Sylvia Beach. Shakespeare and Company


(Artículo de Luis Rogelio Nogueras publicado en Bohemia, año 77, 4 de enero de 1985, p. 20 y tomado del libro “De nube en nube” del Centro Cultural “Pablo de la Torriente Brau”)

I

En el verano de 1919 una culta, sociable y fea muchacha de Baltimore llamada Sylvia Beach abrió una librería norteamericana en París. El negocio era modesto, como modesta era la vida en la Europa de entonces a causa de la guerra: Shakespeare and company, que así se llamaba la librería, ocupaba un pequeño local en cierta empinada callecita de tiendas de ropa de la Rive Gauche; sus pesados escaparates de roble, que ahora mostraban libros, probablemente exhibieron, sesenta años atrás, los vestidos de seda que aparecen descritos en las novelas de Balzac.

Shakespeare and company, más que vender, prestaba libros, casi siempre primeras obras de jóvenes escritores anglosajones; pero también era posible hallar en los estantes obras de autores franceses, desde Aragon (que por cierto enamoraba a una hermana de Sylvia a quien comparaba con la momia de Cleopatra) hasta el consagrado André Maurois, pasando por Gide, Larbaud o Benda. Cuando Shakespeare and Co. abrió las puertas, su dueña estaba muy lejos de imaginar que aquella librería se iba a convertir, durante las dos décadas siguientes, en el centro de reunión de los más brillantes escritores que vivían en París.

Un reciente libro de Noel Fitch sobre Sylvia se extiende en las relaciones entre la entusiasta librera y las oleadas de escritores norteamericanos que a partir de 1903 (fecha de la llegada de la Stein a Francia) hasta los primeros años de la década del treinta, instalaron sus cuarteles de invierno en los cafés de Saint-Germain des Prés. Pero el nombre de Sylvia Beach ha quedado asociado, en la historia de la literatura mundial, al libro de ficción más famoso y menos leído del siglo XX después de Finnigan’s Wake: Ulysses, esa divertida y erudita «encicloferia» con la que el irlandés genial, rencoroso y medio ciego llamado James Joyce transformó radicalmente el arte de narrar.

En otra oportunidad podríamos hablar de Ulysses (después de todo, como se jactaba Joyce y acaban de demostrarnos un grupo de estudiosos alemanes encabezados por Hans W. Gabler y Wolfhard Steppe en su nueva edición corregida de la novela, tenemos la eternidad por delante para volver sobre ese libro inagotable); pero sabemos que la censura yanqui atacó tanto y por tan diversos flancos la obra que los editores de Little Review, que habían dado a conocer capítulos sueltos en su revista, fueron procesados en Estados Unidos por «publicar obscenidades»; con aquellos truenos, ningún editor quería hacerse cargo del muerto. Y fue Sylvia quien, desafiando el filisteísmo norteamericano, asumió la responsabilidad de publicar, bajo el sello de Shakespeare and Co., el libro maldito.

II

Ha comenzado a lloviznar en París. Son las 5 de la tarde del lunes 25 de septiembre de 1984. Me detengo ante los escaparates de Shakespeare and Co., que ya no está cerca de la rue de l’Odéon, como en tiempos de Sylvia, sino en la rue de la Bucherie, casi frente a Notre Dame, por supuesto que aún en la Rive Gauche. Soy un joyceano descalzo, pero persistente; por tanto, no puede dejar de emocionarme cuando descubro, entre los mal colocados libros que exhibe fuera de venta una de las vidrieras, un ejemplar del libro «azul griego», es decir, la edición de Ulysses que hizo la Beach en 1922.

Entro. Cualquier breve descripción de lo que es Shakespeare and Co. con sus estantes atiborrados de libros viejos y nuevos en más de una decena de idiomas, los gatos y las palomas saltando por las mesas y los libros apilados en el suelo; cualquier descripción, digo, está destinada al fracaso; sería (y creo que la comparación es exacta) como intentar hablar en diez líneas de La Bodeguita del Medio. Hay unas quince personas, la mayoría como yo, extranjeros de paso por París. El dueño de Shakespeare and Co. hoy se llama George Whitman, y se dice que es biznieto del gran poeta de Manhattan. Recuerda mucho al Quijote de Doré. Viste un traje viejo de paño gris y se mueve entre los visitantes mostrando sus habilidades poliglotas; va diciendo, en varios idiomas (el español incluido) que el jueves siguiente el señor Durrell va a estar allí firmando sus libros; todos quedamos invitados…

En una de las paredes hay una amarillenta foto de Sylvia, probablemente de 1939. Lleva un severo traje sastre y el pelo ya gris recogido en un moño. Su mirada parece ausente. ¿En qué pensaba? Me viene a la memoria lo que ella cuenta al final de su autobiografía. Los alemanes se baten en retirada en las calles de la capital francesa. Es 1945. Han pasado dos décadas y media desde que Shakespeare and Co. abrió sus puertas. Los mejores amigos norteamericanos han muerto o ya no viven en París; en cuanto a los amigos franceses, también algunos han muerto; otros, como Aragon, luchan en la resistencia; Pound se ha convertido en un canalla. En todo caso el tiempo no ha pasado en vano. De pronto una hilera de jeeps se detiene en la rue de l’Odéon y los vecinos se ponen a gritar: «¡Sylvia, es Hemingway!» Sylvia baja corriendo las escaleras. Ya aquel Ernest de pelo negro y músculos duros que conoció en 1920 es el maduro, canoso, un poco obeso y célebre autor de Tener y no tener y Por quién doblan las campanas. El escritor se adelanta, la carga, da vueltas con ella mientras ríe y la besa. Cuando por fin pasan las lágrimas, Hemingway se descuelga del hombro la ametralladora, se echa hacia atrás el casco de acero y le pregunta qué puede hacer por Shakespeare and Co.

Le preguntamos (dice Sylvia) si podía reducir a los nazis que aún permanecían en los tejados de las casas […] Hizo bajar a su compañía de los jeeps y llevó a los hombres a los tejados. Por última vez oímos disparos en la rue de l’Odéon. Hemingway y sus hombres descendieron a la calle de nuevo y se alejaron en sus jeeps para «liberar», según palabras de Hemingway, «los sotanos del Ritz».

Foto: Sylvia Beach y James Joyce (tomada del blog Lyssa humana)

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