Transformar para bien la cultura cubana


Lisandra de la Paz • La Habana, Cuba
Fotos: Yaima Amador, Maribel Amador
Fuente: Revista Digital La Jiribilla

Las hojas secas que se arrastran hacia la oscuridad en un bosque donde habita el lobo y el hombre nuevo, descubren a un libro rojo que, desteñido, es más bien color zanahoria. Y esas hojas secas, que nos rodearon y cubrieron de magia e historia no tan olvidada, las desprendieron Pedro Juan, y Senel, y Guillermo, y Luis Rogelio.

En boca de Francisco López Sacha estuvo la presentación, bajo el sello de la Colección Sur Editores, de cuatro libros que reflejarán perpetuamente, mediante la poesía, la realidad cubana.

Cabeza de zanahoria abrió el hueco en la velada por donde se meterían los demás volúmenes. Luis Rogelio Nogueras con su sabido sentido del humor, jugó con los artificios de la inocencia y la infancia. A decir de Sacha, es un análisis, una expresión irónica y burlesca, mediante la cual, paga las deudas con los poetas que lo formaron. Se nota, además, un lirismo que va marcando una nueva generación de poetas, nueva generación que, a su vez, se vio influenciada por este clásico de la poesía cubana. Llega un momento en el libro en que el poema empieza a vivir por sí mismo, por la naturaleza causal de las cosas, lo que constituye un tránsito vital por la historia.

Desde otra orilla de aquel mar que emergió esa tarde, irradió en la sala la luz de Guillermo Rodríguez Rivera con El libro rojo, que miró desde otra perspectiva la poesía coloquial cubana, según el presentador. “Se percibe un conflicto entre el individuo, el poeta y la historia, haciendo un balance de la poesía que le antecedía. Este libro es de por sí una ironía con el Libro rojo de Mao Tse Tung; su búsqueda de decir todo se mezcla con la poesía, el testimonio, la voz del poeta, el sujeto lírico, el narrador…, allí donde está sonando el mundo áspero de la Revolución”.

Imagen

En la década del 70, momento en que surgió el libro, existían diferencias radicales entre el punto de vista que Guillermo inauguraba y las políticas de esos años en Cuba. “El  problema de la poesía política es que cuando pasa el tiempo, hay que explicar los hechos, porque se van olvidando. Este es solo un pequeño libro doctrinario”, afirmó el autor.

El vacío de la existencia, la inutilidad de todo esfuerzo, la carencia de sentido…, era el verdadero mundo en el que quería entrar Pedro Juan Gutiérrez Arrastrando hojas secas hacia la oscuridad, que la Colección SurEditores regala por vez primeraSacha lo trataba como poesía porque decía sentir la obsoleta calidad de esos textos, “el libro es el destino mismo de seres humanos anónimos que van hacia la muerte”.

Pedro Juan contó que, al terminarlo, sintió casi arrepentimiento porque le pareció demasiado depresivo y melancólico, pero “me he dado cuenta que cada libro que se escribe es solo una huella del momento en que  se escribe, me doy cuenta que uno está vinculado a cada uno de los personajes. La poesía es libertad, porque cuando se escribe, uno no la piensa”.

Imagen

El lobo, el bosque y el hombre nuevo, relato del que posteriormente surgió el guión cinematográfico del filme Fresa y Chocolate, también presentado en esta ocasión, es uno de los cuentos más leídos, más populares en Cuba y más polémicos, que dividió en dos la historia del cuento cubano, alegó el presentador.

Agregó que “el cuento enfocaba un gran problema, el problema del otro, del por qué el otro es discriminado, de por qué no tiene voz, de por qué no puede hablar… ¿Simplemente es por su orientación sexual? Plantea todas las discriminaciones, y no solo la discriminación sexual.

“Se ve la naturaleza del ser, del hombre y la mujer en Cuba en aquellos años, y de aquel muchacho dogmático que se transformó y gritó «voy a ayudar al próximo Diego, y el próximo Diego va a llegar»”.

El guión plantea casi lo mismo, explica Sacha refiriéndose a Fresa y Chocolate. Mientras que el relato es un recuerdo desde el futuro, el guión es lineal. Pero lo más importante en este guión es que se crean bandos de personajes. Primero se ve un David que está en el bando de los simuladores, y después se pasa al bando de los auténticos, el bando de Diego y Nancy.

“¿Por qué no confiar en la humanidad toda? ¿Por qué se ha confiado en los simuladores y no en la humanidad toda?”, son las preguntas que  Francisco López Sacha se hace a propósito de la obra, que, según él, demuestra hasta dónde es necesario ser consecuentes y honestos para llegar a cumplir los sueños de los personajes.

“Todas estas obras –concluyó Sacha- han ayudado a cambiar para bien la cultura cubana”.

Receta de amor


RECETA DE AMOR

Tómese un par de corazones,
2 corazones grandes y completos.
2 corazones donde quepan la ternura, la cólera,
la alegría, el dolor, el error,
la pasión más absolutamente desmedida
y todo el desconcierto.
(Parecerá, a primera vista, que se podría prescindir
de algunos de los ingredientes; pero una vez que se
pruebe
el resultado, se advertirá que no hay nada superfluo.)

Mézclense bien;
añádase a los corazones -claro está-
cualquier otra porción decisiva de sus dueños
y póngase a hervir en su propia sangre
sobre un fuego muy lento.
Si los corazones son de primera clase como se recomienda,
resultan francamente innecesarias las especias, pero si
se desea
puede añadirse un pizca de cerveza, una canción o un
verso
después de que la sangre esté caliente.

El tiempo de cocción es muy variable, por eso
el guiso ha de probarse repetidas veces.
Sírvase en raciones grandes pero diseminadas
y cómase de manera despaciosa, lujuriosa, reflexiva e
intensa.
No se requieren peculiarmente favorables condiciones
de ambiente;
al revés, este plato exquisito, caprichoso,
cuece mejor si arde la llama
en dirección opuesta a la del viento.
Protéjase, eso sí, de las miradas de la gente.
Si sus propósitos son otros, sencillamente, espere:
la receta de matrimonio se publica
la semana siguiente.

GUILLERMO RODRÍGUEZ RIVERA (Santiago de Cuba, 1943)

Una edición para Wichy


Silvio Rodríguez • La Habana • Diciembre 2006, La Jiribilla

 

Palabras de Silvio en la presentación de la sexta edición del libro Que levante la mano la guitarra.

Ustedes saben que no es mi fuerte esto de empezar a sacar palabras de la cabeza, de las tantas que se me ocurren, y en estos breves espacios escoger las que dirían, con más exactitud, todo lo que uno piensa. Pero un poco metiendo la mano al azar menciono que me agradó muchísimo que Iván Gerardo Campanioni a quien hacía décadas que no veía, un gran poeta de esta generación, que menciono porque se lo merece y no porque tenga sesenta años, me saludara unos instantes antes de comenzar esta presentación.

Él fue uno de los poetas que se reunían alrededor de El Caimán Barbudo, aquel primer caimán, y estuvo en aquel tan citado homenaje “Teresita y nosotros”, que fue, efectivamente, el primer recital en el que participé —solo o en colectivo— después de desmovilizarme de las Fuerzas Armadas. Luego hice muchos otros allí en la salita de Bellas Artes, pero al primero que fui invitado y esto tiene gran significación fue para éste convocado por los autores de El Caimán Barbudo que algunos de ellos eran ex compañeros míos de otra aventura literaria y artística que había tenido muchísimo más joven cuando integré las filas de la revista y el semanario Mella.

Yo, también, dediqué a Wichy estas palabritas que hice muy rápidamente para el final del libro y es hermoso ver que todos coincidimos en lo mismo porque Wichy es el ausente. Pero, para los que lo conocimos es más que el ausente; es un amigo entrañable y un hombre que con su lucidez y su brillantez intelectual, con su carácter jovial, fraterno, maravilloso nos persigue, nos acompaña a todos por igual en la memoria y a veces hasta en los actos cotidianos.

Hemos comentado, a todos nos ha pasado, que en algún momento lo vemos, o recordamos cosas que él dice o en esta situación Wichy diría o Wichy haría. Eso es algo que, constantemente, nos sucede por eso está entre nosotros y no es raro que nosotros hayamos coincidido sin ponernos de acuerdo en dedicar el más reciente esfuerzo relacionado con este libro a su memoria.

Víctor decía que en el momento en que se decidió hacer este libro todavía yo no tenía los espacios que, según él merecía o merezco. Es bastante cierto porque la verdad que hacer un libro sobre mí en el momento en que decidieron hacerlo más que un aval en el ámbito de la cultura podía ser una especie de maldición. Incluso, cuando me propusieron esta idea yo me quedé maravillado y no sé si en algún momento les dije: ¿ustedes están seguros en lo que se van a meter?

Ya existía un antecedente y quiero mencionarlo aquí porque no es ocioso y además porque es un nombre que, al menos a mí, me regresa una y otra vez, que es el de Eduardo Castañeda, un compañero de nuestra generación, que fue dirigente estudiantil y que por los avatares de entonces cayó castigado en la Isla de la Juventud construyendo (estuvo durante todo el período de construcción) la presa Viet Nam Heroico y cuando terminó ese trabajo regresó a La Habana y comenzó a trabajar en el Instituto del Libro cuando se estaba fundando. Él fue el fundador de la Editorial Pluma en ristre y recuerdo que uno de los primeros libros que propuso a esa editorial era una antología de mis canciones. Esto fue en una época muy temprana, es decir antes de que me fuera en el Playa Girón o sea tiene que haber sido entre 1968 y 1969.

Realmente era todavía más osadía plantearse en esos precisos momentos un trabajo de divulgación de mi obra porque en esos momentos yo era una persona —como se ha dicho y también magnificado quizás demasiado— que estaba muy cuestionada por algunos.

Me acuerdo que se hicieron hasta las pruebas de galera; fue un libro en que se adelantó muchísimo. Yo revisé las pruebas de galera y las tuve en mi poder durante muchos años después de haberse frustrado aquello.

Se hizo también un pequeño disco que tenía dos canciones por cada lado y se grabó en la EGREM porque era un libro con un disco. Hasta desde el punto de vista editorial era pionero, pero muy pionero, de algo que se ha hecho después al cabo de las décadas. Todo eso fue idea de Eduardo Castañeda y, lamentablemente, por diversas razones, por problemas de lo que fuera, él murió, se quitó la vida y al desaparecer Eduardo desapareció la posibilidad de hacer aquel libro.

Las personas que tomaron la continuidad de aquel trabajo silbaron y miraron en otra dirección y aquello desapareció por completo. Nunca más nadie me habló de esa posibilidad. Años después fue que Víctor y Wichy me hablaron de hacer Que levante la mano la guitarra que en inicios no se llamaba así.

Se trataba de hacer un libro con mis canciones y que tenía que tener entrevistas y reflexiones porque, justamente, por haber sido una persona cuestionada —no sólo yo sino otros compañeros de generación con los que estaba haciendo el libro— nos parecía bueno que nos pronunciáramos, que habláramos, que dijéramos nuestras opiniones sobre el mundo, nuestro compromiso con el arte, con nuestra vida, con nuestro país… en fin, cómo nos situábamos nosotros en la existencia. Por eso este libro tiene tanto de reflexivo.

Nada más que agradecer a Víctor una vez más, a Wichy, al querido Chino Heras, al Instituto del Libro, al Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, haber editado este libro y, sobre todo, que se haya conseguido que se venda exclusivamente en moneda nacional: esto es lo que realmente a mí más me gratifica.

Muchas gracias a todos.

Intertextualidad, textualidad y supratextualidad en el Directorio Telefónico de la ciudad de La Habana


(…) Sí, porque ahora que vuelvo a leer para mi alegría “Intertextualidad, textualidad y supratextualidad en el Directorio Telefónico de Ciudad de La Habana“, me doy cuenta de que lo recordaba perfectamente y todavía me parece ver a Wichy en la biblioteca del ICAIC, a la que los buenos oficios de Alfredo Guevara habían llevado a un puñado de jóvenes cubanos, de dentro y de fuera, para dialogar sobre literatura cubana. Allí estaba Lourdes Casal, aproximándose como Nogueras al temprano final de su vida. Pero había también algunos «no-cubanos». Fue precisamente la peruana Irene Vegas García quien preservó ese texto que luego Roberto Fernández Retamar hizo editar en la revista Casa. Ahí está Wichy de espíritu entero: volteando la seriedad de aquella reunión a través de esa sabrosa parodia de la crítica hermenéutica que me sigue haciendo reír veinte años después.(…) Guillermo Rodríguez Rivera (fragmento tomado de “Luis Rogelio Nogueras, articulista”, publicado en el libro De nube en nube, Centro CulturaPablo de la Torriente Brau.

Intertextualidad, textualidad y supratextualidad en el Directorio Telefónico de la ciudad de La Habana*

En mi obra 14 objeciones a Quince Duncan (que apareció en edición norteamericana con una lamentable errata en la cubierta bajo el título de 15 objections to Fourteen Duncan) afirmo:

Mi propia reciprocidad no es más que el objeto reiterado de mi sujeto activo; o lo que es lo mismo, mi hipersubjetividad múltiple es inversamente proporcional a la doble formulación palatal en el fonema /d/.

A partir de esta afirmación capital y bajo la doble luz de Derrida y Lacan, voy a intentar un análisis intersupratextual del Directorio Telefónico de La Habana, obra, como seguramente lograré demostrar, llena de polisignificados artísticos.
En la primera página del mencionado volumen (700 páginas in cuarto) se dice:

ABAD, ALBERTO 32 2941 Coco Solo 202 esquina a Campanario…

Una primera y clara derivación contextual se encuentra en el apellido mismo del personaje: Abad. La doble relación Abad = Campanario sugiere inmediatamente una nítida atmósfera religiosa en el texto, subrayada por la suma del número de letras del nombre (Alberto): 7: los 7 velos de Salomé, los 7 sabios de Grecia (agudo contraste con el mundo pagano, como es obvio), las 7 colinas de Roma, los 7 pisos de la torre de Babel. Hay, por así decirlo, una interacción intertextual en la referencia (Abad) al conocido palíndrome «Dábale arroz a la zorra del abad».

Ya en el camino palindrómico, la inversión del nombre (Abad) nos entrega la palabra «Daba». Fijémonos bien: Daba, es decir, entregaba, donaba, prestaba. Atención aquí: prestar. En italiano presto = rápido. Rápido equivale a veloz, que es lo contrario de lento, lento al revés es Otnel. ¡Aquí está!: Otnel-Ab-Rabim fue un célebre capitán turco que se destacó en la batalla de Lepanto. Lo que nos lleva de inmediato a Cervantes y este al Quijote, que en la página 69, segunda parte, tercer capítulo, quinta línea dice: «grabado en mis entrañas llevo, Sancho…». Retengamos la palabra grabado. Todos sabemos que Durero se destacó como grabador. ¿Y cuál era el nombre de Durero? ¡Claro! ¡Alberto! El mismo nombre de Abad.

Ahora detengámonos en los números 32 2941. La suma de esos números arroja la cifra de 21. La mayoría de edad en muchos países es de 21 años. Luego entonces, el número denota «adultez». El adulto es maduro, es decir, no verde en tanto que maduro. Verde: color de la esperanza. Esperanza se llamaba una tía de mi mujer. Mujer. Aquí está la clave: Mujer. Observen que hay una clara oposición Alberto Abad ≠ ausencia de mujer (explicitada en la palabra «solo» antecedida de la palabra «coco», que en el argot popular significa deseo, fijación con una dama. Ejemplo: «Tengo un coco con fulana»). La soledad de Abad (¡observar la rima interna ad-ad!) se subraya genialmente en la metáfora icónica «202» del número de su casa. Si nos fijamos, el dos se duplica a sí mismo mediante el espejo (0). El dos se mira en el espejo. Su duplicidad es un engaño. Esta soledad está también explicitada en el número 3 con el que empieza el teléfono de Abad, 3 significa, en la charada, marinero. Colón era marinero. Si invertimos las cifras finales 2941 tendremos 1492, año del descubrimiento. ¿Qué descubre Abad? Su soledad.

La palabra esquina es la más enigmática. «En esta esquina…» dicen los árbitros de boxeo. ¿Qué es el boxeo sino un deporte rudo? Una reordenación de los fonemas en la palabra rudo arrojaría «duro». Ahí está la clave: es «duro» estar (coco)solo.

La Habana, junio 1981.

*Publicado en Casa de las Américas [La Habana], año 34, no. 195, abril-junio, 1994, pp. 161-162. [Al Pie de la Letra]. Este texto lo hizo llegar a la redacción de la revista Casa la poeta y profesora peruana Irene Vegas.