Cervantes. Don Quijote cumple 380 años


(Artículo de Luis Rogelio Nogueras publicado en Bohemia el 18 de enero de 1985 y en el libro “De nube en nube”, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau)

Muchas creaciones de la imaginación o la inteligencia desaparecen para siempre después de un intervalo de tiempo que oscila, como ha dicho alguien, entre una hora de sobremesa y una generación. Pero hay otras que acompañan al hombre sobremesa tras sobremesa y generación tras generación sin perder del todo su encanto primitivo: esas son las que forman el legado cultural de nuestra especie y, casi sin excepción, continúan influyendo de manera directa o indirecta en nosotros: tal es el caso de la primera novela moderna, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que en 1985 cumple 380 años de editada. Quizá quepa agregar que fue escrita por el autor de mayor genio inventivo que ha producido nuestra lengua: Miguel de Cervantes Saavedra…

Alcalá de Henares está situada en el kilómetro 31 de la carretera Madrid-Zaragoza. Allí radicaba hasta hace pocos años, y desde 1499, la Universidad Complutense. Hoy sobrevive el núcleo principal, el Colegio Mayor de San Idelfonso; en el Paraninfo del Colegio Mayor, Alejo Carpentier recibió en 1979 de manos del rey de España el Premio Cervantes. Todo el mundo sabe, desde luego, que ese importante galardón iberoamericano se otorga en Alcalá de Henares porque esta ciudad vio nacer, un día de octubre de 1547, al autor de Don Quijote.

Hace poco más de un año pasé seis días en Alcalá de Henares. La actriz Laura Brito y el concejal Jesús Pajares Ortega me acompañaron una tarde a la casa natal de Cervantes, en Calle Mayor casi esquina a la Calzada de la Imagen. Mis amigos españoles me advirtieron que los arquitectos habían reconstruido una casa del siglo XVI, siguiendo las investigaciones de Astrana Marín, quien aseguraba que allí había vivido el «sangrador» Rodrigo de Cervantes, padre de Miguel. La casa es grande, y se desarrolla alrededor de un patio empedrado. De los Cervantes, realmente, no hay nada. En las habitaciones superiores pueden verse, en vitrinas, ediciones antiguas y recientes de Don Quijote, quizá cincuenta o sesenta en varios idiomas, porque ningún libro, con la sola excepción de la Biblia, ha tenido mayor difusión en la historia de la cultura humana que Don Quijote. Un poco antes de morir, el propio Cervantes llegó a ver la traducción de su mayor obra a varios idiomas, y también supo del gran número de ejemplares que se habían editado de ella, y así escribió: «Treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia [Don Quijote] y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia.» Estimados conservadores señalan que de la famosa novela se han hecho, desde 1605 hasta 1984, más de dos mil quinientas ediciones en cincuenta idiomas; hay que agregar por lo menos dos en Braille, cinco en esperanto y, además, algunas bilingües (como las tres anglochinas que se publicaron en Inglaterra en el siglo pasado). Contrariamente a lo que ha ocurrido con muchos libros, el número de ediciones de Don Quijote ha aumentado con los siglos; así, en el XVII se hicieron 76 fuera de España, contra 155 en el XVIII, 577 en el XIX y más de 750 en lo que va del XX. En Cuba, y por iniciativa de Fidel, el primer libro que salió en 1960 de las prensas de la recién creada Imprenta Nacional fue precisamente la novela de Cervantes; la edición, en cuatro tomos, constaba de 100 mil ejemplares, y se vendió al increíble precio de veinticinco centavos cada tomo.

Goethe prefería la primera parte de Don Quijote a la segunda; pero la tendencia general ha sido considerar a la segunda como artísticamente superior a la primera, a pesar de las debilidades de los últimos capítulos. Sklovski opinaba que las dos partes eran en realidad novelas distintas (como Veinte años después con relación a Los tres mosqueteros). A mi juicio tirios y troyanos tienen razón. Don Quijote es dos novelas porque cada «parte» propone, más alla de las obvias semejanzas (personajes, organización, estructura), enfoques divergentes sobre los hombres y el mundo; y es una sola porque la falta de un motivo argumental unitario en la primera parte se resuelve en la segunda, donde el argumento se organiza, se hace visible por decirlo así.

Hay una montaña de interpretaciones de toda índole sobre la colosal e inagotable novela de Cervantes. La crítica más reciente quiere ver en Don Quijote una parábola sobre el poder de la literatura. Marthe Robert, por ejemplo, anota que Don Quijote se lanza a los caminos movido por los libros, de modo que todas sus aventuras son un intento de llegar a saber lo que se encuentra en el fondo de la literatura, si esta se asemeja a la vida o si es simplemente una mala copia indigna de fe.

Las recompensas a veces le llegan tardiamente a los escritores. Es célebre la irónica frase del anciano Bernard Shaw cuando supo que le había sido concedido por fin el premio Nobel: «Este premio significa para un escritor lo que significa un salvavidas para un hombre que se está ahogando; en mi caso, le han lanzado el salvavidas a un hombre que se ahogó…» No dudo que el fantasma de Cervantes haya ganado millones con Don Quijote, pero el Cervantes de carne y hueso fue un pobre casi de solemnidad a lo largo de su vida. El licenciado Francisco Márquez de Torres refiere que cuando el cardenal arzobispo de Toledo fue a pagar la visita que le había hecho el embajador de Francia, sacaron en la conversación a Cervantes, y entonces el diplomático se deshizo en elogios de la obra del escritor español. Preguntó por su edad, profesión y recursos financieros, y el cardenal tuvo que decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, a lo que el embajador comentó: «¿Pues que a tal hombre no lo tiene España muy rico y sustentado del erario público?» Y agregó con sarcasmo: «Quiera dios que nunca tenga abundancia, para que sus obras, siendo él pobre, hagan rico a todo el mundo…»

Cervantes murió el mismo día que Shakespeare y el mismo año, es decir, el 23 de abril de 1616.

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