Waldo Leyva: Porque el Rojo siempre estará


En este 2012 cumple  Wichy el Rojo  sus primeros 67 años. Prefiero decir eso, recordarlo vivo,  antes que  anotar los 27 trascurridos desde que nos dejó. Porque el Rojo siempre estará, la muerte no tenía nada que ver con él.

Nuestro primer encuentro se produjo en el lobby  del hotel Habana Libre y consistió en verlo pasar rápido, como buscando algo, para después subir, con elegancia convenientemente descuidada, las escaleras y perderse en el concurrido salón del bar Las cañitas. Era 1968 y se desarrollaba en ese momento el Congreso Cultural de la Habana.  El hotel se había convertido en el centro neurálgico de la cultura. Cerca de 500 delegados de todos los continentes se reunieron en esa trascendental jornada, poco recordada hoy. En las salas de debates una diversidad de tendencias que iban desde las posiciones radicales  de izquierda, defensores de la lucha armada, hasta tendencias socialdemócratas. Andar por los pasillos del hotel o por las calles y bares de la Habana en esos días, le permitía al transeúnte ocasional o interesado cruzarse, entre otros connotados intelectuales, con Julio Cortázar,  Roberto Matta, Antonio Saura, Blas de Otero, Luiggi Nono, Feltrineli, Francesco Rossi, Hans Magnus Enzensberger, Benedettti, o Roman Karmen. Muchos, entre los que me cuento, pudieron asistir, en plena calle 23, al acto de desprecio contra David Alfaro Siqueiro protagonizado por algunos intelectuales de tendencia troskista. La variedad de participantes en el congreso incluía a representantes del FRELIMO y de otros movimientos intelectuales y revolucionarios de África y Asia. Sin duda fue un encuentro que respondía al espíritu de esa década tan pródiga en descubrimientos científicos, plenitud intelectual y entrega revolucionaria, donde la humanidad, lo mejor de la humanidad, creyó tocar los límites de la utopía.

Allí andaba Wichy, pleno de juventud, estrenando aquel encanto frente al cual sucumbían conocidos y extraños. Recuerdo que ese mismo día pasé por la comisión 5 y tuve oportunidad de escuchar la ponencia sobre Arte Popular y Arte Culto, elaborada por él con la participación de otros compañeros. Es un texto inteligente y profundo. Recuerdo aún las agudas reflexiones provocadas sobre este tema todavía polémico. Esa ponencia y la mayoría de las generadas por el Congreso me acompañaron durante mucho tiempo y fueron objeto de más de una consulta. Ahora mismo no podría decir en qué momento desaparecieron de mis gavetas o se extraviaron en los múltiples desplazamientos impuestos por la vorágine de esos años.  Los temas que allí se ventilaron seguían siendo, años después,  motivo  de reflexión. El intelectual y el hombre de acción, la literatura como realidad en sí misma o como un medio formativo, la lucha pacífica por los derechos políticos y civiles, el levantamiento armado, con su variante de foquismo guerrillero, como la vía más útil para lograr la independencia frente al imperialismo, y otros muchos nos acompañaron durante años. Estoy de acuerdo con Lisandro Otero cuando afirma que “el legado más importante que dejó el Congreso Cultural de la Habana fue la asombrosa unidad de surrealistas, troskistas, comunistas, católicos, guerrilleros, pacifistas, masones y freudianos para proclamar que el conflicto principal de nuestra época ocurre entre el Tercer Mundo y el imperialismo”.

He sido algo extenso en estas anotaciones sobre el Congreso, porque creo que Luis Rogelio Nogueras encarnó, como pocos, el espíritu de plenitud de pensamiento, de fiebre creativa, de ganas de apurar hasta el límite la sustancia de cada minuto, que caracterizaron esos días de la Habana de 1968. Repito, fue mi primer encuentro con el poeta aunque ya había leído, con mucho detenimiento, algunos poemas suyos publicados en Casa de las Américas. Esos textos formaron después parte de su libro Cabeza de Zanahoria, merecedor  del Premio David de 1967, compartido con Casa que no Existía de Lina de Feria. Estos títulos, junto a los relatos publicados por Rafael Soler, llamaron justamente la atención de críticos y lectores del momento.  En el caso de Lina y Wichy hubo opiniones de muy diversos matices. Valoraciones que no estaban exentas de responder a ciertas tendencias propias de la época. En mi opinión eran dos modos de hacer y asumir la poesía, así lo vi entonces y lo sigo viendo ahora. A diferencia de Lina de Feria, a quien se le puede definir como una poeta de tiempo completo, Wichy poseía vocaciones diversas.  Su primer acercamiento a la literatura fue a través de la narrativa, con aquel relato juvenil que le inspiró la lectura de Tom Sawyer. En este género nos dejó algunas novelas que siguen siendo referencia para lectores y estudiosos; fue también uno de los más significativos guionistas de cine dejándonos  piezas de indudable valor como El brigadista,  por solo nombrar uno de esos trabajos. Precisamente fue el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica (ICAIC) uno de los primeros sitios donde labora nuestro poeta. Allí es asistente de cámara, dibuja, escribe para diversos documentales, hace cortos que son exhibidos nacional e internacionalmente.

En su extenso currículo comprobamos que fue, además, actor, periodista, pintor, e incansable promotor de la cultura cubana. Sin embargo, no creo equivocarme al afirmar que fue, sin duda, la poesía quien mejor lo caracteriza. Es en ella donde el lector puede descubrir su desbordada capacidad de ingenio, su humor, hiriente a veces, tierno otras, su dandismo inveterado, su vocación de don juan universal, su gusto por la palabra, su entrega sin reservas a la amistad, su condición de cubano con todas las virtudes y riesgos que ello entraña.

Waldo Leyva (México, 28 de Junio, 2012)

Poeta, ensayista, narrador y periodista cubano, ganador del X Premio Casa América de Poesía Americana. Actualmente Agregado Cultural de la Embajada de Cuba en México.

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