¿Y ya no tocan valses de Strauss?


Artículo de Josefina de Diego García-Marruz (Escritora y traductora, La Habana, 1951) publicado en la Revista UNIÓN de la UNEAC; 72/2011/Año L

Mi abuela Berta Fernández-Cuervo y Giberga nació en La Habana, el 21 de noviembre de 1891. En 1895 sus padres emigraron a los Estados Unidos, debido a la guerra contra España, y allá vivió hasta la edad de doce años, aproximadamente. Abuela estudió en el colegio El Sagrado Corazón, en Nueva York, y estando allí contempló la aparición del primer coche a motor. Contaba que había visto los principales descubrimientos del siglo XX y las dos guerras mundiales. La Gran Guerra, como se le llamó en su época a la Primera, la sorprendió,  nada más y nada menos, en Alemania. Abuela tuvo que huir con sus tíos, en tren, hasta París; de allí se trasladaron a un puerto seguro y regresaron a Cuba,  después de muchas peripecias y emociones.

Los conocimientos del inglés le permitieron —cuando en 1929 quebró la mueblería y joyería de su esposo,  el asturiano don Constante de Diego— comenzar a trabajar como profesora de inglés. Para la realización de este trabajo abuela se esforzó mucho, se preparó y estudió a fondo la gramática inglesa. Con el paso de los años se convirtió en una verdadera especialista y escribió tres libros para la enseñanza de este idioma, Excercises in Functional Grammar, que le proporcionaron una holgura económica y, sobre todo, muchas satisfacciones.  Sus libros se estudiaban en los famosos Centros Especiales de Inglés, y abuela llegó a ser la Inspectora General de estas escuelas, en todo el país.

Le gustaba mucho viajar, era independiente, leía mucho, siempre en inglés, y sus autores preferidos eran Charles Dickens y Lewis CarroIl. También le gustaba conversar, estaba al tanto de los principales descubrimientos de la ciencia, por medio de su radio,  que siempre escuchaba, y se mantenía al tanto de la situación política internacional.

Nunca supe cuándo le comenzó su sordera. Por cartas de mi padre a mi madre, sé que ya en 1946 empezó a tener problemas y tuvo que verse con un médico. Finalmente,  quedó completamente sorda, pero algo lograba escuchar a través de un aparato, que le colocaba a uno en la boca, como si fuera un micrófono.

Un día, mi hermano Rapi, unas amigas y yo la sacamos a pasear a la playa de Santa María. Abuela entró al mar, hasta que el agua le dio por las rodillas, y la pasó muy bien.  A nuestro regreso, quisimos tomarnos algún refresco en el Hotel Marazul, pero lo único que se encontraba abierto era la discoteca. Le preguntamos a abuela si quería entrar y enseguida dijo que sí, muy divertida por la nueva aventura.  La oscuridad era casi total y el ruido, ensordecedor.  Unas luces de colores nos alumbraban las caras y teníamos que gritarnos unos a los otros para poder conversar. Abuela, que había apagado su aparato porque la música estaba tan alta que no lo necesitaba, podía oír aquellas extrañas sonoridades que sus nietos parecían disfrutar y se distraía mirando aquel mundo enloquecido, totalmente desconocido para ella. En un intermedio entre número y número, decidimos sacar unas fotos, pero como no teníamos flash, encendimos nuestras fosforeras. En ese breve instante de silencio se oyó el clic de la camarita al mismo tiempo en que abuela preguntaba, con su poderosa voz de sorda: “¿Y ya no tocan valses de Strauss?”.

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