Sindo Garay: Mi primera guitarra


Antonio Gumersindo Garay y García (Santiago de Cuba, 12 de abril, 1869-La Habana, 17 de julio, 1968), conocido como Sindo Garay fue un músico cubano que, aun sin contar con formación académica, supo ganarse un sobresaliente lugar en la trova tradicional.

Fue creador de más de 600 obras que retratan la idiosincrasia cubana; entre sus temas destacan su admiración por su tierra natal, los paisajes, las mujeres y el amor.

Mi primera guitarra
Por: Sindo Garay

Testimonio incluido en el libro Sindo Garay: memorias de un trovador, de Carmela de León. Ediciones Museo de la Música, 2009.

Un día llegó a la casa mi hermano Tontón, muy contento, porque me traía el regalo más maravilloso que se me podía hacer a mí en aquellos tiempos: una guitarra. Esa era mi primera guitarra, y la cogí entre mis brazos con una emoción tremenda. Después tuve muchas, sobre todo aquellas que venían de España fabricadas por Manuel Ramírez, y otras del comerciante Telesforo Jurve, que las compraba a los pequeños fabricantes españoles y les ponía su etiqueta para exportarlas. Recuerdo que aquellas guitarras costaban muy poco: de tres a cinco pesos, a pesar de que eran buenas. Así mismo. Una vez tuve una magnífica, de palisandro, sí señor. Me la regaló una mujer que me quiso. Se llamaba Coralia, y yo mandé a grabar su nombre en una placa de oro y lo puse en el mástil del instrumento. Por problemas que tuve, me vi obligado a deshacerme de ella años más tarde.

Cuando mi hermano Tontón llegó aquel día con la guitarra para regalármela, yo tenía dieciséis años. Era un joven alegre, simpático y dicharachero, y me invitaban a casi todas las reuniones artísticas que se efectuaban en Santiago con bastante frecuencia. Empezaba a darles mis serenatas a las muchachas santiagueras, y entre ellas, conocí a una, llamada Magdalena. Este fue mi primer amor pero ocurrió algo que me obligó a dejar de verla por un tiempo. Un día llego a la casa y mi mamá me dice: “Ahí en la gaveta de la máquina de coser tienes unas cartas de Magdalena”. Abrí con ansiedad la gaveta, pero desgraciadamente aquello estaba en chino para mí. No podía leer las cartas… porque ¡yo no sabía leer! Con un dolor muy grande miré a mamá, y con tremenda angustia le dije con el tono de quien hace una promesa: “Yo le voy a contestar a Magdalena”.

No sé qué vi en los ojos de mamá en aquel momento, pero me pareció que eran lágrimas. Disimulé para que ella no se diera cuenta de que había visto cómo lloraba, y le repetí que yo le iba a contestar a Magdalena.

Me fui para la calle y me senté en el quicio de la acera de enfrente de la panadería de Florentino Saumell y Hermano. Cogí un pedazo de papel y copié con trazo inseguro la primera letra. En ese momento pasó un amigo, lo llamé, y le pregunté si él sabía leer. Como tenía fama de ser muy jaranero, se creyó que era una nueva diversión mía. Le aclaré que no era broma, que solo quería saber qué letra era aquella. Entonces me dijo que la letra era la p; lleno de una felicidad desconocida, me dije interiormente, con júbilo: “¡Ya sé de la p, ya sé de la p!” Y así, poco a poco, preguntando aquí y allá, empecé a autoalfabetizarme a los dieciséis años. Grababa en la mente los trazos que garabateaba en el papel, copiados de los letreros de los comercios, pero a la vez me daba una pena muy grande que la gente viera que yo, tan grande, no sabía leer todavía. Cuando preguntaba y no me respondían, entonces tiraba a broma la cuestión y le decía al interrogado, con una risita un poco irónica: “¡Ah, yo creía que tú sabías leer…!”

Con un tesón inmenso en la tarea que yo mismo me había impuesto, y más pronto de lo que pude imaginar el día en que mamá me habló de las cartas de Magdalena, pude contestarle. Por eso digo ahora que mi escuela fue la calle, y en ella me gradué de autor, acróbata y poeta.

Cuando tenía diecinueve años, ya mi estilo como creador estaba muy bien definido, y la novedosa forma de mis composiciones comenzaba a perfilar lo que luego sería patrón para muchos creadores. Yo no tenía dificultad alguna para hacer música. Esta fluía como si fuera el agua de un manantial, pero donde me trababa era en el verso. Ahí tenía que enfrentarme con las “dificultades del idioma”, como he dicho siempre cuando se me ha hablado de mis composiciones.

Recuerdo cuando Nicolás Camacho, que fue el iniciador del bolero y un poco mayor que yo, hacía elogios de lo que yo componía. Eso significaba mucho para mí, pues él fue grande en eso de componer boleros.

Una de aquellas noches en que me encontraba con los cantadores dando serenatas a las muchachas bonitas de Santiago, ocurrió una cosa a la que al principio no le di importancia. Para mí componer una canción era solo algo más… pero días después le canté a don Germán Michaelsen, pianista alemán que vivía en Santiago por aquel entonces en una gran casona de la calle Aguilera Baja, la canción que había hecho la noche de las serenatas que cuento al principio. Don Germán, protector de los artistas santiagueros, se impresionó muchísimo cuando la oyó, y me dijo, lleno de emoción, que aquello le recordaba “las melodías de su tierra”.

Como don Germán se mostró tan elogioso con­migo, lo quise halagar, y además, como aquel era un intelectual que me aprobaba, me pareció muy apropiado titular la canción con el nombre de:

Germania

Quién pudiera vivir, ángel mío,
comprendido en tu fiel corazón,
y alejarme por siempre en la vida
por no verte sufrir de dolor.

Sin un rayo de luz y esperanza,
sin más fe que tan solo morir,
el desprecio tan solo se alcanza
como yo que he venido a morir.

Siempre fui muy regado en eso de registrar mis composiciones, y esta “Germania”, que después muchos han dicho que es una obra maestra, tampoco la inscribí.

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