En la tierra de Shota Rustavelli


Artículo de Wichy publicado en Bohemia, La Habana, año 76, no. 52, 28 de diciembre de 1984, p. 20.

Octubre de 1978. Estoy en la terraza de mi habitación, en el quinto piso del majestuoso hotel Iveria, orgullo de los hospitalarios tbilisenses. Son las diez de la noche y sopla un viento suave del sur. Allá abajo destellan, como joyas, las luces de Tbilisi, ciudad con más de 1 500 años de rica historia y uno de los lugares más hermosos que han visto mis ojos. El tráfico es incesante por las avenidas que bordean las márgenes del Kurá; ese otro río de luces es uno de los símbolos de la prosperidad y del elevado nivel de vida de esta República que, hace apenas setenta años, era una de las regiones más atrasadas del Imperio ruso.

Mañana abandono Tbilisi. Un avión de Aeroflot me llevará, en dos horas, al aeropuerto de Domodiedovo en Moscú. Vuelven a mi memoria las múltiples experiencias de estos Días de la Literatura Soviética en Georgia, evento en el que hemos participado a nombre de Cuba el crítico Desiderio Navarro y yo. A lo largo de una semana he podido intercambiar experiencias con Rimma Kazakova, Silvia Kaputikián, Bela Ajamadulina, David Kuguitinov, Yuri Ritjeu, Iraki Abashidze… He tenido la satisfacción de escuchar el arte de la canción georgiana (fuente de inspiración de Glinka, Balakiriev, Rubinstein, Chaikovsky y objeto, desde hace mucho, de la atención de folkloristas y musicólogos de todos los continentes), he probado los apetitosos platos de la comida georgiana (su famoso vino de uvas, el jinrali, el mtsvadishashlyk del Cáucaso— y el mohadi), y he recorrido impresionantes monumentos de los siglos X y XI: la antigua capital Majeta, el monasterio de Dzhavary, la fortaleza de Ninodzminda…

Mañana abandono Tbilisi…

Vuelvo el rostro para ver, allá a lo lejos, en la cima del monte de San David, el panteón de Mtatamind, construido oficialmente en 1929 con motivo del 100 aniversario del fallecimiento de Griboliedov (1795-1829). Desde el panteón, por cierto, se abre una vista inolvidable de Tbilisi, guarecida por montañas y parcialmente oculta en las mañanas bajo un finísimo manto de niebla.

Después de la inauguración oficial de los Días de la Literatura Soviética en Georgia, las actividades se sucedieron: paseos por la ciudad; una emocionante velada en el Palacio de Pioneros (que lleva el nombre de Dzneladze); una excursión a Kajeti, región donde se dan las uvas negras más grandes y jugosas que he visto en mi vida; una visita a la academia de pintura de la ciudad y al museo de arte georgiano, donde pude ver más de cincuenta cuadros de Pirosmanasvili…

Son ya las diez y treinta de la noche. Mañana abandono Tbilisi. Tendría que llenar muchas páginas para describir todo lo que he visto y escuchado en estos días espléndidos… En realidad, debería intentar dormir un poco; pero lo que realmente hago es pedirle un té a la camarera y sentarme cómodamente a leer el hermoso ejemplar con la traducción francesa de El caballero de la piel de tigre que me han obsequiado en la Unión de Escritores Georgianos.

Ni aun de la ortografía del nombre de Rustavelli podemos estar seguros; pero no hay dudas de que vivió durante los siglos XII-XIII —a juzgar por los datos que es posible escarbar en su poema épico, dedicado a la célebre reina Tamara (1184-1211)— y que buena parte de su vida transcurrió cerca de Mzkhet. La mayoría de los historiadores coinciden en aceptar como aproximadamente cierta la leyenda de que Rustavelli —educado en Atenas— llegó a ser consejero y tesorero de la reina Tamara; enamorado de ella, debió de abandonar la vida pública y hacerse monje.

Los georgianos afirman que precisamente en Georgia estaba el vellocino de oro; y afirman también que Rustavelli alcanza, para las letras georgianas, la misma estatura que Homero para la literatura griega, o Virgilio para la literatura latina. No hay que dudar mucho de la primera afirmación; pero no hay que dudar en lo absoluto de la segunda. Más aún: El caballero de la piel de tigre es un texto digno de situarse entre las obras maestras de la literatura universal, y su autor, el enigmático Rustavelli, merece honores de coloso.

Ignoro si existe una traducción al español del extenso poema de Rustavelli; casi podría asegurar que no. Es una carencia que alguna vez tendremos que resolver. Desde luego, no es tarea fácil, sobre todo porque quien la emprendiera debería aprender primero una lengua tan tercamente difícil para los hispanoparlantes como es el georgiano; pero mientras no se dé ese paso, acaso remediaría traer el texto al español desde el francés o el inglés…

Doce de la noche… Mañana abandono Tbilisi. Dejo el libro de Rustavelli sobre el sillón y salgo de nuevo a la terraza. Alzo una vez más los ojos hacia las estrellas. Por mi mente pasan los versos del gran bardo georgiano:

La lengua no puede expresar las alabanzas
que ella merece

Ella, desde luego, era la altiva y desdeñosa reina Tamara. Pero y yo, Tbilisi, yo: ¿puede mi lengua expresar las alabanzas que tú mereces?

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