Transformar para bien la cultura cubana


Lisandra de la Paz • La Habana, Cuba
Fotos: Yaima Amador, Maribel Amador
Fuente: Revista Digital La Jiribilla

Las hojas secas que se arrastran hacia la oscuridad en un bosque donde habita el lobo y el hombre nuevo, descubren a un libro rojo que, desteñido, es más bien color zanahoria. Y esas hojas secas, que nos rodearon y cubrieron de magia e historia no tan olvidada, las desprendieron Pedro Juan, y Senel, y Guillermo, y Luis Rogelio.

En boca de Francisco López Sacha estuvo la presentación, bajo el sello de la Colección Sur Editores, de cuatro libros que reflejarán perpetuamente, mediante la poesía, la realidad cubana.

Cabeza de zanahoria abrió el hueco en la velada por donde se meterían los demás volúmenes. Luis Rogelio Nogueras con su sabido sentido del humor, jugó con los artificios de la inocencia y la infancia. A decir de Sacha, es un análisis, una expresión irónica y burlesca, mediante la cual, paga las deudas con los poetas que lo formaron. Se nota, además, un lirismo que va marcando una nueva generación de poetas, nueva generación que, a su vez, se vio influenciada por este clásico de la poesía cubana. Llega un momento en el libro en que el poema empieza a vivir por sí mismo, por la naturaleza causal de las cosas, lo que constituye un tránsito vital por la historia.

Desde otra orilla de aquel mar que emergió esa tarde, irradió en la sala la luz de Guillermo Rodríguez Rivera con El libro rojo, que miró desde otra perspectiva la poesía coloquial cubana, según el presentador. “Se percibe un conflicto entre el individuo, el poeta y la historia, haciendo un balance de la poesía que le antecedía. Este libro es de por sí una ironía con el Libro rojo de Mao Tse Tung; su búsqueda de decir todo se mezcla con la poesía, el testimonio, la voz del poeta, el sujeto lírico, el narrador…, allí donde está sonando el mundo áspero de la Revolución”.

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En la década del 70, momento en que surgió el libro, existían diferencias radicales entre el punto de vista que Guillermo inauguraba y las políticas de esos años en Cuba. “El  problema de la poesía política es que cuando pasa el tiempo, hay que explicar los hechos, porque se van olvidando. Este es solo un pequeño libro doctrinario”, afirmó el autor.

El vacío de la existencia, la inutilidad de todo esfuerzo, la carencia de sentido…, era el verdadero mundo en el que quería entrar Pedro Juan Gutiérrez Arrastrando hojas secas hacia la oscuridad, que la Colección SurEditores regala por vez primeraSacha lo trataba como poesía porque decía sentir la obsoleta calidad de esos textos, “el libro es el destino mismo de seres humanos anónimos que van hacia la muerte”.

Pedro Juan contó que, al terminarlo, sintió casi arrepentimiento porque le pareció demasiado depresivo y melancólico, pero “me he dado cuenta que cada libro que se escribe es solo una huella del momento en que  se escribe, me doy cuenta que uno está vinculado a cada uno de los personajes. La poesía es libertad, porque cuando se escribe, uno no la piensa”.

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El lobo, el bosque y el hombre nuevo, relato del que posteriormente surgió el guión cinematográfico del filme Fresa y Chocolate, también presentado en esta ocasión, es uno de los cuentos más leídos, más populares en Cuba y más polémicos, que dividió en dos la historia del cuento cubano, alegó el presentador.

Agregó que “el cuento enfocaba un gran problema, el problema del otro, del por qué el otro es discriminado, de por qué no tiene voz, de por qué no puede hablar… ¿Simplemente es por su orientación sexual? Plantea todas las discriminaciones, y no solo la discriminación sexual.

“Se ve la naturaleza del ser, del hombre y la mujer en Cuba en aquellos años, y de aquel muchacho dogmático que se transformó y gritó «voy a ayudar al próximo Diego, y el próximo Diego va a llegar»”.

El guión plantea casi lo mismo, explica Sacha refiriéndose a Fresa y Chocolate. Mientras que el relato es un recuerdo desde el futuro, el guión es lineal. Pero lo más importante en este guión es que se crean bandos de personajes. Primero se ve un David que está en el bando de los simuladores, y después se pasa al bando de los auténticos, el bando de Diego y Nancy.

“¿Por qué no confiar en la humanidad toda? ¿Por qué se ha confiado en los simuladores y no en la humanidad toda?”, son las preguntas que  Francisco López Sacha se hace a propósito de la obra, que, según él, demuestra hasta dónde es necesario ser consecuentes y honestos para llegar a cumplir los sueños de los personajes.

“Todas estas obras –concluyó Sacha- han ayudado a cambiar para bien la cultura cubana”.

Ese sol del mundo moral


Martí encarna un nuevo tipo de revolucionario que no se resigna a partir de los postulados del colonizador (el desprecio, la represalia, el odio) sino de postulados propios y originales; que no se conforma con la conquista de la libertad desde la esclavitud sino que aspira a la destrucción de la esclavitud desde la libertad.

Cintio Vitier (Florida, 1921-La Habana, 2009)

Martí encarna un nuevo tipo de revolucionario que no se resigna a partir de los postulados del colonizador (el desprecio, la represalia, el odio) sino de postulados propios y originales; que no se conforma con la conquista de la libertad desde la esclavitud sino que aspira a la destrucción de la esclavitud desde la libertad; que escapa a la trampa del resentimiento (victoria profunda del enemigo) y al cerrado causalismo de las reacciones primarias, en sí mismas legítimas, para situar el combate en su propio terreno y pelear sólo con armas altas, limpias y libres: “la pureza de su conciencia”, “la rectitud indomable de sus principios”. Nótese que en el pasaje de la cita, y en todo el indignado alegato, apela también al honor mancillado de España. Poco después, en La República española ante la Revolución cubana (Madrid, 1873), habrá de conjurarla para que “no infame nunca la conciencia universal de la honra, que no excluye por esto la honra patria, pero que exige que la honra patria viva dentro de la honra universal”. De esto se trata: de vivir y pelear por la honra universal del hombre.

¿Idealismo excesivo? Ya vimos que por esos caminos iba la práctica militar y el pensamiento revolucionario de los dos grandes jefes populares de la guerra del 68: Máximo Gómez y Antonio Maceo, sin contar los ejemplos de Agramonte y los esfuerzos de Céspedes por la “regularización” de la guerra frente a los desafueros españoles. Se trata, sí, de un planteamiento original, pero no exclusivamente personal de Martí: lo que él hace es llevar hasta sus últimas consecuencias filosófico-políticas una inspiración que estaba en las tendencias más espontáneas de la Revolución cubana. Se trata, pues, de un planteamiento “autóctono”, que en Martí va a alcanzar la plenitud de toda una concepción ética del mundo, según veremos.

Esa concepción madura durante su destierro en España, su peregrinación por América Latina, y su estancia de casi quince años en Estados Unidos. En España confirma que no hay nada que esperar de sus gobiernos, monárquicos o republicanos; que el pueblo español, lleno de virtudes latentes (sobre todo en sus raíces regionales y comuneras), es también víctima de la obtusa Metrópoli; que el vínculo impuesto entre España y Cuba, por ley histórica, ha de romperse inexorablemente. Ya lo sabía el adolescente que tuvo primero que enfrentarse con su padre, sargento y celador del gobierno colonial, y con la resignada resistencia de su madre, en el hogar sufrido, lleno de niñas, amenazado siempre por la miseria, pegado a los muros de La Habana. Allí conoció una célula, que estaba en su propia carne, de la honradez, la limpieza y la dignidad de lo que él llamó “el sobrio y espiritual pueblo de España”; conoció también la trágica divergencia del espíritu de la tierra que lo dominaba. Ellos estaban hechos para resistir, él para liberar. Pero con su padre, que se abrazó llorando al pie llagado por el grillete del presidio (“y yo todavía no sé odiar”, comprobó entonces, con asombro, el hijo desgarrado), llegó a tener las más tiernas relaciones de mutua pudorosa admiración; y a la madre pudo decirle con justicia en la carta de despedida final: “Ud. se duele en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; ¿y por qué nací de Ud. con una vida que ama el sacrificio?

En México, en Guatemala, en Venezuela, en sus campos y ciudades, halló la otra madre histórica y telúrica, que lo completaba: su América mestiza. Se adentrará en sus problemas, participará en sus conflictos, conocerá sus vicios y virtudes, estudiará sus mitos, amará su naturaleza. El grado de identificación alcanzado por Martí con la raza autóctona de América cobra caracteres desconocidos hasta entonces en un hijo de español. A partir de estos años, 1875-1881, su escritura en prosa y verso se va saturando, entrañablemente, de símbolos indígenas procedentes sobre todo de las concepciones míticas precolombinas de Mesoamérica y Venezuela. No se trata de un propósito “indigenista” sino de una mezcla de adivinación y estudio que se revela como necesidad profunda de su espíritu destinado a reanudar el hilo del pensamiento original de América, roto en su fase metafórica (comparable a la presocrática en Grecia) por “la desdicha histórica” y el “crimen natural” de la conquista española: “¡Robaron los conquistadores una página al Universo!” Ese robo y violación, ese crimen, sitúan la injusticia en el origen mismo de nuestra historia. Por eso: “Con Guaicaipuro, con Paramaconi, con Anacaona, con Hatuey hemos de estar, y no con las llamas que los quemaron ni con las cuerdas que los ataron, ni con los aceros que los degollaron, ni con los perros que los mordieron:” Y ese “estar con”, reparador siquiera sea ideal de la injusticia, pero además efectiva militancia, se convierte en una nueva filiación histórico-telúrica que hace girar totalmente la perspectiva. Quien así habla no es un “colonizado” (un resentido) sino un “autóctono” (un revolucionario que ha empezado por revolucionarse a sí mismo):

¿Qué importa que vengamos de sangre mora y cutis blanco? El espíritu de los hombres flota sobre la tierra en que vivieron, y se le respira. ¡Se viene de padres de Valencia y madres de Canarias, y se siente correr por las venas la sangre enardecida de Tamanaco y Paramaconi, y se ve como propia la que vertieron por las breñas del cerro del Calvario, pecho a pecho con los gonzalos de férrea armadura, los desnudos y heroicos caracas!

Fragmento de Ese sol del mundo moral. Para una historia de la eticidad cubana, Ediciones Unión, 1995

Dulce María Loynaz y el canto del cisne


Artículo de Marilyn Bobes publicado en La Jiribilla

Hace falta valor para que un poeta encuentre en el silencio las claves que Dulce María Loynaz halló: Seré menos que el cisne —había profetizado— no dando a la vida ni el último aliento.

Así, en 1958, tras escribir los extensísimos versos de “Ultimos días de una casa”, la única mujer cubana que obtuviera el Premio Cervantes se aferró a ese voto que quiso cumplir durante el resto de su vida y decidió que era “hora de morir”, al menos para la literatura, pues fue longeva que, en sus años de ancianidad, abrió las puertas de su mundo a jóvenes generaciones que la redescubrimos.

Las razones de su conducta son un misterio que no intentaré descifrar. Pero no fue necesario que Loynaz continuara urdiendo palabras y argumentos para legarnos una de las obras más intensas de la literatura cubana del siglo XX, en las que sobresale su novela Jardín, tan inclasificable que durante muchos años fue relegada al ámbito de las curiosidades  y solo ahora comienza a ser valorada en su justa dimensión.

Gabriela Mistral la calificó como “el mejor repaso de idioma español que he hecho en mucho tiempo” y ello puede extenderse a toda la producción poética de una autora rigurosa y precisa, cuya maestría idiomática se acerca a la de los clásicos y que no necesitó violentar las reglas de la gramática para expresar toda la gama de sentimientos y reflexiones que recorren su poesía y su prosa desde los comienzos hasta el final.

“Esta novela —recorrido original por todo el ámbito del romanticismo, modernismo y vanguardia— gira entre dos polos esenciales: esclavitud y vanguardia (…) en definitiva, la proposición de la novela creemos que es la de señalar un camino”. Así opina la lucidísima Fina García Marruz.

Y he aquí entonces una buena lección para los escritores de todos los tiempos: es posible innovar partiendo de la tradición, porque las rupturas también pueden ser la consecuencia de un profundo respeto a las convenciones

Cuando en 1984 la Editorial Letras Cubanas publicó las poesías escogidas de Dulce María Loynaz muchos tuvimos la falsa impresión de que se trataba de una autora un tanto demodé, perdida en los estertores de un posmodernismo bastante alejado del lenguaje que por entonces prevalecía de manera canónica.

Después comprendimos —al menos así lo hice yo— que la poesía es más que una búsqueda formal y nos adentramos en ese mundo lírico, compuesto de sajaduras y esperas con que Dulce María vio derrumbarse su mundo sempiterno y fue capaz de confesar que ella era la Casa: “más que piedra y vallado, más que sombra y que tierra, más que tierra y que muro”. Porque ella—así dijo—era todo eso y era con alma.

Su silencio no debe sorprendernos. Exigir a un autor que continúe escribiendo hasta el fin de sus días, es un acto que puede conspirar contra esa plenitud que la obra de Loynaz resuma precisamente porque la novelista y poeta no quiso ser ese cisne que se acerca a la muerte cantando lo que no cantó en vida.

Tanto sus libros de poemas, como sus dos libros de prosa contienen todo lo que la autora quiso legarnos: ese sentido de la belleza y ese estilo fino y firme al que se refirió José Zacarías Tallet.

Hoy, a los 109 años de su nacimiento, Dulce María Loynaz se nos hace menos enigmática y más contemporánea.

Respetar el silencio con el que quiso despedirse de nosotros es la mejor manera de aquilatar lo que muy bien supo decir en su momento. En ella vive la historia de una mujer y un jardín.

“No hay tiempo ni espacio, como en las teorías de Einstein. El jardín y la mujer están en cualquier meridiano del mundo —el más curvo y el más tenso— y en cualquier grado —el más bajo y el más alto— de la circunferencia del tiempo.”

Y como en su poesía y en su silencio: “Hay muchas rosas”.

JARDÍN
Dulce María Loynaz  (La Habana, 1902-1997)

Primera parte

Dios Todopoderoso, primeramente plantó un jardín.
BACON

Capítulo primero
Retratos viejos

Bárbara está en su alcoba mirando retratos viejos. La alcoba tiene las paredes encaladas y altísimo el techo de viguetería rematado por un friso que representa combates de monstruos, guerreros acometidos por dragones y vuelos de grandes aves negras.

Un cortinaje de color violeta muy desteñido cuelga sobre los huecos de las puertas, haciendo de fondo obscuro y movible como el lecho de un río a los grandes muebles de madera tosca, aún con pesadez del árbol primitivo; entre las masas de sombra clarea el espejo, puesto tan alto que nadie podría mirarse en él. Su turbia luna solo refleja el tropel de dragones empolvados del friso.

Algunas veces, Bárbara ha sentido pena por este espejo inútil, sin renuevo de imágenes, condenado por siempre a la inmovilidad y a la ausencia de toda vida.

Pero ahora ella solo está atenta a su redada de retratos que van saliendo del pasado como de un mar revuelto donde ella fuera la única perdida pescadora.

Hay una ventana que cae al jardín; luce un poco de verde a través de la entornada puerta… Una puerta que nunca puede abrirse por impedirlo el tronco de un almendro que arranca junto al mismo muro de la casa, afirmando en él, con presión lenta y creciente, sus nervudas ramas.

En el aire persiste un suave olor de almendras y de menta, olor frío y amargo de que se impregnan las cortinas, las sábanas del lecho, los pájaros embalsamados en las rinconeras de mármol. Una colección de litografías antiguas en que se reproduce la historia de Thais, mitiga a tramos la blancura áspera y casi rechinante de las paredes… En el reloj de la consola marcan las agujas horas absurdas; pero sabemos que va caído el mediodía porque un chorro de oro vivo fluye por el trasluz de la ventana y baña la figura pensativa, absorta en la banal dedicación.

Bárbara está mirando retratos viejos, y sus manos tienen la fina amarillez de las cartulinas esparcidas sobre su lecho.

Los retratos crecen y forman una pirámide que pronto se desploma y se vuelve a formar junto a la cabecera; algunos caen al suelo, y un soplo de la brisa los arrastra, los dispersa entre una blanca fuga de bolas de naftalina. La naftalina es dura y fría como grano de estrellas.

Sabrosa melancolía de los retratos viejos… Hundir la mano en la empolvada burguesía de los grupos familiares —el niño más pequeño en el maternal regazo, cabezas en escalinata, el perro moviendo la cola…—.

¡Y las modas antiguas, los absurdos cuerpos invertidos, las cataratas de lazos y pasamanería!…

La bisabuela joven… La cara, un poco borrada, no se ve bien —vuelitos, vuelitos de encaje…—. Sobre el pecho amplio, muy escotado, una preciosa cruz de filigrana, una cruz como la que Bárbara oprime ahora despacio entre sus dedos…

(Los pájaros embalsamados alargan sus cuellos y pegan los picos al cristal de sus urnas para ver mejor.)

La tía-bisabuela, eso es… Y ¿cómo sería? Dicen que era la mujer más bella de su tiempo y que tenía un ojo de distinto color que el otro; un ojo más azul y otro más verde…

Las bolas de naftalina tropiezan, deteniéndose, con las flores pintadas en la alfombra, y el olor de almendras se mezcla al olor antiséptico y refrigerante de la nafta. (¿Hay sombras bajo el agua estancada del espejo?…)

La bisabuela fue la mujer más bella de su tiempo y seguramente la más amada… Era un poco rara y murió joven. Unos dicen que la envenenaron con zumo de adelfas, y otro insinuó también que ella misma se había clavado en el corazón el alfiler de oro de su sombrero.

Se mueven las hojas verdes por el espacio que deja libre la entornada puerta. ¿Quién anda por el jardín sin ruido en los pasos y con batir de hojas, con escapar de pájaros?…

Las manos de Bárbara remueven los retratos, deshacen envolturas, entresacan los demás abajo… Sale un daguerrotipo primitivo, casi borrado ya. Solo se distinguen los entorchados del uniforme y los ojos fijos, de una obscura, impenetrable fijeza; es el retrato del lejano ascendiente, Almirante del Rey, al que retrataron muerto.

Bárbara se esfuerza en adivinar los rasgos de la cara inexpresiva, un poco abotagada ya… Solo miran los ojos; miran con un vago pavor, con un asombro infinito…

Las manos se han estremecido ligeramente, y el daguerrotipo rueda por la alfombra.

Ahora viene el retrato de un adolescente que Bárbara no sabe quién es. El pelo raramente peinado le cae sobre los ojos en un fleco pálido, y el cuello emerge suave de un rodete de encaje. Un camisolín de seda floja desdibuja los contornos del cuerpo un tanto endeble, cuerpo de niño crecido demasiado aprisa…

Bárbara se sonríe muy levemente… Hace un rato, cuando andaba por el jardín, estaba ya pensando en este muchacho del retrato… Desde antes pensaba, desde ayer, junto al mar, doblada por el viento; todavía antes quizás… (¿Desde cuándo?…)

¡Cómo estaba su vida llena de preguntas sin respuestas! ¡Cómo hubiera querido saber quién deslizara este pálido rostro entre los retratos viejos de su casa!… Porque él no tenía adherida la sutil ceniza del tiempo; parecía él distinto a los demás, no le hallaba ese aire singular, indefinible, que toman los retratos de los que han muerto.

Dijérase que iba a sonreír de un momento a otro… Ella, mirándolo, casi esperaba la sonrisa pronta a florecer bajo sus ojos obstinados… Imposible sonrisa de los muertos. ¡Quién volviera a tenerla tibia todavía, apretada contra el corazón!…

Bárbara voltea lentamente la fotografía entre los dedos. Hay letras al dorso, letras de pluma casi ilegibles.

La primera letra es una P fina y erguida como una espiga, y la siguen otras dos o tres letras que se pierden. Luego, muy claro y muy firme, muy ajustado al renglón, un nombre: Bárbara…

Extraña coincidencia… Hay más palabras ilegibles, y la última, que se ve mejor, empieza por una A, una P seguida de otra A, una R; no, una S… Estas dos letras están borradas: Apa… ¿Apacentar acaso? El jovencito tiene apariencia de pastor indolente, de pastor fatigado de apacentar tristezas.

¿Apa…? ¿Apagar más bien? Apagados son los ojos del adolescente bajo el fleco de pelo tibio… Apagada es su boca en la blancura de su rostro, como la brasa pálida que el viento arrastra lejos de la hoguera.

¿Cuál es la letra fina que apunta en el extremo? Una  E; la palabra concluye en E, y antes de la E  hay una T, y antes de la T una N, y la palabra dice: “Apasionadamente.”

¿Apasionadamente?…

Donde debió de estar el nombre del dedicador del retrato hay una comedura de polilla, y de la pequeña tumba solo se ha salvado la letra inicial, una hermosa A inglesa que se quedó fuera fresca, como acabada de escribir.

Esta es una A bien clara, con la que puede empezar el nombre de Alberto o el de Armando; quizás sea la A de Alfonso, que es como más redonda, o la de Alfredo, un nombre tan romántico. Y la letra se mueve, se despereza con la brisa que entra por el cuchillo de la ventana.

(El hoyo de la polilla se va llenando de melancolía…) ¿Es Bárbara un nombre de las mujeres de la familia? ¿Se llamaba así la bisabuela de las adelfas?

Un sol de primavera pinta rayos dorados en la alfombra. Las nerviosas manos se impacientan y derrumban en el aire los restos de la última pirámide.

El retrato de un niño cae de improviso sobre su falda, y allí se queda mirándola sonriente… ¡Ay, las sonrisas de los muertos!… ¡Este retrato sí que Bárbara lo conoce bien!… Es el del hermanito muerto a los tres años. Ella lo mira sin tocarlo. No es más que un niño encaramado en un caballo de cartón, pero tiene en la boca firme y voluntariosa un gesto triunfal.

Da un poco de pena el verle entre los juguetes con que no jugó mucho tiempo; y pena de mirarle como un espejo roto los mismos ojos almendrados de ella, el mismo modo de colocar los dedos muy separados entre sí.

Bárbara se acuerda de cuando él murió, y de la misteriosa voluptuosidad que su corazón de niña enferma probara ante los cojines de raso y la carnada fresca de azucenas en que le tendieron…

Recordó también la extraña, la dolorosa alegría que la turbaba días después, cuando la madre, sin llanto y sin palabras, puso en sus manos aquel barquito encerrado en un pomo de cristal que ella había deseado tanto y que su orgulloso dueño no le dejó tocar nunca…

Había sido necesario que él muriera, que él dejara la casa sumida en silencioso cataclismo, para que ella pudiera alcanzar un poco de su omnipotencia, uno solo, el más leve de sus derechos.

Bárbara se ha sonreído casi imperceptiblemente; luego toma el retrato con la punta de los dedos y lo desliza entre las infinitas páginas de una Biblia.

Hay sol en la alfombra y en la cristalería de los medios puntos. Las manos tornan a buscar el retrato del adolescente de la elegante letra inglesa.

A puede ser Alberto o puede ser Alfredo… Estos ojos no se ven bien bajo las hebras de pelo fluido, incoloro.

Apasionadamente…

¡Qué palabra tan rara!… Suena a agua honda removida, a estrellas removidas si las estrellas sonaran. Suena como una vez sonó el mar cuando venía sobre el jardín aquella noche de tormenta, con sordo rezongar que se iba haciendo cada vez más cercano y poderoso.

Apasionadamente, apasionadamente…

(Hay un incendio de sol tras los cristales…)

Bárbara, un poco turbada, no sabe qué hacer con su soledad y revuelve los retratos sobre la cama… De pronto, la mano le tropieza con un hacecillo de postales atadas con una cinta azul.

Ella lo acerca a su pecho, y por encima del ruedo de retratos se esparce una segunda sonrisa…

Empieza a desatar las cintas y a mirar las fotografías por su orden. Son todas de una misma imagen, una niña que vive, crece y se conforma a través de ellas.

La sonrisa tiembla y se alarga más allá de la comisura de los labios, subiendo por las mejillas a romperse en puntos de oro dentro de los ojos… Toma el primer retrato y ve la niña de dos años con cabellos escasos y cintas que le caen por la cabeza. Muchas cintas y encajes también sobre el vestido tirante de los hombros, inclinándola desgarbadamente hacia delante. Zapatos con hebillas más grandes que los pies.

La sonrisa de Bárbara sigue creciendo, y la alcoba se llena de puntos de oro y el aire se borda de lentejuelas…

Bárbara mira el retrato y piensa. Piensa y sonríe. Sonríe y hace de luz el aire y el minuto y la vida…

¿Y la vida?…

Un premio a la constancia y al amor


Artículo de Vivian Núñez. Fuente: La Jiribilla

El director del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, Víctor Casaus, obtuvo el Premio Barnasants 2012 en la categoría de Activismo Cultural, un galardón que, afirmó, “late fuerte y felizmente del lado izquierdo del pecho, como debe ser”.

El lauro, uno de los tres que entrega cada año en diferentes categorías ese festival catalán, se le concedió al intelectual cubano por “su incansable labor de compromiso con la cultura y la canción de autor en Cuba y en especial por la organización del ciclo A guitarra limpia.

En opinión de uno de los miembros del jurado, Xavier Pintanel, es destacable la labor de Casaus al frente del “equipamiento cultural independiente sin ánimo de lucro ubicado en La Habana, que ha creado programas y espacios de difusión y debate relacionados con la memoria, la historia oral, las artes plásticas, el arte digital o la nueva trova cubana”.

En declaraciones a este espacio poco después de conocerse la noticia, Casaus aseguró que recibir este premio es una alegría y un honor, y quiso dedicarlo y compartirlo con la coordinadora del Centro, María Santucho, “con quien hemos fundado en estos años A guitarra limpia y otros espacios del Centro Pablo de la Torriente Brau que han sido el eje del activismo cultural que este premio reconoce: la nueva trova, el arte digital, el diseño gráfico, la producción editorial, las nuevas tecnologías, la memoria. Junto a María están los integrantes de ese “pequeño ejército loco” del Centro Pablo que han hecho posible que los creadores de esas manifestaciones citadas hayan encontrado espacios de difusión, debate y reflexión sobre sus respectivas obras”.

Señaló el escritor, periodista y cineasta cubano que el trabajo que ha realizado la institución que dirige durante 15 años le ha traído otra alegría excepcional, que es “conocer y  compartir con esas comunidades de artistas, la mayoría de ellos jóvenes, que han apostado junto a nosotros a favor de la imaginación y la belleza. Ellos han hecho posible la existencia de esos sueños, de esos programas culturales que hemos desarrollado y defendido juntos durante tres lustros”.

“Este Premio Barnasants viene, además, de los territorios del compromiso con la canción que nuestro amigo Pere Camps ha mantenido, a golpes de pasión y de inteligencia: el Festival de Barnasants es uno de los principales eventos que defienden la poesía y la calidad musical, la ética de la creación artística y los sueños de un mundo mejor”, puntualizó Casaus, tras añadir que en todas esas cosas “somos cómplices eternos de Pere y del Festival”.

Los otros dos galardones en la edición de este año recayeron en el valenciano Joan Amèric en la categoría de Mejor Concierto Oficial y en el legendario cantautor uruguayo Daniel Viglietti en la de Trayectoria.

El concierto de Amèric seleccionado para el premio fue el realizado el pasado 30 de marzo en el Auditori Barrades, donde el artista descubría su nuevo trabajo,Directament (Temps RecordBarnasants, 2012), un CD grabado durante la clausura de la edición pasada del festival.

“El concierto repasó este trabajo, que se erige como bisagra entre la historia y el futuro de Joan Amèric, ya que a la vez que reivindica temas emblemáticos también dejó entrever pinceladas de lo que será su próximo disco de estudio”, consideró Pintanel en la web Cancioneros.com

El Premio al reconocimiento a la Trayectoria fue entregado a Viglietti por ser uno de los referentes históricos de la canción latinoamericana. La obra del cantautor sudamericano, señaló el jurado, se ha caracterizado por “una particular mezcla de elementos de música clásica para guitarra y del folclor uruguayo y latinoamericano y, más allá de la trayectoria artística, también se ha destacado por su compromiso: no en vano es considerado por los demócratas y progresistas uno de los símbolos de resistencia al régimen militar y totalitario”.

El jurado de este año estuvo integrado por Donat Putx, crítico musical del diarioLa Vanguardia; Helena Morèn, directora de redacción de Enderrock; Juan Miguel Morales, fotógrafo; Jordi Bianciotto, periodista, crítico musical y redactor del diario El Periódico de Catalunya; Jordi Rueda, director de la revista Clave Profesional; Mayte de Agorreta, representante del público y gestora cultural; Pere Pons, director de la revista Jaç y colaborador del diario Avui; Xavier Pintanel, director de Cancioneros.com; Jordi Oliva, redactor cultural de los informativos de TV3; Maite Alfaro, directora del programa “Folk als Països Catalans”, de RadioGràcia; y, como presidente del jurado, Josep María Hernández Ripoll, periodista y crítico musical.

“Ahí lo tienes, pero no es Ambrosio Fornet, es Max Perkins”


SOLO UN ABRAZO. Homenaje a Ambrosio Fornet en la 21 Feria del Libro de la Habana.

El maestro de los editores, excelente escritor, el más importante pensador de la narrativa cubana. Todos estos calificativos, condensados en una sola persona, podrían sonar excesivos. Para hacerlos verosímiles, bastaría con agregarles, al final, un nombre: Ambrosio Fornet.

Pero esos no fueron los únicos halagos dirigidos al Premio Nacional de Literatura y Edición el domingo 12 en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, dentro del baluarte que lleva su nombre —hoy más conocido por albergar a la sala Nicolás Guillén—. Mucho se ha hablado de Ambrosio Fornet en esta 21a Feria Internacional del Libro; tanto, que si no fuera porque lo hacen sus amigos o porque el evento se dedica a su obra, un hombre como él, de modestia militante, probablemente se sentiría incómodo.

Uno de esos amigos, el escritor Eduardo Heras León, confesó que no podía hablar de Pocho —como le dicen los íntimos— sin emocionarse. También narró su primer encuentro, hace alrededor de 45 años. Una mano que escribía poemas, acariciaba al cisne salvaje y peinaba rizos color zanahoria, empujó la puerta del despacho de Fornet en la Editorial Arte y Literatura. Heras le había pedido a Luis Rogelio Nogueras, el Wichy, que le presentara al autor de las magníficas notas de contracubierta de las colecciones Cocuyo y Dragón.

“En esta última —recuerda Eduardo Heras—, está la obra maestra, el ‘Guernica’ o ‘Las meninas’ de las notas de contracubierta: la que dedicó a Agatha Christie. Aquella en que decía que más famosa que Winston Churchill, era la mujer que más había ganado con sus crímenes después de Lucrecia Borgia.”

Sin entrar a la oficina, desde la puerta entreabierta, Wichy señaló al interior y dijo: “Ahí lo tienes, pero no es Ambrosio Fornet, es Max Perkins”.

Aquel que corregía a Hemingway, la leyenda, el arquetipo del editor. Hablo de Perkins, desde luego, aunque fácilmente podría tratarse de Fornet, pues, como afirma Heras, él también es el paradigma de los editores: “No creo que antes o después de la Revolución haya existido en Cuba un editor de similar estatura, por lo menos, no lo conozco”.

Rememora, sobre todo, el tiempo en que Ambrosio Fornet y Edmundo Desnoes, desde la Editorial Arte y Literatura, intentaban actualizar al lector cubano en lo mejor de la literatura mundial. “Y tanto lo lograron que ahora, cuando evocamos ese período, lo recordamos como una suerte de edad de oro de la esfera editorial. Nadie, que yo sepa, ha realizado el adecuado balance de esos años, nadie ha dicho que fue una verdadera revolución que nos puso al alcance de los ojos, además de los clásicos del siglo XIX, prácticamente a todo el siglo XX”.

Fue en esos años que se hizo famoso por su agudo sentido crítico, algo que lo convirtió en un juez infalible entre los narradores de su generación. Todos, ha contado Heras varias veces, colocaban sus manuscritos sobre el buró de Ambrosio; pasar por allí, más que una prueba de fuego, era el mejor aval. Sus anotaciones enderezaron varios relatos torcidos, quizá los mismos que hubiese podido escribir él, de habérselo propuesto.

Heras terminó con las mismas palabras que utilizó una vez, hace ya algunos años, durante la presentación de El libro en Cuba. Siglos XVIII y XIX, la célebre investigación sobre el mundo del libro que hiciera Fornet: “Cada nueva obra que publica nos deja la ilusión de que la próxima será todavía mejor, tal es la fuerza de su magisterio. Vendrán nuevas obras, o tal vez no, pero en casos como el de Pocho, ya eso no tiene mayor importancia, por una muy simple y poderosa razón: su mejor obra es él mismo. Que esa obra, querido Pocho, que es tu propia vida, esté siempre con nosotros”.

Precisamente a El libro en Cuba se refirió la ensayista Cira Romero, señalando que, además de las habilidades como ensayista, crítico literario e investigador, explícitas en el texto, aparecen las técnicas del narrador. Pues Fornet, en este libro sobre libros, hilvana la historia con tal maestría, que fácilmente podría leerse como una novela histórica o de no ficción.

“Solamente le reclamo al autor —demandó Romero— lo mismo que le dije cuando tuve la suerte, ahora repetida, de presentar este libro en su segunda edición: completarlo con el siglo XX. Sé que tiene un camino transitado, al menos hasta el año 1926, pero, sin duda, el trabajo es arduo y el asunto se complica con fenómenos nuevos, ajenos al comportamiento de la centuria anterior. Deseos y fuerzas le sobran. Quizá algunos, bajo su guía, podríamos ayudarlo en la labor de rastreo. Por lo pronto, me brindo. En definitiva, no es la primera vez que lo tendría como mentor”.

Otro amigo, Francisco López Sacha, sin papel, borrador ni guía, destacó el gran mérito que ha tenido Ambrosio al nombrar las cosas —como hizo con el quinquenio gris— y recordarnos que sin cultura no hay nación ni es posible que seamos un pueblo unido y sin cultura cubana, difícilmente estaríamos aquí. “Creo que son muchas las cosas podemos agradecerle como teórico, pensador, culturólogo, maestro de generaciones y gran amigo”.

Pero Ambrosio no es hombre de aguantar elogios en silencio, al final, agregó una serie de apostillas, como en los textos que edita, a las observaciones de los amigos: no se considera el maestro de los editores, primero está don Fernando Ortiz. “Las meninas” de las notas de contraportada le debe mucho, en realidad, a un comentario sobre Agatha Christie que leyó, siglos ha, en una revista inglesa. En cuanto a la continuación de El libro en Cuba, es el único proyecto serio que aún le queda por hacer y ya trabaja en él. Durante toda su carrera, concluye, no ha hecho más que contribuir a ensanchar un poco esas preocupaciones que atormentaban a toda su generación.

Sin embargo, no fue suya la última palabra. Después de las presentaciones de sus libros Rutas críticasA título personalYo no vi ná y otras indagaciones, Narrar la naciónLas trampas del oficio y Nicolás Guillén y el laberinto de la diáspora antillana, ocurrió algo que absolutamente nadie, ni siquiera Aida Bahr, la moderadora, podía imaginar.

De la primera fila, titilante, diminuta, encanecida, se levantó una mujer que quería hablarle a Ambrosio. Llevaba bastón, espejuelos de medialuna y voz temblorosa. Dijo que era de Bayamo, de Veguitas, donde él nació; que sus padres habían sido amigos de la familia Fornet y que lo único que pedía era darle un abrazo. Silvia Gil, Jorge Fornet, Eduardo Heras León, Francisco López Sacha, Aida Bahr, Cira Romero, Abel Prieto, Zuleica Romay, María de los Ángeles Ortiz, Jorge Ibarra, todos, quebraron el silencio húmedo con los aplausos.

Ignoro si, mientras la abrazaba, Ambrosio lloró. Pero vi más de una lágrima rociada entre el auditorio. Y, al final, el ramo de flores que siempre se da al homenajeado, terminó, apretado bien fuerte, contra la empuñadura de un bastón.

Fuente: la Jiribilla, La Habana, Cuba, 2012. Foto de Yohandry Leyva