Mihaly Babits: los oscuros fuegos de la noche


Artículo de Luis Rogelio Nogueras publicado en Bohemia, año 77, no.5, 1 de febrero de 1985, p.20 y en el libro De nube en nube del Centro Pablo de la Torriente Brau.

Una de las más vigorosas revistas literarias europeas de este siglo fue la legendaria Nyugat, que se editó en Budapest entre 1908 y 1941 y en la que colaboraron casi todos los grandes escritores contemporáneos de Hungría: Endre Ady, el filósofo Lukács, Mihaly Babits, Gyula Illyés, Gyula Juhász, Dezso Kosztolanyl, Frigyes Karinthy, Margit Kafka…

Nyugat fue testigo de dos guerras mundiales y tres generaciones de literatos pasaron por sus páginas; incluso, como advierte Eva Toth, la revista fue el punto de donde partieron los representantes de corrientes contrarias a ella. Atila Jozsef, por ejemplo. Si es cierto que las vanguardias literarias del siglo XX no pueden explicarse sin las publicaciones periódicas (en las que nacieron, se desarrollaron, se consagraron y a menudo murieron en honor de gloria o naftalina todos los ismos que contiene el diccionario de Saínz de Robles), Nyugat es la prueba más irrefutable de la veracidad de esta afirmación.

De 1929 hasta su muerte en 1941 (que fue también la de la revista), Mihaly Babits estuvo al timón de Nyugat. No resulta fácil hablar de Babits en pocas líneas. Hombre de vastos conocimientos humanísticos (como lo demuestra su Historia de la literatura europea), infatigable traductor (vertió al húngaro obras de Sófocles, Shakespeare, Baudelaire, Kant, himnos religiosos latinos medievales y la Divina Comedia en tersa rima, que le valió en 1940 el Premio San Remo), novelista (Hijos de la muerte), Babits fue, ante todo, un poeta, un inmenso poeta a la altura de contemporáneos suyos como Valery, Machado, Rilke, Yeats o Blok.

En 1978 yo estaba bajo la fascinación de la poesía de Babits. Llevaba leídos muchos de sus poemas traducidos al inglés y al francés, y hasta había intentado una glosa del texto «Quizá el diluvio» (que después trajo al español, en magníficos endecasílabos, David Chericián). Por entonces las editoriales Arte y Literatura y Corvina trabajaban conjuntamente en una gran antología de la poesía húngara; a mí se me asignó la tarea —si cabe expresarse así tratándose de poesía— de hacer las versiones en nuestro idioma de varios poemas de otro gran escritor magiar, amigo de Babits y también colaborador de Nyugat: Gyula Juhász. Pero Babits y su Libro de Jonás me seguían obsesionando desde lejos.

Un año después, en el otoño de 1979, viajé a Hungría. Y quiso mi buena estrella que el encuentro internacional de escritores al que el maestro Eliseo Diego y yo estábamos invitados tuviese lugar, precisamente, en la pequeña ciudad que había visto nacer a Mihaly Babits el 28 de noviembre de 1883: Szekazard, al este del Danubio y unos 160 kilómetros de Budapest.

La noche de Szekazard (o Aliscum, como llamaban los romanos a esa región) ha quedado, en la poesía angustiada de Babits, como un símbolo misterioso del bien y la belleza. En uno de los más memorables versos de amor de la poesía húngara, el poeta dice a su amada: «Aliscum éjhajú láuya», muchacha de cabellos de noche de Aliscum.

Los habitantes de Szekazard, esa pintoresca ciudad que huele a uvas machacadas, viven orgullosos de Babits, y conservan con provinciano cariño su modesta casa natal. En la casa hay un retrato del poeta; si la memoria no me traiciona, es un pastel, y cuelga en una de las paredes blancas del último cuarto, junto a una ventanita que se asoma hacia el patio sembrado de cerezos enanos. Desde el retrato, Babits mira con sus tristes ojos mansos a los turistas que curiosean lo que fueron las pertenencias de él y sus padres; es una mirada dolida, tímida, azorada que embarga de piedad… He visitado, y siempre con fervor, el lugar donde vinieron al mundo o gastaron parte de sus vidas algunos de los escritores que admiro: Martí, Dostoievski, Kafka, Carpentier, Darío, Whitman, Verne, Babits. Y de algún modo que aquí no puedo explicar (porque nada ocurrió, salvo lo que se estremecía, sin nombre, dentro de mí) palpé una armonía, creí ver (¿o los tendí yo?) puentes entre los signos y las cosas. Alguien podrá preguntarme, con toda justicia, qué de común hallé entre la desteñida levita de Martí, la tosca cuchara de madera que acompañó a Dostoievski a Siberia, la vieja estilográfica de Kafka, la vasija que usaba Cervantes de niño para beber agua o leche, la foto de Darío disfrazado de almirante, la pipa de barro cocido de Whitman, el portapapeles de bronce de Verne, la biblia de gastadas tapas de cuero de Babits y Versos sencillos, La casa de los muertos, El castillo, Don Quijote, Azul, Canto a mí mismo, Viaje al centro de la tierra o El valle de la inquietud. Sin discutir le doy la razón: no hallé relación alguna. (Pero, si se afina el oído, si se escucha con el corazón, se percibe entonces un rumor de comunión que el lenguaje humano no puede traducir…)

La última noche en Szekazard, antes de volver en ómnibus a Budapest, Diego y yo bebimos unas copitas del buen vino de Tolna y comimos manzanas en un café ubicado casi frente al Ícaro de Imre Varga que se alza en la plaza central de la ciudad. Arriba no había estrellas, sino, como en el verso de Babits, la lisa manta de terciopelo negro de la noche. Desde alguna parte llegaba hasta nosotros el canto metálico de las cigarras, ese eterno mensaje de los bosques que no comunica noticia alguna. Y yo me preguntaba si habría alguna relación entre el canto de una cigarra y la poesía; me preguntaba qué secretos podrían compartir Ícaro y Jonás; me preguntaba dónde terminan los cabellos de una muchacha hermosa y comienzan los oscuros fuegos de la noche de Aliscum.

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