Nostalgia de los jardines perdidos


Si tuviera que hacer un “inventario de asombros” con sus propias vivencias, ¿cuáles sucesos no podrían faltar?

Mira, aquí tienes un retrato mío de cuando tenía seis años. Éste es un pueblecito del sur de Francia, Roayat, y ésta es la esposa del maître del hotel León, donde paramos mi madre, mi abuela y yo. En aquella época (1926) era frecuente que el médico mandara a tomar baños termales, y a mi abuela la mandaron al balneario de ese hotel. Tienes ahí un lugar, un momento histórico para mí: este pueblecito. Me parece que lo estoy viendo. Era famoso desde los tiempos de los romanos. Mi madre no quería llevarme porque decía que un niño no podía apreciar aquello; pero le di una perreta, y hubo que llevarme. Fíjate, un niño no se da cuenta de esas cosas, pero, no sé por qué, yo me daba cuenta. Y ese viaje fue importantísimo para mí. Detrás del hotel había un derriscadero –todo el mundo tenía que bajar por un senderito entre las rocas– y, abajo, un río, un torrente. Y había una cueva allí, se llamaba la Cueva del Diablo. Figúrate: seis años; pero yo sabía quién era el diablo. No sé cómo rayos había conseguido conocer a ese personaje. Yo no le tenía miedo en aquella época: cuando niño era más valiente que ahora. Y el segundo asombro fue encontrarme con Bella. Aquí tienes a Bella cuando la conocí. Esta foto es en casa de Gaztelu, acá está Lezama y Orbón, Octavio Smith. Entonces éste es el segundo momento: mi encuentro con Bella y Fina. Esos son los dos momentos estelares.

¿Por qué ha llamado “infierno” a su adolescencia?

Bueno, porque la adolescencia es el momento en que a uno le entran crisis. Parece como si al doblar de la adolescencia las tinieblas y la luz se estuvieran disputando el ser. Entonces la palabra no es “infierno”, porque el infierno es una opción, la del mal. Y no es eso. Es dramático, trágico, pero no infernal propiamente.

En su libro En las oscuras manos del olvido existe un personaje de seis años, llamado Eliseo Diego, con quien usted, según narra, no quisiera encontrarse. ¿Qué pasaría si se encuentran?

¡Figúrate! ¡Esa pregunta no tiene respuesta! Yo quería decir que ese niño que yo fui era muy él, tenía una realidad muy grande. Cuando uno se hace adulto empieza a programarse, a trazarse planes, y todo eso le va quitando a uno realidad. Si me encontrara con esa persona de seis años, su realidad iba a ser tan grande que me iba a destruir, porque yo soy una especie de fantasma. Fantasma de mí mismo: lo que he querido ser, lo que quisiera ser; pero él era, simplemente.

A través de su espejo, qué es la literatura, ha dejado las huellas que van desde aquel niño nacido en 1920 hasta el autor de Conversación con los difuntos, volumen de traducciones.

El Eliseo que ahora está escribiendo una serie de versos y también un conjunto de ensayos acerca de muchachas que lo deslumbran. Uno se refiere a Claudia, la amada del poeta Catulo; otro a Cintia, la amante de Sixto el XIV, y otro a la joven de quince años An Ke Se Nan, mujer del faraón Tut-Ank-Amón, pues hay que ver cómo sobrevivió en ese medio. Un cuarto ensayo se dedica a Alice Liddell –quien inspiró Alicia en el país de las maravillas– pues, según él (Lewis Carroll), la Alicia de verdad era más maravillosa que la de los cuentos.

¿Y el Guillén íntimo, su amigo Nicolás?

Tengo el privilegio de haber sido amigo de Nicolás. Digo “privilegio” porque él era una persona de pocos amigos. Una cosa era su popularidad, con esa nota cordial para todo el mundo, y otra su interioridad, donde era muy arisco. Todas las mañanas él, su secretaria Sara Casal –una muchacha extraordinaria– y yo, nos reuníamos en su despacho en la Unión: tomábamos vodka. Él era muy ingenioso, muy simpático y tenía una memoria prodigiosa. Se sabía la poesía fundamental y la no fundamental de la lengua española. Se sabía de memoria los poemas de Nuñez de Arce y todo el romancero anónimo español. Empezaba a recordar cosas de su niñez. Yo me reía con él. Un día llegó un compañero de esos cuadrados, totalmente “compañeros”, y le preguntó: “¿Cómo le fue en su viaje a Inglaterra?”. Nicolás le dijo muy serio: “Bueno, tuve una actividad en la Universidad de Oxford”. Imagínate, la palabra “actividad” y la Universidad de Oxford se dan de cachete.

De otro poeta cubano fundamental, José Martí, usted ha dicho que es el mejor de los maestros posibles. ¿Qué ha aprendido de él?

Es curioso eso, porque, mira, Martí era un hombre –o fue, o es– latinoamericano esencial, en toda la pasión, la abundancia, sobreabundancia de lo latinoamericano. Pero al mismo tiempo es un hombre muy sobrio: así como en sus discursos él deja correr aquel Niágara de cosas, cuando él quiere es muy parco y nos da una lección de exactitud. Incluso inventó un signo en la pleca. Cintio Vitier y Fina García Marruz hablan mucho de eso. Esa pleca que aparece en los mismos poemas de Martí, es como un signo de que va a venir algo más serio:

Yo pienso, cuando me alegro
como un escolar sencillo,
en el canario amarillo,–
que tiene el ojo tan negro!

Un registro más grave ahora. Solamente con la aparición de ese signo ortográfico, ya cambió la expresión. Eso fue un descubrimiento de él.

De Martí yo he aprendido mucho: he aprendido cuál es la esencia de Cuba: –“Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”. Ahí está dicho todo, ¿verdad?

Eliseo, ¿cuál es su visión del lugar que ocupa la literatura cubana en el contexto de la literatura universal?

Para mí la literatura cubana es la literatura universal. Eso parece una arrogancia enorme, pero si para mí la literatura cubana no tuviera esa importancia, no me tomaría el trabajo de escribir. Toda literatura comienza por ser la literatura de un momento y de un mundo, un fragmento minúsculo del universo, y es por eso que tiene sentido.

En este punto pudo haber concluido la conversación, de no ser por el deseo de precisar en qué medida el jardín del que hablábamos al principio, tiene que ver con otro que es también esencial para las letras cubanas: el de Dulce María Loynaz.

Quizás sean uno y el mismo, no sé. Tanto uno como el otro sugieren otro jardín mayor del que hemos perdido la entrada. Todos tenemos nostalgia de ese jardín perdido.

Yamil Díaz Gómez
La Gaceta de Cuba, número 5, septiembre-octubre, 2004
(entrevista a Eliseo Diego realizada en 1993).

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