es lo que parece la mole de mármol y bronce. Unos quince kilómetros. Pero no estoy cansado. ¿Cuál de los treinta mil dioses que alberga el panteón romano me ha ayudado a vencer la fatiga? El dios Curiosidad, estoy seguro, que tiene tantos ojos como Argos y corre más que Pietro Mennea.
El domingo Oscar y yo recorrimos, en el pequeño auto de Fernando Birri (con Luciano al timón) la Vía Apia. Fue una suerte contar con un guía como Don Fernando, argentino de Roma, mitad Virgilio, mitad Martín Fierro. Vía Apia, la regina viarum, acaso la calle más famosa del mundo, a cuyos flancos están sepultadas más de cuarenta generaciones de patricios ilustres; Vía Apia, con el Lacio al fondo, de un suave morado en el atardecer, como lo vieron los ojos de Ovidio; Vía Apia, donde fueron crucificados, desde Capua a Roma, Espartaco y seis mil de sus hombres por órdenes de Pompeyo.
Todas las ciudades tienen sus mitos. De las ciudades que me ha sido dado conocer —unas cincuenta, de dieciséis países— ninguna escapa a esta definición. ¿Y entonces Roma? ¿Hay alguna ciudad que atesore, para el peregrino, una mitología mayor? Los mitos de Roma se entrecruzan en un desconcertante concierto de veintisiete siglos: el Aventino, Silvana Mangano, el foro de Cicerón (Marco Aurelio, Petronio), Mamma Roma, la Fontana di Trevi (con Anita Ekberg dentro bajo la mirada burlona de Fellini), el Moisés, las pesadillas de Chirico, la prosa de César y la de Tasso (y también ¡niños del mundo!, la de Collodi y la de Edmundo de Amicis), la jerigonza de los fummetti, San Pedro (con obras de más de cuarenta grandes artistas del Renacimiento), Toto, los futuristas, Gianni Morandi, Verga, la ópera (de Monteverdi a Menotti), el neorrealismo… Horacio y Píndaro y Catulo y esa Claudia de todos, la Cardinale…
Sí: Roma es muchas cosas; más, incluso, de las que enorgullecen o irritan a los romanos, porque Roma se desborda a sí misma. Ver Roma, ¿y después morir? ¿Y por qué morir, si todos los caminos conducen a Roma?

* Publicado en Revolución y Cultura [La Habana], no. 10, octubre de 1984, pp. 68-69.

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