Norman McLaren: el Picasso del dibujo animado


(Artículo de Luis Rogelio Nogueras, publicado en Bohemia, año 77, número 11, 15 de marzo 1985)

Una vez le pidieron opinión a Dalí sobre los «móviles» de Calder, y el muy zorro respondió: «Lo menos que se le puede exigir a una escultura es que se esté quieta…» Si algún caballero del cine mudo hubiera estado en la Escuela de Arte de Glasgow aquel día de 1933 en que el estudiante McLaren proyectó su corto Untitled (sucesión de dibujos hechos directamente sobre el celuloide) ¿habría dicho, acaso, «lo menos que se le puede pedir a un cineasta es que filme como Dios manda?

Muchos años después, McLaren explicó así su revolucionaria técnica: «Muy sencillo: no tenía una cámara.» Y por eso se fue a ver a un distribuidor de mala muerte, le dio 25 peniques por una vieja película y «lavó» la vieja película con disolvente. El resto fue coser y cantar, a fuerza de talento y con ayuda de un pincel, tinta china y barniz de uñas…

Norman McLaren nació en 1914 en Stirling, Escocia. A partir de Untitled y hasta 1936 realizó seis cortos, usando técnicas experimentales. A fines del 36 ingresó en la Unidad Fílmica de la Oficina de Correos, con un salario de miseria. Pero allí se podía «jugar» con el cine. La razón era bien simple: al frente de la Unidad Fílmica no había un burócrata, sino un artista, John Grierson, que nucleaba en torno suyo a creadores de vanguardia como Auden, Benjamín Britten, Cavalcanti, Len Lye, Basil Wrighty…

«Aquí, le dijo Grierson a MaLaren, adquirirás la disciplina. De la imaginación no debes preocuparte, porque tienes suficiente.» Fueron palabras muy estimulantes; pero «suficiente» era un adjetivo en extremo insuficiente para describir la imaginación de aquel muchacho que llegaría a convertirse en el Picasso del cine de animación…

En 1938, McLaren fue transferido temporalmente al Filme Center de Londres. Los dos años con Grierson lo habían fogueado en el hostinato rigore. En Londres McLaren rodó un par de películas de propaganda y a fines de 1939 se marchó a Estados Unidos. Allí permaneció sobreviviendo en medio de la Gran Depresión con trabajitos ocasionales y mal remunerados, hasta que una mañana de noviembre de 1941 una llamada telefónica desde Ottawa cambió su destino. Era Grierson. Se había establecido en Canadá y estaba organizando, a cuenta del gobierno, una oficinita de cine. McLaren hizo sus maletas y acudió al reclamo. La «oficinita» de Grierson llegaría a convertirse en una leyenda en el mundo del dibujo animado: la National Film Board.

La filmografía canadiense de McLaren es muy extensa. Allí, en la NFB, ha rodado sus filmes más célebres: Neighbours (que ganó un Oscar en 1952), Blinkity Blank (1955), Le Merle (1958), Ballet Adagio (1972), Narcissus (1981). Muy pocos artistas contemporáneos han recibido tan altos honores como McLaren, Hoy, a los 72 años y a pesar de su precaria salud, aún filma, aconseja, recorre los estudios. «Tengo mil filmes en la cabeza», le dijo hace poco a un periodista no muy original que le preguntó por sus «planes futuros».

En 1963 yo tenía 17 años y trabajaba en el Departamento de Animación del ICAIC. El pequeño grupo de pioneros que, encabezados por Jesús de Armas, ayudamos a consolidar el filme de animación cubano, nos reuníamos a veces para ver los clásicos del género: El unicornio, Ruka, Érase una vez, El corazón delator, y desde luego, todo McLaren.

Y he aquí que una mañana apareció en el Departamento, como ocurría a menudo, un turista extranjero. Era alto, delgado y con ese enrojecimiento en las mejillas que identifica a mil leguas al bebedor fuerte… No sé en qué momento ocurrió el apocalipsis. Creo recordar que el turista recorrió nuestra instalación sin que nadie le prestase mucha atención. Y cuando ya se iba, el dibujante José Reyes le preguntó por pura fórmula cómo se llamaba. «Norman McLaren», dijo el turista. Y Pepe entonces, pálido como el zombi de Caligari, gritó a todo pulmón: «¡CABALLEROS, SI ES MCLAREN!»

Durante una semana McLaren compartió sus experiencias con nosotros. Lo acosamos a preguntas, vio nuestros filmes. Siempre sonreía y hablaba con voz pausada que rozaba el susurro. Guardo unas fotos del día en que lo despedimos. Ahí está él, bajo el sol abrasador, frente a los estudios, rodeado de un puñado de jóvenes cineastas.

En julio del 67 viajé a Canadá. A través de un conocido —amigo, de un amigo, de un amigo…— concerté una entrevista con McLaren. Me recibió en la NFB, con su tímida sonrisa. Pero no tenía buen aspecto. «He estado enfermo», se disculpó como si me hubiese leído el pensamiento. Me mostró una parte de sus talleres de alquimia. Él filmaba entonces con Margaret Mercier y Vicent Warren Pas de deux. Todavía hoy podría repetir las cosas sinceras y hermosas que me dijo sobre Cuba.

Pasaron quince años más y regresé a Montreal. La noche de la inauguración oficial del Festival de Filmes del Mundo, en el salón de recepciones del Regence Hyatt, una ruidosa multitud de invitados de 15 países hizo silencio cuando el Presidente del festival se acercó al micrófono. «Espero que no me ocurra como a Norman en Opening Speach.» La sala estalló en una carcajada. Opening Speach, filme que rodó McLaren en 1961, trata sobre un pobre señor que intenta pronunciar un discurso de bienvenida, pero el micro, como en una pesadilla, huye por todo el escenario. El papel del kafkiano orador lo interpretó el propio McLaren.

Me come la curiosidad por ver esos mil filmes que McLaren, viejo y enfermo, tiene aún en su cabeza. ¿Qué mayores glorias puede desear un creador como él? Y sin embargo, el artista verdadero, como Goethe en su minuto final, siempre quiere más luz.

(Tomado del libro De nube en nube, Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, 2003)

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