Las Poetisas


Por: Guillermo Rodríguez Rivera. Fuente: Cubarte, Sept 2012

Hoy, el mundo, y en particular Hispanoamérica, tiene numerosas escritoras capaces de encarar los más diversos y complejos asuntos, pero no siempre fue así.

Quisiera abordar un momento de nuestra historia literaria en el que irrumpen, casi simultáneamente, un grupo de poetisas que, van a abrir camino, en el temprano siglo XX, a la literatura escrita por mujeres y, acentuando, el enfoque de la mujer.

El momento y el lugar son significativos. El fenómeno ocurre en torno a los años que enmarcan la Primera Guerra Mundial y el lugar, es el llamado cono sur de nuestro continente. Esto es, en los países (Uruguay, Argentina, Chile) que por una fuerte inmigración europea y por la voluntad desarrollista de sus gobiernos, consiguen alcanzar un desarrollo económico, específicamente industrial o manufacturero, superior al de otras zonas de Hispanoamérica.  Ese desarrollo incrementa el nivel educacional de esos países, y vincula un importante número de mujeres a la vida económica activa de la nación, en las fábricas, en la docencia, en el comercio.

Ello va generando una independencia económica de la mujer, que había tenido el único oficio de esposa y madre de familia, y siempre mantenida por su marido.

Es perfectamente coherente que, a esa independencia la acompañe el reclamo de reivindicaciones sociales, de derechos que la mujer nunca había tenido. Es por estos años que aparece en varios países el movimiento sufragista, que reclama el derecho de la mujer a votar, en las elecciones en las que se eligen los gobernantes de las repúblicas, que ya proliferaban en el mundo. Es entonces cuando aparecen las primeras leyes de divorcio, también reclamadas por las feministas.

En lo que concierne al modo de ser de la poesía, a la tendencia dominante, hay que decir que entonces está desplegándose en el mundo de habla hispana, ese momento que el profesor español Federico de Onís llamó postmodernismo.

La expresión, en sí misma, no dice demasiado: es simplemente la poesía que vino después de esa auténtica conmoción en la literatura de la lengua que fue el modernismo.

El nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) fue uno de sus fundadores y sin duda el poeta más leído de la tendencia. En Darío se enuncian ―ha dicho el mexicano Octavio Paz― las dos líneas que seguirá el postmodernismo e incluso toda la poesía en lengua española del siglo XX: esas que Paz llama la poesía de la imagen insólita y el prosaísmo. Entre esas dos líneas se mueven estas poetisas. Pero ello no será lo verdaderamente distintivo en la poesía de estas mujeres.

No es la filiación estilística lo que define mejor el trabajo de estas mujeres, lo que les da su definitiva personalidad.

Lo más interesante de estas poetisas, al margen de su calidad literaria que innegablemente la tienen, es su actitud como mujeres.

Voy a referirme a un cuarteto de ellas, que sin duda son las más representativas del momento, aunque no sean las únicas.

Hablo de las uruguayas Delmira Agustini y Juana de Ibarbourou; de la argentina Alfonsina Storni; de la chilena Gabriela Mistral.

La primera en el tiempo y acaso en la osadía fue la uruguaya Delmira Agustini (1886-1914). Delmira fue la primera poetisa, al menos en la lengua española, que se atrevió a componer poemas de amor al hombre, como el hombre siempre los había compuesto para la mujer. Fue escandaloso, por supuesto. Su primer libro aparece en 1907 con el título de El libro blanco. A los tres años aparece Cantos de la mañana y en 1913, Los cálices vacíos. Hay en Delmira una urgencia de vivir, de escribir, como aquella de quien sabe que la vida no va a alcanzarle para amar y hacer poesía. No le alcanzó, en efecto. Unos meses después de publicado su último libro, aparecen en un hotel de Montevideo los cadáveres de la poetisa y de su esposo. Se aceptó como un pacto suicida: otros, acaso con más propiedad, hablaron de asesinato y suicidio, todo por cuenta de su marido. No parecía Delmira otra cosa que una amante de la vida. Este poema (es un fragmento) se llama “El intruso”:

Amor, la noche estaba trágica y sollozante
Cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;
luego, la puerta abierta sobre la sombra helante
tu forma fue una mancha de luz en la blancura.
Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante
bebieron en mi copa tus labios de frescura,
y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;
me encantó tu descaro y adoré tu locura.

Delmira es pues el desfogue sensorial de una pasión que la mujer podía experimentar a escondidas, pero que jamás debía atreverse a escribir.

La perspectiva feminista de Alfonsina Storni, alcanza una dimensión más intelectual.

Alfonsina Storni (1892-1938), la única de estas poetisas que tiene una canción no escrita con sus versos, sino dedicada a ella: nadie la ha cantado más hermosamente que su paisana Mercedes Sosa. Alfonsina había nacido en Suiza y llegó muy niña a Buenos Aires.

Su primer poemario es La inquietud del rosal, de 1916. Son varios sus libros postmodernistas que asumen una perspectiva feminista, no en la pura sensoriedad de Delmira Agustini, sino en una reflexión sobre la relación amorosa hombre-mujer. Este poema se titula “Hombre pequeñito”:

Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
Hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes
ni me entenderás.
Tampoco te entiendo, pero mientras tanto,
ábreme la jaula que quiero escapar;
hombre pequeñito, te amé un cuarto de ala,
no me pidas más.

No cabe duda de que Alfonsina es la más hondamente feminista de estas poetisas. Ella va no solo hacia la libertad sexual de la mujer sino hacia su plena realización como ser humano. Es capaz de verlo como un hecho histórico:

A veces en mi madre apuntaron antojos
de liberarse pero, se le subió a los ojos
una honda amargura y en la sombra lloró.
Y todo eso mordiente, vencido, mutilado,
todo eso que se hallaba en su alma encerrado
pienso que sin quererlo lo he libertado yo.

En los días en que padecía un cáncer terminal, la Storni se suicidó ahogándose en la playa de Mar del Plata. No es casualidad que la canción se llame Alfonsina y el mar.

Voy a obviar a Juana de Ibarbourou (1895-1979), de larga vida y extensa popularidad, y dedicar estas últimas líneas a Gabriela Mistral (1889-1957), cuyo nombre real era Lucila Godoy, y que quiso homenajear con su seudónimo a dos poetas predilectos: Gabriele D’Annunzio y Frédéric Mistral.

La Mistral era una maestra rural en el humilde valle de Elqui, que componía poemas para ayudar a la enseñanza de los niños de su aula. Muchos de ellos hoy tienen música, y se cantan en varios países de habla hispana.

Gabriela se dio a conocer en 1922 con un libro muy vinculado a su propia vida sentimental que tituló Desolación. Pero no fue más que el comienzo. Acaso su libro más importante sea Tala, editado en 1938, con un lenguaje duro y original, donde el poeta casi hace nacer la experiencia que cuenta. La chilena fue el primer escritor hispanoamericano galardonado con el premio Nóbel de literatura.

El feminismo de la Mistral es sobre todo comprensión y solidaridad con el destino de la mujer, con las madres americanas.

Ella y Alfonsina rebasaron el postmodernismo para entroncar con la poesía de la generación siguiente, la de la vanguardia.

Es un rapidísimo recorrido por el trabajo de estas importantes mujeres, que abrieron un ancho camino para las escritoras de nuestra América.

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