Una parte de mí


Por Roberto Fernández Retamar
9 de agosto de 1985
Publicado En: El Caimán Barbudo, edición especial (4), febrero,  1986, p. 8.
Una tarde de 1965, antes de entrar a dar mis clases, recorrí atentamente en la Facultad una exposición de poemas murales hechos por alumnos. Entre los que me gustaron,  había sobre todo uno de un muchacho que no conocía,  Luis Rogelio Nogueras. Comenté el hecho con varios amigos: entre ellos, doy por sentado que se encontraba Guillermo Rodríguez Rivera, amigo también, y porañadidura coetáneo y condiscípulo, del autor de aquellos versos.
Wichy supo de mi opinión, según me dijo él mismo. Así, como admirador suyo, iniciamos nuestra amistad, hace alrededor de cuatro lustros: los que entonces tendría  él.
Evoco con alegría el año 1965, porque por diferentes razones fue decisivo para mí: en esa fecha, por ejemplo,  empecé a dirigir la revista Casa de las Américas, que ya tenía un apreciable nivel literario, y a la que quise dar un sesgo político mayor, y vincular a nuevas zonas de la expression de Nuestra América, incluyendo por supuesto escritores entonces jóvenes de Cuba. Ya en 1965, para solo citar algunos nombres, aparecieron allí colaboraciones de Miguel Baenet, Jesús Díaz (creo que 10 primero que publicaba),  Víctor Casaus y Guillermo. Poco despues, Wichy me dio la copia de su primer poemario, realmente muy bueno. De allí provienen los dos textos con que inició su colaboración en Casa, en 1966. Ese libro, Cabeza de zanahoria, obtuvo al otro año el Premio David de poesía. Es infrecuente que un poeta se inicie con una obra de tal felicidad. No lo que pensaría él después, pero Cabeza de zanahoria se lee hoy (he vuelto a hacerlo) como lo que ya entonces fue: uno de los libros poéticos importantes aparecidos en la Cuba revolucionaria. No era sólo ni primordialmente una promesa, sino un cumplimiento. Wichy tenía muchas más cosas que decir, desde luego, y las dijo.  Pero ese libro juvenil ya lo situó en un lugar de vanguardia,  del que no decaería. Después vinieron para él la madurez,  otros géneros, premios, traducciones. Un ojo agudo podría haber previsto esas y otras venturas ante aquel libro a la vez temprano y sabio.
La desaparicion de Wichy, al igual que su fulminante y terrible enfermedad, me dolieron enormemente, y así le ocurrió a muchos más que también lo admiraban y querían, en Cuba y fuera de Cuba. Su entierro estuvo lleno de tristeza, asombro y lágrimas. Algo traté de expresar durante esas horas en un poema sin duda insuficiente: la pena,  como el amor, no se dejan apresar en palabras .
A lo largo y hondo de estas dos décadas mientras crecía espléndidamente su obra, múltiples fueron mis relaciones con Wichy. Ni siquiera nos faltó alguna discusión, prueba de fuego de las auténticas amistades. La nuestra salió engrandecida,  permanente, de esa prueba. Los compañeros con los que echo las bases de El Caimán Barbudo, los compañeros con los que hizo tantas realidades (libros, revistas, películas), los compañeros con los que hizo estudios, entrenamientos, bromas, trabajos, diabluras, la vida y la imitación de la vida, quedaron  (quedamos) desgarrados sin él. Formaba parte de nosotros. Sigo sin entender la muerte y no mucho la vida. Siento que ha dejado de existir una parte de mí.
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