El alma de la casa: entrevista a Bella García-Marruz (I)


Fuente: La Jornada Semanal, noviembre, 2004, núm. 505

Silvia Rodríguez Rivero entrevista a Bella García Marruz (1921-2006)

El alma de la casa (Realizada en 1991.) Pocos libros existen, capaces de emocionarnos tan sólo por mirarlos, y este es el caso del libro recientemente presentado por la UNEAC, Cuadernillo de Bella sola. En esta breve publicación, editada como homenaje a la obra del poeta cubano Eliseo Diego en ocasión de sus setenta años, se recogen poemas inéditos de Eliseo dedicados a Bella, su esposa.

El cuadernillo, blanco y leve, ilustrado con delicadeza por Pablo Borges y diseñado por Heriberto de Haro, transmite con su sola presencia el misterio y la ternura de quien inspiró tan adorables poemas. La concepción y realización de este pequeño libro, desbordado de poesía en forma y contenido, da la impresión de haber estado guiada por la propia magia que en él existe, o quizás fue la fuerza de la verdad presente en la indisoluble unión de Eliseo y Bella, quien trazó el camino de forma tan certera, e hizo posible el milagro de este cuadernillo.

En ocasión de esta publicación y deseando acercarnos un poco a la vida y a la obra de este gran poeta, decidí hacerlo por la puerta principal, que para mí no es otra que la del corazón y la sensibilidad de Bella.

La entrevista que les presento a continuación es única, sólo porque nadie se había detenido a hacerla. Bella siempre ha estado ahí, sobrevolando, con su boina parisina y su leve figura de muchacha, toda la poesía de Eliseo. Siempre dispuesta a brindarle la infinita paz que lleva dentro, Bella es música, baile, poesía, sencillez, infancia y sobre todo, emoción, una gran emoción.

Bella, ¿cómo usted recuerda a Eliseo cuando se conocieron?

Sé la impresión que me hizo, no un recuerdo. Cuando lo conocí en la universidad era grave, muy grave, como ha seguido siendo, y tenía una voz que me impresionó mucho. El timbre de voz de él. Esa es la impresión que yo tengo. Él nunca había escrito ningún poema. Como poeta no era conocido ni por él. Yo tenía dieciocho o diecinueve años, fue cuando entré en la universidad. De él me enamoró un aire que tenía que me sobrecogía, y eso que él era gracioso, divertido. Él tenía esa dualidad, pero a mí, no sé, me sobrecogió.

¿De qué temas preferían hablar en esa época?

Sobre todo de libros, de experiencias. Había estado Juan Ramón Jiménez en La Habana y la amistad de él con Fina y conmigo había sido una experiencia muy importante para nosotros. Eliseo no lo conoció nunca y de eso también hablábamos.

Nosotros nos vimos por primera vez en el Hispano-Cubano de Cultura. Fina y yo íbamos allí desde que teníamos catorce años, unas niñas “sabichosas”. Eliseo y Cintio, que eran amigos desde el colegio, también iban allí y haber tenido esa experiencia común años atrás nos abrió muchas posibilidades de conversación. También hablábamos de las casas del Vedado que nos gustaban. De ellas imaginábamos cosas y gentes. Cada uno hablaba de lo suyo, Fina y Cintio, que se hicieron novios en la misma época, y Eliseo y yo. Siempre salíamos juntos, fue un noviazgo a cuatro manos.

Todos estudiábamos en la universidad, ellos estaban en un curso adelantado con respecto a nosotras. Fina y yo estudiábamos Ciencias Sociales y también cursamos hasta el tercer año de Filosofía y Letras (me gradué, en 1959, de doctora en Pedagogía). De la universidad salíamos a pasear por el Vedado, los jardines, los parques, todos los parques. Nos sentábamos a conversar, fue una etapa muy bonita.

Bella, ¿qué fue Arroyo Naranjo y qué representa para ustedes?

Mira la casa de Arroyo Naranjo, te voy a hablar sólo un poquito porque de Arroyo no puedo hablar mucho, yo no sé. Yo quería mucho a Arroyo Naranjo, pero mucho. Cuando nos casamos en Bauta, que nos casó el padre Gaztelu, antes de ir al apartamento de nosotros, yo quise pasar por Arroyo Naranjo. Nunca había vivido allí, pero para mí esa casa estaba como encantada.

La casa la había hecho el padre de Eliseo, Constante de Diego, asturiano, para que él naciera allí. Quise mucho al padre de Eliseo, todo lo que él tocaba a mí me importaba, era una persona especial. Era un verdadero poeta, aunque, como siempre dice Eliseo, no tuvo la formación adecuada para poder desarrollarse. Pero le gustaba escribir, escribía versos y hasta una novela. Para él la vida era muy linda, sembró los árboles de la casa. El jardín que él construyó en Arroyo estaba hecho por un poeta.

A mí aquel jardín me volvía loca. No era grande, la quinta en total no era mayor que una manzana. Tenía cuatro partes. La entrada era un césped muy lindo con una fuente. Después había una escalera que daba a un terreno un poquito más alto y allí estaban los pinos. Él hizo un bosquecito de pinos, seis u ocho, no sé, pero habían crecido y eran ya muy altos. Había también frutales, guanábanas, anones, mangos, muchos mangos. En el último cuarto de terreno, como si no hubiera podido hacerlo más lejos del jardín, justo antes del barranco, hizo la casa, parece como si él hubiera querido que todo fuera jardín. Por si fuera poco, abajo, en el barranco, pasaba el tren, que le daba un aroma a la casa, un sonido especial. Era muy lindo, todo en Arroyo Naranjo era rico, tenía todos los encantos.

A mí siempre me ha gustado el campo, me gusta cómo huele la hierba, los árboles, todo me gusta, y fuimos a vivir para allá porque yo quise. Yo estaba loca por ir y allí vivimos casi veinte años.

¿La casa de Arroyo se transformó con ustedes o siguió siendo lo que era? ¿Siempre tuvo esa magia?

Siguió igual, nosotros no le pusimos nada, aunque sí mucho amor, eso sí le pusimos.

¿Por qué Eliseo, en gran parte de los poemas que le ha dedicado, la ve como a una niña?

Porque él a las dos nos ve como niñas, nos nombra como niñas. Porque si ahora de viejas, no somos las viejas típicas, pienso que antes tampoco lo éramos. En Fina se explica más, porque Fina es todavía como una niña. Él siempre nos ve así, yo no sé por qué, porque yo no soy aniñada, nada aniñada.

¿A qué momentos de sus vidas están vinculados los poemas que aparecen en el cuaderno? ¿Hay alguno que prefiera especialmente?

“Para Bella sola” son recuerdos de momentos en que Eliseo me vio de una manera especial. Son pocos poemas, pero son momentos que él recuerda. De estos poemas el de la boina me gusta más que ninguno y yo creo que a él también: “Ya te veo venir, ligera y leve,/ volando las escalas del teatro,/ la boina al sesgo de tu pelo lacio,/ radiante y feliz, hecha de aromas.// Das a mi amigo un libro, me sonríes,/ después te vuelves y tu esbelta espalda/ escaleras abajo es música/ y es una puertecilla hacia la dicha.

Yo recuerdo ese momento de las boinas. Fue un inicio para nosotros muy bonito. Fina y yo nos vestíamos iguales y usábamos unas boinas que papá nos trajo de París, eran muy lindas. Cuando Juan Ramón nos vio la primera vez que nos acercamos a él, para preguntarle por García Lorca, que acababa de morir, él estaba hablando con Hortensia Labedán y le preguntó: “¿De qué colegio son estas niñas?” Porque vestíamos zapato y todo igual. Y esa fue la época en que Eliseo me vio.

No te sabría decir cuál prefiero, el de la boina me gusta por todo ese historial que lo rodea. El de los hijos, si te dijera que es el que menos me gusta, porque Eliseo dice que me hizo llorar y nunca fue así, nunca Eliseo me hace llorar, nada más que cuando me lee poemas que me emocionan, sólo así. Eliseo no hace llorar a nadie nunca por pena, porque te disguste o porque te lastime, él no es así. Sin embargo lo dice el poema y por eso no me gusta.

¿Usted alguna vez le escribió un poema a Eliseo?

Nunca, eso es una pregunta que me han hecho muchas veces. Imagínate, rodeada de poetas tan reconocidos y jamás me tentó eso. Además, pienso yo, que si lo hiciera fuera como una cosa falsa, que no me nace y no creo que sea ése el camino. Ni una línea, ni un versito. A mí me rodea la poesía, pero nunca me he sentido tentada a escribir.

Me contaron una vez que cuando Eliseo u otro de los poetas amigos leía un nuevo poema y Bella no lloraba, éste no pasaba la “prueba de calidad”. ¿Esto era realmente así?

Yo soy muy emotiva, es verdad, a veces lloro cuando me gusta una cosa, lo mismo sea un cuadro, un poema o música. La música por supuesto es la que más se comunica con uno siempre. Lloro cuando algo me gusta mucho, no porque sea triste, sino porque me toca, me emociona. Ya no lloro tanto como antes, porque antes era mucho peor.

Ellos leen los poemas y me vigilan las lágrimas, si no hay lágrimas no pasó la prueba del “lacrimómetro”. Eliseo a cada rato me dice: “Sí, pero el —‘lacrimómetro’— no ha funcionado.” Tanto me lo han dicho que me están conminando a no llorar, porque me crea un problema, “¿lloraré, o no lloraré?”

Bella, ¿y el baile? Yo sé que a usted y a Fina les gustaba mucho bailar.

Nosotros bailábamos muy bien, pero Cintio y Eliseo bailaban muy mal. Nuestra salvación era Octavio Smith y mi hermano Sergio. Tú ves, yo nunca traté de escribir, pero me hubiera gustado mucho bailar; y creo que no hubiera sido tan mala porque era mucho el amor que sentía por la danza. Éramos socias de Pro Arte, casi niñas, y allí vimos bailar a Alicia Alonso cuando era jovencita.

El baile me apasionaba y quise estudiarlo. Entonces mi papá, que era médico, me dijo que si yo quería estudiar baile había que hacerme primero algunas pruebas para determinar si no había ningún problema físico que me lo impidiera. Me hicieron muchísimas pruebas, todas en contra de mi baile; tenía, según concluyeron, espina bífida y podía ser muy peligroso. Me resigné y tuve que renunciar al sueño de mi vida.

Mucho después, hablando un día con Charín, que era mi nuera en aquel momento, le conté mi historia con el baile y ella me dijo: “Bella, pero ¿por qué?, yo también tengo espina bífida.” Me quedé totalmente frustrada después de vieja.

Si usted tuviera que definir a esta familia en pocas palabras, ¿qué se le ocurriría decir?

Yo creo que la familia de nosotros es un regalo. Te voy a decir la verdad, es un privilegio que no sé por qué nos ha tocado, pero es así. Todo, que yo recuerde, comenzó con mi mamá que era un ser excepcional. Ella amaba la música sobre todas las cosas en la tierra, José María se parece mucho a ella y Fina también se parece. La casa estaba siempre llena de música porque ella tocaba para nosotros y porque ella después vivió de tocar el piano. No daba clases de piano porque no lo resistía. Ella montaba repertorios a operáticos y a boleristas. Mamá era una mujer de verdad extraordinaria, le tocaron cosas en la vida muy duras, muy duras y nunca se quejó. Yo la oí llorar muchas noches.

La casa era una casa alegre, muy modesta, no solamente por la posición económica, sino por el modo de ser de mamá. Para ella todo era natural, a todos atendía por igual, era incapaz de generar por sí misma algún problema. Era una casa muy plácida, muy alegre y muy confiada. Ella no le imponía nada a nadie y eso hizo que la gente en la casa se desarrollara como le vino bien. Era atea, librepensadora, sí, claro. ¡Cómo no iba a ser librepensadora mamá! No nos dio nada preestablecido. Nosotros nos bautizamos a los nueve años porque a mi hermano se lo exigieron en el colegio de curas. Si no, estaríamos sin bautizar. Ella se adelantaba a su tiempo, porque en aquella época eso era realmente muy extraño. Nosotras nos acercamos a la religión solas, como ella decía que debía ser: “Cuando sean grandes ellas escogerán.”

Uno se pregunta cómo podía ser así y mamá era así. Iluminó la vida de nosotros y de ahí salieron todas las cosas después. Mis hijos me han oído hablar miles de veces de mamá y la conocieron. Mis nietos no, pero hablan de ella como si la hubieran conocido. Ella cantaba un cantico de niños que decía: “Ainsi font, font, font, les petites marionettes…”, y los muchachos le pusieron Abuelita Chiffón. Mamá era así y yo creo que a ella se debe cómo somos y cómo ha sido todo después. Después, en Arroyo, la casa conservó ese estilo, porque Berta, la madre de Eliseo —una señora totalmente distinta a mi madre, pero también muy buena, que me quiso mucho y adoró a su hijo y a sus nietos— se integró a esta forma de ser de mi familia.

Fefé, Eliseo, Bella, Rapi y LichiFefé, Eliseo, Bella, Rapi y Lichi.

Foto de Liborio Noval tomada el 20 de enero de 1970 para un documental que dirigía Bernabé Hernández sobre Eliseo Diego, con dirección de fotografía de Livio Delgado.

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