Palabras para el Rojo


Víctor Casaus 
(publicado en el libro “De nube en nube”, Ediciones La Memoria, Centro Cultural “Pablo de la Torriente Brau”, 2003)

Aquí está la palabra poética de Luis Rogelio Nogueras, integrante de la generación del Caimán, de Cuba, conocido también como Wichy o como El rojo, que llenó —y llena— un espacio imprescindible de la literatura y la cultura cubanas de la segunda mitad del siglo xx.

En las palabras que siguen voy a compartir informaciones sobre su vida, sus libros, sus obras, para que precedan esta antología que contribuirá a darlo a conocer a lectores y lectoras del Sur y de otros ámbitos. En ese sentido este libro es un acto de justicia poética y una alegría para los que recorrimos juntos los años de que se habla aquí.
Este libro toma el título de la antología personal que Nogueras preparó poco antes de su muerte, ocurrida prematuramente en julio de 1985, meses después de que el poeta había cumplido sus 40 años. El título tiene mucho, por supuesto, del humor de su autor y hace señas cómplices a dobles significados y a sugerencias de la palabra, como muchas zonas de su obra. Por una parte, el título es un comentario autoirónico sobre el contenido del libro; por otra, pareciera que llama la atención sobre la terrenalidad de sus propuestas.
En ambos casos, hay que aceptar con cautela los posibles significados sugeridos: el poeta tenía nociones claras del alcance de su palabra. De hecho, la confianza en esa palabra fortaleció otras certezas vitales. Por otro lado, este mundo, al que parece aludir la segunda significación, es para el autor, también, territorio del sueño y la imaginación.
Nogueras construyó una obra literaria y artística vasta y diversa, vivió sus años de manera intensa y dialogó con este mundo —con nosotros— a través de la poesía, la novela, el cine, el periodismo, el trabajo editorial, las traducciones. Si hoy no se le conoce más en el ámbito de nuestro idioma, en nuestros países, ello tiene que ver con los mecanismos de promoción, los mercados y otros argumentos extraliterarios.
De modo que este prólogo alcanza, para quien lo escribe, significaciones mayores, deudas compartidas, razones y verdades poéticas que han (sobre)vivido más de treinta años. Todo ello refuerza compromisos personales, recrea momentos, evoca hechos: es, en ese sentido, una fiesta de la memoria. La selección misma de los poemas para esta antología formó parte de esa fiesta. Esta no es —no puede ser— una fría compilación académica, una mera suma de textos que han sido pasados simplemente por los mecanismos del análisis científico. Nogueras murió en 1985, pero hay demasiada vida en esas letras para aplicarles —desde la amistad, la hermandad, que nos unió— ese empobrecedor rasero.
Los poemas que integran esta antología han sido tomados de los libros que el poeta publicó: Cabeza de zanahoria (1967), Las quince mil vidas del caminante (1977), Imitación de la vida (1981), El último caso del inspector (1983). Además se incluyen textos de La forma de las cosas que vendrán, que Nogueras dejó prácticamente terminado y apareció en 1989; Las palabras vuelven (1994), que reunió los poemas que el autor no había incluido en libros, entre ellos los pertenecientes al cuaderno Hay muchos modos de jugar. También se incluyen poemas de un libro inédito en el cual el autor trabajó hacia 1978 y que nombró El gato y la liebre.
Recuerdo que Wichy revisó, ya en el hospital del que no regresaría, la portada de la antología personal que había titulado Nada del otro mundo. La había preparado originalmente para que apareciera en la colección La Giraldilla, de la Editorial Letras Cubanas, que iba reuniendo, tomo tras tomo de cuadritos coloreados, la poesía de los autores cubanos que alcanzaban una obra cuantitativamente notable. Escribo cuantitativa porque el repaso de aquel catálogo, desde hoy, muestra claramente sus falencias, de diverso orden. El tiempo dice casi siempre la última palabra.
Wichy hizo una sugerencia relacionada con la tipografía de la portada. El libro apareció mucho después, con pie de imprenta de 1988. El poeta había escrito, para esa edición, las notas introductorias de cada libro, que ahora se incluyen en esta antología. Sin embargo, la selección que he realizado para este nuevo Nada del otro mundo y el orden de los poemas, han partido de los libros originales del autor. De modo que las coincidencias de selección —que no he comprobado— tienen que ver con las otras coincidencias —vitales, generacionales, culturales— que compartimos.
Ese ha sido el método y esta es (parte de) la historia.
El Caimán, el David, la zanahoria
La generación poética a la que Nogueras perteneció recibiría después el nombre de la publicación que fundamos en 1966: el Caimán Barbudo. En el primer número del mensuario, que dirigió durante aquella etapa el narrador Jesús Díaz, apareció una declaración de principios, bajo el título de «Nos pronunciamos» que firmamos doce poetas, entre los que se contaba Luis Rogelio Nogueras, entonces estudiante de la Escuela de Letras y de Arte de la Universidad de La Habana.
La lectura de aquel texto seguramente puede revelar hoy sus ingenuidades, pero también ratifica alguna de las verdades generales que proclamaba:
Estamos inscritos en la tradición cultural de un país subdesarrollado. La historia de Cuba ha sido hasta hoy, la historia de un camino hacia su realización como nación, hacia su desarrollo, hacia su autenticidad cultural […] La cultura de Cuba se salvará con Cuba, el desarrollo del país es el desarrollo de su cultura. Esa lucha que libra nuestro pueblo —que es también la única posibilidad de liberación del hombre— es nuestra lucha.
Generación emergente en aquella década violenta y formidable que transformaba las estructuras de la sociedad y estremecía las conciencias colectivas e individuales, nos pronunciamos entonces por el derecho a la participación y a la crítica y rechazamos, por igual, «la mala poesía que trata de justificarse con denotaciones revolucionarias, repetidora de fórmulas pobres y gastadas» y «la mala poesía que trata de ampararse en palabras “poéticas”, que se impregna de una metafísica de segunda mano para situar al hombre fuera de sus circunstancias».
En el terreno específico de la palabra, rescatábamos la obra de José Zacarías Tallet, poeta posmodernista y conversacional, compañero de Pablo de la Torriente Brau y otros miembros de Generación del 30, que había abandonado el oficio poético y se había refugiado en el ejercicio del periodismo durante décadas. Siguiendo las enseñanzas de un verso revelador de Tallet —«la poesía está en todas partes, mas la cuestión es dar con ella»— declaramos en nuestro manifiesto juvenil: «Consideramos que toda palabra cabe en la poesía, ya sea carajo o corazón».
El joven Nogueras fue fundador y jefe de redacción del Caimán. Allí celebramos, como propio, el Premio David para escritores inéditos que ganó, en su primera edición, en 1967, compartido con la poetisa Lina de Feria. El libro de Wichy había sido escrito «entre l965 y 1966 en las aulas y pasillos de la Escuela de Letras y de Arte de la Universidad de La Habana y en aquella oficinita mal ventilada de Juventud Rebelde donde hacíamos El Caimán Barbudo», según recordaría su autor años más tarde. Dos títulos tentativos e insuficientes (Poemas en la pizarra y Cosas comunes) antecedieron al que definitivamente llevaría aquel pequeño volumen de carátula naranja y diseño de op-art: Cabeza de zanahoria, que aludía a la cabellera del poeta y rendía homenaje al «libro eterno de Jules Renard, Poil de carotte, cuyo personaje principal fue uno de los héroes de mi infancia a causa de su pelo rojo y de cierta tristeza que ambos compartíamos en digno silencio».
Cabeza de zanahoria fue —es— indudablemente un excelente primer libro. El jurado que lo premió, integrado por Heberto Padilla, Luis Marré y Manuel Díaz Martínez, consideró que era un cuaderno «notable por su variedad de temas dentro de su unidad formal, su manejo de elementos cultos y su original voz poética que lo distinguen entre sus compañeros de generación». Valorando su libro a la distancia, el propio Nogueras recordó a principios de la década de los 80 a los «buenos amigos y algunos críticos» que afirmaban «con vehemencia que la mayor virtud de Cabeza de zanahoria era su relativa madurez formal». En todo caso, el libro compartía las propuestas estilísticas del «Nos pronunciamos» publicado en el Caimán —que se inscribían, a su vez, en la corriente que atravesaba, ganando fuerza, la poesía latinoamericana de aquellos años y que se identificaría indistintamente como conversacionalismo, coloquialismo, exteriorismo, según los países y los críticos. En particular, habría que señalar la mirada hacia la infancia cercana, la economía de medios, la búsqueda de sencillez y comunicación. Su «Arte poética» ratificaba desde los timbres de su voz, aquella definición propuesta en el Caimán:
La poesía está en todas partes
y termina siempre en los papeles
Por otro lado, en aquel primer libro aparecían algunas de los rasgos claves de la poesía de Nogueras. La sección titulada Los hermanos reunía textos dedicados a los poetas queridos y admirados: allí están Vallejo y Nerval, Dylan Thomas y Pavese, García Lorca y Breton, alrededor de «los desconocidos de siempre». Este es seguramente el antecedente más temprano de esa voluntad que recorrió la obra Nogueras tratando de vincular los elementos de la cultura artística y de la historia de una manera creadora y antidogmática.
El caminante, el cine, las novelas, el amor
Aquella primera época del Caimán, como después se le llamaría, duró hasta el segundo semestre de 1968. Publicación en la que tuvimos espacio señalado los poetas, el Caimán fue sobre todo un lugar de encuentro para creadores jóvenes de diversas disciplinas. El ensayo, la narrativa, el diseño gráfico y la crítica artística y literaria fueron áreas activas. El espíritu crítico, la agresividad de ciertos acercamientos y los prejuicios sobre la existencia de los grupos literarios en una circunstancia como la de aquellos años crearon una atmósfera de molestia para los responsables intermedios de la política cultural y finalmente, para la fecha mencionada, nos convertimos en la dirección saliente (algunos preferían llamarla la dirección caliente) del Caimán Barbudo. Años después un compañero de generación, Guillermo Rodríguez Rivera, en el prólogo a un libro póstumo de Nogueras, La forma de las cosas que vendrán, narró, con agudeza y humor, aquella historia del Caimán, al que llamaba allí El Cocodrilo Azul:
El Cocodrilo había nacido peleón y dio sus golpes, pero también los aguantó de todos los colores. Un día, tras una espeluznante reunión, se decidió transformar al Cocodrilo —es decir, al Caimán— en un vocero del surrealismo chileno, órgano de la poesía campesina y representante del barroco español. Nogueras, cansado y filosófico, a sus veintitrés años, musitó la vieja copla castellana:

Llegaron los sarracenos

y nos molieron a palos.
Que Dios protege a los malos
cuando son más que los buenos.
Aquel fue el final del Caimán para nosotros, en octubre del 68. El Caimán continuó publicándose y ha pasado por momentos diversos a lo largo de estos años. En sus páginas se dieron a conocer posteriormente los principales poetas de las generaciones que vendrían después, como Víctor Rodríguez Núñez, Norberto Codina, Alex Fleites, y muchos más hasta hoy.
El próximo libro publicado por Nogueras después de Cabeza de zanahoria tiene fecha de 1977. En el medio hay diez años de silencio editorial para el poeta. Cinco de esos años correspondieron al «quinquenio gris», aguda denominación del período 1971-1976 hecha por el crítico Ambrosio Fornet. Fue una época de baja intensidad —por decirlo con un término actual— de la literatura cubana, producido por el intento de aplicar una política cultural cerrada, con la importación del realismo socialista soviético y otros aderezos dogmáticos nacionales. La vitalidad de la cultura cubana, su vocación de participación activa en el proceso de formación de la nación y el rechazo y la actitud de los verdaderos creadores impidieron que ese proceso esterilizador se consumara.
Entre esos escritores verdaderos estaba, por supuesto, Luis Rogelio Nogueras, quien disponía de tres elementos fundamentales, imprescindibles, para mantener viva la llama de la creación: el talento, el humor y el amor.
El talento lo había mostrado ya en su primer libro poemas, en su labor editorial y en su primera relación con el cine, muy joven, aun antes de estas nacientes y crecientes aventuras literarias. Efectivamente Wichy se inició como camarógrafo de dibujos animados en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), donde llegó a realizar, a principios de los años sesenta, el corto Sueño en el parque, una obra muy hermosa, alegato contra la guerra y a favor de la belleza. Al cine volvería años después, finalizado «el quinquenio gris», para escribir guiones de filmes de ficción y para trabajar como jefe de redacción de la revista Cine Cubano.
Haciendo uso del humor, otra de sus armas principales, Nogueras comentaba la hipotética desazón de sus biógrafos ante el hecho de que la misma persona fuera capaz de crear «poemas exquisitos» y películas de aventuras (aquí incluía otra de sus ramas creativas: la novela policial) que tenían una comunicación eficaz con públicos muy numerosos. Más allá de sus bromas, su comentario tocaba un tema profundo: no siempre los artistas pueden compartir esas distintas tesituras creativas sin afectar la autenticidad y la trascendencia de sus obras.
Junto a los guiones de filmes populares como El brigadista y Guardafronteras, dirigidos por Octavio Cortázar, Nogueras inició su camino de autor de novelas policiacas o de espionaje con El cuarto círculo, escrita a cuatro manos con Guillermo Rodríguez Rivera, que ganaría el premio de novela, Aniversario del Triunfo de la Revolución convocado por el Ministerio del Interior en 1976. Ese mismo año gana el premio Cirilo Villaverde de la UNEAC, con su novela Y si muero mañana. Es interesante destacar el hecho de que una novela de espionaje, una novela policiaca, ganara el premio de novela, de novela a secas, de gran novela, como se le llamaría. Es decir, el género bastardo del espionaje gana compitiendo con las novelas de estirpe, con las novelas que siempre han pertenecido a un género definitivamente serio. De esta forma Nogueras contribuyó de manera esecial a la dignificación de la literatura policial dentro de la cultura cubana.
La deuda editorial con su poesía se cancela, como he dicho, en 1977 con la publicación de su segundo libro de poemas, Las quince mil vidas del caminante, que apareció en la colección Manjuarí de Ediciones Unión. Es un libro de transición, a mi modo de ver, que adelanta, sin embargo, temas que estarán presentes en su obra futura, a partir de Imitación de la vida, su libro siguiente, que ganaría el Premio Casa de las Américas en 1981.
En Las quince mil vidas… aparecen los primeros apócrifos, los primeros heterónimos que incorpora a su poesía y allí continúa el homenaje a los poetas admirados en los textos hechos a la manera de Baudelaire, Drummond de Andrade y William Carlos Williams, y en la «Antología mínima» que recoge poemas dedicados a José Martí, Julián del Casal, Rubén Martínez Villena, Nicolás Guillén, Regino Pedroso y José Zacarías Tallet, a quien Nogueras continúa pagando, con razón y con agudeza, nuestra deuda poética generacional con esta síntesis que acude a palabras mencionadas en el «Nos pronunciamos» del Caimán:
      Dijo carajo o corazón
      cuando los demás decían ebúrneo azur corola
Ampliando la dedicatoria original del libro, Nogueras extendía el homenaje a un poeta que fue un amigo querido y significó mucho, por su vida y por su obra, para los integrantes de la generación del Caimán: Roque Dalton. Con Las quince mil vidas… Nogueras continúa trabajando la relación entre la poesía y la realidad histórica, sin colocar a la primera en una relación servil hacia la segunda. El largo poema que da título al libro, dedicado a Ho Chi Minh, sitúa la lucha de pueblo vietnamita, uno de los acontecimientos más estremecedores de aquellos años, en el centro de la atención del poeta.
En la nota introductoria que escribió para este libro en su antología personal Nada del otro mundo Nogueras, pasa balance, desde aquel presente, al período de silencio editorial que había concluido así para su poesía:
Amanece. Se despierta. Sobre la mesa de noche hay un libro titulado Las quince mil vidas del caminante. Algunas hojas están rotas. Lo toma en las manos. Varios poemas le gustan. Varios le disgustan. Él no escribió ese libro sino otros. Sobre la fea cubierta hay polvo. Ciertas páginas crujen de dolor y de ira, y conservan la humedad de una gaveta. Lo empezó en 1968. Yo lo terminé en 1973. Lo publicaron en 1977. Como dice Hermann Broch, había que esperar, esperar con mucha paciencia, y tardó mucho, insoportablemente mucho. Luego, sin embargo, llegó algo. Y cosa extraña, lo que llegó, aunque contrario a todo lo esperable, estaba dispuesto así mismo como por necesidad.
Como homenaje a su talento y a su tenacidad, llamé la atención sobre aquella etapa gris. También hablé de los instrumentos/valores/armas/recursos/artilugios/mecanismos con los que el autor había resistido sin quebrar sus principios poéticos y culturales ni traicionar su imaginación: talento, humor y amor. Este último, imprescindible tema, se extiende a lo largo de su obra —de su vida— como elemento vitalizador, como fuente nutricia. En una cita que recoge el narrador Eduardo Heras León, hablando sobre el poeta, ya después de su muerte, se recoge este amoroso, compartible criterio:
Sin amor —decía Wichy— la vida es una gaveta vacía, y para el escritor no hay literatura sin amor, como no hay huella sin pie. Hemingway estaba convencido de que se escribe mejor cuando se ama. Yo soy de la misma opinión. Aún más, todos mis papeles arden húmedamente de amor. Me pregunto cada amanecer frente al espejo con cuánto amor comienzo la jornada, y si es poco, nunca es poco, entonces salgo a la calle y me robo el primer amor que pasa. Amo a la palabra amor y sus destellos. Amo a mi mujer mientras se peina, amo la vida y su expresión concreta, humana, palpable, la Revolución.
Los caminos, Imitación de la vida, la nueva poética
Nogueras regresó al cine, al ICAIC, en 1980. Ahora no tiene entre sus perspectivas fílmicas la dirección de dibujos animados, como en aquel período formativo de principios de los 60. En esta nueva etapa continuará su labor de guionista cinematográfico y asumirá la jefatura de redacción de la revista Cine Cubano.
En 1981 escribe el guión de otra película de ficción, titulada Leyenda, que sería dirigida por Rogelio París, y que continúa, con resultados artísticos menos exitosos, la línea de filmes de acción en los que Nogueras estuvo involucrado. Sin embargo, aquel argumento le servirá como punto de partida para su próxima novela, Nosotros los sobrevivientes, que aparecería publicada en 1982. Resulta interesante destacar también la mezcla de géneros y el aprovechamiento del trabajo del cine en favor de la literatura. Como elemento vivo y contradictorio —como la vida misma— en el panorama donde se inserta la existencia y la obra de Wichy, es importante subrayar esa voluntad de expresión por distintas vías, a través de diferentes géneros y lenguajes, que caracterizó su trabajo —y el de otros integrantes de su generación.
Es indudable que por una parte existió un reclamo social para ese abordaje de la realidad a través de múltiples caminos. La realidad diversa y cambiante solicitaba esa búsqueda de vías de expresión. Por otra parte, creo que muchos sentimos que ese reclamo se avenía con nuestras necesidades expresivas. Si años más tarde —hoy— la multiplicidad de géneros y vías expresivas asumidas por un creador puede tener que ver con las remuneraciones económicas personales, otra era la situación —y las recompensas— en aquellos años. Si, al mismo tiempo, azotamos la palabra poética, indagamos a través del testimonio o el ensayo, narramos historias en el papel o en el celuloide, se debió, sobre todo, en la mayoría de los casos, a necesidades expresivas, compromisos éticos, íntimas satisfacciones creadoras.
Esa misma explicación, creo, puede darse a la sostenida vocación de comunicación de nuestra poesía, expresada también en los medios que utilizamos para hacerla llegar a su destinatario. En ese sentido es necesario mencionar los recitales de canciones y poemas en los que unimos nuestras voces a las de los jóvenes trovadores de entonces —que eran, en realidad, como más de un crítico ha señalado, otros miembros de nuestra generación poética, sólo que armados de sus fieles y eficaces guitarras. Baste recordar que la primera presentación pública de Silvio Rodríguez se realizó en el recital de canciones y poemas Teresita y nosotros, que organizamos los poetas del Caimán en la pequeña sala del Museo de Bellas Artes, en julio de 1967. Significativamente, Teresita Fernández —trovadora mayor, ya conocida por entonces— ocupó la segunda mitad del espectáculo. En la primera, los poetas del Caimán alternaron sus poemas con las canciones de aquel joven y delgado trovador desconocido, que acababa de terminar su Servicio Militar Obligatorio e iniciaba su carrera artística.
Nogueras estuvo entre los poetas de aquel día en Bellas Artes. La última presentación de este tipo que hicimos juntos fue en marzo de 1983, en el recital Para vivir con el que celebramos otro aniversario de la creación del ICAIC. En la sala de la Cinemateca primero y, días después, en la Casa de las Américas, Pablo Milanés, Silvio, Nogueras y el que ahora recuerda hicimos coincidir poemas y canciones para ratificar esa vocación, aquella hermandad.
Por ahí andan las fotos de aquellos momentos. Y en la memoria de los amigos también pervive la imagen de aquel poeta pelirrojo y carismático, que llenaba de simpatía las tertulias y de promesas a sus hipotéticas o futuras amantes. En este recorrido por su vida y por su obra, traigo entonces ahora, para reforzar su imagen en el dibujo general de este prólogo, la palabra del escritor y crítico Nelson Herrera Ysla, en uno de los textos de homenaje escritos tras la muerte del poeta:
Eran tantos los cortes que hacía Nogueras en una conversación, que yo llegaba a creer que estaban programados o algo tal vez peor: que una script escondida en su camisa le rectificaba para que mantuviera siempre el hilo de la trama desde numerosos flash-backs, chistes al vuelo de palabras, travellings al por mayor, adivinanzas, cuartetas, epigramas, epitafios, dolly-ins. El caballero de exquisita figura, Wichy, no perdonaba una arruga en el vestir, un vocablo fuera de lugar, una salpicadura en el calzado, los espejuelos torcidos, una cita equivocada, todo pergeñado bajo el signo de la inteligencia y el oficio del buen vivir, que en ningún momento confundía con la vida fácil, superficial. Nada más ajeno a ese talento desbordado que estampó en libros delicadísimos, burladores y despiadados con la mediocridad que obstaculiza la vida mejor a la que aspiramos.
En ellos fijó un oficio maestro, defendido y sometido a toda prueba, como la del Premio Casa de las Américas 1981, cuando el jurado lo galardonó sobre la base de que hacía una contribución a la lírica castellana.
Efectivamente, dos años antes de aquel recital Para vivir, Nogueras había recibido, en la misma sala, el Premio de Poesía de Casa de las Américas. Un jurado «de lujo», como entonces comentamos, le otorgó ese alto reconocimiento a su libro Imitación de la vida. El argentino Juan Gelman, el mexicano José Emilio Pachecho, el cubano Fayad Jamís y el peruano Antonio Cisneros declararon que «en él se integran, de modo orgánico, los temas tradicionales de la poesía de todos los tiempos: el amor, la amistad, el coraje, la poesía misma como acto, la vida y la muerte, con la realidad concreta de nuestra hora latinoamericana».
En el exergo del libro, Wichy colocó su poética de aquel momento, que llevaría después hasta el final, consecuentemente hasta el final de su vida. Es una cita de Hans Arp: «No invento nada, es la vida quien inventa lo que pinto. Yo oigo y copio. Leo y copio. Miro y copio. Palpo y copio. La vida se vale de mí como de un espejo.» En la nota introductoria a este libro dentro de su antología personal, el propio poeta se encargaría de precisar el alcance y la significación de esas nociones asociadas a la obra:
Imitación… reflejo… Son dos palabras bien distintas, como todos sabemos. Pero creo que el libro hubiese podido titularse, con legítimo derecho, Reflejo de la vida, porque nada se parece más a un poema (ni siquiera una mujer desnuda) que un espejo. Pero ojo: el espejo del que hablo no es aquel que Stendhal quería pasear por los caminos, sino el que puso Carroll a los pies de su imposible amor Alicia Lindeell: la neblina plateada. a través de la cual ella entró en el reino de la imaginación, ese reino sin rey y sin fronteras.
Creo que este fue un libro clave dentro de la literatura de Wichy. Si en Las quince mil vidas… el poeta había adelantado algunos de esos rasgos estilísticos, aquí, en Imitación de la vida, se muestra al autor en plena posesión de su nueva poética. En una de las entrevistas concedidas a propósito del premio al periodista Orlando Castellanos, de Radio Habana Cuba, Nogueras evidenciaba su claridad y su conciencia acerca del momento en que se encontraba su obra poética:
Resulta difícil contar un libro y más aún un libro de poemas. Imitación de la vida intenta ser un resumen, si cabe esta palabra hablando de poesía, de las experiencias que yo había acumulado después de Cabeza de zanahoria y Las quince mil vidas del caminante. Cuando digo resumen uso una palabra que suena un poco a contabilidad, debía haber dicho mejor summa. Creo que en este libro he logrado, y que esto se interprete con toda la modestia del mundo, algunas cosas que buscaba en libros anteriores, sobre todo desde el punto de vista formal.
Pienso que este libro agota el terreno de las investigaciones formales en las que yo he venido trabajando y creo que en él mi obra poética alcanza una culminación. A partir de este libro mi poesía ha dado un vuelco formal. Con este libro cierro un camino en la medida de mis fuerzas, de mis posibilidades, de mi imaginación, de mi talento y de mi cultura.
Poco después, en una ponencia preparada para un evento cultural en La Habana, el narrador José Saramago —futuro Premio Nobel de Literatura— hablaría de su encuentro con este libro, del rechazo inicial que le causó uno de sus poemas («Allude a esa povre ciega») y de la valoración final que el texto le mereció:
[…]ese poema «social» de primer grado me haría apartar el libro con alguna impaciencia, si no fuese por la firme confianza que como novelista tengo, en general, de los poetas y porque sé que, desde Homero, aun los mejores tuvieron sus horas de flaqueza, sus súbitos adormecimientos —situación ésta, inútil sería añadirlo, que comparten con los novelistas, los dramaturgos, los cuentistas, los ensayistas. El gran error de que todos, felizmente, somos participantes. […] Fue esa confianza la que me hizo proseguir la lectura; por esa confianza me vi ampliamente recompensado: Luis Rogelio Nogueras es un poeta admirable.
La «Antología apócrifa» de Imitación… supera —y no sólo numéricamente— la sección homónima de Las quince mil vidas… En el nuevo libro el poema «Eternorretornógrafo» —que había formado parte de los «Poemas personales» de su título precedente— aparece entre los poemas de otros, para tomar la referencia de Mario Benedetti. El texto es quizás una pieza clave en la indagación de Nogueras acerca del hecho poético que se repite (¿en círculo? ¿en espiral?) a lo largo de la historia de la humanidad y de su cultura. Es evidente que el recurso, el procedimiento fascinó al poeta —como también nos sucede a sus lectores—, al punto que lo trasladó a esa reflexión sobre la guerra contenida en su poema «¡Desarme!». Llevando hasta sus últimas consecuencias ese juego de espejos de los heterónimos que tan brillantemente transitó en su obra, el poeta anuncia en la nota que antecede al poema, en Imitación de la vida: «Ya nadie pone en duda hoy que Luis Rogelio Nogueras el “autor” del poema “Eternorretornógrafo” no existe. Ambos (el poeta y el poema) se deben, según parece, a la imaginación y el sentido del humor del escritor cubano Wilfredo Catá.»
Es entonces diversamente rica la propuesta de este libro que anuncia, por un lado, como en un juego, la inexistencia de su autor y que profundiza después, por otro, la relación de la poesía con la historia, ficcionalizándola, interrelacionándolas, enriqueciéndolas (en textos como «Café de noche» y «P4R»), o proponiendo un discurso poético altamente emotivo, pleno de riqueza verbal y conversacional a la hora de tocar el tema de nuestra cultura latinoamericana y sus realizadores (en textos como «Poesía trunca»). El humor, el amor, las escaramuzas verbales, las referencias culturales, la imaginación desbordante transitan este libro en el que ya aparece, como autor del poema «El tiempo, Maud», el inquietante nombre de W. S. T. Hillip Zen Eugen Jahra. Alrededor de él —¿de sí mismo?— construiría Wichy ese imaginario poético que se llama La forma de las cosas que vendrán.
La forma de las cosas…, los títulos, Las palabras (siempre) vuelven
Un año después de recibir el Premio Casa, en 1982, Wichy viajó a Nicaragua, invitado a ofrecer conferencias y leer sus poemas. Juntos recorrimos entonces una gran parte de aquel territorio, incluyendo la frontera norte y la Costa Atlántica, leyendo poemas y conversando con los combatientes sandinistas, una de las experiencias más hermosas en esa labor de compartir la poesía con gentes de diversos lugares del mundo. 

En ese año y el siguiente trabajamos con Silvio en el libro Que levante la mano la guitarra, que después derivaría hacia el documental del mismo nombre para el que Wichy escribió el guión. Poco después iniciaríamos los preparativos para el guión del largometraje Como la vida misma, que filmé en el Escambray a finales de 1984, y que resultaría su último trabajo cinematográfico.

En medio de esos proyectos, Nogueras, incansable, asistió a lanzamientos de ediciones de sus novelas en Europa, a festivales y semanas de cine cubano en Asia y reunió poemas de Las quince mil vidas… e Imitación… en El último caso del inspector, cuaderno de la Colección Mínima de Letras Cubanas, que apareció en 1983.
En su antología personal, el comentario introductorio a este título de inspiración policiaca toma el camino del humor y de la broma a costa de sí mismo, como se ve:
En su muy celebrado Ensayo de un crimen, De Quincey afirma que aquellos que se dejan tentar por el asesinato, muy pronto piensan que robar no es nada malo, y del robo descienden a la bebida, y de la bebida caen en la impuntualidad, para llegar finalmente al abominable crimen de no quitarse el sombrero ante una dama.
Quien escribe un poemario y le pone un tópico título policial (El último caso del inspector o El misterio de la naranja mecánica), muy pronto piensa que pudo haberlo titulado Cien consejos para no leer este libro, o Manual de fantasía ramplona, y probablemente se decida al final por Versos de los que ya no vienen.
Paralelamente a ese despliegue de humor el poeta trabajaba en un libro que dejó prácticamente listo y que se publicaría finalmente en 1989: La forma de las cosas que vendrán. Su dedicatoria definía claramente el rumbo estilístico de sus páginas: a Fernando Pessoa, «que tantas veces mintió sin faltar a la verdad» y a Julio Cortázar, «the smart with the naïf under the cloud».
No son casuales las dedicatorias, los homenajes. Nogueras estaba realizando en este libro un salto en su propia poética, superando —como había comenzado a hacer desde Imitación de la vida— los límites de la poesía conversacional, que no desaparecería del panorama de la literatura cubana, como algunos críticos apresurados pronosticaron, sino encontraría nuevos cauces en el desplazamiento de ese movimiento pendular hacia el predominio de la imagen. El uso de heterónimos, los textos ficticios que ofrecen información «histórica», el desbordante juego con las posibilidades del lenguaje, herencia o influencia joyceana asimilada en la construcción de un universo poético autonómo, eran algunos de los nuevos rumbos que el poeta había tomado y que La forma de las cosas… ya anunciaban de manera impactante.
«Sin faltar a la verdad», Nogueras, «the smart with the naïf under the cloud» estaba reafirmando esa estética otra, nueva, cuando la muerte lo sorprendió. Era un proceso creador amplio y profundo: sin duda, la síntesis de sus experiencias literarias y cinematográficas desde Cabeza de zanahoria, pasando por las lecturas y aprendizajes culturales y vitales de esos casi veinte años, hasta el esplendor lingüístico e imaginativo de Las formas de las cosas que vendran y de Encicloferia (o Las manos vacías), la novela que dejó casi lista y que aún no ha sido publicada.
Desde el territorio del humor, arma eficaz en los momentos difíciles y fiel acompañante de su obra y de su vida, el poeta advierte en la pequeña nota inicial con que se abre La forma…:
Se prohibe bostezar, emitir ruidos groseros o escupir durante el desarrollo del libro. El editor no se hace responsable por la pérdida o deterioro del tiempo de los lectores. Se autoriza la reproducción de cualquier poema, siempre y cuando no se indique la fuente. Estos versos expresan únicamente la opinión pública.
Esta advertencia inicia el entramado de prólogos y notas ficticias (ya verdaderas, sin duda) con el que autor construye el edificio de su poética, el universo de su imaginación, los componentes que, junto a su talento, le acompañaron en la literatura y en la vida.
Los poemas de La forma de las cosas que vendrán anteceden en esta antología los textos finales que la conforman, tomados de la papelería que el autor dejó sin publicar ni organizar y que fuera reunida póstumamente bajo el título de Las palabras vuelven. Buen nombre, también nogueriano, para reiniciar la lectura de sus textos, buscar la herencia de los antepasados poéticos ilustres y conservar siempre «el volar de asonarse al fruturo con las hojas bien abiertas», como nos propone desde su renovadora propuesta de lenguaje este poeta interminable.
A estas alturas del partido, resulta admirable y esperanzadora esa fusión —que ya casi no lo es— entre la vida y la literatura. Los que en julio de 1985 sentimos aquel vacío esencial ante la muerte del poeta, hemos seguido admirando crecientemente después con pareja intensidad la formidable armonía entre su existencia y sus letras. Ahí radica quizás su/nuestra confianza en la palabra, en la belleza y en el ser humano como potencialidad y como sueño: zonas esenciales de la obra y de la vida, negadoras de toda posible manipulación, herederas de toda necesaria autenticidad.
Poco tiempo después de aquella fecha, un estudiante de literatura que preparaba su trabajo de diploma me envió un cuestionario, cuya última pregunta era: «¿Cómo cree usted que debiera recordarse a Luis Rogelio Nogueras?» Nunca supe si el estudiante terminó aquella tesis ni si la publicó después. Pero no hace mucho he encontrado los tres párrafos que contestaban su pregunta. Ahora que la poesía de Wichy va a encontrar, en esta antología, nuevos destinatarios, amigas y amigos que comenzarán a reconstruir seguramente su imagen a partir de las palabras que nos dejó, retomo aquellos deseos con que traté de animar a aquel joven estudiante:
Quisiera que se recordara como fue. Sin mitificaciones amables ni manipulaciones castradoras. Que no se le tratara de convertir en el hombre perfecto y mucho menos en el escritor perfecto que nadie, por suerte, es: mucho menos los que escriben sobre hombres y mujeres perfectos.
Que se recordara su defensa de la imaginación que fue su manera de defender la cultura revolucionaria en la que estaba inmerso y de la que participó activamente, en muchos géneros y de muchas maneras.
Que no se lime la ironía y el humor agudo con que arremetió contra la mediocridad y el oportunismo y el dogmatismo: esos tres jinetes del apocalipsis de la mala literatura.
Yo creo que el hecho de que estemos aquí hoy, quince años después, celebrando el esplendor de la vida y la obra de Wichy en esta antología es una buena muestra de que las modas, las coyunturas, los falsos imperativos (y hasta las ciruelas) pasan. Pero el talento, amigos, queda.
Como escribíamos ayer mismo, en el «Nos pronunciamos» del Caimán Barbudo: «Ahora, con permiso, vamos a hacer circular estos papeles.»
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