Poesía del mundo


Por Nelson Herrera Ysla, Letras Cubanas, 1988

Elogios mesurados a Edgar L. Masters, James Joyce, Lewis Caroll; sorna del lugar común, de la falsa erudición; apócrifos, parodia, reflexiones sobre la función del arte y el destino de la poesía y los poetas… todo eso y más hallamos en las páginas de la selección Nada del otro mundo, de Luis Rogelio Nogueras, preparadas por el autor en 1985 y hecha pública a fines de 1988 por la Editorial Letras Cubanas.

Un denominador constante une las páginas de un extremo a otro de la selección: la ruptura de los moldes tradicionales del género poético a partir de una ilimitada fe en las posibilidades del lenguaje. Nogueras hace todo lo posible por ubicar un poco más en la tierra lo surgido de ella y cosechado por el hombre con demasiada pasión y alegría en sus orígenes.

Todo intento por sacralizar el oficio, por amarrarlo a cánones contenidistas, estilos, se estrella en las márgenes mismas de esta poesía.

En el prólogo al primero de los cuadernos que componen la selección, Nogueras sorprende con una afirmación que parecería otra de sus grandes humoradas: “… un poco de esgrima con el idioma, buscando aquí y allá, lo que suene y parezca mejor para arrimar mi sardina lo más posible al ingenio verbal cubano…” (el subrayado es mío), porque para algunos nadie más alejado de un proceso de búsqueda de raíces e identidad cultural que él (a simple lectura). Por vez primera define sus propósitos sin que ello lo comprometa con aquello que suele denominarse poética: se trata del convencimiento profundo de que todo cuanto hace y deshace es en aras de alcanzar la gracia, el humor, la riqueza metafórica verbal que se extiende cotidianamente en el habla popular cubana.

Y dice luego en el citado prólogo, que sus textos “se van de jerga a cada rato”, que desearía que un nuevo libro no tuviese título ni apareciera el nombre del autor, que cualquiera lo considerase como suyo, como escrito por todos y cada uno a la vez porque a fin de cuentas ya ha sido escrito hace cientos de años y volverá a serlo la semana que viene. La manera en que presenta los poemas (aparece el último libro –inédito aún– al principio de la selección y el primer libro publicado al final) contradice lo habitual en estos casos.

Nogueras –en una suerte de viaje a la semilla– propone el descubrimiento gradual de su naturaleza, rastrear la huella de un lenguaje que culmina con un alto nivel de elaboración, síntesis y transformaciones. ¿Y qué hallamos al final del camino? El poeta conversacional de apenas 20 años, ingenuo, respetuoso hacia la retórica formal asumida por más de una promoción en la década del 60, que daba a conocer con sorprendente madurez lo que años más tarde constituirían sus elementos claves, sus obsesiones, sus pasiones. Y también hallamos una singular confesión (ahora a los 38 años): la deuda de gratitud hacia Roberto F. Retamar y que sospecho no es exclusiva de este autor.

La afinidad de caminos y encuentros con poetas que ocupaban un espacio importante junto a Retamar, como lo eran Fayad Jamís, Rafael Alcides Pérez, César López, Luis Suardíaz, Domingo Alfonso, entre otros, resultó definitorio para la consolidación de su lenguaje propio en el coro de la poesía cubana de entonces. Que lo confiese en 1985 sirve para reafirmar lo que sospechábamos, aunque no haya aclarado lo suficiente en qué consistía tal deuda (extensiva con igual humor y simpatía a Guillermo R. Rivera) oculta en cada texto de Cabeza de zanahoria.

La promoción a que perteneció Nogueras no escatimó alabanzas a quienes consideraban precursores, maestros o simplemente “compañeros de viaje”. Supo aunar voluntades alrededor del fuego de la poesía, sentarse a la mesa de Lezama y de Tallet, escuchar los sabios consejos de Guillén y Diego, estudiar a Cintio y Fina, estimular a los más jóvenes que se acercaban en busca de un poco de calor y discutir en interminables madrugadas la mejor manera de sacar adelante la batalladora y polémica revista El Caimán Barbudo.

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