Discurso de Eliseo Diego en la entrega del Premio Juan Rulfo, 1993, Guadalajara, México


Queridos amigos y amigas,
Hermanos y hermanas de México.

Hacia el crepúsculo de nuestras vidas comienzan a acompañarnos los recuerdos, como breves ráfagas consoladoras, soplos de dichas quizá. A veces son amargos, y nos reprochan desde el fondo de los años. Aun así, la distancia los amansa un poco, y todo queda como en sordina.

Pero de pronto irrumpe algo que nos desgarra la costumbre de vivir. Puede ser una explosión de la dicha, ¿cómo me ha sucedido a mí? Bienvenida sea, digo, porque ha roto mi costra de viejo. Sólo los jóvenes tienen el coraje de enfrentarse a la dicha.

Doy gracias, entonces, al pueblo de México que ha tenido la generosidad de establecer el que es hoy el más alto y prestigioso premio de culto de la América nuestra. Gracias, hermanos y hermanas de México, les digo, porque los quiero tanto como los admiro, y les guardo una enorme deuda de gratitud por haber estado siempre junto a la pequeña Cuba en sus momentos de mayor peligro.

¿Cederé ahora a la satisfactoria hipocresía retórica de preguntarme por qué me han escogido ustedes para recibir esta distinción? No lo haré porque sé muy bien que se trata de un reconocimiento al trabajo hecho durante años, si no con brillantez, al menos, sí, con cuidado y respeto hacia ese otro sin el cual ninguna obra de arte alcanza su integridad: me refiero, claro, al lector o espectador cuya compañía todos secretamente deseamos —o con toda franqueza anhelamos, como es el caso mío—. Más aún, creo que es un reconocimiento a la actitud que siempre he asumido ante lo que mi entrañable amigo Cintio Vitier llamó en su primer libro de ensayos “experiencia de la poesía”.

¿Qué es tan extraña experiencia, me pregunto, de la que no he podido escapar ni siquiera en esta vejez que me abruma? Pues que alguno de los que me escuchen piensen para sí con encomiable cortesía: “Bien que lo sabe, puesto que está aquí gracias a ella”. Lo cual sin duda es cierto. Pero, ¿quién podría afirmar que sabe a ciencia cierta quién es cualquiera de las ellas de este mundo? Gustavo Adolfo Bécquer le dijo cierta vez a una que bien linda sería: “¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú”. Lo cual no es una respuesta “cursi” para halago de abuelitas, sino para el proyecto adorable que una vez fueron, para la muchacha eterna que una y otra vez vuelve, siempre ella, misterio siempre.

Cuando uno echa la vista atrás sobre aquellos misterios que de verdad le importan, encuentra, junto al que alguna vez llamé “el misterio solar de las muchachas”, esos otros más pequeños aún, y tan insondables como ellas, que son los libros que amamos. Cuento entre éstos a La isla del tesoro y El gran Maulnes, a Gaspar de la noche, a los que puedo volver de tarde en tarde, con idéntica sorpresa, tan pronto el olvido cumple alguna de sus pocas agradables funciones. Pero hay unos cuantos que leen de una sola vez para siempre. Así, por ejemplo, uno que lleva el engañoso título de Yo y tú, y fue escrito por el filósofo hebreo Martín Buber.

Para Martín Buber, “Tú” es sencillamente el Universo entero. La única manera de vivir de veras es enfrentándolo como a un Tú dialogado con él, implorándole respuestas. De forma que la frágil, encantadora criatura a quien Bécquer llamó “Tú” era, o mejor, es, nada menos que el Universo.

Dice Martín Buber al inicio de su libro:

La actitud del hombre es doble en conformidad con la cualidad de las palabras fundamentales que pronuncia.
Una de esas palabras primordiales es el par de vocablos Yo-Tú.
“La otra palabra primordial es el par Yo-Ello”.

Y más adelante añade:

“Considero un árbol.
[…] puede ocurrir que a favor de la voluntad y la gracia, al considerar ese árbol yo sea conducido a entrar en relación con él. Entonces el árbol deja de ser un Ello.
[…] quien se hace presente en mí no es el alma ni la díada del árbol, sino el árbol mismo”.

Sea a la sombra de este árbol que se produzca el encuentro entre Yo y Martín Buber, para seguir el orden de su “palabra primordial”. Sólo me atrevería a esclarecer un punto en cuanto al árbol mismo, que según sus propias palabras, “quien se hace presente en mí”.Sea a la sombra de este árbol que se produzca el encuentro entre Yo y Martín Buber, para seguir el orden de su “palabra primordial”. Sólo me atrevería a esclarecer un punto en cuanto al árbol mismo, que según sus propias palabras, “quien se hace presente en mí”.

Tal es, a mi modo de ver, el origen del proceso mismo de toda creación artística.

“Puesto que se hace presente en mí”, es que he aprendido su ser, que es a la vez su existir ahora. Él es el que es dentro de mí, y semejante conocimiento no me dejará en paz hasta que lo transmita a otro.

He aquí por lo que he trabajado con paciencia y esmero toda mi vida, para que nada se pierda del árbol, que ese otro pueda “entrar en relación con él” haciéndolo a su vez suyo, re-creando mi experiencia. La materia es la más huidiza de todas: la palabra humana. Es mucho más difícil trasladar el árbol de la realidad a la palabra, que de la realidad al lienzo; por ejemplo, Ruysdael pintó árboles, cada uno de cuales erigió frente a él, y en él, su realidad corporal, tuvo que ver con él. Es difícil trasladar el árbol de su realidad a la palabra, sí, pero no imposible, siempre que esté uno atento a la oculta presencia del otro.

Después del punto que puso fin al párrafo anterior, ocurrió una intervención de la providencia. Un amigo, más, un hermano de mis tiempos de estudiante, puso en mis manos la edición crítica que hiciera la UNESCO de la obra de Juan Rulfo. Como si fuera poco, me señaló justamente lo que necesitaba yo tanto: la intervención de Rulfo ante los estudiantes de la Universidad de Caracas.

Allí está Juan Rulfo en persona, Juan Rulfo vivo, tal como yo lo había intuido, aunque nunca tuve el privilegio de estrecharle su mano. Taciturno, ensimismado, tímido, riendo a hurtadillas de todo y ante todo, en sí mismo. Gabriel García Márquez compara a la de leer Kafka la experiencia de leer a Rulfo, y con cuánta improvista razón, me parece. Kafka y Rulfo comparten la increíble facultad del poder sonreír ante el terror de estar vivo. Pero no es su mirada sobre el horno de la creación lo que me interesa ahora subrayar. Por otra parte siempre prefirió hacer que reflexionar, y para acercarnos a su actitud ante estas cuestiones tremendas no quedaría otro camino que volver a los blancos, escuetos, hirientes huesos deEl llano en llamas y Pedro Páramo. Ésas son sus únicas, terribles respuestas.

Se trata de una cuestión más a nuestro balance y que se limita sólo al oficio de escribir. Dice Juan Rulfo a los estudiantes de Caracas, con sobrecogedora humildad: “Soy partidario de los libros pequeños y también creo que hay muchas personas que ven un libro gordo y les da flojera leerlo; en cambio, un libro chiquito se lee en un rato… también la intención fue —porque no le corté las páginas así, arbitrariamente, no, no fui arrancándolas y tirándolas— fue quitando las explicaciones (pero fui dejando algunos hilos colgando para que el lector me… pues, cooperara con el autor en la lectura…) Siempre, hay una participación muy cercana del lector con el libro, y él se toma la libertad de ponerle lo que falta. Eso a mí me gusta mucho”.

Poco antes de que Rulfo interviniese en nuestra plática —”plática”, esa palabra que los mexicanos usan con tanta naturalidad, y nosotros sólo a regañadientes, como quien muestra una joya del idioma—, poco antes de que él interviniese, decía yo que es difícil pero no imposible trasladar en todo una cosa a la palabra siempre que esté uno atento “a la oculta presencia del otro”. Es lo que Rulfo llama “la participación del lector”. Y aquí donde se precisa el más exquisito equilibrio para que “el lector ponga lo que falta”, re-cree su propio poema a partir del que está en la página: si damos de menos, nada podrá hacer; si damos de más, nada le dejamos por hacer. Cada poema debe abrigar, me parece, varios significados legítimos, para otras tantas recreaciones verdaderas. Y aquí está la razón —dicho ahora con enorme humildad— de la utilidad del arte. Lo que importa por tanto es el poema, para cuyo ser significan tanto los demás como nosotros.

Y así llegamos al problemático abismo del Yo. No es éste el primer término de la palabra primordial de Buber, sino el tristemente célebre Ego. ¿Qué hacemos con él? Es muy capaz de devorar a su pareja, el Tú, si llega a engrandecerse. En tal caso, nada habrá en la página sino un inmenso Yo, ante el cual él mismo se prosternará como un ídolo. Un enorme Yo en toda la página, es decir, nada, cuando se pasen en serio las cuentas.

Hay grandes poetas —reconozco, al fin, que hay tallas en la poesía como género literario— que son capaces de difuminar el Yo, dejarlo en puro velo semántico. Por ejemplo, dice el maestro Rubén Darío en cierto verso memorable:

Yo soy aquél que ayer no más decía….

Y nos enseña cómo ir del yo brutal, y el verbo en absoluto presente, a la primera distancia del pronombre (“aquél”), y luego, por el ayer ya en sí mismo remoto, a la imprecisa, vaga, desolada, irrecuperable lejanía del verbo en el tiempo de la distancia, el misterioso “imperfecto” del español:

Yo soy aquél que ayer no más decía…

Una última consideración que me parece indispensable. Cada poeta tiene su propia “poética”, y es bueno que así sea, pues si no, terminarían las sorpresas, y con ellas la poesía misma; la mía es muy simple: uno escribe porque tiene necesidad de hacerlo, y lee porque le falta algo. ¿Qué nos falta? Quién sabe. Cada cual debe hallar su propia respuesta. Pero el principio es válido también para el oficio de escribir. Lo que en una obra es necesario, vale; lo que no, sobra y debemos sacrificarlo sin vacilar. Se trata de algo difícil y sin duda doloroso. Por ahí nos viene el rumor de Juan Rulfo diciéndonos: “No le corté las páginas así, arbitrariamente, no, no fui arrancándolas y tirándolas, fui quitando las explicaciones…” Ya que escribir no es un placer, sino un trabajo. “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, está escrito en el libro del Génesis. ¿Y acaso los escribas estamos exentos de sudor y lágrimas?

Amigos y amigas de México, ustedes me han concedido un premio que es para mí un orgullo por el nombre que lleva.

Nunca conocí en persona a Juan Rulfo. Quizá si nos hubiéramos encontrado en alguna de las recatadas mesas que solía ocupar en los cafés, nos habríamos pasado la tarde tomando en silencio no sé qué. Él fue un hombre taciturno: yo también lo soy. Pero es precisamente la austeridad de su silencio lo que admiro.

Sería absurdo suponer que Juan Rulfo carecería del genio y el dominio del oficio que le habrían permitido escribir diez o quince libros más de excelente factura. Imaginemos lo que le habrían significado en prestigio y fortuna. Pero Juan Rulfo no lo hizo. Se limitó a escribir dos libros. Aquéllos dos que tuvo necesidad de escribir. Semejante austeridad es la que me asombra.

“Me preguntan mucho por qué no escribo: pues porque se me murió el tío Celerino, que era el que me platicaba todo…”, “… y bueno, pues no tengo quién me cuente nada…” ¿Puede la imaginación concebir tanta sencilla sabiduría, como de hombres de campo? Y qué decir de la sonrisa que acompaña a estas palabras. Es la misma sonrisa de don Miguel de Cervantes, sólo que don Miguel, cuando se le murió su tío Cide Hamete, se empeñó en seguir contando por su cuenta, con los resultados que sabemos.

Siempre he sostenido esta absurda tesis: si yo pusiera en una balanza El gran Maulnessobre un platillo, y sobre el otro todas las obras de Marcel Proust, la balanza se mantendría al fiel. Porque, pienso yo, la intensidad tiene un peso que equilibra a la calidad y extensión. Así, los dos libros “chiquitos” de Juan Rulfo equivalen a la obra más extensa de otros novelistas de su misma talla, por decirlo de algún modo.

Y ya no más, sino el tiempo preciso para hacerles una petición sentimental, a la que tengo derecho por mi condición de latinoamericano. Cosa que soy de los pies a la cabeza.

Hay dos lugares cruciales en la vida de un hombre. El lugar donde nace y aquél en que debe esperar a que le caiga encima toda la enormidad del tiempo. Nací yo en Cuba, y en Cuba desearía acabar. Pero si por azar me tocase hacerlo en esta tierra de México a la que tanto amo por tantas razones, ponedme, hermanos y hermanas, cerca de donde esté Juan Rulfo. Porque él, que sabía mucho de estas cosas, afirma que los muertos cuando están solos platican muy a gusto entre ellos y cuentan cosas, se cuentan unos a otros sus historias. Debe ser muy interesante vivir dentro de un cementerio y oír cómo los muertos “se cuentan sus cosas, sus penas, sus alegrías, todo”.

Sí, queridos hermanos y hermanas, pónganme ustedes cerca, no más que cerca, de dónde estén Juan Rulfo y su tío Celerino. Para esperar juntos el fin de las historias —de todas las historias—. Entre tanto, hombre precavido que soy, he escrito de mi propio puño y letra el necesario testamento. Quizá algún benévolo jurisconsulto que me escuche atrape algún otro giro protocolar en estas palabras de última voluntad, pues entiendo que existe un lenguaje universal para estas cosas.

Con permiso de ustedes, entonces, procederé a leer mi

Testamento

Habiendo llegado al tiempo en que
La penumbra ya no me consuela más
Y me apocan los prestigios pequeños;
Habiendo llegado a este tiempo;
Y como las heces del café
Abren de pronto ahora para mí
Sus redondas bocas amargas;
Habiendo llegado a este tiempo;
Y perdida ya toda esperanza de
Algún merecido ascenso, de
Ver el manar sereno de la sombra;
Y no poseyendo más que este tiempo;
No poseyendo más, en fin,
Que mi memoria de las noches y
Su vibrante delicadeza enorme;
No poseyendo más
Entre cielo y tierra que
Mi memoria, que este tiempo;
Decido hacer mi testamento.
Es
Éste: les dejo
El tiempo, todo el tiempo.