Acerca de una muchacha que supo muy bien lo que quería


ELISEO DIEGO

Para Dulce María Loynaz

 

Por esos ojos tuyos que yo no podría

entreabrir con mis besos, daría a

quien los quisiera, estos ojos míos

ávidos de paisajes, ladrones de tu

cielo, amos del sol del mundo.

Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen

Dulce María Loynaz

 

Ankh-es-en-Amen es un nombre de muchacha. Casi una niña. Cuando por primera vez nos encontramos con ella, apenas si pasa los quince años de su edad.

Y sin embargo, ya es una Reina, y mujer del Señor del Alto y el Bajo Egipto, el Emperador, el Faraón, el Muy Magnífico Señor Tut-Ankh-Amen.

Tres mil trescientos años nos separan de su cada día. Cuando nació Jesús, ya hacía mil cuatrocientos años que la noche había caído sobre ella.

¿Cómo es posible entonces que la veamos sonreír, y aún esconder una lágrima entre su dignidad de pequeña Reina?

Todos sabemos del solemne y rígido ritual funerario de los egipcios. Se suponía que la momia descansara en su lugar de reposo por toda la eternidad. Jamás los ojos de los vivos volverían a ver el rostro del Faraón después del enterramiento. ¿Cómo pudo Ankh-es-en-Amen imaginar que podría enviarnos un mensaje, guiñarnos quizás los ojos, a través de toda una enormidad de tiempo?

En primer término, era hija de Akh-en-Aten, el genial Faraón heterodoxo, el primer monoteísta de la historia. No es raro entonces que la herejía ardiese en su joven corazón. También el Rey era hijo del mismo padre, si bien de otra mujer.

En segundo término, es curioso que él muriese a los diecinueve años, en plena juventud. Quizás el rencor le sirvió a ella de acicate. La vieja religion había sido restaurada durante la niñez de Tut-Ankh-Amen; pero la sombra del padre era aún poderosa, y quizás alguna conspiración de sacerdotes, aunque envuelta en finísimos vendajes, lo condujése discretamente a la tumba. De sospecharlo, Ankh-es-en-Amen no lo perdonaría nunca.

Obró con exquisito disimulo de mujer. Fingió seguir sumisamente las convenciones. Todo se hizo según el ceremonial ortodoxo.

Pero ella dejó sus menudos indicios. No iban destinados, no, a los dioses del Mundo Abisal, sino a hombres y mujeres como ella y al muchacho de su esposo: confiaba en que alguna vez podríamos prestarle atención.

Comenzó con un gesto de niña que pudieran ver con simpatía los graves sacerdotes decididos a no provocarla: colocó en la frente del Rey ya embalsamado, en torno a los símbolos del Alto y el Bajo Egipto, una guirnaldita de flores silvestres.

Pero antes había tomado otras precauciones.

Valiéndose de su autoridad de Reina y de sus dulzuras y gracia de muchacha, reunió a los mejores artistas de la corte y les confió cómo deseaba que esculpiesen exactamente los paneles para adornar la tumba. Alguna que otra escena hierática con Osiris abrazando al Faraón, con Isis y Anubis a su lado para protegerlo: no estarían de más. Pero el centro serían los instantes: instantes en la vida de los dos enamorados, que solo ellos conocieran.

La mañana en que fueron de caza y ambos se escaparon a la guardia. En medio de la soledad de las marismas, él tiende el arco y dispara las flechas contra las ánades salvajes. Ella, sentada a sus pies, en alto las frágiles, adorables rodillas, le tiende con la mano derecha un dardo, en un ademán de estudiada coquetería, mientras con la izquierda señala un ave apetitosamente rolliza. Cuando por fin le trajeron el calor de la mañana sobre los hombros desnudos. Instantes.

Y así, otras escenas íntimas que solo ellos dos podían conocer: la noche en que él derramó sobre su mano un frasco de perfume, y luego simuló devorársela, en el silencio de su gabinete íntimo. Instantes. Aquel en que ella dio el toque final a su vestimenta regia, a punto ya de comenzar una ceremonia solemne en palacio.

Instantes. Antídotos contra los insidiosos cúmulos tras cúmulos de tiempo, allá en el silencio de la cámara mortuoria.

Cuando nació Jesús, ya habían pasado mil cuatrocientos años desde que la última piedra cerrara la antecámara de la entrada al recinto final. No catorce, ni cuatro, sino mil cuatrocientos. Cayendo en impalpables copos grisáceos. Copos de ceniza, y copos, y copos, allí adentro en la cripta. Mil cuatrocientos años.

Y ahora habían de pasar mil novecientos más. Hasta que por fin la luz dio en los paneles. Y volvieron a pasar los instantes idos, el Joven Cazador y su Joven Esposa, de nuevo entre la luz, vivos de nuevo.

Ankh-es-en-Amen es un nombre de muchacha. Bien lo sabemos los que la hemos visto moverse y sonreír.

En su estudio, Eliseo Diego acompañado por su familia, 1970 (foto: Liborio Noval)

Fuente: Revista UNIÓN 72/2011. Año L. Revista de Literatura y Arte. Págs 18 y 19.

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