La vida en letras


Entrevista a Luis Marré

El Premio Nacional de Literatura 2008 Luis Marré devela sus inicios en la décima, los difíciles años en La Gaceta y algunos detalles sobre su más reciente noveleta Historias de salchichitas…

Por: Yoel Suárez Fernández

Luis Marré ha conocido el mundo con sus ojos pequeñísimos, y con su breve obra lo ha descrito para sí y para su generación. Y aunque su vista es sólo la mitad de buena que hace diez años atrás deja de preocuparse por los sucesos de hoy. Cercano a la luz de una lámpara (de la que precisa para continuar su dieta selecta de versos y prosa) conversamos sin ambages del pasado, y del presente, de lo que será y lo que no.

De la décima a la novela. ¿Cómo llega a la literatura?

Yo hacía décimas, y se las mandaba a Justo Vega (quien un día las cantó). Y al Indio Naborí le gustaron tanto que las elogió en un programa en que participó. Yo defendía la décima llena de tropos, a la manera del Indio Rubiera o Tacoronte. Los demás eran cronistas que hacían crónica en versos, pero nada de poesía; como Justo Vega y Adolfo Alfonso. Estaban horros de tropos, y para mí eso no era poesía.

Dejé de hacer décimas cuando en una feria del libro me encontré con la poesía de Rafael Alberti y Juan Ramón Jiménez. Ya a Lorca lo había leído, además por radio lo oía recitar. La poesía de Juan Ramón me cautivó. Empecé a imitar y descubrí cómo hacer los versos de arte mayor. Ya los octosílabos los sabía hacer. ¡Todos los guajiros saben hacer octosílabos! Descubrí las sinalefas y dónde poner los acentos para que sonara mejor. De Alberti y Juan Ramón tomé lo mejor, e hice una plaquette por el centenario de Jiménez. Después hice Los ojos en el fresco, que incluye mi poesía personal. La que publiqué en Orígenes, Sur, Estaciones y en alguna revista española que no conservo.

Con el tiempo mi poesía cambió un poco: era más coloquial —el coloquialismo estaba de moda. Pero esa no es mi cuerda. Lo mío es la poesía de pensamiento. Y aunque sea coloquial es de pensamiento. Mis poetas favoritos de hoy día son completamente distintos a los de mi juventud. Hace poco releí completo a Juarroz, y a un poeta venezolano que coincidió conmigo en el jurado del premio Casa de las Américas en el 75: Juan Calzadilla. De la gente de mi generación, los autores que más me satisfacían eran Fayad Jamís, por su herencia surrealista —donde están sus mejores poemas—, y Pedro de Oraá, un poeta injustamente olvidado. Y de César López me gusta mucho el Libro de la Ciudad porque es la historia hecha poesía. La intertextualidad que usa.

Usted mismo ha dicho que es vago para escribir.

¡Bueno!, siempre he tenido tareas aparte. Tuve que ganarme la vida trabajando en el campo. Mi familia toda lo trabaja. Hoy día yo soy pobre y ellos son ricos. ¡Cambios que da la vida! (sonríe con sarcasmo). Ellos cultivan flores, crían gallinas, cerdos, conejos. Y fui contador, jefe económico de una fábrica, tuve tareas del Partido, fui secretario de redacción de La Gaceta, estudie Periodismo… ¡Y vivía en Guanabacoa! No vivía cerca de nada. ¡Y no me perdía una exposición! El grupo Los Once cuando hizo la retrospectiva de su obra hace algunos años aparezco yo en las fotos junto a Fayad, Raúl Martínez. Escribía cuando tenía que escribir, nunca adrede. Ahora estoy haciendo una especie de pase de cuentas que es poesía sobre las dificultades. Algunas sobre la miseria (que me ha perseguido desde que nací). Mi madre tuvo nueve hijos. Soy el mayor…y figúrate. Mamá lavaba ropa para la calle, y papá trabajaba con mi familia materna de sol a sol; sin embargo mi tío decía que papá era haragán porque leía, hablaba bien el idioma a pesar de que había llegado solo al tercer grado.

La Biblia nos la leía desde chiquitos, sin ser religiosos. Creía mucho en Cristo y en Dios pero solo nos bautizaba. Mamá era atea completamente. Creía en la Caridad del Cobre, pero como se veía tan mal botó la imagen a la calle. Ella era casi analfabeta. Ella también era la hija mayor.

Su más reciente noveleta ya la ha terminado. Historias de salchichitas. El título fue idea de Arturo Arango y hace referencia a un pene infantil. El volumen habla del machismo cubano. Inicialmente Marré pensó saldría una novela bien larga. Tomó de modelo cosas sucedidas a su hijo y a amigos de su hijo.

Luis me cuenta que a la escritora Nara (Araujo), le gustó mucho el primer capítulo que salió publicado en La Gaceta. De aquello hace ya bastante tiempo. Dice Luis que cuando pasó por su lado Nara le dijo: “Marré, prométeme que vas a terminar esa novela”. Y poco después, la mujer murió producto de una enfermedad que venía carcomiendo su interior. “Eso me sirvió de acicate para continuarla, -confiesa Marré- aunque la reduje a una tercera parte. Debe tener unas 110, 120 páginas con una letra no muy pequeña”. Habla apasionada y extensamente de su más reciente libro. Trata de darme detalle por detalle lo que ocurre a cada capítulo. Narra la juventud de un personaje que tiene amoríos con una joven soviética, la vida de la rusa en la Isla; raras costumbres, güijes, todo converge en la novela.

“Todavía me duele la espalda”

Usted se ha quejado siempre de los años en La Gaceta. Ha llegado a decir que fue su peor momento profesional.

No, no, no. Mientras estuve con Nicolás todo estuvo bien. Después fue un tiempo muy malo. Todavía me duele en la espalda la cantidad de golpes que me dieron en el Consejo Nacional, el obituario de Novas y otras cosas que me dan mucha pena mencionar. Si no es por Ángel Augier y Adolfo Martí, me hubieran botado de la UNEAC.

Pero, ¿siempre fue así en la UNEAC?

Después que Nicolás Guillén murió, pasé tragos amargos. Fui muy mal valorado, bastante preterido. Hubo un Consejo Consultivo en el que me hicieron polvo. Hernández Novas quería que en los Sonetos a Gelsomina (1991) yo me encargara (como editor de poesía de la Editorial Unión) de que saliera en portada la foto de la actriz italiana Giulietta Masina. Fui al ICRT y en Prensa Latina no pude conseguirla. Tocó a la casualidad que mandó una carta insultando a la editorial, y después se pegó un tiro. Alguien escribió un obituario en el que se daba a entender que el hecho ocurrió porque Novas no estaba conforme con la portada del libro de sonetos.

¿Y en verdad la culpa era suya?

¡No, qué va! En una feria del libro me encontré a la hermana de Hernández y fui a pedirle disculpas. Y ella misma me dijo: “ ¡No Marré! Usted no tiene que explicar nada. Él se suicidó por un desengaño amoroso. Mi hermano no estaba bien de los nervios”.

¿Qué hizo al salir de La Gaceta?

Era jefe de la redacción de poesía en la editorial Unión. Ahí trabajé hasta el 94, cuando me jubilé, porque los muchachos se pusieron a jugar con mi computadora y borraron todo lo que había revisado para un muestrario de la poesía cubana que pretendía imitar la que hizo Juan Ramón (Jiménez) cuando pasó por La Habana.

Otros tragos amargos…

Hace poco me preguntaron que por qué yo no era miembro del Consejo Nacional de la UNEAC, y les dije: “Será porque soy medio leocadio y hablo a veces lo que debo callar”. Yo era amigo de mucha gente que estuvo perseguida. No me daba la gana de retirarle la amistad a nadie. Qué me interesa a mi o que cada quien haga con su cuerpo. Mientras no sea un escándalo público. Bueno, ya hoy se ve de otra manera. Recientemente me encontré en mi núcleo del Partido con un directivo de la UNEAC que me hizo la vida imposible. Y le dije que fue el peor jefe que yo había tenido. No debí habérselo dicho porque es un hombre muy enfermo… ¡Pero todavía me duele la espalda de la mano de palos que me dieron!

Descubrir al poeta. Se ha quejado porque, según usted, la crítica lo ignora.

La primera vez que elogian mi poesía lo hacen en una revista, y fue César López. Joaquín E. Santana también escribió algo, pero no le hice mucho caso. Otra valoración la hizo Marino Wilson, profesor de la Universidad de Oriente. Después que me dieron el Premio Nacional de Literatura en 2008 Manuel García Verdecía, Mercedes Santos Moray y otros han escrito algo.

Es muy selectivo a la hora de compilar poemas para formar un libro.

Si uniera ahora mi prosa y mi poesía, daría una doscientas y pico de páginas. Podría poner mucho más, quizá hasta 500 páginas. Ya hice mi testamento, y pienso antes de morirme, darle candela a todo eso que quede fuera, no sea que después a alguien se le ocurra publicarlo.

Sobre la selección A quien conmigo va usted ha señalado que incluye textos representativos y escritos con un impulso sincero; no por obligación ni presionado por las circunstancias. ¿Ha escrito alguna vez por obligación?

Obligación moral y revolucionaria.

Me han dicho que casi todos sus poemas guardan una anécdota. Le voy a leer tres fragmentos de tres poemas distintos y usted me revela qué historia esconden: “Éramos cuatro jóvenes poetas/ descontentos/ en este mismo sitio/ bajo estos mismo álamos/ nos reuníamos” (En el paseo del Prado)

Esos éramos Fayad Jamís, Pedro de Oraá, yo…y quien era el otro… ¿éramos cuatro poetas? (asiento) Puede ser Francisco, pero cuando aquello él vivía en Caibarien. El poema está dedicado a mi amigo Félix Contreras.

Dice el otro: “Compañero, el fusil/ no temblará en tus manos. / Que no se quede mudo/ mi fusil, si yo caigo” (Canción)

Ese lo escribí cuando había amenaza de invasión norteamericana. En una movilización. Cuando aquel famoso barco de guerra estadounidense estaba frente a las costas cubanas. Y está dedicado a un compañero, que podía ser cualquiera.

“(…) Solo tengo el recuerdo de tu olvido/ y desasimiento en la primera angustia. / Sin embargo, te amo todavía: / esta certeza me ha sobrevenido/ con a conciencia de mi soledad”.

Ese es a una persona que no existe. Es un poema de impresión; de hombre solo.

Fuente: UNEAC

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