A veces tocaban más o menos temprano a la puerta negra


A veces tocaban más o menos temprano a la puerta negra, la del 4 al revés en el segundo piso, y cuando abría era aquel amigo alto, pálido y pelirrojo como un británico, vestido y peinado cuidadosamente, que portaba un maletín con cerrojos de donde salían cuartillas, casetes de música o de betamax, libros hechos o medio hechos, aspirinas, servilletas de papel y fotos propias que de pronto te dedicaba. Lo más curioso de todo era el pomito mediado de café que invariablemente extraía de aquella suerte de sombrero de copa y la naturalidad con que pedía un vaso para bebérselo. Siempre tenía la delicadeza de brindar, pero yo sabía que aquella era su decorosa manera, no exenta de patetismo, de hacer que me fuera a la cocina y desde allí vociferara: «No te tomes esa mierda, que voy a colar.» Inmediatamente asomaba la cabeza y me decía: «Flaco, pero este está bueno todavía.» Yo generalmente no contestaba, dando por sentado que aquello era parte de un libreto, pero otras veces, cuando estaba cabrón por la falta de sueño, le decía: «Perfecto, suénate tú la mierda esa, que yo me tomo el que voy a hacer.»

Una de las últimas veces que efectuamos aquella danza barroca y matutina, me vino a proponer el papel principal en una película a cuyo guión le estaba dando taller. Le dije que a mí me hubiera gustado poder actuar, pero que estaba visto que las musas histriónicas no se me daban. Pareció no escucharme y ripostó que alguien quería llamar a Rubén Blades, pero que él pensaba que el papel era perfecto para mí. Recuerdo que yo trataba de salir del sopor en el que me encontraba después de una noche sin pegar un ojo y que me tragaba buches de café amargo, mientras mi amigo alto y pálido como un inglés —pero con labia de cubano— me prometía que aquella historia era un fenómeno. Se trataba de un cantautor famoso que había tenido miles de jebitas de todos los tamaños y colores, con las que había jugado a su antojo porque ninguna le había llegado a donde había que llegarle a un hombre.
Cuando el cantautor, después de pasar por un rosario impresionante de mujeres, llegaba a la madurez y se sentía solo y agotado, se encontraba con un titi, una adolescente fresca y delirante que se lo bailaba olímpicamente y luego hacía una muesca en el cabo de su pistola. El final era el cantautor desolado, cayéndole atrás a la vampiresa primaveral, la que, además, le cantaba una canción de él mismo, justo la que él solía usar para levantar niñas.

Cuando mi amigo terminó la historia de lo que parecía ser la próxima superproducción del ICAIC, yo estaba lo suficientemente despierto como para decirle: «Y ¿por qué en vez de con un cantautor no hacen esa película con un joven poeta?» Se quedó un instante mirándome muy serio y acto seguido empezó a emitir aquel sonido parecido a kej kej kej (con la e muy corta) que usaba para carcajearse.

No recuerdo exactamente cuándo y dónde lo conocí. Sé que estuvo en Teresita y Nosotros porque Casaus lo cuenta, pero yo no lo recuerdo de entonces. Entre las primeras veces que nos vimos distingo entre brumas una noche en una librería que había en los bajos del Habana Libre, donde se le daban los toques finales a una muestra de algo. Otra de esas primeras veces lo recuerdo haciéndome preguntas en un cubículo de la redacción de Juventud Rebelde para una entrevista. Entonces me acababa de desmovilizar y mi futuro amigo alto, pálido y pelirrojo como un irlandés, me preguntaba qué poesía había leído, a lo que yo le contesté que La semilla estéril y El oscuro esplendor, que se acababa de publicar. Lo cierto es que a este amigo primero lo identifiqué de oídas y de leídas, porque había ganado el premio David de poesía y los socios comunes que teníamos, como Guillermo y Víctor, decían que era buen poeta. Así que creo que antes de ubicar al autor escuché hablar de él y ojeé su primer libro, del que recuerdo todavía los poemas que más «me tocaron». Estaba aquel llamado «Kodak 120», en el que la madre, gracias al milagro de una foto, pasa la eternidad planchando creo que una camisa a cuadros. Estaba otro muy ingenioso, escrito en algo así como castellano antiguo, que narraba las cuitas de un abate llamado Asparagus. Estos versos dieron lugar a que algunos amigos le llamaran a su libro Cabeza de Espárrago y, al cura del poema, el abate Zanahoria. El tercer poema que recuerdo es «El entierro del poeta», y creo que este fue el que mejor me cayó de todos. Revelaba una deuda común con Vallejo, con la diferencia de que ni entonces ni nunca logré encontrar una manera tan hermosa de agradecerle al cholo los nutrientes.

Con posibles reminiscencias de aquel poema como un culto iniciático —así como de otros que vive, inventa y escribe Luis Rogelio Nogueras—, esta canción es lo que, hasta hoy, consigo expresar sobre el hermano tan querido.

“La tonada inasible”
 
                                              Ama al cisne salvaje
                                                  Luis Rogelio Nogueras
 
Hace quince segundos
que se murió el poeta
y hace quince siglos
que notamos su ausencia.
Creíamos entonces
que estábamos de vuelta,
cuando faltaba tanto
de ausencia y de poeta.
 
Hace quince milenios
se nos fugó el poeta
dejándonos sus viudas
y su niñita eterna.
Brindemos por su verbo,
por su roja cabeza,
hermanos de la sangre
vertida del poeta.
 
Por él sus adversarios
no olvidan, mas celebran,
y por él sus amigos,
como quiera que hoy sean,
se juntan nuevamente
por sobre sus miserias,
convocando a este muerto
de la salud perfecta.
 
Hace quince silencios
y otras muchas tristezas
quién sabe qué diría
su voz de inteligencia.
Por eso un cisne canta,
prófugo en la floresta,
la tonada inasible
que despertó el poeta.
 
Silvio Rodríguez

(texto tomado del libro “De nube en nube”, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, 2003)

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