Arte poética, José Zacarías Tallet


Wichy, José Juan Arrom, José Z. Tallet, Aida (esposa de Tallet) y Víctor Casaus

“Si ser poeta es cincelar orfebrería, componer pegajosas melodías, copiar con lente de fotografía, no soy poeta. Mas si ser poeta es a ratos sentirse como un niño pequeño, ávido de caricias maternales, o marcharse al país de los ensueños ante las languideces vesperales; y trocarse de pronto en Pan bicorne a vista de unos senos virginales, o de la prima hasta que el sol retorne pensar en los dolores y en los males; y apenas púber, ya sentirse anciano y añorar del plus ultra los umbrales; y comprender y amar cuanto es humano y oír las sinfonías estelares, y gozar de una absurda serenidad inquieta, entonces, ¡soy poeta!” José Zacarías Tallet (Matanzas, 18 de octubre de 1893 – La Habana, 21 de diciembre de 1989)

ARTE POÉTICA

A José Antonio Fernández de Castro

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
Quevedo

Tú, José Antonio, oficialmente culto,
y un cincuenta por ciento
de antologista de rapsodas criollos;
corifeo de artistas ultranuevos
e intelectual, pues te paseas entre ellos,
de seguro
que sabes de estas cosas más de un poco.

Hace cerca de un siglo, un bardo melenudo
que ostentaba una simiesca patillita
a una mujer le dijo: “¡Poesía eres tú!”
(Está claro que entonces no había feministas.)

Y hoy, después de cien años, casi, casi,
todavía hay legiones de liróforos,
pero de crema fría y miel rosada,
que, tomándola en serio, siguen aquella broma,
y los ojos en blanco y la mano en el pecho
(lado izquierdo),
y la voz temblorosa y hueca,
nos largan una espinela como ésta:

Desde que tú me miraste
sólo conozco dolores.
¡Tales son las tristes flores
que en mi corazón sembraste!
Mi pobre alma traspasaste
con los dardos de tus ojos
y entre punzantes abrojos
me condenaste a vivir,
¡o a eternamente morir
ante tus plantas de hinojos!

Y ella es su novia, pero no lo sabe.

Otros, reyes de mundos interiores,
de dieciséis a diecisiete,
deshollinan su espíritu lleno de telarañas
y exteriorizan su interior deshuase,
dando a la rosa de los vientos
mil endechas alejandrinizadas.

Ejemplo:

“¡Oh, qué angustia infinita y qué tristezas vagas
se adueñan de mi espíritu en estos en estos grises días:
me asedian los recuerdos de mis horas aciagas,
mis nostalgias, mis tedios y mis melancolías!”

Son sus horas aciagas cuando papá les dijo:
“Hoy no te doy un medio para el cine”

(No cuento a los que cantan a la raza
y dicen que Maceo es biznieto del Cid,
y otras sandeces de la misma casta.)

De tal suerte,
el sonsonete eterno del chorro de melaza
o del chorro de acíbar.

La escala del Parnaso a setenta escalones.
Al otro extremo,
están los sedicentes poetas de vanguardia,
que decapitan el humo de sus metáforas
y degüellan el ritmo de sus parábolas;
y es Darío para ellos Tut-Ankh-Amen,
y de tal año para atrás el arte es nulo.

¡Qué espanto ante lo fuerte y lo prosaico!
¡Qué esclavitud!
¡Qué desdén por lo romántico y lo clásico!
¡Y qué impotencia!

Cursiladas y boberías.
Entre Bécquer y Marinetti hay un mundo de poesía.

Hay poesía en un buen par de nalgas,
hay poesía en un buen par de tetas
y hay mucha poesía entre las piernas.

En la sonrisa estúpida de un niño,
en la caricia de una madre puta,
en el tímido ademán de un limosnero,
en la cadencia salvaje de la rumba,
y en las heces de los borrachos
y hasta en un parte policíaco.

Hay poesía en el motor de un auto
y en el trapiche de cualquier ingenio,
en la Ludlow y linotipos de la imprenta,
en la mirada serenísima de Edison
y en la cuchilla del Dr. Nogueira.
Como en las albas tocas de Sor Juana,
hay poesía en la punta de una lanza
y en la velocidad de una bala.
Y en la sotana cándida de Pío,
y en los ojos del Dalai Lama
y en la dureza de la Kaaba.

Hay poesía en el negrito limpiabotas,
y en la bodega de Monestina
(Blanco y Ánimas)
y como en el geranio ventanero,
en un bosque de ceibas centenarias.
Y en los legajos de las notarías,
y en los libros mayores y en los diarios,
y la hay en la bolita y en el poker,
como la hay en las carreras de caballos.
Y hay poesía en un agua mala
y en el informe de un fiscal
y en una píldora de opio
y en el rabo del alacrán.

Hay poesía en el anacoreta,
y la hay en la masa proletaria,
en Prado 1, en la Loma del Príncipe,
y en la tragedia de un regimiento que pasa.

Hay poesía en una bicicleta
y en la barriga de un burgués
y en un cuello de celuloide
y en un juego de balompié.
Y en una trompada de Dempsey,
y del Bambino, en un batazo,
y en una pirueta de Chaplin
y en un gesto de Gloria Swanson.
Y en la espalda de los estibadores
y en los bíceps de hierro del herrero,
y en los bueyes que tiran del arado,
y en un trasatlántico raid aéreo.

Hay poesía en la frente de Lenin,
y hay quien la encuentra en il duce italo;
y hay poesía en el pipisigallo
y en un policía de tránsito.

Y mucha y buena en una trompetilla,
y en los modales de una virulilla,
y en la campana y en la campanilla.

Hay poesía en un centro espiritista,
y hasta en una cocción vegetariana.
Y hay poesía en los editoriales
y poesía en la primera plana.

Y en las proclamas de Sandino
y en los millones de Henry Ford,
y en el drama grotesco de un tarrudo,
y en la nueva constitución.

Hay poesía en el trato del esqueleto,
y hay poesía en las gallinas cluecas
y en las blasfemias de un carretonero.
¡Mas la cuestión es dar con ella!

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