Las quince mil vidas de El Rojo


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“Hay muchos modos de jugar”, último libro publicado con poemas de Wichy. Prólogo de Guillermo Rodríguez Rivera, Editorial Letras Cubanas, 2005

Las quince mil vidas de El Rojo. Artículo escrito por Mercedes Santos Moray para CUBARTE el 6 de julio de 2005

Todavía resuena en mis oídos la expresión colérica de un amigo: ¡Un hombre de cuarenta años no se debe morir! Y era justa la ira, porque no era obra de justicia aquella muerte temprana, la de Luis Rogelio Nogueras, Wichy, el Rojo.

Han transcurrido veinte años, pero él nos sobrevive, se afirma desde su propia juventud, con ese sentido iconoclasta que fue tan suyo y el talento que lo desbordaba para multiplicarse en la experiencia vital y en la escritura tanto de la poesía como de la narrativa, sin olvidar el espacio reflexivo implícito de su propia poética.

El Rojo salió a cabalgar, a romper lanzas con la armadura de su “cabeza de zanahoria” para luego remontar otros senderos y emprender las quince mil vidas de su poesía, con el mismo aliento que manifestó en el mundo del cine, en los estudios de los dibujos animados, en el guión de las películas y en la compleja empresa que entabló, primero a cuatro manos, junto a Guillermo Rodríguez Rivera para “desacralizar” la narrativa policíaca en Cuba.

Espigado, risueño pero en nada superficial, siempre será esa la imagen que retengo de aquellos años que compartimos en la Escuela de Letras y en el mismo curso, en medio de mayores tormentas y contradicciones, las que latían a fines de los 60 y en la convulsa explosión de la grisura ya sintomática de los 70, como guardo ese sentido cáustico de su humor, irreverente ante los monstruos sagrados que entonces fueron nuestros maestros y maestras, como sucedió con Mirta Aguirre y el seminario de lírica de los Siglos de Oro.

Wichy también está en la presencia del primer Caimán Barbudo, cuando irrumpió la publicación como un hervidero de ideas, para dar un giro cuajado de interrogaciones en el contexto de las publicaciones culturales cubanas.

Y, en todas y en cada una de esas muestras de su talento, de su avidez por conocer las raíces de las cosas y de las circunstancias, de su propia sensibilidad, estaba El Rojo, rotundo y ácido, aunque también con esa nota tan suya que denotaba una buena dosis de inocencia, mezcla de Dios y el Diablo, en medio de aquellos años duros.

Hace unos días escuché a Víctor Casaus el reclamo de la edición de la poesía de Wichy, donde está presente el universo cómplice de sus intereses y emociones, en ese juego –siempre primando en él la presencia lúdrica de la creación literaria-, que se entabla para todo autor entre la verdad y la mentira, la literatura y la vida, lo que otros califican también de la vieja batalla entre lo “culto” y lo “popular”, como las coplas de Jorge Manrique y de Gil Vicente…

Ciertamente, las más jóvenes generaciones no conocen la escritura de El Rojo, aunque repiten porque así lo han recibido, el perfil de una leyenda que sobrepasa la carnalidad del hombre, y sin embargo, no sólo para quienes escriben o pretenden hacerlo algún día, sino para cuantos disfrutan de la lectura, sé que en la prosa de Wichy como también en su producción lírica hay muchas inquietudes que podrían compartir hoy, no para establecer el diálogo con un muerto, sino para retroalimentarse con un escritor siempre inconforme, agudo, que supo tener o mejor dicho gozar de la gracia de poder burlarse de sí mismo.

Los hombres y las mujeres de su generación, que es la mía, hoy peinan canas. Algunos han torcido el rumbo o han involucionado no sólo como artistas sino como seres humanos. Otros se han enriquecido en la polémica abierta con la propia existencia, y han producido también obras mayores. Pero todos hemos envejecido, cumplida la certeza del tiempo. Mientras que Wichy permanece igual, como si fuera posible volver a los campos de la Mancha, montarse sobre un jamelgo y tomar una espada para conquistar otra vez, y a diario sin cansarse, como corresponde a los jóvenes, el corazón de Dulcinea.

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