Ante la tumba del espía desconocido


Fuente: Revista Extramuros, pág. 13, 17-18/2005.

Han transcurrido veinte años, hermano, y me aterran los estragos que hace el tiempo, aunque lo disimule muy bien. El mundo ha cambiado mucho en este largo período. Ahora todo se hace a través de ordenadores. Somos esclavos de la electrónica y los equipos más sofisticados que cualquiera pueda imaginarse y que en aquella época de nuestra juventud, nos parecían cosas de ciencia-ficción. Tenemos cámaras y equipos de rastreo y escucha microscópicos, teléfonos satelitales, súper computadoras de bolsillo. Ya no usamos las clásicas Beretta 25, o Walther PPK, las hemos sustituido por las Glock 20 o las Heckler & Koch P7 PSP con cuadro de polímero, silenciador de grafito revestido de titanio, mira láser y proyectiles Black Reno. Ya nos guiamos muy poco por la intuición y el sentido común. Ahora analizamos nuestros errores viendo nuestros recorridos por el mundo en equipos de DVD. Si queremos saber algo sobre alguien, consultamos las bases de datos de los servicios y agencias homólogas a nivel internacional. Hacemos los seguimientos a distancia y por acceso remoto. Nada, el oficio de espía ya no es emocionante como lo era en los viejos tiempos. Hace casi veinte años que no he vuelto a utilizar cualquier técnica del combate sin armas, tampoco he sido atacado en un callejón de Tailandia o Filipinas, por una banda de asesinos profesionales. En fin, hermano,  este trabajo ha dejado de ser apasionante y divertido. No te estás perdiendo gran cosa. ¿Recuerdas los protocolos que seguíamos: chequeo, contra chequeo, aplicar la técnica de atención pormenorizada a las imágenes de los posibles enemigos en las vidrieras de los establecimientos para comprobar si teníamos cola, los buzones para los cifrados en los lugares más impensables, los encuentros con los contactos en sitios públicos (y por eso mismo, más discretos) para recibir instrucciones, rendir información sobre el cumplimiento de las misiones y saber de la familia y la patria? Eso era  la evidencia de sentirnos vivos y útiles.

Todo eso cambió definitivamente, Rojo, nos pusimos viejos y no podemos aclimatarnos al aire de estos tiempos. Tú, hábil como siempre, escapaste, detuviste tu reloj biológico aquel 6 de julio, hace veinte años, para conservar esa eterna juventud, esa vitalidad, ese brillo imperturbable en los ojos. No acumulaste grasa, ni tuviste que usar espejuelos para leer o transmitir tus mensajes, no tuviste que pasar por el trago amargo de comprobar en ti mismo el efecto milagroso de la santísima Viagra (Dios se apiadó de nosotros), fíjate que es azul como el cielo, el mensaje es inequívoco. Solo te reprocho el no avisarnos de que estos cambios sobrevendrían, claro, te habríamos imitado y tú eres una persona muy original como para propiciarlo, pero igual no te lo perdono.

Algo similar pasó con tus mujeres, ninguna permitió que la consoláramos ¿Para qué? Nos decían: No se esfuercen, no valdrá la pena. Te confieso que me molestaba, pero en el fondo lo comprendía, era una misión imposible, la única verdaderamente imposible, porque no era fácil estar a tu altura, tener ese touch of class que lograbas con tu elegancia lordbayroneana y tus modales exquisitos. Eras, sin duda, el más integral de los 00,  nuestro amigo James no pudo opacar o minimizar tu importancia. Él tuvo filmes y libros que lo magnificaron, sin embargo, a pesar de la fama de seductor que lo antecedía y sus chicas Bond, en el fondo siempre supo que tú eras el mejor. Además, en nuestros medios era pública y notoria tu superioridad. No creo que se haya alegrado cuando te fuiste, pero debe haber sentido un gran alivio.

En fin, hermano, a esta altura del partido no hay nada que hacer. Como no podemos llorar, solo nos queda el consuelo de que nadie podrá quitarnos lo bailado. O como siempre solías decir “nunca digas nunca, jamás”.

Con el abrazo apretado de siempre.

Pablo Vargas

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