Con el Rojo


Victoriano:
Recibí hoy 18 tu carta, pero ni vi a Núñez, ni sé quien es —me dejó el sobre sobre mi mesa, valga la redundancia—.  De todos modos, cuando termine de prosarte estas líneas iré a producción para ver si, como diría —feliz— Contreras, me “dan razón” del enigmático mensajero.
Así empezaba la carta y llegó estrujada al Hanabanilla, donde filmábamos Sobre la marcha. Venía en el paquete de la correspondencia para la gente de la película y llevaba esta dirección que delataba, en su humor, al remitente: Víctor Casaus Escambray (presumiblemente en la banda de Cheíto León).
La fecha es octubre del 84. De modo que fue ayer. Por eso no puede uno sentarse y escribir un artículo de recordación, así como si nada, para/por/sobre Wichy.  Pero si estamos hablando todavía. Si todavía suena el teléfono y se oye su voz, como en las cien mil llamadas anteriores: “Niño, isuéltala!, esa clave que no quería decir nada y lo quería decir todo. O, si era yo el que llamaba: “Niño (o Rojo, o Noruegas)  ¡despiértala!” Nunca nos dijimos qué había que soltar, despertar,  afincar, despetroncar, desmenuzar, o cualquiera de los cientos de verbos que poníamos después del vocativo, del cariño. Pero nos hablábamos de miles de cosas: películas, proyectos, sueños, pesadiIlas, libros que fueron o no fueron, que sedan, que estaban siendo;  historias sentimentales que él se negarba a llamar sentimentales: análisis de acontecimientos o de actitudes; buceos en la rémora de los rumores; y la despedida que era la continuación: “Bueno, yo te llamo o tú me llamas, nos llamamos”.
Nos llamamos, Niño, nos llamamos.
Me alegra mucho que la cosa marche, a pesar de que esto no es Hollywood o Cinecitta, ni yo soy Howard Lawfon ,ni tú eres Pudovkin o Jesús Díaz; la suerte está con nosotros, a dios gracias (…) El llamado mundillo cultural se mantiene en sus 13, por momentos baja a 12. Sin embargo, el Ministerio ha desplegado una intensa actividad (como seguramente viste en la prensa) alrdedor de la jomada de la cultura cubana. Tú  y yo estuvimos anunciados para un recital en el Parque de los Cabezones, pero ninguno de los dos pudimos asistir (…) . La noticia más sensacional del periodo (o quizás del año) es que a Willy Rivera lo van a hacer jefe del departamento de literatura de la Facultad. ¡Así anda la universidad! Él tiene una retraída contentura con el asunto, y, según me dijo,  planes. Ojalá que no sean de machete.

Pero si estamos hablando todavía. Si todavía estás pasando por el filo de tu humor, cariñosamente, a los hermanos. Y por el filo de tu humor, a secas, a los enemigos. Si todavía estamos enfrascados en los debates sobre el guión de la película. Si todavía estamos ahí, imperfectos, enfrentándonos, discutiendo. Sacando las mismas chispas de 1966, en las reuniones del Caimán. Qué bueno que hay chispas, porque hay fuego.
¿Cómo va entonces uno a preparar un artículo de recordación de esos que escriben algunos gacetilleros oportunos sobre cualquier figura que triunfa o que muere? ¿Cómo repetir una hilera de adjetivos programados, de esos que tanto te divertían y que luego pasaban, carcajeándose, a las parodias y a las coplas y a los epitafios que dedicaste a diestra y a siniestra?

Pero si estamos hablando todavía.
Estas ahí, comentando regocijado una y otra vez qué dirán los biógrafos, en el futuro de tu obra. El hombre que escribió estos poemas exquisitos, llenos de referencias y raices cultísimas pergeñó al mismo tiempo decías esas novelas policíacas de tiradas masivas  y escribió los guiones de películas capaces de meter un millón de espectadores en nuestras salas. Te divertías con esa dicotomía que era, en el fondo, unidad.
Porque en el cine comenzaste con una obra que se parece a esos poemas : aquel dibujo animado que dirigiste a principios de los sesenta, que se llama Sueño en el parque, que apareció una vez en la portada de CINE CUBANO y que es tu prehistoria como cineasta, tus dibujos en las cuevas de Altamira, Rojo.

Cuando regresaste, quince años después, al ICAIC, pocos compañeros lograban reconocerte en el muchachito que está en aquella foto, azorado, mirando a la cámara, flaco, aprendiz de camarógrafo y pecoso, haciendo las guardias de milicia en el Río Almendares. Regresabas, poeta destacado, novelista famoso a escribir para el cine y a trabajar, en la jefatura de redacción de la revista y, sobre todo, a participar en el movimiento artístico que el cine cubano había fundado, desarrollado y defendido con audacia e inteligencia durante tantos años.
Por eso viniste. Por eso vinimos. Y aquí pusiste tu imaginación y tu talento en los guiones de El brigadista y Guardafronteras, películas que tanto te deben, y de Leyenda, tan accidentada en su realización y de la que saldría volando después, como ave fénix literario, tu novela Nosotros, los sobrevivientes; y, por último el guión de Sobre la marcha, que ahora espera Como la vida misma el encuentro con su público. Con tu público, Rojo.
El día 14 de noviembre salgo para Francia-Madrid, a un festival festivalero y al lanzamiento (en Madrid) de la edición Bruguera de Y si muero… Estaré de regreso alrededor del 2 ó 3 de diciembre. Este año el Festival (de La Habana) dura 11 días, en la primera quincena de diciembre. Hay más filmes que el año pasado y vienen más cineastas y el dancing-singüin-post-coitum tendrá lugar en el Parisién. Se amplía el salón y se reduce el repello, pero algo ganamos. Entre el Festival de Ballet, el mundial de pelota y el regreso de Les Luthiers, la Habana parece una ciudad de más de un millón de espectadores, según las estadísticas. Al punto que ya no sé si correr hacia primera, tirarme una bailarina o cantar con el maestro Mastropiero aquella tonada que dice: “Papa barata batata dirán …” La semana de cine italiano tuvo lo suyo, en particular Enrique IV y Bailando, bailando … El resto no vale un poema de __________ escrito por_____________ sobre una idea de______________.

El lector puede llenar los espacios en blanco con los nombres y apellidos que considere apropiados (y veremos seguramente cómo algunos coinciden con los que Wichy escribió), pero yo quiero referirme a lo anterior, a su trabajo.
Pero si, todavía estamos planeando hacer un plegable con esos poemas, organizar una lectura no sé dónde, preparar un recital con Guillermo para darle la bienvenida a Fayad que siempre ha tenido cariño y confianza de hermano mayor para nosotros. Si todavía admiro y me complazco y me sonrío, con esa actividad incesante que despliega Wichy, activista y animador cultural (dos títulos que lo hubieran hecho, a su vez, sonrojar y sonreir), siempre a punto de sacar una’ hoja de papel y hacer una lista de nombres para un posible recital, para una hipotética antología, Si todavía está ahí, encerrándose semanas enteras en su cuartico de O’Farrill para entregar una novela que tiene comprometida con la editorial.

Si está saliendo ahora mismo, obsesivamente pulcro, despiadamente elegante, para azotar cualquier amor posible y llevarlo a un hotel de buena muerte y llenar la tarjeta de huésped con el nombre (¿ficticio? ¿real?) de Dulce Amada Nogueras.
En sus libros de poesía, en sus papeles inéditos, están frescas las huellas de su trabajo, de esa lucha incensante con la palabra: la misma palabra que magia de misma y de la imaginación de su dueño servía con identical eficacia para el diálogo coloquial de un filme o para la compleja estructura de un poema. Los dos lados de la misma moneda que Wichy lanzaba al aire, como jugando.
En un rincón de su cuarto se alinean los frutos de ese aparente juego, de su trabajo: los guiones encuadernados, las multiples ediciones nacionales y extranjeras de sus novelas y, más finos más agudos, los volúmenes de su poesía, que armó con entusiasmo y paciencia, armado a su vez de una confianza que debe ser ejemplo para muchos.
Escribió su poesía, su imitación de la vida, y para probar que era eso y más la puso a prueba en los recitales públicos, ya fuera en los teatros de La Habana o en los campos de Nicaragua. Precedido por un trovador cubano o por un grupo folklórico del Ejército Popular Sandinista. Llevado al recital por un taxi o por un camion camuflado. Igualmente nervioso ante esos públicos distintos que eran, en realidad, el mismo.  Por eso se le extraviaron los poemas en la Cinemateca, en marzo del 83, en el 24 Aniversario del ICAIC, y subió al escenario a descifrar sus propios, recientísimos garabatos y a recibir el mismo cariñoso aplauso de la gente por ese poema, todavía inédito, que dedicó a Pablito. Por todas esas cosas, por esa confianza interminable en la palabra y en los hechos, organizó a punta de huevo, como dicen los nicaraguenses, aquella exposición que acompañó al recital Para vivir en la Casa de las Américas, junto a Silvio y a Pablo.
Por todo eso, valen, valdrán siempre, los documentos y los libros y las películas que firmamos juntos y las veces que acertamos o nos equivocamos juntos.
Bueno, hermano, nada más por ahora. Fuerza y destreza. Lee con ahinco mi artículo sobre semiótica del cine, que siempre algo va a pegársete. Felicidades atrasadas por el premio de la crítica.
Un abrazo,
Wichy
Se acabó la carta.
La conversación sigue.
Un abrazo, Rojo.
Víctor Casaus (Revista Cine cubano, número 114, página 23,  Julio 1985)

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