Caimán no come caimán… pero sí poesía


Del blog de Félix Contreras

De arriba hacia abajo: Víctor Casaus, Froilán Escobar, Luis Rogelio Nogueras y Félix Contreras. (Fuente: https://felixcon.wordpress.com/galeria/)

Por: . 22|6|2015

El Caimán Barbudo es lo más parecido a su circunstancia natal, a los días de su fundación. La nación despertaba de dictaduras, escándalos de corrupción, robos y gansterismo, y se iniciaba la década más fundadora de su historia tras la victoria de 1959: Instituto de Reforma Agraria, Consejo Nacional de Cultura,  Casa de las Américas, UNEAC,  ICAIP, entre otras instituciones.

La cultura toma vuelo, trasciende la magia negra del bongó y la tumbadora, la cultura popular entra en interesantísimo proceso de rescate, redescubrimiento y revaloración: Benny Moré, el son, Arsenio Rodríguez, la guaracha, Antonio Arcaño, la rumba, Rita Montaner, Bola de Nieva, Chano Pozo, Carlos Embale,  Ñico Saquito, El Chori, son rescatados (de Las Fritas de Marianao) y colocados en el sitio de la alta cultura con Saumell, Beethoven, Lecuona, Bach, Ignacio Cervantes, Ignacio Piñeiro, Bizet, Roldán, Caturla, Jorge Mañach, Lino Novás Calvo, Alejo Carpentier…

Asombrados, vemos y sentimos toda esa eclosión que nos devela de modo directo, sin el dedo “magistral” de la retórica, nuestra cultura, nuestro país. Somos ejemplo de cómo una nueva generación, con recursos y voluntad política del estado, además de inserción en la sociedad, encuentra campo para su realización profesional en el omnipresente nuevo marco institucional de ese proceso de renacimiento cultural que borra el aislamiento, que localiza al individuo y lo lleva a la convergencia con el otro, con los otros.

Época tan radicalmente nueva, fascinante, madre de asombros que hasta los millonarios donan tractores y arados para la Reforma Agraria.

Leíamos —al mismo tiempo— a Martí, Tallet. Guillén (el “malo” y el “bueno”), Machado, Escardó, la Loynaz, Whitman, Eluard, Ballagas, Casal, Boti y Poveda,  Carilda, Agustín Acosta, Pedroso, Florit e igual, al mismo tiempo, descubríamos, sin emoción vergonzante —con Helio Orovio— el Mamoncillo de la Tropical al ritmo de Benny More y su fabulosa Banda Gigante, o a Roberto Faz y su Conjunto, que nos dio con el bolero otra vertiente de la poesía.

¿Dónde y cómo se encuentran los futuros caimaneros?

El único núcleo de jóvenes poetas existente en la isla eran los de El Puente —con editora— con José Mario a la cabeza. Enfrente teníamos, vivos y radiantes, a los grandes poetas de Orígenes (Lezama, Diego, Cintio, Fina, Baquero), dándonos saludable y estoico ejemplo de la necesidad y utilidad de la poesía y también, los más jóvenes de la generación del 50 (muy recelos con nosotros) que igual respetábamos: Retamar (“en cazuela”, parodiaba Wichy), Padilla, César López, Pablo Armando Fernández,  Fayad Jamís, Manuel Díaz Martínez, José Álvarez Baragaño y otros.

Amábamos todo lo que oliera a poesía, la buscábamos en la calle, en el lenguaje del vivir cotidiano y en la parodia. Lo lúdico como antídoto a la retórica finisecular heredada, todo lo que fuera juego, jugar con la palabra y los nombres, todo lo que fuera mecanismo de creación porque poesía era todo, y todo era posible.

Un grupo muy matizado, típico de la diversidad de procedencia socio-cultural. No éramos individuos escogidos o seleccionados, sujetos o atendiendo a un programa ideo-estético, ideológico, religioso o de la francmasonería, etc.

Nos escogió el azar y agrupó la poesía.

El Caimán Barbudo encuentra su núcleo fundador en la Brigada “Hermanos Saíz”, fundada en 1965 en el Salón de Actos de la Biblioteca Nacional. Recuerdo allí ese día a Sigifredo Álvarez Conesa, mi condiscípulo en la Escuela de Instructores de Arte, Manolo Vidal (pintaba y escribía), Helio Orovio, Rafael Escobar Linares, electo de presidente de la sección de literatura —redactor de la revista Mar y Pesca—, Argelio Sosa (becado, cursaba el preuniversitario en Ciudad Libertad), René Allouis (“algo chiflado”, traductor de películas en inglés y en la radio), Maggie y Roger, inseparables, más amantes y con más pegadera que Romeo y Julieta.

Salvo los mencionados Sigifredo y Orovio, no recuerdo al resto de los caimaneros en la Biblioteca. Presumo que los conozco después en la UNEAC, sede de la Brigada, cuando comienzan allí sus reuniones los sábados, de una de la tarde a siete de la noche. Todos éramos inéditos, aún sin ningún interés en publicar. La lectura e interactuar con los otros, ocupaban todo nuestro tiempo.

Tengo nítido mi primer encuentro con Wichy (Luis Rogelio Nogueras) y Froilán Escobar: la Brigada celebra una lectura colectiva de poemas, yo tenía los bolsillos llenos de versos dedicados a un almendro, y Sigifredo —en cuyas manos quedaron para siempre— me pide que lea algunos. Al final fuimos al restaurante Los Siete Mares y yo súper contento, pues tenía también siete mares pero de hambre. Con Froilán, Orovio, Víctor y Wichy intimé más.

La realidad cultural se fue diversificando y con ella, nosotros: unos entraron a la universidad, nosotros, los de poca escuela, al autodidactismo, a comernos el mundo.

Fuente: El caimán barbudo, la revista cultural de la juventud cubana

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Eduardo Heras León: “Ustedes escriben los libros que yo he dejado de escribir”


Eduardo Heras

Por: Antonio Herrada. 9|8|2013. Fuente: Revista digital El Caimán Barbudo

El edificio exhibe un azul desaliñado. Subo las escaleras y toco la puerta del apartamento. Me invitan a pasar. Alguna vez he estado aquí pero con otros ojos. Estar cerca de este hombre me ha hecho cambiar la manera de verlo todo. Apenas recuerdo mi primera visita. Ahora la sala me dice otras cosas. Parece una selva domesticada, con troncos formando muebles, marcos de madera y muchas plantas. Un cristal nos separa del aire enrarecido de la ciudad.

Vengo con una encomienda difícil. Entrevistar a este hombre 42 años después de la publicación de una crítica a su segundo libro, que le valió la exclusión del mundo cultural por 5 años. Fue en abril de 1971. Un mes después se anunciaba su separación del Consejo de Redacción de El Caimán Barbudo —la misma revista para la que ahora voy a pedirle que hable—. De aquellas batallas literarias apenas sabía yo, que aún no había nacido, pero  irremediablemente tenían que influir en nuestra conversación.

Hablamos mientras coloco las baterías en mi grabadora. Me dice que escribir era su vocación, desde los versos que cometía a los 9 años y las lecturas de Verne y Salgari. Que habría sido escritor aunque no hubiera participado en el ambiente cultural de los 60, la Universidad de La Habana y los primeros años de la Revolución; tal vez un escritor diferente, de no haber ingresado en la Escuela de Periodismo, que fue un verdadero caldo de cultivo (recuerdo esa comparación) para sus intereses literarios, sin obviar a sus compañeros de la redacción de Alma Mater; diferente de no haber pasado por la experiencia de Girón y las Fuerzas Armadas y las vivencias bélicas que se reflejarían más tarde en su obra; un escritor diferente, pero siempre un escritor. Noto que mi grabadora no ha comenzado a funcionar aún, y aprovecho un breve silencio para encenderla. Tres segundos después hago la primera pregunta.

Algunas de sus biografías señalan que usted dejó la Universidad y se fue a trabajar a una fábrica, y que en 1976 retomó sus estudios. ¿Cuál es el riesgo de que los verdaderos hechos queden en el olvido?

—Ningún riesgo, no se van a olvidar. Mi segundo libro, ganador de mención única en el Premio Casa de las Américas en 1970, fue malinterpretado y acusado de contrarrevolucionario en una crítica publicada en El Caimán Barbudo por un señor llamado Roberto Díaz. No abandoné, sino que fui expulsado de la Universidad en cuarto año de Periodismo, y enviado a trabajar durante cinco años en la fundición de acero Vanguardia Socialista. Pero todo eso se ha publicado. Hubo un ciclo de conferencias organizado hace algunos años por el Centro Cultural Criterios, que dirige Desiderio Navarro, en el Instituto Superior de Arte. Allí leí mi ponencia El Quinquenio Gris. Testimonio de una lealtad,donde explico detalladamente lo que sucedió en aquellos días lamentables: existe un libro que recoge esos debates. Era un período en el que te mandaban a bañar en las aguas del Jordán de la Revolución. Se cometieron muchas injusticias, incluso en mi caso, que ya había demostrado con las armas en las manos mi condición revolucionaria.

“Pero no hay vuelta atrás. Ahí están los hechos, olvidados o no, ese período no puede volver. Ha habido un proceso de crecimiento y maduración intelectual, tanto de los artistas como de los dirigentes, y las arbitrariedades que se cometieron difícilmente puedan repetirse. Estamos en una sociedad diferente, hay grandes espacios de libertad para la creación intelectual, que son ganancias de los artistas y también de los dirigentes honrados y serios, que saben que aquel período fue funesto y no se puede repetir.”

Usted considera años duros los de su generación, pero han sido varias las etapas duras desde 1959. ¿Cuáles son las consecuencias de tiempos difíciles como el Período Especial o los cambios actuales en la literatura?

Los períodos de crisis, paradójicamente, son por regla general de auge en la literatura. Digamos, mi generación: la de Playa Girón, Crisis de Octubre, la lucha en El Escambray, las constantes agresiones yanquis, se formó en una época muy bélica y de muchos cambios sociales. Proliferó una literatura  descarnada, que dejó el testimonio de las grandes batallas épicas de la Revolución. Por eso nos llamaron los “narradores de la violencia”, y en cuanto a la calidad de nuestras obras, se compara con la de los años 40, donde surgieron importantes libros de autores como Alejo Carpentier y Lino Novás Calvo.

“En los 80, cuando se produce la estampida del Mariel, surgió una promoción nueva, que desbrozó el camino de temáticas hasta ese momento tabúes, relacionadas con zonas marginales de la juventud, la homosexualidad, la corrupción, en general problemas éticos de la sociedad. Y fíjate que en los 90, también años de intensa crisis, se produjo otra explosión de creatividad (me refiero a la narrativa).Y abriendo el siglo, y ayudado con el fenómeno de la proliferación de editoriales provinciales, han surgido muchos escritores, sobre todo jóvenes, que publican sus primeros libros con 18 o 19 años, con temáticas nuevas y mucha experimentación, y con influencias que han beneficiado el que hacer de esta generación. La literatura, en todo caso, se enriquece, aunque la sociedad, de la cual el escritor es parte, sufre las carencias y las problemáticas. La escasez material provoca una especie de riqueza espiritual, como compensación.”

En esos años, hubo personas que siguieron sus pasos por la narrativa y el periodismo y los malinterpretaron. ¿Cree que hoy son escuchados los que hacen crítica mucho más profunda desde el arte y el periodismo?

Creo que sí. El problema es que nuestra prensa no está a la altura de otras aristas de la Revolución. No se ha logrado la prensa crítica que necesitamos, que aborde en profundidad los problemas y no se quede en la superficie. Y está obligada a cambiar, porque la sociedad es más exigente, más libre de expresar sus criterios. Hay una especie de guerra entre el periodismo que quiere ser crítico, reflexivo, y una zona de la burocracia que trata de que no se desarrolle. Y por supuesto que hay excelentes periodistas que están atacando la raíz de los problemas, pero no en la medida necesaria para que influyan de manera decisiva en sus soluciones. Por desgracia, hay pocos órganos de prensa que reflejen medularmente la problemática social del país, que es muy compleja. Es una lucha de todos los periodistas a las puertas de su congreso. Ese nuevo periodismo nunca podrá hacer daño: todo lo que produzca será   beneficioso. Ya es hora de que desaparezca la autocensura, que hace tanto o más daño que la censura.”

¿Qué opina sobre la necesidad de la técnica narrativa en el periodismo?

Cuando di clases en la Universidad, alternando con mis estudios, pude impartir con mucho esfuerzo un semestre de Técnicas Narrativas. Puedes enseñar qué es un lead, una crónica, un reportaje, pero si no enseñas primero cómo se describe, cómo se narra, cómo se hacen los diálogos, hay como un vacío en la formación. Yo enseñaba eso primero y después me ocupaba de la técnica periodística. Hasta donde sé, eso se ha perdido y creo que debía retomarse. Tenemos la experiencia de un Seminario que Francisco López Sacha y yo impartimos todos los años en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, con un éxito rotundo, y con la presencia, a veces, de periodistas de varios países. También conozco del trabajo de Rafael Grillo, de quien me han dicho imparte un curso de Técnicas Narrativas en Periodismo en la Universidad de La Habana. Creo que no enseñar estas técnicas es un error, porque puede esquematizarse el oficio. Debe generalizarse su enseñanza en todo el país. Además, es bueno recordar que la práctica del periodismo ha sido el origen del nacimiento de muchos escritores, como fue el mío propio.”

A 15 años de haber creado el Taller de Técnicas Narrativas Onelio Jorge Cardoso, hoy convertido en Centro de Formación Literaria, ¿cuál considera su significado dentro de la cultura cubana?

Creo que está mal que sea yo quien responda esa pregunta, pero debo asumir ese papel, ya que soy el entrevistado. Creo que si algún mérito tiene es que ha transformado el mapa de la narrativa cubana. Cuba tradicionalmente fue un país de poetas. Te pongo el ejemplo de Holguín, tierra de poetas y hoy, a mi juicio, territorio de narradores y poetas. Y esta situación se repite en muchas provincias del país. Y eso, creo yo, indiscutiblemente tiene un significado de importancia en la cultura cubana. Se ha descentralizado la producción literaria. Ya los narradores y los premios literarios que ganan, no son sólo de la capital, sino que están diseminados por todo el país, incluso en lugares recónditos a donde ha llegado la influencia del Centro Onelio. Todos tienen las mismas posibilidades. Casi 800 jóvenes han pasado ya por nuestras aulas. A partir del taller inicial, que alguien llamó el Harvard de los talleres literarios, ha cambiado la terminología que se emplea en los demás talleres en Cuba. En mis 40 años de experiencia dirigiendo talleres, puedo afirmar que antes del Centro Onelio nadie hablaba depuntos de vista, de “vasos comunicantes”, ni de caja china, o dato escondido, y hoy esos términos son peccata minuta para muchos.

“El Centro no lo da todo. El día que recibimos a los alumnos les decimos: muchos de ustedes no van a ser escritores, va a ser una mínima cantidad los que lo logren; pero si no es así, se convertirán en asesores literarios, promotores, mejores lectores ysobre todo, mejores seres humanos. Enseñamos la solidaridad, la aceptación consciente de las opiniones diversas, y optamos por eliminar la envidia y las rencillas a veces personales que tanto perjudican las relaciones entre escritores. Hemos dado a conocer una cantidad considerable de nuevos narradores, muchos de ellos ganadores de los más importantes premios literarios en Cuba y en el extranjero.”

¿Sueña al Centro Onelio enseñando técnicas poéticas, ensayísticas o dramatúrgicas?

Mi especialidad es la narrativa. Un Centro como el Onelio necesita mucha entrega. Sé que en el pasado se ofreció a algunos escritores la posibilidad de crear un Centro dedicado a la poesía, por ejemplo, pero nadie la aceptó.  A mí mismo me sorprenden mis 15 años en el Centro. Hacen falta escritores de prestigio que estén dispuestos a sacrificar su obra para enseñar a los jóvenes y dedicarse a ello; se necesita desprendimiento y vocación. La mía es, ante todo, la de maestro, creo que antes que la de escritor. Me siento muy bien cerca de los jóvenes. Ustedes escriben los libros que yo he dejado de escribir. En fin, no creo que haya contradicción entre los objetivos iniciales del Centro si en algún momento surgiera la posibilidad de cursos que aborden técnicas poéticas o dramatúrgicas o ensayísticas. En definitiva, el Onelio es un Centro de Formación Literaria.

“Antes de fundarlo, no existían en Cuba centros de formación, a no ser la que se intentaba en talleres de algunos escritores y los de las Casas de Cultura, muy deprimidos hoy en día. He preguntado por qué en el ISA no hubo nunca una Facultad de Literatura, sé que persistía el criterio de que el escritor no se formaba recibiendo cursos, pero me pregunto si los artistas plásticos, los dramaturgos y los músicos no necesitan aprender la técnica, al igual que los escritores y por eso existe una formación académica de estas ramas del arte. Su obra, después de esa educación, depende mucho de su talento y dedicación. Por eso creo que, de cierta manera, el Centro Onelio es la Facultad que le falta al ISA, porque las Facultades de Artes y Letras de las Universidades forman críticos y profesores de Literatura, no escritores. Nuestro programa abarca la creación, no la crítica. Estamos llenando un vacío para los jóvenes que quieren dedicarse a la escritura creativa, sin tener que hacer crítica o investigación.

“Hay que aclarar que el Centro ha tenido sus detractores, que opinan que no se fabrica un escritor. Nosotros no lo hacemos, buscamos el talento y le añadimos las técnicas del oficio: si sales escritor es genial; si no, aprendiste, saliste con más cultura, sabes leer de otra manera. De todas formas creo que hemos seleccionado bien: hay por ahí una veintena de escritores que se están consagrando y así lo confirman. El Centro Onelio les ha dado ese ambiente de creación que hoy falta en muchos espacios.”

¿Cuáles son las principales diferencias entre el joven que fue usted y los que cada día enfrenta en el aula?

Somos dos generaciones totalmente diferentes. Nosotros vivimos la parte épica de la Revolución, nos sacrificamos, incluso con las armas, tuvimos que vivir para luego escribir, y los jóvenes de hoy no tienen las mismas urgencias, la Revolución es más consolidada, si fracasa será posiblemente más por nuestros propios errores, que por fuerzas externas. Ya no se les exige tanto. Antes todo estaba bajo el sello de la ideología, se trataba de vivir en un estado de pureza, que tenía que ver con el ideal del hombre nuevo que proclamara el Che.Teníamos la esperanza de que lo íbamos a lograr, pero no fue así. Hicimos lo que pudimos, pero esa aspiración se quedó en la utopía, quizás ese hombre nuevo no sea posible. La experiencia lo ha demostrado.

¿Cómo valora la salud de la literatura cubana actual, en especial la narrativa?

Por ahí nos acusan de que somos demasiado optimistas. Yo estoy convencido de que ahora hay más variedad de estilos, diversas maneras de enfrentar el hecho literario, muchas más tendencias, se ha recorrido un largo diapasón temático, que cada día se enriquece más, desde la inicial narrativa de la violencia hasta los temas caros a la posmodernidad. Eso demuestra algo, la literatura siempre busca diferentes vías para reflejar la realidad o negarla e inventar una nueva, y eso siempre enriquece. Por otra parte, las influencias actuales son mucho más cosmopolitas. Hay mucha influencia de la nueva literatura española, latinoamericana, italiana y norteamericana. Eso sirve de alimento porque lanza la literatura por varias vías y promete un panorama alentador, lo que tampoco quiere decir que estemos de fiesta. Ahora hay muchos cuentistas jóvenes, pocos novelistas, y tengo la impresión, aunque puede que me equivoque, que la poesía que siempre fue el género más favorecido, se ha recluido un poco desde los 90, desde que la cuentística fue más influyente en el reflejo de la sociedad. Veo más riqueza en los cuentos. Las buenas novelas ya aparecerán.

“De la última promoción me parecen interesantes (entre muchos otros que se me olvidan ahora) Ahmel Echevarría, Michel Encinosa, Rubén Rodríguez, Mariela Varona, Osdany Morales, Raúl Flores. Jorge Enrique Lage, Ariel Cantero, Dazra Novak, Yunier Riquenes, Agnieska Hernández. Son nombres que tienen una obra importante, diferente, según Jorge Fornet, una narrativa del desencanto o literatura posrevolucionaria. Los temas tradicionales ya no se manejan, se ha abierto ampliamente el camino a la fantasía y la ciencia ficción. Pero en general veo un buen panorama.”

 ¿Es la idea del retiro un tema que lo angustia? ¿Cuáles son sus próximos proyectos?

Esa es la palabra precisa: angustia. Estoy en una especie de conflicto, por un lado quiero jubilarme porque tengo muchas cosas que escribir, para eso necesito tiempo y tranquilidad. Por otro, sé que me va a dejar un vacío, ya no me concibo sin dar clases. He pedido consejos a muchos amigos, pero estoy meditando qué es lo mejor para mí, qué es lo que me va a hacer sentir bien, porque es una decisión enteramente mía. Sé que de ella dependen muchas cosas. Como por ejemplo, encontrar un nuevo director para el Centro, para lo cual es necesario prestigio, voluntad y poder de convocatoria.

“Tengo planes de terminar una novela. Pero mis amigos me suplican que no escriba más cuentos ni novelas, sino que escriba mis memorias, y eso me seduce. He tenido una vida compleja, con castigos, recompensas, he conocido grandes escritores cubanos y extranjeros como José Saramago, Eduardo Galeano, Julio Cortázar, Mario Benedetti, Mempo Giardinelli, Abelardo Castillo. Posiblemente ese será mi próximo proyecto: escribir mis memorias.”

Una edición para Wichy


Silvio Rodríguez • La Habana • Diciembre 2006, La Jiribilla

 

Palabras de Silvio en la presentación de la sexta edición del libro Que levante la mano la guitarra.

Ustedes saben que no es mi fuerte esto de empezar a sacar palabras de la cabeza, de las tantas que se me ocurren, y en estos breves espacios escoger las que dirían, con más exactitud, todo lo que uno piensa. Pero un poco metiendo la mano al azar menciono que me agradó muchísimo que Iván Gerardo Campanioni a quien hacía décadas que no veía, un gran poeta de esta generación, que menciono porque se lo merece y no porque tenga sesenta años, me saludara unos instantes antes de comenzar esta presentación.

Él fue uno de los poetas que se reunían alrededor de El Caimán Barbudo, aquel primer caimán, y estuvo en aquel tan citado homenaje “Teresita y nosotros”, que fue, efectivamente, el primer recital en el que participé —solo o en colectivo— después de desmovilizarme de las Fuerzas Armadas. Luego hice muchos otros allí en la salita de Bellas Artes, pero al primero que fui invitado y esto tiene gran significación fue para éste convocado por los autores de El Caimán Barbudo que algunos de ellos eran ex compañeros míos de otra aventura literaria y artística que había tenido muchísimo más joven cuando integré las filas de la revista y el semanario Mella.

Yo, también, dediqué a Wichy estas palabritas que hice muy rápidamente para el final del libro y es hermoso ver que todos coincidimos en lo mismo porque Wichy es el ausente. Pero, para los que lo conocimos es más que el ausente; es un amigo entrañable y un hombre que con su lucidez y su brillantez intelectual, con su carácter jovial, fraterno, maravilloso nos persigue, nos acompaña a todos por igual en la memoria y a veces hasta en los actos cotidianos.

Hemos comentado, a todos nos ha pasado, que en algún momento lo vemos, o recordamos cosas que él dice o en esta situación Wichy diría o Wichy haría. Eso es algo que, constantemente, nos sucede por eso está entre nosotros y no es raro que nosotros hayamos coincidido sin ponernos de acuerdo en dedicar el más reciente esfuerzo relacionado con este libro a su memoria.

Víctor decía que en el momento en que se decidió hacer este libro todavía yo no tenía los espacios que, según él merecía o merezco. Es bastante cierto porque la verdad que hacer un libro sobre mí en el momento en que decidieron hacerlo más que un aval en el ámbito de la cultura podía ser una especie de maldición. Incluso, cuando me propusieron esta idea yo me quedé maravillado y no sé si en algún momento les dije: ¿ustedes están seguros en lo que se van a meter?

Ya existía un antecedente y quiero mencionarlo aquí porque no es ocioso y además porque es un nombre que, al menos a mí, me regresa una y otra vez, que es el de Eduardo Castañeda, un compañero de nuestra generación, que fue dirigente estudiantil y que por los avatares de entonces cayó castigado en la Isla de la Juventud construyendo (estuvo durante todo el período de construcción) la presa Viet Nam Heroico y cuando terminó ese trabajo regresó a La Habana y comenzó a trabajar en el Instituto del Libro cuando se estaba fundando. Él fue el fundador de la Editorial Pluma en ristre y recuerdo que uno de los primeros libros que propuso a esa editorial era una antología de mis canciones. Esto fue en una época muy temprana, es decir antes de que me fuera en el Playa Girón o sea tiene que haber sido entre 1968 y 1969.

Realmente era todavía más osadía plantearse en esos precisos momentos un trabajo de divulgación de mi obra porque en esos momentos yo era una persona —como se ha dicho y también magnificado quizás demasiado— que estaba muy cuestionada por algunos.

Me acuerdo que se hicieron hasta las pruebas de galera; fue un libro en que se adelantó muchísimo. Yo revisé las pruebas de galera y las tuve en mi poder durante muchos años después de haberse frustrado aquello.

Se hizo también un pequeño disco que tenía dos canciones por cada lado y se grabó en la EGREM porque era un libro con un disco. Hasta desde el punto de vista editorial era pionero, pero muy pionero, de algo que se ha hecho después al cabo de las décadas. Todo eso fue idea de Eduardo Castañeda y, lamentablemente, por diversas razones, por problemas de lo que fuera, él murió, se quitó la vida y al desaparecer Eduardo desapareció la posibilidad de hacer aquel libro.

Las personas que tomaron la continuidad de aquel trabajo silbaron y miraron en otra dirección y aquello desapareció por completo. Nunca más nadie me habló de esa posibilidad. Años después fue que Víctor y Wichy me hablaron de hacer Que levante la mano la guitarra que en inicios no se llamaba así.

Se trataba de hacer un libro con mis canciones y que tenía que tener entrevistas y reflexiones porque, justamente, por haber sido una persona cuestionada —no sólo yo sino otros compañeros de generación con los que estaba haciendo el libro— nos parecía bueno que nos pronunciáramos, que habláramos, que dijéramos nuestras opiniones sobre el mundo, nuestro compromiso con el arte, con nuestra vida, con nuestro país… en fin, cómo nos situábamos nosotros en la existencia. Por eso este libro tiene tanto de reflexivo.

Nada más que agradecer a Víctor una vez más, a Wichy, al querido Chino Heras, al Instituto del Libro, al Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, haber editado este libro y, sobre todo, que se haya conseguido que se venda exclusivamente en moneda nacional: esto es lo que realmente a mí más me gratifica.

Muchas gracias a todos.

En la medida de lo humano


Edición Especial de El Caimán Barbudo, dedicado a Wichy (enero,1986).
Tomado de: La Gaceta de Cuba, abril de 1989, p 28

En la medida de lo humano
Entrevista a Luis Rogelio Nogueras

Por Emilio Bejel

Luis Rogelio Nogueras, muerto en 1985, concedió cinco años antes esta entrevista —hasta hoy inédita— a Emilio Bejel, en la cual se hallan juicios novedosos del autor de Cabeza de zanahoria. “En la medida de lo humano” forma parte de un libro en preparación.

¿Podríamos comenzar con un itinerario de tu vida intelectual?

Publiqué mis primeros textos en El Caimán Barbudo, suplemento literario del cual fui fundador, junto con Guillermo Rodríguez Rivera, Víctor Casaus, Jesús Díaz y otros compañeros. Ahí aparecieron mis primeros poemas entre abril y diciembre de 1966. En mayo del 67 la Unión de Escritores y Artistas convocó por primera vez al Premio David, para jóvenes escritores. Envié mi libro Cabeza de zanahoria, que obtuvo el primer lugar. Ese premio ha ido dando a conocer a otros autores también, como Raúl Rivero en poesía, Eduardo Heras León en narrativa, y otros más. El título del libro viene de una célebre novela francesa; y como yo tengo el pelo rojo, me decían así de chiquito. Es un libro, el mío, que intentaba, como casi todo primer libro, saldar una especie de deuda con la infancia, pero no era exactamente sobre la infancia, sino más bien un libro de formación, emotivo, sobre aspectos de la infancia. Asomaban en él, creo yo, algunas características o constantes que he ido trabajando luego; por ejemplo, el hecho de tomar la poesía como materia literaria y de ocuparme, sobre todo, de los poetas y su destino. Hay una sección en Cabeza de zanahoria que se llama “Los hermanos”, en la cual aparecen poemas dedicados a Dylan Thomas, César Vallejo, André Breton, poetas todos que me interesaban por diferentes razones; a través de sus respectivas vidas y destinos traté de reflejar o aprehender lo que significa el destino de un poeta. En algunos casos, los poetas envejecen y mueren convertidos en parodias de sí mismos, como por ejemplo, Breton; otros mueren en plena juventud, en medio de la efervescencia creadora, que es el caso de Nerval y hasta me atrevería a decir, de Vallejo, aunque éste tenía al morir algunos años más que Nerval. Esa sección del libro cierra con un poema que de alguna manera expresa lo que he sentido; se llama “Los desconocidos de siempre”, y alude a la historia de un poeta —cualquier poeta, nadie en particular—, que aunque se entregó con pasión a la poesía, nunca llegó a ser un gran poeta.

Háblame de Las quince mil vidas del caminante.

Publiqué ese segundo libro en 1977. Aquí se perfeccionan —dentro del marco de lo que quiero hacer— algunos temas que aparecían ya en Cabeza de zanahoria: tocaba ese asunto de los poetas y la poesía. A principios de este año obtuvo el Premio Casa Imitación a la vida, en el que nuevamente aparecen esos temas. Hay otro libro que debe salir dentro de poco y que lleva un título paródico: El último caso del inspector, aludiendo a mi doble condición de autor de narraciones policíacas y de libros de poesía. Pero también tiene otro sentido: lo paródico vinculado a una especie de desagravio por el menosprecio que se tiene por la literatura policíaca en general. Pienso que ese desprecio se justifica a veces, pero otras no tiene justificación.

He hablado con gente del pueblo, ajena al mundillo literario, y te conocen casi exclusivamente como autor de novelas policíacas. Ese éxito de público, ¿es agradable para ti?

Claro. Tanto las novelas policíacas que he escrito, como los guiones que he preparado para el cine, han tenido un éxito de público que realmente desborda lo que yo hubiera podido esperar. Escribí los guiones de las películas El brigadista, Guardafronteras y Leyenda.

¿Cuál es la novela tuya de más éxito?

Y si muero mañana. En Cuba tuvo una tirada de cien mil ejemplares, contando las dos ediciones. Ha sido publicada en la Unión Soviética con un millón de ejemplares. También apareció en Suecia y otros países.

¿Tú crees que se pueda decir de ti que eres un típico escritor de la Revolución, tanto por tu obra como por tu enfoque ideológico?

Creo que sí. Y digo “creo” por dejar un margen abierto a la discusión, porque este es un tema polémico, como sabes. Por mi edad, por mi vida activa en la política, por muchas cosas parece que así es. Nada de esto existía para mí antes del 59; claro, era un adolescente… Es con la Revolución y gracias a la Revolución que me hago escritor. Con la Revolución los escritores adquirieron una dignidad que no tenían antes. Hoy a un joven poeta le publican un libro y le pagan por eso. Un caso como el mío, con un libro de poemas del que se tiraron cinco mil ejemplares, era algo insólito antes. Contaba Lezama que una vez, en la década del cincuenta, dejó diez ejemplares de uno de sus libros en una librería (la librería de un amigo) y al cabo de cuatro o cinco años todavía quedaban sin vender ocho ejemplares. Decía Lezama que entonces su gran preocupación no era que no se hubieran vendido esos ocho ejemplares, sino averiguar quiénes habían comprado aquellos otros dos. Y añadía, con su tono magisterial, que probablemente todos fueron pasto de los ratones…

Me gustaría conocer algo sobre la recepción de tus obras en el extranjero.

En Suecia la novela acaba de tener una buena acogida. Los periódicos más importantes de Estocolmo le dedicaron reseñas elogiosas. La poesía ha tenido más fortuna, se ha publicado mucho en países de América Latina. Poemas sueltos, en antologías, han aparecido muchos en Europa, en Estados Unidos incluso, en El Guardián, en la Literary Review, etcétera. Salió hace un par de años un artículo en el suplemento literario del New York Times haciendo referencia —una referencia elogiosa— a mi obra, en particular a una novela que escribí en colaboración con Guillermo Rodríguez Rivera y que se llama El cuarto círculo.

¿Qué les responderías a los que critican la política cultural de la Revolución?

Yo creo que, efectivamente, ha habido improvisación, se han seguido caminos que luego se vio que no eran los que debían seguirse. Pero eso forma parte de una revolución que está hecha por hombres de carne y hueso, por gente que yerra o acierta en la medida humana. Porque una revolución en el Olimpo hubiera sido algo mucho más sencillo que en un país subdesarrollado, con una subescolaridad tremenda, como lo era este país. La Revolución, desde el 59, en todos los sentidos —en este caso, en el campo cultural— tuvo que operar por tanteos. Sin los errores, reconocidos en muchos casos y en otros en proceso de ser reconocidos y superados, estaríamos hablando de un problema abstracto, no real. Sin los errores no habría habido tampoco estas posibilidades y estos logros.

¿Cómo ves la situación actual de la literatura cubana, específicamente la literatura hecha en Cuba por los jóvenes?

Creo que estamos en un punto óptimo del trabajo creador. Los veinte años transcurridos han servido para acumular infinidad de experiencias en el campo cultural. Ahora estamos en condiciones de empezar a trabajar en una dirección más concreta y de manera coordinada. Están trabajando autores de generaciones diversas: desde Tallet y la generación de Guillén hasta las de Eliseo Diego, de Retamar, la nuestra… y ya divisamos la siguiente, muchachos y muchachas nacidos en el año 55 ó 56, que escriben poesía, buena poesía. Esta confluencia no implica, de ningún modo, algo monocorde o chato, sino diverso y rico, que nos va a permitir desarrollar un trabajo cultural mucho más intenso. Los nuevos escritores podrán desarrollar así su trabajo con mayor eficacia, hacer literatura afincada en las realidades nacionales. Todo esto permitirá que se sobrepongan a los problemas puramente personales.

¿Quisieras añadir algo sobre ese fenómeno híbrido del que participas, en tu doble condición de escritor de novelas policiales y escritor de poemas?

Existe el caso de Poe, que es el más obvio. No sólo fue un gran poeta, sino también, justamente, uno de los iniciadores de la literatura que hoy llamamos policial. Si un autor de novelas policiales trata de trabajar con la seriedad y el rigor con que trabaja un poeta, se puede hablar entonces de proximidad entre una cosa y la otra. Lo que yo he tratado de hacer es comunicarme, tanto en la novela como en la poesía. A mí me ha interesado siempre la medida humana de las cosas. Es una medida que no se encuentra en mujeres tan bellas como Afrodita, ni en las moradas del Olimpo, ni en los escudos forjados por Vulcano, ni en los que mandan sobre las aguas, como Poseidón, sino en los hombres que son diestros y justos, dentro de la medida de lo humano… Para mí, eso es lo que importa.