Fernando Silva: El Chocorrón


Artículo de Wichy publicado en Bohemia [La Habana], año 76, no. 51, 21 de diciembre de 1984, p. 20.

Fernando Silva

Tengo a la vista la libreta de notas —bastante maltratada por la lluvia, el barro y el sudor— que me acompañó durante quince días en el recorrido de más de 1 500 kilómetros que hicimos en la primavera de 1982 el poeta Víctor Casaus y yo por unidades militares y puestos fronterizos del nicaragüense departamento de Zelaya Norte. Dentro, hay notas, fragmentos de un intermitente diario, bocetos de poemas, direcciones de Managua (de donde fue Radio Patria o de donde estuvo Paisa, 2 ½ cuadra al Río) recetas de cocina, consignas, letras de canciones y apuntes de difícil clasificación…

Otro día intentaré escribir la crónica de aquella experiencia singular —Puerto Cabello, Tronquera, Bilwascarma, Num—; otro día contaré algo de aquellos recitales en plena selva —entre combatientes del EPS, barbudos, peludos y rojos de barro—; otro día hablaré de cierto cachimbeo, del mecánico de helicópteros —pijudo y satisfecho— al que llamábamos El Sobre, de las chavalas de Rudy, de Norma Elena, de un viaje nocturno —las ruedas del camión pellizcando filos de abismos mientras el cadáver del joven miliciano sandinista se descomponía en el improvisado ataúd…

Ahora paso las hojas de la castigada libreta para detenerme en un borroso apunte escrito en Managua, al regreso de Zelaya Norte: «A las 6 viene por mí Fernando para llevarme a su casa…» Después hay una raya y, más abajo, unas notas, escritas al día siguiente, o quizás esa misma madrugada:

¿El Chocorrón propone la destrucción de la escritura, de los canales conocidos, la abolición de las convenciones lingüísticas, el fin de toda comunicación poética por los medios habituales? ¿Sobrevive únicamente el puro sonido, la furia del habla y la onomatopeya? ¿Topografía de un aullido? El Chocorrón», un poema que no cabe en ningún marco (alegoría, parábola, símbolo, iluminación). No es la pesadilla de un loco lúcido, de un sonámbulo de la literatura, de un vidente. Es un estallido de «una granada en una campana al vacío», como dice el propio Fernando. Un testamento, sí, pero igualmente un parto…

¿Quién es Fernando? ¿Qué es ese «El Chocorrón» al que aluden estas reflexiones taquigráficas mías?

La primera pregunta puede responderse con relativa facilidad; la segunda sólo de un modo tentativo, inseguro.

Fernando es Fernando Silva, narrador, poeta, nacido en Granada, Nicaragua, en 1927. Además, médico que hizo sus estudios en la Universidad Nacional con posgrado en París, y se especializó en Pediatría (después del triunfo revolucionario sandinista ha dirigido el programa de vacunación infantil del Ministerio de Salud). Ha publicado dos libros de versos (Barro en la sangre, de 1952 y Agua Arriba, de 1968), una novela (El Comandante, 1969) y varios libros de cuentos. Ha ganado dos veces el Premio Nacional Rubén Darío. Ha visitado Cuba en diversas oportunidades. (Yo lo conocí en 1980, cuando integraba el jurado del Premio Casa y fascinaba a un variopinto y boquiabierto auditorio con interminables relatos donde el mito y la historia, la realidad y el deseo se fusionaban al conjuro de sus geniales dotes de actor-narrador; recuerdo que Eduardo Galeano le decía: Mira, carajo, Fernando, ¿te tragaste la flauta del encantador de serpientes o que?)

Y fue en la terraza de su casa de Managua —entre libaciones de ron Flor de Caña, después de escucharme el relato de mis experiencias de Zelaya Norte—, ya tarde en la noche, que Fernando me habló de «El Chocorrón». Con voz pausada, y cálida me explicaba que «El Chocorrón» era su mejor poema, pero que no existía en ningún papel.

—Te lo sabes de memoria…
—Tampoco, pues; sería imposible.
—¿Y entonces?

Y entonces me explicó cómo lo había compuesto (o creado, dicho, gritado, cualquier verbo es insuficiente) en varias noches sucesivas de 1974, en un estado cercano a la locura, en medio de feroces risotadas que hacían estremecer a su familia, y de amargos sollozos que sonaban horribles en el silencio de la noche. Una grabadora recogió aquel río de signos y rugidos.

—Y ahora vas a escuchar mi poema impublicable —me dijo, y pulsó el botón de su vieja Sanyo de baterías…

No voy a cometer la tontería de intentar explicarles, en palabras, qué fue lo que escuché durante casi una hora, con el aliento contenido, acosado por una creciente angustia. ¿El canto de la vida y la muerte? ¿El fin de la poesía, tal como la conocemos, para dar nacimiento a otro modo de hacerla o deshacerla? «El Chocorrón» (ese insecto que llamamos nosotros Chicharrón) voló, y voló, y voló en la noche de Managua, y yo fui el único testigo…

¿De qué otro modo, sino andando por ahí, por los caminos del mundo con su grabadora a cuestas y presumiblemente apoyándose en un largo cayado, puede el profeta Fernando Silva revelar su palabra poética nueva a los otros?

Así quiero imaginármelo, así me lo imagino. (¿Recuerdan? Oh, musa, canta la cólera del…)

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