El anhelo sagrado…


Palabras de Carlos E. León
Fotos de Iván Soca

Es 19 y también mayo,
monte de espuma y mar de sierra,
cuando otro ángel a caballo
cae con los pobres de la tierra
Silvio Rodríguez

No puede ser casualidad que un 19 de mayo se presentara en la sala de teatro del museo Bellas Artes el disco La fuga de la tarde, que contiene poemas de Rubén Martínez Villena, musicalizados por Augusto Blanca. Tan imprescindible Martí, tan martiano Villena, tan resumen Augusto. Este disco es el Premio Especial de un concurso que, sobre la musicalización de la poesía de Villena, lanzara la disquera Ojalá y la oficina de Silvio Rodríguez.

La sala se apaga y entra Silvio, mentor de dicho concurso, a presentar el concierto y el disco. Fue sorprendente para él —así lo declaró— que ese premio lo hubiera obtenido un trovador de su generación, toda vez que la idea original del concurso era que jóvenes músicos se adentraran en el verbo de aquel gran soñador y luchador cubano; el de la Protesta de los Trece, el que acuñó para la historia que Gerardo Machado era “un asno con garras”.

No se imaginaba que un trovador maduro, probado y establecido, con una obra más que reconocida se aventurara a entrar en esas lides concursales, y fue lo último que le cayó en sus manos y en su escucha; pero era demasiada la obra que, sobre Villena había hecho Augusto. Era el mismo Augusto, pero renovado, digamos, “villeneado”.

Silvio se retira y entra Augusto, que dice aquellos versos de La pupila insomne —como introducción— y la sala de Bellas Artes, absolutamente repleta, esperaba, sin contar que la mirada de un espectador común se daría cuenta que al piano y dirigiendo andaba el maestro Emilio Vega; y que en el tres —como un músico más— sentado con su sombrero estaba Pancho Amat. Menciono solo dos y puedo asegurar que todos los demás músicos que poblaron ese escenario son estrellas. Así lo dijo Augusto, que él tenía la suerte de hacer un concierto de lujo.

“Mi vida es una senda”, y sube al escenario Pepe Ordás, con ese segundo quirúrgico que solo él sabe hacer; empastan las voces, y el público observa a Vega dirigir, desde su teclado, con sabiduría, convencido, ofreciéndonos la magia de esos arreglos.

En la medida que las canciones nacían había una pantalla que las acunaba y les daba el pecho. Exactamente el diseño del disco, con el aire, las formas y la impronta de Fabelo. En el caso de quien escribe, puede asegurar que la comunión entre Villena, Augusto, los músicos y la música, y Fabelo, es irrepetible e inigualable.

Puedo asegurar que Augusto Blanca —en ese viaje fecundo de Banes a Santiago, y de Santiago a La Habana— siempre ha sido auténtico, sus discos y su andar lo atestiguan. Nada extraño, entonces, que cantara con la emoción que lo caracteriza, que la orquesta en cuestión se sumara a él y lo acolchonara hasta subir al cielo —a nuestro cielo, a nuestros cerebros, a nuestros sentimientos—, que hiciera vibrar a todo el auditorio con ese tema dedicado a los estudiantes de medicina fusilados en 1871, cuenta todavía no saldada.

Momento especial fue La tempestad y la bendita voz de María Felicia Pérez. Yo les confieso que el buen gusto y la buena música se quitaron el sombrero y se sumaron al silencio y la atención que había en esa sala.

Este disco, La fuga de la tarde, es parte de un proyecto que debe seguir, auspiciado por Ojalá y la oficina de Silvio Rodríguez. En el concierto, Augusto declaró que haber grabado este volumen en esos estudios, fue como una escuela, como una universidad, y agradeció a la Oficina, a todos, yo recuerdo los nombres de Lucy Romero y de Ana Lourdes Martínez; esa mujer que el que suscribe bautizó un buen día del mundo como la Reina Midas, ya sabrán por qué.

Decir que Augusto se convirtió en Rubén en ese concierto no sería justo. Augusto siempre ha tenido su mochila cargada de poetas y de poesía. Este disco es una simbiosis, ¿cuánto hay de Villena en Augusto, y cuánto de Augusto en Villena? Escuche el disco y me dirá.

Soneto

Te vi de pie, desnuda y orgullosa
y bebiendo en tus labios el aliento,
quise turbar con infantil intento
tu inexorable majestad de diosa.

Me prosternó a tus plantas el desvío
y entre tus muslos de marmórea piedra,
entretejí con besos una hiedra
que fue subiendo al capitel sombrío.

Suspiró tu mutismo brevemente,
cuando la sed del vértigo ascendente
precipitó el final de mi delirio;
y del placer al huracán temiendo,
se doblegó tu cuerpo como un lirio
y sucumbió tu majestad gimiendo.

1921

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