Caimán no come caimán… pero sí poesía


Del blog de Félix Contreras

De arriba hacia abajo: Víctor Casaus, Froilán Escobar, Luis Rogelio Nogueras y Félix Contreras. (Fuente: https://felixcon.wordpress.com/galeria/)

Por: . 22|6|2015

El Caimán Barbudo es lo más parecido a su circunstancia natal, a los días de su fundación. La nación despertaba de dictaduras, escándalos de corrupción, robos y gansterismo, y se iniciaba la década más fundadora de su historia tras la victoria de 1959: Instituto de Reforma Agraria, Consejo Nacional de Cultura,  Casa de las Américas, UNEAC,  ICAIP, entre otras instituciones.

La cultura toma vuelo, trasciende la magia negra del bongó y la tumbadora, la cultura popular entra en interesantísimo proceso de rescate, redescubrimiento y revaloración: Benny Moré, el son, Arsenio Rodríguez, la guaracha, Antonio Arcaño, la rumba, Rita Montaner, Bola de Nieva, Chano Pozo, Carlos Embale,  Ñico Saquito, El Chori, son rescatados (de Las Fritas de Marianao) y colocados en el sitio de la alta cultura con Saumell, Beethoven, Lecuona, Bach, Ignacio Cervantes, Ignacio Piñeiro, Bizet, Roldán, Caturla, Jorge Mañach, Lino Novás Calvo, Alejo Carpentier…

Asombrados, vemos y sentimos toda esa eclosión que nos devela de modo directo, sin el dedo “magistral” de la retórica, nuestra cultura, nuestro país. Somos ejemplo de cómo una nueva generación, con recursos y voluntad política del estado, además de inserción en la sociedad, encuentra campo para su realización profesional en el omnipresente nuevo marco institucional de ese proceso de renacimiento cultural que borra el aislamiento, que localiza al individuo y lo lleva a la convergencia con el otro, con los otros.

Época tan radicalmente nueva, fascinante, madre de asombros que hasta los millonarios donan tractores y arados para la Reforma Agraria.

Leíamos —al mismo tiempo— a Martí, Tallet. Guillén (el “malo” y el “bueno”), Machado, Escardó, la Loynaz, Whitman, Eluard, Ballagas, Casal, Boti y Poveda,  Carilda, Agustín Acosta, Pedroso, Florit e igual, al mismo tiempo, descubríamos, sin emoción vergonzante —con Helio Orovio— el Mamoncillo de la Tropical al ritmo de Benny More y su fabulosa Banda Gigante, o a Roberto Faz y su Conjunto, que nos dio con el bolero otra vertiente de la poesía.

¿Dónde y cómo se encuentran los futuros caimaneros?

El único núcleo de jóvenes poetas existente en la isla eran los de El Puente —con editora— con José Mario a la cabeza. Enfrente teníamos, vivos y radiantes, a los grandes poetas de Orígenes (Lezama, Diego, Cintio, Fina, Baquero), dándonos saludable y estoico ejemplo de la necesidad y utilidad de la poesía y también, los más jóvenes de la generación del 50 (muy recelos con nosotros) que igual respetábamos: Retamar (“en cazuela”, parodiaba Wichy), Padilla, César López, Pablo Armando Fernández,  Fayad Jamís, Manuel Díaz Martínez, José Álvarez Baragaño y otros.

Amábamos todo lo que oliera a poesía, la buscábamos en la calle, en el lenguaje del vivir cotidiano y en la parodia. Lo lúdico como antídoto a la retórica finisecular heredada, todo lo que fuera juego, jugar con la palabra y los nombres, todo lo que fuera mecanismo de creación porque poesía era todo, y todo era posible.

Un grupo muy matizado, típico de la diversidad de procedencia socio-cultural. No éramos individuos escogidos o seleccionados, sujetos o atendiendo a un programa ideo-estético, ideológico, religioso o de la francmasonería, etc.

Nos escogió el azar y agrupó la poesía.

El Caimán Barbudo encuentra su núcleo fundador en la Brigada “Hermanos Saíz”, fundada en 1965 en el Salón de Actos de la Biblioteca Nacional. Recuerdo allí ese día a Sigifredo Álvarez Conesa, mi condiscípulo en la Escuela de Instructores de Arte, Manolo Vidal (pintaba y escribía), Helio Orovio, Rafael Escobar Linares, electo de presidente de la sección de literatura —redactor de la revista Mar y Pesca—, Argelio Sosa (becado, cursaba el preuniversitario en Ciudad Libertad), René Allouis (“algo chiflado”, traductor de películas en inglés y en la radio), Maggie y Roger, inseparables, más amantes y con más pegadera que Romeo y Julieta.

Salvo los mencionados Sigifredo y Orovio, no recuerdo al resto de los caimaneros en la Biblioteca. Presumo que los conozco después en la UNEAC, sede de la Brigada, cuando comienzan allí sus reuniones los sábados, de una de la tarde a siete de la noche. Todos éramos inéditos, aún sin ningún interés en publicar. La lectura e interactuar con los otros, ocupaban todo nuestro tiempo.

Tengo nítido mi primer encuentro con Wichy (Luis Rogelio Nogueras) y Froilán Escobar: la Brigada celebra una lectura colectiva de poemas, yo tenía los bolsillos llenos de versos dedicados a un almendro, y Sigifredo —en cuyas manos quedaron para siempre— me pide que lea algunos. Al final fuimos al restaurante Los Siete Mares y yo súper contento, pues tenía también siete mares pero de hambre. Con Froilán, Orovio, Víctor y Wichy intimé más.

La realidad cultural se fue diversificando y con ella, nosotros: unos entraron a la universidad, nosotros, los de poca escuela, al autodidactismo, a comernos el mundo.

Fuente: El caimán barbudo, la revista cultural de la juventud cubana

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Eduardo Heras León: “Ustedes escriben los libros que yo he dejado de escribir”


Eduardo Heras

Por: Antonio Herrada. 9|8|2013. Fuente: Revista digital El Caimán Barbudo

El edificio exhibe un azul desaliñado. Subo las escaleras y toco la puerta del apartamento. Me invitan a pasar. Alguna vez he estado aquí pero con otros ojos. Estar cerca de este hombre me ha hecho cambiar la manera de verlo todo. Apenas recuerdo mi primera visita. Ahora la sala me dice otras cosas. Parece una selva domesticada, con troncos formando muebles, marcos de madera y muchas plantas. Un cristal nos separa del aire enrarecido de la ciudad.

Vengo con una encomienda difícil. Entrevistar a este hombre 42 años después de la publicación de una crítica a su segundo libro, que le valió la exclusión del mundo cultural por 5 años. Fue en abril de 1971. Un mes después se anunciaba su separación del Consejo de Redacción de El Caimán Barbudo —la misma revista para la que ahora voy a pedirle que hable—. De aquellas batallas literarias apenas sabía yo, que aún no había nacido, pero  irremediablemente tenían que influir en nuestra conversación.

Hablamos mientras coloco las baterías en mi grabadora. Me dice que escribir era su vocación, desde los versos que cometía a los 9 años y las lecturas de Verne y Salgari. Que habría sido escritor aunque no hubiera participado en el ambiente cultural de los 60, la Universidad de La Habana y los primeros años de la Revolución; tal vez un escritor diferente, de no haber ingresado en la Escuela de Periodismo, que fue un verdadero caldo de cultivo (recuerdo esa comparación) para sus intereses literarios, sin obviar a sus compañeros de la redacción de Alma Mater; diferente de no haber pasado por la experiencia de Girón y las Fuerzas Armadas y las vivencias bélicas que se reflejarían más tarde en su obra; un escritor diferente, pero siempre un escritor. Noto que mi grabadora no ha comenzado a funcionar aún, y aprovecho un breve silencio para encenderla. Tres segundos después hago la primera pregunta.

Algunas de sus biografías señalan que usted dejó la Universidad y se fue a trabajar a una fábrica, y que en 1976 retomó sus estudios. ¿Cuál es el riesgo de que los verdaderos hechos queden en el olvido?

—Ningún riesgo, no se van a olvidar. Mi segundo libro, ganador de mención única en el Premio Casa de las Américas en 1970, fue malinterpretado y acusado de contrarrevolucionario en una crítica publicada en El Caimán Barbudo por un señor llamado Roberto Díaz. No abandoné, sino que fui expulsado de la Universidad en cuarto año de Periodismo, y enviado a trabajar durante cinco años en la fundición de acero Vanguardia Socialista. Pero todo eso se ha publicado. Hubo un ciclo de conferencias organizado hace algunos años por el Centro Cultural Criterios, que dirige Desiderio Navarro, en el Instituto Superior de Arte. Allí leí mi ponencia El Quinquenio Gris. Testimonio de una lealtad,donde explico detalladamente lo que sucedió en aquellos días lamentables: existe un libro que recoge esos debates. Era un período en el que te mandaban a bañar en las aguas del Jordán de la Revolución. Se cometieron muchas injusticias, incluso en mi caso, que ya había demostrado con las armas en las manos mi condición revolucionaria.

“Pero no hay vuelta atrás. Ahí están los hechos, olvidados o no, ese período no puede volver. Ha habido un proceso de crecimiento y maduración intelectual, tanto de los artistas como de los dirigentes, y las arbitrariedades que se cometieron difícilmente puedan repetirse. Estamos en una sociedad diferente, hay grandes espacios de libertad para la creación intelectual, que son ganancias de los artistas y también de los dirigentes honrados y serios, que saben que aquel período fue funesto y no se puede repetir.”

Usted considera años duros los de su generación, pero han sido varias las etapas duras desde 1959. ¿Cuáles son las consecuencias de tiempos difíciles como el Período Especial o los cambios actuales en la literatura?

Los períodos de crisis, paradójicamente, son por regla general de auge en la literatura. Digamos, mi generación: la de Playa Girón, Crisis de Octubre, la lucha en El Escambray, las constantes agresiones yanquis, se formó en una época muy bélica y de muchos cambios sociales. Proliferó una literatura  descarnada, que dejó el testimonio de las grandes batallas épicas de la Revolución. Por eso nos llamaron los “narradores de la violencia”, y en cuanto a la calidad de nuestras obras, se compara con la de los años 40, donde surgieron importantes libros de autores como Alejo Carpentier y Lino Novás Calvo.

“En los 80, cuando se produce la estampida del Mariel, surgió una promoción nueva, que desbrozó el camino de temáticas hasta ese momento tabúes, relacionadas con zonas marginales de la juventud, la homosexualidad, la corrupción, en general problemas éticos de la sociedad. Y fíjate que en los 90, también años de intensa crisis, se produjo otra explosión de creatividad (me refiero a la narrativa).Y abriendo el siglo, y ayudado con el fenómeno de la proliferación de editoriales provinciales, han surgido muchos escritores, sobre todo jóvenes, que publican sus primeros libros con 18 o 19 años, con temáticas nuevas y mucha experimentación, y con influencias que han beneficiado el que hacer de esta generación. La literatura, en todo caso, se enriquece, aunque la sociedad, de la cual el escritor es parte, sufre las carencias y las problemáticas. La escasez material provoca una especie de riqueza espiritual, como compensación.”

En esos años, hubo personas que siguieron sus pasos por la narrativa y el periodismo y los malinterpretaron. ¿Cree que hoy son escuchados los que hacen crítica mucho más profunda desde el arte y el periodismo?

Creo que sí. El problema es que nuestra prensa no está a la altura de otras aristas de la Revolución. No se ha logrado la prensa crítica que necesitamos, que aborde en profundidad los problemas y no se quede en la superficie. Y está obligada a cambiar, porque la sociedad es más exigente, más libre de expresar sus criterios. Hay una especie de guerra entre el periodismo que quiere ser crítico, reflexivo, y una zona de la burocracia que trata de que no se desarrolle. Y por supuesto que hay excelentes periodistas que están atacando la raíz de los problemas, pero no en la medida necesaria para que influyan de manera decisiva en sus soluciones. Por desgracia, hay pocos órganos de prensa que reflejen medularmente la problemática social del país, que es muy compleja. Es una lucha de todos los periodistas a las puertas de su congreso. Ese nuevo periodismo nunca podrá hacer daño: todo lo que produzca será   beneficioso. Ya es hora de que desaparezca la autocensura, que hace tanto o más daño que la censura.”

¿Qué opina sobre la necesidad de la técnica narrativa en el periodismo?

Cuando di clases en la Universidad, alternando con mis estudios, pude impartir con mucho esfuerzo un semestre de Técnicas Narrativas. Puedes enseñar qué es un lead, una crónica, un reportaje, pero si no enseñas primero cómo se describe, cómo se narra, cómo se hacen los diálogos, hay como un vacío en la formación. Yo enseñaba eso primero y después me ocupaba de la técnica periodística. Hasta donde sé, eso se ha perdido y creo que debía retomarse. Tenemos la experiencia de un Seminario que Francisco López Sacha y yo impartimos todos los años en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, con un éxito rotundo, y con la presencia, a veces, de periodistas de varios países. También conozco del trabajo de Rafael Grillo, de quien me han dicho imparte un curso de Técnicas Narrativas en Periodismo en la Universidad de La Habana. Creo que no enseñar estas técnicas es un error, porque puede esquematizarse el oficio. Debe generalizarse su enseñanza en todo el país. Además, es bueno recordar que la práctica del periodismo ha sido el origen del nacimiento de muchos escritores, como fue el mío propio.”

A 15 años de haber creado el Taller de Técnicas Narrativas Onelio Jorge Cardoso, hoy convertido en Centro de Formación Literaria, ¿cuál considera su significado dentro de la cultura cubana?

Creo que está mal que sea yo quien responda esa pregunta, pero debo asumir ese papel, ya que soy el entrevistado. Creo que si algún mérito tiene es que ha transformado el mapa de la narrativa cubana. Cuba tradicionalmente fue un país de poetas. Te pongo el ejemplo de Holguín, tierra de poetas y hoy, a mi juicio, territorio de narradores y poetas. Y esta situación se repite en muchas provincias del país. Y eso, creo yo, indiscutiblemente tiene un significado de importancia en la cultura cubana. Se ha descentralizado la producción literaria. Ya los narradores y los premios literarios que ganan, no son sólo de la capital, sino que están diseminados por todo el país, incluso en lugares recónditos a donde ha llegado la influencia del Centro Onelio. Todos tienen las mismas posibilidades. Casi 800 jóvenes han pasado ya por nuestras aulas. A partir del taller inicial, que alguien llamó el Harvard de los talleres literarios, ha cambiado la terminología que se emplea en los demás talleres en Cuba. En mis 40 años de experiencia dirigiendo talleres, puedo afirmar que antes del Centro Onelio nadie hablaba depuntos de vista, de “vasos comunicantes”, ni de caja china, o dato escondido, y hoy esos términos son peccata minuta para muchos.

“El Centro no lo da todo. El día que recibimos a los alumnos les decimos: muchos de ustedes no van a ser escritores, va a ser una mínima cantidad los que lo logren; pero si no es así, se convertirán en asesores literarios, promotores, mejores lectores ysobre todo, mejores seres humanos. Enseñamos la solidaridad, la aceptación consciente de las opiniones diversas, y optamos por eliminar la envidia y las rencillas a veces personales que tanto perjudican las relaciones entre escritores. Hemos dado a conocer una cantidad considerable de nuevos narradores, muchos de ellos ganadores de los más importantes premios literarios en Cuba y en el extranjero.”

¿Sueña al Centro Onelio enseñando técnicas poéticas, ensayísticas o dramatúrgicas?

Mi especialidad es la narrativa. Un Centro como el Onelio necesita mucha entrega. Sé que en el pasado se ofreció a algunos escritores la posibilidad de crear un Centro dedicado a la poesía, por ejemplo, pero nadie la aceptó.  A mí mismo me sorprenden mis 15 años en el Centro. Hacen falta escritores de prestigio que estén dispuestos a sacrificar su obra para enseñar a los jóvenes y dedicarse a ello; se necesita desprendimiento y vocación. La mía es, ante todo, la de maestro, creo que antes que la de escritor. Me siento muy bien cerca de los jóvenes. Ustedes escriben los libros que yo he dejado de escribir. En fin, no creo que haya contradicción entre los objetivos iniciales del Centro si en algún momento surgiera la posibilidad de cursos que aborden técnicas poéticas o dramatúrgicas o ensayísticas. En definitiva, el Onelio es un Centro de Formación Literaria.

“Antes de fundarlo, no existían en Cuba centros de formación, a no ser la que se intentaba en talleres de algunos escritores y los de las Casas de Cultura, muy deprimidos hoy en día. He preguntado por qué en el ISA no hubo nunca una Facultad de Literatura, sé que persistía el criterio de que el escritor no se formaba recibiendo cursos, pero me pregunto si los artistas plásticos, los dramaturgos y los músicos no necesitan aprender la técnica, al igual que los escritores y por eso existe una formación académica de estas ramas del arte. Su obra, después de esa educación, depende mucho de su talento y dedicación. Por eso creo que, de cierta manera, el Centro Onelio es la Facultad que le falta al ISA, porque las Facultades de Artes y Letras de las Universidades forman críticos y profesores de Literatura, no escritores. Nuestro programa abarca la creación, no la crítica. Estamos llenando un vacío para los jóvenes que quieren dedicarse a la escritura creativa, sin tener que hacer crítica o investigación.

“Hay que aclarar que el Centro ha tenido sus detractores, que opinan que no se fabrica un escritor. Nosotros no lo hacemos, buscamos el talento y le añadimos las técnicas del oficio: si sales escritor es genial; si no, aprendiste, saliste con más cultura, sabes leer de otra manera. De todas formas creo que hemos seleccionado bien: hay por ahí una veintena de escritores que se están consagrando y así lo confirman. El Centro Onelio les ha dado ese ambiente de creación que hoy falta en muchos espacios.”

¿Cuáles son las principales diferencias entre el joven que fue usted y los que cada día enfrenta en el aula?

Somos dos generaciones totalmente diferentes. Nosotros vivimos la parte épica de la Revolución, nos sacrificamos, incluso con las armas, tuvimos que vivir para luego escribir, y los jóvenes de hoy no tienen las mismas urgencias, la Revolución es más consolidada, si fracasa será posiblemente más por nuestros propios errores, que por fuerzas externas. Ya no se les exige tanto. Antes todo estaba bajo el sello de la ideología, se trataba de vivir en un estado de pureza, que tenía que ver con el ideal del hombre nuevo que proclamara el Che.Teníamos la esperanza de que lo íbamos a lograr, pero no fue así. Hicimos lo que pudimos, pero esa aspiración se quedó en la utopía, quizás ese hombre nuevo no sea posible. La experiencia lo ha demostrado.

¿Cómo valora la salud de la literatura cubana actual, en especial la narrativa?

Por ahí nos acusan de que somos demasiado optimistas. Yo estoy convencido de que ahora hay más variedad de estilos, diversas maneras de enfrentar el hecho literario, muchas más tendencias, se ha recorrido un largo diapasón temático, que cada día se enriquece más, desde la inicial narrativa de la violencia hasta los temas caros a la posmodernidad. Eso demuestra algo, la literatura siempre busca diferentes vías para reflejar la realidad o negarla e inventar una nueva, y eso siempre enriquece. Por otra parte, las influencias actuales son mucho más cosmopolitas. Hay mucha influencia de la nueva literatura española, latinoamericana, italiana y norteamericana. Eso sirve de alimento porque lanza la literatura por varias vías y promete un panorama alentador, lo que tampoco quiere decir que estemos de fiesta. Ahora hay muchos cuentistas jóvenes, pocos novelistas, y tengo la impresión, aunque puede que me equivoque, que la poesía que siempre fue el género más favorecido, se ha recluido un poco desde los 90, desde que la cuentística fue más influyente en el reflejo de la sociedad. Veo más riqueza en los cuentos. Las buenas novelas ya aparecerán.

“De la última promoción me parecen interesantes (entre muchos otros que se me olvidan ahora) Ahmel Echevarría, Michel Encinosa, Rubén Rodríguez, Mariela Varona, Osdany Morales, Raúl Flores. Jorge Enrique Lage, Ariel Cantero, Dazra Novak, Yunier Riquenes, Agnieska Hernández. Son nombres que tienen una obra importante, diferente, según Jorge Fornet, una narrativa del desencanto o literatura posrevolucionaria. Los temas tradicionales ya no se manejan, se ha abierto ampliamente el camino a la fantasía y la ciencia ficción. Pero en general veo un buen panorama.”

 ¿Es la idea del retiro un tema que lo angustia? ¿Cuáles son sus próximos proyectos?

Esa es la palabra precisa: angustia. Estoy en una especie de conflicto, por un lado quiero jubilarme porque tengo muchas cosas que escribir, para eso necesito tiempo y tranquilidad. Por otro, sé que me va a dejar un vacío, ya no me concibo sin dar clases. He pedido consejos a muchos amigos, pero estoy meditando qué es lo mejor para mí, qué es lo que me va a hacer sentir bien, porque es una decisión enteramente mía. Sé que de ella dependen muchas cosas. Como por ejemplo, encontrar un nuevo director para el Centro, para lo cual es necesario prestigio, voluntad y poder de convocatoria.

“Tengo planes de terminar una novela. Pero mis amigos me suplican que no escriba más cuentos ni novelas, sino que escriba mis memorias, y eso me seduce. He tenido una vida compleja, con castigos, recompensas, he conocido grandes escritores cubanos y extranjeros como José Saramago, Eduardo Galeano, Julio Cortázar, Mario Benedetti, Mempo Giardinelli, Abelardo Castillo. Posiblemente ese será mi próximo proyecto: escribir mis memorias.”

Retablo para Wichy


Fotomontaje: Guillermo Rodríguez Rivera, Luis Rogelio Nogueras, Víctor Casaus, Raúl Rivero, Antonio Conte, César Vallejo y Silvio Rodríguez.

Retablo para Wichy

Los amigos
acuden al convite de un muerto
en su único estado posible,
entre solemne y solo, entre profundo y místico,
aromado para siempre
por un mar de palabras tan hermosas
como su mano en el aire,
despidiéndome bajo un cielo que había que ver,
mientras dos muchachas se aferraban a nuestros ojos,
temerosas de que escapáramos
bajo aquel cielo cruelmente azul de mayo.
Aquí quedamos los amigos
para llorar o hacer cuentos, o recordar
cada quien a su modo,
cada cual a su abismo, porque el muerto era ubicuo
como una ráfaga de amor e ironía,
con su manera envolvente de mentir,
hacer planes, y casi siempre
contagiarnos de su ingenio;
ahora nos convida a los amigos
a los eternos deudores
de su enorme cabeza de zanahoria,
nos invita el poeta a que estemos con él,
no en su extensa morada de tierra y frío,
sino en la feria grande de la vida
que modeló su verso
porque nunca sabremos
la cantidad exacta de yerbabuena y de ternura
que nos lega un poeta cuando muere.
Excluyo, por inútil,
toda evolución filosófica,
todo intento de veivindicar
o explicar su muerte.
Sólo que es absurdamente del carajo, y posible,
aunque el muerto haya sido un gran muchacho
que siempre supo el santo y seña del problema;
que amó,
que jodió mucho,
a veces lo jodieron,
y escribió durante años
con el espectro de John Donne
y otro mundo de espíritus que rodeaba a su casa
a la santísima hora de encontrar
la palabra definitiva.
Aún puedo ver el sol encendido
tras los alambres del teléfono;
la ciudad es un canto coral
de luces y aparejos
que no repara en tu silencio,
mientras el mar se escapa a otros países
donde fuiste un transeúnte anónimo
junto a la nieve y el deseo,
un ignorado comensal de hoteles
y espantosos caminos
rociados con amores y desgracias.
Aquí están, los amigos,
estas líneas espesas son para ellos,
para hacer más humano el convite
del muerto, del poeta
que nos deja, justo a la edad
en que la confradía
ya comienza a morir
de ausencia y aguaceros.

Antonio Conte (Julio de 1985)

Publicado en: El Caimán Barbudo, edición especial (4), febrero, 1986, p. 14

Antonio Conte Téllez (La Habana, 1944, Miami, 2012) Poeta, narrador y periodista.

Iván Gerardo Campanioni: Los pronunciamientos de “La criatura”


Artículo de Racso Pérez Morejón publicado en la Revista Caimán Barbudo (13/5/2011)

Pareciera uno de esos fulanos con aire anodino, que se place por las calles de esta Habana añosa, refugiando sus grandezas detrás de no sé cuántos escupitajos de historia adoquinada. De estatura corta y barriga de cervecero. Camina lento, sacudiendo su memoria en cada esquina; más bien sugiere un sujeto que está subrayado en una lista y que trasiega con el eco del silencio. En su rostro caben el desatino y el aserto del tiempo con todas sus conjeturas.

Un hombre que

además de ser un profesional
de la nostalgia
un angelote de la izquierda

es ese otro que esculpe el perfil de su reminiscencia, que cincela el poema hasta detenernos en el límite del aliento: la esperanza de un verso mejor cada vez.

Uno de esos Hijos Ilustres de la Ciudad que comparten su pecho con Martí, con Santa Bárbara, con Silvio en la distancia y con sus dados de la suerte, llevando límpida la andadura por la poesía.

No recuerdo la cantidad de veces que Félix Contreras me propuso ir alguna tarde a visitarlo, pero él mismo no tenía claro ni la calle ni el edificio. Eso sí: no había borrado de sus recuerdos las felices y turbulentas jornadas caimaneras, aquellos recitales genésicos con Silvio y Teresita, las sorprendentes bromas de Wichy, la taciturna nimiedad con la que Campanioni se mostraba, y el entresuelo lóbrego donde habitaba.

Félix conseguía nebulizar sus versos cada vez que transitábamos o cruzábamos la calle Egido hacia La Habana de extramuros, o desde ella recordaba los contornos oscuros y bulliciosos, copados de cuanta merca se moviera, a manera de ese murmullo de mercaderes que entra por la ventana, más adentro o más afuera del margen permisible; estrecho y amplio mundo donde latía, aún, la poesía de Campanioni. “Es un gran poeta, y mejor hombre, pero se nos ha perdido el contacto con él”, solía decirme siempre Contreras.

Félix parecía destinado a dejarme con el sinsabor que produce la imposibilidad de conocer a un poeta a quien se le admira a priori, de no ser por un golpe de dados, un lance al tablero que hizo la Editorial José Martí. Necesitaban presentar un poemario, un título sugerente, algo más bien ambiguo, asomo de prodigio e imperfección, o de ambas… La criatura. Y por si fuera poco, de un autor nada conocido, sesentón e inédito hasta entonces, pero con un antecedente “sospechoso”: había sido fundador de la revista El Caimán Barbudo. Bastó.

Un par de años después que el flaco Contreras me comentara sobre el poeta, casi por sortilegio, nos conoceríamos —La criatura por medio— Campanioni y yo, a la sombra de las yagrumas del patio de la Casa de la Poesía. Ese día llegó Campanioni de la mano de su compañero de barbas Guillermo Rodríguez Rivera y del mismísimo Félix, y se juntaron dos generaciones de caimaneros, los de entonces y los de ahora, en la presentación del poemario que acumula más de cuarenta años de atravesar en silencio la línea establecida para evitar trastornos del paisaje.

La interrogante sobre su destino traía como respuesta “la insoslayable condición de poeta” de Campanioni, como lo cualifica el emotivo prólogo escrito por el profesor Rodríguez Rivera.

Un poeta que se pronunció, literalmente, por la integración del habla cubana a la poesía. Un poeta a quien le interesaba más, tal vez, el efecto de la metáfora que la metáfora misma; el estremecimiento, lo telúrico de la imagen, que la imagen misma. Un poeta, pues, de resonancias sobre el tiempo —su tiempo— y esas angustias que acrisolan la consecuencia, porque era el tiempo en que contemplar desde un ángulo poético era un sacrilegio. Un poeta que se había pronunciado y que (a)firmara, además, como un epitafio para los apostatas:

La poesía es un testimonio terrible y alegre, y triste y esperanzado de nuestra permanencia en el mundo, con los hombres, entre los hombres, por los hombres, o no es nada.

En la trastienda de La criatura, (Editorial José Martí, 2008), su único libro de poemas publicados y donde no existen las partidas solo las bienvenidas sin regreso, se puede avizorar al poeta que rechaza la indiferencia, que ha sabido guardar la palabra, esgrimiendo un silencio que revalora con puntual ironía: Para que no te señalen con el dedo (…) Para levantar la mano sin decir nuestro criterio (…) Para alejarnos en puntillas de la verdad (…) Para apuntar a la cabeza del emperador (…) Para recordarte Wichy Nogueras.

Presumo que este y los engavetados libros de Campanioni se corresponden con verdaderos caleidoscopios de luz, polvo, sombra y las desazones que han atrapado sus iris; estratificando poemas, contornos dialógicos, articulados en cifrar un poco de las noches habaneras/ algo de la enorme soledad de la vida y sus andenes.

La criatura leída como un discurso sociológico, porque aquí el contexto y el lenguaje son los resortes protagónicos, los recursos textuales de una expresividad susceptible a la virtuosa ausencia, al silencio de la evocación. Un incontrolable existir, vital aprehensión, droga del observar hasta la adicción, configurando contenidos que desacralizan la metáfora, la formalidad del tropo y las imágenes.

Campanioni esgrime —beligerante y cotidiano— que la poesía es como una cueva diseñada para náufragos de distintas marcas humanas. Así consigue ir viviendo, inmiscuido en las latencias de un tiempo del que no se siente ajeno, del que se hace cómplice, lleno de dudas con el horizonte

Contemporánea y significante, la fecundidad que puedo avizorar en sus versos, me hace pensar en Campanioni como un poeta sin alabarderos epidérmicos. La criatura despierta el apetito por determinadas historias, personales y ajenas, íntimas y comunes, desgajadas de la realidad que otea desde su aspiración de sencillez escritural, y desde el aliento conductual que se respira en sus versos.

Este libro es un árbol de gajos, de biografía personal y de historia total, de luz hacia lo antropológico. Campanioni escribe encima de un cuerpo social, vivo y alucinante, donde la metáfora aparece en su organicidad con el individuo, como gesto poético que testifica de sabores y sinsabores, los que han ido tejiendo cuarenta años de imaginar al silencio, sus latencias y apetencias… Este fragmento con que les provoco, me deja una tajada de razón, nada menos que de un poema intitulado “Miserables”.

Ya sobrará el tiempo
hermano
para fragmentar nuestros
silencios
para oír a los impertinentes
cuestionar el futuro
ahora lo más importante
es empeñar el corazón
apretarnos el cinto
hasta el último agujero
y dormir con las botas puestas

El mundo engendra, en su espiral evolvente, la poesía y, en su relación dialógica con él, el hombre crea su monólogo. Ese innato pavor a despeñarse en la página es justamente, para el caso Campanioni, su cómplice sustento. Los ciento treinta y dos textos que aparecen foliados en este, su primer poemario, ocupan cuatro zonas o raciones —¿a ración por cada década inédita?— contentivas de confesiones forever, cascabeles y en caso de accidente, el ADN necesario para la cartografía del poeta y sus receptáculos —un grupo de poemas inéditos— que, remisos del andamiaje literario a la usanza de nuestros días, generan la cronología de este hombrecomún, poetainsólito sancristobaleño. Negado o remiso, Campanioni descree de los sujetos líricos y sus poemas trasuntan el timbre autobiográfico, por y para la cotidianidad, y otras cuestiones de la canasta familiar que nos proponen estas criaturas, libro y autor. Pronunciándose.

El primer número del Caimán dio a conocer el manifiesto “Nos pronunciamos”


El Caimán Barbudo surgió en marzo de 1966 como suplemento mensual de cultura publicado por el diario Juventud Rebelde, según rezaba en sus primeros números, pero pronto comenzó a tomar una estatura independiente. Su publicación se convirtió en un acontecimiento cultural en el país, pues, hasta entonces, los más jóvenes escritores sólo tenían un espacio en la editorial El puente, dirigida por el poeta José Mario (José Mario Rodríguez).

El primer director de El Caimán Barbudo fue el escritor y cineasta Jesús Díaz, y contaba con un consejo de redacción integrado por Juan Ayús (a la vez responsable del diseño gráfico), Elsa Claro, Mariano Rodríguez Herrera, Guillermo Rodríguez Rivera y José Luis Posada (encargado de las ilustraciones), quien sugirió, en medio de un debate del colectivo, el nombre de la revista y creó su logotipo.

El primer número dio a conocer el manifiesto “Nos pronunciamos”, firmado por los jóvenes poetas de entonces Orlando Aloma, Sigifredo Álvarez Conesa, Iván Gerardo Campanioni, Víctor Casaus, Félix Contreras, Froilán Escobar, Félix Guerra, Rolen Hernández, Luis Rogelio Nogueras, Wichy, Helio Orovio, Guillermo Rodríguez Rivera y José Yanes, que fue interpretado como la declaración literaria y ética de una nueva generación de escritores surgidos con la Revolución. El texto desató una polémica —otra más— en medio del clima de debate estético y político característico de los años sesenta. A este grupo generacional se le denominó posteriormente “la generación de El Caimán Barbudo”.

La revista ha pasado por distintos períodos de orientación estética e ideológica de acuerdo con las tendencias dominantes en la política cultural de la sociedad cubana. También su frecuencia ha variado, llegó incluso a desaparecer en 1990 debido a la crisis económica y financiera de entonces y a la escasez de insumos para su publicación. En aquel momento, se hizo énfasis en las tertulias y presentaciones como forma de paliar su desaparición impresa.

Creadores como el poeta Rolando Díaz, el escritor Luis Rogelio Nogueras (“wichy-nogueras”), la escritora Elsa Claro, el crítico de arte Alejandro G. Alonso, el cineasta Daniel Díaz Torres, la poetisa Excilia Saldaña, el poeta y crítico Eduardo López Morales, el narrador Eduardo Heras, el periodista y narrador Enrique Cirules y la poetisa Lina de Feria, entre otros, formaron parte del equipo de realización en diferentes momentos.

Como se desprende de la nómina anterior, El Caimán Barbudo no fue sólo un espacio para la literatura, sino que, desde sus inicios, surgió como un lugar de encuentro de jóvenes que dejaban su impronta en manifestaciones diversas del arte e intentó abarcar todos los campos del quehacer cultural en Cuba y en Latinoamérica: política, sociología, música, artes plásticas, arquitectura, teatro, cine. Sus páginas han difundido las nuevas ideas que en esos campos de la cultura han surgido al calor de la época convulsa que vive el continente. La revista tampoco acogía sólo la obra de bisoños artistas cubanos, sino que publicaba también la creación de escritores y artistas de generaciones anteriores con el propósito de orientar la formación de los más jóvenes. Prestaron su colaboración, en distintas ocasiones, reconocidas figuras de la literatura cubana y latinoamericana como Fina García Marruz, Raúl Roa García, José Antonio Portuondo, Raúl Aparicio, Nicolás Guillén, Eliseo Diego,  Julio Le Riverend Brussone, Félix Pita Rodríguez, Fayad Jamís, y el uruguayo Mario Benedetti, el haitiano René Depestre y el salvadoreño Roque Dalton, entre otros.

La revista promovió concursos, tertulias, debates, conciertos, exposiciones de artes visuales, recitales, que enriquecían el mundo cultural habanero. Baste recordar que el primer concierto público de Silvio Rodríguez fue en la sede de la publicación, lo cual fue una concreción de las simpatías de los integrantes de El Caimán… con la Nueva Canción Cubana y con el movimiento de la Canción Protesta latinoamericana. El Caimán Barbudo se convirtió rápidamente en una institución cultural.

La revista llegó a contar con una impresión mensual de casi 80 000 ejemplares. Recuperada después del colapso de 1990, durante el llamado “Período Especial” la frecuencia de salida, así como la tirada, sufrieron transformaciones, hasta que apareció el formato actual de ediciones bimensuales, cada una de ellas con 20 000 ejemplares.

Sus secciones acogen noticias del acontecer cultural, la crítica literaria, musical y de las artes plásticas en distintas secciones. Una de las más notables ha sido “La cuerda floja”, dedicada al debate en torno al rock como expresión musical de esta época; otra de ellas es “Por primera vez”, donde se publica a los autores jóvenes inéditos, y “Los raros”, espacio que promueve el conocimiento de relevantes autores extranjeros ignorados o poco valorados por los circuitos promocionales.

En la actualidad, El Caimán Barbudo también se publica en formato digital.

NOS PRONUNCIAMOS

No es el azar lo que nos reúne. La Revolución no llegó a nosotros como a gente formada a su margen: trece años de nuestra vida —sin duda los más importantes— han sido los años de la Revolución combatiente y vencedora. No podemos ser, pues, gente presta o negada a adecuar su voz a la Revolución. Con ella nos hemos formado —nos estamos formando—, sin ella no podríamos explicarnos.

Estamos inscritos en la tradición cultural de un país subdesarrollado. La historia de Cuba ha sido hasta hoy, la historia de su camino hacia su realización como nación, hacia su desarrollo, hacia su autenticidad cultural. Cuba es todavía un país subdesarrollado pero es ya un país victorioso. Hoy sabemos que el camino al comunismo es el camino al desarrollo y la autenticidad cultural. La cultura de Cuba se salvará con Cuba, el desarrollo del país es el desarrollo de su cultura.

Esa lucha que libra nuestro pueblo —que es también la única posibilidad de liberación del hombre— es nuestra lucha.

No pretendemos hacer poesía a la Revolución. Queremos hacer poesía de, desde, por la Revolución.

Una literatura revolucionaria no puede ser apologética. Existen, existirán siempre, conflictos sociales: una literatura revolucionaria tiene que enfrentar esos conflictos.

No renunciamos a los llamados temas no sociales porque no creemos en temas no sociales. El amor, el conflicto del hombre con la muerte, son circunstancias que afectan a todos, como es íntimo, personal, el auténtico fervor revolucionario.

No creemos que exista hoy una crisis de la poesía. Existe, sí, la crisis de una concepción de la poesía.

Nos pronunciamos por la integración del habla cubana a la poesía.

Consideramos que en los textos de nuestra música popular y folklórica hay posibilidades poéticas.

Consideramos que toda palabra cabe en la poesía, sea carajo o corazón.

Consideramos que todo tema cabe en la poesía.

Rechazamos la mala poesía que trata de justificarse con denotaciones revolucionarias, repetidora de fórmulas pobres y gastadas: el poeta es un creador o no es nada.

Rechazamos la mala poesía que trata de ampararse en palabras “poéticas”, que se impregna de una metafísica de segunda mano para situar al hombre fuera de sus circunstancias: la poesía es un testimonio terrible y alegre y triste y esperanzado de nuestra permanencia en el mundo, con los hombres, entre los hombres, por los hombres, o no es nada.

Orlando Aloma, Sigifredo Álvarez Conesa, Iván Gerardo Campanioni, Víctor Casaus, Félix Contreras, Froilán Escobar, Félix Guerra, Rolen Hernández, Luis Rogelio Nogueras, Helio Orovio, Guillermo Rodríguez Rivera, José Yanes.

 

Fuente: El Caimán Barbudo

Guillermo Rodríguez Rivera: Premio Ensayo 2011 Revista “El Caimán Barbudo”


GUILLERMO RODRÍGUEZ RIVERA obtiene PREMIO de ENSAYO de la revista “El Caimán Barbudo”

La apertura de la plica de los ganadores del concurso “45 años con El Caimán Barbudo” trajo consigo la sorpresa de que uno de los poetas firmantes en 1966 de “Nos pronunciamos”, manifiesto fundacional de la emblemática revista, fuese el autor del ensayo “La juventud de un caimán”, escogido por el Jurado como Premio en la categoría “Pensar la historia del Caimán”.

El jurado que estuvo integrado por el Doctor en Ciencias Históricas y también ensayista Félix Julio Alfonso López; por el escritor y editor de La Letra del Escriba, Daniel Díaz Mantilla; y el jefe de redacción de El Caimán Barbudo, Rafael Grillo, en calidad de representante de la revista; apreció en la obra entregada por el reconocido profesor universitario y autor de sustanciales ensayos como Nosotros los cubanos, su “componente testimonial”, la “franqueza y lucidez” con la que “arroja luz sobre algunos de los fundadores y las polémicas” en que estuvo envuelto el Caimán en su primera época.

Convocado de manera especial en 2011, a manera de homenaje por el arribo a las cuatro décadas y un lustro de vida de esta revista de importancia significativa por su diálogo constante con la realidad cultural del país y la labor promocional de las nuevas generaciones de artistas y escritores cubanos, el concurso incluía en sus bases a otra categoría titulada “Explorando en la joven creación”.