Caimán no come caimán… pero sí poesía


Del blog de Félix Contreras

De arriba hacia abajo: Víctor Casaus, Froilán Escobar, Luis Rogelio Nogueras y Félix Contreras. (Fuente: https://felixcon.wordpress.com/galeria/)

Por: . 22|6|2015

El Caimán Barbudo es lo más parecido a su circunstancia natal, a los días de su fundación. La nación despertaba de dictaduras, escándalos de corrupción, robos y gansterismo, y se iniciaba la década más fundadora de su historia tras la victoria de 1959: Instituto de Reforma Agraria, Consejo Nacional de Cultura,  Casa de las Américas, UNEAC,  ICAIP, entre otras instituciones.

La cultura toma vuelo, trasciende la magia negra del bongó y la tumbadora, la cultura popular entra en interesantísimo proceso de rescate, redescubrimiento y revaloración: Benny Moré, el son, Arsenio Rodríguez, la guaracha, Antonio Arcaño, la rumba, Rita Montaner, Bola de Nieva, Chano Pozo, Carlos Embale,  Ñico Saquito, El Chori, son rescatados (de Las Fritas de Marianao) y colocados en el sitio de la alta cultura con Saumell, Beethoven, Lecuona, Bach, Ignacio Cervantes, Ignacio Piñeiro, Bizet, Roldán, Caturla, Jorge Mañach, Lino Novás Calvo, Alejo Carpentier…

Asombrados, vemos y sentimos toda esa eclosión que nos devela de modo directo, sin el dedo “magistral” de la retórica, nuestra cultura, nuestro país. Somos ejemplo de cómo una nueva generación, con recursos y voluntad política del estado, además de inserción en la sociedad, encuentra campo para su realización profesional en el omnipresente nuevo marco institucional de ese proceso de renacimiento cultural que borra el aislamiento, que localiza al individuo y lo lleva a la convergencia con el otro, con los otros.

Época tan radicalmente nueva, fascinante, madre de asombros que hasta los millonarios donan tractores y arados para la Reforma Agraria.

Leíamos —al mismo tiempo— a Martí, Tallet. Guillén (el “malo” y el “bueno”), Machado, Escardó, la Loynaz, Whitman, Eluard, Ballagas, Casal, Boti y Poveda,  Carilda, Agustín Acosta, Pedroso, Florit e igual, al mismo tiempo, descubríamos, sin emoción vergonzante —con Helio Orovio— el Mamoncillo de la Tropical al ritmo de Benny More y su fabulosa Banda Gigante, o a Roberto Faz y su Conjunto, que nos dio con el bolero otra vertiente de la poesía.

¿Dónde y cómo se encuentran los futuros caimaneros?

El único núcleo de jóvenes poetas existente en la isla eran los de El Puente —con editora— con José Mario a la cabeza. Enfrente teníamos, vivos y radiantes, a los grandes poetas de Orígenes (Lezama, Diego, Cintio, Fina, Baquero), dándonos saludable y estoico ejemplo de la necesidad y utilidad de la poesía y también, los más jóvenes de la generación del 50 (muy recelos con nosotros) que igual respetábamos: Retamar (“en cazuela”, parodiaba Wichy), Padilla, César López, Pablo Armando Fernández,  Fayad Jamís, Manuel Díaz Martínez, José Álvarez Baragaño y otros.

Amábamos todo lo que oliera a poesía, la buscábamos en la calle, en el lenguaje del vivir cotidiano y en la parodia. Lo lúdico como antídoto a la retórica finisecular heredada, todo lo que fuera juego, jugar con la palabra y los nombres, todo lo que fuera mecanismo de creación porque poesía era todo, y todo era posible.

Un grupo muy matizado, típico de la diversidad de procedencia socio-cultural. No éramos individuos escogidos o seleccionados, sujetos o atendiendo a un programa ideo-estético, ideológico, religioso o de la francmasonería, etc.

Nos escogió el azar y agrupó la poesía.

El Caimán Barbudo encuentra su núcleo fundador en la Brigada “Hermanos Saíz”, fundada en 1965 en el Salón de Actos de la Biblioteca Nacional. Recuerdo allí ese día a Sigifredo Álvarez Conesa, mi condiscípulo en la Escuela de Instructores de Arte, Manolo Vidal (pintaba y escribía), Helio Orovio, Rafael Escobar Linares, electo de presidente de la sección de literatura —redactor de la revista Mar y Pesca—, Argelio Sosa (becado, cursaba el preuniversitario en Ciudad Libertad), René Allouis (“algo chiflado”, traductor de películas en inglés y en la radio), Maggie y Roger, inseparables, más amantes y con más pegadera que Romeo y Julieta.

Salvo los mencionados Sigifredo y Orovio, no recuerdo al resto de los caimaneros en la Biblioteca. Presumo que los conozco después en la UNEAC, sede de la Brigada, cuando comienzan allí sus reuniones los sábados, de una de la tarde a siete de la noche. Todos éramos inéditos, aún sin ningún interés en publicar. La lectura e interactuar con los otros, ocupaban todo nuestro tiempo.

Tengo nítido mi primer encuentro con Wichy (Luis Rogelio Nogueras) y Froilán Escobar: la Brigada celebra una lectura colectiva de poemas, yo tenía los bolsillos llenos de versos dedicados a un almendro, y Sigifredo —en cuyas manos quedaron para siempre— me pide que lea algunos. Al final fuimos al restaurante Los Siete Mares y yo súper contento, pues tenía también siete mares pero de hambre. Con Froilán, Orovio, Víctor y Wichy intimé más.

La realidad cultural se fue diversificando y con ella, nosotros: unos entraron a la universidad, nosotros, los de poca escuela, al autodidactismo, a comernos el mundo.

Fuente: El caimán barbudo, la revista cultural de la juventud cubana

Dos décimas. De Tony Guerrero para Wichy; de Wichy para Ámbar


Dos décimas, una de Wichy y otra de Tony Guerrero, aparecerán en el libro Enigmas y otras conversaciones en la próxima Feria del Libro de La Habana, a celebrarse en febrero de 2013, en la colección Homenajes de Ediciones La Memoria, en la sección “Entre esos poetas que admiro” del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau.

Víctor Casaus, 17 de noviembre de 2012

UNA ESPINELA HERMOSA
A Luis Rogelio Nogueras (Wichy )

Era una espinela hermosa
que apareció ante mis ojos,
hecha de pétalos rojos
de la más sublime rosa.
Era una voz melodiosa
que yo vengo a hacerla mía.
Era lo que él más quería.
Era su niña en un sueño.
Era el padre que era dueño
del don de la poesía.

Tony Guerrero
Prisión Federal de Marianna
27 de septiembre de 2012

SUEÑO
Los niños, versos vivos
José Martí

Cuando duermes, hija mía,
en el alma de la noche
quizás tu sueño derroche
lo que busco, la poesía.
Y luego al llegar el día
despiertas y se te olvida
el poema que dormida
compusiste sin esfuerzo.
¡Y a otros hacer un verso
les toma toda una vida!

Luis Rogelio Nogueras
(La Habana, 1944-1985)

Mirar al Rojo


Wichy, foto de Silvio Rodríguez Domínguez (tomada del blog Segunda cita)

Aquí están las quince mil vidas del caminante Luis Rogelio Nogueras, Wichy el Rojo, y una más: la que viene de estas fotos y estos documentos y estos libros y va hacia el mañana del que hablaba en sus poemas llenos de esplendor e inteligencia. Aquí está mirando a la cámara, haciéndole muecas a la vida y quizás a la muerte, este novelista y cineasta, poeta y ensayista, hermano de sus hermanos, nativo pelirrojo del Trópico y del mundo –y en especial de esta Isla que amó a su manera, a su tiempo, a su aire nuestro y memorable. Aquí está naciendo y viviendo otra vez en un puñado de imágenes y papeles este creador completo y complejo: un simple mortal, un hombre; pero fuerte, ingenioso y justo en la medida humana. Y es bastante.

Víctor Casaus

Una edición para Wichy


Silvio Rodríguez • La Habana • Diciembre 2006, La Jiribilla

 

Palabras de Silvio en la presentación de la sexta edición del libro Que levante la mano la guitarra.

Ustedes saben que no es mi fuerte esto de empezar a sacar palabras de la cabeza, de las tantas que se me ocurren, y en estos breves espacios escoger las que dirían, con más exactitud, todo lo que uno piensa. Pero un poco metiendo la mano al azar menciono que me agradó muchísimo que Iván Gerardo Campanioni a quien hacía décadas que no veía, un gran poeta de esta generación, que menciono porque se lo merece y no porque tenga sesenta años, me saludara unos instantes antes de comenzar esta presentación.

Él fue uno de los poetas que se reunían alrededor de El Caimán Barbudo, aquel primer caimán, y estuvo en aquel tan citado homenaje “Teresita y nosotros”, que fue, efectivamente, el primer recital en el que participé —solo o en colectivo— después de desmovilizarme de las Fuerzas Armadas. Luego hice muchos otros allí en la salita de Bellas Artes, pero al primero que fui invitado y esto tiene gran significación fue para éste convocado por los autores de El Caimán Barbudo que algunos de ellos eran ex compañeros míos de otra aventura literaria y artística que había tenido muchísimo más joven cuando integré las filas de la revista y el semanario Mella.

Yo, también, dediqué a Wichy estas palabritas que hice muy rápidamente para el final del libro y es hermoso ver que todos coincidimos en lo mismo porque Wichy es el ausente. Pero, para los que lo conocimos es más que el ausente; es un amigo entrañable y un hombre que con su lucidez y su brillantez intelectual, con su carácter jovial, fraterno, maravilloso nos persigue, nos acompaña a todos por igual en la memoria y a veces hasta en los actos cotidianos.

Hemos comentado, a todos nos ha pasado, que en algún momento lo vemos, o recordamos cosas que él dice o en esta situación Wichy diría o Wichy haría. Eso es algo que, constantemente, nos sucede por eso está entre nosotros y no es raro que nosotros hayamos coincidido sin ponernos de acuerdo en dedicar el más reciente esfuerzo relacionado con este libro a su memoria.

Víctor decía que en el momento en que se decidió hacer este libro todavía yo no tenía los espacios que, según él merecía o merezco. Es bastante cierto porque la verdad que hacer un libro sobre mí en el momento en que decidieron hacerlo más que un aval en el ámbito de la cultura podía ser una especie de maldición. Incluso, cuando me propusieron esta idea yo me quedé maravillado y no sé si en algún momento les dije: ¿ustedes están seguros en lo que se van a meter?

Ya existía un antecedente y quiero mencionarlo aquí porque no es ocioso y además porque es un nombre que, al menos a mí, me regresa una y otra vez, que es el de Eduardo Castañeda, un compañero de nuestra generación, que fue dirigente estudiantil y que por los avatares de entonces cayó castigado en la Isla de la Juventud construyendo (estuvo durante todo el período de construcción) la presa Viet Nam Heroico y cuando terminó ese trabajo regresó a La Habana y comenzó a trabajar en el Instituto del Libro cuando se estaba fundando. Él fue el fundador de la Editorial Pluma en ristre y recuerdo que uno de los primeros libros que propuso a esa editorial era una antología de mis canciones. Esto fue en una época muy temprana, es decir antes de que me fuera en el Playa Girón o sea tiene que haber sido entre 1968 y 1969.

Realmente era todavía más osadía plantearse en esos precisos momentos un trabajo de divulgación de mi obra porque en esos momentos yo era una persona —como se ha dicho y también magnificado quizás demasiado— que estaba muy cuestionada por algunos.

Me acuerdo que se hicieron hasta las pruebas de galera; fue un libro en que se adelantó muchísimo. Yo revisé las pruebas de galera y las tuve en mi poder durante muchos años después de haberse frustrado aquello.

Se hizo también un pequeño disco que tenía dos canciones por cada lado y se grabó en la EGREM porque era un libro con un disco. Hasta desde el punto de vista editorial era pionero, pero muy pionero, de algo que se ha hecho después al cabo de las décadas. Todo eso fue idea de Eduardo Castañeda y, lamentablemente, por diversas razones, por problemas de lo que fuera, él murió, se quitó la vida y al desaparecer Eduardo desapareció la posibilidad de hacer aquel libro.

Las personas que tomaron la continuidad de aquel trabajo silbaron y miraron en otra dirección y aquello desapareció por completo. Nunca más nadie me habló de esa posibilidad. Años después fue que Víctor y Wichy me hablaron de hacer Que levante la mano la guitarra que en inicios no se llamaba así.

Se trataba de hacer un libro con mis canciones y que tenía que tener entrevistas y reflexiones porque, justamente, por haber sido una persona cuestionada —no sólo yo sino otros compañeros de generación con los que estaba haciendo el libro— nos parecía bueno que nos pronunciáramos, que habláramos, que dijéramos nuestras opiniones sobre el mundo, nuestro compromiso con el arte, con nuestra vida, con nuestro país… en fin, cómo nos situábamos nosotros en la existencia. Por eso este libro tiene tanto de reflexivo.

Nada más que agradecer a Víctor una vez más, a Wichy, al querido Chino Heras, al Instituto del Libro, al Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, haber editado este libro y, sobre todo, que se haya conseguido que se venda exclusivamente en moneda nacional: esto es lo que realmente a mí más me gratifica.

Muchas gracias a todos.

Con el filo de la hoja. Humor y amistad de José Zacarías Tallet


Wichy, José Zacarías Tallet y Víctor Casaus

Fuente: Boletín Memoria Número 140, julio de 2011 Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau

Este boletín Memoria quiere recordar, con esta carta del poeta José Zacarías Tallet dirigida a Pablo a principios de agosto de 1936, los dos elementos que conforman el título de esta nota introductoria: el humor y la amistad.

Ambos fueron piezas claves de las personalidades de Pablo de la Torriente Brau y algunos de sus amigos más entrañables como Raúl Roa y el propio Tallet. Fue precisamente en la casa de Tallet donde Roa y Pablo fueron apresados por la policía machadista en 1931, por su participación activa en la lucha antidictatorial y antimperialista. De aquel momento dejaron testimonios emocionados —y también plenos de humor— los dos detenidos. Pueden revisitarse en el libro Pablo: con el filo de la hoja, reeditado hace unos años por las Ediciones La Memoria del Centro Pablo.

Dentro de las celebraciones por el 110 aniversario del nacimiento de Pablo y de los 15 años de la fundación del Centro que lleva su nombre, reunimos en esta carta –cuyo original forma parte del Fondo Documental de Pablo– las referencias a estos amigos y compañeros de luchas y de sueños que animaron y enriquecieron con sus vidas y sus obras la cultura y la historia de nuestra Isla.

Esta carta de Tallet fue escrita, por otra parte, en un momento decisivo de la vida de Pablo, quien se encontraba exiliado en Nueva York desde principios de 1935 debido a la represión desatada por el coronel Batista al amparo de la embajada norteamericana en La Habana. Tallet, como otros compañeros muy cercanos –Ramiro Valdés Daussá entre ellos–, era partidario de que Pablo regresara a Cuba, aprovechando la aprobación de una “ley de amnistía, la cual, recortada y todo, te abarca a ti”. Al mes siguiente Pablo decidiría marchar a España, “a la revolución española, en donde palpitan hoy las angustias del mundo entero de los oprimidos. La idea hizo explosión en mi cerebro, y desde entonces está incendiado el gran bosque de mi imaginación”.

Las claves para comprender mejor esta carta de Tallet son las siguientes. “Brave point” es  la localidad de Punta Brava, en La Habana, donde radicaba la casa de los padres de Teté Casuso, la esposa de Pablo y donde la pareja vivió después de su boda en 1930. El Gordo es el periodista Guillermo Martínez Márquez. El Saumell que se menciona en la carta es Eduardo, hermano de Alberto Saumell, compañero de Pablo en el Ala Izquierda Estudiantil y, posteriormente, en la Organización Revolucionaria Antimperialista (ORCA), creada por Pablo, Roa, Gustavo Aldereguía y otros compañeros en 1935, en el exilio. Jorgito es el hijo de Tallet y Ruth Martínez Villena. Ruth –hermana de Rubén, el poeta de La pupila insomne–  es una de las “vecinas” mencionadas por el poeta en su carta; la otra es Teté, la esposa de Pablo, quien se preparaba para retornar a Cuba desde Nueva York, como efectivamente hizo muy poco después.

Desde el humor y la amistad recordamos de hecho también aquí al poeta de La semilla estéril, cuya obra renació después de muchos años de silencio, en la década del 60 del pasado siglo, animada por la admiración y el cariño que le entregamos a aquel siempre joven Tallet los miembros de nuestra entonces naciente generación poética.

Víctor Casaus

La Habana, Agosto 6, 1936

Mi querido Pablo:

Mi inveterada costumbre de dejarlo casi todo para mañana, principalmente cuando se trata de la correspondencia que me cae como una bala, ha sido causa de que no te contestara tus dos cartas, la primera de las cuales, entre paréntesis, se me traspapeló. Por esta falta de consideración te pido burguesamente mil perdones… y al grano.

Aunque, por el traspapelamiento aludido, no recuerdo los detalles de la proposición para adquirir la obra de Dickens y aún cuando no es éste santo de mi devoción, acepto gustoso tu propuesta y te ruego me digas qué cantidad tengo que girarte en seguida para ir adquiriendo la magnífica colección que, como muy bien dices, servirá aunque sea para revenderla si el caso llegare.

Del asunto de Saumell me ocupé en el acto y espero que mi recomendación siga siendo atendida hasta el final.

Tengo que comunicarte que ayer quedó aprobada la ley de amnistía, la cual, recortada y todo, te abarca a ti. Espero, por lo tanto, que pronto estarás de regreso en estos lares, como ya lo está el Gordo y lo estará dentro de unos días el Loco, quien se halla ídem por conocer a su vástago, miquito gracioso si los hay.

Jorgito va recuperándose después de la operación y la Vecina con muchas ganas de chismear con la otra Vecina. En cuanto al libro de Rubén es mejor que hablemos cuando en breve nos veamos por acá, pues mi opinión es que no hay inconveniente, después que aparezca la amnistía en la gaceta, para tu retorno.

El otro día estuvimos en Brave Point, pasando un día muy grato con la suegra, esperanzada de vuestro regreso próximo. Estoy por creer que Teté no vendrá sola.

Del palacete de Amargura 66 nos mudaremos en estos días para un hotel, mientras le hacen reparaciones mayores. Hace algún tiempo estuve a punto de perecer bajo una enorme torta que se desprendió del milenario cielo-raso y abrió un hueco en la almohada y no por suerte en mi ilustre cabeza, lo cual hubiera sido irreparable pérdida para las letras cubanas.

Besos de Jorgito y la Vecina para tu Vecina, y míos también ¡qué carajo! pues bien que se los merece, y para ti sólo abrazos de todos tres.

Pepe

HERAS VIVENCIAL


Fuente: Revista Alma Mater, Universidad de la Habana

Por Yoel Suárez Fernández, estudiante de Periodismo

Un  buen día a aquel muchachito lo sacaron de la universidad para trabajar en una fábrica. El castigo se había fraguado en instancias y circunstancias de las que prefiere no hablar. «Lo he contado solo una vez, no lo he vuelto a contar, ni pienso volver a hacerlo». Eduardo Heras León sabía lo que era la guerra. Las 72 horas en Playa Girón lo habían familiarizado con un tema recurrente para su periodismo, su literatura y en esos momentos, su vida.

Entre los escritores más destacados de la primera promoción post-revolucionaria, el autor de Los pasos en la hierba se reconoce como parte de una generación frustrada. Hoy mira hacia atrás con nostalgia, «sin rencor», me confiesa, deseoso quizá de que el tiempo le conceda una vuelta al pasado, cuando fungió como jefe de redacción de la revista Alma Mater.

Wichy Nogueras, Víctor Casaus y otros animaron su sueño de hacer de la revista de Julio Antonio Mella, un espacio de análisis serio de la Isla y su cultura.

Pero en 1971, como dice el poema de Wichy, las arañas tejían en la sombra sus redes asesinas. Y los sueños de Eduardo cayeron en una pesadilla que se extendió por casi una década para la intelectualidad cubana. Hoy, plenamente reconocido y con otro sueño convertido en realidad. Los castillos son los símbolos de los sueños, Heras León dirige, lo que él ha llamado «la casa del joven escritor cubano», el Centro de formación literaria Onelio Jorge Cardoso.

Fuera y dentro del país sus libros son publicados en ediciones de lujo, recibe homenajes y a través de talleres literarios, despliega una vocación oculta por el magisterio. Heras León está listo para conversar de sus años juveniles con la voz suave y los ojos pequeños.

Heras de Alma Mater

No pocos escritores describen el paso por el periodismo como un momento de crecimiento como creadores. ¿Experimentó lo mismo mientras fue jefe de redacción de Alma Mater?

Cuando comienzo a trabajar en la revista ya me había ganado el Premio David. Eso significa que estaba bien metido en las labores de creación narrativa. Como autor de ficción ya tenía un camino recorrido. Soy un escritor vivencial, y ya contaba con varias experiencias importantes.

Especialmente, la publicación significó para mí un período de crecimiento como ser humano y como periodista; un espacio en el que se elevó mucho mi caudal político. En nuestra época hicimos números antológicos. Trabajábamos con tremendo entusiasmo y dedicación.

Alma Mater era el lugar donde vivíamos, además de nuestra casa. Para nosotros, escribir en la revista era una fiesta, un placer. Allí se reunió una tropa en la que estaban Germán Piniella, Vicente Carrión, Raúl Rivero; y —en la periferia— otro grupo que formaban Luis Rogelio Nogueras, Víctor Casaus, Rogelio Moya y Guillermo Rodríguez Rivera, entre otros. Éramos entonces unos muchachos, principalmente, con inquietudes culturales. Y la revista se convirtió en el cuartel general de nuestra generación.

Durante sus años en Alma Mater, ¿cómo manejaban el tema de la libertad editorial?

Mi presencia en Alma Mater termina en 1971, año en que comienza el Quinquenio gris. Hasta ese momento teníamos una enorme libertad para escribir. Ana Mildred Vidal, responsable de extensión universitaria, era una mujer muy revolucionaria, de mucho alcance intelectual, y con una mirada amplia en lo que respecta a la cultura.

Que yo recuerde, nunca nos puso cortapisas a la hora de escribir, incluso publicamos cosas que después catalogaron de «demasiado». Recuerdo una entrevista con Eduardo Galeano, donde el escritor uruguayo dijo una serie de cosas reales, pero muy «fuertes».

Ten en cuenta que cuando en el 71 se produce el Congreso de Educación y Cultura, a Alma Mater le quitaron todo. Desperdigaron a buena parte del equipo de redacción.

Yo mismo estuve cinco años en una fábrica, Wichy Nogueras estuvo un año en una imprenta y entró un nuevo grupo a la revista. Pero, honestamente, en el período que estuve como directivo nunca recibimos orientaciones de nadie. Claro, los famosos límites de «dentro de la Revolución», ¿quién los ponía? En dependencia de quien estuviera en la dirigencia sería interpretado el famoso apotegma de Fidel: «dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada».

Mientras fue jefe de redacción de la revista, ¿qué cree que le faltaba a Alma Mater?

Llegó un momento en el que estábamos satisfechos con lo que hacíamos, estábamos orgullosos del trabajo que habíamos hecho. En un inicio buscábamos quitarle cierto  carácter superficial que tienen las publicaciones estudiantiles. Queríamos convertir a Alma Mater en una publicación sociocultural de la universidad.

Iniciamos una sección que se titulaba Página en C (o sea, en Cultura), y ahí se publicó mi primer cuento, el primero de Senel Paz, el primero de Abel Prieto; así nos convertimos en una fuerza promotora de jóvenes autores. La otra vertiente era meternos dentro de los problemas de la política cultural; creo que llegamos a un punto de equilibrio entre lo cultural y lo político.

Pienso que hubiera sido más influyente, se hubiera desarrollado más en el ámbito universitario, de haber mantenido la misma libertad. Pudo convertirse en una publicación mucho más seria, cosa que luego consiguió la revista Universidad de La Habana, con Ambrosio Fornet como editor.

El Quinquenio universitario

Siempre se ha dicho que los años 70 fueron duros para la cultura cubana…

En mi caso particular no fueron solamente duros, sino terribles. Parte de ese proceso tuvo que ver con mi libro Los pasos en la hierba, que había sido la única Mención del Premio Casa de las Américas en 1970.

El texto fue muy mal interpretado, fue víctima de críticas por parte de una secta dogmática de la dirección cultural, y eso me costó el tener que abandonar la carrera e ir a trabajar a una fábrica de acero. Fui uno de los que más sufrió.

He escrito algo de lo que me ocurrió en esos momentos. Aquello era incomprensible para nosotros, pero más tarde nos percatamos de que sencillamente había una pugna entre grupos que querían asumir poder. Durante el ciclo de conferencias sobre el Quinquenio gris que se impartió en el Instituto Superior de Arte (ISA), leí un texto titulado Testimonio de una lealtad, que relata la historia de lo que me ocurrió en aquella dura etapa.

Aunque sus consecuencias llegan hasta hoy, afortunadamente ese período (que no fue gris, fue negro) quedó atrás, pienso que por un proceso de maduración de los propios creadores y de nuestros dirigentes. En ese sentido, fue importantísima la labor de un hombre como Armando Hart frente al Ministerio de Cultura, y luego de Abel Prieto, que es lo mejor que le ha pasado a la cultura en los últimos veinte años.

¿Cómo recuerda la universidad de los años 60 y 70?

En los 60 hubo una explosión de creatividad que estaba por encima de todo. Por ahí tengo escrita una crónica de cómo era la escuela de Letras. Todavía hoy existe un banco a la entrada de la Facultad, que es sagrado. Y ahí te encontrabas a un grupito en el que resaltaba Wichy Nogueras hablando sobre el último ensayo de Marcuse, alguna polémica de Sartre o un encuadre de cine. Había un ambiente de entusiasmo cultural que la universidad no ha vuelto a tener, una reserva enorme de potencial creativo que finalmente se reflejó en nuestra propia obra.

Siempre he dicho que pertenezco a una generación frustrada. En el 68 escribí La guerra tiene seis nombres, al año siguiente Los pasos en la hierba; y no quiero parecer autosuficiente, pero los libros de mi generación (Los años duros, de Jesús Díaz o Condenados del condado, de Norberto Fuentes) no tenían nada que envidiarle a los primeros libros de los que tiempo después serían los grandes escritores latinoamericanos.

Cuando llegó este proceso del Quinquenio gris, muchos de nosotros dejamos de escribir por un buen tiempo. Hoy en día debíamos tener diez novelas cada uno, ¿y qué tenemos? Obras que en su mayoría tendrían más trascendencia si se les hubiera permitido un desarrollo normal. Y no te digo esto con rencor. Desgraciadamente ocurrió de esa manera, la vida de los hombres es así, las revoluciones son así.

En la segunda mitad de los 70 pude terminar la carrera, después que salí de la fábrica. A partir del fracaso de la Zafra de los Diez Millones, la situación sociocultural se puso muy difícil: aumentaron los prejuicios contra los religiosos y las personas que tenían determinada orientación sexual.

Fue un período de extremismos que por poco acaba con la universidad y la cultura de este país. Afortunadamente eso se superó, pero quedaron las secuelas, que son imborrables.

En busca del tiempo perdido Su generación estuvo especialmente impactada por la figura del poeta Roque Dalton…

Roque era una fiesta, una maravilla. Lo conocí después de que gané el Premio  David. Un día nos encontramos en Casa de las Américas, me confesó que le había interesado mi libro y acto seguido me preguntó si había leído el que él había escrito sobre la obra de Regis Debray ¿Revolución en la revolución?

Quería discutir conmigo algunas cosas, y así comenzó nuestra amistad. En su casa estuvimos una tarde entera conversando de la vida y milagros de todo el mundo.

Visitábamos mucho a Marta Solís, corresponsal en Cuba de la revista mexicana Siempre, y ahí él tomaba mucho (yo no, era abstemio). A veces hasta llegaba «tomado», incluso una vez lo metimos bajo la ducha. Se ponía a recitar coplas que no se pueden publicar. Eran coplas de su autoría, fabulosas, como El corrido de Rosita Elvirez. En ocasiones cantaba corridos mexicanos… (Heras deja la mirada inmóvil, perdida en algún punto de la memoria, y una sonrisa delata que hay recuerdos indecibles).

Tenía una vitalidad tremenda y era un poeta de primer orden. Su libro El turno del ofendido nos descubrió a un autor de nuestra generación, maravilloso.

Muy poca gente lo sabe, pero Roque escribió un libreto para la televisión sobre la historia de su familia. Él mismo tiene una historia de película.

Como sabes, en algún momento lo iban a fusilar, ocurrió un terremoto y pudo escapar de la cárcel. Ernesto Cardenal decía: «Ustedes los marxistas dicen que eso es una casualidad histórica. Nosotros, los católicos decimos que es un milagro». En aquella época nada se podía grabar, todo era en vivo, y Roque habló conmigo y con Silvio [Rodríguez] para que lo ayudáramos con el programa. Silvio haría el papel de comentarista-trovador: entre escena y escena hacía comentarios en forma de trova y yo me encargaría de presentar el programa. Finalmente la dirección artística la realizó Ana Lasalle.

El día que tocaba la presentación del espacio, cuando íbamos en un auto para el estudio de 23 y P, vimos frente al hotel Capri una escena tremenda.

Unos hippiesestaban tirados en medio de la calle deteniendo el tránsito, de pronto llega un carro jaula y empiezan a meter a los muchachos para el interior de las patrullas. Y Roque, sacando una mano por la ventanilla gritaba a más no poder: « ¡No les vayan a dar! ¡No les vayan a dar!».

Así, un millón de cosas simpatiquísimas ocurrieron al lado de Roque. Te imaginas lo terrible que fue para nosotros saber de su muerte, casi un asesinato, que ya tendrán que pagar los verdaderos culpables de ese crimen; porque fue un crimen lo que hicieron con ese revolucionario cabal, con ese hombre que amaba tanto la vida.
Heras presentó sus Cuentos Completos en la sede nacional de la FEU durante la pasada Noche de los Libros.

¿Actualmente mantiene el vínculo con la universidad?

No tanto como quisiera, aunque la escuela de Letras me ha invitado a dar charlas y conferencias, he presentado algún libro o revista. Incluso, me ofrecieron una cátedra, la de narratología, que impartía Salvador Redonet. Pero no la acepté, porque sinceramente creo que mi etapa como profesor universitario pasó y no me siento en condiciones de dedicarle tanto tiempo.

Lo que pasa también es que la universidad de ahora no es como la de antes…

¿Y cómo es?

Pienso que aquel entusiasmo creador que teníamos, aquella curiosidad intelectual, se perdió. Hoy en día paso por la Facultad de Artes y Letras y veo con tristeza cómo los muchachos no hablan nada de literatura, no les interesa demasiado. Les interesa exclusivamente sacar los exámenes, y en muchos casos se convierten en lectores de prólogos.

Te pongo un ejemplo: yo ingresé a la escuela de Periodismo, y organizamos una especie de taller acerca del periodismo en Cuba, ¡estando en el primer año! ¡¿Y quiénes éramos nosotros para armar aquel panel?!

Durante ese encuentro recuerdo que en medio del debate se pone de pie Wichy Nogueras (a quien no conocíamos todavía) y dice: ¡Pero de qué periodismo estamos hablando! ¡Si Marshall McLuhan ha predicho que dentro de veinte años aquí no habrá palabra escrita, todo será por computadoras! ¡El libro va a desaparecer!

Y en eso se levanta un viejito que estaba al final del local y dice: ¡Pero óigame, hace un año y pico que yo me alfabeticé, y estoy empezando a leer! ¡Cómo me van a quitar los libros ahora, con lo que me gustan!

Aquella fue la época también de Silvio [Rodríguez]. Tuve la dicha de asistir a su primer recital, en Bellas Artes, que fue impresionante. Recuerdo cuando se inauguró la librería de L y 27 y en medio de la cola empezamos a pedir dinero prestado para conseguir los libros que se vendían.

Ese tipo de entusiasmo por la cultura, que nos llevaba a convertir la universidad en una especie de segunda casa, se ha perdido. Recuerdo esos tiempos con mucha nostalgia.

Retablo para Wichy


Fotomontaje: Guillermo Rodríguez Rivera, Luis Rogelio Nogueras, Víctor Casaus, Raúl Rivero, Antonio Conte, César Vallejo y Silvio Rodríguez.

Retablo para Wichy

Los amigos
acuden al convite de un muerto
en su único estado posible,
entre solemne y solo, entre profundo y místico,
aromado para siempre
por un mar de palabras tan hermosas
como su mano en el aire,
despidiéndome bajo un cielo que había que ver,
mientras dos muchachas se aferraban a nuestros ojos,
temerosas de que escapáramos
bajo aquel cielo cruelmente azul de mayo.
Aquí quedamos los amigos
para llorar o hacer cuentos, o recordar
cada quien a su modo,
cada cual a su abismo, porque el muerto era ubicuo
como una ráfaga de amor e ironía,
con su manera envolvente de mentir,
hacer planes, y casi siempre
contagiarnos de su ingenio;
ahora nos convida a los amigos
a los eternos deudores
de su enorme cabeza de zanahoria,
nos invita el poeta a que estemos con él,
no en su extensa morada de tierra y frío,
sino en la feria grande de la vida
que modeló su verso
porque nunca sabremos
la cantidad exacta de yerbabuena y de ternura
que nos lega un poeta cuando muere.
Excluyo, por inútil,
toda evolución filosófica,
todo intento de veivindicar
o explicar su muerte.
Sólo que es absurdamente del carajo, y posible,
aunque el muerto haya sido un gran muchacho
que siempre supo el santo y seña del problema;
que amó,
que jodió mucho,
a veces lo jodieron,
y escribió durante años
con el espectro de John Donne
y otro mundo de espíritus que rodeaba a su casa
a la santísima hora de encontrar
la palabra definitiva.
Aún puedo ver el sol encendido
tras los alambres del teléfono;
la ciudad es un canto coral
de luces y aparejos
que no repara en tu silencio,
mientras el mar se escapa a otros países
donde fuiste un transeúnte anónimo
junto a la nieve y el deseo,
un ignorado comensal de hoteles
y espantosos caminos
rociados con amores y desgracias.
Aquí están, los amigos,
estas líneas espesas son para ellos,
para hacer más humano el convite
del muerto, del poeta
que nos deja, justo a la edad
en que la confradía
ya comienza a morir
de ausencia y aguaceros.

Antonio Conte (Julio de 1985)

Publicado en: El Caimán Barbudo, edición especial (4), febrero, 1986, p. 14

Antonio Conte Téllez (La Habana, 1944, Miami, 2012) Poeta, narrador y periodista.