Wichy Nogueras y Eliseo Diego: más que una entrevista, una larga conversación


Cuando Wichy venía, papá y él se encerraban en el escritorio y yo escuchaba sus risas de niños traviesos. Josefina de Diego.

Vamos a hablar un poco de En la Calzada de Jesús del Monte. ¿Por qué el título?

Pues… sencillamente porque antes se llamaba así, o así la llamaba el pueblo: hasta los orondos tranvías los proclamaban en sus letreros de colorines: Vedado-Jesús del Monte, por ejemplo… Además, era el tránsito obligado desde mi inocente jardín de Arroyo Naranjo al católico tumulto de la ciudad. El nombre originario, como sabes, es puramente accidental: en el monte donde está hoy la iglesia que aparece en el libro, hubo, en el siglo XIX una capilla dedicada a Jesús: no sé si será la misma pero la podrás ver en un viejo grabado que Bellita se las arregló para regalarme y que tengo en mi estudio. Por otra parte, hay en ese antiguo nombre de la Calzada una para mí oculta relación con uno de los más imponentes pasajes del que es –si no otra cosa– uno de los más bellos poemas del mundo: el pasaje de La tentación de Jesús del Monte. Si añades la vieja tradición según la cual a la raíz del verbo construir está el nombre de Caín–«el constructor de ciudades»–, verás el valor simbólico que oscuramente tenía para mí la Calzada como vía, paso o camino de uno a otro estado (vida, en suma).

¿Cómo se explica usted que ese libro haya despertado entre los jóvenes, casi veinte años después de su publicación, ese justo entusiasmo?

Yo no lo sé, Luis Rogelio, aunque nada podría alegrarme más. ¿Será que intuyen que lo escribí desde y en la poesía, y por tanto, para ellos? Otros libros hay cuyos autores los escriben –y muy bien, por cierto– desde ellos y con ellos y así hacen un rato mucho ruido. Pero como su interés está muy circunscrito, pronto se agota. Me importa mucho más que el libro sea útil a los jóvenes de mi país, que toda la posible fama de este mundo.

¿Ese libro sufrió acaso algún proceso, digamos, de depuración? ¿Lo concibió usted como un todo o, por el contrario, es un libro hecho sin un plan previo?

Lo concebí como un todo: quise que fuera como un solo poema.

Se ha insistido –Vitier– en el trasfondo de la melancólica añoranza de un mundo ya perdido (¿el de la “bella época” cubana de principios de siglo?) que hay en el libro. ¿Está usted de acuerdo? ¿Qué añoraba usted al escribirlo? ¿Su infancia? ¿Una forma de ser de lo cubano perdida durante la seudo-república?

Justamente lo que sugieres: añoraba un modo de ser de lo cubano que se perdía cada vez más ante mis propios ojos.

¿A qué poeta cree usted que le debe más En la Calzada…?

Algo al Borges-poeta de aquellos años, de quien aprendí que la poesía estaba también en los barrios y no solo en los tronos y dominaciones de la inteligencia; pero más a Don Francisco de Quevedo, que me enseñó a buscar la poesía en el ritmo, en la fuerza energética del idioma, en la palabra del hombre, en el discurso tomado en el sentido trágico; y a César Vallejo, de que es el corazón el que impulsa a la palabra.

En la época en que apareció publicado el libro En la Calzada… ¿recibió usted algún elogio (o crítica), aparte, naturalmente, de la de sus amigos?

Mi querido Luis Rogelio, la respuesta no puede ser más significativa por tan breve: ninguno.

En la dedicatoria de En la Calzada… usted “ofrenda” el libro a la amistad, a la conversación. También a la conversación (¿al acto de atender?) dedica usted Por los extraños pueblos. En uno de los poemas más bellos que haya un cubano escrito, usted afirma que un poema no es más que una conversación en voz baja. ¿Por qué esa similitud poesía-conversación?

En cuanto a lo primero, porque siempre he creído –aunque se me incluyese dentro de un “algo” nombrado “trascendentalismo”– que la poesía solo se alcanza a través de ese acto de suprema tensión del ser, que yo llamo atender, en que uno toca el sentido oculto en uno de los misterios –criatura, cosa, acto– de la realidad y, con tanto cuidado como si se pasara un pichón de un nido a otro más seguro, lo traslada vivo a la sustancia del idioma. Ahora bien, ¿para qué tomarse estos infinitos trabajos si no es para comunicar el maravilloso hallazgo a otro, que debe re-crear, a través de la palabra, lo que está tan oculto en ella como lo estaba en la realidad, siendo este ocultamiento en esencia una verdadera iluminación? Pero a todo este enrevesado enredo yo le llamo simplemente atender y conversar: «una conversación en la penumbra».

¿Por qué ese título Por los extraños pueblos? Bueno, sé que usted puede remitirme al libro, porque el título de un libro se explica solo —lo sé— por todos sus poemas. No obstante ¿hay alguna razón especial?

¿Puedo contestarte con un poema? Lo escribí hace muy poco, este mismo año, y quizás sea la mejor respuesta. Aún no tiene título:

El lugar donde vivo no es el mío.
Quizás haya en Asturias una aldea
que se ajuste a mí bien, o quizás sea
un pueblito de Rusia, blanco y frío.
Tal vez porque de todo desconfío
por más que familiar siempre lo vea
no es que en mi propia palma yo no crea:
es que me extraña como el arce umbrío
que vi una vez y me volvió remoto
no de mi casa, sino tan adentro
de mí que fue el terror. Pues la belleza
será solo el fragmento de algo roto
que tuvo en cada sitio su áureo centro
y hoy es fuga y nostalgia y extrañeza.

¿Está ahora suficientemente claro, –oscuramente claro– por qué son extraños mis pueblos?

Siempre me ha intrigado que usted escriba décima. No es que yo desprecie las décimas (¡cómo iba a ser!), pero no es la décima, creo, una estructura apropiada para el ritmo de su poesía. ¿Está usted de acuerdo? Me imagino que no. ¿Por qué?

No te intrigará tanto si consideras que la décima es, tomada como una unidad y no como una estrofa más, es con el soneto, una de las dos formas cerradas que hoy por hoy “funcionan” en nuestro idioma. El desafío que impone una limitación —en pintura el marco del cuadro, por ejemplo— me parece uno de los mayores estímulos —y una de las más eficaces disciplinas— que pueden ayudar a un creador.

¿Prefiere usted En la Calzada… a Por los extraños pueblos? ¿Es una preferencia de inicio, o a posteriori?

No lo sé: creo que el segundo; pero me parecería una deslealtad, porque siento que el primero me quiere a mí más.

¿Escribió usted el libro de Boloña por puro “divertimento”?

Me parece que sí. Un “divertimento” es también cosa muy seria.

En alguna parte usted ha dicho (¿o me lo ha dicho a mí?) que se divirtió mucho escribiendo El muestrario del mundo… No me parece que sea usted un poeta que se divierta escribiendo (aunque supongo que, como buen admirador de Chesterton, querría serlo); por el contrario, me parece que para usted la creación es agonía. ¿Por qué, pues, se divirtió tanto con Don Boloña?

Tienes toda la razón: querría ser como Chesterton; pero en realidad toda creación verdadera es agónica en el sentido unamuniano —y tuvo que serlo así aun para el propio Chesterton, que era un verdadero y grande poeta. Pero en «El muestrario» hay un elemento de juego con la imagen del otro, una respuesta a un desafío hecho a través de un pequeño abismo de tiempo y así fue como una singular partida de ajedrez, que por una parte angustia, y por otra sonríe.

¿Por qué aceptó usted el reto que le hizo el muestrario de Don José Severino?

¿Qué sé yo? Don José Severino había alargado su reto entre la sombra de más de cien años, sin que nadie lo recogiera. Cintio, caballero a la vieja usanza de Don José, pensó que me aludía, y que era cuestión de honor, darle satisfacción cumplida. Ofreció servirme de padrino. Yo escogí las armas –según derecho viejo.

¿Cree usted que El libro de las maravillas… es, de algún modo, una parábola sobre el destino humano?

Sin duda, puesto que lo es el Muestrario de Don Severino. El original es fascinante: está en el Departamento de Colección Cubana de la Biblioteca José Martí. Dispuesto a jugar una segunda partida en cuanto aparezca un contrario. ¡Cómo me gustaría presenciar el nuevo encuentro!

¿Por qué razón no distribuyó, después de impreso, Por los extraños pueblos?

Lo publiqué porque sentía una urgencia de que tuviese cuerpo impreso; no lo distribuí porque aquel fue un año –1958– trágico y sangriento: fue como una tácita señal de duelo ante los ríos de sangre pura y joven con que se tropezaba uno con solo salir a la calle.

¿Hay algún poema de ese libro que usted prefiera? ¿Por qué? A mí personalmente «Bajo los astros» me parece uno de los textos más hermosos que usted ha escrito. ¿Es por casualidad que ese poema cierra el libro?

Como tú, prefiero «Bajo los astros». No es casual que cierre el libro: aquí en La Habana uno no tenía idea de lo cercana que estaba el alba de la Revolución y, además, yo había terminado realmente el libro dos o tres años antes —aunque estuve trabajando en él casi hasta el último momento, como siempre hago: quise que el libro terminase con ese acento desolado— reflejo de mi propio ánimo.

¿Le consuela saber que esos poemas vivirán más que los objetos, pueblos y “personas” (veremos después por qué las comillas) que lo habitan?

Sí, eso siempre consuela algo, Luis Rogelio…

Siempre he pensado que Por los extraños pueblos es un libro habitado por seres, que diría yo, fantasmales. Es un libro sobre un pueblo (¿un mundo?) muerto, o, lo que es lo mismo, olvidado. Me parece que en eso radica el secreto de esa melancólica tristeza que hay en el libro. ¿Qué piensa usted al respecto?

Es justamente el mundo que hubiera sido nuestra Isla de no haber ocurrido en la realidad el terrible y jubiloso estallido poético de la Revolución. Y recuerda que esto no es para mí una frase: para mí están primero las infinitas posibilidades de lo real como orden poético, y luego su encarnación en la palabra.

¿Qué criterio de selección siguió en Nombrar las cosas? ¿Por qué el título?

Criterio de selección, en realidad, ninguno: el volumen abarca los libros de poemas publicados hasta aquella fecha (claro que el Muestrario no está completo por razón de los grabados), más algunos textos aparecidos en revistas, estos últimos forman parte de otros libros que trabajaba y trabajo. El título, que me parece el mejor posible, se lo debo a Otto Fernández; me salvó del escogido por mí, un tanto fúnebre, sin duda, que prefiero no recordar.

En alguna parte, usted ha dicho (creo que en una carta a Tentori) que le parecía acertado el título de El oscuro esplendor para la edición de sus poemas en italiano. Sospecho que ese es el título que más le gusta de cuantos usted ha creado (me refiero al título, no al libro). Si acierto, ¿por qué?

Tu sospecha es muy certera. Es el título que más me satisface. Creo que atrapa lo que es para mí el objeto de la poesía: la realidad viviente. (Además, creo que el librito es también el que prefiero; pero no estoy seguro).

En El oscuro esplendor paréceme descubrir, en algunos textos, algo así como una “poética”. Es probablemente, el libro donde más explícitamente habla de lo que es para usted la poesía. Pero, ¿qué es para usted la poesía?

Si lo supiera, seguramente, dejaría de escribir.

 

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