Los infinitos destinos de Luis Rogelio Nogueras


Ernesto Sierra
La Habana, julio 2005, La Jiribilla

En cierta ocasión explicaba Luis Rogelio Nogueras cómo a su amigo, el poeta Guillermo Rodríguez Rivera, le parecían excesivas las quince mil vidas del caminante para un libro tan pequeño. Quizás tuviera razón. Sin embargo, la anécdota nos hace pensar hoy, a más de veinte años de su muerte, si la cifra es suficiente para enumerar los miembros de la cofradía de lectores apasionados con la estela vital y literaria que nos legara el poeta de cabello color de fuego.  

Y es que resultan inseparables su literatura y su anecdotario. Al menos así lo hemos heredado. El joven inquieto de la Facultad de Letras, el Don Juan de aire tropical, l’enfant terrible que propinaba epitafios a sus contemporáneos de la Unión de escritores; el de las salidas ágiles, la ironía al hombro y el humor al alcance de la lengua. Luis Rogelio, Wichy, el Rojo.  

Esa inquietud, esa voracidad de vida y experiencias las llevó a su literatura, y dieron como resultado digámoslo con palabras de sus contemporáneos “la sorprendente madurez” (como si la poesía tuviera edad) de Cabeza de Zanahoria, poemario escrito hacia sus veinte años, en el que adelantaba ya los rasgos esenciales y definitorios de su poética: el verso breve, las profusas referencias culturales, el diálogo intrapoético con otros autores y textos, la poetización de la poesía, la fineza del humor y la ironía, la batalla campal con las palabras.  

Diez años después llegaría Las quince mil vidas del caminante. En 1981 el premio Casa de las Américas por Imitación a la vida, premio merecidísimo como los tan merecidos y elogiosos comentarios que recibió el libro. Hoy no nos sorprenden: los rasgos que delataban al poeta en Cabeza de zanahoria se convertirían en acusación tácita aquí. Wichy demostró ser un poeta de fidelidades y constancias literarias. De Cabeza… a Imitación… no habría grandes rupturas. Aparecen, nuevamente, temas e ideas fijas sobre sus sujetos poéticos, pero esta vez tocados por la vara de un poeta que había afinado probervialmente su sensibilidad, perspicacia y oído musical. La reafirmación de motivos recurrentes en su mundo poético manifestaba que había conseguido una meta difícil: su propio estilo. La madurez poética se patentizaba en lo logrado del experimento con las formas, en la captura del vocablo preciso y en el alcance de un ritmo musical poco común en el verso libre. La agudización del ingenio y genio humorísticos asomaron las orejas en la airosa prueba de versatilidad estilística que se impuso en Antología Apócrifa. 

La cima tocada en Imitación… anunciaba la ruptura y exploración de nuevos caminos. Luego vendrían El último caso del inspector, Nada del otro mundo, La forma de las cosas que vendrán.  

Su gnomo creador le susurró cómo escribir novelas, de espionaje, policiacas a dos manos y, por no dejar de correr aventuras literarias, dejó inconclusa una de piratas. En este terreno sembró también su buena semilla. Supo dinamitar los géneros puros y dotó sus novelas de intrigas policiales con variados registros discursivos y modalidades literarias. Con acierto y no menos esfuerzo supo hacer confluir a Chesterton con Frederick Forsyth; a El jardín de senderos que se bifurcan con Masacre en el Senado y a Scotland Yard con la P.N.R.  

Están, también, su incursión en el cine como guionista y sus amagos periodísticos en El Caimán Barbudo, Cuba Internacional, Juventud Rebelde y otras publicaciones; las labores de edición en el Instituto Cubano del Libro y la redacción de la revista Cine Cubano.  

Su búsqueda en la vida se tradujo en ese transitar incesante por los diferentes géneros literarios y en la lucha sin tregua por arrancarle voz a la palabra escrita:  

El gigaenteco legrado littlerario de peste alabardeado escretor ha sido comprarado con el Diantre, ¡el burdo hunanista floretimo que inmoralizó en su más célibre líbrido a Beretriz, inmaenculada niña, cama su cebestial guía en el Pajadizo!. (A la hora señalada, Colección Centro, Guadalajara, 1988, pág.11). 

No son gratuitas su pasión por el poeta portugués Fernando Pessoa, por los heterónimos, por la multiplicidad de personalidades, y sus puntos de contacto con una zona de la prosa y el espíritu innovador de Julio Cortázar y con el tono poético de Roque Dalton. Más allá del ingenio, el humor y la búsqueda formal, el notable juego con los apócrifos y los heterónimos que sublimara en la tercera parte de Imitación…, ilustra la inquietud del escritor que necesita pasar las fronteras reales de la insularidad y las más vastas y difusas de la cultura, para incorporarse al diálogo de la cultura universal.  

Además de su revolución poética nos dejó su revolución ideológica. Fue un revolucionario estético y social. También aquí estampó su sello y supo cantar a la Revolución cubana y otras causas nobles, sin adhesiones oportunistas ni loas fáciles. Fue un hombre de su tiempo e interpretó su realidad con honestidad y valor. 

Son esas actitudes esenciales las que buscan los jóvenes en su obra. La irreverencia, la inconformidad, el brillo del ingenio, la indagación incesante, que ligadas a un talento natural, dieron como fruto una literatura cargada de autenticidad y valores indiscutibles.  

Luis Rogelio Nogueras ya entró en la Literatura y en ella crece. Su original voluntad estética y su espíritu neovanguardista, ayudaron a sacudir ciertos rasgos esquemáticos de la literatura cubana de sus días. Hoy se reconoce este gesto que lo engrandece. Con su muerte consumió uno solo de sus destinos, entre los miles que atesora en cada lector que se acerca a su obra para deslumbrarse. Debemos pensar que desde el Paraíso poético donde debe estar persiguiendo musas con fines imaginables, Luis Rogelio, Wichy, el Rojo, está pidiéndonos menos homenajes y más reimpresiones, o quizá, ambas cosas. Nunca se sabe cuando se trata con un poeta tan presumido.

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