Materia de poesía


Qué importan los versos que escribiré después
ahora
cierra los ojos y bésame
carne de madrigal
deja que palpe el relámpago de tus piernas
para cuando tenga que evocarlas en el papel
cruza entera por mi garganta

entrégame tus gritos voraces
tus sueños carniceros

Qué importan los versos donde fluirás intacta
cuando partas
ahora dame la húmeda certeza de que estamos vivos
ahora
posa intensamente desnuda
para el madrigal donde sin falta
florecerás mañana

 

Luis Rogelio Nogueras

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Receta de amor


RECETA DE AMOR

Tómese un par de corazones,
2 corazones grandes y completos.
2 corazones donde quepan la ternura, la cólera,
la alegría, el dolor, el error,
la pasión más absolutamente desmedida
y todo el desconcierto.
(Parecerá, a primera vista, que se podría prescindir
de algunos de los ingredientes; pero una vez que se
pruebe
el resultado, se advertirá que no hay nada superfluo.)

Mézclense bien;
añádase a los corazones -claro está-
cualquier otra porción decisiva de sus dueños
y póngase a hervir en su propia sangre
sobre un fuego muy lento.
Si los corazones son de primera clase como se recomienda,
resultan francamente innecesarias las especias, pero si
se desea
puede añadirse un pizca de cerveza, una canción o un
verso
después de que la sangre esté caliente.

El tiempo de cocción es muy variable, por eso
el guiso ha de probarse repetidas veces.
Sírvase en raciones grandes pero diseminadas
y cómase de manera despaciosa, lujuriosa, reflexiva e
intensa.
No se requieren peculiarmente favorables condiciones
de ambiente;
al revés, este plato exquisito, caprichoso,
cuece mejor si arde la llama
en dirección opuesta a la del viento.
Protéjase, eso sí, de las miradas de la gente.
Si sus propósitos son otros, sencillamente, espere:
la receta de matrimonio se publica
la semana siguiente.

GUILLERMO RODRÍGUEZ RIVERA (Santiago de Cuba, 1943)

XXIV Premio Literario Luis Rogelio Nogueras 2012


Se entrega hoy el XXIV Premio Literario Luis Rogelio Nogueras 2012

Este sábado 17, en la librería Centro Cultural Habana, San Rafael, entre Águila y Galiano, a las 4:00 de la tarde, se entregará el Premio Literario Luis Rogelio Nogueras.

Organizado por el Centro Provincial del Libro y la Literatura de La Habana el concurso se premia cada 17 de noviembre, día del nacimiento de Luis Rogelio Nogueras, quien este año cumpliría su 68 aniversario.

La jornada está contemplada en las proyecciones del área de trabajo sociocultural y la premiación se convierte cada año en una fiesta de celebración a Wichy, quién es considerado entre los autores representativos de la capital.

El concurso que cada año convoca a un género literario diferente, en esta edición estuvo dedicado a cuento para lo que se presentaron más de cuarenta libros que fueron analizados por un prestigioso jurado.

Este día se hará entrega por primera vez la Distinción Cisne Salvaje, dedicada a destacar el trabajo de escritores, intelectuales, promotores culturales, creativos, con una trayectoria destacada en la promoción del libro, la literatura y sus autores. En esta primera edición, esta distinción la recibirá la poeta y promotora Lisette Clavelo.

Lissete Clavelo

Ama al cisne salvaje

ama tus ojos que pueden ver,
tu mente que puede oír
la música el trueno de las alas,
ama al cisne salvaje.

Robinson Jeffers

No intentes posar tus manos sobre su inocente
cuello (hasta la más suave caricia le parecería el
brutal manejo del verdugo).
No intentes susurrarle tu amor o tus penas
(tu voz lo asustaría como un trueno en mitad de la noche).

Confórmate con su salvaje lejanía
con su ajena belleza
(si vuelve la cabeza escóndete entre la hierba).
No rompas el hechizo de esta tarde de verano.
Trágate tu amor imposible.
Ámalo libre.
Ama el modo en que ignora que existes.
Ama al cisne salvaje.

Mensaje


Poema de Wichy publicado en el libro “Imitación de la vida”

Para Eduardo Galeano y Helena y Verónica, y la bella
muchacha cuyo nombre no recuerdo y también  —por qué no—
para Pepa Lumpen

Cuando anochece
tarde temprano
cuando hay algunas
pocas muchas
sombras sobre las revueltas aguas del alma
y en alguna parte aúlla hambrienta la ira con la máscara de
la desesperanza
y por un rato se aquietan los dedos
(esos dedos que hay veces también de locura en locura
de fondo en fondo van a entibiarse en los cabellos del sueño
o palpan la cuchilla de luz que entra por la ventana
para finalmente agonizar como un símbolo fácil sobre las babas del polvo)
entonces
hunde el escriba su vida y obra
en un suéter
se cubre de los ciegos astros con una gorra de lona
y se va a cojear sus penas por la gruesa
indiferente helada muerta
arena de una playa española
rumiando las delgadísimas lágrimas que atesora para mañana
haciéndose trampas a sí mismo con las viejas cartas marcadas del ayer
Y si hay un poco de viento y vítreo ron en la sangre mejor
para no ver el asmático pecho del mediterráneo
Para no oír sus jadeos de moribundo
para llorar con él por sus fantasmas y su pureza envenenada
(igual lloraría el escriba a sus muertos empujados al muere a sus vivos sin sepultura)
Y si aparece don Pancho algo le dice que el escriba no está hoy
para mujeres emparedadas
ni mucho menos para reír de aquella francesa que leía una novela
mientras él bufaba tratando de hacerle el amor
Y don Pancho se marcha con ralenti en un largo primer plano
para desaparecer (menos mal que no para siempre)
llevándose su horno crematorio
con el que habremos de limpiar algún día al mundo de ancianos
pero acaso también de niños porque todos somos al cabo culpables

Y el escriba sigue su paseo inmóvil
hasta que se amansan un poco las revueltas aguas de su alma
y los dedos vuelven a pedir pan de palabras
y entonces loco hermoso vivo y felizmente un poco muerto de coraje también
el escriba regresa a sus papeles
echa en un rincón la gorra se desnuda del suéter
y hunde con furia las uñas en esa cuartilla desesperada
tañe palabras que harán palidecer a los espías
muerde esos vocablos duros desconocidos refulgentes
con los que también se venga (desde cerca)
todo el amor cortado y sus raíces
toda la belleza mancillada de nuestros rotos
todos los escupitajos al rostro del coraje
las venas abiertas de América Latina
los gritos de una niña violada una noche por gringos borrachos
en la verde maleza envilecida

Barcelona-La Habana, junio de 1980

Wichy Nogueras y Eliseo Diego: más que una entrevista, una larga conversación


Cuando Wichy venía, papá y él se encerraban en el escritorio y yo escuchaba sus risas de niños traviesos. Josefina de Diego.

Vamos a hablar un poco de En la Calzada de Jesús del Monte. ¿Por qué el título?

Pues… sencillamente porque antes se llamaba así, o así la llamaba el pueblo: hasta los orondos tranvías los proclamaban en sus letreros de colorines: Vedado-Jesús del Monte, por ejemplo… Además, era el tránsito obligado desde mi inocente jardín de Arroyo Naranjo al católico tumulto de la ciudad. El nombre originario, como sabes, es puramente accidental: en el monte donde está hoy la iglesia que aparece en el libro, hubo, en el siglo XIX una capilla dedicada a Jesús: no sé si será la misma pero la podrás ver en un viejo grabado que Bellita se las arregló para regalarme y que tengo en mi estudio. Por otra parte, hay en ese antiguo nombre de la Calzada una para mí oculta relación con uno de los más imponentes pasajes del que es –si no otra cosa– uno de los más bellos poemas del mundo: el pasaje de La tentación de Jesús del Monte. Si añades la vieja tradición según la cual a la raíz del verbo construir está el nombre de Caín–«el constructor de ciudades»–, verás el valor simbólico que oscuramente tenía para mí la Calzada como vía, paso o camino de uno a otro estado (vida, en suma).

¿Cómo se explica usted que ese libro haya despertado entre los jóvenes, casi veinte años después de su publicación, ese justo entusiasmo?

Yo no lo sé, Luis Rogelio, aunque nada podría alegrarme más. ¿Será que intuyen que lo escribí desde y en la poesía, y por tanto, para ellos? Otros libros hay cuyos autores los escriben –y muy bien, por cierto– desde ellos y con ellos y así hacen un rato mucho ruido. Pero como su interés está muy circunscrito, pronto se agota. Me importa mucho más que el libro sea útil a los jóvenes de mi país, que toda la posible fama de este mundo.

¿Ese libro sufrió acaso algún proceso, digamos, de depuración? ¿Lo concibió usted como un todo o, por el contrario, es un libro hecho sin un plan previo?

Lo concebí como un todo: quise que fuera como un solo poema.

Se ha insistido –Vitier– en el trasfondo de la melancólica añoranza de un mundo ya perdido (¿el de la “bella época” cubana de principios de siglo?) que hay en el libro. ¿Está usted de acuerdo? ¿Qué añoraba usted al escribirlo? ¿Su infancia? ¿Una forma de ser de lo cubano perdida durante la seudo-república?

Justamente lo que sugieres: añoraba un modo de ser de lo cubano que se perdía cada vez más ante mis propios ojos.

¿A qué poeta cree usted que le debe más En la Calzada…?

Algo al Borges-poeta de aquellos años, de quien aprendí que la poesía estaba también en los barrios y no solo en los tronos y dominaciones de la inteligencia; pero más a Don Francisco de Quevedo, que me enseñó a buscar la poesía en el ritmo, en la fuerza energética del idioma, en la palabra del hombre, en el discurso tomado en el sentido trágico; y a César Vallejo, de que es el corazón el que impulsa a la palabra.

En la época en que apareció publicado el libro En la Calzada… ¿recibió usted algún elogio (o crítica), aparte, naturalmente, de la de sus amigos?

Mi querido Luis Rogelio, la respuesta no puede ser más significativa por tan breve: ninguno.

En la dedicatoria de En la Calzada… usted “ofrenda” el libro a la amistad, a la conversación. También a la conversación (¿al acto de atender?) dedica usted Por los extraños pueblos. En uno de los poemas más bellos que haya un cubano escrito, usted afirma que un poema no es más que una conversación en voz baja. ¿Por qué esa similitud poesía-conversación?

En cuanto a lo primero, porque siempre he creído –aunque se me incluyese dentro de un “algo” nombrado “trascendentalismo”– que la poesía solo se alcanza a través de ese acto de suprema tensión del ser, que yo llamo atender, en que uno toca el sentido oculto en uno de los misterios –criatura, cosa, acto– de la realidad y, con tanto cuidado como si se pasara un pichón de un nido a otro más seguro, lo traslada vivo a la sustancia del idioma. Ahora bien, ¿para qué tomarse estos infinitos trabajos si no es para comunicar el maravilloso hallazgo a otro, que debe re-crear, a través de la palabra, lo que está tan oculto en ella como lo estaba en la realidad, siendo este ocultamiento en esencia una verdadera iluminación? Pero a todo este enrevesado enredo yo le llamo simplemente atender y conversar: «una conversación en la penumbra».

¿Por qué ese título Por los extraños pueblos? Bueno, sé que usted puede remitirme al libro, porque el título de un libro se explica solo —lo sé— por todos sus poemas. No obstante ¿hay alguna razón especial?

¿Puedo contestarte con un poema? Lo escribí hace muy poco, este mismo año, y quizás sea la mejor respuesta. Aún no tiene título:

El lugar donde vivo no es el mío.
Quizás haya en Asturias una aldea
que se ajuste a mí bien, o quizás sea
un pueblito de Rusia, blanco y frío.
Tal vez porque de todo desconfío
por más que familiar siempre lo vea
no es que en mi propia palma yo no crea:
es que me extraña como el arce umbrío
que vi una vez y me volvió remoto
no de mi casa, sino tan adentro
de mí que fue el terror. Pues la belleza
será solo el fragmento de algo roto
que tuvo en cada sitio su áureo centro
y hoy es fuga y nostalgia y extrañeza.

¿Está ahora suficientemente claro, –oscuramente claro– por qué son extraños mis pueblos?

Siempre me ha intrigado que usted escriba décima. No es que yo desprecie las décimas (¡cómo iba a ser!), pero no es la décima, creo, una estructura apropiada para el ritmo de su poesía. ¿Está usted de acuerdo? Me imagino que no. ¿Por qué?

No te intrigará tanto si consideras que la décima es, tomada como una unidad y no como una estrofa más, es con el soneto, una de las dos formas cerradas que hoy por hoy “funcionan” en nuestro idioma. El desafío que impone una limitación —en pintura el marco del cuadro, por ejemplo— me parece uno de los mayores estímulos —y una de las más eficaces disciplinas— que pueden ayudar a un creador.

¿Prefiere usted En la Calzada… a Por los extraños pueblos? ¿Es una preferencia de inicio, o a posteriori?

No lo sé: creo que el segundo; pero me parecería una deslealtad, porque siento que el primero me quiere a mí más.

¿Escribió usted el libro de Boloña por puro “divertimento”?

Me parece que sí. Un “divertimento” es también cosa muy seria.

En alguna parte usted ha dicho (¿o me lo ha dicho a mí?) que se divirtió mucho escribiendo El muestrario del mundo… No me parece que sea usted un poeta que se divierta escribiendo (aunque supongo que, como buen admirador de Chesterton, querría serlo); por el contrario, me parece que para usted la creación es agonía. ¿Por qué, pues, se divirtió tanto con Don Boloña?

Tienes toda la razón: querría ser como Chesterton; pero en realidad toda creación verdadera es agónica en el sentido unamuniano —y tuvo que serlo así aun para el propio Chesterton, que era un verdadero y grande poeta. Pero en «El muestrario» hay un elemento de juego con la imagen del otro, una respuesta a un desafío hecho a través de un pequeño abismo de tiempo y así fue como una singular partida de ajedrez, que por una parte angustia, y por otra sonríe.

¿Por qué aceptó usted el reto que le hizo el muestrario de Don José Severino?

¿Qué sé yo? Don José Severino había alargado su reto entre la sombra de más de cien años, sin que nadie lo recogiera. Cintio, caballero a la vieja usanza de Don José, pensó que me aludía, y que era cuestión de honor, darle satisfacción cumplida. Ofreció servirme de padrino. Yo escogí las armas –según derecho viejo.

¿Cree usted que El libro de las maravillas… es, de algún modo, una parábola sobre el destino humano?

Sin duda, puesto que lo es el Muestrario de Don Severino. El original es fascinante: está en el Departamento de Colección Cubana de la Biblioteca José Martí. Dispuesto a jugar una segunda partida en cuanto aparezca un contrario. ¡Cómo me gustaría presenciar el nuevo encuentro!

¿Por qué razón no distribuyó, después de impreso, Por los extraños pueblos?

Lo publiqué porque sentía una urgencia de que tuviese cuerpo impreso; no lo distribuí porque aquel fue un año –1958– trágico y sangriento: fue como una tácita señal de duelo ante los ríos de sangre pura y joven con que se tropezaba uno con solo salir a la calle.

¿Hay algún poema de ese libro que usted prefiera? ¿Por qué? A mí personalmente «Bajo los astros» me parece uno de los textos más hermosos que usted ha escrito. ¿Es por casualidad que ese poema cierra el libro?

Como tú, prefiero «Bajo los astros». No es casual que cierre el libro: aquí en La Habana uno no tenía idea de lo cercana que estaba el alba de la Revolución y, además, yo había terminado realmente el libro dos o tres años antes —aunque estuve trabajando en él casi hasta el último momento, como siempre hago: quise que el libro terminase con ese acento desolado— reflejo de mi propio ánimo.

¿Le consuela saber que esos poemas vivirán más que los objetos, pueblos y “personas” (veremos después por qué las comillas) que lo habitan?

Sí, eso siempre consuela algo, Luis Rogelio…

Siempre he pensado que Por los extraños pueblos es un libro habitado por seres, que diría yo, fantasmales. Es un libro sobre un pueblo (¿un mundo?) muerto, o, lo que es lo mismo, olvidado. Me parece que en eso radica el secreto de esa melancólica tristeza que hay en el libro. ¿Qué piensa usted al respecto?

Es justamente el mundo que hubiera sido nuestra Isla de no haber ocurrido en la realidad el terrible y jubiloso estallido poético de la Revolución. Y recuerda que esto no es para mí una frase: para mí están primero las infinitas posibilidades de lo real como orden poético, y luego su encarnación en la palabra.

¿Qué criterio de selección siguió en Nombrar las cosas? ¿Por qué el título?

Criterio de selección, en realidad, ninguno: el volumen abarca los libros de poemas publicados hasta aquella fecha (claro que el Muestrario no está completo por razón de los grabados), más algunos textos aparecidos en revistas, estos últimos forman parte de otros libros que trabajaba y trabajo. El título, que me parece el mejor posible, se lo debo a Otto Fernández; me salvó del escogido por mí, un tanto fúnebre, sin duda, que prefiero no recordar.

En alguna parte, usted ha dicho (creo que en una carta a Tentori) que le parecía acertado el título de El oscuro esplendor para la edición de sus poemas en italiano. Sospecho que ese es el título que más le gusta de cuantos usted ha creado (me refiero al título, no al libro). Si acierto, ¿por qué?

Tu sospecha es muy certera. Es el título que más me satisface. Creo que atrapa lo que es para mí el objeto de la poesía: la realidad viviente. (Además, creo que el librito es también el que prefiero; pero no estoy seguro).

En El oscuro esplendor paréceme descubrir, en algunos textos, algo así como una “poética”. Es probablemente, el libro donde más explícitamente habla de lo que es para usted la poesía. Pero, ¿qué es para usted la poesía?

Si lo supiera, seguramente, dejaría de escribir.

 

La poesía sacudirá al mundo mediante un festival en 40 países


Por: Mónica Mateos-Vega

En mayo, el mundo se sacudirá con poesía durante la sexta edición del Festival Internacional de Poesía: Palabra en el Mundo, el cual se desarrollará en 40 países.

El encuentro nació hace más de un lustro en apoyo al Festival Internacional de Poesía de La Habana, Cuba. La idea original era difundir ese acto y organizar lecturas con poetas que no pudieran asistir a la isla.

De manera paulatina, el entusiasmo de los participantes logró cosas “insólitas”, afirman los organizadores: lecturas de poesía en una cárcel, en parques, plantaciones, envío de poemas por Internet, por celular, lecturas en hospitales, escuelas, coloquios en universidades, lecturas en la montaña, en idiomas nativos, en autobuses. Cientos de poetas apostando por la palabra, la paz, la vida.

“La meta es cubrir todos los espacios para leer y hacer poesía”, señala Tito Alvarado, poeta, ensayista, periodista, conferencista, promotor cultural, “organizador de sueños posibles y, sobre todo, defensor de causas perdidas”, como lo reconocen sus colegas.

Más de dos mil actividades

Con el apoyo, en un principio, del también poeta y periodista argentino Gabriel Impaglione, Alvarado, quien es presidente del Proyecto Cultural SUR, consiguió multiplicar las voces participantes y las miradas espectadoras del Festival Internacional de Poesía: Palabra en el Mundo.

Este año, del 10 al 22 de mayo, el encuentro “avanza en cantidad, calidad y en lugares donde se realizarán las acciones, las cuales serán más de 2 mil. Enfrentamos esta sexta edición con mayor confianza en que la poesía es mucho más que palabras, en que sí puede movilizar la conciencia, el canto, la voluntad, para hacer de la Tierra un planeta donde las guerras sean algo imposible”, añade en entrevista con La Jornada.

Detalla que la próxima primavera se logrará un encuentro “en verdad internacional, pero que no tiene la repercusión o la bombástica de otros festivales. Nuestro efecto es más silencioso, va acumulando energía para otros saltos de calidad, va abriendo una senda tan amplia como las necesidades y potencialidades humanas. Pensamos en la décima edición: 60 países, más de 3 mil acciones, con casi 30 mil poetas leyendo sus creaciones a un público extraordinario, que comienza el tránsito de espectador a actor de su propio destino”.

La Habana será la sede principal del cierre del Festival Internacional de Poesía: Palabra en el Mundo, así como de la apertura del Festival Internacional de Poesía de La Habana, que este año acoge al quinto Congreso del Proyecto Cultural SUR, “organización de creadores que es el alma de la fiesta, aquello que nadie ve, pero ahí está haciendo posible lo imposible”, reitera Alvarado.

Convocar un público

Al estar todos los organizadores del festival repartidos en el mundo, no hay un acto central; “es más, creemos que la descentralización y la horizontalidad son dos de los grandes méritos de este encuentro. Tampoco podemos hablar de simultaneidad en sentido estricto, pues los distintos husos horarios no lo permiten. En cada lugar que se asume a realizar una parte del festival, la clave de solución social será el ser humano en su dimensión de creador, en su aspiración de pleno desarrollo de su potencial”.

Durante estos cinco años, continúa, «para mí ha sido inolvidable la relación de confianza y empuje que se ha logrado, la comezón de las semanas previas al festival y la grata sensación posfestival, al ver mejores resultados que los esperados. Esto da enorme confianza en el ser humano y, ahora que el mundo camina hacia el abismo, la confianza debe ser restaurada para que sea el motor de los cambios.

«No hablo de la ingenuidad, como por ejemplo, poner dinero en un banco para que lo usen otros, o dar apoyo a los mismos, que cada día nos joden con soluciones para ellos, postergando estas para los que sí las necesitan ahora.

“«Hablo de una confianza que es un sello de conducta, de la fuerza de saber que hay alguien, que son miles y cientos de miles y serán cientos de millones, que han dado su palabra y la cumplen. Este hecho te deja en el éxtasis de haber tocado el cielo con la mano».

Tito Alvarado comparte que el primer milagro que ha ocurrido bajo el cobijo de la poesía «es que hay una fuerza y capacidad que se suma. Todos actuamos sin afán de micrófono, lo cual habla de la salud mental de los poetas; el segundo milagro es que, casi de la nada, coinciden locos, que son a la vez poetas y médicos, en una idea, y logran ponerla en marcha.

«El primer festival se llamó solamente Palabra en el Mundo y no fueron más de 30 lecturas. Ahora los organizadores somos varios cientos. El tercer milagro es que continúa creciendo y continuamos sumando capacidades para volver posible lo que aparece como imposible. Esos milagros nos conducen a una magia: la que el festival deja en quienes participan y que es una enorme tranquilidad de espíritu, así como la certeza de que sin poesía no hay cambio posible.

“Sin embargo, estamos conscientes de que la mayor magia que buscamos, la paz como una forma de vida con justicia social y en armonía con la naturaleza, está aún lejos, y por lo mismo más debemos esforzarnos para que estas metas de humana urgencia se cumplan en el más breve plazo».

Poetas en vivo

Cualquier persona se puede sumar al Festival Internacional de Poesía: Palabra en el Mundo organizando una o varias lecturas de poesía.

Las actividades pueden ser en cualquier escenario imaginable. “Lo central es que sean con poetas en vivo y que se logre convocar un público, si es con otras artes mejor; si el público son 20 personas y cinco los poetas, bien; si son más, mucho mejor”, concluye Tito Alvarado.

Más información en el blog: palabra en el mundo

“Ahí lo tienes, pero no es Ambrosio Fornet, es Max Perkins”


SOLO UN ABRAZO. Homenaje a Ambrosio Fornet en la 21 Feria del Libro de la Habana.

El maestro de los editores, excelente escritor, el más importante pensador de la narrativa cubana. Todos estos calificativos, condensados en una sola persona, podrían sonar excesivos. Para hacerlos verosímiles, bastaría con agregarles, al final, un nombre: Ambrosio Fornet.

Pero esos no fueron los únicos halagos dirigidos al Premio Nacional de Literatura y Edición el domingo 12 en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, dentro del baluarte que lleva su nombre —hoy más conocido por albergar a la sala Nicolás Guillén—. Mucho se ha hablado de Ambrosio Fornet en esta 21a Feria Internacional del Libro; tanto, que si no fuera porque lo hacen sus amigos o porque el evento se dedica a su obra, un hombre como él, de modestia militante, probablemente se sentiría incómodo.

Uno de esos amigos, el escritor Eduardo Heras León, confesó que no podía hablar de Pocho —como le dicen los íntimos— sin emocionarse. También narró su primer encuentro, hace alrededor de 45 años. Una mano que escribía poemas, acariciaba al cisne salvaje y peinaba rizos color zanahoria, empujó la puerta del despacho de Fornet en la Editorial Arte y Literatura. Heras le había pedido a Luis Rogelio Nogueras, el Wichy, que le presentara al autor de las magníficas notas de contracubierta de las colecciones Cocuyo y Dragón.

“En esta última —recuerda Eduardo Heras—, está la obra maestra, el ‘Guernica’ o ‘Las meninas’ de las notas de contracubierta: la que dedicó a Agatha Christie. Aquella en que decía que más famosa que Winston Churchill, era la mujer que más había ganado con sus crímenes después de Lucrecia Borgia.”

Sin entrar a la oficina, desde la puerta entreabierta, Wichy señaló al interior y dijo: “Ahí lo tienes, pero no es Ambrosio Fornet, es Max Perkins”.

Aquel que corregía a Hemingway, la leyenda, el arquetipo del editor. Hablo de Perkins, desde luego, aunque fácilmente podría tratarse de Fornet, pues, como afirma Heras, él también es el paradigma de los editores: “No creo que antes o después de la Revolución haya existido en Cuba un editor de similar estatura, por lo menos, no lo conozco”.

Rememora, sobre todo, el tiempo en que Ambrosio Fornet y Edmundo Desnoes, desde la Editorial Arte y Literatura, intentaban actualizar al lector cubano en lo mejor de la literatura mundial. “Y tanto lo lograron que ahora, cuando evocamos ese período, lo recordamos como una suerte de edad de oro de la esfera editorial. Nadie, que yo sepa, ha realizado el adecuado balance de esos años, nadie ha dicho que fue una verdadera revolución que nos puso al alcance de los ojos, además de los clásicos del siglo XIX, prácticamente a todo el siglo XX”.

Fue en esos años que se hizo famoso por su agudo sentido crítico, algo que lo convirtió en un juez infalible entre los narradores de su generación. Todos, ha contado Heras varias veces, colocaban sus manuscritos sobre el buró de Ambrosio; pasar por allí, más que una prueba de fuego, era el mejor aval. Sus anotaciones enderezaron varios relatos torcidos, quizá los mismos que hubiese podido escribir él, de habérselo propuesto.

Heras terminó con las mismas palabras que utilizó una vez, hace ya algunos años, durante la presentación de El libro en Cuba. Siglos XVIII y XIX, la célebre investigación sobre el mundo del libro que hiciera Fornet: “Cada nueva obra que publica nos deja la ilusión de que la próxima será todavía mejor, tal es la fuerza de su magisterio. Vendrán nuevas obras, o tal vez no, pero en casos como el de Pocho, ya eso no tiene mayor importancia, por una muy simple y poderosa razón: su mejor obra es él mismo. Que esa obra, querido Pocho, que es tu propia vida, esté siempre con nosotros”.

Precisamente a El libro en Cuba se refirió la ensayista Cira Romero, señalando que, además de las habilidades como ensayista, crítico literario e investigador, explícitas en el texto, aparecen las técnicas del narrador. Pues Fornet, en este libro sobre libros, hilvana la historia con tal maestría, que fácilmente podría leerse como una novela histórica o de no ficción.

“Solamente le reclamo al autor —demandó Romero— lo mismo que le dije cuando tuve la suerte, ahora repetida, de presentar este libro en su segunda edición: completarlo con el siglo XX. Sé que tiene un camino transitado, al menos hasta el año 1926, pero, sin duda, el trabajo es arduo y el asunto se complica con fenómenos nuevos, ajenos al comportamiento de la centuria anterior. Deseos y fuerzas le sobran. Quizá algunos, bajo su guía, podríamos ayudarlo en la labor de rastreo. Por lo pronto, me brindo. En definitiva, no es la primera vez que lo tendría como mentor”.

Otro amigo, Francisco López Sacha, sin papel, borrador ni guía, destacó el gran mérito que ha tenido Ambrosio al nombrar las cosas —como hizo con el quinquenio gris— y recordarnos que sin cultura no hay nación ni es posible que seamos un pueblo unido y sin cultura cubana, difícilmente estaríamos aquí. “Creo que son muchas las cosas podemos agradecerle como teórico, pensador, culturólogo, maestro de generaciones y gran amigo”.

Pero Ambrosio no es hombre de aguantar elogios en silencio, al final, agregó una serie de apostillas, como en los textos que edita, a las observaciones de los amigos: no se considera el maestro de los editores, primero está don Fernando Ortiz. “Las meninas” de las notas de contraportada le debe mucho, en realidad, a un comentario sobre Agatha Christie que leyó, siglos ha, en una revista inglesa. En cuanto a la continuación de El libro en Cuba, es el único proyecto serio que aún le queda por hacer y ya trabaja en él. Durante toda su carrera, concluye, no ha hecho más que contribuir a ensanchar un poco esas preocupaciones que atormentaban a toda su generación.

Sin embargo, no fue suya la última palabra. Después de las presentaciones de sus libros Rutas críticasA título personalYo no vi ná y otras indagaciones, Narrar la naciónLas trampas del oficio y Nicolás Guillén y el laberinto de la diáspora antillana, ocurrió algo que absolutamente nadie, ni siquiera Aida Bahr, la moderadora, podía imaginar.

De la primera fila, titilante, diminuta, encanecida, se levantó una mujer que quería hablarle a Ambrosio. Llevaba bastón, espejuelos de medialuna y voz temblorosa. Dijo que era de Bayamo, de Veguitas, donde él nació; que sus padres habían sido amigos de la familia Fornet y que lo único que pedía era darle un abrazo. Silvia Gil, Jorge Fornet, Eduardo Heras León, Francisco López Sacha, Aida Bahr, Cira Romero, Abel Prieto, Zuleica Romay, María de los Ángeles Ortiz, Jorge Ibarra, todos, quebraron el silencio húmedo con los aplausos.

Ignoro si, mientras la abrazaba, Ambrosio lloró. Pero vi más de una lágrima rociada entre el auditorio. Y, al final, el ramo de flores que siempre se da al homenajeado, terminó, apretado bien fuerte, contra la empuñadura de un bastón.

Fuente: la Jiribilla, La Habana, Cuba, 2012. Foto de Yohandry Leyva