Eduardo Heras León: “Ustedes escriben los libros que yo he dejado de escribir”


Eduardo Heras

Por: Antonio Herrada. 9|8|2013. Fuente: Revista digital El Caimán Barbudo

El edificio exhibe un azul desaliñado. Subo las escaleras y toco la puerta del apartamento. Me invitan a pasar. Alguna vez he estado aquí pero con otros ojos. Estar cerca de este hombre me ha hecho cambiar la manera de verlo todo. Apenas recuerdo mi primera visita. Ahora la sala me dice otras cosas. Parece una selva domesticada, con troncos formando muebles, marcos de madera y muchas plantas. Un cristal nos separa del aire enrarecido de la ciudad.

Vengo con una encomienda difícil. Entrevistar a este hombre 42 años después de la publicación de una crítica a su segundo libro, que le valió la exclusión del mundo cultural por 5 años. Fue en abril de 1971. Un mes después se anunciaba su separación del Consejo de Redacción de El Caimán Barbudo —la misma revista para la que ahora voy a pedirle que hable—. De aquellas batallas literarias apenas sabía yo, que aún no había nacido, pero  irremediablemente tenían que influir en nuestra conversación.

Hablamos mientras coloco las baterías en mi grabadora. Me dice que escribir era su vocación, desde los versos que cometía a los 9 años y las lecturas de Verne y Salgari. Que habría sido escritor aunque no hubiera participado en el ambiente cultural de los 60, la Universidad de La Habana y los primeros años de la Revolución; tal vez un escritor diferente, de no haber ingresado en la Escuela de Periodismo, que fue un verdadero caldo de cultivo (recuerdo esa comparación) para sus intereses literarios, sin obviar a sus compañeros de la redacción de Alma Mater; diferente de no haber pasado por la experiencia de Girón y las Fuerzas Armadas y las vivencias bélicas que se reflejarían más tarde en su obra; un escritor diferente, pero siempre un escritor. Noto que mi grabadora no ha comenzado a funcionar aún, y aprovecho un breve silencio para encenderla. Tres segundos después hago la primera pregunta.

Algunas de sus biografías señalan que usted dejó la Universidad y se fue a trabajar a una fábrica, y que en 1976 retomó sus estudios. ¿Cuál es el riesgo de que los verdaderos hechos queden en el olvido?

—Ningún riesgo, no se van a olvidar. Mi segundo libro, ganador de mención única en el Premio Casa de las Américas en 1970, fue malinterpretado y acusado de contrarrevolucionario en una crítica publicada en El Caimán Barbudo por un señor llamado Roberto Díaz. No abandoné, sino que fui expulsado de la Universidad en cuarto año de Periodismo, y enviado a trabajar durante cinco años en la fundición de acero Vanguardia Socialista. Pero todo eso se ha publicado. Hubo un ciclo de conferencias organizado hace algunos años por el Centro Cultural Criterios, que dirige Desiderio Navarro, en el Instituto Superior de Arte. Allí leí mi ponencia El Quinquenio Gris. Testimonio de una lealtad,donde explico detalladamente lo que sucedió en aquellos días lamentables: existe un libro que recoge esos debates. Era un período en el que te mandaban a bañar en las aguas del Jordán de la Revolución. Se cometieron muchas injusticias, incluso en mi caso, que ya había demostrado con las armas en las manos mi condición revolucionaria.

“Pero no hay vuelta atrás. Ahí están los hechos, olvidados o no, ese período no puede volver. Ha habido un proceso de crecimiento y maduración intelectual, tanto de los artistas como de los dirigentes, y las arbitrariedades que se cometieron difícilmente puedan repetirse. Estamos en una sociedad diferente, hay grandes espacios de libertad para la creación intelectual, que son ganancias de los artistas y también de los dirigentes honrados y serios, que saben que aquel período fue funesto y no se puede repetir.”

Usted considera años duros los de su generación, pero han sido varias las etapas duras desde 1959. ¿Cuáles son las consecuencias de tiempos difíciles como el Período Especial o los cambios actuales en la literatura?

Los períodos de crisis, paradójicamente, son por regla general de auge en la literatura. Digamos, mi generación: la de Playa Girón, Crisis de Octubre, la lucha en El Escambray, las constantes agresiones yanquis, se formó en una época muy bélica y de muchos cambios sociales. Proliferó una literatura  descarnada, que dejó el testimonio de las grandes batallas épicas de la Revolución. Por eso nos llamaron los “narradores de la violencia”, y en cuanto a la calidad de nuestras obras, se compara con la de los años 40, donde surgieron importantes libros de autores como Alejo Carpentier y Lino Novás Calvo.

“En los 80, cuando se produce la estampida del Mariel, surgió una promoción nueva, que desbrozó el camino de temáticas hasta ese momento tabúes, relacionadas con zonas marginales de la juventud, la homosexualidad, la corrupción, en general problemas éticos de la sociedad. Y fíjate que en los 90, también años de intensa crisis, se produjo otra explosión de creatividad (me refiero a la narrativa).Y abriendo el siglo, y ayudado con el fenómeno de la proliferación de editoriales provinciales, han surgido muchos escritores, sobre todo jóvenes, que publican sus primeros libros con 18 o 19 años, con temáticas nuevas y mucha experimentación, y con influencias que han beneficiado el que hacer de esta generación. La literatura, en todo caso, se enriquece, aunque la sociedad, de la cual el escritor es parte, sufre las carencias y las problemáticas. La escasez material provoca una especie de riqueza espiritual, como compensación.”

En esos años, hubo personas que siguieron sus pasos por la narrativa y el periodismo y los malinterpretaron. ¿Cree que hoy son escuchados los que hacen crítica mucho más profunda desde el arte y el periodismo?

Creo que sí. El problema es que nuestra prensa no está a la altura de otras aristas de la Revolución. No se ha logrado la prensa crítica que necesitamos, que aborde en profundidad los problemas y no se quede en la superficie. Y está obligada a cambiar, porque la sociedad es más exigente, más libre de expresar sus criterios. Hay una especie de guerra entre el periodismo que quiere ser crítico, reflexivo, y una zona de la burocracia que trata de que no se desarrolle. Y por supuesto que hay excelentes periodistas que están atacando la raíz de los problemas, pero no en la medida necesaria para que influyan de manera decisiva en sus soluciones. Por desgracia, hay pocos órganos de prensa que reflejen medularmente la problemática social del país, que es muy compleja. Es una lucha de todos los periodistas a las puertas de su congreso. Ese nuevo periodismo nunca podrá hacer daño: todo lo que produzca será   beneficioso. Ya es hora de que desaparezca la autocensura, que hace tanto o más daño que la censura.”

¿Qué opina sobre la necesidad de la técnica narrativa en el periodismo?

Cuando di clases en la Universidad, alternando con mis estudios, pude impartir con mucho esfuerzo un semestre de Técnicas Narrativas. Puedes enseñar qué es un lead, una crónica, un reportaje, pero si no enseñas primero cómo se describe, cómo se narra, cómo se hacen los diálogos, hay como un vacío en la formación. Yo enseñaba eso primero y después me ocupaba de la técnica periodística. Hasta donde sé, eso se ha perdido y creo que debía retomarse. Tenemos la experiencia de un Seminario que Francisco López Sacha y yo impartimos todos los años en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, con un éxito rotundo, y con la presencia, a veces, de periodistas de varios países. También conozco del trabajo de Rafael Grillo, de quien me han dicho imparte un curso de Técnicas Narrativas en Periodismo en la Universidad de La Habana. Creo que no enseñar estas técnicas es un error, porque puede esquematizarse el oficio. Debe generalizarse su enseñanza en todo el país. Además, es bueno recordar que la práctica del periodismo ha sido el origen del nacimiento de muchos escritores, como fue el mío propio.”

A 15 años de haber creado el Taller de Técnicas Narrativas Onelio Jorge Cardoso, hoy convertido en Centro de Formación Literaria, ¿cuál considera su significado dentro de la cultura cubana?

Creo que está mal que sea yo quien responda esa pregunta, pero debo asumir ese papel, ya que soy el entrevistado. Creo que si algún mérito tiene es que ha transformado el mapa de la narrativa cubana. Cuba tradicionalmente fue un país de poetas. Te pongo el ejemplo de Holguín, tierra de poetas y hoy, a mi juicio, territorio de narradores y poetas. Y esta situación se repite en muchas provincias del país. Y eso, creo yo, indiscutiblemente tiene un significado de importancia en la cultura cubana. Se ha descentralizado la producción literaria. Ya los narradores y los premios literarios que ganan, no son sólo de la capital, sino que están diseminados por todo el país, incluso en lugares recónditos a donde ha llegado la influencia del Centro Onelio. Todos tienen las mismas posibilidades. Casi 800 jóvenes han pasado ya por nuestras aulas. A partir del taller inicial, que alguien llamó el Harvard de los talleres literarios, ha cambiado la terminología que se emplea en los demás talleres en Cuba. En mis 40 años de experiencia dirigiendo talleres, puedo afirmar que antes del Centro Onelio nadie hablaba depuntos de vista, de “vasos comunicantes”, ni de caja china, o dato escondido, y hoy esos términos son peccata minuta para muchos.

“El Centro no lo da todo. El día que recibimos a los alumnos les decimos: muchos de ustedes no van a ser escritores, va a ser una mínima cantidad los que lo logren; pero si no es así, se convertirán en asesores literarios, promotores, mejores lectores ysobre todo, mejores seres humanos. Enseñamos la solidaridad, la aceptación consciente de las opiniones diversas, y optamos por eliminar la envidia y las rencillas a veces personales que tanto perjudican las relaciones entre escritores. Hemos dado a conocer una cantidad considerable de nuevos narradores, muchos de ellos ganadores de los más importantes premios literarios en Cuba y en el extranjero.”

¿Sueña al Centro Onelio enseñando técnicas poéticas, ensayísticas o dramatúrgicas?

Mi especialidad es la narrativa. Un Centro como el Onelio necesita mucha entrega. Sé que en el pasado se ofreció a algunos escritores la posibilidad de crear un Centro dedicado a la poesía, por ejemplo, pero nadie la aceptó.  A mí mismo me sorprenden mis 15 años en el Centro. Hacen falta escritores de prestigio que estén dispuestos a sacrificar su obra para enseñar a los jóvenes y dedicarse a ello; se necesita desprendimiento y vocación. La mía es, ante todo, la de maestro, creo que antes que la de escritor. Me siento muy bien cerca de los jóvenes. Ustedes escriben los libros que yo he dejado de escribir. En fin, no creo que haya contradicción entre los objetivos iniciales del Centro si en algún momento surgiera la posibilidad de cursos que aborden técnicas poéticas o dramatúrgicas o ensayísticas. En definitiva, el Onelio es un Centro de Formación Literaria.

“Antes de fundarlo, no existían en Cuba centros de formación, a no ser la que se intentaba en talleres de algunos escritores y los de las Casas de Cultura, muy deprimidos hoy en día. He preguntado por qué en el ISA no hubo nunca una Facultad de Literatura, sé que persistía el criterio de que el escritor no se formaba recibiendo cursos, pero me pregunto si los artistas plásticos, los dramaturgos y los músicos no necesitan aprender la técnica, al igual que los escritores y por eso existe una formación académica de estas ramas del arte. Su obra, después de esa educación, depende mucho de su talento y dedicación. Por eso creo que, de cierta manera, el Centro Onelio es la Facultad que le falta al ISA, porque las Facultades de Artes y Letras de las Universidades forman críticos y profesores de Literatura, no escritores. Nuestro programa abarca la creación, no la crítica. Estamos llenando un vacío para los jóvenes que quieren dedicarse a la escritura creativa, sin tener que hacer crítica o investigación.

“Hay que aclarar que el Centro ha tenido sus detractores, que opinan que no se fabrica un escritor. Nosotros no lo hacemos, buscamos el talento y le añadimos las técnicas del oficio: si sales escritor es genial; si no, aprendiste, saliste con más cultura, sabes leer de otra manera. De todas formas creo que hemos seleccionado bien: hay por ahí una veintena de escritores que se están consagrando y así lo confirman. El Centro Onelio les ha dado ese ambiente de creación que hoy falta en muchos espacios.”

¿Cuáles son las principales diferencias entre el joven que fue usted y los que cada día enfrenta en el aula?

Somos dos generaciones totalmente diferentes. Nosotros vivimos la parte épica de la Revolución, nos sacrificamos, incluso con las armas, tuvimos que vivir para luego escribir, y los jóvenes de hoy no tienen las mismas urgencias, la Revolución es más consolidada, si fracasa será posiblemente más por nuestros propios errores, que por fuerzas externas. Ya no se les exige tanto. Antes todo estaba bajo el sello de la ideología, se trataba de vivir en un estado de pureza, que tenía que ver con el ideal del hombre nuevo que proclamara el Che.Teníamos la esperanza de que lo íbamos a lograr, pero no fue así. Hicimos lo que pudimos, pero esa aspiración se quedó en la utopía, quizás ese hombre nuevo no sea posible. La experiencia lo ha demostrado.

¿Cómo valora la salud de la literatura cubana actual, en especial la narrativa?

Por ahí nos acusan de que somos demasiado optimistas. Yo estoy convencido de que ahora hay más variedad de estilos, diversas maneras de enfrentar el hecho literario, muchas más tendencias, se ha recorrido un largo diapasón temático, que cada día se enriquece más, desde la inicial narrativa de la violencia hasta los temas caros a la posmodernidad. Eso demuestra algo, la literatura siempre busca diferentes vías para reflejar la realidad o negarla e inventar una nueva, y eso siempre enriquece. Por otra parte, las influencias actuales son mucho más cosmopolitas. Hay mucha influencia de la nueva literatura española, latinoamericana, italiana y norteamericana. Eso sirve de alimento porque lanza la literatura por varias vías y promete un panorama alentador, lo que tampoco quiere decir que estemos de fiesta. Ahora hay muchos cuentistas jóvenes, pocos novelistas, y tengo la impresión, aunque puede que me equivoque, que la poesía que siempre fue el género más favorecido, se ha recluido un poco desde los 90, desde que la cuentística fue más influyente en el reflejo de la sociedad. Veo más riqueza en los cuentos. Las buenas novelas ya aparecerán.

“De la última promoción me parecen interesantes (entre muchos otros que se me olvidan ahora) Ahmel Echevarría, Michel Encinosa, Rubén Rodríguez, Mariela Varona, Osdany Morales, Raúl Flores. Jorge Enrique Lage, Ariel Cantero, Dazra Novak, Yunier Riquenes, Agnieska Hernández. Son nombres que tienen una obra importante, diferente, según Jorge Fornet, una narrativa del desencanto o literatura posrevolucionaria. Los temas tradicionales ya no se manejan, se ha abierto ampliamente el camino a la fantasía y la ciencia ficción. Pero en general veo un buen panorama.”

 ¿Es la idea del retiro un tema que lo angustia? ¿Cuáles son sus próximos proyectos?

Esa es la palabra precisa: angustia. Estoy en una especie de conflicto, por un lado quiero jubilarme porque tengo muchas cosas que escribir, para eso necesito tiempo y tranquilidad. Por otro, sé que me va a dejar un vacío, ya no me concibo sin dar clases. He pedido consejos a muchos amigos, pero estoy meditando qué es lo mejor para mí, qué es lo que me va a hacer sentir bien, porque es una decisión enteramente mía. Sé que de ella dependen muchas cosas. Como por ejemplo, encontrar un nuevo director para el Centro, para lo cual es necesario prestigio, voluntad y poder de convocatoria.

“Tengo planes de terminar una novela. Pero mis amigos me suplican que no escriba más cuentos ni novelas, sino que escriba mis memorias, y eso me seduce. He tenido una vida compleja, con castigos, recompensas, he conocido grandes escritores cubanos y extranjeros como José Saramago, Eduardo Galeano, Julio Cortázar, Mario Benedetti, Mempo Giardinelli, Abelardo Castillo. Posiblemente ese será mi próximo proyecto: escribir mis memorias.”

Nostalgia de los jardines perdidos


Si tuviera que hacer un “inventario de asombros” con sus propias vivencias, ¿cuáles sucesos no podrían faltar?

Mira, aquí tienes un retrato mío de cuando tenía seis años. Éste es un pueblecito del sur de Francia, Roayat, y ésta es la esposa del maître del hotel León, donde paramos mi madre, mi abuela y yo. En aquella época (1926) era frecuente que el médico mandara a tomar baños termales, y a mi abuela la mandaron al balneario de ese hotel. Tienes ahí un lugar, un momento histórico para mí: este pueblecito. Me parece que lo estoy viendo. Era famoso desde los tiempos de los romanos. Mi madre no quería llevarme porque decía que un niño no podía apreciar aquello; pero le di una perreta, y hubo que llevarme. Fíjate, un niño no se da cuenta de esas cosas, pero, no sé por qué, yo me daba cuenta. Y ese viaje fue importantísimo para mí. Detrás del hotel había un derriscadero –todo el mundo tenía que bajar por un senderito entre las rocas– y, abajo, un río, un torrente. Y había una cueva allí, se llamaba la Cueva del Diablo. Figúrate: seis años; pero yo sabía quién era el diablo. No sé cómo rayos había conseguido conocer a ese personaje. Yo no le tenía miedo en aquella época: cuando niño era más valiente que ahora. Y el segundo asombro fue encontrarme con Bella. Aquí tienes a Bella cuando la conocí. Esta foto es en casa de Gaztelu, acá está Lezama y Orbón, Octavio Smith. Entonces éste es el segundo momento: mi encuentro con Bella y Fina. Esos son los dos momentos estelares.

¿Por qué ha llamado “infierno” a su adolescencia?

Bueno, porque la adolescencia es el momento en que a uno le entran crisis. Parece como si al doblar de la adolescencia las tinieblas y la luz se estuvieran disputando el ser. Entonces la palabra no es “infierno”, porque el infierno es una opción, la del mal. Y no es eso. Es dramático, trágico, pero no infernal propiamente.

En su libro En las oscuras manos del olvido existe un personaje de seis años, llamado Eliseo Diego, con quien usted, según narra, no quisiera encontrarse. ¿Qué pasaría si se encuentran?

¡Figúrate! ¡Esa pregunta no tiene respuesta! Yo quería decir que ese niño que yo fui era muy él, tenía una realidad muy grande. Cuando uno se hace adulto empieza a programarse, a trazarse planes, y todo eso le va quitando a uno realidad. Si me encontrara con esa persona de seis años, su realidad iba a ser tan grande que me iba a destruir, porque yo soy una especie de fantasma. Fantasma de mí mismo: lo que he querido ser, lo que quisiera ser; pero él era, simplemente.

A través de su espejo, qué es la literatura, ha dejado las huellas que van desde aquel niño nacido en 1920 hasta el autor de Conversación con los difuntos, volumen de traducciones.

El Eliseo que ahora está escribiendo una serie de versos y también un conjunto de ensayos acerca de muchachas que lo deslumbran. Uno se refiere a Claudia, la amada del poeta Catulo; otro a Cintia, la amante de Sixto el XIV, y otro a la joven de quince años An Ke Se Nan, mujer del faraón Tut-Ank-Amón, pues hay que ver cómo sobrevivió en ese medio. Un cuarto ensayo se dedica a Alice Liddell –quien inspiró Alicia en el país de las maravillas– pues, según él (Lewis Carroll), la Alicia de verdad era más maravillosa que la de los cuentos.

¿Y el Guillén íntimo, su amigo Nicolás?

Tengo el privilegio de haber sido amigo de Nicolás. Digo “privilegio” porque él era una persona de pocos amigos. Una cosa era su popularidad, con esa nota cordial para todo el mundo, y otra su interioridad, donde era muy arisco. Todas las mañanas él, su secretaria Sara Casal –una muchacha extraordinaria– y yo, nos reuníamos en su despacho en la Unión: tomábamos vodka. Él era muy ingenioso, muy simpático y tenía una memoria prodigiosa. Se sabía la poesía fundamental y la no fundamental de la lengua española. Se sabía de memoria los poemas de Nuñez de Arce y todo el romancero anónimo español. Empezaba a recordar cosas de su niñez. Yo me reía con él. Un día llegó un compañero de esos cuadrados, totalmente “compañeros”, y le preguntó: “¿Cómo le fue en su viaje a Inglaterra?”. Nicolás le dijo muy serio: “Bueno, tuve una actividad en la Universidad de Oxford”. Imagínate, la palabra “actividad” y la Universidad de Oxford se dan de cachete.

De otro poeta cubano fundamental, José Martí, usted ha dicho que es el mejor de los maestros posibles. ¿Qué ha aprendido de él?

Es curioso eso, porque, mira, Martí era un hombre –o fue, o es– latinoamericano esencial, en toda la pasión, la abundancia, sobreabundancia de lo latinoamericano. Pero al mismo tiempo es un hombre muy sobrio: así como en sus discursos él deja correr aquel Niágara de cosas, cuando él quiere es muy parco y nos da una lección de exactitud. Incluso inventó un signo en la pleca. Cintio Vitier y Fina García Marruz hablan mucho de eso. Esa pleca que aparece en los mismos poemas de Martí, es como un signo de que va a venir algo más serio:

Yo pienso, cuando me alegro
como un escolar sencillo,
en el canario amarillo,–
que tiene el ojo tan negro!

Un registro más grave ahora. Solamente con la aparición de ese signo ortográfico, ya cambió la expresión. Eso fue un descubrimiento de él.

De Martí yo he aprendido mucho: he aprendido cuál es la esencia de Cuba: –“Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”. Ahí está dicho todo, ¿verdad?

Eliseo, ¿cuál es su visión del lugar que ocupa la literatura cubana en el contexto de la literatura universal?

Para mí la literatura cubana es la literatura universal. Eso parece una arrogancia enorme, pero si para mí la literatura cubana no tuviera esa importancia, no me tomaría el trabajo de escribir. Toda literatura comienza por ser la literatura de un momento y de un mundo, un fragmento minúsculo del universo, y es por eso que tiene sentido.

En este punto pudo haber concluido la conversación, de no ser por el deseo de precisar en qué medida el jardín del que hablábamos al principio, tiene que ver con otro que es también esencial para las letras cubanas: el de Dulce María Loynaz.

Quizás sean uno y el mismo, no sé. Tanto uno como el otro sugieren otro jardín mayor del que hemos perdido la entrada. Todos tenemos nostalgia de ese jardín perdido.

Yamil Díaz Gómez
La Gaceta de Cuba, número 5, septiembre-octubre, 2004
(entrevista a Eliseo Diego realizada en 1993).

Receta de amor


RECETA DE AMOR

Tómese un par de corazones,
2 corazones grandes y completos.
2 corazones donde quepan la ternura, la cólera,
la alegría, el dolor, el error,
la pasión más absolutamente desmedida
y todo el desconcierto.
(Parecerá, a primera vista, que se podría prescindir
de algunos de los ingredientes; pero una vez que se
pruebe
el resultado, se advertirá que no hay nada superfluo.)

Mézclense bien;
añádase a los corazones -claro está-
cualquier otra porción decisiva de sus dueños
y póngase a hervir en su propia sangre
sobre un fuego muy lento.
Si los corazones son de primera clase como se recomienda,
resultan francamente innecesarias las especias, pero si
se desea
puede añadirse un pizca de cerveza, una canción o un
verso
después de que la sangre esté caliente.

El tiempo de cocción es muy variable, por eso
el guiso ha de probarse repetidas veces.
Sírvase en raciones grandes pero diseminadas
y cómase de manera despaciosa, lujuriosa, reflexiva e
intensa.
No se requieren peculiarmente favorables condiciones
de ambiente;
al revés, este plato exquisito, caprichoso,
cuece mejor si arde la llama
en dirección opuesta a la del viento.
Protéjase, eso sí, de las miradas de la gente.
Si sus propósitos son otros, sencillamente, espere:
la receta de matrimonio se publica
la semana siguiente.

GUILLERMO RODRÍGUEZ RIVERA (Santiago de Cuba, 1943)

A modo de elegía


Poema de Waldo Leyva

No puedo evitar que me sorprenda esa costumbre
nuestra: dar de beber primero a los ausentes.
No se trata de convocarlos a la fiesta,
ni tampoco es un ritual de la memoria.
Los muertos beben solos.
A medida que los años pasan
el silencio sin ruido, ayer imperceptible,
empieza a acompañarnos,
a dejar sus huellas sobre las sábanas,
a sustituir con nuestro rostro la cara del amigo.
Ayer, mientras descorchaba mi añejo de reserva
para brindar por la llegada de otro año
supe, sin duda alguna,
que debía mojar un rincón de la casa.
Para quién era el trago? ¿A quién debía evocar?

¿Acaso a Luis, muerto a los treinta y dos años
cuando la poesía empezaba a crecer
en su garganta y le dolía en el costado
eseescuálido y turbio ángel del desamor?
¿Tal vez a Wichy el Rojo, quien seguramente
continuará en su eterno retornógrafo,
dialogando con Tristan Tzara
o con Guillaume Apollinaire, el soldado polaco
de sus versos?
Los muertos beben solos, me repito,
pero voy con la botella
hasta el rincón más íntimo de casa
donde Ángel Escobar, sudoroso y suicida,
masca alucinado hojas de curujey,
pide al alcor funesto que aparte a los forenses
y sigue diciéndonos, para que no lo olvidemos,
…moriré/ solo de mí: no llevo un clavel rojo
en la solapa, no puedo sonreír:
alguien siempre dispara
su pistola en medio del concierto…

Los muertos beben solos, insisto,
y el ámbar del añejo deja en el aire breve
una línea sin origen ni fin donde Raúl,
desde su enorme silencio, aparta la vieja pistola
de su animal civil y dice a Gelsomina:
Ven…a ver al niño enfermo
que allí en su lecho abandonado yace…
mientras Ignacio Vázquez se pone el pecho
de Sor Juana para decir los versos que le dicta
su esquizofrenia contagiosa.
¿Dónde está Juan Puga? Lo busco por la casa
y vuelvo a mi balcón pero en esta noche de diciembre
no están los flamboyanes florecidos
ni puedo intuir los almendros agrestes de su tierra.
¿Será cierto lo que una vez le dije:
empiezas —y eso duele— a ser olvido?
No tengo Pacharán, querido hermano, pero te ofrezco
este trago de ron. ¿Lo compartimos?
Los muertos beben solos
le digo a los que esperan y ríen satisfechos
sin sospechar que alguien los va a evocar mañana
derramando licor por los rincones.
Naborí ya lo dijo recordando a Simónides de Ceos
Arrobados de sueños y paisaje
creemos infinito nuestro viaje
pero ¡ay! el viaje es demasiado breve.
Hay muertos más recientes, muertos
como Jesús Cos Causse que se llevó algo de mí, raigal,
aunque dejaba, detrás de cada verso algún ruido del corazón.
Negro, brindemos por Nilda Arzuaga;
no sé si ella, en algún sitio del planeta,
se acuerda de tus versos, de aquella noche cómplice
junto a la ventana de Luz Vázquez
pero vamos a repetirlos tú y yo para que los oiga
donde quiera que esté.
Mañana la historia
le pondrá un rostro extraño
a nuestro amor y nuestras cartas serán leyendas
para los poetas de entonces.
Uno no sabe nunca en qué amor acabarse, en qué
salto cruzar las cenizas.
Hay muertos más recientes, lo repito,
muertos que nos dejaron definitivamente huérfanos.
Pienso en Joel, en su ternura brusca,
en su cortante lucidez, en su diálogo intacto con los loa
buscando una explicación para sí mismo,
para nosotros, para esta Isla entrañable que nos duele.
¿Encontraste al Bon dieu hermano?
No tengo el preparado de aguardiente
con las yerbas de monte pero bebe, bebe conmigo
este añejo hecho con las mejores aguas de la tierra.

Los muertos beben solos.

Roberto Fernández Retamar: poesía como un himno


Artículo de Luis Rogelio Nogueras publicado en Granma [La Habana], 4 de noviembre de 1980, p. 6.

Cuentan que, en su lecho de muerte, cierto escritor español le hizo señas de que se acercara a uno de los amigos literatos que lo rodeaban. «Voy a hacerte una confesión» —le susurró con voz apagada; emocionado, el amigo contuvo la respiración y aproximó una oreja a los pálidos labios del moribundo: «Me aburre el Dante.»

No voy a esperar a mi (ojalá lejana) hora postrera para decir cuánto me ha gustado siempre la poesía de Fernández Retamar, esa poesía que desde los gallardos y juveniles endecasílabos de Elegía como un himno (1950) a los maduros versos de Juana y otros poemas… (1980) ha recorrido ya treinta intensos años. Una de las principales virtudes que tiene cualquier antología literaria personal es la de ofrecer —desplegados, por decirlo así, en abanico sincrónico— los avances, estremecimientos y transformaciones de un modo de escribir — en este caso concreto, de un modo de escribir poesía—; pero también —lo cual es, al fin y al cabo, lo más importante— los avances, estremecimientos y transformaciones de un hombre. Es por eso que en Palabras de mi pueblo (selección de poemas de Fernández Retamar publicada recientemente por la editorial Letras Cubanas en su colección Giraldilla) hay algo más que versos: hay tres décadas de una vida, miles de nocturnas y diurnas horas de apasionada fidelidad a la poesía.

Palabras de mi pueblo reúne fragmentos de Elegía como un himno y 131 poemas de otros nueve libros: Patria (1949-1951), Alabanzas, conversaciones (1951-1955), Aquellas poesías (1955-1958), Sí a la Revolución (1958-1952), Buena suerte viviendo (1962-1965), Que veremos arder (1966-1969), Cuaderno paralelo (1970), Circunstancia de poesía (1971-1974) y Juana y otros poemas personales (1980). La selección ilustra magníficamente el porqué del reconocido prestigio de que goza la poesía de Roberto hoy en el mundo de habla hispana.

Íntima y cotidiana. ¿Podrían acomodársele estos adjetivos a la obra poética de Retamar? ¡Y por qué no! Creo —estoy seguro él mismo lo reconocería— es en esos versos suyos, nacidos de experiencias acaso o casi siempre comunes (la Revolución, el amor, la amistad, la muerte), pero que han sido vividas en el papel de una manera íntima e intransferible, donde está lo mejor de su poesía. Los momentos más felices de Alabanzas, conversaciones, de la memorable compilación Con las mismas manos, del intenso cuadernillo Historia antigua, o de Buena suerte viviendo; los grandes poemas de Circunstancia de poesía («Para una torcaza», por ejemplo, o «Aniversario») son aquellos que reconocemos como muy próximos a nuestras más caras y cotidianas experiencias —esos «latidos humanos» del día a día, que van desde la política hasta el amor. No importa si el acercamiento formal a un tema se produce a través de la gravedad o del suave humor (Roberto Fernández Retamar es un maestro del tono, el detalle, la palabra justa). Lo que importa, en este caso, es la convincente, conversadora intimidad que en sus mejores poemas logra trasmitir. Cuando sentimos que un poeta habla por nosotros (el poeta habla por todos, decía Lope); cuando nos reconocemos en sus versos; cuando decimos, después de leerlo, «en efecto: así me fue a mí en este o aquel minuto de mi vida», entonces, se ha producido ese mágico contacto entre el que escribe y el que lee, esa fraternal e invencible relación entre el que habla y el que escucha sin los cuales no vale la pena siquiera hablar de poesía.

Algunos poetas tienen el don tronante de la épica pero no saben susurrar. Poquísimos —como Neruda— truenan y susurran, y en ambos casos el idioma sale enriquecido y ganando el lector.

Roberto Fernández Retamar —el mejor Roberto Fernández Retamar— canta en voz baja. No estoy hablando de esa estúpida y falsa diferenciación entre poetas mayores y menores (¿Garcilaso un poeta menor? ¿Quintana un poeta mayor?) que algunos críticos miopes asocian con el coro y el aria. En voz baja también dijeron lo suyo en su hora Boscán y Machado. ¿Y quién niega que en voz baja no puedan cantarse también himnos?

De esos treinta años de poesía, mi generación ha aprendido mucho. A veces pienso que debe ser una inmensa alegría descubrir (como habrá hecho, en complacido silencio, Retamar) algunas de sus huellas en los poetas que vinieron después. Debe de ser una experiencia extremecedora sobrevivir en la obra de otros, saber que nuestras palabras no cayeron en el vacío, que no escribimos en vano.

Halt!

Minientrada


Halt!

La artillería israelí sigue cañoneando
campamentos de refugiados palestinos
en el sur del Líbano.

(de la prensa)

Recorro el camino que recorrieron 4 000 000 de espectros.
Bajo mis botas, en la mustia, helada tarde de otoño
cruje dolorosamente la grava.
Es Auschwitz, la fábrica de horror
que la locura humana erigió
a la gloria de la muerte.
Es Auschwitz, estigma en el rostro sufrido de nuestra época.
Y ante los edificios desiertos,
ante las cercas electrificadas,
ante los galpones que guardan toneladas de cabellera humana,
ante la herrumbrosa puerta del horno donde fueron incinerados
padres de otros hijos,
amigos de amigos desconocidos,
esposas, hermanos,niños que, en el último instante,
envejecieron millones de años,
pienso en ustedes, judíos de Jerusalén y Jericó,
pienso en ustedes, hombres de la tierra de Sión,
que estupefactos desnudos, ateridos
cantaron la hatikvah en las cámaras de gas;
pienso en ustedes y en vuestro largo y doloroso camino
desde las colinas de Judea
hasta los campos de concentración del III Reich.
Pienso en ustedes
y no acierto a comprender
cómo
olvidaron tan pronto
el vaho del infierno.

Auschwitz-Cracovia octubre 21 de 1979

Dos décimas. De Tony Guerrero para Wichy; de Wichy para Ámbar


Dos décimas, una de Wichy y otra de Tony Guerrero, aparecerán en el libro Enigmas y otras conversaciones en la próxima Feria del Libro de La Habana, a celebrarse en febrero de 2013, en la colección Homenajes de Ediciones La Memoria, en la sección “Entre esos poetas que admiro” del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau.

Víctor Casaus, 17 de noviembre de 2012

UNA ESPINELA HERMOSA
A Luis Rogelio Nogueras (Wichy )

Era una espinela hermosa
que apareció ante mis ojos,
hecha de pétalos rojos
de la más sublime rosa.
Era una voz melodiosa
que yo vengo a hacerla mía.
Era lo que él más quería.
Era su niña en un sueño.
Era el padre que era dueño
del don de la poesía.

Tony Guerrero
Prisión Federal de Marianna
27 de septiembre de 2012

SUEÑO
Los niños, versos vivos
José Martí

Cuando duermes, hija mía,
en el alma de la noche
quizás tu sueño derroche
lo que busco, la poesía.
Y luego al llegar el día
despiertas y se te olvida
el poema que dormida
compusiste sin esfuerzo.
¡Y a otros hacer un verso
les toma toda una vida!

Luis Rogelio Nogueras
(La Habana, 1944-1985)