Daína Chaviano: “Continúo soñando con mundos mejores”


Daína Chaviano: “Continúo soñando con mundos mejores”

 

A Daína Chaviano, la muchacha que revitalizó la ciencia ficción y la literatura fantástica en Cuba en la década de los ochenta, debo recuerdos entrañables. Senel Paz, Daína y yo ganamos el Premio David de 1979 cuando los tres éramos solo proyectos de escritores. Daína decidió marcharse de Cuba en los noventa pero ni sus lectores ni sus viejos amigos la olvidan.

Modesta, talentosa y bella, nunca tuvo enemigos y su dulzura y carisma siguen cautivando a quienes se le acercan, a pesar de que es uno de los nombres de la literatura cubana más conocidos y premiados en el panorama internacional.

Recientemente, Ediciones La Luz, de Holguín, publicó su libro de poemas Confesiones eróticas y otros hechizos. En ellos está nuestra Daína de siempre, sus mundos esotéricos, su vocación por lo maravilloso y extraño y su amor terrenal y desprejuiciado traducido en una escritura enigmática y sobreabundante.

Apenas terminé de leer este libro sentí la necesidad de comunicarme con ella. Y así lo hice. Reveladora de sus cualidades humanas y su culto a la amistad fue la rápida respuesta que dio a mi cuestionario a pesar de que me habían advertido que para las entrevistas ella era “muy especial”.

En la actualidad, Daína Chaviano está considerada una de las autoras más relevantes del género fantástico en Hispanoamérica. La parapsicología, lo sobrenatural y la magia y la complejidad de las relaciones humanas, son algunas de sus obsesiones más arraigadas. Además de dos premios obtenidos en Cuba (el ya mencionado David y La Edad de Oro) ostenta otros de gran relieve internacional como el Anna Seghers, de la Academia de Artes de Berlín, el Azorín de novela en 1998, el Fernando Gallardos en 2003 y el Malinalli en 2014. Su obra ha sido traducida a más de treinta idiomas.

Sin embargo ella confiesa seguir siendo la misma Daína de siempre. Las respuestas que dio paraOnCuba confirman su fidelidad a sí misma y a sus lectores de Cuba y fuera de ella, y evocan lo mejor de sí misma: su vocación por la conciliación y el diálogo entre la Isla y su diáspora. He aquí mis preguntas y sus valiosas respuestas.

¿Por qué publicar en Cuba estos poemas, escritos en los años ochenta en la Isla y no otros libros más recientes?

La publicación del poemario se debe a una invitación que me hizo Adalberto Santos Leyva, editor de Ediciones La Luz, quien me contactó a través de mi página de Facebook. Desde el inicio, la propuesta fue ese poemario. La acepté con gusto, después de que mi agente literaria no pusiera reparos. Aunque había sido escrito en los años 80, se trataba de un libro que no se conocía en la Isla, así es que sería nuevo para los lectores cubanos.

Dedicas tu poemario a Luis Rogelio Nogueras. ¿Qué recuerdos personales y qué valoración literaria tienes de esa persona?

Wichy ha sido una de las personas más importantes en mi vida. Lo conocí poco después de ganar el premio David de ciencia ficción, a principios de la década de los 80. No sé si recordarás que fuiste tú quien nos presentó en el portal de la UNEAC. A partir de ese día se convirtió en mi sombra, en una especie de cómplice y guía existencial que no se separaba de mí. Era un hombre sumamente inteligente, de una memoria extraordinaria, con un sentido del humor muy fino, siempre en función del conocimiento y del chiste intelectual, sin que ese término, en su caso, significara pedante o impostado; todo lo contrario, era un tipo muy chispeante e ingenioso. Me dio a conocer maravillas literarias, desde poetas raros hasta clásicos del erotismo. Fue una relación de cinco años que para mí representaron siglos de aprendizaje. Dejó una huella tan profunda en la joven que yo era entonces que, no solo muchos poemas de esa época, sino incluso dos de las novelas que escribí fuera de Cuba están inspiradas en conversaciones y lecturas que compartí con él. Sigo admirando su poesía, que aún me parece tan buena como la primera vez que la leí.

¿Cómo ha sido tu vida desde que te fuiste de Cuba?

Muy variada y llena de giros inesperados. He pasado momentos difíciles, aunque otras experiencias han sido espléndidas. En términos profesionales, fui traductora, reportera y columnista; también editora y directora de revistas como Discover, Newsweek y Architectural Digest. Impartí clases en la Universidad Internacional de la Florida, mientras hacía un doctorado que finalmente abandoné cuando La isla de los amores infinitos se tradujo a 25 idiomas. Desde ese momento me dediqué a escribir a tiempo completo. Por otra parte, he disfrutado la posibilidad de explorar y acercarme a temas esotéricos que siempre me han interesado, de conocer países y lugares mágicos, de interactuar y moverme en ambientes muy heterogéneos. He recibido reconocimientos y galardones que no esperaba, tanto en universidades como en ferias del libro. Y más importante aún, tengo nuevos lectores que me escriben desde todas partes del mundo. En ese sentido, no me puedo quejar.

¿Qué opinas de la literatura cubana que se escribe tanto dentro como fuera de la Isla?

Como ocurre siempre, hay de todo en calidad y estilos. El problema mayor, a mi modo de ver, es la separación editorial y comercial entre los autores que viven dentro y fuera de la Isla. Los primeros no tienen a su alcance el mercado internacional y los segundos carecen de sus lectores naturales. Esto es algo que obstaculiza el crecimiento y la promoción de cualquier literatura. Es cierto que hay autores que brillan por sí mismos, pero si la nación (y me refiero al conjunto formado por sus habitantes, vivan donde vivan) aspira a contar con una literatura de peso, la peor política posible es el mantenimiento de esa separación. Lo ideal sería que tanto los autores que viven dentro de la Isla como los que viven fuera pudieran publicar libremente en el extranjero y en Cuba, para que los lectores cubanos (estén donde estén) puedan tener acceso a sus autores. Sé que esto dependerá de los cambios internos en la Isla, así es que habrá que esperar.

En Cuba tienes aún muchos lectores, ¿te seduce la idea de publicar toda tu exitosa obra en tu país de origen?

No descarto la idea. Un reencuentro con los lectores de la Isla sería un gran regalo. Siempre me sorprende la cantidad de personas que me escriben desde allá. Pese a las dificultades con Internet, me encuentran a través de las redes sociales, ya sea por mi sitio web, mi blog o mi cuenta en Facebook. Muchos de ellos no habían nacido o eran muy pequeños cuando me fui. Eso me indica que sigue existiendo una conexión entre los libros que publiqué allí y una generación que nació y creció más tarde. Me gustaría mantener esa continuidad con mis libros posteriores.

¿Qué opinas del acercamiento entre Cuba y Estados Unidos y en qué medida crees que favorecerá la relación de la Isla con su diáspora?

Creo que la Isla crecerá cuando abra sus puertas a Estados Unidos, no solo económica y socialmente, sino espiritual y culturalmente. Por un lado, hay casi dos millones de cubanos viviendo en Estados Unidos. Nunca antes Cuba había contado con una reserva humana tan grande en el exterior, deseosa de impulsar el desarrollo de su país de origen. Por otro lado, los propios Estados Unidos han cambiado mucho en los últimos cincuenta años .Su presidente actual (y los que vendrán) eran apenas bebés o no habían nacido cuando surgió el conflicto entre ambas naciones. Podrán existir desacuerdos, pero esas diferencias no significan una enemistad obligada. Hay que pensar más en las generaciones presentes y venideras, y menos en nuestros propios dolores y rencores. No vale la pena malgastar tanta energía en conflictos que, a la larga, no producen ni conducen a nada útil.

¿Ha cambiado algo en la Daína Chaviano que conocimos y la que hoy es una de las autoras cubanas más conocidas en el mundo?

Creo que, en esencia, sigo siendo la misma. Continúo soñando con mundos mejores.

¿Cuáles son los proyectos literarios en los que trabajas actualmente?

Acabo de entregarle a mi agente una novela que me ha llevado diez años de trabajo, debido a la cantidad de investigación que requería. Ahora me tomaré un tiempo para realizar otras actividades, como impartir un taller de escritura en el Miami Dade College y preparar la ponencia para un panel sobre literatura fantástica en México. Después decidiré entre tres libros que he dejado a medias, y de nuevo a escribir.

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Amnios: una revista imprescindible


Marilyn Bobes, abril de 2012, Cubaliteraria

Contar con una revista de poesía como Amnios, que ha llegado ya a su sexto número, constituye un privilegio y una necesidad para la literatura cubana.

Esta publicación, dirigida por Alpidio Alonso, con la colaboración de Alex Fleites y Roberto Manzano, es un ejemplo de lo que puede conseguirse en términos de rigor y calidad para difundir y promocionar un género que no siempre se nos presenta con todo su poder comunicativo y transformador en el maremagnun del quehacer editorial.

Si bien los números a los que he podido acceder destacan por su calidad en la selección de los materiales que se ofrecen al lector, el número seis, presentado recientemente en el Centro Cultural Dulce María Loynaz por el escritor y crítico Francisco López Sacha ante una audiencia numerosa y ávida, revela la llegada a la madurez de una revista que no hace concesiones hacia una u otra tendencia de la lírica cubana y escoge con exquisita pluralidad y conciencia de las jerarquías, tanto las creaciones poéticas como los textos teóricos y las reseñas críticas que llenan sus páginas.

Uno de los méritos fundamentales de Amnios es su potencialidad de llegar al lector promedio a la vez que al especializado. Para ello se vale de un lenguaje que, sin dejar de ser culto, apela, parafraseando al escritor Víctor Fowler a la divisa de que «la poesía es pensamiento», aun cuando este se nos exprese a través de un lenguaje desmitificador pero siempre auténtico —como ocurre en el caso del poeta luxemburgués radicado en Nueva York, Pierre Joris, incluido en esta última entrega— y que es un ejemplo de experimentación fundamentada en un sistema de sólidas propuestas innovadoras, ajeno al fraude de lo que quiere parecer diferente y, sin embargo, encubre la incapacidad del autor para trasmitir sus propósitos estéticos, en ocasiones porque no los tiene suficientemente claros.

La extraordinaria entrevista a Víctor Fowler constituye en mi opinión uno de los textos paradigmáticos para entender lo que sucede hoy con la poesía cubana, sus virtudes y carencias y lo que ya va siendo una necesidad del género: la conformación de un canon a partir de una investigación acuciosa al margen de las coyunturas y los falsos homenajes.

De igual manera, la selección de los autores que nos muestran sus poemas resulta impecable en términos de calidad. Jóvenes y menos jóvenes confluyen en páginas donde la diversidad y el buen hacer demuestran las potencialidades de un género que merece, por tradición, volver a ocupar el importante lugar que siempre ha tenido en el panorama de la literatura cubana.

No resulta fácil armar una revista donde todas las secciones nos inviten a la reflexión y al disfrute y Amnios lo consigue en cada una de sus entregas.

La necesidad de que esta publicación tenga una recepción masiva se impone en momentos en que necesitamos desesperadamente de una jerarquización en medio de un panorama profuso que en vez de acercar al lector a las librerías, lo confunde en una avalancha en la cual esta revista puede desempeñar un papel orientador e incitador.

Como dijera Francisco López Sacha en la presentación de su más reciente número, esta es una publicación que debe existir. Yo agregaría que con una buena promoción. Amnios puede convertirse en un instrumento educativo para el lector cubano, aun cuando no sea, ni mucho menos, didáctico.

No se trata de hacer concesiones populistas ni de “bajar” el lenguaje para conseguir el interés de las mayorías, sino de elevar el nivel de los receptores hacia las formas de expresión más complejas y hasta oscuras. Pero para ello se necesita de una condición que esta revista ha venido cumpliendo: la autenticidad de los autores consigo mismos y con sus destinatarios.

Celebremos, pues, el sexto cumpleaños de este magazzine al que deseamos una larga vida entre nosotros.

Luis Rogelio Nogueras, Wichy el Rojo. Centro Virtual Cervantes


Rinconete-Literatura
Jueves, 14 de enero de 2010

Luis Rogelio Nogueras, Wichy el Rojo
Por Luis Rafael

Apenas cumplidos los cuarenta años, Luis Rogelio Nogueras (1944-1985), apodado por sus amigos Wichy el Rojo, advierte que ha comenzado el conteo regresivo. Su cabeza de zanahoria, su piel de carmín angustiado bajo el sol antillano, lo deshacían de la vida librándolo de la vejez y salvando su imagen de don Juan tropical, enfant terrible y elegido de los dioses.

Al hospital acuden los amigos de una época marcada por los primeros, convulsos, años de la revolución cubana de 1959; los cómplices de la subversión literaria; los colegas de El Caimán Barbudo; los trovadores y los cineastas; los maestros queridos. Es un lento despegue, un apagamiento del ingenio y de la existencia física del poeta más prometedor de su generación, del incipiente novelista y guionista de cine, el agudo crítico y erudito ensayista. Eliseo Diego, autor fundamental en la generación de Orígenes y admirado maestro de Nogueras, acude también a verlo una tarde diferente en el concierto común de la despedida. Ese día el poeta amante de los heterónimos y los apócrifos que fue Wichy gozó del mejor regalo que podían hacerle. Meses atrás había publicado en una revista habanera un texto lírico que atribuyó a un niño prodigio desconocido, habitante de alguno de los países nórdicos de lengua anglosajona. En una nota señalaba que la traducción al español que presentaba a los lectores se debía a Eliseo Diego, conocido por sus peculiares versiones a nuestra lengua de poetas exóticos. Ahora el autor de Divertimentos, quien no había tomado como agravio la broma de Wichy el Rojo, venía trayéndole como regalo el supuesto poema original en lengua inglesa, este sí debido a su autoría y a su impecable dominio del inglés.

«Cuando Wichy venía, papá y él se encerraban en el escritorio y yo escuchaba sus risas de niños traviesos», me confesó alguna vez Josefina de Diego, la hija de Eliseo, para quien la relación entre Nogueras y su padre fue la constatación de sus intereses literarios y caracteres similares. Y es que el autor de En las oscuras manos del olvido fue uno de los pioneros del cuento fantástico, la búsqueda de una expresión natural pero auténticamente hispánica desde la asimilación de influencias culturales diversas y del juego con el idioma, que Nogueras continúa casi treinta años después y lleva a límites en sus libros publicados antes de su prematura muerte, entre los que destacan: Cabeza de zanahoria (1967), Las quince mil vidas del caminante (1977), Imitación de la vida (1988), El último caso del inspector (1983);  y también en La forma de las cosas que vendrán (1988),  Hay muchos modos de jugar (1990), Las palabras vuelven (1994), Encicloferia (2000), estos últimos aparecidos póstumamente.

Su más cercano amigo, el también poeta Guillermo Rodríguez Rivera, coautor con Whichy de novelas y ensayos (y de los temidos epitafios que pululaban cual plaga satirizadora de sus contemporáneos), relató: «Siempre creí que iba a vivir bastante más que yo: que llegaría a los noventa, como el pelirrojo Tallet, o quizás a los cien, como el mítico doctor Zen de La forma de las cosas que vendrán. Él mismo, cuando apareció Cabeza de zanahoria, me dijo que su último libro se habría de llamar Testa de copo. Pero se fue sin una cana, con los rojos cabellos de siempre».

Fuente: Centro Virtual Cervantes

Un premio a la constancia y al amor


Artículo de Vivian Núñez. Fuente: La Jiribilla

El director del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, Víctor Casaus, obtuvo el Premio Barnasants 2012 en la categoría de Activismo Cultural, un galardón que, afirmó, “late fuerte y felizmente del lado izquierdo del pecho, como debe ser”.

El lauro, uno de los tres que entrega cada año en diferentes categorías ese festival catalán, se le concedió al intelectual cubano por “su incansable labor de compromiso con la cultura y la canción de autor en Cuba y en especial por la organización del ciclo A guitarra limpia.

En opinión de uno de los miembros del jurado, Xavier Pintanel, es destacable la labor de Casaus al frente del “equipamiento cultural independiente sin ánimo de lucro ubicado en La Habana, que ha creado programas y espacios de difusión y debate relacionados con la memoria, la historia oral, las artes plásticas, el arte digital o la nueva trova cubana”.

En declaraciones a este espacio poco después de conocerse la noticia, Casaus aseguró que recibir este premio es una alegría y un honor, y quiso dedicarlo y compartirlo con la coordinadora del Centro, María Santucho, “con quien hemos fundado en estos años A guitarra limpia y otros espacios del Centro Pablo de la Torriente Brau que han sido el eje del activismo cultural que este premio reconoce: la nueva trova, el arte digital, el diseño gráfico, la producción editorial, las nuevas tecnologías, la memoria. Junto a María están los integrantes de ese “pequeño ejército loco” del Centro Pablo que han hecho posible que los creadores de esas manifestaciones citadas hayan encontrado espacios de difusión, debate y reflexión sobre sus respectivas obras”.

Señaló el escritor, periodista y cineasta cubano que el trabajo que ha realizado la institución que dirige durante 15 años le ha traído otra alegría excepcional, que es “conocer y  compartir con esas comunidades de artistas, la mayoría de ellos jóvenes, que han apostado junto a nosotros a favor de la imaginación y la belleza. Ellos han hecho posible la existencia de esos sueños, de esos programas culturales que hemos desarrollado y defendido juntos durante tres lustros”.

“Este Premio Barnasants viene, además, de los territorios del compromiso con la canción que nuestro amigo Pere Camps ha mantenido, a golpes de pasión y de inteligencia: el Festival de Barnasants es uno de los principales eventos que defienden la poesía y la calidad musical, la ética de la creación artística y los sueños de un mundo mejor”, puntualizó Casaus, tras añadir que en todas esas cosas “somos cómplices eternos de Pere y del Festival”.

Los otros dos galardones en la edición de este año recayeron en el valenciano Joan Amèric en la categoría de Mejor Concierto Oficial y en el legendario cantautor uruguayo Daniel Viglietti en la de Trayectoria.

El concierto de Amèric seleccionado para el premio fue el realizado el pasado 30 de marzo en el Auditori Barrades, donde el artista descubría su nuevo trabajo,Directament (Temps RecordBarnasants, 2012), un CD grabado durante la clausura de la edición pasada del festival.

“El concierto repasó este trabajo, que se erige como bisagra entre la historia y el futuro de Joan Amèric, ya que a la vez que reivindica temas emblemáticos también dejó entrever pinceladas de lo que será su próximo disco de estudio”, consideró Pintanel en la web Cancioneros.com

El Premio al reconocimiento a la Trayectoria fue entregado a Viglietti por ser uno de los referentes históricos de la canción latinoamericana. La obra del cantautor sudamericano, señaló el jurado, se ha caracterizado por “una particular mezcla de elementos de música clásica para guitarra y del folclor uruguayo y latinoamericano y, más allá de la trayectoria artística, también se ha destacado por su compromiso: no en vano es considerado por los demócratas y progresistas uno de los símbolos de resistencia al régimen militar y totalitario”.

El jurado de este año estuvo integrado por Donat Putx, crítico musical del diarioLa Vanguardia; Helena Morèn, directora de redacción de Enderrock; Juan Miguel Morales, fotógrafo; Jordi Bianciotto, periodista, crítico musical y redactor del diario El Periódico de Catalunya; Jordi Rueda, director de la revista Clave Profesional; Mayte de Agorreta, representante del público y gestora cultural; Pere Pons, director de la revista Jaç y colaborador del diario Avui; Xavier Pintanel, director de Cancioneros.com; Jordi Oliva, redactor cultural de los informativos de TV3; Maite Alfaro, directora del programa “Folk als Països Catalans”, de RadioGràcia; y, como presidente del jurado, Josep María Hernández Ripoll, periodista y crítico musical.

Nicolás Guillén: por el Mar de las Antillas


Artículo de Luis Rogelio Nogueras en colaboración con Nelson Herrera Ysla. Publicado en Bohemia, (La Habana, año 69, número 42, 21 de octubre de 1977, pp. 24-25) y en el libro “De nube en nube”, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau.

Portada de la edición de “Por el Mar de las Antillas anda un barco de papel” ilustrada por Rapi Diego (La Habana, 1949-México, 2006)

La noticia comenzó a circular hace algo más de tres semanas: Nicolás Guillén preparaba una edición especial (144 ejemplares, impresos en mimeógrafo sobre papel de estraza) de su libro de «poemas para niños mayores de edad» Por el Mar de las Antillas anda un barco de papel. Días más tarde, en conferencia de prensa, el Poeta Nacional anunció que cada ejemplar (numerado y autografiado) podría adquirirse en la sede de la UNEAC a un costo de 30 pesos; explicó, además, que el dinero recaudado contribuiría a engrosar los fondos del XI Festival de la Juventud y los Estudiantes.

El 28 de septiembre, en el acto de clausura del Primer Congreso de los CDR en el XVII Aniversario de su fundación, nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro dijo, refiriéndose a esta iniciativa:

Otros idearon cosas muy ingeniosas como nuestro poeta Nicolás Guillén, que imprimió en una edición especial unos versos suyos, con su firma autografiada y todo; 100 nada más, porque quiere hacer un aporte de 3 mil pesos al Festival. Hizo 100, buscó 100 amigos y les vendió sus versos. Indiscutiblemente que es una buena inversión la que se hace en esos versos de Guillén, porque mientras más pasa el tiempo más vale. Y después una firma de Guillén, dentro de 20 años no se sabe lo que vale. Hoy vale mucho, pero mientras más tiempo pase, más todavía.

Con sendos ejemplares de este hermoso libro bajo el brazo, nos dirigimos a la oficina de Nicolás Guillén en la UNEAC con el propósito de hacerle algunas preguntas en torno a este importante suceso cultural:

¿100 ó 144?

—La tirada es realmente de 100 ejemplares, los 44 restantes fueron destinados a bibliotecas y otros lugares semejantes en el extranjero.

—Por el Mar de las Antillas anda un barco de papel: ese título está extraído de un poema de El son entero (en realidad de los dos primeros octosílabos de ese poema), «Un son para niños antillanos». Podría decirse que usted «anunció» este libro hace ya 30 años; pero, ¿cuándo empezó a escribirlo realmente? ¿Cuándo lo terminó?

—Yo siempre he escrito poesía para niños, y muchas veces sin saberlo. Lo que sí no recordaba bien, hasta ahora que ustedes me lo comunican, es que yo hubiera anunciado el libro Por el Mar de las Antillas anda un barco de papel. Fíjense que no se lo discuto: seguramente tienen el recorte de prensa en que eso saliera, aunque creo que por aquella época ustedes no habían nacido. En cuanto a la fecha en que comencé a escribir Por el Mar de las Antillas… no podría precisarla. Pero el trabajo me llevó poco más de un año, el 76.

—Como usted sabe, se han escrito unas cuantas toneladas de tratados acerca del arte y la técnica de escribir a, ante, para, sobre, por, desde, según, entre, hacia… los niños. Sin embargo, muy pocos lo han logrado. Usted es uno de esos pocos. ¿Cómo lo logró?

—No hay que olvidar que así como existe la concepción de un «hombre nuevo», libre de las ataduras morales y materiales que afligen al «hombre viejo», hay también el «niño nuevo», en el cual no he visto que la gente piense mucho. Un ejemplo concreto: un niño de 1902, año en que yo nací, o de 1908, cuando yo tenía 6, no podría ser comparado con el niño de hoy. Para concretarnos, específicamente, el niño de hoy recibe la influencia de una cultura superdesarrollada, en aquellos países, claro, que económicamente pueden brindársela. Conocen los instrumentos más eficaces para la guerra y la paz, aunque sea en forma esquemática y están al tanto de muchas cosas que hace más de medio siglo no existían, para el bien o para el mal: radio, televisión, viajes a la Luna, etcétera. Todo lo que Salgari o Julio Verne prometían entonces a la infancia, y hoy son cosas superadas, ya sin interés. Por eso yo le puse a estos poemas que eran «para niños mayores de edad». En cuanto al público infantil que los lee, puede decirse que mi biznieto de 5 años se sabe varios de mis poemas, los cuales recita con la entonación conveniente. Es Orlanditín, a quien va dedicado, por cierto, Por el Mar de las Antillas anda un barco de papel.

Desde el balcón de su casa, como usted también sabe, se ve el Mar de las Antillas. En realidad, desde cualquier sitio costero de la Isla se ve ese mar. ¿Ese mar inspiró este libro, o quería usted mostrarles a los niños el hermoso mar que ya nos había regalado a los mayores desde West Indies Ltd.?

—No, no. Mis primeros poemas infantiles, como colección orgánica, son los de Sapito y Sapón, una pequeña historieta de esos muchachitos creados por mí y que nada tienen que ver con el mar. Después, como viera que a los niños les gustaba esa pareja, decidí escribir más poemas; así escribí el libro, más bien como simple pasatiempo. Por lo demás, como ya dije al comienzo, toda mi poesía está llena de poemas infantiles. Tengo la ventaja de que me he ejercitado bastante en los problemas del ritmo (y yo creo que una poesía para niños tiene que ser muy rítmica) y eso me ha permitido llegar pronto a su íntima naturaleza, digo, eso creo yo… Para no dejar en el aire su pregunta sobre el mar, diré que he probado de manera que no deja lugar a dudas que me gusta mucho el mar, y hasta soy su fanático, pero un fanático que no sabe nadar, que no sabe dirigir un simple bote y para quien el mar representa siempre un enemigo potencial, por tranquilo que parezca.

Si usted fuera niño ahora (es decir, si fuera usted aquel niño que allá por el año 10 jugaba a la pelota en la Plaza del Carmen en sus escapadas escolares —sus «rabonas», como diría Alberti—), ¿le gustaría leer ese libro que se llama Por el Mar de las Antillas anda un barco de papel?

—A esa edad que ustedes dicen probablemente yo no leía un libro como el mío, sobre todo porque la literatura en que ese libro estaría situado no existía en Cuba, prácticamente. Había los cuentos de Callejas, pero eran otra cosa. Ateniéndonos a la verdad, les diré que lo que entonces leían los muchachos eran las Aventuras de Búfalo Bill y las Aventuras de Nick Carter y sus ayudantes Chick y Patay. También Watson, ayudante de Sherlock Holmes… Eran las cosas del subdesarrollo.

Preguntarle si hizo barcos de papel en su infancia sería tan tonto como preguntarle si fue niño… aunque ¿los hizo? ¿No le daban a usted —no le dan a usted— una inexplicable sensación de soledad esos pequeños barquitos, tan frágiles en el enorme Mar de las Antillas; esos barquitos en los que (por obvios problemas de tamaño y peso) no viaja quien los construye? ¿O no hay tal soledad y esos barquitos son el lazo que hermana a nuestras islas?

—Hace un momento, cuando me refería a mis juegos infantiles, olvidé decirles que tampoco sé hacer un barco de papel; quien me los hace es mi biznieto Orlanditín. Siguiendo el mismo tema, propuesto por ustedes, yo no siento ningún miedo cuando viajo por mar, aun en barquitos como los que ustedes dicen. Yo recuerdo que en 1937, cuando fui a Europa por primera vez, hice el viaje en un barco tremendo, que se llamaba «Empress of Britain» (hundido, por cierto, durante la guerra), pero hice el viaje de regreso en un barquito de papel, que salió de Burdeos para La Habana, con escalas interminables en la ruta, pero no sentí el más leve temor, incluso me sentía más cómodo que en el «Empress…», cuya tercera clase era sumamente inhóspita. Por cierto, y dicho sea de paso, en ese viaje vinieron el poeta español León Felipe y nuestro compatriota tan querido, Luis Díaz Soto, ya fallecido, igual que León.

Y ahora una pregunta breve (¡al fin, dirá usted!): ¿qué cree que piensen los niños sobre el libro?

—Todavía no he sabido que los niños piensen nada sobre este libro. Cuando sepa algo se los comunicaré…

Sabemos que se prepara una edición muy hermosa del libro, con dibujos de Rapi Diego. Perdón: debimos decir: sabemos que se prepara otra hermosa edición del libro, porque esta de 144 ejemplares, lo es. ¿Qué puede decirnos de la segunda edición?

—Ahora mismo estaba pensando en eso que ustedes me preguntan, es decir, en la edición de este libro con los maravillosos dibujos de Rapi Diego; será una edición masiva, pero habrá que esperar lo menos un año.

Quiero decirles, antes de terminar, que me causó una impresión muy agradable lo que dijo Fidel acerca del libro, la penetración con que lo juzgó, como medio para allegar unos pesos con destino al Festival. Estoy de acuerdo con él en que el objeto que debe ser escogido para presentárselo al público en venta tiene que tener algún valor importante. En tal caso está el libro este, con las características señaladas por Fidel, a saber, una tirada corta de 144 ejemplares en papel de estraza, con una confección muy simpática, pues tiene un carácter totalmente artesanal, como si hubiera sido hecho en una modesta imprenta de provincia, sin grandes recursos. Por último, el precio, que más bajo no puede ser, de 30 pesos cada ejemplar…

Hong Sen: el amor en la mochila


Artículo de Luis Rogelio Nogueras publicado en Bohemia (La Habana), año 76, no. 48, 30 de noviembre de 1984, p. 20., y en el libro De nube en nube, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau.

Son las once de la mañana de un caluroso día de septiembre de 1981 en Ciudad Ho Chi Minh. Por las ventanas de la salita de reuniones de los Estudios Generales de Cine, no entra ni un soplo de brisa. En el techo giran inútilmente las aspas de un viejo ventilador. A cada instante me abanico la cara sudada con mi libreta de notas.

Estamos sentados en torno a una mesita de patas gruesas y muy cortas, sobre la que nuestros anfitriones han dispuesto tazas de té, platillos con jalea de arroz y dos paquetes de cigarrillos nacionales. A mi lado, el documentalista cubano Bernabé Hernández, mi compañero de delegación, y Perla, nuestra traductora; frente a nosotros, sonriendo, el más famoso cineasta de Vietnam, Hong Sen, director de Campos desolados.

Ya traíamos noticias sobre Campos desolados desde Hanoi, a través del entusiasmo del escritor Trang Huang Bach (autor del guión de otro largometraje vietnamita de la década: La última esperanza). Sabíamos que había sido rodado en 1979, en los arrozales del delta del río Cuu Long, en el sur, y que era un filme de amor (con la guerra como trasfondo) hecho con escasos recursos pero con impecable pericia artística.

En las primeras horas de la mañana, asándonos de calor en un minúsculo cuarto de proyecciones, vimos el filme. Era, realmente, extraordinario: un poético documento sobre la desigualdad de la guerra entre Vietnam y USA; humano, construido sin estridencias panfletarias.

Es difícil calcular la edad a Hong Sen, acaso unos 45 años. Como todos los vietnamitas, es delgado, de baja estatura y fibroso. Bebe sorbitos de té y fuma un cigarrillo tras otro. Le pido que cuente algo sobre Campos desolados. Voy anotando algunas de sus respuestas.
El filme está inspirado en un cuento del escritor Nguyen Quang Sang. Se desarrolla en la misma zona donde Hong Sen hizo la guerra y donde rodó el documental El camino que va hacia adelante, premio en el Festival de Moscú de 1969. En esa zona (Dong Bang Song Cuu Long), Sen luchó y fue herido en varias oportunidades.

Sus años como camarógrafo de guerra le han servido de mucho para hacer ficción; con voz pausada, narra algunas de sus experiencias antes del triunfo:

—Mis compañeros le apuntaban al invasor con sus fusiles; yo con el teleobjetivo. A veces, durante los bombardeos, metía los 36 kilogramos de equipos en un nailon y me sumergía hasta el cuello en el agua. Una vez permanecimos cinco días en un arrozal. Comíamos arroz crudo y junquillos… «Le habrá entrado agua al nailon?» No podía dormir. Primero pensando en mi cámara; después porque me ahogaba.

—Hay una secuencia del filme que me parece particularmente significativa. Es aquella en que entran por primera vez los helicópteros. La protagonista los mira fascinada: de pronto comienzan a disparar.

—Sí, eran animales grandiosos. Podían haber servido para la agricultura, para muchas cosas útiles. Pero los americanos los convirtieron en una pesadilla volante para nuestro pueblo… Como sabes, en el filme los helicópteros son protagonistas, encarnan al enemigo todopoderoso, al invasor; son el arma superior, que había que combatir sin derribar, porque la aviación estratégica podía usar el aparato abatido como señalización para bombardear las concentraciones guerrilleras… Muchos amigos murieron a causa de los helicópteros. También un tío mío, viudo, que siempre decía que un soldado que lleva el amor en la mochila es invencible, aunque muera. ¿Recuerdas esa frase en el filme? Es de él: no está en el relato de Quang Sang…

»A mi tío lo cazaron desde un helicóptero. Era ya un viejo, pero tenía agilidad. Estaba solo cuando lo vieron. Lo persiguieron sin dispararle, para verlo correr como un animal. Era un hombre solo, con un fusil contra una máquina de muerte. Finalmente lo acribillaron. Cuando encontramos su cuerpo descubrimos que en un bolsillo llevaba un estropeado daguerrotipo de la que había sido su esposa.»

Calla un instante. Bebe un sorbo de té.

—Cuando filmé la escena donde el helicóptero y el protagonista principal luchan, lloré. Nunca, durante la guerra, lo hice. Y esa tarde, rodando la escena, derramé viejas lágrimas por todos los caídos, por el hombre que, con un fusil y la foto de su esposa muerta en el bolsillo de su raído pantalón, combatió contra el dragón de acero, como un héroe de la mitología de mi pueblo…

Son las ocho de la noche. Desde la terraza de mi cuarto en el hotel Huu Nghi, contemplo las motos, bicicletas y ciclos (triciclos taxis) que hormiguean por la avenida Nguyen Hue, que va a desembocar en el Mar de China.

Ha refrescado un poco la temperatura. El cielo se ve despejado y sobre la ciudad parpadean las estrellas.

En el radio que está junto a mi cama, se comienza a escuchar en la delicada voz de una soprano vietnamita, una canción de melancólica música; conjeturo que la canción habla de amor. Aunque bien pudiera ser también un himno de guerra. O las dos cosas. ¿No decía el tío de Sen que es invencible el soldado que lleva el amor en la mochila?

 

“Ahí lo tienes, pero no es Ambrosio Fornet, es Max Perkins”


SOLO UN ABRAZO. Homenaje a Ambrosio Fornet en la 21 Feria del Libro de la Habana.

El maestro de los editores, excelente escritor, el más importante pensador de la narrativa cubana. Todos estos calificativos, condensados en una sola persona, podrían sonar excesivos. Para hacerlos verosímiles, bastaría con agregarles, al final, un nombre: Ambrosio Fornet.

Pero esos no fueron los únicos halagos dirigidos al Premio Nacional de Literatura y Edición el domingo 12 en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, dentro del baluarte que lleva su nombre —hoy más conocido por albergar a la sala Nicolás Guillén—. Mucho se ha hablado de Ambrosio Fornet en esta 21a Feria Internacional del Libro; tanto, que si no fuera porque lo hacen sus amigos o porque el evento se dedica a su obra, un hombre como él, de modestia militante, probablemente se sentiría incómodo.

Uno de esos amigos, el escritor Eduardo Heras León, confesó que no podía hablar de Pocho —como le dicen los íntimos— sin emocionarse. También narró su primer encuentro, hace alrededor de 45 años. Una mano que escribía poemas, acariciaba al cisne salvaje y peinaba rizos color zanahoria, empujó la puerta del despacho de Fornet en la Editorial Arte y Literatura. Heras le había pedido a Luis Rogelio Nogueras, el Wichy, que le presentara al autor de las magníficas notas de contracubierta de las colecciones Cocuyo y Dragón.

“En esta última —recuerda Eduardo Heras—, está la obra maestra, el ‘Guernica’ o ‘Las meninas’ de las notas de contracubierta: la que dedicó a Agatha Christie. Aquella en que decía que más famosa que Winston Churchill, era la mujer que más había ganado con sus crímenes después de Lucrecia Borgia.”

Sin entrar a la oficina, desde la puerta entreabierta, Wichy señaló al interior y dijo: “Ahí lo tienes, pero no es Ambrosio Fornet, es Max Perkins”.

Aquel que corregía a Hemingway, la leyenda, el arquetipo del editor. Hablo de Perkins, desde luego, aunque fácilmente podría tratarse de Fornet, pues, como afirma Heras, él también es el paradigma de los editores: “No creo que antes o después de la Revolución haya existido en Cuba un editor de similar estatura, por lo menos, no lo conozco”.

Rememora, sobre todo, el tiempo en que Ambrosio Fornet y Edmundo Desnoes, desde la Editorial Arte y Literatura, intentaban actualizar al lector cubano en lo mejor de la literatura mundial. “Y tanto lo lograron que ahora, cuando evocamos ese período, lo recordamos como una suerte de edad de oro de la esfera editorial. Nadie, que yo sepa, ha realizado el adecuado balance de esos años, nadie ha dicho que fue una verdadera revolución que nos puso al alcance de los ojos, además de los clásicos del siglo XIX, prácticamente a todo el siglo XX”.

Fue en esos años que se hizo famoso por su agudo sentido crítico, algo que lo convirtió en un juez infalible entre los narradores de su generación. Todos, ha contado Heras varias veces, colocaban sus manuscritos sobre el buró de Ambrosio; pasar por allí, más que una prueba de fuego, era el mejor aval. Sus anotaciones enderezaron varios relatos torcidos, quizá los mismos que hubiese podido escribir él, de habérselo propuesto.

Heras terminó con las mismas palabras que utilizó una vez, hace ya algunos años, durante la presentación de El libro en Cuba. Siglos XVIII y XIX, la célebre investigación sobre el mundo del libro que hiciera Fornet: “Cada nueva obra que publica nos deja la ilusión de que la próxima será todavía mejor, tal es la fuerza de su magisterio. Vendrán nuevas obras, o tal vez no, pero en casos como el de Pocho, ya eso no tiene mayor importancia, por una muy simple y poderosa razón: su mejor obra es él mismo. Que esa obra, querido Pocho, que es tu propia vida, esté siempre con nosotros”.

Precisamente a El libro en Cuba se refirió la ensayista Cira Romero, señalando que, además de las habilidades como ensayista, crítico literario e investigador, explícitas en el texto, aparecen las técnicas del narrador. Pues Fornet, en este libro sobre libros, hilvana la historia con tal maestría, que fácilmente podría leerse como una novela histórica o de no ficción.

“Solamente le reclamo al autor —demandó Romero— lo mismo que le dije cuando tuve la suerte, ahora repetida, de presentar este libro en su segunda edición: completarlo con el siglo XX. Sé que tiene un camino transitado, al menos hasta el año 1926, pero, sin duda, el trabajo es arduo y el asunto se complica con fenómenos nuevos, ajenos al comportamiento de la centuria anterior. Deseos y fuerzas le sobran. Quizá algunos, bajo su guía, podríamos ayudarlo en la labor de rastreo. Por lo pronto, me brindo. En definitiva, no es la primera vez que lo tendría como mentor”.

Otro amigo, Francisco López Sacha, sin papel, borrador ni guía, destacó el gran mérito que ha tenido Ambrosio al nombrar las cosas —como hizo con el quinquenio gris— y recordarnos que sin cultura no hay nación ni es posible que seamos un pueblo unido y sin cultura cubana, difícilmente estaríamos aquí. “Creo que son muchas las cosas podemos agradecerle como teórico, pensador, culturólogo, maestro de generaciones y gran amigo”.

Pero Ambrosio no es hombre de aguantar elogios en silencio, al final, agregó una serie de apostillas, como en los textos que edita, a las observaciones de los amigos: no se considera el maestro de los editores, primero está don Fernando Ortiz. “Las meninas” de las notas de contraportada le debe mucho, en realidad, a un comentario sobre Agatha Christie que leyó, siglos ha, en una revista inglesa. En cuanto a la continuación de El libro en Cuba, es el único proyecto serio que aún le queda por hacer y ya trabaja en él. Durante toda su carrera, concluye, no ha hecho más que contribuir a ensanchar un poco esas preocupaciones que atormentaban a toda su generación.

Sin embargo, no fue suya la última palabra. Después de las presentaciones de sus libros Rutas críticasA título personalYo no vi ná y otras indagaciones, Narrar la naciónLas trampas del oficio y Nicolás Guillén y el laberinto de la diáspora antillana, ocurrió algo que absolutamente nadie, ni siquiera Aida Bahr, la moderadora, podía imaginar.

De la primera fila, titilante, diminuta, encanecida, se levantó una mujer que quería hablarle a Ambrosio. Llevaba bastón, espejuelos de medialuna y voz temblorosa. Dijo que era de Bayamo, de Veguitas, donde él nació; que sus padres habían sido amigos de la familia Fornet y que lo único que pedía era darle un abrazo. Silvia Gil, Jorge Fornet, Eduardo Heras León, Francisco López Sacha, Aida Bahr, Cira Romero, Abel Prieto, Zuleica Romay, María de los Ángeles Ortiz, Jorge Ibarra, todos, quebraron el silencio húmedo con los aplausos.

Ignoro si, mientras la abrazaba, Ambrosio lloró. Pero vi más de una lágrima rociada entre el auditorio. Y, al final, el ramo de flores que siempre se da al homenajeado, terminó, apretado bien fuerte, contra la empuñadura de un bastón.

Fuente: la Jiribilla, La Habana, Cuba, 2012. Foto de Yohandry Leyva