Transformar para bien la cultura cubana


Lisandra de la Paz • La Habana, Cuba
Fotos: Yaima Amador, Maribel Amador
Fuente: Revista Digital La Jiribilla

Las hojas secas que se arrastran hacia la oscuridad en un bosque donde habita el lobo y el hombre nuevo, descubren a un libro rojo que, desteñido, es más bien color zanahoria. Y esas hojas secas, que nos rodearon y cubrieron de magia e historia no tan olvidada, las desprendieron Pedro Juan, y Senel, y Guillermo, y Luis Rogelio.

En boca de Francisco López Sacha estuvo la presentación, bajo el sello de la Colección Sur Editores, de cuatro libros que reflejarán perpetuamente, mediante la poesía, la realidad cubana.

Cabeza de zanahoria abrió el hueco en la velada por donde se meterían los demás volúmenes. Luis Rogelio Nogueras con su sabido sentido del humor, jugó con los artificios de la inocencia y la infancia. A decir de Sacha, es un análisis, una expresión irónica y burlesca, mediante la cual, paga las deudas con los poetas que lo formaron. Se nota, además, un lirismo que va marcando una nueva generación de poetas, nueva generación que, a su vez, se vio influenciada por este clásico de la poesía cubana. Llega un momento en el libro en que el poema empieza a vivir por sí mismo, por la naturaleza causal de las cosas, lo que constituye un tránsito vital por la historia.

Desde otra orilla de aquel mar que emergió esa tarde, irradió en la sala la luz de Guillermo Rodríguez Rivera con El libro rojo, que miró desde otra perspectiva la poesía coloquial cubana, según el presentador. “Se percibe un conflicto entre el individuo, el poeta y la historia, haciendo un balance de la poesía que le antecedía. Este libro es de por sí una ironía con el Libro rojo de Mao Tse Tung; su búsqueda de decir todo se mezcla con la poesía, el testimonio, la voz del poeta, el sujeto lírico, el narrador…, allí donde está sonando el mundo áspero de la Revolución”.

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En la década del 70, momento en que surgió el libro, existían diferencias radicales entre el punto de vista que Guillermo inauguraba y las políticas de esos años en Cuba. “El  problema de la poesía política es que cuando pasa el tiempo, hay que explicar los hechos, porque se van olvidando. Este es solo un pequeño libro doctrinario”, afirmó el autor.

El vacío de la existencia, la inutilidad de todo esfuerzo, la carencia de sentido…, era el verdadero mundo en el que quería entrar Pedro Juan Gutiérrez Arrastrando hojas secas hacia la oscuridad, que la Colección SurEditores regala por vez primeraSacha lo trataba como poesía porque decía sentir la obsoleta calidad de esos textos, “el libro es el destino mismo de seres humanos anónimos que van hacia la muerte”.

Pedro Juan contó que, al terminarlo, sintió casi arrepentimiento porque le pareció demasiado depresivo y melancólico, pero “me he dado cuenta que cada libro que se escribe es solo una huella del momento en que  se escribe, me doy cuenta que uno está vinculado a cada uno de los personajes. La poesía es libertad, porque cuando se escribe, uno no la piensa”.

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El lobo, el bosque y el hombre nuevo, relato del que posteriormente surgió el guión cinematográfico del filme Fresa y Chocolate, también presentado en esta ocasión, es uno de los cuentos más leídos, más populares en Cuba y más polémicos, que dividió en dos la historia del cuento cubano, alegó el presentador.

Agregó que “el cuento enfocaba un gran problema, el problema del otro, del por qué el otro es discriminado, de por qué no tiene voz, de por qué no puede hablar… ¿Simplemente es por su orientación sexual? Plantea todas las discriminaciones, y no solo la discriminación sexual.

“Se ve la naturaleza del ser, del hombre y la mujer en Cuba en aquellos años, y de aquel muchacho dogmático que se transformó y gritó «voy a ayudar al próximo Diego, y el próximo Diego va a llegar»”.

El guión plantea casi lo mismo, explica Sacha refiriéndose a Fresa y Chocolate. Mientras que el relato es un recuerdo desde el futuro, el guión es lineal. Pero lo más importante en este guión es que se crean bandos de personajes. Primero se ve un David que está en el bando de los simuladores, y después se pasa al bando de los auténticos, el bando de Diego y Nancy.

“¿Por qué no confiar en la humanidad toda? ¿Por qué se ha confiado en los simuladores y no en la humanidad toda?”, son las preguntas que  Francisco López Sacha se hace a propósito de la obra, que, según él, demuestra hasta dónde es necesario ser consecuentes y honestos para llegar a cumplir los sueños de los personajes.

“Todas estas obras –concluyó Sacha- han ayudado a cambiar para bien la cultura cubana”.

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Receta de amor


RECETA DE AMOR

Tómese un par de corazones,
2 corazones grandes y completos.
2 corazones donde quepan la ternura, la cólera,
la alegría, el dolor, el error,
la pasión más absolutamente desmedida
y todo el desconcierto.
(Parecerá, a primera vista, que se podría prescindir
de algunos de los ingredientes; pero una vez que se
pruebe
el resultado, se advertirá que no hay nada superfluo.)

Mézclense bien;
añádase a los corazones -claro está-
cualquier otra porción decisiva de sus dueños
y póngase a hervir en su propia sangre
sobre un fuego muy lento.
Si los corazones son de primera clase como se recomienda,
resultan francamente innecesarias las especias, pero si
se desea
puede añadirse un pizca de cerveza, una canción o un
verso
después de que la sangre esté caliente.

El tiempo de cocción es muy variable, por eso
el guiso ha de probarse repetidas veces.
Sírvase en raciones grandes pero diseminadas
y cómase de manera despaciosa, lujuriosa, reflexiva e
intensa.
No se requieren peculiarmente favorables condiciones
de ambiente;
al revés, este plato exquisito, caprichoso,
cuece mejor si arde la llama
en dirección opuesta a la del viento.
Protéjase, eso sí, de las miradas de la gente.
Si sus propósitos son otros, sencillamente, espere:
la receta de matrimonio se publica
la semana siguiente.

GUILLERMO RODRÍGUEZ RIVERA (Santiago de Cuba, 1943)

Las Poetisas


Por: Guillermo Rodríguez Rivera. Fuente: Cubarte, Sept 2012

Hoy, el mundo, y en particular Hispanoamérica, tiene numerosas escritoras capaces de encarar los más diversos y complejos asuntos, pero no siempre fue así.

Quisiera abordar un momento de nuestra historia literaria en el que irrumpen, casi simultáneamente, un grupo de poetisas que, van a abrir camino, en el temprano siglo XX, a la literatura escrita por mujeres y, acentuando, el enfoque de la mujer.

El momento y el lugar son significativos. El fenómeno ocurre en torno a los años que enmarcan la Primera Guerra Mundial y el lugar, es el llamado cono sur de nuestro continente. Esto es, en los países (Uruguay, Argentina, Chile) que por una fuerte inmigración europea y por la voluntad desarrollista de sus gobiernos, consiguen alcanzar un desarrollo económico, específicamente industrial o manufacturero, superior al de otras zonas de Hispanoamérica.  Ese desarrollo incrementa el nivel educacional de esos países, y vincula un importante número de mujeres a la vida económica activa de la nación, en las fábricas, en la docencia, en el comercio.

Ello va generando una independencia económica de la mujer, que había tenido el único oficio de esposa y madre de familia, y siempre mantenida por su marido.

Es perfectamente coherente que, a esa independencia la acompañe el reclamo de reivindicaciones sociales, de derechos que la mujer nunca había tenido. Es por estos años que aparece en varios países el movimiento sufragista, que reclama el derecho de la mujer a votar, en las elecciones en las que se eligen los gobernantes de las repúblicas, que ya proliferaban en el mundo. Es entonces cuando aparecen las primeras leyes de divorcio, también reclamadas por las feministas.

En lo que concierne al modo de ser de la poesía, a la tendencia dominante, hay que decir que entonces está desplegándose en el mundo de habla hispana, ese momento que el profesor español Federico de Onís llamó postmodernismo.

La expresión, en sí misma, no dice demasiado: es simplemente la poesía que vino después de esa auténtica conmoción en la literatura de la lengua que fue el modernismo.

El nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) fue uno de sus fundadores y sin duda el poeta más leído de la tendencia. En Darío se enuncian ―ha dicho el mexicano Octavio Paz― las dos líneas que seguirá el postmodernismo e incluso toda la poesía en lengua española del siglo XX: esas que Paz llama la poesía de la imagen insólita y el prosaísmo. Entre esas dos líneas se mueven estas poetisas. Pero ello no será lo verdaderamente distintivo en la poesía de estas mujeres.

No es la filiación estilística lo que define mejor el trabajo de estas mujeres, lo que les da su definitiva personalidad.

Lo más interesante de estas poetisas, al margen de su calidad literaria que innegablemente la tienen, es su actitud como mujeres.

Voy a referirme a un cuarteto de ellas, que sin duda son las más representativas del momento, aunque no sean las únicas.

Hablo de las uruguayas Delmira Agustini y Juana de Ibarbourou; de la argentina Alfonsina Storni; de la chilena Gabriela Mistral.

La primera en el tiempo y acaso en la osadía fue la uruguaya Delmira Agustini (1886-1914). Delmira fue la primera poetisa, al menos en la lengua española, que se atrevió a componer poemas de amor al hombre, como el hombre siempre los había compuesto para la mujer. Fue escandaloso, por supuesto. Su primer libro aparece en 1907 con el título de El libro blanco. A los tres años aparece Cantos de la mañana y en 1913, Los cálices vacíos. Hay en Delmira una urgencia de vivir, de escribir, como aquella de quien sabe que la vida no va a alcanzarle para amar y hacer poesía. No le alcanzó, en efecto. Unos meses después de publicado su último libro, aparecen en un hotel de Montevideo los cadáveres de la poetisa y de su esposo. Se aceptó como un pacto suicida: otros, acaso con más propiedad, hablaron de asesinato y suicidio, todo por cuenta de su marido. No parecía Delmira otra cosa que una amante de la vida. Este poema (es un fragmento) se llama “El intruso”:

Amor, la noche estaba trágica y sollozante
Cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;
luego, la puerta abierta sobre la sombra helante
tu forma fue una mancha de luz en la blancura.
Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante
bebieron en mi copa tus labios de frescura,
y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;
me encantó tu descaro y adoré tu locura.

Delmira es pues el desfogue sensorial de una pasión que la mujer podía experimentar a escondidas, pero que jamás debía atreverse a escribir.

La perspectiva feminista de Alfonsina Storni, alcanza una dimensión más intelectual.

Alfonsina Storni (1892-1938), la única de estas poetisas que tiene una canción no escrita con sus versos, sino dedicada a ella: nadie la ha cantado más hermosamente que su paisana Mercedes Sosa. Alfonsina había nacido en Suiza y llegó muy niña a Buenos Aires.

Su primer poemario es La inquietud del rosal, de 1916. Son varios sus libros postmodernistas que asumen una perspectiva feminista, no en la pura sensoriedad de Delmira Agustini, sino en una reflexión sobre la relación amorosa hombre-mujer. Este poema se titula “Hombre pequeñito”:

Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
Hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes
ni me entenderás.
Tampoco te entiendo, pero mientras tanto,
ábreme la jaula que quiero escapar;
hombre pequeñito, te amé un cuarto de ala,
no me pidas más.

No cabe duda de que Alfonsina es la más hondamente feminista de estas poetisas. Ella va no solo hacia la libertad sexual de la mujer sino hacia su plena realización como ser humano. Es capaz de verlo como un hecho histórico:

A veces en mi madre apuntaron antojos
de liberarse pero, se le subió a los ojos
una honda amargura y en la sombra lloró.
Y todo eso mordiente, vencido, mutilado,
todo eso que se hallaba en su alma encerrado
pienso que sin quererlo lo he libertado yo.

En los días en que padecía un cáncer terminal, la Storni se suicidó ahogándose en la playa de Mar del Plata. No es casualidad que la canción se llame Alfonsina y el mar.

Voy a obviar a Juana de Ibarbourou (1895-1979), de larga vida y extensa popularidad, y dedicar estas últimas líneas a Gabriela Mistral (1889-1957), cuyo nombre real era Lucila Godoy, y que quiso homenajear con su seudónimo a dos poetas predilectos: Gabriele D’Annunzio y Frédéric Mistral.

La Mistral era una maestra rural en el humilde valle de Elqui, que componía poemas para ayudar a la enseñanza de los niños de su aula. Muchos de ellos hoy tienen música, y se cantan en varios países de habla hispana.

Gabriela se dio a conocer en 1922 con un libro muy vinculado a su propia vida sentimental que tituló Desolación. Pero no fue más que el comienzo. Acaso su libro más importante sea Tala, editado en 1938, con un lenguaje duro y original, donde el poeta casi hace nacer la experiencia que cuenta. La chilena fue el primer escritor hispanoamericano galardonado con el premio Nóbel de literatura.

El feminismo de la Mistral es sobre todo comprensión y solidaridad con el destino de la mujer, con las madres americanas.

Ella y Alfonsina rebasaron el postmodernismo para entroncar con la poesía de la generación siguiente, la de la vanguardia.

Es un rapidísimo recorrido por el trabajo de estas importantes mujeres, que abrieron un ancho camino para las escritoras de nuestra América.

HERAS VIVENCIAL


Fuente: Revista Alma Mater, Universidad de la Habana

Por Yoel Suárez Fernández, estudiante de Periodismo

Un  buen día a aquel muchachito lo sacaron de la universidad para trabajar en una fábrica. El castigo se había fraguado en instancias y circunstancias de las que prefiere no hablar. «Lo he contado solo una vez, no lo he vuelto a contar, ni pienso volver a hacerlo». Eduardo Heras León sabía lo que era la guerra. Las 72 horas en Playa Girón lo habían familiarizado con un tema recurrente para su periodismo, su literatura y en esos momentos, su vida.

Entre los escritores más destacados de la primera promoción post-revolucionaria, el autor de Los pasos en la hierba se reconoce como parte de una generación frustrada. Hoy mira hacia atrás con nostalgia, «sin rencor», me confiesa, deseoso quizá de que el tiempo le conceda una vuelta al pasado, cuando fungió como jefe de redacción de la revista Alma Mater.

Wichy Nogueras, Víctor Casaus y otros animaron su sueño de hacer de la revista de Julio Antonio Mella, un espacio de análisis serio de la Isla y su cultura.

Pero en 1971, como dice el poema de Wichy, las arañas tejían en la sombra sus redes asesinas. Y los sueños de Eduardo cayeron en una pesadilla que se extendió por casi una década para la intelectualidad cubana. Hoy, plenamente reconocido y con otro sueño convertido en realidad. Los castillos son los símbolos de los sueños, Heras León dirige, lo que él ha llamado «la casa del joven escritor cubano», el Centro de formación literaria Onelio Jorge Cardoso.

Fuera y dentro del país sus libros son publicados en ediciones de lujo, recibe homenajes y a través de talleres literarios, despliega una vocación oculta por el magisterio. Heras León está listo para conversar de sus años juveniles con la voz suave y los ojos pequeños.

Heras de Alma Mater

No pocos escritores describen el paso por el periodismo como un momento de crecimiento como creadores. ¿Experimentó lo mismo mientras fue jefe de redacción de Alma Mater?

Cuando comienzo a trabajar en la revista ya me había ganado el Premio David. Eso significa que estaba bien metido en las labores de creación narrativa. Como autor de ficción ya tenía un camino recorrido. Soy un escritor vivencial, y ya contaba con varias experiencias importantes.

Especialmente, la publicación significó para mí un período de crecimiento como ser humano y como periodista; un espacio en el que se elevó mucho mi caudal político. En nuestra época hicimos números antológicos. Trabajábamos con tremendo entusiasmo y dedicación.

Alma Mater era el lugar donde vivíamos, además de nuestra casa. Para nosotros, escribir en la revista era una fiesta, un placer. Allí se reunió una tropa en la que estaban Germán Piniella, Vicente Carrión, Raúl Rivero; y —en la periferia— otro grupo que formaban Luis Rogelio Nogueras, Víctor Casaus, Rogelio Moya y Guillermo Rodríguez Rivera, entre otros. Éramos entonces unos muchachos, principalmente, con inquietudes culturales. Y la revista se convirtió en el cuartel general de nuestra generación.

Durante sus años en Alma Mater, ¿cómo manejaban el tema de la libertad editorial?

Mi presencia en Alma Mater termina en 1971, año en que comienza el Quinquenio gris. Hasta ese momento teníamos una enorme libertad para escribir. Ana Mildred Vidal, responsable de extensión universitaria, era una mujer muy revolucionaria, de mucho alcance intelectual, y con una mirada amplia en lo que respecta a la cultura.

Que yo recuerde, nunca nos puso cortapisas a la hora de escribir, incluso publicamos cosas que después catalogaron de «demasiado». Recuerdo una entrevista con Eduardo Galeano, donde el escritor uruguayo dijo una serie de cosas reales, pero muy «fuertes».

Ten en cuenta que cuando en el 71 se produce el Congreso de Educación y Cultura, a Alma Mater le quitaron todo. Desperdigaron a buena parte del equipo de redacción.

Yo mismo estuve cinco años en una fábrica, Wichy Nogueras estuvo un año en una imprenta y entró un nuevo grupo a la revista. Pero, honestamente, en el período que estuve como directivo nunca recibimos orientaciones de nadie. Claro, los famosos límites de «dentro de la Revolución», ¿quién los ponía? En dependencia de quien estuviera en la dirigencia sería interpretado el famoso apotegma de Fidel: «dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada».

Mientras fue jefe de redacción de la revista, ¿qué cree que le faltaba a Alma Mater?

Llegó un momento en el que estábamos satisfechos con lo que hacíamos, estábamos orgullosos del trabajo que habíamos hecho. En un inicio buscábamos quitarle cierto  carácter superficial que tienen las publicaciones estudiantiles. Queríamos convertir a Alma Mater en una publicación sociocultural de la universidad.

Iniciamos una sección que se titulaba Página en C (o sea, en Cultura), y ahí se publicó mi primer cuento, el primero de Senel Paz, el primero de Abel Prieto; así nos convertimos en una fuerza promotora de jóvenes autores. La otra vertiente era meternos dentro de los problemas de la política cultural; creo que llegamos a un punto de equilibrio entre lo cultural y lo político.

Pienso que hubiera sido más influyente, se hubiera desarrollado más en el ámbito universitario, de haber mantenido la misma libertad. Pudo convertirse en una publicación mucho más seria, cosa que luego consiguió la revista Universidad de La Habana, con Ambrosio Fornet como editor.

El Quinquenio universitario

Siempre se ha dicho que los años 70 fueron duros para la cultura cubana…

En mi caso particular no fueron solamente duros, sino terribles. Parte de ese proceso tuvo que ver con mi libro Los pasos en la hierba, que había sido la única Mención del Premio Casa de las Américas en 1970.

El texto fue muy mal interpretado, fue víctima de críticas por parte de una secta dogmática de la dirección cultural, y eso me costó el tener que abandonar la carrera e ir a trabajar a una fábrica de acero. Fui uno de los que más sufrió.

He escrito algo de lo que me ocurrió en esos momentos. Aquello era incomprensible para nosotros, pero más tarde nos percatamos de que sencillamente había una pugna entre grupos que querían asumir poder. Durante el ciclo de conferencias sobre el Quinquenio gris que se impartió en el Instituto Superior de Arte (ISA), leí un texto titulado Testimonio de una lealtad, que relata la historia de lo que me ocurrió en aquella dura etapa.

Aunque sus consecuencias llegan hasta hoy, afortunadamente ese período (que no fue gris, fue negro) quedó atrás, pienso que por un proceso de maduración de los propios creadores y de nuestros dirigentes. En ese sentido, fue importantísima la labor de un hombre como Armando Hart frente al Ministerio de Cultura, y luego de Abel Prieto, que es lo mejor que le ha pasado a la cultura en los últimos veinte años.

¿Cómo recuerda la universidad de los años 60 y 70?

En los 60 hubo una explosión de creatividad que estaba por encima de todo. Por ahí tengo escrita una crónica de cómo era la escuela de Letras. Todavía hoy existe un banco a la entrada de la Facultad, que es sagrado. Y ahí te encontrabas a un grupito en el que resaltaba Wichy Nogueras hablando sobre el último ensayo de Marcuse, alguna polémica de Sartre o un encuadre de cine. Había un ambiente de entusiasmo cultural que la universidad no ha vuelto a tener, una reserva enorme de potencial creativo que finalmente se reflejó en nuestra propia obra.

Siempre he dicho que pertenezco a una generación frustrada. En el 68 escribí La guerra tiene seis nombres, al año siguiente Los pasos en la hierba; y no quiero parecer autosuficiente, pero los libros de mi generación (Los años duros, de Jesús Díaz o Condenados del condado, de Norberto Fuentes) no tenían nada que envidiarle a los primeros libros de los que tiempo después serían los grandes escritores latinoamericanos.

Cuando llegó este proceso del Quinquenio gris, muchos de nosotros dejamos de escribir por un buen tiempo. Hoy en día debíamos tener diez novelas cada uno, ¿y qué tenemos? Obras que en su mayoría tendrían más trascendencia si se les hubiera permitido un desarrollo normal. Y no te digo esto con rencor. Desgraciadamente ocurrió de esa manera, la vida de los hombres es así, las revoluciones son así.

En la segunda mitad de los 70 pude terminar la carrera, después que salí de la fábrica. A partir del fracaso de la Zafra de los Diez Millones, la situación sociocultural se puso muy difícil: aumentaron los prejuicios contra los religiosos y las personas que tenían determinada orientación sexual.

Fue un período de extremismos que por poco acaba con la universidad y la cultura de este país. Afortunadamente eso se superó, pero quedaron las secuelas, que son imborrables.

En busca del tiempo perdido Su generación estuvo especialmente impactada por la figura del poeta Roque Dalton…

Roque era una fiesta, una maravilla. Lo conocí después de que gané el Premio  David. Un día nos encontramos en Casa de las Américas, me confesó que le había interesado mi libro y acto seguido me preguntó si había leído el que él había escrito sobre la obra de Regis Debray ¿Revolución en la revolución?

Quería discutir conmigo algunas cosas, y así comenzó nuestra amistad. En su casa estuvimos una tarde entera conversando de la vida y milagros de todo el mundo.

Visitábamos mucho a Marta Solís, corresponsal en Cuba de la revista mexicana Siempre, y ahí él tomaba mucho (yo no, era abstemio). A veces hasta llegaba «tomado», incluso una vez lo metimos bajo la ducha. Se ponía a recitar coplas que no se pueden publicar. Eran coplas de su autoría, fabulosas, como El corrido de Rosita Elvirez. En ocasiones cantaba corridos mexicanos… (Heras deja la mirada inmóvil, perdida en algún punto de la memoria, y una sonrisa delata que hay recuerdos indecibles).

Tenía una vitalidad tremenda y era un poeta de primer orden. Su libro El turno del ofendido nos descubrió a un autor de nuestra generación, maravilloso.

Muy poca gente lo sabe, pero Roque escribió un libreto para la televisión sobre la historia de su familia. Él mismo tiene una historia de película.

Como sabes, en algún momento lo iban a fusilar, ocurrió un terremoto y pudo escapar de la cárcel. Ernesto Cardenal decía: «Ustedes los marxistas dicen que eso es una casualidad histórica. Nosotros, los católicos decimos que es un milagro». En aquella época nada se podía grabar, todo era en vivo, y Roque habló conmigo y con Silvio [Rodríguez] para que lo ayudáramos con el programa. Silvio haría el papel de comentarista-trovador: entre escena y escena hacía comentarios en forma de trova y yo me encargaría de presentar el programa. Finalmente la dirección artística la realizó Ana Lasalle.

El día que tocaba la presentación del espacio, cuando íbamos en un auto para el estudio de 23 y P, vimos frente al hotel Capri una escena tremenda.

Unos hippiesestaban tirados en medio de la calle deteniendo el tránsito, de pronto llega un carro jaula y empiezan a meter a los muchachos para el interior de las patrullas. Y Roque, sacando una mano por la ventanilla gritaba a más no poder: « ¡No les vayan a dar! ¡No les vayan a dar!».

Así, un millón de cosas simpatiquísimas ocurrieron al lado de Roque. Te imaginas lo terrible que fue para nosotros saber de su muerte, casi un asesinato, que ya tendrán que pagar los verdaderos culpables de ese crimen; porque fue un crimen lo que hicieron con ese revolucionario cabal, con ese hombre que amaba tanto la vida.
Heras presentó sus Cuentos Completos en la sede nacional de la FEU durante la pasada Noche de los Libros.

¿Actualmente mantiene el vínculo con la universidad?

No tanto como quisiera, aunque la escuela de Letras me ha invitado a dar charlas y conferencias, he presentado algún libro o revista. Incluso, me ofrecieron una cátedra, la de narratología, que impartía Salvador Redonet. Pero no la acepté, porque sinceramente creo que mi etapa como profesor universitario pasó y no me siento en condiciones de dedicarle tanto tiempo.

Lo que pasa también es que la universidad de ahora no es como la de antes…

¿Y cómo es?

Pienso que aquel entusiasmo creador que teníamos, aquella curiosidad intelectual, se perdió. Hoy en día paso por la Facultad de Artes y Letras y veo con tristeza cómo los muchachos no hablan nada de literatura, no les interesa demasiado. Les interesa exclusivamente sacar los exámenes, y en muchos casos se convierten en lectores de prólogos.

Te pongo un ejemplo: yo ingresé a la escuela de Periodismo, y organizamos una especie de taller acerca del periodismo en Cuba, ¡estando en el primer año! ¡¿Y quiénes éramos nosotros para armar aquel panel?!

Durante ese encuentro recuerdo que en medio del debate se pone de pie Wichy Nogueras (a quien no conocíamos todavía) y dice: ¡Pero de qué periodismo estamos hablando! ¡Si Marshall McLuhan ha predicho que dentro de veinte años aquí no habrá palabra escrita, todo será por computadoras! ¡El libro va a desaparecer!

Y en eso se levanta un viejito que estaba al final del local y dice: ¡Pero óigame, hace un año y pico que yo me alfabeticé, y estoy empezando a leer! ¡Cómo me van a quitar los libros ahora, con lo que me gustan!

Aquella fue la época también de Silvio [Rodríguez]. Tuve la dicha de asistir a su primer recital, en Bellas Artes, que fue impresionante. Recuerdo cuando se inauguró la librería de L y 27 y en medio de la cola empezamos a pedir dinero prestado para conseguir los libros que se vendían.

Ese tipo de entusiasmo por la cultura, que nos llevaba a convertir la universidad en una especie de segunda casa, se ha perdido. Recuerdo esos tiempos con mucha nostalgia.

Retablo para Wichy


Fotomontaje: Guillermo Rodríguez Rivera, Luis Rogelio Nogueras, Víctor Casaus, Raúl Rivero, Antonio Conte, César Vallejo y Silvio Rodríguez.

Retablo para Wichy

Los amigos
acuden al convite de un muerto
en su único estado posible,
entre solemne y solo, entre profundo y místico,
aromado para siempre
por un mar de palabras tan hermosas
como su mano en el aire,
despidiéndome bajo un cielo que había que ver,
mientras dos muchachas se aferraban a nuestros ojos,
temerosas de que escapáramos
bajo aquel cielo cruelmente azul de mayo.
Aquí quedamos los amigos
para llorar o hacer cuentos, o recordar
cada quien a su modo,
cada cual a su abismo, porque el muerto era ubicuo
como una ráfaga de amor e ironía,
con su manera envolvente de mentir,
hacer planes, y casi siempre
contagiarnos de su ingenio;
ahora nos convida a los amigos
a los eternos deudores
de su enorme cabeza de zanahoria,
nos invita el poeta a que estemos con él,
no en su extensa morada de tierra y frío,
sino en la feria grande de la vida
que modeló su verso
porque nunca sabremos
la cantidad exacta de yerbabuena y de ternura
que nos lega un poeta cuando muere.
Excluyo, por inútil,
toda evolución filosófica,
todo intento de veivindicar
o explicar su muerte.
Sólo que es absurdamente del carajo, y posible,
aunque el muerto haya sido un gran muchacho
que siempre supo el santo y seña del problema;
que amó,
que jodió mucho,
a veces lo jodieron,
y escribió durante años
con el espectro de John Donne
y otro mundo de espíritus que rodeaba a su casa
a la santísima hora de encontrar
la palabra definitiva.
Aún puedo ver el sol encendido
tras los alambres del teléfono;
la ciudad es un canto coral
de luces y aparejos
que no repara en tu silencio,
mientras el mar se escapa a otros países
donde fuiste un transeúnte anónimo
junto a la nieve y el deseo,
un ignorado comensal de hoteles
y espantosos caminos
rociados con amores y desgracias.
Aquí están, los amigos,
estas líneas espesas son para ellos,
para hacer más humano el convite
del muerto, del poeta
que nos deja, justo a la edad
en que la confradía
ya comienza a morir
de ausencia y aguaceros.

Antonio Conte (Julio de 1985)

Publicado en: El Caimán Barbudo, edición especial (4), febrero, 1986, p. 14

Antonio Conte Téllez (La Habana, 1944, Miami, 2012) Poeta, narrador y periodista.

De literatura, de música: Guillermo Rodríguez Rivera


Autor: Fernando Rodríguez Sosa (Fuente: UNEAC)

Reseña: No resulta práctica habitual, entre los lectores no especializados, la lectura de libros de ensayos. En parte, por imaginar de antemano que tales obras están sólo dirigidas a los estudiosos del tema abordado y, también, por pensar en la densidad del discurso reflexivo empleado por el autor. Aunque esos presupuestos pueden ser ciertos, no siempre se cumplen de manera absoluta.

De literatura, de música (Ediciones Unión, Colección Contemporáneos, 352 pp), de Guillermo Rodríguez Rivera, viene a confirmar la existencia de libros de ensayos que propongan una enriquecedora y, a la vez, amena lectura. Obras que, a través de una prosa sencilla, sin renunciar al rigor investigativo de títulos de sus características, logre atrapar y mantener, de principio a fin, el interés del lector.

Agrupados en cinco secciones, en este volumen se reúnen una veintena de ensayos, relacionados con el universo temático que, a lo largo de más de cuatro décadas de ejercicio profesional, ha preocupado y ocupado al autor. Son prólogos, intervenciones, artículos, discursos, fechados desde 1969 hasta el presente, aparecidos en libros y publicaciones periódicas de dentro y fuera de la isla.

Como indica su título, la literatura y la música son los temas centrales de esta obra. La primera de esas manifestaciones de la cultura predomina en el conjunto. En esos textos, Guillermo Rodríguez Rivera analiza títulos y autores, movimientos y tendencias, que han marcado, a lo largo del tiempo, el devenir de las letras en los continentes europeo y americano, así como en España y Cuba.

Cándido y El Ingenuo, de Voltaire; la poesía del luto familiar en César Vallejo, de Los heraldos negros a Trilce; el cambio en la poesía en lengua española desde 1940; la antipoesía de Nicanor Parra, y la difícil facilidad de Antonio Machado, son algunas de las investigaciones incluidas en estas páginas, que evidencian un novedoso y desenfadado enfoque, desde la contemporaneidad, de tales asuntos.

“Charles Baudelaire”, reflexión que sirvió de prólogo a la edición cubana de Las flores del mal, en 1976, es un preciso ejemplo de ese particular tratamiento del tema objeto de estudio. He aquí algunos de los párrafos que abren y cierran ese ensayo:

Cuando fui al cementerio de Montparnasse buscando la tumba de César Vallejo, cuyos restos desde tiempo atrás habían sido trasladados desde Montrouge, en el plano que se ofrece en los cuatro cementerios parisinos —Pere Lachaise, Montmartre, Montparnasse, Montrouge—  para localizar las tumbas de las grandes personalidades, y que se echa tan de menos en un gran cementerio como es el de Colón, en La Habana, vi dónde estaba el sepulcro de Charles Baudelaire. Claro que tenía que visitarlo y sentarme unos minutos ante él.

Si Vallejo era el padre de la contemporaneidad en la poesía, Baudelaire era necesariamente el abuelo.

(…)

Creo que es ésta una de las voces imprescindibles de la poesía moderna. Del mismo modo que la suya, es una de las perspectivas esenciales que hay que entender para la comprensión del intelectual moderno.

“De Cuba” y “Cerca de Guillén” son los dos capítulos de la entrega dedicados a la literatura de la isla. José Zacarías Tallet, Mariano Brull, Roberto Fernández Retamar y Luis Rogelio Nogueras son las figuras abordadas, junto a tres ensayos sobre el Poeta Nacional: “Motivos de son y la vanguardia cubana”, “Identidad y belleza en el Caribe” y “La perdurabilidad de Nicolás Guillén”.

La trova y los trovadores han sido interés recurrente en el ejercicio intelectual de Rodríguez Rivera. De ahí que, en De literatura, de música, haya recopilado tres materiales que profundizan en tan fértil y fecunda expresión. Por su alcance resulta de indudable interés “Literatura y poesía en la trova cubana”, sugerente y sintético bosquejo de los vasos comunicantes entre ambas manifestaciones de la cultura insular.

Desde hace más de cuarenta años, Guillermo Rodríguez Rivera (Santiago de Cuba, 1943) ejerce la docencia universitaria. Ensayista, narrador, poeta, entre sus títulos publicados aparecen la investigación Sobre la historia del tropo poético (1984); la novela El cuarto círculo (1976), en coautoría con Luis Rogelio Nogueras, y el cuaderno de versos Canta (2004), galardonado con el Premio de la Crítica Literaria.

Con De literatura, de música, Guillermo Rodríguez Rivera no sólo entrega una muestra de su quehacer de varias décadas de estudio, investigación, análisis. Con esta compilación, también propone esa otra mirada, menos académica y conceptual, más desenfadada y sugerente, a un género que siempre convoca, a quienes se aventuren en su lectura, a pensar, a cuestionar, a reflexionar.

Las quince mil vidas de El Rojo


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“Hay muchos modos de jugar”, último libro publicado con poemas de Wichy. Prólogo de Guillermo Rodríguez Rivera, Editorial Letras Cubanas, 2005

Las quince mil vidas de El Rojo. Artículo escrito por Mercedes Santos Moray para CUBARTE el 6 de julio de 2005

Todavía resuena en mis oídos la expresión colérica de un amigo: ¡Un hombre de cuarenta años no se debe morir! Y era justa la ira, porque no era obra de justicia aquella muerte temprana, la de Luis Rogelio Nogueras, Wichy, el Rojo.

Han transcurrido veinte años, pero él nos sobrevive, se afirma desde su propia juventud, con ese sentido iconoclasta que fue tan suyo y el talento que lo desbordaba para multiplicarse en la experiencia vital y en la escritura tanto de la poesía como de la narrativa, sin olvidar el espacio reflexivo implícito de su propia poética.

El Rojo salió a cabalgar, a romper lanzas con la armadura de su “cabeza de zanahoria” para luego remontar otros senderos y emprender las quince mil vidas de su poesía, con el mismo aliento que manifestó en el mundo del cine, en los estudios de los dibujos animados, en el guión de las películas y en la compleja empresa que entabló, primero a cuatro manos, junto a Guillermo Rodríguez Rivera para “desacralizar” la narrativa policíaca en Cuba.

Espigado, risueño pero en nada superficial, siempre será esa la imagen que retengo de aquellos años que compartimos en la Escuela de Letras y en el mismo curso, en medio de mayores tormentas y contradicciones, las que latían a fines de los 60 y en la convulsa explosión de la grisura ya sintomática de los 70, como guardo ese sentido cáustico de su humor, irreverente ante los monstruos sagrados que entonces fueron nuestros maestros y maestras, como sucedió con Mirta Aguirre y el seminario de lírica de los Siglos de Oro.

Wichy también está en la presencia del primer Caimán Barbudo, cuando irrumpió la publicación como un hervidero de ideas, para dar un giro cuajado de interrogaciones en el contexto de las publicaciones culturales cubanas.

Y, en todas y en cada una de esas muestras de su talento, de su avidez por conocer las raíces de las cosas y de las circunstancias, de su propia sensibilidad, estaba El Rojo, rotundo y ácido, aunque también con esa nota tan suya que denotaba una buena dosis de inocencia, mezcla de Dios y el Diablo, en medio de aquellos años duros.

Hace unos días escuché a Víctor Casaus el reclamo de la edición de la poesía de Wichy, donde está presente el universo cómplice de sus intereses y emociones, en ese juego –siempre primando en él la presencia lúdrica de la creación literaria-, que se entabla para todo autor entre la verdad y la mentira, la literatura y la vida, lo que otros califican también de la vieja batalla entre lo “culto” y lo “popular”, como las coplas de Jorge Manrique y de Gil Vicente…

Ciertamente, las más jóvenes generaciones no conocen la escritura de El Rojo, aunque repiten porque así lo han recibido, el perfil de una leyenda que sobrepasa la carnalidad del hombre, y sin embargo, no sólo para quienes escriben o pretenden hacerlo algún día, sino para cuantos disfrutan de la lectura, sé que en la prosa de Wichy como también en su producción lírica hay muchas inquietudes que podrían compartir hoy, no para establecer el diálogo con un muerto, sino para retroalimentarse con un escritor siempre inconforme, agudo, que supo tener o mejor dicho gozar de la gracia de poder burlarse de sí mismo.

Los hombres y las mujeres de su generación, que es la mía, hoy peinan canas. Algunos han torcido el rumbo o han involucionado no sólo como artistas sino como seres humanos. Otros se han enriquecido en la polémica abierta con la propia existencia, y han producido también obras mayores. Pero todos hemos envejecido, cumplida la certeza del tiempo. Mientras que Wichy permanece igual, como si fuera posible volver a los campos de la Mancha, montarse sobre un jamelgo y tomar una espada para conquistar otra vez, y a diario sin cansarse, como corresponde a los jóvenes, el corazón de Dulcinea.