Los quince mil planos de una vida


Eran tantos los cortes que hacía Nogueras en una conversación que yo llegaba a creer que estaban programados o algo tal vez peor: que una script escondida en su camisa le rectificaba para que mantuviera siempre el hilo de la trama después de numerosos flash backs, chistes al vuelo de palabras, travellings al por mayor, adivinanzas, cuartetas y epigramas, dolly-in, epitafios.
El caballero de exquisita figura no perdonaba una arruga en el vestir, un vocablo fuera de lugar, una salpicadura en el calzado, los espejuelos torcidos, una cita equivocada: todo pergeñado bajo el signo de la inteligencia y el oficio del buen vivir, que en ningún momento confundía con la vida fácil, superficial.  Nada más ajeno a ese talento desbordado que estampó en libros delicadísimos, burladores y despiadados con la mediocridad que obstaculiza la vida mejor que aspiramos. En ellos fijó un oficio maestro, defendido y sometido a toda prueba, como a la del Premio Casa de las Américas, 1981,  cuando el jurado lo galardonó sobre la base de que hacía una contribución a la lírica castellana.

Tal contribución fue su modesto y extraordinario aporte a la literatura revolucionaria, a la cultura surgida en el socialismo una obra antes que todo magnífica, eficaz, lúcida, clara, valiente, de profunda belleza y plasticidad. “Otros poetas nos ofrecen un rostro más sereno, más fuerte, aparecen un poco como santos…” escribía Paul Eluard. Nogueras, sin embargo, aparece como un diablo. Un diablo metido en el cuerpo de nosotros para intranquilizarnos, empujarnos hacia los bordes, obligarnos a mirar el rostro de lo feo, de la mala literature o el filme insuficiente e iluminar desde allí la calle, la habitación, la cuartilla que escribimos, el plano que comienza a rodar. Un diablo de la imagen cinematográfica, como cuando contaba el último filme que le había impresionado en no sé qué Festival.
Nada escapaba al ojo y al oído atentos, listos para relacionar entre sí un libro, un cuadro, una secuencia, una canción. Sería difícil marcar el límite exacto de su secreta pasión: de la literatura al cine brincaba en salto mortal. El fotograma y la palabra más simple lo sorprendían a ratos, lo enredaban en la conversación: quería ser un personaje de varios filmes, de su propia poesía o narrativa. Se nutría de ambas expresiones artísticas más que de carne y vegetales. Vivía en estado cinematográfico, en estado literario, que es decir en estado de creación (algunas de sus últimas dolencias -me confesó una tarde en su casa de la Vlbora- las había asimilado con extrema conciencia para poder llevarlas un día a la literatura o al cine: hasta ahí su fe en el hecho creador).
Tuvo nostalgias, sueños pavorosos, iluminaciones y alucinaciones, miedo a no alcanzar el pie de la perfección, modelos terribles y hermosos, alegría de su época, respeto por la Historia, sed y hambre de saber más, sentido de la justicia. Pero no fue un héroe ni una víctima sino un hombre sencillo, mucho más sencillo de la cuenta.

Como su inmenso talento no andaba solo, hizo del ingenio la mejor compañía: esa capacidad del espíritu humano para inventar, esa maña, ese artificio que no lo abandonaban ni en la hora del almuerzo. Poesía para leerse en un espejo, libro con hojas en blanco, revistas literarias con sonido y más giraban en su cabeza de zanahoria durante el día y la noche, sobre todo si hacíamos abundante café. Ingenio empeñado en ser imitación de la vida, la que creía suprema invención del hombre.
Su obra, vista desde las profundidades y cauces que las sustentan, no es otra cosa que remedo, fingimiento, eco, calco, simulación, parodia de la vida. ¿Acaso no es la poesía –valga repetirlo una vez más la más grande prueba de la existencia del hombre sobre la tierra? De los libros bebía Nogueras hasta emborracharse, hasta perder el equilibrio de su existencia para dar al pie con otra, a la manera de aquel pintor que, maravillado ante el paisaje pintado en la tela, decide entrar y echar a andar a través de la imagen perfecta.
Para expresar un conjunto finito de vivencias (enlaces y desenlaces amorosos, la amistad, la guerra amenazante sobre Cuba y palpable en la nueva Nicaragua, las dificultades y aciertos del proceso de construcción socialista, la lucha ideológica) Nogueras se valió de su experiencia no menos humana literaria. Fundió los diversos cuadros de la realidad en un único y sólido plano de casi 40 años de duración. A los 15 realizó un corto de ficción en Caracas con una vieja camarita de 8 milímetros. Un argumento en el que apuntaban las claves de su obra narrativa posterior y signos, aunque débiles, de futuros guiones (El brigadista, Guardafronteras, Leyenda). 

Hubiera querido, ahora con pleno dominio de su profesión, hacer una película, y otra, y otra más. Ideas le sobraban, en espiral constante, dirigidas hacia una especie de Summa cinematográfica: poesía, amigos, chistes, recuerdos de familia, documentos históricos, una anécdota simple que contar, música,  persecuciones a granel, gags interminables, en fin, todo, para alimentar el fuego de la creación y de la vida.
Por momentos hablaba con entusiasmo místico de los hermanos Marx, Woody Allen, Mel Brooks, Les Luthiers, James Joyce, Miguel de Cervantes, Lewis Caroll, Charles Chaplin,  Steven Spielberg, Federico Fellini, la gran obra, decía, el gran espectáculo.

La literatura cubana de la Revolución -porque en ella y por ella produjo toda su óbra- tiene en Nogueras una página de esplendor. Sus libros, pendientes de estudios en nuestro país, gozan en el extranjero del favor merecido de críticas y ensayistas y se realizan sobre ellos tesis y trabajos de diplomas en montones de universidades. Las ediciones de sus novelas,  en varios países, se acercan a la decena. El cine cubano, y el público para el que soñó y trabajó sin descanso, participó de su labor eficaz como guionista en filmes que gustaron en su momento y que se mantienen como favoritos.

¿Qué más pedirle a sus escasos años? Lo que no vamos a perdonarle nunca sus amigos, sus hermanos de toda la vida, aquellos que trabajaron con él en estos incansables años, los que lo conocieron solamente a través de revistas y periódicos, filmes y televisión, es que haya muerto, que nos haya dejado solos, tan violentamente solos y tristes, con el diablo de su vida metido en nuestras vidas.
Nelson Herrera Ysla

Revista Cine Cubano, Julio 1985

 

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