Dulce María Loynaz y el canto del cisne


Artículo de Marilyn Bobes publicado en La Jiribilla

Hace falta valor para que un poeta encuentre en el silencio las claves que Dulce María Loynaz halló: Seré menos que el cisne —había profetizado— no dando a la vida ni el último aliento.

Así, en 1958, tras escribir los extensísimos versos de “Ultimos días de una casa”, la única mujer cubana que obtuviera el Premio Cervantes se aferró a ese voto que quiso cumplir durante el resto de su vida y decidió que era “hora de morir”, al menos para la literatura, pues fue longeva que, en sus años de ancianidad, abrió las puertas de su mundo a jóvenes generaciones que la redescubrimos.

Las razones de su conducta son un misterio que no intentaré descifrar. Pero no fue necesario que Loynaz continuara urdiendo palabras y argumentos para legarnos una de las obras más intensas de la literatura cubana del siglo XX, en las que sobresale su novela Jardín, tan inclasificable que durante muchos años fue relegada al ámbito de las curiosidades  y solo ahora comienza a ser valorada en su justa dimensión.

Gabriela Mistral la calificó como “el mejor repaso de idioma español que he hecho en mucho tiempo” y ello puede extenderse a toda la producción poética de una autora rigurosa y precisa, cuya maestría idiomática se acerca a la de los clásicos y que no necesitó violentar las reglas de la gramática para expresar toda la gama de sentimientos y reflexiones que recorren su poesía y su prosa desde los comienzos hasta el final.

“Esta novela —recorrido original por todo el ámbito del romanticismo, modernismo y vanguardia— gira entre dos polos esenciales: esclavitud y vanguardia (…) en definitiva, la proposición de la novela creemos que es la de señalar un camino”. Así opina la lucidísima Fina García Marruz.

Y he aquí entonces una buena lección para los escritores de todos los tiempos: es posible innovar partiendo de la tradición, porque las rupturas también pueden ser la consecuencia de un profundo respeto a las convenciones

Cuando en 1984 la Editorial Letras Cubanas publicó las poesías escogidas de Dulce María Loynaz muchos tuvimos la falsa impresión de que se trataba de una autora un tanto demodé, perdida en los estertores de un posmodernismo bastante alejado del lenguaje que por entonces prevalecía de manera canónica.

Después comprendimos —al menos así lo hice yo— que la poesía es más que una búsqueda formal y nos adentramos en ese mundo lírico, compuesto de sajaduras y esperas con que Dulce María vio derrumbarse su mundo sempiterno y fue capaz de confesar que ella era la Casa: “más que piedra y vallado, más que sombra y que tierra, más que tierra y que muro”. Porque ella—así dijo—era todo eso y era con alma.

Su silencio no debe sorprendernos. Exigir a un autor que continúe escribiendo hasta el fin de sus días, es un acto que puede conspirar contra esa plenitud que la obra de Loynaz resuma precisamente porque la novelista y poeta no quiso ser ese cisne que se acerca a la muerte cantando lo que no cantó en vida.

Tanto sus libros de poemas, como sus dos libros de prosa contienen todo lo que la autora quiso legarnos: ese sentido de la belleza y ese estilo fino y firme al que se refirió José Zacarías Tallet.

Hoy, a los 109 años de su nacimiento, Dulce María Loynaz se nos hace menos enigmática y más contemporánea.

Respetar el silencio con el que quiso despedirse de nosotros es la mejor manera de aquilatar lo que muy bien supo decir en su momento. En ella vive la historia de una mujer y un jardín.

“No hay tiempo ni espacio, como en las teorías de Einstein. El jardín y la mujer están en cualquier meridiano del mundo —el más curvo y el más tenso— y en cualquier grado —el más bajo y el más alto— de la circunferencia del tiempo.”

Y como en su poesía y en su silencio: “Hay muchas rosas”.

JARDÍN
Dulce María Loynaz  (La Habana, 1902-1997)

Primera parte

Dios Todopoderoso, primeramente plantó un jardín.
BACON

Capítulo primero
Retratos viejos

Bárbara está en su alcoba mirando retratos viejos. La alcoba tiene las paredes encaladas y altísimo el techo de viguetería rematado por un friso que representa combates de monstruos, guerreros acometidos por dragones y vuelos de grandes aves negras.

Un cortinaje de color violeta muy desteñido cuelga sobre los huecos de las puertas, haciendo de fondo obscuro y movible como el lecho de un río a los grandes muebles de madera tosca, aún con pesadez del árbol primitivo; entre las masas de sombra clarea el espejo, puesto tan alto que nadie podría mirarse en él. Su turbia luna solo refleja el tropel de dragones empolvados del friso.

Algunas veces, Bárbara ha sentido pena por este espejo inútil, sin renuevo de imágenes, condenado por siempre a la inmovilidad y a la ausencia de toda vida.

Pero ahora ella solo está atenta a su redada de retratos que van saliendo del pasado como de un mar revuelto donde ella fuera la única perdida pescadora.

Hay una ventana que cae al jardín; luce un poco de verde a través de la entornada puerta… Una puerta que nunca puede abrirse por impedirlo el tronco de un almendro que arranca junto al mismo muro de la casa, afirmando en él, con presión lenta y creciente, sus nervudas ramas.

En el aire persiste un suave olor de almendras y de menta, olor frío y amargo de que se impregnan las cortinas, las sábanas del lecho, los pájaros embalsamados en las rinconeras de mármol. Una colección de litografías antiguas en que se reproduce la historia de Thais, mitiga a tramos la blancura áspera y casi rechinante de las paredes… En el reloj de la consola marcan las agujas horas absurdas; pero sabemos que va caído el mediodía porque un chorro de oro vivo fluye por el trasluz de la ventana y baña la figura pensativa, absorta en la banal dedicación.

Bárbara está mirando retratos viejos, y sus manos tienen la fina amarillez de las cartulinas esparcidas sobre su lecho.

Los retratos crecen y forman una pirámide que pronto se desploma y se vuelve a formar junto a la cabecera; algunos caen al suelo, y un soplo de la brisa los arrastra, los dispersa entre una blanca fuga de bolas de naftalina. La naftalina es dura y fría como grano de estrellas.

Sabrosa melancolía de los retratos viejos… Hundir la mano en la empolvada burguesía de los grupos familiares —el niño más pequeño en el maternal regazo, cabezas en escalinata, el perro moviendo la cola…—.

¡Y las modas antiguas, los absurdos cuerpos invertidos, las cataratas de lazos y pasamanería!…

La bisabuela joven… La cara, un poco borrada, no se ve bien —vuelitos, vuelitos de encaje…—. Sobre el pecho amplio, muy escotado, una preciosa cruz de filigrana, una cruz como la que Bárbara oprime ahora despacio entre sus dedos…

(Los pájaros embalsamados alargan sus cuellos y pegan los picos al cristal de sus urnas para ver mejor.)

La tía-bisabuela, eso es… Y ¿cómo sería? Dicen que era la mujer más bella de su tiempo y que tenía un ojo de distinto color que el otro; un ojo más azul y otro más verde…

Las bolas de naftalina tropiezan, deteniéndose, con las flores pintadas en la alfombra, y el olor de almendras se mezcla al olor antiséptico y refrigerante de la nafta. (¿Hay sombras bajo el agua estancada del espejo?…)

La bisabuela fue la mujer más bella de su tiempo y seguramente la más amada… Era un poco rara y murió joven. Unos dicen que la envenenaron con zumo de adelfas, y otro insinuó también que ella misma se había clavado en el corazón el alfiler de oro de su sombrero.

Se mueven las hojas verdes por el espacio que deja libre la entornada puerta. ¿Quién anda por el jardín sin ruido en los pasos y con batir de hojas, con escapar de pájaros?…

Las manos de Bárbara remueven los retratos, deshacen envolturas, entresacan los demás abajo… Sale un daguerrotipo primitivo, casi borrado ya. Solo se distinguen los entorchados del uniforme y los ojos fijos, de una obscura, impenetrable fijeza; es el retrato del lejano ascendiente, Almirante del Rey, al que retrataron muerto.

Bárbara se esfuerza en adivinar los rasgos de la cara inexpresiva, un poco abotagada ya… Solo miran los ojos; miran con un vago pavor, con un asombro infinito…

Las manos se han estremecido ligeramente, y el daguerrotipo rueda por la alfombra.

Ahora viene el retrato de un adolescente que Bárbara no sabe quién es. El pelo raramente peinado le cae sobre los ojos en un fleco pálido, y el cuello emerge suave de un rodete de encaje. Un camisolín de seda floja desdibuja los contornos del cuerpo un tanto endeble, cuerpo de niño crecido demasiado aprisa…

Bárbara se sonríe muy levemente… Hace un rato, cuando andaba por el jardín, estaba ya pensando en este muchacho del retrato… Desde antes pensaba, desde ayer, junto al mar, doblada por el viento; todavía antes quizás… (¿Desde cuándo?…)

¡Cómo estaba su vida llena de preguntas sin respuestas! ¡Cómo hubiera querido saber quién deslizara este pálido rostro entre los retratos viejos de su casa!… Porque él no tenía adherida la sutil ceniza del tiempo; parecía él distinto a los demás, no le hallaba ese aire singular, indefinible, que toman los retratos de los que han muerto.

Dijérase que iba a sonreír de un momento a otro… Ella, mirándolo, casi esperaba la sonrisa pronta a florecer bajo sus ojos obstinados… Imposible sonrisa de los muertos. ¡Quién volviera a tenerla tibia todavía, apretada contra el corazón!…

Bárbara voltea lentamente la fotografía entre los dedos. Hay letras al dorso, letras de pluma casi ilegibles.

La primera letra es una P fina y erguida como una espiga, y la siguen otras dos o tres letras que se pierden. Luego, muy claro y muy firme, muy ajustado al renglón, un nombre: Bárbara…

Extraña coincidencia… Hay más palabras ilegibles, y la última, que se ve mejor, empieza por una A, una P seguida de otra A, una R; no, una S… Estas dos letras están borradas: Apa… ¿Apacentar acaso? El jovencito tiene apariencia de pastor indolente, de pastor fatigado de apacentar tristezas.

¿Apa…? ¿Apagar más bien? Apagados son los ojos del adolescente bajo el fleco de pelo tibio… Apagada es su boca en la blancura de su rostro, como la brasa pálida que el viento arrastra lejos de la hoguera.

¿Cuál es la letra fina que apunta en el extremo? Una  E; la palabra concluye en E, y antes de la E  hay una T, y antes de la T una N, y la palabra dice: “Apasionadamente.”

¿Apasionadamente?…

Donde debió de estar el nombre del dedicador del retrato hay una comedura de polilla, y de la pequeña tumba solo se ha salvado la letra inicial, una hermosa A inglesa que se quedó fuera fresca, como acabada de escribir.

Esta es una A bien clara, con la que puede empezar el nombre de Alberto o el de Armando; quizás sea la A de Alfonso, que es como más redonda, o la de Alfredo, un nombre tan romántico. Y la letra se mueve, se despereza con la brisa que entra por el cuchillo de la ventana.

(El hoyo de la polilla se va llenando de melancolía…) ¿Es Bárbara un nombre de las mujeres de la familia? ¿Se llamaba así la bisabuela de las adelfas?

Un sol de primavera pinta rayos dorados en la alfombra. Las nerviosas manos se impacientan y derrumban en el aire los restos de la última pirámide.

El retrato de un niño cae de improviso sobre su falda, y allí se queda mirándola sonriente… ¡Ay, las sonrisas de los muertos!… ¡Este retrato sí que Bárbara lo conoce bien!… Es el del hermanito muerto a los tres años. Ella lo mira sin tocarlo. No es más que un niño encaramado en un caballo de cartón, pero tiene en la boca firme y voluntariosa un gesto triunfal.

Da un poco de pena el verle entre los juguetes con que no jugó mucho tiempo; y pena de mirarle como un espejo roto los mismos ojos almendrados de ella, el mismo modo de colocar los dedos muy separados entre sí.

Bárbara se acuerda de cuando él murió, y de la misteriosa voluptuosidad que su corazón de niña enferma probara ante los cojines de raso y la carnada fresca de azucenas en que le tendieron…

Recordó también la extraña, la dolorosa alegría que la turbaba días después, cuando la madre, sin llanto y sin palabras, puso en sus manos aquel barquito encerrado en un pomo de cristal que ella había deseado tanto y que su orgulloso dueño no le dejó tocar nunca…

Había sido necesario que él muriera, que él dejara la casa sumida en silencioso cataclismo, para que ella pudiera alcanzar un poco de su omnipotencia, uno solo, el más leve de sus derechos.

Bárbara se ha sonreído casi imperceptiblemente; luego toma el retrato con la punta de los dedos y lo desliza entre las infinitas páginas de una Biblia.

Hay sol en la alfombra y en la cristalería de los medios puntos. Las manos tornan a buscar el retrato del adolescente de la elegante letra inglesa.

A puede ser Alberto o puede ser Alfredo… Estos ojos no se ven bien bajo las hebras de pelo fluido, incoloro.

Apasionadamente…

¡Qué palabra tan rara!… Suena a agua honda removida, a estrellas removidas si las estrellas sonaran. Suena como una vez sonó el mar cuando venía sobre el jardín aquella noche de tormenta, con sordo rezongar que se iba haciendo cada vez más cercano y poderoso.

Apasionadamente, apasionadamente…

(Hay un incendio de sol tras los cristales…)

Bárbara, un poco turbada, no sabe qué hacer con su soledad y revuelve los retratos sobre la cama… De pronto, la mano le tropieza con un hacecillo de postales atadas con una cinta azul.

Ella lo acerca a su pecho, y por encima del ruedo de retratos se esparce una segunda sonrisa…

Empieza a desatar las cintas y a mirar las fotografías por su orden. Son todas de una misma imagen, una niña que vive, crece y se conforma a través de ellas.

La sonrisa tiembla y se alarga más allá de la comisura de los labios, subiendo por las mejillas a romperse en puntos de oro dentro de los ojos… Toma el primer retrato y ve la niña de dos años con cabellos escasos y cintas que le caen por la cabeza. Muchas cintas y encajes también sobre el vestido tirante de los hombros, inclinándola desgarbadamente hacia delante. Zapatos con hebillas más grandes que los pies.

La sonrisa de Bárbara sigue creciendo, y la alcoba se llena de puntos de oro y el aire se borda de lentejuelas…

Bárbara mira el retrato y piensa. Piensa y sonríe. Sonríe y hace de luz el aire y el minuto y la vida…

¿Y la vida?…

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