‘Halt -y Sinuhé’


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Halt!

Minientrada


Halt!

La artillería israelí sigue cañoneando
campamentos de refugiados palestinos
en el sur del Líbano.

(de la prensa)

Recorro el camino que recorrieron 4 000 000 de espectros.
Bajo mis botas, en la mustia, helada tarde de otoño
cruje dolorosamente la grava.
Es Auschwitz, la fábrica de horror
que la locura humana erigió
a la gloria de la muerte.
Es Auschwitz, estigma en el rostro sufrido de nuestra época.
Y ante los edificios desiertos,
ante las cercas electrificadas,
ante los galpones que guardan toneladas de cabellera humana,
ante la herrumbrosa puerta del horno donde fueron incinerados
padres de otros hijos,
amigos de amigos desconocidos,
esposas, hermanos,niños que, en el último instante,
envejecieron millones de años,
pienso en ustedes, judíos de Jerusalén y Jericó,
pienso en ustedes, hombres de la tierra de Sión,
que estupefactos desnudos, ateridos
cantaron la hatikvah en las cámaras de gas;
pienso en ustedes y en vuestro largo y doloroso camino
desde las colinas de Judea
hasta los campos de concentración del III Reich.
Pienso en ustedes
y no acierto a comprender
cómo
olvidaron tan pronto
el vaho del infierno.

Auschwitz-Cracovia octubre 21 de 1979

Mirar al Rojo


Wichy, foto de Silvio Rodríguez Domínguez (tomada del blog Segunda cita)

Aquí están las quince mil vidas del caminante Luis Rogelio Nogueras, Wichy el Rojo, y una más: la que viene de estas fotos y estos documentos y estos libros y va hacia el mañana del que hablaba en sus poemas llenos de esplendor e inteligencia. Aquí está mirando a la cámara, haciéndole muecas a la vida y quizás a la muerte, este novelista y cineasta, poeta y ensayista, hermano de sus hermanos, nativo pelirrojo del Trópico y del mundo –y en especial de esta Isla que amó a su manera, a su tiempo, a su aire nuestro y memorable. Aquí está naciendo y viviendo otra vez en un puñado de imágenes y papeles este creador completo y complejo: un simple mortal, un hombre; pero fuerte, ingenioso y justo en la medida humana. Y es bastante.

Víctor Casaus

Mis desacuerdos: Waldo Leyva


Waldo Leyva recibió, la noche del miércoles 27 de octubre, el Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora, por su libro Cuando el cristal no reproduce el rostro, presentado en la cuarta edición de este galardón.

Entrevista realizada por Eduardo Valtierra en la ciudad de México en octubre de 2006 al poeta cubano Waldo Leyva

E.V.: Waldo, ¿nos puedes decir cómo fue la producción del disco Definitivamente jueves, en el que Silvio interpretó uno de tus poemas?

W.L.: Es una faceta hermosa que lo retrata. El proyecto lo armamos Augusto Blanca y yo, pero fue mi mujer la que dijo: «Waldo, ese soneto tuyo Mis desacuerdos tiene que ser cantado por Silvio, es un poema para él». Augusto se lo comentó y él aceptó. Después, en algún momento, le pregunté que si ya él sabía lo del soneto. Me dijo que sí, que contara con él sin problema, que lo iba a cantar.

Hubo un problema con el disco cuando lo grabábamos en los estudios de la EGREM y tuvimos que pedirle a Silvio si podía darnos un apoyo en Ojalá. Nos dio el estudio y el técnico por el tiempo que fuera necesario, se ajustó y se salvó el disco. Nosotros llegamos a pensar que Silvio no iba a poder ponerle la voz al poema porque tenía mucho trabajo y se iba a Italia, y ya era muy difícil. Me acuerdo que eso fue un viernes, y cuando llegamos el lunes y empezamos a hablar con el técnico para ver qué voz iba a sustituir a la de Silvio… «¡Ninguna, si él lo grabó!». ¡Grabó el soneto el sábado o el domingo, antes de irse! [risas]. Para mí es un enorme honor que Silvio esté ahí y que cante ese soneto mío. Cada vez que oigo la canción, pienso que mi mujer tenía la razón: el texto y la música eran para él, no había otro. Aunque he de confesarte que él le ajustó un par de palabras; me dijo que tuvo que hacerlo para poder cantarla. Ahí demostró, otra vez, el dominio de la literatura, del verso, porque siendo un soneto, ajustarle un par de palabras y que entrara perfectamente, sin que perdiera ni sentido ni ritmo, te demuestra que domina perfectamente esa técnica.

E.V.: En algunos de tus poemas mencionas a Silvio, pero no a trovadores como Pablo, Noel o Vicente.

W.L.: Ni siquiera a Augusto [risas], que es mi hermano del alma. Para mí, Silvio es el trovador de mi generación. Él es unos tres años más joven que yo pero, en última instancia, vamos en la misma carreta. Nunca se lo he dicho, pero él sabe que en varios de mis poemas hablo de él. Y, mira, tú has hecho una observación que no me había dado ni cuenta: no hay otro trovador del que hable en mis poemas, sólo Silvio.

Y lo que son las cosas curiosas de la vida, hay una amiga mía, poeta, santiaguera, que me estima muchísimo y que hizo un libro de los poemas dedicados a Silvio o con Silvio como tema.Y entonces me dice: «Es una lástima que tú no estés en el libro, porque como tú no has escrito nada sobre Silvio…». Y yo: «Se ve que tú no lees nada de literatura [risas], porque posiblemente yo sea el que más referencias a Silvio ha hecho en la poesía». Entonces me hizo escribirle a mano, en su libro, el poema de Silvio, para tenerlo ella así por lo menos [risas].

Mis desacuerdos

Poema de Waldo Leyva, música de Augusto Blanca

No sé si quiero ojear en mis recuerdos
o prefiero salvarme en el olvido.
A quién puede importar lo que he vivido,
lo que fui y ya no soy; mis desacuerdos.

Los instantes mas lúcidos o lerdos
jamás revelarán lo que yo he sido,
lo mejor de mí mismo se ha escondido
tras sueños y utopías que ahora pierdo.

Mis amores de ayer y los de ahora,
días en que creí salvar el mundo,
todo está ahí, no falta ni una hora,
ni un minuto siquiera, ni un segundo.

Nadie podrá saber lo que atesora
la memoria del tiempo en que me hundo
mis amores de ayer y los de ahora,
días en que creí salvar el mundo.

Una edición para Wichy


Silvio Rodríguez • La Habana • Diciembre 2006, La Jiribilla

 

Palabras de Silvio en la presentación de la sexta edición del libro Que levante la mano la guitarra.

Ustedes saben que no es mi fuerte esto de empezar a sacar palabras de la cabeza, de las tantas que se me ocurren, y en estos breves espacios escoger las que dirían, con más exactitud, todo lo que uno piensa. Pero un poco metiendo la mano al azar menciono que me agradó muchísimo que Iván Gerardo Campanioni a quien hacía décadas que no veía, un gran poeta de esta generación, que menciono porque se lo merece y no porque tenga sesenta años, me saludara unos instantes antes de comenzar esta presentación.

Él fue uno de los poetas que se reunían alrededor de El Caimán Barbudo, aquel primer caimán, y estuvo en aquel tan citado homenaje “Teresita y nosotros”, que fue, efectivamente, el primer recital en el que participé —solo o en colectivo— después de desmovilizarme de las Fuerzas Armadas. Luego hice muchos otros allí en la salita de Bellas Artes, pero al primero que fui invitado y esto tiene gran significación fue para éste convocado por los autores de El Caimán Barbudo que algunos de ellos eran ex compañeros míos de otra aventura literaria y artística que había tenido muchísimo más joven cuando integré las filas de la revista y el semanario Mella.

Yo, también, dediqué a Wichy estas palabritas que hice muy rápidamente para el final del libro y es hermoso ver que todos coincidimos en lo mismo porque Wichy es el ausente. Pero, para los que lo conocimos es más que el ausente; es un amigo entrañable y un hombre que con su lucidez y su brillantez intelectual, con su carácter jovial, fraterno, maravilloso nos persigue, nos acompaña a todos por igual en la memoria y a veces hasta en los actos cotidianos.

Hemos comentado, a todos nos ha pasado, que en algún momento lo vemos, o recordamos cosas que él dice o en esta situación Wichy diría o Wichy haría. Eso es algo que, constantemente, nos sucede por eso está entre nosotros y no es raro que nosotros hayamos coincidido sin ponernos de acuerdo en dedicar el más reciente esfuerzo relacionado con este libro a su memoria.

Víctor decía que en el momento en que se decidió hacer este libro todavía yo no tenía los espacios que, según él merecía o merezco. Es bastante cierto porque la verdad que hacer un libro sobre mí en el momento en que decidieron hacerlo más que un aval en el ámbito de la cultura podía ser una especie de maldición. Incluso, cuando me propusieron esta idea yo me quedé maravillado y no sé si en algún momento les dije: ¿ustedes están seguros en lo que se van a meter?

Ya existía un antecedente y quiero mencionarlo aquí porque no es ocioso y además porque es un nombre que, al menos a mí, me regresa una y otra vez, que es el de Eduardo Castañeda, un compañero de nuestra generación, que fue dirigente estudiantil y que por los avatares de entonces cayó castigado en la Isla de la Juventud construyendo (estuvo durante todo el período de construcción) la presa Viet Nam Heroico y cuando terminó ese trabajo regresó a La Habana y comenzó a trabajar en el Instituto del Libro cuando se estaba fundando. Él fue el fundador de la Editorial Pluma en ristre y recuerdo que uno de los primeros libros que propuso a esa editorial era una antología de mis canciones. Esto fue en una época muy temprana, es decir antes de que me fuera en el Playa Girón o sea tiene que haber sido entre 1968 y 1969.

Realmente era todavía más osadía plantearse en esos precisos momentos un trabajo de divulgación de mi obra porque en esos momentos yo era una persona —como se ha dicho y también magnificado quizás demasiado— que estaba muy cuestionada por algunos.

Me acuerdo que se hicieron hasta las pruebas de galera; fue un libro en que se adelantó muchísimo. Yo revisé las pruebas de galera y las tuve en mi poder durante muchos años después de haberse frustrado aquello.

Se hizo también un pequeño disco que tenía dos canciones por cada lado y se grabó en la EGREM porque era un libro con un disco. Hasta desde el punto de vista editorial era pionero, pero muy pionero, de algo que se ha hecho después al cabo de las décadas. Todo eso fue idea de Eduardo Castañeda y, lamentablemente, por diversas razones, por problemas de lo que fuera, él murió, se quitó la vida y al desaparecer Eduardo desapareció la posibilidad de hacer aquel libro.

Las personas que tomaron la continuidad de aquel trabajo silbaron y miraron en otra dirección y aquello desapareció por completo. Nunca más nadie me habló de esa posibilidad. Años después fue que Víctor y Wichy me hablaron de hacer Que levante la mano la guitarra que en inicios no se llamaba así.

Se trataba de hacer un libro con mis canciones y que tenía que tener entrevistas y reflexiones porque, justamente, por haber sido una persona cuestionada —no sólo yo sino otros compañeros de generación con los que estaba haciendo el libro— nos parecía bueno que nos pronunciáramos, que habláramos, que dijéramos nuestras opiniones sobre el mundo, nuestro compromiso con el arte, con nuestra vida, con nuestro país… en fin, cómo nos situábamos nosotros en la existencia. Por eso este libro tiene tanto de reflexivo.

Nada más que agradecer a Víctor una vez más, a Wichy, al querido Chino Heras, al Instituto del Libro, al Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, haber editado este libro y, sobre todo, que se haya conseguido que se venda exclusivamente en moneda nacional: esto es lo que realmente a mí más me gratifica.

Muchas gracias a todos.

El anhelo sagrado…


Palabras de Carlos E. León
Fotos de Iván Soca

Es 19 y también mayo,
monte de espuma y mar de sierra,
cuando otro ángel a caballo
cae con los pobres de la tierra
Silvio Rodríguez

No puede ser casualidad que un 19 de mayo se presentara en la sala de teatro del museo Bellas Artes el disco La fuga de la tarde, que contiene poemas de Rubén Martínez Villena, musicalizados por Augusto Blanca. Tan imprescindible Martí, tan martiano Villena, tan resumen Augusto. Este disco es el Premio Especial de un concurso que, sobre la musicalización de la poesía de Villena, lanzara la disquera Ojalá y la oficina de Silvio Rodríguez.

La sala se apaga y entra Silvio, mentor de dicho concurso, a presentar el concierto y el disco. Fue sorprendente para él —así lo declaró— que ese premio lo hubiera obtenido un trovador de su generación, toda vez que la idea original del concurso era que jóvenes músicos se adentraran en el verbo de aquel gran soñador y luchador cubano; el de la Protesta de los Trece, el que acuñó para la historia que Gerardo Machado era “un asno con garras”.

No se imaginaba que un trovador maduro, probado y establecido, con una obra más que reconocida se aventurara a entrar en esas lides concursales, y fue lo último que le cayó en sus manos y en su escucha; pero era demasiada la obra que, sobre Villena había hecho Augusto. Era el mismo Augusto, pero renovado, digamos, “villeneado”.

Silvio se retira y entra Augusto, que dice aquellos versos de La pupila insomne —como introducción— y la sala de Bellas Artes, absolutamente repleta, esperaba, sin contar que la mirada de un espectador común se daría cuenta que al piano y dirigiendo andaba el maestro Emilio Vega; y que en el tres —como un músico más— sentado con su sombrero estaba Pancho Amat. Menciono solo dos y puedo asegurar que todos los demás músicos que poblaron ese escenario son estrellas. Así lo dijo Augusto, que él tenía la suerte de hacer un concierto de lujo.

“Mi vida es una senda”, y sube al escenario Pepe Ordás, con ese segundo quirúrgico que solo él sabe hacer; empastan las voces, y el público observa a Vega dirigir, desde su teclado, con sabiduría, convencido, ofreciéndonos la magia de esos arreglos.

En la medida que las canciones nacían había una pantalla que las acunaba y les daba el pecho. Exactamente el diseño del disco, con el aire, las formas y la impronta de Fabelo. En el caso de quien escribe, puede asegurar que la comunión entre Villena, Augusto, los músicos y la música, y Fabelo, es irrepetible e inigualable.

Puedo asegurar que Augusto Blanca —en ese viaje fecundo de Banes a Santiago, y de Santiago a La Habana— siempre ha sido auténtico, sus discos y su andar lo atestiguan. Nada extraño, entonces, que cantara con la emoción que lo caracteriza, que la orquesta en cuestión se sumara a él y lo acolchonara hasta subir al cielo —a nuestro cielo, a nuestros cerebros, a nuestros sentimientos—, que hiciera vibrar a todo el auditorio con ese tema dedicado a los estudiantes de medicina fusilados en 1871, cuenta todavía no saldada.

Momento especial fue La tempestad y la bendita voz de María Felicia Pérez. Yo les confieso que el buen gusto y la buena música se quitaron el sombrero y se sumaron al silencio y la atención que había en esa sala.

Este disco, La fuga de la tarde, es parte de un proyecto que debe seguir, auspiciado por Ojalá y la oficina de Silvio Rodríguez. En el concierto, Augusto declaró que haber grabado este volumen en esos estudios, fue como una escuela, como una universidad, y agradeció a la Oficina, a todos, yo recuerdo los nombres de Lucy Romero y de Ana Lourdes Martínez; esa mujer que el que suscribe bautizó un buen día del mundo como la Reina Midas, ya sabrán por qué.

Decir que Augusto se convirtió en Rubén en ese concierto no sería justo. Augusto siempre ha tenido su mochila cargada de poetas y de poesía. Este disco es una simbiosis, ¿cuánto hay de Villena en Augusto, y cuánto de Augusto en Villena? Escuche el disco y me dirá.

Soneto

Te vi de pie, desnuda y orgullosa
y bebiendo en tus labios el aliento,
quise turbar con infantil intento
tu inexorable majestad de diosa.

Me prosternó a tus plantas el desvío
y entre tus muslos de marmórea piedra,
entretejí con besos una hiedra
que fue subiendo al capitel sombrío.

Suspiró tu mutismo brevemente,
cuando la sed del vértigo ascendente
precipitó el final de mi delirio;
y del placer al huracán temiendo,
se doblegó tu cuerpo como un lirio
y sucumbió tu majestad gimiendo.

1921

Cumplir con Vallejo


Cumplir con Vallejo: Tomado del  sitio web del poeta Silvio Rodríguez Domínguez: “zurrondelaprendiz”.

Entrevistó:

Entrevistó: Revista Revolución y Cultura, Cuba
Enero del 1980

Silvio, ¿cuál es la historia que hay detrás de estas fotos?

Hace ya doce años, casi todas las noches nos dábamos cita en la heladería Coppelia un grupo de amigos. La hora del encuentro era aproximadamente la medianoche. Allí, en las mesitas al aire libre (las más cercanas a la calle 23), bajo los árboles y las luces ocasionales de los murales lumínicos del Habana Libre, saboreábamos interminables granizados de chocolate bizcochado e intercambiábamos poemas, relatos, canciones.

Casi siempre eran las mismas caras: Victoriano de las Casas (Víctor Casaus), la Gacela Oriental (Guillermo Rodríguez Rivera), el flaco (Jesús Díaz), Wichy el Rojo (Luis Rogelio Nogueras), el Gordito (Raúl Rivero), Contino (Antonio Conte), Alí la Fuent (Jorge Fuentes) y yo (a quien apodábamos Arteaga ). No omito a los demás, sólo que esta historia concierte directamente a los que nos había picado el bicho de la poesía.

Era una época de descubrimientos. El mayor de nosotros no tenía más de 23 años y éramos una serte de colones, descubriendo mediterráneos y echándole el ojo y la garra a cuanto había en el mundo. Así, llegó una noche César Vallejo y se sentó cansado y sonriente entre nosotros, y empezamos a compartir con él lo poco que sabíamos.

Un día alguien —realmente no recuerdo quién—, dijo como en broma: “caballeros: el primero de nosotros que vaya a París tiene que llegarse a la tumba de Vallejo”. Después, olvidamos el asunto. Pasó una década, desaparecieron los viejos apodos, pero sobrevivió la hermandad. En 1977 estuve por primera vez en París. Más bien reboté en París, porque el trabajo, los tranques, la llovizna, la prisa por llegar a otros sitios sólo me permitieron una visión relampagueante de la ciudad. Aún así, no sé por qué me acordé del “pacto”, y partí con cierta tristeza por no haberlo podido cumplir. Hace unos meses (en marzo de 1979) volví. Y entonces sí acudí a la cita.

En primer lugar no me acordaba en qué cementerio se encontraban los restos del gran latinoamericano. Fue Julio Cortázar quien me dijo que estaba en Montrouge, y allá me dirigí en taxi con una amiga que, generosamente, se brindó como compañera de exploración. Debo decir que el cementerio de Montrouge me recordó un poco nuestro bello cementerio de Colón. Entre mausoleos y estatuas fastuosas se ven tumbas muy modestas, a veces pobres. Le preguntamos a un viejo empleado y, con cierta sorpresa de nuestra parte, nos dijo enseguida donde quedaba la tumba (nos la señaló en un mapita que colgaba en la puerta de su caseta).

Era una mañana de domingo, húmeda y fría. El cementerio estaba desierto. Caminamos en silencio, oyendo el ruido de nuestros pasos. Y, de golpe, allí estaba la tumba… Escribí y coloqué, emocionado, el texto con las firmas. Mi amiga fotografió el modesto homenaje, para que luego los viejos amigos en la Habana pudiesen ver que la promesa se había cumplido.

Realmente, en aquel instante sentí una mezcla de sentimientos y sensaciones. Hubiese querido dejar sobre la losa algo más duradero que una simple hoja de papel; pero me consolaba la idea de que él, César, poeta, no agradecería nada mejor que aquello sobre lo cual se inclinó con tanta pasión a lo largo de su febril vida: una cuartilla. Me sentía en aquel instante, un hombre de la Revolución Cubana rindiendo homenaje ante la tumba de un gran escritor comunista. Y una y otra vez me pregunté cómo un hombre, desde la muerte, puede seguir tan presente en la vida. Y pensé en Martí, en el Che, en Villena, en Pablo…

¿Qué repercusión ha tenido la poesía de Vallejo en la Nueva Trova?

La poesía de Vallejo es una de las lecturas que más me ha impactado. A veces uno lee cosas buenas y disfruta o se impresiona. Pero leer a Vallejo es estremecerse, es vivir una experiencia dramática. Después de lo anterior es de suponer que la primera vez que choqué con Vallejo me sentí como sordo, ciego, atolondrado. Me asombró descubrir que se podía escribir como si estuviese hablando con el propio yo, a través de esos códigos íntimos que usamos para sintetizar lo complejo, con esas abreviaturas del espíritu que son como señales secretas. Si Martí me enseñó el vuelo de la metáfora, Vallejo me la hizo víscera, hueso, sangre.

La estatura poética de Vallejo lo coloca entre los hábitos de lectura de mucha gente en la Nueva Trova. Sé que Pablo Milanés lo admira muchísimo (su versión de Masa lo demuestra). Vicente Feliú también. Carlos Gómez ha musicalizado algunos de sus textos. Pero quien ha hecho un trabajo extenso (y bello) sobre la obra de Valle es Noel Nicola. Espero que si algún día graba ese disco me lo dedique…

¿Por qué no le has escrito una canción o un poema a Vallejo?

Me pasa un poco lo que con Martí: ambos me sobrecogen. Aunque confieso que, en ambos casos, me he atrevido a hacer bocetos que luego no he completado. Quizá algún día me arme de valor y cumpla de esa manera con los dos.

Guillermo Rodríguez Rivera, Luis Rogelio Nogueras, Víctor Casaus, Raúl Rivero, Antonio Conte y Silvio Rodríguez

Una tarde del año 1979, en el patio de la casa de Guillermo Rodríguez Rivera (fotomontaje): Guillermo Rodríguez Rivera, Luis Rogelio Nogueras, Víctor Casaus, Raúl Rivero, Antonio Conte y Silvio Rodríguez