Música y poesía se hermanan en libro de Rodríguez Rivera


De La jiribilla Digital 552, diciembre 2011, tomamos el artículo Música y poesía se hermanan en libro de Rodríguez Rivera publicado por Mario Vizcaíno Serrat, previa aclaración de que Luis Rogelio Nogueras no murió “de una extraña enfermedad que lo fulminó en meses” como menciona el autor. Luis Rogelio Nogueras murió de cáncer el 6 de julio de 1985.

Música y poesía se hermanan en libro de Rodríguez Rivera

En las mesas de las librerías cubanas hay un libro para lectores furibundos: un centenar de páginas sobre música y poesía que se leen con el placer y la rapidez con que se toma agua cuando se tiene sed.

La proeza es del poeta y catedrático Guillermo Rodríguez Rivera, quien desempolva ensayos casi olvidados y los une a recientes hallazgos sobre creadores como el francés Voltaire y el cubano Roberto Fernández Retamar y asuntos como la hermandad de la poesía y la buena música.

Se trata de un volumen variado estilísticamente y ambicioso tanto en generaciones, como en geografía. No es para menos: desde sus 20 años, Rodríguez Rivera ha estudiado a artistas de cualquier lugar del planeta, conocidos o no.

Por eso, en esta especie de quirófano literario, aparecen también Baudelaire, otro francés majestuoso, y el peruano César Vallejo, así como una radiografía del vanguardismo europeo.

El compendio de Rodríguez Rivera, un poeta de la generación que en Cuba se llamó de El Caimán Barbudo, pues giraba, creativamente, alrededor de esa publicación cultural, nacida a fines de los años 60 del siglo XX muestra una indagación detallista de un vínculo poético en el que apenas reparan los especialistas: el cubano Nicolás Guillén y el español Federico García Lorca.

Casualmente, El Caimán Barbudo le concedió el premio central de un concurso de ensayos sobre la historia de la propia revista, que Rodríguez Rivera fundó con un grupo de poetas amigos.

El hallazgo de la relación entre Guillén y Lorca lo consigue gracias a lo que se conoce como intertextualidad, pero en su análisis arriesgado de esas influencias mutuas va más allá de la inclusión de un fragmento de texto en otro y expone el modo y el momento en que ambos escritores, tan distantes en geografía, comienzan a influirse.

Otras páginas dedicadas a Guillén, uno de los más completos poetas cubanos de todos los tiempos, se relaciona con Motivos de son, libro de la llamada poesía negrista que revolucionó los ambientes poéticos a partir de 1930, cuando apareció con su innovador y entonces provocador lenguaje.

El cuaderno, el primero que publicó, ensalzaba el son, género musical nacido en la región oriental y rechazado por los blancos y los negros con afán de “blanquearse”. Por eso, también lo consideraron una afrenta a la lengua culta de España que los puristas reconocían como única válida para hablar.

Otro poeta que merece la mirada ávida de Rodríguez Rivera es José Sacarías Tallet, menos atendido que otros de su generación, la de 1920, que el estudioso Juan Marinello llamó la década crítica, en alusión a una cadena de hechos sociales y políticos que fortalecieron a Cuba como nación.

Uno de esos acontecimientos fue la fundación de la Universidad Popular José Martí, que Tallet creó junto al líder comunista Julio Antonio Mella.

Otros dos poetas importantes de este crítico conjunto de páginas son Roberto Fernández Retamar, de la generación de 1950, y Luis Rogelio Nogueras, de la de 1960, la misma de Rodríguez Rivera, quien fue su gran amigo.

El recorrido por la trayectoria de Fernández Retamar, presidente de Casa de las Américas, es incisivo, detallado, y está hecho desde el profundo conocimiento de Rodríguez Rivera de la obra de su antecesor, de quien analiza influencias, parentescos literarios, gustos estéticos.

En cuanto a Nogueras, se trata de un poeta de los que el uruguayo Mario Benedetti llamó comunicantes, es decir, los de la poesía conversacional, que en Cuba tuvo su auge entre las décadas de 1960 y 1980. Nogueras murió con 40 años de edad, de una extraña enfermedad que lo fulminó en meses, cuando ya su verbo se había fortalecido y madurado.

Las últimas 50 páginas del volumen están dedicadas a la música, la otra gran pasión que ha acompañado el recorrido creativo de Rodríguez Rivera, incansable en sus investigaciones.

Pone el dedo en un tema siempre fresco: la poesía y la literatura en la trova cubana, y explica el viejo vínculo de los buenos textos y la música, y la polémica sobre si una letra bien hecha puede ser poesía.

Rodríguez Rivera defiende el derecho de un texto magnífico para ser considerado poesía. De hecho, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, en quienes se inspira para terminar su libro, son autores de decenas de canciones que, a la vez, son poemas.

Lo que hicieron Silvio y Pablo, en esencia, fue convertir la vilipendiada canción comercial en una expresión genuina de la poesía y en un vínculo de comunicación serio y respetuoso con el oyente.

Con estas y otras tesis, un lector con sed de saber disfrutará con la cultura de Guillermo Rodríguez Rivera, quien le buscó a su libro un título sin pretensiones, aunque exacto: De literatura, de música.

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