En la medida de lo humano


Entrevista a Luis Rogelio Nogueras

Por Emilio Bejel

Luis Rogelio Nogueras, muerto en 1985, concedió cinco años antes esta entrevista a Emilio Bejel, en la cual se hallan juicios novedosos del autor de Cabeza de zanahoria. “En la medida de lo humano” forma parte de un libro en preparación.

¿Podríamos comenzar con un itinerario de tu vida intelectual?

Publiqué mis primeros textos en El Caimán Barbudo, suplemento literario del cual fui fundador, junto con Guillermo Rodríguez Rivera, Víctor Casaus, Jesús Díaz y otros compañeros. Ahí aparecieron mis primeros poemas entre abril y diciembre de 1966. En mayo del 67 la Unión de Escritores y Artistas convocó por primera vez al Premio David, para jóvenes escritores. Envié mi libro Cabeza de zanahoria, que obtuvo el primer lugar. Ese premio ha ido dando a conocer a otros autores también, como Raúl Rivero en poesía, Eduardo Heras León en narrativa, y otros más. El título del libro viene de una célebre novela francesa; y como yo tengo el pelo rojo, me decían así de chiquito. Es un libro, el mío, que intentaba, como casi todo primer libro, saldar una especie de deuda con la infancia, pero no era exactamente sobre la infancia, sino más bien un libro de formación, emotivo, sobre aspectos de la infancia. Asomaban en él, creo yo, algunas características o constantes que he ido trabajando luego; por ejemplo, el hecho de tomar la poesía como materia literaria y de ocuparme, sobre todo, de los poetas y su destino. Hay una sección en Cabeza de zanahoria que se llama “Los hermanos”, en la cual aparecen poemas dedicados a Dylan Thomas, César Vallejo, André Breton, poetas todos que me interesaban por diferentes razones; a través de sus respectivas vidas y destinos traté de reflejar o aprehender lo que significa el destino de un poeta. En algunos casos, los poetas envejecen y mueren convertidos en parodias de sí mismos, como por ejemplo, Breton; otros mueren en plena juventud, en medio de la efervescencia creadora, que es el caso de Nerval y hasta me atrevería a decir, de Vallejo, aunque éste tenía al morir algunos años más que Nerval. Esa sección del libro cierra con un poema que de alguna manera expresa lo que he sentido; se llama “Los desconocidos de siempre”, y alude a la historia de un poeta —cualquier poeta, nadie en particular—, que aunque se entregó con pasión a la poesía, nunca llegó a ser un gran poeta.

Háblame de Las quince mil vidas del caminante.

Publiqué ese segundo libro en 1977. Aquí se perfeccionan —dentro del marco de lo que quiero hacer— algunos temas que aparecían ya en Cabeza de zanahoria: tocaba ese asunto de los poetas y la poesía. A principios de este año obtuvo el Premio Casa Imitación a la vida, en el que nuevamente aparecen esos temas. Hay otro libro que debe salir dentro de poco y que lleva un título paródico: El último caso del inspector, aludiendo a mi doble condición de autor de narraciones policíacas y de libros de poesía. Pero también tiene otro sentido: lo paródico vinculado a una especie de desagravio por el menosprecio que se tiene por la literatura policíaca en general. Pienso que ese desprecio se justifica a veces, pero otras no tiene justificación.

He hablado con gente del pueblo, ajena al mundillo literario, y te conocen casi exclusivamente como autor de novelas policíacas. Ese éxito de público, ¿es agradable para ti?

Claro. Tanto las novelas policíacas que he escrito, como los guiones que he preparado para el cine, han tenido un éxito de público que realmente desborda lo que yo hubiera podido esperar. Escribí los guiones de las películas El brigadista, Guardafronteras y Leyenda.

¿Cuál es la novela tuya de más éxito?

Y si muero mañana. En Cuba tuvo una tirada de cien mil ejemplares, contando las dos ediciones. Ha sido publicada en la Unión Soviética con un millón de ejemplares. También apareció en Suecia y otros países.

¿Tú crees que se pueda decir de ti que eres un típico escritor de la Revolución, tanto por tu obra como por tu enfoque ideológico?

Creo que sí. Y digo “creo” por dejar un margen abierto a la discusión, porque este es un tema polémico, como sabes. Por mi edad, por mi vida activa en la política, por muchas cosas parece que así es. Nada de esto existía para mí antes del 59; claro, era un adolescente… Es con la Revolución y gracias a la Revolución que me hago escritor. Con la Revolución los escritores adquirieron una dignidad que no tenían antes. Hoy a un joven poeta le publican un libro y le pagan por eso. Un caso como el mío, con un libro de poemas del que se tiraron cinco mil ejemplares, era algo insólito antes. Contaba Lezama que una vez, en la década del cincuenta, dejó diez ejemplares de uno de sus libros en una librería (la librería de un amigo) y al cabo de cuatro o cinco años todavía quedaban sin vender ocho ejemplares. Decía Lezama que entonces su gran preocupación no era que no se hubieran vendido esos ocho ejemplares, sino averiguar quiénes habían comprado aquellos otros dos. Y añadía, con su tono magisterial, que probablemente todos fueron pasto de los ratones…

Me gustaría conocer algo sobre la recepción de tus obras en el extranjero.

En Suecia la novela acaba de tener una buena acogida. Los periódicos más importantes de Estocolmo le dedicaron reseñas elogiosas. La poesía ha tenido más fortuna, se ha publicado mucho en países de América Latina. Poemas sueltos, en antologías, han aparecido muchos en Europa, en Estados Unidos incluso, en El Guardián, en la Literary Review, etcétera. Salió hace un par de años un artículo en el suplemento literario del New York Times haciendo referencia —una referencia elogiosa— a mi obra, en particular a una novela que escribí en colaboración con Guillermo Rodríguez Rivera y que se llama El cuarto círculo.

¿Qué les responderías a los que critican la política cultural de la Revolución?

Yo creo que, efectivamente, ha habido improvisación, se han seguido caminos que luego se vio que no eran los que debían seguirse. Pero eso forma parte de una revolución que está hecha por hombres de carne y hueso, por gente que yerra o acierta en la medida humana. Porque una revolución en el Olimpo hubiera sido algo mucho más sencillo que en un país subdesarrollado, con una subescolaridad

tremenda, como lo era este país. La Revolución, desde el 59, en todos los sentidos —en este caso, en el campo cultural— tuvo que operar por tanteos. Sin los errores, reconocidos en muchos casos y en otros en proceso de ser reconocidos y superados, estaríamos hablando de un problema abstracto, no real. Sin los errores no habría habido tampoco estas posibilidades y estos logros.

¿Cómo ves la situación actual de la literatura cubana, específicamente la literatura hecha en Cuba por los jóvenes?

Creo que estamos en un punto óptimo del trabajo creador. Los veinte años transcurridos han servido para acumular infinidad de experiencias en el campo cultural. Ahora estamos en condiciones de empezar a trabajar en una dirección más concreta y de manera coordinada. Están trabajando autores de generaciones diversas: desde Tallet y la generación de Guillén hasta las de Eliseo Diego, de Retamar, la nuestra… y ya divisamos la siguiente, muchachos y muchachas nacidos en el año 55 ó 56, que escriben poesía, buena poesía. Esta confluencia no implica, de ningún modo, algo monocorde o chato, sino diverso y rico, que nos va a permitir desarrollar un trabajo cultural mucho más intenso. Los nuevos escritores podrán desarrollar así su trabajo con mayor eficacia, hacer literatura afincada en las realidades nacionales. Todo esto permitirá que se sobrepongan a los problemas puramente personales.

¿Quisieras añadir algo sobre ese fenómeno híbrido del que participas, en tu doble condición de escritor de novelas policiales y escritor de poemas?

Existe el caso de Poe, que es el más obvio. No sólo fue un gran poeta, sino también, justamente, uno de los iniciadores de la literatura que hoy llamamos policial. Si un autor de novelas policiales trata de trabajar con la seriedad y el rigor con que trabaja un poeta, se puede hablar entonces de proximidad entre una cosa y la otra. Lo que yo he tratado de hacer es comunicarme, tanto en la novela como en la poesía. A mí me ha interesado siempre la medida humana de las cosas. Es una medida que no se encuentra en mujeres tan bellas como Afrodita, ni en las moradas del Olimpo, ni en los escudos forjados por Vulcano, ni en los que mandan sobre las aguas, como Poseidón, sino en los hombres que son diestros y justos, dentro de la medida de lo humano… Para mí, eso es lo que importa.

Tomado de: La Gaceta de Cuba, abril de 1989, p 28
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