Liv Ullmann. El perdido reino de la infancia.


Artículo de Luis Rogelio Nogueras publicado en Bohemia, año 76, no. 47, 23 de noviembre de 1985, p.20

Liv Ullman (foto publicada en el sitio: fiafcongress.org)

Son las 2 y 30 de la tarde del martes primero de abril de 1982. Falta algo más de media hora para que el DC-8 aterrice en el aeropuerto de Barajas. Lindas azafatas de SAS acaban de repartir cerveza holandesa y emparedados de pollo.

A mi lado viaja un hombre de unos cincuenta años; rostro duro, tostado, enormes manos nudosas. Me pregunta en basto inglés, si puede utilizar el cenicero que está en el brazo de mi asiento, pues el suyo se ha atascado. Me brinda un Gaulois y comenzamos a hablar. Es pescador. Sirve desde hace más de 15 años en barcos noruegos. Regresa de vacaciones a su patria chica, La Coruña. ¡Español! «Creía que usted era nórdico», le digo; «yo soy cubano». «Acabáramos», responde con ancha sonrisa, mostrando unos dientes fuertes y amarillos. Seguimos charlando un rato, ahora en nuestro común idioma. La situación laboral en España es muy mala. Todos sus hermanos también se han visto forzados a emigrar: Suecia, Francia, Alemania Federal… Saca del bolso una botella de wisky barato, pedimos vasos y bebemos.

Es entonces que la veo por segunda vez y la reconozco al fin.

Me había fijado en ella en el aeropuerto de Copenhague: una mujer atractiva, absorta en la lectura de una revista. No lleva maquillaje. Los lacios cabellos color miel recogidos en un sencillo moño sobre la nuca. Viste unos viejos vaqueros y un suéter verde. Allá en Copenhague, me evocó a alguna persona vagamente conocida. Pero no conseguí armar el cubik.

Ahora ya sé: sus ojos verdes, sus rasgos finos, me la recordaban a ella misma: Liv Ullmann, la actriz noruega que estuvo casada con Ingmar Bergman y que protagonizó algunas de sus grandes películas: Persona, La hora del lobo, Skammen…

Avanza lentamente por el pasillo, rumbo al W.C. Curiosamente ningún pasajero parece haber reparado en ella.

El amigo español (supongo que a propósito de Liv) me hace un comentario subido de tono sobre las nórdicas.

Liv Ullmann… ¿Estoy sucumbiendo ante el fetiche de las estrellas de cine? Liv. La he visto en la pantalla (la última vez, en nuestra TV. con Gene Hackman en un magnífico filme de Jan Troell). He admirado su rostro sereno en revistas. Incluso leí Changing, su hermosa autobiografía: libro tiernísimo, humano…

Decididamente no soy periodista. Ahí, al alcance de mi mano —es un modo de hablar, desgraciadamente— está Liv. Y no me animo. Sigo en mi asiento reclinable, bebiendo sorbos de wisky rasposo.

«¿Es usted Liv Ullmann?» O, mejor aún: «Sé que es usted Liv Ullmann. Y sé, además —golpe de efecto—, lo leí en Changing, que lo que más le gusta de los aviones es que no hay molestos teléfonos.»

Pasan cuatro largos minutos. Vigilo de tanto en tanto la puerta del W.C. Por fin, sale Liv. Se ha soltado el pelo y sostiene el suéter en una mano. Ahora lleva una arrugada blusa negra; es un color que no le sienta bien: se ve muy pálida.

Aprieto los dientes. Lo peor, desde luego, sería un desplante. Está a unos pasos. Me pongo de pie. «¿Señora Ullmann?»

Con voz más clara y sin dejar de sonreír: «¿Señora Ullmann? I am happy of sharing this flight with you. I am journalist, and come from Cuba…» Todo eso de un tirón, como un escolar recitando unos versos en una fiesta de fin de curso. Se detiene y me mira. Hay curiosidad en sus ojos fatigados; no parecen los de una mujer satisfecha de sí misma y de la vida.

«Hemos visto sus filmes. Magníficos.»

Debí decirle algo más original. Groucho cuenta en sus memorias que la mejor frase que jamás oyó se la dijo una viejecita, a la salida de un restaurante, cuando ya Harpo y Chico habían muerto y las casas productoras se habían olvidado del anciano sobreviviente. Ella se le acercó y, tocándolo tímidamente por un brazo, le susurró: «Señor Groucho: por favor, no se muera usted nunca.»

«Cuba», dice. «Cuba.» Su rostro se ilumina un poco. Se echa el suéter al hombro y me extiende una mano pequeña y muy blanca.

Hablamos durante escasos cinco minutos. Le gustaría visitar Cuba. No, no ha visto filmes cubanos. Pero algunos amigos sí, y le han dicho que son «emocionales». No, no va a España a filmar; asuntos privados.

Quisiera enviarle mi segunda novela traducida al sueco. Le doy mi tarjeta. Ella me pregunta si tengo pluma. Tengo. Se la entrego. Al dorso escribe con una letrica liliputiense: «Liv» y su apartado de correos. Le digo que he leído Changing y que me gustó mucho. «Usted escribe muy bien.» Pestañea varias veces, se toca con los dedos el dorado pelo y, como turbada, me responde: «Muy amable.»

Hace un gesto con la cabeza: no sé qué significa. Tal vez adiós. Me apresuro a darle nuevamente la mano y a desearle una feliz estancia en España.

Me siento y la veo irse por el pasillo hacia su sitio, allá en primera. De espalda, con sus pantalones de mezclilla gastados en el trasero, su arrugada blusa negra y sus cabellos sueltos, parece una adolescente. También en sus ojos creí descubrir un inexpresable brillo infantil: esa clase de fulgor en la mirada que sólo tienen las criaturas que no se han hallado a sí mismas sobre la tierra.

Mi amigo español me hace un guiño cómplice y me ofrece otro trago de wisky.

Liv Ullmann. Me gusta esta mujer sencilla que una vez se descubrió a sí misma como un pájaro aleteando siempre rumbo al perdido reino de la infancia.

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