109 aniversario del natalicio de Dulce María Loynaz


“Lo que resulta también de todo punto interesante es la personalidad física de Dulce María Loynaz; ese aspecto suyo como cervatilla asustada que siempre le he advertido. Ojos pequeñitos y fijos, que preguntan y que al propio tiempo ya conocen todo lo que no se atreven a preguntar; un aire de otro mundo, como de inquietud de verse aquí, vestida con trajes y sombreros y zapatos, ella, que acaso no tiene ni espacio ni tiempo.”

Fina García-Marruz

Con motivo del 109 aniversario del natalicio de la poeta, escritora, abogada y periodista, Dulce María Loynaz del Castillo (La Habana, 10 de diciembre de 1902 – La Habana, 27 de abril de 1997), el próximo 9 de diciembre a las 4 de la tarde el Centro Cultural que lleva su nombre celebrará en el Salón Federico García Lorca de esa institución una actividad cultural donde se exhibirá el programa “Cubania.cu” de la periodista Esther Barroso dedicado a la poeta y se presentará y venderá la reedición de la Poesía completa de Dulce María Loynaz de la Editorial Letras Cubanas.

Esta reconocida escritora de las letras cubanas obtuvo, entre otras tantas distinciones a lo largo de su vida, el Premio Nacional de Literatura 1987 y el Premio Miguel de Cervantes 1992.

A pocos días de haber sido realizada la entrega del Premio Cervantes 2011 al poeta, cuentista y ensayista chileno Nicanor Parra, recordamos las palabras de Dulce María Loynaz al recibir este galardón, 19 años atrás, de manos del Rey Juan Carlos.

Dulce María Loynaz y el Premio Cervantes

Cuando en 1992 viaja por última vez a España a recibir el Premio Cervantes, Dulce María Loynaz se había convertido en la primera mujer latinoamericana en obtener tan honorable galardón. Aunque lúcida de mente, su escasa visión no le permitió leer su discurso y, en su nombre, lo hizo el novelista cubano Lisandro Otero (La Habana, 1932-2008).

Discurso de Dulce María Loynaz del Castillo. Ceremonia de entrega del Premio Cervantes 1992

(Fuente: Ministerio de Cultura de España)

Majestades, Presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid, señor Ministro de Cultura, Autoridades Académicas, excelentísimos señores y señoras.

Constituye para mí el más alto honor a que pudiera aspirar en lo que me queda de vida, el que hoy me confieren ustedes uniendo mi nombre, de algún modo, al del autor del libro inmortal.

Unir el nombre de Cervantes al mío, de la manera que sea, es algo tan grande para mí que no sabría qué hacer para merecerlo, ni qué decir para expresarle.

Un extraordinario pensador de la América Hispana, José Martí, sentenció una vez: “Los hombres se miden por la inmensidad que se les opone”. Interpretando el sentir de esta máxima martiana en Don Miguel de Cervantes, cuya obra es el eje central que motiva esta solemne ceremonia, podemos decir que el glorioso “Manco de Lepanto” tuvo genio suficiente para oponerlo ante la inmensa tarea que se propuso, dar fin a ella y conocerle por ella las generaciones posteriores.

Es, pues, gran honor y un compromiso muy difícil de asumir, para quien recibe cada año este Premio, ser depositario, aunque fuese menguada, de aquella extraordinaria luz del genio Cervantino.

Por lo tanto me honra singularmente que se haya considerado mi nombre digno de acompañar, aunque sea de lejos, al del titán de las lenguas españolas.

Acepto conmovida este Premio que se me concede en la ciudad donde naciera el gran escritor, y en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, honor tanto más grato por cuanto lo recibo de manos del Rey Juan Carlos I.

En su libro Memorias de la Guerra, cuenta mi padre, el general Enrique Loynaz del Castillo cómo, recorriendo la ciénaga de Zapata durante campaña de 1895, vino a dar a un claro del bosque donde un oficial del ejército español dormía con la cabeza apoyada en un libro. Al ruido de pisadas en las hojas secas despierta el durmiente que viéndose sorprendido escapa dejando abandonados en el suelo un estuche de cuero y el libro que le sirviera de almohada. Mi padre recoge ambas cosas, entrega al oficial que le acompañaba el estuche donde brillaba rica joya y retiene el libro en cuya cubierta empieza a leer: “Historia del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha por Don Miguel de Cervantes Saavedra”.

Continuando la marcha por la inhóspita zona, mi padre y sus compañeros se extravían y tras caminar un buen trecho, rendidos de fatiga, se sientan en el tronco de un árbol derribado. Mi padre abre el libro y empieza a leer para sí, y luego se interrumpe con risa que no ha podido contener.

¡Siga, siga riendo! —dicen los otros—, que esa risa nos hace pensar que ya usted encontró el modo de salir de este infierno. Mi padre vuelve a leer el párrafo que provocó su hilaridad, esta vez en voz alta. Y todos ríen juntos, como si, en efecto, ya vieran resuelta la angustiosa situación.

La risa, cuando puede participarse, hermana a los hombres. Por otra parte no es difícil llorar en soledad y, a cambio, es casi imposible reír solo.

La risa es una sustancia casi volátil, quiero decir difícil de conservar: lo que hacía reír a nuestros abuelos ya no nos hace reír a nosotros y lo que hoy nos hace reír, no es probable que haga reír a un cuarta o quinta generación. El truco del pastel aplastado en el rostro del cómico ya no funciona con los muchachos de hoy. Por eso considero importante detenerme en resaltar esta faceta del libro inmortal a pesar de que de una u otra forma ha sido comentado por otros autores.

Porque conservar fresco ese elemento volátil en palabras escritas hace siglos creo que constituye una verdadera hazaña.

Nos dicen que hay animales que ríen pero si entendemos la risa como un fenómeno inducido por la percepción de una situación cómica es evidente que sólo el ser humano puede reír conscientemente. Porque es el único capaz de percibir la comicidad de un acto en vivo o traducido a palabras o a meras líneas.

Y como hemos ido perdiendo poco a poco las legítimas motivaciones para la risa la actual generación ha tenido que inventarse lo que llaman humor negro, que es una mezcla de azúcar y harina condimentada con gotas amargas.

Mi padre lee algunos pasajes del Quijote y ríe. Pero, ¿dónde se encontraba mi padre?, en la más difícil de las situaciones, perseguido y extraviado en plena selva tropical. Las condiciones no podían ser más adversas y sin embargo mi padre ríe tan espontáneamente que su risa es contagiada a sus compañeros. ¿Quién hizo el milagro?  Un hombre que vivió hace cuatrocientos años y lo suscitó con palabras escritas en un papel.

A lo largo de los siglos este libro ha sido leído, releído y comentado. Es difícil hallar otro con tanta repercusión en los hombres de distintos tiempos y distintos países salvo, tal vez, la Biblia.

Hay quien pretende que Cervantes sólo se propuso ridiculizar y por tanto erradicar los libros de caballería tan en boga en su tiempo. Rechazo esta tesis: Me parece que rebaja el mérito del gran escritor y de la gran obra. Equivaldría a decir que Cervantes apuntó a una codorniz y cobró un águila real.

Nunca me he afiliado a las teorías casuales, creo que en todo hay un origen y un propósito pero como el tema es amplio y tal vez me llevaría a afrontar otros, prefiero terminar con los más bellos versos que a juicio mío se han dedicado al inmortal caballero andante: los versos fueron escritos a principios de siglo por un modesto poeta cubano, a quien pude conocer personalmente, y cuyo nombre era Enrique Hernández Miyares.

“La más Fermosa”

Que siga el caballero/su camino/agravios desfaciendo/con su lanza:/Todo noble tesón al/ cabo alcanza/fijar las justas/leyes del destino./Cálate el roto yelmo/del mambrino/y en tu flaco rocín/altivo avanza:/desoye el refranero/Sancho Panza./Y en tu brazo confía/y en tu sino./No temas la esquivez/de la fortuna/si el caballero de la/blanca luna/medir sus armas/con las tuyas osa/Y te derriba por/contraria suerte,/de Dulcinea en asias/de la muerte/di que siempre será/la más fermosa.

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