Andersen y Kierkegaard. La luz y la sombra


Artículo de Wichy Nogueras publicado en Ediciones Extramuros, 1991.

Un hijo del proletariado, conocedor de la naturaleza humana, autor de innumerables cuentos, poemas, comedias y novelas, es el más célebre de los escritores de Dinamarca: Hans Christian Andersen, el hombre con cuyos relatos y fábulas desbordantes de fantasía aprendieron a soñar muchas generaciones de hombres y mujeres en el planeta. Su nombre está perpetuado en calles, avenidas, edificios públicos y plazas del pequeño país nórdico.

El otro danés universal (aunque no en la medida de Andersen) fue filósofo; su obra tuvo una gran importancia para el pensamiento especulativo alemán y ejerció notable influencia en la literatura y la filosofía francesas: Sören Kierkegaard.

Bajo una tardía nevada, una mañana de marzo, cruzo Radhuspladsen en dirección a la calle Vester Brogade, una de las más céntricas de Copenhague. Hay una curiosa confusión de palomas, gorriones y gaviotas de lúgubre chillido revoloteando en torno a los techos puntiagudos del Parlamento.

La tarde anterior he estado en el monumento de Andersen, menos concurrido, desde luego, que la celebérrima sirenita que, desde una roca semihundida en las plomizas aguas del Báltico, es el símbolo femenino de Copenhague, como la Giraldilla lo es de La Habana. Sin embargo, no logré hallar la casa natal de Kierkegaard, ni ningún túmulo que perpetúe su memoria.

Curioso este pequeño país, Dinamarca, que ha dado a la cultura universal a Kierkegaard y a Andersen, es decir, al filósofo de la angustia, al atribulado profeta del dilema ser o no ser, cuyas torturadas especulaciones ontológicas y religiosas ensombrecieron al pensamiento idealista contemporáneo, y al gran escritor de alma de niño, todo luz y bonachona sonrisa, creyente —a pesar de las esporádicas ráfagas de pesimismo que rozaron su obra— en la eternidad de la justicia; un escritor lleno de sencilla fe en el hombre, al que tanto amó en su estado más puro: la infancia.

Llegué a Dinamarca conociendo sólo a tres literatos daneses: Andersen, desde luego, y Kierkegaard (al que leí mucho cuando era adolescente, después de descubrirlo en los Diarios de Kafka) y a Isak Dinesen, cuyo verdadero nombre, ahora lo he sabido, es Karen Blixen, autora de cuentos góticos que aparecen en cualquier antología de literatura de misterio. Dejando a una lado, de modo provisional, a Dinesen (o Blixen), casi me atrevería a decir que llegué conociendo los dos polos del alma danesa: la eterna sombra invernal y la luz de primavera, paradoja del sol y la noche que está presente en muchas culturas antiguas.

Cruzo ahora frente a la terminal de Ferrocarriles. El gran termómetro que está a la altura del piso doce de un edificio de techo verde —como todos los de Copenhague— marca dos grados bajo cero.

Andersen y Kierkegaard. Uno, hijo del mórbido y supersticioso prerromanticismo inglés, y el otro, en parte, heredero del humanismo goethiano; pero ambos, de cualquier manera, casi contemporáneos, viviendo la vida de la provinciana Copenhague del xix, y la literatura bajo el influjo —diversamente asimilado en cada uno— del romanticismo.

Acaso el rostro verdadero de este país esté compuesto, a modo de fotorrobot, por el soplo espiritual de estas dos almas antitéticas. Andersen y Kierkegaard, la sonrisa y la mueca: dos atributos de una misma boca, al fin y al cabo.

La filosofía idealista de Kierkegaard, desde luego, ha llegado hasta hoy más como literatura que como guía para la interpretación del mundo. Se la lee, como la Biblia, o a Plotino, como hermosas cabriolas del pensamiento del hombre, antes de que encontrara su verdadero camino. (Es interesante, dicho sea de paso, que Shakespeare situara en Dinamarca a su mítico Hamlet, cuyo famoso monólogo nos parece hoy un panfleto existencialista, premonitor de las ideas de K.) Pero Andersen sí sigue siendo nuestro contemporáneo. Ya, desde luego —y por desgracia—, dejé atrás el tiempo en que creía en flautistas de Hamelin. Pero otros niños podrán seguir ejercitando su imaginación con las humorísticas y profundas metáforas poéticas de este gran ilusionista de la prosa.

Son casi las once. Ha cesado de nevar. Pronto estará aquí la primavera y asomará, primero pálido, luego radiante, el sol de Andersen entre las nubes plomizas.

La luz venciendo sobre las sombras que alimentaron las pesadillas de José K. y Antoine Roquetin.

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