Dos amigos


Eliseo Alberto de Diego García Marruz (La Habana, 1951-México, 2011)
Milenio, México, 29-01-2011

Dos amigos
Ambos se sabían grandes y le restaban importancia a sus grandezas.

Los dos amigos eran poetas. Uno eternamente joven, pelirrojo, lampiño, atractivo; el otro su ídolo, un hombre mayor, raro, taciturno, de barba a lo Joseph Conrad; los dos habaneros, muy cultos, juguetones y enamoradizos, con un liderazgo generacional que ninguno se atrevió a ejercer porque nunca se interesaron por las amargas mieles del poder. Preferían la sombra a la luz, a pesar de sus respectivas vanidades. Se leían mutuamente con recíproca y pública admiración —lo cual despertó celos secretos, lo mismo entre los noveles escritores de los años sesenta que en los maestros consagrados de la literatura cubana. Ambos se sabían grandes y le restaban importancia a sus grandezas. Como lectores incansables de novelas, no sólo de poemas, compartían los mismos gustos literarios: los relatos de aventuras y policiacos, las historias de vidas imaginarias, los mundos fantásticos, esas verdades que suelen esconderse dentro de ciertas mentiras, en especial las invenciones amorosas.

El primero se llamó Luis Rogelio Nogueras y sus amigos le decíamos Wichy El Rojo; el de barbas, Eliseo Diego, mi padre. Se llevaban veinticuatro años: Eliseo había nacido un día de julio de 1920 y Wichy otro de noviembre de 1944, pero esa diferencia de edades no impidió una relación intensa y a la vez traviesa. Un día de 1974, Luis Rogelio visitó a Eliseo y le propuso una larga conversación, más que una entrevista, que debería servir de base para un ensayo que quería escribir sobre la obra de su poeta preferido. Papá aceptó el reto. Digo reto porque en verdad sería un duelo de inteligencias que, después de doscientas páginas de diálogo febril, quedaría primero inconcluso y luego perdido en los cajones de la mala suerte. Por esos imperdonables errores de La Muerte, Wichy falleció a los 41 años, de cáncer, el 6 de julio de 1985, y mi padre lo lloró como si hubiera perdido a un hijo. De aquella conversación apenas se preservaron, hasta donde sé, unos pocos fragmentos mecanografiados, ecos de una plática entre dos amigos que tuvieron la inmensa alegría de encontrarse en la misma ciudad y por los mismos días en que ambos eran considerados, por muchos, entre los poetas más queridos de su tiempo. Oigo sus voces. Escuchen:

LRN: En la Calzada de Jesús del Monte. ¿Por qué el título?

ED: Pues… sencillamente porque antes se llamaba así, o así la llamaba el pueblo: hasta los orondos tranvías los proclamaban en sus letreros de colorines: Vedado-Jesús del Monte, por ejemplo… Además, era el tránsito obligado desde mi inocente jardín de Arroyo Naranjo al católico tumulto de la ciudad.

LRN: ¿Cómo se explica usted que ese libro haya despertado entre los jóvenes, casi veinte años después de su publicación, ese justo entusiasmo?

ED: Yo no lo sé, Luis Rogelio, aunque nada podría alegrarme más. ¿Será que intuyen que lo escribí desde y en la poesía, y por tanto, para ellos? Otros libros hay cuyos autores los escriben –y muy bien, por cierto– desde ellos y con ellos y así hacen un rato mucho ruido. Pero como su interés está muy circunscrito, pronto se agota. Me importa mucho más que el libro sea útil a los jóvenes de mi país, que toda la posible fama de este mundo.

LRN: ¿A qué poeta cree usted que le debe más En la Calzada…?

ED: Algo al Borges-poeta de aquellos años, de quien aprendí que la poesía estaba también en los barrios y no sólo en los tronos y dominaciones de la inteligencia; pero más a Don Francisco de Quevedo, que me enseñó a buscar la poesía en el ritmo, en la fuerza energética del idioma, en la palabra del hombre, en el discurso tomado en el sentido trágico; y a César Vallejo, de que es el corazón el que impulsa a la palabra.

LRN: ¿Qué es para usted la poesía?

ED: Si lo supiera, seguramente, dejaría de escribir.

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