Prólogo de Rapi para el libro “Cuando me duermo y Dibujando” de Eliseo Diego


Constante Alejandro de Diego García Marruz “Rapi” (La Habana, 1949 – México, 8 de enero de 2006)

Prólogo de Rapi para el libro “Cuando me duermo y Dibujando” de Eliseo Diego

—¡Nunca! —bramó el autor de los poemas— jamás me pondré ese ridículo traje de “bolitas”.

Por lo general hablaba más bien bajito con un tono grave, sin ser profundo y como si le faltase un poquito el aire.

—Pero si sólo es un momentico —le decía yo, mientras lo perseguía por la habitación con un elegante traje amarillo con lunares morados en la mano— lo que me demoro en hacerte un retrato. Tienes que usar esa tela.

—¡Ni loco!, después aparece uno por ahí… ¡disfrazado de jirafa!

Normalmente caminaba despacio, ayudándose con un bastón. En realidad no necesitaba bastón, pero supongo que lo consideraba elegante… lo era. Pero ahora se movía con sorprendente agilidad interponiendo con pericia entre nosotros cuanto mueble encontraba en su camino. Tenía la curiosa costumbre cuando pasaba frente a un espejo de cruzar los brazos y, levantando mucho la ceja derecha, mirar poniendo “cara de malo”. En ese momento pasó frente a un espejo, aproveché para detenerlo.

—¿Y si me pusiera algo más discreto? Unos calzoncillos, por ejemplo.

—Bien, me parece bien, claro que tendría que dibujarte sin…

—¡Unos calcetines!

—De acuerdo, si no queda más remedio, que sean unos calcetines —le respondí resignado—. Es que el niño que dibujé usa un pijama…

—Yo nunca me puse un pijama de ese color, aunque sí tenía un osito de peluche, gran compañero de juegos, ya no se hacen ositos así.

Había logrado que se sentara y trataba de capturar esa expresión ligeramente burlona que ponía a veces. Yo sabía que nunca había usado nada de ese color, lo sabía porque lo conozco bien, soy su hijo, pero al ilustrar los poemas me divertía imaginando a papá niño, y era un poco como si jugáramos juntos. Le gustaba jugar y, a pesar de ser un hombre muy serio, te hubieras divertido mucho con él. Decía que era un niño hechizado y que una bruja lo había convertido en “persona mayor”.

En ese momento, como si se acordara de algo importante, dijo tronando los dedos: “¡Rumpelstiquin!

—¿Qué rayos es eso de Rumpelstiquin?, y trata de no mover la pata.

—Sabrías quién es Rumpelstiquin si hubieras leido con atención los cuentos de los hermanos Grimm. Además, no es una pata jovencito, es un pie, un gran pie por cierto. Lo siento pero me esperan.

El dibujo ya estaba casi terminado, papá lo miró por encima de mi hombro.

—No está del todo mal, pero yo tengo una expresión más inteligente, ¡bastante más inteligente! —y poniendo esa cara especial de “ante el espejo”, exclamó— ¡Taxi!

Un enorme libro, tal como lo oyes, un libro realmente inmenso apareció de quién sabe dónde. Como si fuera la cosa más natural del mundo, papá se sentó en él y se fue como Peter Pan por la ventana. Así te lo dibujo, como lo vi entonces diciéndonos adiós con la mano desde su alto vuelo.

Espero que te gusten estos poemas tanto como me gustaron a mí pues para eso fueron escritos, para que algún día tú los disfrutaras.

Rapi

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