Daína Chaviano: “Continúo soñando con mundos mejores”


Daína Chaviano: “Continúo soñando con mundos mejores”

 

A Daína Chaviano, la muchacha que revitalizó la ciencia ficción y la literatura fantástica en Cuba en la década de los ochenta, debo recuerdos entrañables. Senel Paz, Daína y yo ganamos el Premio David de 1979 cuando los tres éramos solo proyectos de escritores. Daína decidió marcharse de Cuba en los noventa pero ni sus lectores ni sus viejos amigos la olvidan.

Modesta, talentosa y bella, nunca tuvo enemigos y su dulzura y carisma siguen cautivando a quienes se le acercan, a pesar de que es uno de los nombres de la literatura cubana más conocidos y premiados en el panorama internacional.

Recientemente, Ediciones La Luz, de Holguín, publicó su libro de poemas Confesiones eróticas y otros hechizos. En ellos está nuestra Daína de siempre, sus mundos esotéricos, su vocación por lo maravilloso y extraño y su amor terrenal y desprejuiciado traducido en una escritura enigmática y sobreabundante.

Apenas terminé de leer este libro sentí la necesidad de comunicarme con ella. Y así lo hice. Reveladora de sus cualidades humanas y su culto a la amistad fue la rápida respuesta que dio a mi cuestionario a pesar de que me habían advertido que para las entrevistas ella era “muy especial”.

En la actualidad, Daína Chaviano está considerada una de las autoras más relevantes del género fantástico en Hispanoamérica. La parapsicología, lo sobrenatural y la magia y la complejidad de las relaciones humanas, son algunas de sus obsesiones más arraigadas. Además de dos premios obtenidos en Cuba (el ya mencionado David y La Edad de Oro) ostenta otros de gran relieve internacional como el Anna Seghers, de la Academia de Artes de Berlín, el Azorín de novela en 1998, el Fernando Gallardos en 2003 y el Malinalli en 2014. Su obra ha sido traducida a más de treinta idiomas.

Sin embargo ella confiesa seguir siendo la misma Daína de siempre. Las respuestas que dio paraOnCuba confirman su fidelidad a sí misma y a sus lectores de Cuba y fuera de ella, y evocan lo mejor de sí misma: su vocación por la conciliación y el diálogo entre la Isla y su diáspora. He aquí mis preguntas y sus valiosas respuestas.

¿Por qué publicar en Cuba estos poemas, escritos en los años ochenta en la Isla y no otros libros más recientes?

La publicación del poemario se debe a una invitación que me hizo Adalberto Santos Leyva, editor de Ediciones La Luz, quien me contactó a través de mi página de Facebook. Desde el inicio, la propuesta fue ese poemario. La acepté con gusto, después de que mi agente literaria no pusiera reparos. Aunque había sido escrito en los años 80, se trataba de un libro que no se conocía en la Isla, así es que sería nuevo para los lectores cubanos.

Dedicas tu poemario a Luis Rogelio Nogueras. ¿Qué recuerdos personales y qué valoración literaria tienes de esa persona?

Wichy ha sido una de las personas más importantes en mi vida. Lo conocí poco después de ganar el premio David de ciencia ficción, a principios de la década de los 80. No sé si recordarás que fuiste tú quien nos presentó en el portal de la UNEAC. A partir de ese día se convirtió en mi sombra, en una especie de cómplice y guía existencial que no se separaba de mí. Era un hombre sumamente inteligente, de una memoria extraordinaria, con un sentido del humor muy fino, siempre en función del conocimiento y del chiste intelectual, sin que ese término, en su caso, significara pedante o impostado; todo lo contrario, era un tipo muy chispeante e ingenioso. Me dio a conocer maravillas literarias, desde poetas raros hasta clásicos del erotismo. Fue una relación de cinco años que para mí representaron siglos de aprendizaje. Dejó una huella tan profunda en la joven que yo era entonces que, no solo muchos poemas de esa época, sino incluso dos de las novelas que escribí fuera de Cuba están inspiradas en conversaciones y lecturas que compartí con él. Sigo admirando su poesía, que aún me parece tan buena como la primera vez que la leí.

¿Cómo ha sido tu vida desde que te fuiste de Cuba?

Muy variada y llena de giros inesperados. He pasado momentos difíciles, aunque otras experiencias han sido espléndidas. En términos profesionales, fui traductora, reportera y columnista; también editora y directora de revistas como Discover, Newsweek y Architectural Digest. Impartí clases en la Universidad Internacional de la Florida, mientras hacía un doctorado que finalmente abandoné cuando La isla de los amores infinitos se tradujo a 25 idiomas. Desde ese momento me dediqué a escribir a tiempo completo. Por otra parte, he disfrutado la posibilidad de explorar y acercarme a temas esotéricos que siempre me han interesado, de conocer países y lugares mágicos, de interactuar y moverme en ambientes muy heterogéneos. He recibido reconocimientos y galardones que no esperaba, tanto en universidades como en ferias del libro. Y más importante aún, tengo nuevos lectores que me escriben desde todas partes del mundo. En ese sentido, no me puedo quejar.

¿Qué opinas de la literatura cubana que se escribe tanto dentro como fuera de la Isla?

Como ocurre siempre, hay de todo en calidad y estilos. El problema mayor, a mi modo de ver, es la separación editorial y comercial entre los autores que viven dentro y fuera de la Isla. Los primeros no tienen a su alcance el mercado internacional y los segundos carecen de sus lectores naturales. Esto es algo que obstaculiza el crecimiento y la promoción de cualquier literatura. Es cierto que hay autores que brillan por sí mismos, pero si la nación (y me refiero al conjunto formado por sus habitantes, vivan donde vivan) aspira a contar con una literatura de peso, la peor política posible es el mantenimiento de esa separación. Lo ideal sería que tanto los autores que viven dentro de la Isla como los que viven fuera pudieran publicar libremente en el extranjero y en Cuba, para que los lectores cubanos (estén donde estén) puedan tener acceso a sus autores. Sé que esto dependerá de los cambios internos en la Isla, así es que habrá que esperar.

En Cuba tienes aún muchos lectores, ¿te seduce la idea de publicar toda tu exitosa obra en tu país de origen?

No descarto la idea. Un reencuentro con los lectores de la Isla sería un gran regalo. Siempre me sorprende la cantidad de personas que me escriben desde allá. Pese a las dificultades con Internet, me encuentran a través de las redes sociales, ya sea por mi sitio web, mi blog o mi cuenta en Facebook. Muchos de ellos no habían nacido o eran muy pequeños cuando me fui. Eso me indica que sigue existiendo una conexión entre los libros que publiqué allí y una generación que nació y creció más tarde. Me gustaría mantener esa continuidad con mis libros posteriores.

¿Qué opinas del acercamiento entre Cuba y Estados Unidos y en qué medida crees que favorecerá la relación de la Isla con su diáspora?

Creo que la Isla crecerá cuando abra sus puertas a Estados Unidos, no solo económica y socialmente, sino espiritual y culturalmente. Por un lado, hay casi dos millones de cubanos viviendo en Estados Unidos. Nunca antes Cuba había contado con una reserva humana tan grande en el exterior, deseosa de impulsar el desarrollo de su país de origen. Por otro lado, los propios Estados Unidos han cambiado mucho en los últimos cincuenta años .Su presidente actual (y los que vendrán) eran apenas bebés o no habían nacido cuando surgió el conflicto entre ambas naciones. Podrán existir desacuerdos, pero esas diferencias no significan una enemistad obligada. Hay que pensar más en las generaciones presentes y venideras, y menos en nuestros propios dolores y rencores. No vale la pena malgastar tanta energía en conflictos que, a la larga, no producen ni conducen a nada útil.

¿Ha cambiado algo en la Daína Chaviano que conocimos y la que hoy es una de las autoras cubanas más conocidas en el mundo?

Creo que, en esencia, sigo siendo la misma. Continúo soñando con mundos mejores.

¿Cuáles son los proyectos literarios en los que trabajas actualmente?

Acabo de entregarle a mi agente una novela que me ha llevado diez años de trabajo, debido a la cantidad de investigación que requería. Ahora me tomaré un tiempo para realizar otras actividades, como impartir un taller de escritura en el Miami Dade College y preparar la ponencia para un panel sobre literatura fantástica en México. Después decidiré entre tres libros que he dejado a medias, y de nuevo a escribir.

Compartir con los imprescindibles


Marilyn Bobes • digital@juventudrebelde.cu •18 de Agosto del 2012

No son las efemérides el único modo de revivir a quienes ganaron su inmortalidad no para una fecha sino para la eternidad. En octubre otras dos figuras tendrán sus aniversarios: Mirta Aguirre y Cirilo Villaverde. Empecemos a compartir con todos los imprescindibles desde hoy.

En nuestro país, así como en todo el mundo, se ha hecho una costumbre recordar a las grandes figuras del patrimonio literario universal cuando se cumplen aniversarios, especialmente aquellos que solemos llamar «cerrados», bien sea de nacimientos o de muertes.

Así, cada 100 o 200 años, un escritor que debería acompañarnos como un amigo cercano en todos los momentos de nuestra vida, se vuelve casi una presencia obligatoria (y, en ocasiones, hasta abrumadora) cuando las efemérides señalan el momento de recordarlos con un sinfín de simposios, conferencias, exposiciones y reediciones de libros imposibles de encontrar sistemáticamente en nuestras librerías.

Y no estoy negando aquí la importancia de dichos homenajes. Ellos tienen la virtud de darnos a conocer con una profundidad que de otra manera se volvería más difícil, la vida y la obra de quienes merecen, por sus aportes a la cultura y a la identidad nacional, un estudio riguroso para, en última instancia, beneficiar al lector, al propiciarle una comprensión integral de los complejos factores que acompañan la realización de una obra maestra.

Sólo me pregunto si no sería mejor que tanto nuestros medios como nuestras editoriales convirtieran esta práctica en un ejercicio dosificado, pero permanente, y esos Grandes que nos ayudan a entender tanto nuestro pasado como nuestro presente se hicieran visibles mucho más allá del protagonismo que a veces solo adquieren en las fechas señaladas.

Este agosto, por ejemplo, ha sido el mes del cubano Virgilio Piñera y del brasileño Jorge Amado. La compañía del primero es un hecho, después de mucho tiempo sin que sus libros fuesen reeditados y sus obras de teatro repuestas (con excepciones) en repertorios donde nunca deberían faltar.

Es triste que uno de los autores más originales y provocadores de la literatura de la Isla, tuviera que esperar cien años para que se le reconociera, en toda su merecida dimensión, el lugar que ocupa en casi todos los géneros, a los cuales dedicó sus geniales potencialidades creadoras. Pero como dice el refrán: «nunca es tarde si la dicha llega». Por eso encomiamos la labor de todas las instituciones y personas que, de manera nada formal, se han dado a la tarea de celebrar por todo lo alto este cumpleaños. Mucho más cuando sabemos que, a lo largo de toda su vida, Virgilio tuvo que sufrir la indiferencia y hasta el maltrato de quienes no comprendieron su particular manera de mirar el mundo y la literatura. Esperemos que ello sirva para tenerlo desde ahora en la cotidianidad de nuestra vida intelectual.

Por su parte, aunque en Brasil la Fundación que lleva su nombre está celebrando a quien fuera uno de los autores contemporáneos que mejor reflejó la idiosincrasia de su país, el centenario de Amado no ha convocado grandes celebraciones entre nosotros. Al contrario de Piñera, en quien el humor negro y el absurdo predominaron como recursos expresivos, el brasileño afirmó de su propia obra: «mi creación novelesca deriva de la intimidad del pueblo y de la vida. Soy un escritor, no un literato». Y las diferencias de perspectiva entre estos dos maestros no significan validar una actitud en contraposición a la otra. Ambos representan, de igual manera, el espíritu de Cuba y de América Latina. Los dos, por igual, merecen idéntica atención.

En definitiva, que los aniversarios nos ayudan. Pero, en mi opinión, no deberían convertirse en una costumbre y mucho menos en un formalismo para «quedar bien» con la memoria de quienes no pueden pasar a ser, por su vigencia y actualidad, meras figuras museables. Y en este empeño, a todos, nos toca algo que hacer.

En octubre otras dos figuras tendrán sus aniversarios: Mirta Aguirre y Cirilo Villaverde. La importancia de ambos para la cultura cubana seguramente provocará nuevos homenajes. Junto con estos, hagámonos también el propósito de mantenerlos vivos en ese íntimo proceso de frecuentarlos para no perdernos el disfrute de su diaria y enriquecedora presencia entre nosotros.

No son las efemérides el único modo de revivir a quienes ganaron su inmortalidad no para una fecha sino para la eternidad. Y nosotros que, tal vez nunca la alcancemos, solo tenemos nuestra vida para que estén todo el tiempo que nos sea posible junto a nosotros. Empecemos a compartir con todos los imprescindibles desde hoy.

Amnios: una revista imprescindible


Marilyn Bobes, abril de 2012, Cubaliteraria

Contar con una revista de poesía como Amnios, que ha llegado ya a su sexto número, constituye un privilegio y una necesidad para la literatura cubana.

Esta publicación, dirigida por Alpidio Alonso, con la colaboración de Alex Fleites y Roberto Manzano, es un ejemplo de lo que puede conseguirse en términos de rigor y calidad para difundir y promocionar un género que no siempre se nos presenta con todo su poder comunicativo y transformador en el maremagnun del quehacer editorial.

Si bien los números a los que he podido acceder destacan por su calidad en la selección de los materiales que se ofrecen al lector, el número seis, presentado recientemente en el Centro Cultural Dulce María Loynaz por el escritor y crítico Francisco López Sacha ante una audiencia numerosa y ávida, revela la llegada a la madurez de una revista que no hace concesiones hacia una u otra tendencia de la lírica cubana y escoge con exquisita pluralidad y conciencia de las jerarquías, tanto las creaciones poéticas como los textos teóricos y las reseñas críticas que llenan sus páginas.

Uno de los méritos fundamentales de Amnios es su potencialidad de llegar al lector promedio a la vez que al especializado. Para ello se vale de un lenguaje que, sin dejar de ser culto, apela, parafraseando al escritor Víctor Fowler a la divisa de que «la poesía es pensamiento», aun cuando este se nos exprese a través de un lenguaje desmitificador pero siempre auténtico —como ocurre en el caso del poeta luxemburgués radicado en Nueva York, Pierre Joris, incluido en esta última entrega— y que es un ejemplo de experimentación fundamentada en un sistema de sólidas propuestas innovadoras, ajeno al fraude de lo que quiere parecer diferente y, sin embargo, encubre la incapacidad del autor para trasmitir sus propósitos estéticos, en ocasiones porque no los tiene suficientemente claros.

La extraordinaria entrevista a Víctor Fowler constituye en mi opinión uno de los textos paradigmáticos para entender lo que sucede hoy con la poesía cubana, sus virtudes y carencias y lo que ya va siendo una necesidad del género: la conformación de un canon a partir de una investigación acuciosa al margen de las coyunturas y los falsos homenajes.

De igual manera, la selección de los autores que nos muestran sus poemas resulta impecable en términos de calidad. Jóvenes y menos jóvenes confluyen en páginas donde la diversidad y el buen hacer demuestran las potencialidades de un género que merece, por tradición, volver a ocupar el importante lugar que siempre ha tenido en el panorama de la literatura cubana.

No resulta fácil armar una revista donde todas las secciones nos inviten a la reflexión y al disfrute y Amnios lo consigue en cada una de sus entregas.

La necesidad de que esta publicación tenga una recepción masiva se impone en momentos en que necesitamos desesperadamente de una jerarquización en medio de un panorama profuso que en vez de acercar al lector a las librerías, lo confunde en una avalancha en la cual esta revista puede desempeñar un papel orientador e incitador.

Como dijera Francisco López Sacha en la presentación de su más reciente número, esta es una publicación que debe existir. Yo agregaría que con una buena promoción. Amnios puede convertirse en un instrumento educativo para el lector cubano, aun cuando no sea, ni mucho menos, didáctico.

No se trata de hacer concesiones populistas ni de “bajar” el lenguaje para conseguir el interés de las mayorías, sino de elevar el nivel de los receptores hacia las formas de expresión más complejas y hasta oscuras. Pero para ello se necesita de una condición que esta revista ha venido cumpliendo: la autenticidad de los autores consigo mismos y con sus destinatarios.

Celebremos, pues, el sexto cumpleaños de este magazzine al que deseamos una larga vida entre nosotros.

Dulce María Loynaz y el canto del cisne


Artículo de Marilyn Bobes publicado en La Jiribilla

Hace falta valor para que un poeta encuentre en el silencio las claves que Dulce María Loynaz halló: Seré menos que el cisne —había profetizado— no dando a la vida ni el último aliento.

Así, en 1958, tras escribir los extensísimos versos de “Ultimos días de una casa”, la única mujer cubana que obtuviera el Premio Cervantes se aferró a ese voto que quiso cumplir durante el resto de su vida y decidió que era “hora de morir”, al menos para la literatura, pues fue longeva que, en sus años de ancianidad, abrió las puertas de su mundo a jóvenes generaciones que la redescubrimos.

Las razones de su conducta son un misterio que no intentaré descifrar. Pero no fue necesario que Loynaz continuara urdiendo palabras y argumentos para legarnos una de las obras más intensas de la literatura cubana del siglo XX, en las que sobresale su novela Jardín, tan inclasificable que durante muchos años fue relegada al ámbito de las curiosidades  y solo ahora comienza a ser valorada en su justa dimensión.

Gabriela Mistral la calificó como “el mejor repaso de idioma español que he hecho en mucho tiempo” y ello puede extenderse a toda la producción poética de una autora rigurosa y precisa, cuya maestría idiomática se acerca a la de los clásicos y que no necesitó violentar las reglas de la gramática para expresar toda la gama de sentimientos y reflexiones que recorren su poesía y su prosa desde los comienzos hasta el final.

“Esta novela —recorrido original por todo el ámbito del romanticismo, modernismo y vanguardia— gira entre dos polos esenciales: esclavitud y vanguardia (…) en definitiva, la proposición de la novela creemos que es la de señalar un camino”. Así opina la lucidísima Fina García Marruz.

Y he aquí entonces una buena lección para los escritores de todos los tiempos: es posible innovar partiendo de la tradición, porque las rupturas también pueden ser la consecuencia de un profundo respeto a las convenciones

Cuando en 1984 la Editorial Letras Cubanas publicó las poesías escogidas de Dulce María Loynaz muchos tuvimos la falsa impresión de que se trataba de una autora un tanto demodé, perdida en los estertores de un posmodernismo bastante alejado del lenguaje que por entonces prevalecía de manera canónica.

Después comprendimos —al menos así lo hice yo— que la poesía es más que una búsqueda formal y nos adentramos en ese mundo lírico, compuesto de sajaduras y esperas con que Dulce María vio derrumbarse su mundo sempiterno y fue capaz de confesar que ella era la Casa: “más que piedra y vallado, más que sombra y que tierra, más que tierra y que muro”. Porque ella—así dijo—era todo eso y era con alma.

Su silencio no debe sorprendernos. Exigir a un autor que continúe escribiendo hasta el fin de sus días, es un acto que puede conspirar contra esa plenitud que la obra de Loynaz resuma precisamente porque la novelista y poeta no quiso ser ese cisne que se acerca a la muerte cantando lo que no cantó en vida.

Tanto sus libros de poemas, como sus dos libros de prosa contienen todo lo que la autora quiso legarnos: ese sentido de la belleza y ese estilo fino y firme al que se refirió José Zacarías Tallet.

Hoy, a los 109 años de su nacimiento, Dulce María Loynaz se nos hace menos enigmática y más contemporánea.

Respetar el silencio con el que quiso despedirse de nosotros es la mejor manera de aquilatar lo que muy bien supo decir en su momento. En ella vive la historia de una mujer y un jardín.

“No hay tiempo ni espacio, como en las teorías de Einstein. El jardín y la mujer están en cualquier meridiano del mundo —el más curvo y el más tenso— y en cualquier grado —el más bajo y el más alto— de la circunferencia del tiempo.”

Y como en su poesía y en su silencio: “Hay muchas rosas”.

JARDÍN
Dulce María Loynaz  (La Habana, 1902-1997)

Primera parte

Dios Todopoderoso, primeramente plantó un jardín.
BACON

Capítulo primero
Retratos viejos

Bárbara está en su alcoba mirando retratos viejos. La alcoba tiene las paredes encaladas y altísimo el techo de viguetería rematado por un friso que representa combates de monstruos, guerreros acometidos por dragones y vuelos de grandes aves negras.

Un cortinaje de color violeta muy desteñido cuelga sobre los huecos de las puertas, haciendo de fondo obscuro y movible como el lecho de un río a los grandes muebles de madera tosca, aún con pesadez del árbol primitivo; entre las masas de sombra clarea el espejo, puesto tan alto que nadie podría mirarse en él. Su turbia luna solo refleja el tropel de dragones empolvados del friso.

Algunas veces, Bárbara ha sentido pena por este espejo inútil, sin renuevo de imágenes, condenado por siempre a la inmovilidad y a la ausencia de toda vida.

Pero ahora ella solo está atenta a su redada de retratos que van saliendo del pasado como de un mar revuelto donde ella fuera la única perdida pescadora.

Hay una ventana que cae al jardín; luce un poco de verde a través de la entornada puerta… Una puerta que nunca puede abrirse por impedirlo el tronco de un almendro que arranca junto al mismo muro de la casa, afirmando en él, con presión lenta y creciente, sus nervudas ramas.

En el aire persiste un suave olor de almendras y de menta, olor frío y amargo de que se impregnan las cortinas, las sábanas del lecho, los pájaros embalsamados en las rinconeras de mármol. Una colección de litografías antiguas en que se reproduce la historia de Thais, mitiga a tramos la blancura áspera y casi rechinante de las paredes… En el reloj de la consola marcan las agujas horas absurdas; pero sabemos que va caído el mediodía porque un chorro de oro vivo fluye por el trasluz de la ventana y baña la figura pensativa, absorta en la banal dedicación.

Bárbara está mirando retratos viejos, y sus manos tienen la fina amarillez de las cartulinas esparcidas sobre su lecho.

Los retratos crecen y forman una pirámide que pronto se desploma y se vuelve a formar junto a la cabecera; algunos caen al suelo, y un soplo de la brisa los arrastra, los dispersa entre una blanca fuga de bolas de naftalina. La naftalina es dura y fría como grano de estrellas.

Sabrosa melancolía de los retratos viejos… Hundir la mano en la empolvada burguesía de los grupos familiares —el niño más pequeño en el maternal regazo, cabezas en escalinata, el perro moviendo la cola…—.

¡Y las modas antiguas, los absurdos cuerpos invertidos, las cataratas de lazos y pasamanería!…

La bisabuela joven… La cara, un poco borrada, no se ve bien —vuelitos, vuelitos de encaje…—. Sobre el pecho amplio, muy escotado, una preciosa cruz de filigrana, una cruz como la que Bárbara oprime ahora despacio entre sus dedos…

(Los pájaros embalsamados alargan sus cuellos y pegan los picos al cristal de sus urnas para ver mejor.)

La tía-bisabuela, eso es… Y ¿cómo sería? Dicen que era la mujer más bella de su tiempo y que tenía un ojo de distinto color que el otro; un ojo más azul y otro más verde…

Las bolas de naftalina tropiezan, deteniéndose, con las flores pintadas en la alfombra, y el olor de almendras se mezcla al olor antiséptico y refrigerante de la nafta. (¿Hay sombras bajo el agua estancada del espejo?…)

La bisabuela fue la mujer más bella de su tiempo y seguramente la más amada… Era un poco rara y murió joven. Unos dicen que la envenenaron con zumo de adelfas, y otro insinuó también que ella misma se había clavado en el corazón el alfiler de oro de su sombrero.

Se mueven las hojas verdes por el espacio que deja libre la entornada puerta. ¿Quién anda por el jardín sin ruido en los pasos y con batir de hojas, con escapar de pájaros?…

Las manos de Bárbara remueven los retratos, deshacen envolturas, entresacan los demás abajo… Sale un daguerrotipo primitivo, casi borrado ya. Solo se distinguen los entorchados del uniforme y los ojos fijos, de una obscura, impenetrable fijeza; es el retrato del lejano ascendiente, Almirante del Rey, al que retrataron muerto.

Bárbara se esfuerza en adivinar los rasgos de la cara inexpresiva, un poco abotagada ya… Solo miran los ojos; miran con un vago pavor, con un asombro infinito…

Las manos se han estremecido ligeramente, y el daguerrotipo rueda por la alfombra.

Ahora viene el retrato de un adolescente que Bárbara no sabe quién es. El pelo raramente peinado le cae sobre los ojos en un fleco pálido, y el cuello emerge suave de un rodete de encaje. Un camisolín de seda floja desdibuja los contornos del cuerpo un tanto endeble, cuerpo de niño crecido demasiado aprisa…

Bárbara se sonríe muy levemente… Hace un rato, cuando andaba por el jardín, estaba ya pensando en este muchacho del retrato… Desde antes pensaba, desde ayer, junto al mar, doblada por el viento; todavía antes quizás… (¿Desde cuándo?…)

¡Cómo estaba su vida llena de preguntas sin respuestas! ¡Cómo hubiera querido saber quién deslizara este pálido rostro entre los retratos viejos de su casa!… Porque él no tenía adherida la sutil ceniza del tiempo; parecía él distinto a los demás, no le hallaba ese aire singular, indefinible, que toman los retratos de los que han muerto.

Dijérase que iba a sonreír de un momento a otro… Ella, mirándolo, casi esperaba la sonrisa pronta a florecer bajo sus ojos obstinados… Imposible sonrisa de los muertos. ¡Quién volviera a tenerla tibia todavía, apretada contra el corazón!…

Bárbara voltea lentamente la fotografía entre los dedos. Hay letras al dorso, letras de pluma casi ilegibles.

La primera letra es una P fina y erguida como una espiga, y la siguen otras dos o tres letras que se pierden. Luego, muy claro y muy firme, muy ajustado al renglón, un nombre: Bárbara…

Extraña coincidencia… Hay más palabras ilegibles, y la última, que se ve mejor, empieza por una A, una P seguida de otra A, una R; no, una S… Estas dos letras están borradas: Apa… ¿Apacentar acaso? El jovencito tiene apariencia de pastor indolente, de pastor fatigado de apacentar tristezas.

¿Apa…? ¿Apagar más bien? Apagados son los ojos del adolescente bajo el fleco de pelo tibio… Apagada es su boca en la blancura de su rostro, como la brasa pálida que el viento arrastra lejos de la hoguera.

¿Cuál es la letra fina que apunta en el extremo? Una  E; la palabra concluye en E, y antes de la E  hay una T, y antes de la T una N, y la palabra dice: “Apasionadamente.”

¿Apasionadamente?…

Donde debió de estar el nombre del dedicador del retrato hay una comedura de polilla, y de la pequeña tumba solo se ha salvado la letra inicial, una hermosa A inglesa que se quedó fuera fresca, como acabada de escribir.

Esta es una A bien clara, con la que puede empezar el nombre de Alberto o el de Armando; quizás sea la A de Alfonso, que es como más redonda, o la de Alfredo, un nombre tan romántico. Y la letra se mueve, se despereza con la brisa que entra por el cuchillo de la ventana.

(El hoyo de la polilla se va llenando de melancolía…) ¿Es Bárbara un nombre de las mujeres de la familia? ¿Se llamaba así la bisabuela de las adelfas?

Un sol de primavera pinta rayos dorados en la alfombra. Las nerviosas manos se impacientan y derrumban en el aire los restos de la última pirámide.

El retrato de un niño cae de improviso sobre su falda, y allí se queda mirándola sonriente… ¡Ay, las sonrisas de los muertos!… ¡Este retrato sí que Bárbara lo conoce bien!… Es el del hermanito muerto a los tres años. Ella lo mira sin tocarlo. No es más que un niño encaramado en un caballo de cartón, pero tiene en la boca firme y voluntariosa un gesto triunfal.

Da un poco de pena el verle entre los juguetes con que no jugó mucho tiempo; y pena de mirarle como un espejo roto los mismos ojos almendrados de ella, el mismo modo de colocar los dedos muy separados entre sí.

Bárbara se acuerda de cuando él murió, y de la misteriosa voluptuosidad que su corazón de niña enferma probara ante los cojines de raso y la carnada fresca de azucenas en que le tendieron…

Recordó también la extraña, la dolorosa alegría que la turbaba días después, cuando la madre, sin llanto y sin palabras, puso en sus manos aquel barquito encerrado en un pomo de cristal que ella había deseado tanto y que su orgulloso dueño no le dejó tocar nunca…

Había sido necesario que él muriera, que él dejara la casa sumida en silencioso cataclismo, para que ella pudiera alcanzar un poco de su omnipotencia, uno solo, el más leve de sus derechos.

Bárbara se ha sonreído casi imperceptiblemente; luego toma el retrato con la punta de los dedos y lo desliza entre las infinitas páginas de una Biblia.

Hay sol en la alfombra y en la cristalería de los medios puntos. Las manos tornan a buscar el retrato del adolescente de la elegante letra inglesa.

A puede ser Alberto o puede ser Alfredo… Estos ojos no se ven bien bajo las hebras de pelo fluido, incoloro.

Apasionadamente…

¡Qué palabra tan rara!… Suena a agua honda removida, a estrellas removidas si las estrellas sonaran. Suena como una vez sonó el mar cuando venía sobre el jardín aquella noche de tormenta, con sordo rezongar que se iba haciendo cada vez más cercano y poderoso.

Apasionadamente, apasionadamente…

(Hay un incendio de sol tras los cristales…)

Bárbara, un poco turbada, no sabe qué hacer con su soledad y revuelve los retratos sobre la cama… De pronto, la mano le tropieza con un hacecillo de postales atadas con una cinta azul.

Ella lo acerca a su pecho, y por encima del ruedo de retratos se esparce una segunda sonrisa…

Empieza a desatar las cintas y a mirar las fotografías por su orden. Son todas de una misma imagen, una niña que vive, crece y se conforma a través de ellas.

La sonrisa tiembla y se alarga más allá de la comisura de los labios, subiendo por las mejillas a romperse en puntos de oro dentro de los ojos… Toma el primer retrato y ve la niña de dos años con cabellos escasos y cintas que le caen por la cabeza. Muchas cintas y encajes también sobre el vestido tirante de los hombros, inclinándola desgarbadamente hacia delante. Zapatos con hebillas más grandes que los pies.

La sonrisa de Bárbara sigue creciendo, y la alcoba se llena de puntos de oro y el aire se borda de lentejuelas…

Bárbara mira el retrato y piensa. Piensa y sonríe. Sonríe y hace de luz el aire y el minuto y la vida…

¿Y la vida?…

La aguja racional de Marilyn Bobes


“Escribo por una necesidad de comunicar mis experiencias, que creo que pueden ser las de los otros. Si a mí me pasan cosas y las escribo las pueden leer otros que tal vez no tienen la facilidad de hacer ese poema con el que se pueden identificar porque los hace reír, llorar, reflexionar o los puede consolar. Es un sentido de vida que tiene que ver con los otros, yo quería volverme la angustia de los otros que es mi propia angustia”.

El miércoles 20 de marzo a las 5 pm se presenta el libro de poesía “La aguja racional” de Marilyn Bobes en la Sala Martínez Villena de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba).

Poeta y narradora, nació en La Habana, Cuba, en 1955. Estudió en la facultad de Historia de la Universidad de la Habana y trabajó como periodista colaborando con la agencia Prensa Latina y en la revista Revolución y Cultura. Obtuvo el premio David de poesía por su colección de poemas La aguja en el pajar (1979).

En 1993 entra en la arena literaria y su obra narrativa obtiene diversas condecoraciones en México y Perú. Obtiene el Premio Casa de las Américas con su libro de cuentos Alguien tiene que llorar (1995).

Historia de amor contada por una de las partes

Nos conocíamos bien

pero nos perdonábamos.

Tú decías amar mi pelo largo

y esta costumbre de leerte versos

que por entonces creía memorables.

Luego fui demasiado complicada.

Teorizaba mucho

y no aprendía a cocinar.

En una palabra:

te faltaba el cariño necesario.

Todavía pregunto de qué cariño hablabas.

Qué revisión de causa te hizo creer

que el amor tiene fórmulas

y leyes postuladas por refranes.

Todavía pregunto de qué cariño hablabas

y me duele cambiarte por palabras

en esta noche en que me siento

a teorizar conmigo

mientras afuera llueve

y tú

sentado ante la mesa de otra casa

esperas  el café

que una mujer

de pelo corto

te prepara.

 

Revista Unión: un número ejemplar


Fuente: Cubaliteraria. Marilyn Bobes, 09 de diciembre de 2011

A pesar de la gran proliferación de revistas literarias y culturales que circulan en Cuba, no siempre es frecuente tropezar con números tan rigurosamente elaborados y de tan alto nivel profesional como este 72 de 2011 que acaba de entregarnos Unión.

Teniendo como plato fuerte el excelente dossier dedicado a la familia Diego, que incluyen creaciones de Eliseo y sus tres hijos (Rapi, Lichy y Fefé) y aportaciones críticas y testimoniales sobre ellos, el número en cuestión se lee como si se tratara de una pieza para colección, pues su diseño exquisito y el resto de los materiales incluidos en sus páginas poseen el nivel intelectual que no descuida esa comunicación con el lector, no pocas veces —en entregas anteriores— interrumpidas por la densidad más cercana al ensayismo que a los requerimientos de una mayoría que trascienda el ámbito especializado.

Exquisito diseño, abundante graficación fotográfica y variedad temática dentro de su núcleo de homenaje fundamental a los Diego, son algunos componentes con las que el editor Carlos Velazco ha sabido conformar un producto exquisito en el que no falta la poesía y la novelística, en esta ocasión de figuras muy prestigiosas y nada cuestionables dentro del panorama de la actual literatura cubana.

Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, el Premio Nacional de Literatura Abelardo Estorino y el de Cine Enrique Pineda Barnet, componen una triada que no deja indiferente al lector, aunque solo fuera por el placer de descubrir a estos consagrados en un ejercicio (el de la novela) al cual no acostumbramos a asociarlos.

Las ilustraciones del fallecido Constante Diego (Rapi) contribuyen a realzar el cuidadoso diseño, mientras la coherente colocación de cada material permite un singular camino hacia lecturas que no excluyen excelentes aproximaciones ensayísticas como las de Alberto Abreu hacia los escritores agrupados en El Puente o la de Olga García Yero a la faceta de escritor de ese grande de la plástica cubana que fue Marcelo Pogolotti.

Mención muy especial merece la investigación realizada por Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco sobre la vida y la obra del escritor cubano recientemente fallecido en Miami, Carlos Victoria, al que sólo puede calificarse de un gran acontecimiento en la vida editorial cubana por sus contundentes revelaciones y su acercamiento a un autor de la llamada diáspora muy poco conocido entre nosotros a pesar de habernos dejado una obra de decorosa solidez y constituir un ejemplo de honestidad literaria y personal, más allá de su ideología o posiciones políticas.

La comprensión de las diferentes circunstancias que lo llevaron a emigrar es un punto de partida para que Victoria pueda ser mejor comprendido por los lectores cubanos y una contribución a incorporarlo al corpus literario que escritores de afuera y de adentro integran al margen de cualquier consideración ideoestética.

Excelente y lúcida también la crítica de la doctora Graziella Pogolotti a la novela del recientemente fallecido Eliseo Alberto, otro autor de la diáspora, a quien, en una pequeña nota editorial que cierra el número, se le califica como uno de los más grandes escritores de la cultura cubana.

Aunque no es mi costumbre elogiar revistas, confieso que este número 72 de Unión me ha sorprendido. Ojalá esta controvertida publicación que ha tenido tan malos como grises momentos, continúe por este camino de rigor y exquisita elaboración. No espero menos para el órgano (¿oficial?) de la UNEAC.